martes, 7 de julio de 2020

¿"AJUSTICIAMIENTO" CONTRA ARGUEDAS?

En la Introducción a un libro dedicado a la interpretación de Los ríos profundos -la gran novela de José María Arguedas-  la francesa Isabelle Tauzin-Castellanos, después de  afirmar que "La utopía arcaica configura un panfleto parricida", dice esto que, igual, también me parece una tontería: "El ajusticiamiento sufrido en el libro por Arguedas cumple con borrar la extroversión afectiva mostrada treinta años atrás, en 1965, y recordada por el etnólogo Alejandro Ortiz Rascaniere".  [1]

(Este es el recuerdo aludido, que hace Ortiz Rascaniere de lo que ocurrió en 1965, en París: "Nos sentamos en un café de Saint Germain (...) Mario Vargas Llosa no dejó de hablar, estaba muy locuaz y entusiasmado, pero solo se dirigía a Arguedas").[2]

En la nota introductoria de La utopía arcaica, Vargas Llosa escribió esto: "Entre mis autores favoritos, esos que uno lee y relee y llegan a constituir una familia espiritual, casi no figuran peruanos, ni siquiera los más grandes, como el Inca Garcilaso de la Vega o el poeta César Vallejo. Con una excepción: José María Arguedas. Entre los escritores nacidos en el Perú es el único con el que he llegado a tener una relación entrañable (...) En 1955 lo entrevisté para un periódico y su atormentada personalidad y su limpieza moral me sedujeron..." (págs. 9-10).

El 7 de diciembre del 2010, El autor de Conversación en la catedral, dijo -ante todo el mundo- esto, al recibir el premio Nobel, en Suecia: "Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso lo llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no".


Unos meses después, el 17 de enero del 2011, nuestro Nobel declaró: "José María Arguedas es uno de los grandes escritores peruanos. Y es muy justo que se le haga un homenaje en este centenario. Creo que su obra tiene una significación múltiple, primero por su calidad y porque es una obra integradora".

¡Qué manera tan peculiar de odiar la del "escribidor", caracho!

O sea, según el análisis (¿podríamos, quizás, llamarlo "diagnóstico"?) efectuado por  la desubicada francesa, Mario Vargas Llosa solo sintió el afecto -del que él habla- por Arguedas, hasta 1965, concretamente: hasta aquella noche en que, locuaz y entusiasmado, en un café parisino, no dejaba de conversar con el taita, a quien admiraba y quería desde que lo conoció (en 1955). Y que hoy "lo odia", y por eso es que escribió ese libro "parricida" con el cual se atreve a  "ajusticiar" al novelista andahuaylino. ¡Ay, caracho! No cabe duda de que la escritora francesa ya es una más en el desafinado coro de hepáticos "científicos" literarios, que dicen amar a Arguedas, pero aparentemente lo hacen con una alta dosis de conmiseración y con un absurdo ánimo sobreproteccionista ("¡No lo toquen, no lo toquen!", parecen gritar a una sola voz).

Es evidente que, según la escritora europea, admirar o sentir afecto por un escritor obliga a solo encontrar virtudes en su obra y a dejar de ser justo y objetivo. No, señora, la crítica literaria (el estudio de la literatura) no tiene que ser solo complaciente. Eso se puede hacer en un prólogo, tal vez (muchos lo hacen, yo nunca lo he hecho; en los prólogos que he escrito siempre he tratado de ser objetivo), pero no en un ensayo. En estas cosas, los buenos sentimientos no deben manifestarse como paños de agua tibia, como edulcorante. Se debe actuar con inteligencia y no con impulsos pasionales: ni odio ni simpatía, solo con la razón.

¿Qué le dijeron los estudiosos que participaron en la Mesa Redonda del 23 junio de 1965, a José María Arguedas, respecto de Todas las sangres? Eran siete, y de ellos solo dos no eran precisamente amigos del novelista. ¿Le abrumaron con ramos de flores y chocolates? No. Por el contrario, le dijeron cosas prácticamente más duras (para la sensibilidad tan frágil del narrador) que aquellas que también se encuentran en el ensayo de Vargas Llosa. Arguedas era un convencido de que la literatura era un medio para "describir, casi podría decir, denunciar"[3] la realidad (del hombre, el pueblo, el paisaje), y creyó que eso lo había logrado con su novela; los intelectuales presentes en la Mesa Redonda lo desmintieron. Y él se sintió derrumbado, al punto de terminar interpretando la crítica -desapasionada y directa, pero en muchos casos acertada, que le habían hecho- como una estocada insalvable y letal, y hasta llegó a entender -equivocadamente, por cierto- que habían afirmado (lo que nunca ocurrió, realmente) que su novela era un libro "negativo para el país". Cosas así nadie dijo ni insinuó entonces, y tampoco, nunca, fueron dichas por Vargas Llosa (todo lo contrario: él siempre lo ha alabado).

¿Es, realmente, reprobable, repudiable, La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo? No. Lo dije en un ensayo hace cerca de diez años (12 de noviembre del 2010) y hoy lo repito y me reafirmo en lo dicho: Este libro "es, a la vez, una apología de la ficción y de la libertad en la literatura y un homenaje, rudo pero ecuánime, es decir justo, que Mario Vargas Llosa tributa al novelista de Los ríos profundos".


[Ah, pero, claro, no voy a demostrar que soy ciego, porque no lo soy. Y diré, como todo el mundo, que "La utopía arcaica" no es un libro perfecto. Y sería recomendable que su autor lo corrigiera. Veamos: Las palabras con que empieza el capítulo primero son estas: "El novelista peruano José María Arguedas se disparó un balazo en la sien -frente a un espejo para no errar el tiro- el 28 de noviembre de 1969..." ¡No, pues, don Mario! Eso es absurdo. Eso es lo que debe corregir. ¿Cómo se le ocurrió poner semejante barbaridad?][4]
                                                                                                                                        



[1] Tauzin-Castellanos, Isabelle: El otro curso del tiempo: una interpretación de Los Ríos Profundos.
[2] Ortiz Rescanieri, Alejandro: José María Arguedas-: Los recuerdos de una amistad. OUCO, Lima, 1996.
[3]Arguedas, José María: La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú. En: Mar del Sur, Año III, No. 9, enero-febrero, 1950.

[4] ¿Se entendió qué es lo que quiero decir? Pues que es absurdo afirmar que Arguedas se disparó el balazo en la sien frente a un espejo, "para no errar el tiro".



                                         ©Bernardo  Rafael Álvarez

                                                  (7 de julio, 2020)