jueves, 27 de diciembre de 2012

¿USTED SOPORTA A MAOLI MAO?






Ha llegado a mis manos (bueno, es un decir) un nuevo libro de poemas, el de una poeta a la que no sé o no entiendo por qué diablos más de uno -pocos o muchos, no estoy seguro, entre machinis y hembrinis- "no soportan". Este libro -bello y cargado de sencillez y digamos exento de mayores preocupaciones "literarias"- tiene un título medio pesimista que -debo ser sincero, como siempre- no me gusta. El pesimismo del título está, de esto no cabe duda, relacionado con gran parte del contenido del libro. Habla de un estado de malestar, de desfallecimiento, de dolor por la ausencia del ser amado, por la soledad, por lo tormentoso que debe ser experimentar el desamor o el recuerdo de una relación ya rota y sus avatares. Habla de eso el título o, mejor dicho, de eso trata de hablar, pero lo hace mal; digo esto porque nada de eso, de lo que he nombrado, tiene que ver -salvo mejor parecer- con una suerte de "paraíso sombrío", puesto que, según tengo entendido, un paraíso a lo que menos se asemeja es a un estado de ánimo. Pero, bueno pues, agarrémonos de la "duda favorable" (in dubis favorabilior pars est eligenda se dice en los foros, echando mano al latín) y admitamos el derecho sin límites que otorgan las licencias poéticas y el libre albedrío de quien tiene por oficio el escribir poesía.
Que sea así, porque, después de todo y a pesar de todo, no son los títulos lo que más importa sino, desde el primero hasta el último verso, los poemas propiamente dichos. Y, precisamente, aquí, como botón de muestra, la última parte del que creo es el mejor poema del volumen: "Habiendo aprendido del tiempo seguro/ nos quedaremos sin primavera y sin invierno/ porque no se da de beber a dos/ de la misma lluvia." Aunque -es obvio- la poeta debe tener sus razones o motivos para sufrir, lo cual trata de transmitir a través de sus versos, también es cierto -creo yo- que lo que ha logrado en verdad, más que un paisaje otoñal, de angustia, de sinsabores, es mostrar un cuadro abigarrado (es decir, "ordenado" en su propio y legítimo desorden poético) de sensaciones que desconciertan en algún modo. Encontramos aquí pesares y alegrías, recuerdos y esperanzas, desengaños y satisfacciones. Los poemas (casi historias propias y reflexiones universales cada uno) hablan del yo y sus cuitas y placeres ("así calzaron mis senos en tus en tus manos"); hablan, también, del mundo y sus encantos ("Tus valles lisos, los relieves/ turgentes de tu paisaje/ que recorro extasiada..."). La poeta se turba por los sinsabores que a veces da el amor de macho y hembra ("Te miro en nuestra cama/ que ya no es la mía..."), pero también sucumbe ante la tentación de la confesión lésbica ("Mientras saboreo tus dulces/ capullos y dibujo tu silueta..."). Hay, pues, un colorido feraz de selva y trópico -y no tinieblas ni abismos de muerte- en este libro cuyo título -"Paraíso en sombras"- es, por ello, no más que un sano e involuntario embuste de la poeta a la que otros no soportan, pero de la que yo espero pueda soportar mis palabras tal vez imprudentes. Ella es Maoli Mao. Y yo la saludo.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

JAVIER HERAUD lee su bello poema "Mi casa muerta"





"Mi casa muerta", poema del gran Javier Heraud, el poeta amado, en su propia voz.



HABLANDO DE MITOS

Muchos -diría muchísimos- procuran convertir a los poetas en mito, es decir, en mentira. Y nosotros sabemos que, efectivamente, son verdad pura, con lo que se comprueba que la perfección no es precisamente su característica ni menos su esencia. Es bacán reconocer a los poetas, enaltecerlos, alabarlos, celebrarlos y, si se quiere, hasta mitificarlos, endiosarlos, porque a fin de cuentas hacer eso es legítimo (y, si se trata de importantes poetas peruanos, hasta puede ayudar a elevar el "ego nacional"). Crear dioses es legítimo y nadie puedo prohibirlo. Pero no es nada malo, sino todo lo contrario, que haya también gente que ponga atención en la condición humana, mortal, de cada uno (aquella que no solo pone en evidencia la parte ósea, carnal, corruptible, de la anatomía y sus formas, sino que además nos hace saber que no todo lo que se haga actualmente o haya sido hecho antes por persona alguna es genial, no todo), pues debemos darnos cuenta de que -más allá, o más acá de lo noble, de lo "misterioso", de lo inefable y otras "imprudencias" que tiene el hecho de ser poetas- escribir poemas, como construir casas, confeccionar zapatos, hacer carteras o llaveros, es una actividad con la que se construye "algo" (y quien lo hace -por ser imperfecto- también puede tener cosas nada "sagradas", pecados, etc.). El albañil hace casas, el zapatero hace zapatos, el artesano hace carteras o llaveritos, el novelista hace novelas, etc. Ninguno -salvo mejor parecer- es una suerte de "agente" del "Altísimo" y mucho menos es o se parece al "Altísimo". El poeta, también, hace, y lo que hace son poemas. Es, simplemente (muchos creen que "excepcionalmente", y tienen derecho a creerlo) un hacedor (Hacedor: “Que hace, causa o ejecuta algo”), y, claro, hay grandes hacedores de poesía; Ezra Pound, por ejemplo, considerado "il miglior fabbro", hizo poemas extraordinarios, pero no todo lo que hizo tiene, por ejemplo, el nivel de los Cantares, su obra emblemática (recordemos, por ejemplo, que Hemingway, respecto del "último estilo" de Pound, dijo que Eliot lo había hecho mejor, porque "los poetas menores escriben los bellos poemas"). ¿Fue -por ser un genio en la poesía- un ser humano, digamos, ejemplar, limpio y sano en todo? No. Pound fue un reprobable fascista y antisemita. Nosotros los peruanos tenemos a César Vallejo, nuestro poeta mayor, lo más elevado en la poesía escrita en lengua española; ¿si supiéramos de algo non sancto en el autor de "Los Heraldos Negros", deberíamos descalificar su poesía. No, sería absurdo; solo nos generaría el convencimiento de que, como los demás poetas, no es un dios y tampoco un mito, nada más. El poeta no es un ser divino (ah, y tampoco tiene alas, como creyó -porque alguna vez lo dijo- Sócrates). Humano, demasiado humano.


viernes, 21 de diciembre de 2012

NUESTRO ASUNTO EN LA HAYA (Notas que puse en el Facebook)



2 de diciembre:
Mañana se inicia la fase oral en el proceso sobre el diferendo marítimo entre Perú y Chile. Allan Wagner pide a peruanos estar seguros de calidad y profundidad de trabajo ante La Haya. Creo que no hay motivo para dudar de esto. Pero lo que debiera pedirse a los peruanos es, más bien, que aceptemos, respetuosamente y con decencia, lo que La Haya resuelva. Es lo más prudente.

3 de diciembre:
¿SE ANULARÍA EL ACUERDO DE PESCA CON CHILE? El 4 de diciembre de 1954, Perú y Chile suscribieron un "Convenio sobre zona especial fronteriza marítima" en cuyo primer punto acordado se dice lo siguiente: "Establécese una Zona Especial, a partir de las 12 millas marinas de la costa, de 10 millas marinas de ancho a cada lado del paralelo que constituye el límite marítimo entre los dos países." Dice que "constituye el límite marítimo entre los dos países". Además de esto, en los dos puntos siguientes se habla de que la "presencia accidental en la referida zona de las embarcaciones de cualquiera de los países limítrofes, aludidas en el primer considerando, no será considerada como violación de las aguas de la zona marítima", y que la pesca o caza dentro de esa zona "está reservada exclusivamente a los nacionales de cada país". El antecedente de este Convenio, es la llamada Declaración de Santiago referida a la conservación y protección de los recursos naturales del mar y la reglamentación de su aprovechamiento (suscrita el 18 de agosto de 1952). Creo que hay que entender que, aunque el convenio de 1954 no aparece en principio y expresamente como acuerdo de pesca propiamente dicho (pues, como vemos, el punto primero habla de "límite marítimo"), el propósito que lo animó fue ese y no otro; de allí que en su punto Cuarto precisa lo siguiente: "Todo lo establecido en el presente Convenio se entenderá ser parte integrante, complementaria y que no deroga las resoluciones y acuerdos adoptados en la Conferencia sobre Explotación y Conservación de las Riquezas Marítimas del Pacífico Sur, celebrada en Santiago de Chile, en Agosto de 1952." Es decir, la razón de ser del Convenio de 1954 es la explotación y conservación de las riquezas marítimas del Pacífico Sur. Eso es lo que, entre otras cosas, deberá tener en cuenta la Corte de La Haya. Y es evidente que si el fallo es favorable al Perú (eso esperamos), el Punto Primero del Convenio (que, ojo, no es Tratado), debe quedar automáticamente derogado. Los demás puntos no tienen necesariamente que alterarse; eso solo depende de ambos países, no de la Corte, pues el tema de la pesca no ha sido sometido a su consideración. (Salvo mejor parecer)

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 Pero (ya lo he dicho antes y lo repito): más que pedir que los peruanos entendamos que los argumentos nuestros son sólidos e indiscutibles, lo que debe pedirse es que sepamos recibir el fallo (cualquiera sea) respetuosamente y con decencia; pues es lo más prudente.

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4 de diciembre:
"CONVIENEN: PRIMERO: Establécese una Zona Especial, a partir de las 12 millas marinas de la costa, de 10 millas marinas de ancho a cada lado del paralelo que constituye el límite marítimo entre los dos países." (Convenio de Pesca, Perú, Ecuador, Chile, 1954)

5 de diciembre:
"Así, ambos países reconocen que el límite marítimo es una línea paralela de 200 millas trazada desde el punto final de nuestro territorio – Boca Capones- hacia el océano Pacífico (ver gráfico)." (Acuerdo de límites entre Perú y Ecuador)

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La Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados que rige desde 1980 define a estos como "acuerdo internacional celebrado por escrito entre Estados y regido por el derecho internacional, ya conste en un instrumento único o en dos o más instrumentos conexos y cualquiera que sea su denominación particular".

5 de diciembre:
Límite marítimo entre Ecuador y Colombia según el llamado Tratado Liévano–Lucio de 1975: "El límite marítimo empieza en la desembocadura del río Mataje, ubicado en las coordenadas 1° 28' 10.49" de latitud norte y de 78° 52' 07.27" de longitud oeste, punto en que la frontera internacional terrestre colombo-ecuatoriana llega al mar, de conformidad con el Convenio sobre Delimitación de Áreas Marinas y Submarinas de 1975 y el Tratado de Límites de 1916.-A partir de la intersección de la prolongación de la frontera terrestre y de la confluencia de las áreas territoriales de ambos países, se marca un punto medio en la bahía Ancón de Sardinas.-Desde este punto, se continúa en línea recta a través del paralelo generado por éste hasta encontrar las 200 millas náuticas correspondientes a cada país.-Se considera el área ubicada a 10 millas náuticas alrededor de este límite como Zona de Manejo Especial, donde pescadores no serán sancionados al violar accidentalmente la frontera marítima, sin que esto constituya derecho de pesca o caza, en las aguas jurisdiccionales del país vecino."

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Dice: "Desde este punto, se continúa en línea recta a través del paralelo generado por éste hasta encontrar las 200 millas náuticas correspondientes a cada país."

5 de diciembre:
Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados: "a) se entiende por "tratado" un acuerdo internacional celebrado por escrito entre Estados y regido por el derecho internacional, ya conste en un instrumento único o en dos o más instrumentos conexos y cualquiera que sea su denominación particular"

6 de diciembre:
En estos momentos, Pierre Marie Dupuy expone sus alegatos ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en representación de Chile. Mmm...

6 de diciembre:
Tengo una duda: ¿Si la frontera marítima entre Perú y Ecuador es el paralelo geográfico, entre Perú y Chile podría ser diferente?

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La frontera entre Ecuador y Colombia también se da por el paralelo geográfico.

7 de diciembre:
No sé si deban definir, pero creo que es seguro que la Corte sí los va a tener en cuenta. Esperemos con serenidad. Ni triunfalismo ni sentimientos de derrota. Decencia, sobre todo decencia. (Acerca de la insistencia chilena en el sentido de que “los documentos de los años 52 y 54 deben definir sentencia en La Haya”.)

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"Bajo el nombre genérico de tratados comprendemos toda clase de acuerdos entre los Estados, siempre que lleguen a forma­lizarse, cualquiera que sea el nombre especial con que se les de­signe." (Alberto Ulloa – Derecho Internacional Público)

12 de diciembre:
Interesante el artículo. Pero, en realidad, el clima medio paranoico frente a lo que se supone haría Chile en un hipotético caso de guerra o de "invasión", no es nada nuevo, ni es culpa de uno que otro periódico amarillo; tiene larga data, prácticamente la edad peruana después del 79. La diferencia está en que ahora casi todos tratan de mostrar una suerte de orgullo nacional que hace que muchos peruanos piensen que ahora sí "nadie nos gana"; ya no es el temor lo que envuelve a los peruanos sino el patriotismo que casi siempre (desde el tema de la gastronomía) más parece patrioterismo, chauvinismo. Pero lo cierto es que ni en esto ni en lo que se está viendo en La Haya las cosas están tan claras que digamos, y por ello es absurdo sentirnos seguros de tal o cual resultado y tampoco es cauto empeñarnos en afirmar que la solidez e irrebatibilidad de los argumentos están de nuestra parte. Lo prudente es estar dispuestos a aceptar con decencia y respeto, y, claro, sin triunfalismos ni con espíritu de derrota, la decisión jurídica -y como tal legítima- que adopte la Corte Internacional de Justicia; para eso el Perú ha puesto a su consideración el diferendo marítimo. (Acerca del artículo de Eduardo González Viaña, “Los peligros de La Haya”, publicado en La primera)

14 de diciembre:

Yo preferí decir otra cosa y no ser tan crudo. Esto es parte de lo que escribí hace unos días: "... Pero lo cierto es que ni en esto ni en lo que se está viendo en La Haya las cosas están tan claras que digamos, y por ello es absurdo sentirnos seguros de tal o cual resultado y tampoco es cauto empeñarnos en afirmar que la solidez e irrebatibilidad de los argumentos están de nuestra parte. Lo prudente es estar dispuestos a aceptar con decencia y respeto, y, claro, sin triunfalismos ni con espíritu de derrota, la decisión jurídica -y como tal legítima- que adopte la Corte Internacional de Justicia; para eso el Perú ha puesto a su consideración el diferendo marítimo." (Acerca del titular que apareció en el periódico Hildebrandt en sus trece: “Metimos la pata en La Haya y podemos perder el juicio)

14 de diciembre:
Eso, con serenidad. Y con decencia y respeto a lo que la Corte decida. Para eso el Perù sometió a su consideración el diferendo. (Respecto de lo que declaró el canciller, Allan Wagner, que dijo: “Solo nos queda esperar con serenidad”)

15 de diciembre:
Yo también he opinado al respecto y, como Álvaro Vargas Llosa, también espero equivocarme. (Después de leer la carta de Álvaro Vargas Llosa, publicada en el diario La tercera de Santiago)

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Si hemos sometido el diferendo a la Corte Internacional de Justicia, debemos atenernos a lo que La Haya decida. Pero opiniones como la de Álvaro Vargas Llosa son -aunque no parezca- necesarias, si es que queremos ser respetuosos del Derecho. Insistir tercamente en la solidez de los argumentos peruanos y en la irrebatibilidad de nuestra posición, es decir, querer asumir como cierta e inamovible la pretensión planteada ante la Corte y, así, esperar que el fallo sea -sí o sí- a nuestro favor, es muestra de optimismo, pero también de imprudencia. Lo prudente es tener la entereza de asumir con decencia y serenidad la decisión que los magistrados tomen en los próximos meses.

15 de diciembre:
Luis Solari dice que la carta de Vargas Llosa “responde a una campaña mediática para demoler la posición del Perú” con una “visión sesgada de la historia”. ¿Qué? No, señor. ¿Campaña mediática a estas alturas? ¿Para qué, si el tema del límite marítimo está en la Corte de La Haya? La posición peruana y también la chilena, no son y no pueden ser objeto de demolición mediática a estas alturas; su consagración o hundimiento ahora dependen de lo que decida la Corte. Nada más. Las opiniones del hijo de nuestro novelista deben servir para tener una visión serena pero crítica de las cosas. Para tener la entereza de asumir el resultado del diferendo (cualquiera sea) con decencia e hidalguía. (Respecto de lo declarado por Luis Solari, ex viceministro de Relaciones exteriores.)

16 de diciembre: 
Tengo una duda: ¿Patriotismo es estar convencido de que las autoridades nacionales siempre tienen la razón y que todo lo que planteen en los foros internacionales habrá de llegar a buen fin? Y, por otro lado, ¿es traición a la patria creer lo contrario? Ojo: entiéndase bien que creer no es lo mismo que desear.

17 de diciembre:
Cómo es el patrioterismo, caracho. Parece que turba la razón. He escuchado a alguien decir (y, claro, sin duda es lo que piensan muchos) que con lo escrito por Álvaro Vargas Llosa se están dando "opiniones que les sirven a los chilenos para tener argumentos a favor". ¡Qué absurdo! ¿Cómo van a servir estas opiniones para tal cosa, si los argumentos (de ambos países) ya fueron expuestas en La Haya, y fueron expuestos antes de la carta de marras? ¿O es que acaso creen que los magistrados de la Corte Internacional de Justicia van a decidir sobre la base de lo dicho por el hijo de nuestro Nobel? Lo que el periodista ha expuesto son simple y llanamente sus opiniones, que tienen mucho de pesimismo, pero son opiniones nada más. Él no ha dicho en ningún momento que que esté en contra de la posición peruana; solo ha tratado -equivocado o no- de ser realista. Otra cosa es, por ejemplo, lo expresado por el padre de nuestro Presidente, que quiere, con propósitos similares a los sentimientos fascistas, exacerbar el nacionalismo, el patriotismo, con intenciones evidentemente bélicas. Lo de Vargas Llosa solo es una metida de pata venial, metida de pata no por lo que dice, sino por haberlo dicho tan sonoramente lo cual ha dado lugar a que casi todo el mundo diga que es un "traidor a la patria". Ufff!

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Pregunto una cosa o, mejor dicho, dos. ¿Si el fallo de la Corte Internacional de Justicia saliese a favor de nosotros los peruanos, qué diríamos de Álvaro Vargas Llosa? ¿Y si resultara favorable a Chile, diríamos tal vez que el hijo de nuestro Nobel simplemente tuvo razón, o que por su culpa fue que perdimos?

17 de diciembre: 
Por fin dos voces moderadas y exentas de patrioterismo, de personas que han entendido la carta de Álvaro Vargas Llosa. Allan Wagner, el agente peruano en La Haya, invitó al hijo de nuestro Nobel a "que se informe mejor sobre la posición peruana y, en ese sentido, estamos totalmente abiertos y deseosos de brindarle toda la información que él dese al respecto”, y Rafael Roncagliolo, nuestro canciller, pidió -como el periodista hoy tan cuestionado e insultado- no caer en triunfalismos. Bacán.

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Con el caso de Álvaro Vargas Llosa se ha hecho todo un cataclismo absurdo e innecesario. Él solo ha expresado su opinión, medio pesimista, acerca del probable resultado que pudiera tener el proceso seguido ante La Haya. No se ha opuesto a la posiciòn peruana, simplemente cree -equivocado o no- que no tenemos muchas posibilidades de ganar. Hay quienes creen que su carta es inoportuna e imprudente (y por eso hasta hablan de "traición a la patria"). ¿Creen tal vez que va a influir en los magistrados de la Corte, o que estos son unos peleles? El pesimismo del hijo de nuestro Nobel solo pretende dos cosas: que el triunfalismo no nos enceguezca y que los deseos y aspiraciones no nos impidan ser realistas. La calidad de los alegatos se mide básicamente por dos cosas: uno, por su riqueza argumentativa y conceptual, lo cual les da merecimientos intelectuales, teóricos y doctrinarios de alto nivel, útiles para el aprendizaje, y dos, por el resultado concreto que se obtenga al final del proceso, es decir, en la sentencia. Ahora solo se ha logrado lo primero. Queremos ganar, es cierto; pero pensemos también que podemos perder. Y esto no lo deciden ni Piñera ni Humala, no lo deciden los políticos ni menos el periodista que ha causado desbordes emocionales en muchos patriotas a ultranza. La decisión está en manos del principal órgano judicial de la ONU. Y hay que estar preparados para recibir el fallo -cualquiera sea- con decencia y respeto.

lunes, 26 de noviembre de 2012

UN MAESTRO QUE NOS DEJÓ HUELLA / Por: Miguel Aguilar Sánchez

Entre los años 1962 a 1966, estudié mi Educación Primaria en la Escuela Prevocacional de Varones Nº 293 del Distrito de Pallasca- en la zona andina de Ancash, de la que podría asegurar fue una de las mejores que haya conocido; contaba con un amplio patio de honor con proscenio, Salón de Actos, con vestuario y telones, Museo con restos arqueológicos de los antepasados de la zona, Aulas bien distribuidas, Talleres: de Carpintería, Pequeñas Industrias, Zapatería, Agropecuaria y Sastrería; banda de guerra y banda de música, piscina,  un hermoso bosque de aromáticos eucaliptos y muy cerca, como se diría a un paso,  el Estadio de Fútbol Municipal que en el lado oeste tenía una especie de peñasco muy accesible, que en los días de campeonato deportivo servía de tribuna natural y que en los vientos del otoño echábamos a volar nuestras cometas de carrizo, -forradas unas con papel cometa y otras con periódicos- y aviones hechos con las hojas del cuaderno “Atlas”; total qué importaba el material, si cada quien buscaba hacerlo llegar lo más alto y lejos posible.

Hablar de mi Alma Máter es también contarles de la calidad de sus maestros; sí de maestros, porque así se les nominaba a los que enseñaban educación primaria y de veras que lo eran. Maestros en moldear nuestras mentes y corazones. Cómo no evocar en la memoria a su Director: Eloy Sifuentes; los maestros: Oscar Sandoval, Rafael Álvarez, Reynaldo Hidalgo, Angel Acorda, Arnaldo Gonzales, Juan Vega, Manuel Ibargüen, Segundo Castillo, Porfirio Solano, Miguel Piedra, Elio Machado, Isaac Valdivia, Ruperto Castillo, y el inolvidable portero Roberto Salvatierra. Algunas veces, como acostumbran ahora los alumnos en decir a los profesores “profes”, por entonces juguetona e inconscientemente como niños o a fuerza de pronunciar esta palabra muchas veces, por abreviatura al maestro simplemente le decíamos “metro”, así en el caso mío me enseñaba el “metro Rafa”

Rafael Álvarez Brun, fue mi maestro del 1º al 5º grado de primaria, ducho para enseñarnos los conocimientos de las ciencias y las letras, presto para tomarnos la tabla de multiplicar, melodioso para hacernos cantar y  noble y tolerante ante nuestras travesuras.

Nuestras clases diarias las realizábamos en el salón de actos, el cual era un lugar amplio: a un extremo la pizarra, al otro el proscenio para las actuaciones, especialmente nocturnas, llamadas “Veladas Literario Musicales”, con carpetas bipersonales para sentarnos de a dos. Hacíamos las tareas con las inquietudes infantiles propias de la edad,  en ocasiones hacíamos tarjeteros tejidos con coloridas serpentinas; el maestro “Rafa” solía pasearse entre las carpetas silbando con un tono muy suave la canción incaica “Vírgenes del Sol”, suspendiendo su silbido para ayudarnos con la tarea o apoyarnos con indicaciones en nuestro trabajo manual.

Pero lo que más disfrutábamos de él, era la narración de sus cuentos, por la forma tan original como lo hacía; sobre todo había uno muy especial que a no equivocarme si nos habría contado unas cien veces en nuestra vida estudiantil primaria, es poco, tal vez hayan sido mucho más que no es una exageración, pues lo hacía de tal modo que cual encantador oriental de serpientes, en el acto mantenía nuestra atención.

Este era el cuento de “La vieja patera”. No sé si este cuento esté en algún texto proveniente del oriente, de reyes,  príncipes y princesas, pero presumo que su procedencia es de allí, tal vez lleve otro nombre; mas para mí “La vieja patera”, es del maestro Rafael.

Como todo cuento de esta índole, los acontecimientos suceden en un reinado donde el Rey tenía tres hijas y un día las hace llamar para que le dijesen como a qué lo querían.

Llamó Primero a la mayor:

-          Hija mía, Cómo a qué me quieres?
-          Yo, padre te quiero como a la luz de mis ojos.
-          ¡Ah!, esta hija sí me quiere, es por tanto digna de estar en mi reino- Dijo contento el rey
-          ¡Qué venga mi segunda hija!-  ordenó al criado.
En el acto vino la segunda hija.
-          ¿Hija cómo a qué me quieres?- Preguntó
-          Padre, yo te quiero como a las venas de mi corazón.
-          Ah, esta hija sí me quiere, denle todo lo que le plazca en mi reino- Dijo rebosante de felicidad el soberano.
Finalmente ordenó llamar a la hija menor:
-          ¡Venga mi hija menor, seguramente ella me querrá mucho más!
Vino presta la hija menor.
Hija mía, ¿Cómo a qué me quieres?
-          Yo padre te quiero como a la sal de la comida. (Algunas veces el profesor decía "como a la sal de la comida", otras "como a la sal del “locro”)

Se enfureció el rey.

-    Esta hija no me quiere, no merece estar en mi reino. ¡Criado!. ¡Llévala al bosque con todas sus cosas y sacrifícala y tráeme como prueba del cumplimiento de mi orden el corazón de esta mala hija!

Tras la sentencia, la pobre hija acomodó sus pocas cosas  y acompañada con el criado, enrumbaron al bosque con enorme tristeza.

Este era el momento más expectante para nosotros, ahí estábamos como hipnotizados,  atentos a cualquier movimiento, detalle o lo que fuera porque aparecía el narrador-actor, que como era único captaba toda nuestra atención, los de la primera fila de las carpetas éramos los privilegiados, los de las últimas filas eran los más altos de la clase, pero igual se empinaban para ver el espectáculo. Ahí estaban, silenciosos, casi sin respirar, menos pestañear, una treintena de espectadores, entre ellos el Rosendo “Rosho” Campos, Antonio Cier, Bernardo Álvarez (hijo mayor del maestro), Juan Fernández, Raymundo Campos, Los mellizos de Cuymalca, mis primos Belisario y Manuel Aguilar de Huachaullo, Andrés Matta de Llaymucha, Manuel Aparicio, Pedro Huanca, Carlos Villavicencio, Juan Alcántara, Aurelio Estrada, Dócil y Nelson Valdez, Víctor Díaz, Walter Álvarez, Anacleto Bada, Marcos y Wilson Ruiz….

Continuaba la narración.

Detrás de la princesa iba su noble y fiel perrito- ¡Era el momento que más disfrutábamos! Nuestro maestro, encorvaba un tanto el torso, hacía un zapateo cortito, avanzando los pasos, sacando un tanto la lengua,  jadeando cual un perrito,  y haciendo con la mano como si fuera meneando la cola, con una gracia tal que casi ni nos dábamos cuenta que el pobre can iba a un sacrificio, porque de tantas veces repetido el cuento ya lo sabíamos de memoria.

Proseguía la narración.

Después de caminar mucho y llegar al bosque, la princesa le dice al criado:
-          Ya llegamos, tienes que cumplir la orden de  mi padre.
Pero el criado se compadece de la niña y le dice:
-          No mi ama, no haré eso, mejor mataré al perrito y así llevaré el corazón para mostrarlo al rey.
Así lo hace y regresa al palacio, mostrando el corazón del perrito como prueba de haber cumplido fielmente las órdenes del rey.
La princesa, deambula por el bosque varios días, pero tiene que buscar algún lugar donde vivir y no quedarse a merced de los animales del bosque, así que caminando y caminando llega a un palacio, y se disfraza de viejita para pedir posada.
Toca la puerta del palacio.
-          ¿Quién es?- Pregunta el rey
-          Yo, shiñor, quiero posadita shiñor, puedo hacer trabajito shiñor.( Este "shiñor", lo hacía con un timbre de voz que no nos cabía la menor duda que era una viejita)
-          Esta vieja. ¿Qué puede hacer? – Dijo para sí el rey- ¡Ah!, ya sé la pondré a cuidar los patos. ¡Criado llévala a la casa de campo y ahí que cuide los patos!

Dirigiéndose a la falsa viejita, le dice:
-           ¡Vieja vas a cuidar bien los patos ah! ¡Cuidado con descuidarlos!
-          Shi shiñor, ashí será shiñor

Se instaló en la casa de campo hasta que cierto día el príncipe le dice a su padre el rey.
-          Padre, voy a la casa de campo, a ver los patos, no vaya ser que la “vieja patera” los tenga descuidados.
-          Cierto, hijo. Hay que ir a ver a esa “vieja patera” y verifica cómo están los patos.

Este es otro momento especial; el maestro-actor coge una regla larga que tenía en el aula para seguir las lecturas en la pizarra, simula que es un corcel, lo monta y emprende a  galope hacia la casa de campo. Ese galope de caballo, lo hacía igual con el zapateo de los pasos del perrito en el episodio anterior, solo que en nuestra fantasía infantil éste era un hermoso corcel, montado por un elegante y apuesto príncipe.

Llega a la casa de campo escucha una hermosa melodía de guitarra (lo escenifica). Silenciosamente desmonta, se aproxima a la puerta, mira por las rendijas, se limpia una y otra vez los ojos, no creyendo ver lo que veía, le sorprende lo que ve, pues es una hermosa doncella que toca una hermosa melodía con la guitarra.

Con autoridad de príncipe toca la puerta y la doncella como puede alcanza a ponerse su disfraz.
-          ¿Quién esh?
-          ¡Yo vieja abre la puerta!
-          Eshta bien shiñor.
Abre la puerta y la encuentra sola
-          Vieja, quién más está acá?
-          Nadie shiñor, yo sholita nomás shiñor.
-          Me parece haber escuchado música.
-          No shiñor yo nomás eshtoy shiñor.
-          Está bien cómo están los patos?¿Están aumentando?
-          Shi shiñor, todo eshta bien shiñor. Están aumentando los patos shiñor.
-          Bueno vieja, así me gusta, me voy. Adiós.

Pero al príncipe, le quedó la duda de lo que estaba sucediendo en la casa de campo y decide ir por la noche para ver lo que sucede. Igual como la primera vez el actor monta su caballo y va rumbo a la casa de campo; escucha la melodía, desmonta, mira a través de las rendijas, se limpia una y otra vez  los ojos y ve igual que la vez anterior,  a una hermosa doncella tocando la guitarra, pero esta vez está decidido a no darle tiempo y toca la puerta con tal apuro que no le queda más remedio a la doncella que abrir la puerta sin tener tiempo de ponerse su disfraz. El príncipe queda sorprendido y encantado de la hermosa doncella y decide visitarla una y otra vez, hasta que le pide matrimonio a lo cual ella accede, teniendo que comunicarle a su padre el rey.

-          Padre, tengo que decirte algo.
-          Dime hijo.
-          Padre, quiero casarme con la “vieja patera”.
-          Hijo, cómo es posible, ¿Te has vuelto loco?
-          No padre, la vieja patera es una hermosa doncella, vamos a la casa de campo para que la conozcas.

Enrumban en sus corceles hacia la casa de campo. Efectivamente, era una hermosa dama. El rey queda encantado y acepta la boda. Cursan las invitaciones a todos los reinos vecinos.
Llegado el día de la boda, la princesa reconoce a su padre entre los invitados y dice a sus criados
-          A la persona que está sentada frente a mí, sírvanle la comida sin sal.
Sirven el banquete, todos comen y saborean con beneplácito los manjares de la boda y el padre de la hija que se había sentado frente a ella, no comía, no obstante que le dicen que se sirva y él solamente asiente:
-          Está bien gracias. Ya está bien.
Preocupado el padre del príncipe, le pregunta
-          ¿Por qué no come majestad? ¿Dígame, no le apetece la comida?
-          La verdad su majestad es que toda la comida que me han servido está sin sal.
-          Cómo es posible- dice el rey. ¡Traigan al cocinero! ¡Hay que castigarlo!
Ante esto, se para la princesa y dice:
-      Yo he ordenado que se le sirva la comida sin sal. Porque un día que me llamara para decirle cómo a qué le quería y  le dijera que lo quería como a la sal de la comida, él me mando al bosque y encargó al criado que me matara; él es mi padre.

El rey  arrepentido  abrazó a su hija lleno de emoción y alegría de verla viva y muy hermosa.

-          ¡Perdóname hija!, ¡Perdóname!. Gracias criado por no haberla matado. Que venga el criado para que coma junto a mí. Qué traigan más vino, más comida que siga la celebración. Y tuvieron muchos, muchos días de celebración de boda. Tal vez hasta ahora…

Terminaba la narración con felicidad, nos mirábamos uno a otro contentos, satisfechos casi siendo parte del banquete de boda.

Alguna vez como niños, se nos ocurrió preguntarle:
-          Maestro “Rafa”, ¿Seguirán celebrando?
-          Así es hijito, es posible que sigan celebrando- Nuestra imaginación volaba en ese fantástico mundo infantil.

Terminadas las tareas o a veces en el patio de honor cuando hacía su turno semanal, porque cada maestro en este turno hacía la formación general, tocaba la campana para la entrada, salida y el recreo, nos sorprendía preguntándonos:
-          Niños, ¿quieren un cuentito?
-          ¡Si!, ¡Si!- un coro unánime.

-          ¿Cuál quieren?

-     ¡La vieja patera, maestro!¡La vieja, patera “metro” Rafa!, ¡La vieja patera!, ¡La vieja patera, maestro Rafael!,  ¡Sí!, ¡Sí, la vieja patera! ¡Ese!, ¡Ese!- Voces de niños por todos los sectores.

-       Está bien, se los voy a contar- Ahí estaba mi  maestro, nuevamente captando nuestra mayor atención.

En alguna oportunidad, intenté contar este cuento a mis hijos en su niñez, les gustó su contenido fantástico, mas para mí era torpe mi narración,  esas habilidades solo las tuvo mi maestro Rafael; maestro que cumpliendo por entero su noble misión, dejó su más grata y apreciada huella en los corazones de quienes tuvimos el honor de haberlo tenido como maestro guía en nuestra niñez.

domingo, 28 de octubre de 2012

¿CASA TOMADA?

El pasado viernes me tocó ir a la Casa Museo José Carlos Mariátegui, porque quise asistir a la presentación del libro ''Melodías disonantes'' de Micaela González, a cargo de Armando Arteaga, en el marco de los Viernes Literarios que conduce nuestro entrañable Juan Benavente. Llegué temprano. Parado, con las piernas bien separadas como para bloquear completamente el acceso, en la segunda puerta estaba un ''guachimán'' con cara de pocos amigos que, cuando me dispuse a ingresar, me dijo: "¡Tiene que firmar el libro!''. ¿Qué, es obligatorio hacerlo?, le pregunté. Me contestó que sí, que era una "decisión de la Casa Mariátegui". El libro, con apariencia de aquellos "Libros de visitas" en que se suele poner voluntariamente una firma y a veces una frase de elogio, estaba poblado de rúbricas y cuasi "generales de ley". Del fondo salió mi amigo Nelson, aparentemente con el propósito de ir a comprar algo, y se detuvo detrás del obediente y mandón muchacho de la puerta (no pudo avanzar, pues el obstáculo se mostraba infranqueable). Yo le sonreí como un saludo. No quise firmar, porque yo no firmo por obligación, ni mucho menos por mandato de sabe Dios quién diablos. Me largué. No sé quién es el director, pero tengo entendido -mi amiga Charo me lo dijo- que según él la obligación de firmar es para garantizar la sobrevivencia de la Casa Museo porque "si no hay un mínimo conveniente de asistencia podría ser cerrada"; esto es lo más absurdo que puede haberse dicho. Los monumentos no se abren por una cuestión de "marketing", sino por respeto a la memoria histórica. ¿O es que el director cree que la cultura se mide por su grado de "utilidad" o por una suerte de "rating", como los programas de la televisión, y si nada de eso es satisfactorio, lo que debe venir es el cierre? No, señor. La cultura, por otro lado, no puede estar sometida a este tipo de controles. Que yo sepa, ni para ingresar al Palacio de Gobierno existe tal cosa; yo he ido más de una vez, por la exposición del Señor de Sipán y otras, y solo he mostrado mi DNI. ¿Los escritores están bajo sospecha, tal vez? ¿La del jirón Washington 1946, será ahora una casa tomada?

sábado, 20 de octubre de 2012

BREVE SEMBLANZA "LINGÜISTÓRICA" DE PALLASCA


Se me ha pedido que haga una “semblanza histórica de Pallasca”, pero eso es demasiado para mí; así que -"pretencioso y presumido" como buen pallasquino- he preferido algo más ambicioso: hacer lo que yo llamo una “semblanza "lingüistórica”, es decir, hablar de nuestro querido pueblo desde la lingüística y la historia. A ver si resulta:

 

La palabra no solo es un instrumento sonoro o gráfico que sirve para comunicarnos. También nos identifica. A los pallasquinos, por ejemplo, nos identifica, entre otras expresiones, el “Cho”, voz que empleamos para llamar o pedir atención a alguien. Equivale a “amigo”. Se trata de una apócope de la palabra “cholo”, generada con propósito eufemístico. Recuérdese que, a pesar de su significación altamente respetable, la expresión “cholo” no llega aún a ser aceptada dignamente como se merece, por gran parte de la población peruana y, más bien, es usada con cierta voluntad peyorativa. “Cho” es, podríamos decir, el apelativo emblemático de Pallasca que une a todos y genera regocijo escucharlo. Sin embargo, debemos precisar que no solo en Pallasca es usada esta expresión; también lo es, por ejemplo, en Moyabamba. La diferencia radica en que en la Capital de San Martín se la emplea indistintamente para varones como para mujeres y en Pallasca, en cambio, es solo para dirigirse a los varones ya que para las muchachas se usa el “Chi”. Veamos y recordemos a continuación otras palabras nuestras.

 

CARONA. Tela muy gruesa, acojinada, que se coloca sobre el lomo de los caballos o de los asnos para evitar que sufran excoriaciones por efecto del roce de la silla o de la carga. “Carona” era el mote con que se aludía a don Francisco Ninaquispe, o Pancho Nina. Desconocemos el porqué de este apelativo. Lo que sí sabemos es que don Pancho fue uno de los personajes más “notables”, sin haber sido “togado”, de Pallasca, por lo resaltante de su presencia que lo convirtió en un símbolo, en un punto de referencia. Fue uno de los más cultos y actualizados en información. Su bodega fue el centro de conversación –llamémosle tertulia- del más alto nivel: política, cultura, novedades periodísticas, etc. Pero también lo pintoresco estaba con él, en su invariable “look”: pantalón con tela de “jean” azul, saco beige de drill y sombrero de paja.

 

CARVISH. Desgastado, raído: “la olla está carvish o carvishada”. La campana que llamaba a formación o nos hacía apurar el paso a la hora de entrada, durante nuestros años en la “Prevocacional” -nuestra escuela primaria-, tenía el sonido seco, medio afónico, pero rotundo. Era eso, una campana carvishada por el tiempo y los golpes del badajo. Roberto Salvatierra, el portero vitalicio del centro escolar, era el que de los monótonos repiques hacía música en nuestros oídos; no por alguna misteriosa combinación de acordes, sino por lo que aquella ruda repetición sonora significaba para nosotros: el ingreso y la cálida permanencia en lo que fue verdaderamente nuestro segundo hogar, la “293”.

 

CASHCAR. Roer, mondar, tratando de sacar con los dientes los últimos residuos comestibles de algo para aprovecharlos: “cashcar el hueso”. Su origen está en el quechua. En el “Vocabulario de la Lengua Quechua publicado por Diego González Holguín, en 1608, aparece lo siguiente: “Cachcani huacruni. Roer hueso, o cosas duras”. Un Diccionario en la Internet (“quechuanetwork”) presenta: Kaskiy: roer, corroer. En la zona central del país existe una canción que, entre otras cosas, dice “avelino cashca hueso”. En Huarochirí se dice “cachicar” al acto de roer. Lo cierto es que “cashcar”, tal como se hace en Pallasca, es uno de los placeres gastronómicos de primer orden; es el acto en que una persona trata de “sacarle el jugo” al pedazo de carne que tiene a la mano y que, “por esas casualidades de la vida”, le tocó con hueso. Hay recetas o recomendaciones para poner en práctica ciertos modales en el comer, etiqueta le llaman, sin embargo, nosotros sabemos que “comer con la mano” (que podría escandalizar a la autora de “Ese dedo meñique”) es el ritual más humano y placentero que pueda existir a la hora de alimentarse.

 

CHICLAYO. Calabaza comestible que, estando madura, se emplea para la preparación de mazamorras, y cuando aún es tierna, en guisos. La mazamorra, o dulce de Chiclayo, se prepara de dos maneras: sancochada en olla o cocida en horno. Lo tradicional en Pallasca ha sido siempre el hornear chiclayos después de terminarse la preparación de los panes caseros. En horas de la noche se los dejaba dentro de la gran caldera de barro, expuestos a la elevada temperatura que progresivamente iba menguando, y cuando la luz del nuevo día llegaba ya todo estaba listo. Sin embargo, a veces el Chiclayo no aparecía donde se le había colocado; solo el rescoldo le daba la bienvenida al amanecer. Los dueños de casa, ya lo sabían, era fácil adivinarlo: algunos muchachos zamarros –de esos que nunca faltan-, mientras el pueblo dormía plácidamente y quizás las sombras eran atravesadas por el chillido de un chushec, subrepticiamente habían sustraído el delicioso manjar y dado cuenta de él. Un berrinche, unas palabrotas… y nada más. Quién iba a decir esta boca es mía.

 

CHUPABARRO. Apodo con que se alude a los nacidos en el distrito de Pallasca. Se debe a la secular escasez de agua en la zona urbana del distrito y sus alrededores. El río más próximo, el Tablachaca, se encuentra a unos siete u ocho kilómetros hacia abajo, en el límite con la provincia de Santiago de Chuco, en La libertad. El pallasquino es, sobre todo, alegre y, por ello ha logrado que, más que una socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia delante con optimismo y dignidad.

 

CHUPE Fiesta en que se ofrecen donaciones (bandas de música, castillos, reses, etc.) para la celebración principal por San Juan Bautista. Es organizada, con prudente anticipación (casi siempre en noviembre o diciembre) por el prioste principal, a quien van dirigidas las voluntarias contribuciones. No existe un registro veraz que nos dé luces acerca del significado de la palabra. Algunos creen que se trata de una referencia a aquella restauradora y nutritiva sopa andina que, según la zona, presenta características particulares por sus ingredientes y color (en Pallasca contiene papas, huevo y "cash cash" y en algunos otros pueblos le dicen "sopa verde") y que, improbablemente, habría sido en otros tiempos el plato principal del acontecimiento. Otros intuyen, con más ligereza, que proviene del verbo "chupar"(que es lo mismo que libar o beber licor). Cualquiera sea la explicación lingüística, lo cierto es que en el Chupe se congregan los pallasquinos desbordando alegría, y, sin mezquindad y estimulados por su buena voluntad y la euforia que provoca el licor, se disponen a darle al prioste la seguridad de que la Fiesta que en unos seis o siete meses se realizará, ha de ser “la mejor de todos los tiempos” y, para que eso sea cierto y no se generen dudas, levantan la voz y hacen pública su oferta: “¡Un toro de muerte!”. Aplausos de rigor y un cohete retumba en el cielo pallasquino. “¡Un castillo de diez cuerpos!”. La banda de músicos toca una diana, más aplausos y más cohetes. “¡Cincuenta cajas de cerveza!”. Más diana, más aplausos, más cohetes...

 

GROG. Trago preparado con agua hirviente, licor, jugo de limón y azúcar y, eventualmente, alguna hierba aromática; en otros lugares es conocido como “calientito”. Las noches frías, casi heladas, de Pallasca, sin ninguna discreción incitaban a beberlo. Nuestros mayores conversaban (de política, de cultura, del acontecer internacional) en la tienda de don Pancho Nina, generalmente en horas de la tarde, y un rato después, el billar de don Beto Álvarez –mi tío- los llamaba, y allí las conversaciones eran otras. Hacia fuera, el balcón dejaba ver una profundidad de sombras, y adentro la luz parecía cantar con el rumor de la vetusta lámpara “petromax”. Carambolas iban, carambolas venían. Solícito, don Beto iba “dándole bomba” al “prímus” para que pronto hirviera el agua. Y, luego de unos minutos, el grog, humeante, le sacaba la lengua al frío.

 

HUÁYCHAGO. Ave nocturna. Es el mismo “huaychhau” a que se refiere González Holguín en el Vocabulario Quechua antes citado: “Cierto paxaro ceniziento que canta assi”. Como suele ocurrir, debido a que solamente sale en horas nocturnas, a esta ave se le atribuye vínculos con fantasmas o “almitas en pena”. Tiene la cola blanca y por ello es que a don Manuel Vásquez, cuyo apodo era precisamente “Huáychago”, también le llamaban “rabo blanco”. Era un humilde zapatero remendón que acostumbraba dar unos toques a su guitarra, o “palito trinador”, y contagiarnos, a los niños que lo rodeábamos, su melancolía con una invariable exclamación: “Tengo una pena… ¡será de frío!”. Pero, claro, no era “malagüero” como aquel paxaro ceniziento del Vocabulario de González Holguín.

 

LLEVAR A LA PATRIA. La puesta en práctica de la ya desaparecida “leva”, es decir el reclutamiento coercitivo de jóvenes para el servicio militar. Cuentan que cuando don Eleodoro Valdez, en edad militar, fue “llevado a la patria”, la “Shile” que era su mujer, desconsolada lloraba al verlo partir: “¡Ay, mi Leyodoro… ay, mi Leyodoro… Aunque haragán, haragán, ahí lo hemos pasao!”. Lloraba "como para muerto", es decir, como si estuviese segura de que nunca más iba a verlo; es que aquella “leva” conducía a su marido, no al cuartel militar para la rutina ya conocida, sino al frente de batalla, en el norte del país (año de 1941). "Llorar como para muerto", además, implicaba otra cosa (lo que ocurría siempre en los conmovedores funerales pallasquinos): darle al sollozo prolongado una cadencia melodiosa, como de chimaychi pomabambino. Eleodoro, felizmente, retornó ileso del conflicto. Lo mismo ocurrió con los demás conscriptos pallasquinos, Leoncio Pinedo, Francisco Solano, Ireno Valverde, Elías Villanueva, entre otros. Peruanos anónimos, héroes sumergidos en el olvido.

 

LONSHO. Hipocorístico, expresión afectiva para referirse a Leoncio. Don Lonsho Pinedo fue el zapatero del pueblo, por antonomasia. En aquella época en que todavía se usaban las estaquillas y la pita untada con cera de abeja, él confeccionaba los zapatos más resistentes que podía conocerse, con los que uno podía desplazarse desafiando el inmisericorde asedio de las piedras del suelo pallasquino. Esos sí que eran verdaderos “zapatos hechos a mano”. Mientras nos probábamos aquellos rudos calzados en su tallercito, en la bajada a Quichuas, nos contaba emocionado y orgulloso, de su breve pero intensa y riesgosa experiencia militar. En efecto, cuando se produjo el conflicto militar de 1941, don Lonsho, con otros pallasquinos, formó parte del Batallón de Infantería Nº 5, que tuvo importante participación en la frontera norte. Pallasquino de fuste, sin duda.

 

SHAMA. “Limón real” partido por la mitad al que se untaba anilina, en época de carnavales; carnavales pallasquinos aquellos en los que los juegos no eran como los que llegaban a desbordarse en los barrios populosos de Lima, pero que a veces resultaban, digamos, “moderadamente brutales” cuando se recurría al uso de la shama, restregada sin pausas ni misericordia en el rostro de las muchachas, causándoles, ¡como no!, una irritación de los mil demonios. Pero también se bailaba alrededor del “cilulo”, adornado con una infinidad de coloridos objetos, como canastas de plástico, pelotas, muñecos, pañuelos, etc. Los mayores solían organizar un “baile social” que se realizaba en los bajos de la Municipalidad (el ambiente al que llamábamos mercado). Parte insustituible de estas fiestas era la “cantina”, es decir, el espacio resguardado por un mostrador en el que se vendía cerveza y gaseosas, escabeche, papa a la huancaína, picante de cuy, cigarros y chicles, por cuya compra había que recibir, después del pago, un ticket hecho con papel cometa, perforado para el desglose con máquina de coser. Allí el juego era “decente” (es decir, sin un ápice de violencia): con chisguetes de éter llamados Amor de Colombina o Amor de Pierrot, talco perfumado y serpentinas con frases de amor. La música la ponía el “pick up” de don Ireno Aguilar. Cuando algunos asistentes terminaban de bailar algún tema de moda, en coro los demás insistían: “a la…, a la…, a la…!” y, obedientes, los varones –para no quedar mal- conducían a su pareja hacia la cantina para invitarle algo de lo que allí se expendía (casi siempre la damisela pedía un chicle o una gaseosa, pero a veces era un plato de cuy o algo más caro y, en ese caso, el galán terminaba sudando frío porque apenas si le alcanzaba la plata para una “Cocabanita”, la gaseosa de Cabana. Pero, en realidad, no solo se “jugaba” con “shama”. También con los populares globos, y el agua empleada para insuflarlos era el agua del “chorro”, para lo cual algunos niños y adolescentes (aquellos que recibían una buena propina) usaban un chisguete o una bombilla comprados en la tienda de don Víctor o en la de don Gerardo. Era, pues, “agua limpia”. Los demás –la mayoría- recurrían a otra técnica o método: tomaban un abundante sorbo de agua en la boca y soplaban el globo introduciendo el líquido; después de cuatro o cinco veces de efectuar este ejercicio, el globo estaba listo para ser lanzado; podía verse, naturalmente, que dentro de él navegaban unas burbujitas extrañamente densas. Las asustadizas pallasquinitas que presurosas pasaban por la plaza yendo a comprar el pan, se convertían en víctimas de los disparos a mansalva que efectuaban los mozalbetes. Terminaban –usted ya lo adivinó- con la cara empapada en agua y, claro, también con muchas gotas de saliva!

 

SURRUPEAR. Expresión onomatopéyica referida al acto de sorber una sopa o alguna bebida haciendo vibrar sonoramente (“surrup, surrup…”) los labios. El acto de “surrupear” es generalmente visto como algo grotesco que desdice de la persona, porque no está aceptado dentro de las convencionales normas de urbanidad de las sociedades de Occidente, como daba a entender Carreño –el del Manual de Urbanidad-: “Son también actos grotescos: …2º, sorber con ruido la sopa y los líquidos calientes, en lugar de atraerlos a la boca suave y silenciosamente…”. Lo que ocurre también con el eructo. Sin embargo, en Japón es lo más común y hasta diríamos que es una especie de ritual producir ese sonido cuando se toma la sopa, con el plato pegado al labio inferior. Y el eructo, en los pueblos árabes, es virtualmente una muestra de agradecimiento por lo provechosa que ha resultado una comida. En una oportunidad, de visita en el Perú, Franco Nero fue agasajado con un almuerzo; para sorpresa de los demás comensales, el actor italiano emitió un sonoro eructo que, lejos de ser reprobado, mereció el aplauso y la celebración de los presentes. ¿Por qué el “surrupear” no puede también merecer la aceptación general? En fin, si ello no es posible, tengamos en cuenta, al menos, estas dos cosas: 1) con el uso de este sugerente verbo pallasquino se reduce a una palabra la expresión que contiene cinco: “sorber un líquido con ruido”; 2) al beber un líquido caliente la mejor forma de tolerarlo es, simple y llanamente, “surrupeando”.

 

ZÁMPARA. Cierto fantasma o aparecido que las madres de nuestro pueblo solían nombrar para asustar a los niños (“no vayas tan lejos que puede aparecer la zámpara”); se trataba de una “mujer alta y con los pechos excesivamente protuberantes”. Cuenta Alfonso Aguilar, de Conchucos, que para poder caminar sin molestias la zámpara tenía que echarse los senos a la espalda; agrega que se alimentaba “solo de niños malcriados” y que “antes de comérselos, les engordaba haciéndoles lactar de sus enormes senos en cuyos pezones tenía espinas”. Así era de candorosa pero muy rica la imaginación popular en nuestros pueblos. Probablemente las cosas hayan cambiado incluso en esto. La incontenible embestida de la modernidad es una cotidiana amenaza. La zámpara no era solamente el fantasma que “asustaba” a los niños, estimulándoles a comer o a portarse bien; era, sobre todo, un personaje que, escondido en el arcano, alimentaba la imaginación. La era audiovisual que vivimos tiende a convertir a nuestros niños y jóvenes, más que en receptores de enseñanzas, en víctimas de su asedio. Contra el holocausto de las cosas nobles que crean nuestros pueblos, hace falta construir barricadas culturales, y revueltas contra esta zámpara que sí es perversa: la destrucción de los sueños. Esa es nuestra tarea.

 

PALLASCA. Nombre del distrito y la provincia. Según estudios serios, provendría del nombre de un indio noble llamado Apollacsa Vilca Yupanqui Tuquiguaraca. Apollacsa, palabra compuesta por: Apo, o apu , “Señor grande o juez superior” y llacsa,“el metal fundido o bronze (sic)”, según el Vocabulario de Diego González Holguín. Debemos agregar, como nota curiosa, que en dicho lexicón aparecen también las siguientes expresiones cuya importancia, para explicar el nombre de Pallasca, a pesar del notable parentesco sonoro, no nos atrevemos a ponderar: “Apa payasca, lluqui payasca, ttitu payasca –los dones y mercedes”. Y más cercano aún es el significado que en el mismo Vocabulario se consigna respecto de la expresión “Hijo ajeno echado a la puerta”, es decir, expósito. En quechua (Vocabulario de González Holguín), aparece como “Pallascca huaccha” empleándose aquí “ll” en lugar de “y”. De esto podríamos colegir que Pallasca significaría literalmente: “hijo ajeno” o “hijo entregado, donado”. Tarea, pues, para especialistas. Pallasca, el distrito -legalmente asumido como tal, es decir, con su respectiva representación municipal ya instaurada, el 2 de enero de 1857-, ha sido siempre un pueblo culto y hospitalario (“bello, saludable y acogedor, por sus paisajes infinitos, por su clima y por el calor imantado de su gente, que es capaz de atraer al más distante de los humanos, convirtiéndolo en huésped perpetuo de su corazón”). Por la ubicación de su Plaza de Armas y el declive de algunos de sus principales barrios y calles ubicados en los flancos norte y sur, para la fértil imaginación popular la apariencia de la ciudad se asemeja a una alforja que estaría montada sobre las ancas de un cuadrúpedo; de ahí que socarronamente, se le haya asignado el irreverente pero no mal intencionado apelativo de "Alforja del diablo". Pero también se le ha llamado “Balcón del cielo”. Don Moshe Huerta, la llamaba, simplemente, Pallasquita linda. Es el pueblo por cuyas callecitas angostas -empedradas algunas y desnudas otras- nadie pasa sin intercambiar un saludo, porque han sido hechas para juntar a las gentes, no para distanciarlas.

 

CONSHYAMINO. Gentilicio de Conshyam, nombre de origen culli dado a un sector ubicado en la parte sur del pueblo de Pallasca. El más conocido de los conshyaminos fue don Pedro Gutiérrez Acosta, un entrañable folclorista invidente que, cuando lo conocimos, solía ubicarse en una de las bancas de la Plaza de Armas (casi siempre en la que da hacia la iglesia) y, con un seseo muy particular, secundado por el acompañamiento jadeante de su vetusta concertina, protegido por su poncho y sombrero, rodeado por los chiquillos del pueblo y vigilado por la “Repolla”, su mujer (a quien él también “vigilaba” pisándole la “lurimpa” para evitar que se aleje), entonaba huaynos y guarachas: “En el cielo las estrellas”, “Mi cafetal”... y “La piedra de mal rodar”, su canción emblemática. Y nosotros nos conmovíamos y alegrábamos con su alegría y su emoción. La destreza que demostraba al hacer brotar las notas de su muy humilde instrumento, era la misma cuando confeccionaba las proverbiales “andaritas”, perfectamente afinadas como para pergeñar, en las noches de luna llena, las melodías inolvidables del “Zorro negro”. Durante las primeras décadas del Siglo XX, la animación musical de las fiestas familiares del pueblo, más que la Victrola, corría a cargo de El Conshyamino. La aparición “Pick up” prácticamente desplazó a ambos. La Victrola se convirtió en pieza ornamental o de museo y don Pedrito, tal vez triste pero jamás deprimido, trasladó su centro protagónico a la Plaza, mas nunca se alejó de los corazones. Más que un personaje, llegó a ser un símbolo. Como él, don Víctor Alvarado, don Pancho Nina, don Lorenzo Paredes y otros, forman parte de la identidad espiritual de nuestro pueblo. Hablar de Pallasca es no olvidarse de ellos, tanto como de El Chonta, de Tambamba, de Santa Lucía; de la “293” y sus entrañables maestros; del Toro de trapo, de las “luminarias” y del grog. A nosotros, por lo menos a nosotros, cuando niños, don Pedro Gutiérrez nos dio una lección imborrable –como todas aquellas que se dan sin palabras, que se dan con el ejemplo-: pallasquinos, amen lo nuestro con todo el corazón.

 

 

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(Texto leído en el Club Ancash, el día jueves 18 de octubre 2012, con motivo del 90º aniversario del Centro Pallasca)