lunes, 28 de septiembre de 2015

DEMANDA BOLIVIANA (CONTRA CHILE) EN LA CORTE DE LA HAYA. Mis comentarios en Facebook


Circuló, hace poco esta pregunta: ¿fue un triunfo boliviano lo decidido por la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en el sentido de declararse competente respecto de la demanda de salida al mar? Estos fueron mis comentarios en el Facebook:
“Claro que es un triunfo, porque lo que ha hecho La Haya, en esta primera etapa, es decidir respecto de dos planteamientos contrarios propuestos por las partes: Bolivia interpuso la demanda porque consideraba que el Tribunal Internacional era competente para conocerla, y Chile objetó esa competencia. Los jueces le han dado la razón a Bolivia. Ha ganado, pues. Pero no estamos frente al asunto de fondo aún. Eso se verá en el proceso mismo; Bolivia expondrá los argumentos que sustentan su demanda, y Chile hará lo propio, como demandado, para defender su posición de rechazo a la pretensión del país altiplánico. En La Paz están celebrando en estos momentos y hasta hay llantos de felicidad, Muy temprano todavía. Esperar. Esperar.”
“Pero ya ayer han celebrado, hasta con lágrimas a raudales.”
“Y lo chistoso es que, no solo la gente movida con arengas y populismo, sino profesionales y se entiende que también juristas bolivianos sienten que ya tienen ganada la demanda solo porque la Corte se ha declarado competente (un tema formal, nada más), sin que aún se haya tocado el asunto de fondo, real.”
Tratado de 1904. Artículo 6º. "La República de Chile, reconoce a favor de la de Bolivia y a perpetuidad, el más amplio y libre derecho de tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico."
“Claro. ¿La Corte podrá modificar eso?”
“Los artículos 2° y 6° son clarísimos. Definitivos. Inmodificables. La demanda boliviana aparentemente pretende la modificación de lo acordado en el segundo artículo citado, que "reconoce a favor de Bolivia y a perpetuidad, el más amplio y libre derecho de tránsito comercial POR SU TERRITORIO Y PUERTOS (territorio y puertos de Chile) del Pacífico"; es decir, no espera (como señala la segunda parte de ese artículo) "la reglamentación conveniente para asegurar, sin perjuicios para sus respectivos intereses fiscales, el propósito arriba expresado", sino la dación de una ley (en este caso una sentencia de La Haya) que le dé territorio o puertos en propiedad. Por qué digo esto, porque Bolivia (esto lo hemos escuchado hace bastante tiempo) quiere que se materialice una "promesa" hecha por Chile. Esta promesa es la que fue hecha en un tratado (tengo entendido que secreto y, además, no ratificado por Bolivia) en 1895 por el que Chile se comprometió a entregar a Bolivia las provincias cautivas de Tacna y Arica. Pero, en fin, sea como fuere, dependerá del fallo que en su oportunidad, y luego de analizar meticulosamente la situación, emita la Corte Internacional, al final del proceso. Esperar, esperar.”
“La demanda boliviana, entre otras cosas, se sustenta en el hecho de que "Chile admitió la necesidad de ceder a Bolivia un acceso plenamente soberano al océano Pacífico"; se refiere a varios tratados firmados el 18 de mayo de 1895, "Uno de ellos especialmente importantes en este sentido, el Tratado Especial para la Transferencia de Territorio", Esto está dicho en los puntos III,13 y V.32 de la demanda. Y, bueno, los artículos 2° y 6° del Tratado de 1904, que son sumamente claros, no se refieren a la cesión de territorio (y ni siquiera al "acceso plenamente soberano") sino, solamente al "más amplio y libre derecho de tránsito comercial" de Bolivia por el territorio y los puertos de Chile. En una palabra: Bolivia exige que Chile cumpla una promesa, nada más (la demanda se funda en esa promesa, como un hecho, y en ninguna parte expone un argumento legal).”
¿Puede La Haya, o algún otro tribunal judicial, obligarle a Chile a cumplir aquello que solo fue una promesa? No 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

HISTORIA DE UN ECLIPSE*

–Cuando ocurre un eclipse de Sol –dijo notoriamente fastidiado el profesor-, el día se oscurece por completo. Y lo que este tonto nos está anunciando, no es más que una sandez.

 

Aquel era un día tranquilo, como suelen serlo en  todos los pueblos de la sierra, a menos que fueran alterados por noticias de alguna muerte entre los vecinos o por la llegada de foráneos trashumantes que por determinado aditamento en el vestir recibían el trato de “doctor” o “ingeniero”, no pasando, en realidad, de ser simples y honrados “shilicos” vendedores de anilinas y peinetas, o truhanes embaucadores de doncellas.

 

Las informaciones periodísticas nunca llegaban a tiempo. “El Comercio”, único diario allí conocido, del que era suscriptor uno de los más acomodados comerciantes del pueblo, era traído, con todas las contingencias presumibles, por el servicio de correos –proverbialmente moroso- en remesas quincenales, empleando ómnibus primero, luego ferrocarril y en el tramo final, lomo de bestia. No resultó tardía, sin embargo, la noticia que anunciaba el eclipse solar que, justamente, iba a sobrevenir ese día.

 

Según precisaba el periódico, que en tardes de tertulia leía con avidez un minúsculo grupo de personas en la bodega de don Pancho, el fenómeno sería observado y estudiado, con el uso de modernos instrumentos de aproximación, por un astrónomo apellidado Yamamoto, venido especialmente de Japón. Salvo los referidos habitúes vespertinos de la bodega, más uno que otro maestro de escuela y don Manuel Jesús, lector voraz y periodista autodidacta, nadie aparentaba interesarse en la noticia.

 

Sin embargo, un imberbe estudiante de primaria, de tez y cabellos claros, resultó ser el más obsesionado por el acontecimiento que se avecinaba. Con algunos días de anticipación se apuró en plantearle a su padre todas las interrogantes sugeridas por su curiosidad. Las ilustrativas respuestas d don Manuel Jesús, le proporcionaron la base conceptual para acometer con “rigor” la apasionante experiencia de ser testigo de un –hasta entonces- enigmático fenómeno estelar.

 

Llegado el día, y sin proponérselo, este muchacho se convirtió en líder de un grupo de chiquillos a los que, tras una breve pero puntual explicación, logró persuadir de que, alrededor suyo, se reunieran con sendos pedazos de vidrio ahumado en la plaza principal. El resto de la población vivía su rutina. Los hombres removían con arado las tierras de cultivo o montaban a caballo y recorrían los caminos enamorando a las muchachas; las  mujeres cocinaban, tejían chompas o lavaban ropa junto a una acequia.

 

En los centros educativos, de varones y de  niñas, profesores y alumnos se enfrascaban en sus lecciones: historia peruana, lenguaje, cálculo, o tal vez “el niño y la salud”. Solo aquel grupo de púberes “vaqueros”, organizados ocasionalmente en una suerte de logia, prestaba –abstraídos todos- atención a lo que se aproximaba en el cielo.

 

Llegado el momento, como una suerte de Rodrigo de Triana el líder exclamó jubiloso: “¡El eclipse ha comenzado!”. La alegría fue total en el clan. Y mientras las miradas convergían en el mismo punto, pensó en sus compañeros y en su maestro de aula, y resolvió ir a buscarlos. A trancadas se encaminó por una calle irregularmente empedrada, llevando la “gran noticia” que probablemente –pensó- le significaría una disculpa por la inasistencia y acaso unos puntos más en la calificación bimestral.

 

El profesor, un hombre con gran sensibilidad artística, era admirado en el pueblo por su amplia cultura y porque, a diferencia de otros, procuraba siempre estimular en todos –particularmente en sus discípulos- el interés por el pasado prehispánico.

 

Olvidándose por un instante de las reglas de urbanidad aprendidas en el Manual de Carreño, atropelladamente el muchacho se ubicó en la puerta del aula y, acezante, comunicó la nueva. No presagió la desproporcionada respuesta de su culto maestro ni la general carcajada provocada en los alumnos, que creyeron que el muchacho estaba quedando en ridículo. Si hubiera adivinado lo que iba a pasar, probablemente habría podido admitir la conveniencia egoísta de reservarse el gozo de la verdad y evitar que llegara a convertirse en desazón. Pero no, él tenía el convencimiento de que esa verdad había que compartirla sin reservas.

 

–Tiene razón, maestro –retrucó enfático y rotundo-, pero la oscuridad solo dura unos minutos. Compruébelo usted mismo: el eclipse ya ha comenzado.

Ante el aplomo de la réplica, el maestro consideró impropio rechazar el fragmento de vidrio que el adolescente le ofrecía con diligencia.

 

Una palmeta pérfidamente horadada descansaba en acecho sobre el pupitre.

En escenarios diversos, las aves de corral como las del campo, alborotadas buscaban conciliar un sueño inoportuno  ante lo que intuían era la noche que se precipitaba.

 

Aún con  muestras de enfado, el docente levantó la mirada al Sol. El espectáculo –tal vez el primero de esa  naturaleza que veía en su vida- lo dejó absorto. Creyó tener, entonces, la  certeza de que el almanaque Bristol solo era un anodino folleto anunciante de “Agua Florida” y “Tricófero de Barry”.

 

El eclipse, en efecto, había comenzado. Una sombra, casi imperceptible al principio, iba cubriendo allá arriba el disco dorado y ardiente para luego, con la  misma progresión, dar paso al retorno de la claridad. Resguardado por un ineficaz disimulo, el profesor no tuvo más remedio que aceptar que en sus fueros íntimos algo similar –un “eclipse intelectual”- acontecía en ese momento; y tuvo que reconocer que la lucidez que pareció haberse escamoteado súbitamente por el influjo de una poco habitual intolerancia, le había sido devuelta gracias a uno de sus alumnos, el más inquieto y travieso de la clase (aquel que, por lo demás, justamente ese día había preferido faltar al colegio).

 

La hilaridad infantil halló nuevo estímulo pero, por cierto, esta vez tuvo que ser voluntariamente contenida, para evitar que aquella palmeta pérfidamente horadada pudiera ser usada, como todos temían.

 

20 de junio del 2001

© Bernardo Rafael Álvarez

 

 

 



 

Esta historia no es ficción. Ocurrió en un lejano día de los años 30, en un pueblito de la sierra de Pallasca, Ancash. Su protagonista, Félix Álvarez Brun, andando el tiempo llegó a ser abogado, historiador, embajador en el servicio diplomático y catedrático en San Marcos; fue distinguido con el Premio Nacional de Cultura y con las Palmas Magisteriales en el Grado el grado de Amauta.

 

martes, 8 de septiembre de 2015

PARA TRUSHCALEAR LAS PENAS*


Hace algunos años logré, por fin, encontrar un libro suyo del que me habían hablado maravillas. ¿Será cierta tanta belleza?, me preguntaba y no dejaba de buscar el libro de marras. No conocía personalmente a su autor, pero sabía algo –bastante, en realidad- de él. Les cuento. Cuando cursaba el primero o segundo de secundaria, estando en el estadio (“campo” lo llamábamos) de mi pueblo, Pallasca, el joven profesor que en aquella oportunidad nos instruía en el curso de “Educación Física”, durante un descanso nos habló acerca de él. Se trataba, nos contó, de un joven profesional conchucano, hijo de don Meshito, que trabajaba en una empresa importante en Venezuela (si mal no recuerdo, dedicada al petróleo); creo que todos los púberes que muy atentos escuchábamos a don Segundo Sánchez (a la sazón profesor en el colegio “agropecuario” de Pallasca y yerno del inolvidable don Alfredo Machado), asumimos las referencias que él hacía, como una suerte de lección y estímulo (creíamos estar seguros de que quería decirnos “sigan su ejemplo”). Una de las cosas que más me impactó fue aquello referido a un amor digamos invasivo y medio perverso con el que tuvo que lidiar nuestro personaje. Una bella damisela venezolana de la que se había enamorado y con la cual estuvo a punto de casarse, le propuso una condición que, de plano, fue rechazada irrevocablemente: “Si quieres vivir conmigo, te olvidas de tu sierra peruana y de tu familia”. Cuando el profesor Sánchez nos habló de aquella oprobiosa exigencia, inmediatamente imaginé la respuesta que pudo haber encontrado la atrevida damisela; sin duda, pensé, tuvo que haber estado presente en la réplica un imprescindible carajo. Quizás, en realidad, se impusieron los buenos modales, la diplomacia; pero la verdad es que –porque tenía que acabar- esa relación terminó, y terminó para bien. No faltaba más: al hijo de don Mesho nadie podía hacerle que se olvide de su sierra peruana y mucho menos de su familia. Y yo, muchos años después, tampoco pude olvidarme del libro de que me habían hablado. Un mes de marzo, en casa de un tío mío llegué a conocer personalmente a su autor y, claro, le hablé de mi búsqueda; él me ofreció alcanzarme el libro cuando fuera posible y me dio un número telefónico. Pero todo quedó allí; como siempre ocurre en Lima, los desencuentros se impusieron. Sin embargo, como dije al principio, el libro finalmente, llegó a mis manos, pero no me pregunten cómo lo conseguí, porque eso ya no importa ahora; lo que importa es que, efectivamente, al leerlo y releerlo comprobé que tenían razón quienes hablaban bien de él. Su título: La última flor de primavera. Un libro fiel a la vocación de su autor; es decir, insobornable en la memoria o, mejor dicho, en el no olvido… en el amoroso recuerdo; pero –gracias a Dios y al buen humor de quien lo escribió- no dominado por la nostalgia y, más aún, libre de la melancolía (o bilis negra, que es como la llamaban los griegos). Y, bueno pues, ese amoroso recuerdo es lo que envuelve (y es su esencia) a un nuevo libro –el que aquí se ofrece-, del que quiero hablar ahora: Paulita, que es, diría, casi una crónica y casi una novela (es decir, realidad y ficción magistralmente confundidas). El autor de estos dos libros: Alfonso Aguilar, el querido Fonsho, hijo de don Mesho, naturalmente. Apenas comencé a leerlo, me di cuenta de que mucho de La última flor de primavera había también en Paulita: memoria amorosa y buen humor. Pero, también, mucho de nuestra sierra pallasquina. Debido a ello es que, de entrada, me hice una pregunta cuya respuesta surgió espontánea: ¿Busca usted un escritor que reproduzca de un modo digamos fidedigno el pasado doméstico, familiar, íntimo, de la vida pallasquina, y sobre todo su habla? No busque más: de Pallasca salió don Manuel Torres y de Conchucos vino Alfonso Aguilar. Si no me creen, vean esto que, con palabras conchucanas y pallasquinas, escribió Alfonso, respecto de los lamentos y rabias causados por algún difunto: “… una mujer joven y buenamoza, quien, a la muerte de su marido, lloraba (con su respectiva tonada): cholo adefesio y jediondo, te moriste a destiempo, te hubieras muerto cuando el compadre Damián estaba soltero, pero aura qué pu!” (Celina, la hilandera). ¿Se acuerdan de los llantos femeninos con que eran despedidos los muertitos, en nuestros pueblos? Lean esto y sonrían: “En la noche fue al velorio a ver a su prima, quien lloraba recurriendo a su propia música, y muy ceremoniosamente, expresó sus condolencias: primita querida, en nombre mío y de mi mamita te acompaño en tus sentimientos, no te acompaño a llorar porque no sé la tonada”; o esto otro y desterníllense de risa: “Y en medio de su enorme pesar lloraba cantando: Ayayay mi chiroquito, ti fuiste pero quedaron tus instrumentitos que no mi dejarán olvidarti, porqui miro pa’quel lao, caja templao, riparo pa'estiotro lao, cuerda estirao, volteyo pa'otro lao, guaytana colgao, veyo pa'este lao, flauta parao... ¡Ay mi Metiyas!.. ¡Ay mi Metiyas!” (Ibid.). Humor limpio, de pueblo, sin malicia, que transforma el dolor en estímulo y esperanza. Alfonso –quién no lo conoce-, como algunos de los personajes que aparecen en su libro, y como era don Mesho, es un conchucano con la broma a flor de piel. Y lo que cuenta en sus libros es, en realidad, parte de su autobiografía y, como ya lo dije, también es la reproducción del pasado conchucano y pallasquino que le tocó vivir. Paulita comienza con una historia que precisamente da el título al volumen y se desarrolla fundamentalmente en Caracas. Se trata, me atrevo a caracterizarla, de una suerte de lección de bondad: Un peruano en Venezuela que (“sin poder explicar las razones que tuve para ayudarla”) se convierte en algo así como el Ángel de la Guarda para una niña a quien no conoce, extraviada en una ciudad a la que llegó a parar, sin saberlo, desde un pueblo remoto de los andes peruanos. Pero el libro es mucho más que eso. Mi padre, el maestro Rafa, entre muchas anécdotas surgidas de la vida pallasquina, me contaba una en la que el protagonista era un cura que cobraba por “misas de honras fúnebres” en las que –muy sinvergüenza- ni siquiera mencionaba el nombre del difunto. Imaginativos, cómo no, los pobladores le asignaron un apodo que, sin mayor esfuerzo, surgió del propio apellido del medio impío religioso: “Águila galga” le decían, y se apellidaba Aguinagalde. Y Alfonso lo recuerda también: “pregunté a mi hermano, recordando al cura Aguinagalde que cobraba sólo por decir al enfermo que tomara una pastilla de mejoral, por lo que se ganó el apodo de Águila galga” (Pancho), es decir: goloso, insaciable, de apetito voraz. ¿Quién, en nuestra provincia no ha comido moras y purpuros? Alfonso también, y más: “…comíamos moras y purpuros; buscábamos en el interior de los tallos secos  de chayanco y de aproj, la miel que dejaban unas pequeñas avispas; hicimos rosarios en los que los dieces eran rucuchos, para los misterios usamos ampurcos y la cruz la fabricamos con palitos de pichana; en las orillas de las acequias cogíamos chullco para pushquiar, acto que consistía en masticar, sin fruncir el ceño, esa planta sumamente ácida.” (La pequeña lavandera). Paulita es, pues, una confirmación sólida de que nadie podía quitarle a Alfonso Aguilar su derecho a recordar, y a estimular la memoria nuestra. Es, también, un alegato a favor de los buenos sentimientos. Veamos esto, que es una muestra de nobleza: “Mario Vidal Emé (esposo de  la no menos querida tía Anita Acorda), quien con su actitud noble y generosa supo estar al lado de la familia en sus momentos más aciagos, se adueñó para siempre, de nuestra infinita gratitud” (Goyita); y esto, en que aparece siempre presente el hermano que ya no está: “—Yo tengo sólo a mi hermano William, nos queremos mucho, le extraño y quiero verlo —dije.” (A mi catedral le falta un dios). Pero es, además y sobre todo, una obra literaria. La fluidez y naturalidad de su escritura le otorga la conveniente dosis de calidad que nadie puede negar, y leerla es –créanmelo- una de las experiencias más gratificantes y nutricias que uno puede vivir. Y, ¿saben una cosa?, nos hace sentir, con justicia, orgullosos de ser serranos, de ser pallasquinos, descendientes de aquella noble y aguerrida raza andina: los Conchucos. Y yo, lo confieso, me siento satisfecho por haber logrado tener en mis manos y conservar hoy en mi biblioteca el primer libro de Alfonso, y desempeñar, ahora, como un privilegio inmerecido y desproporcionado, el papel de testigo y portacirios, no en la extremaunción (como escribió don Luis Alberto Sánchez en el prólogo al libro primigenio de Martín Adán, La casa de cartón), sino en la ceremonia bautismal de Paulita, el nuevo libro de mi pariente y paisano. Un libro escrito contra la tristeza, lo que lo convierte (y lo digo con un verbo conchucano que probablemente tiene su origen en la lengua culli, y significa ahuyentar) en la mejor arma o herramienta para trushcalear las penas.

Lima, 16 de junio del 2014
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Texto escrito como prólogo para "Paulita", libro de Alfonso Aguilar Ravello que espera pronta publicación.

domingo, 6 de septiembre de 2015

LA TETA ASUSTADA. Mi pobre y silvestre comentario*


No puede negarse lo evidente. La Teta asustada es una muy buena película,
digamos psicológica y poética, con una actuación genial de Magaly Solier. Trata, como muchos han advertido, el tema de la perversa secuela de la violencia (específicamente, las violaciones masivas), de un modo distinto, inesperado, imaginativo. Se hunde en el aspecto psicológico y lo describe con un alto contenido de poesía, de simbolismo. Aunque son temas y situaciones diferentes, yo encuentro cierta aproximación a lo que se vio, hace ya muchos años, en "Gritos y susurros", de Igmar Bergman: escenas desconcertantes y patéticas comparables, tal vez, con "El grito", aquel terriblemente bello cuadro de Edvard Munch. Pero se trata, ciertamente, de una película con una alta dosis de fantasía, al menos en cuanto se refiere al tema propiamente dicho de "la transmisión del miedo a través de la leche materna" y de la inserción de un tubérculo en la vagina de su protagonista. Esto que, visto con sentido poético, puede ser perfectamente interpretado, no es entendido por el espectador común aunque -como se ha puesto de manifiesto- muchos, quizás muchísimos, digan, emocionados, que es "bacán", que es "extraordinaria" (claro, movidos por la emoción social, nacionalista y “patriótica”). Sin duda existe una suerte de identificación popular: se ve un pueblo joven con sus costumbres festivas, se ve a los vecinos de ese pueblo joven actuando, lo cual genera comentarios, admiraciones, orgullo. Sin embargo, no todos ponen atención en que las actuaciones -la mayor parte de ellas, quiero decir- son malas. El paso de un cuadro a otro (otra vez, digo en muchos de ellos y no en todos) no solo es desconcertante sino, a veces, adolece de una virtual incoherencia. El canto en quechua de la anciana -madre de Fausta- es altamente significativo, porque a partir de él se desarrolla la obra. Pero esta mujer muere y no se entiende cuánto tiempo permanece su cadáver en la casa; porque ocurre una serie de hechos (busca de ataúd,  consulta en una empresa de transportes, matrimonios en el pueblo joven, trabajo de Fausta como doméstica, concierto de su "patrona" en un teatro, etc.) que, mínimo, se tendrían que haber dado en el lapso de un mes y no sé si un cadáver puede durar tanto tiempo escondido en la casa sin  los efectos de putrefacción (a pesar, claro está, del embalsamamiento doméstico y epidérmico a que es sometido). ¿O es que estamos hablando tal vez de una demencia colectiva, que sería el asunto tratado por la película?  No lo creo. Al estar por terminar la película aparece una escena que no sé qué significado tiene: un par de niños baila en una azotea sin música; luego de unos segundos, la niña llama a Fausta ("te buscan!"), inmediatamente lo que aparece es la escena final: Fausta se
aproxima a una flor (¿Hay conexión entre estos dos escenas?). En fin, ¿podríamos decir (esta es una pregunta tal vez osada) que La teta asustada se inscribe  en lo que sería el cine del absurdo? (No estoy insinuando, por si acaso, que se trata de una película absurda ni mucho menos; solo quisiera entender si podemos encontrar cierta analogía con el teatro del absurdo, por ejemplo.)



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Texto publicado in inicialmente en marzo del 2010 (año en  que la película fue nominada para el premio Oscar), en el blog Bitácora extravada.

martes, 1 de septiembre de 2015

CARTAS A SANTA ROSA DE LIMA

¿Y quién dice que esas personas que le tienen fe a la santa limeña (santa sin comillas, por supuesto, como debe ser) no reaccionan como adultos ante los problemas que se les presentan? ¿Alguien, en su sano juicio, cree que estas personas se conforman con, únicamente, dejar sus cartas en el pozo? ¿La religiosidad, la fe, son o no inherentes al ser humano, o acaso son una invención de Cipriani? Lo que hicieron, y es perverso, los grupos de poder religioso -por cierto amparados y estimulados por el poder político, económico y social, a través de la historia-, es agregar a esa religiosidad el concepto del "castigo divino" basado en el pecado ("no hagas esto, porque Dios te va a castigar"), lo cual fue aprovechado por explotadores. Esto, lo del pozo de Santa Rosa -que a los ojos de los sabios e infalibles ateos, puede ser visto como algo pintoresco y reprobable- solo es parte del lado digamos folclórico; se trata de una costumbre que, claro, en la realidad, no es un recurso de remediación a los problemas (económicos, de salud, etc., etc.), pero responde a los sueños, al afán por lo imposible, al creer en la trascendencia; y hasta podría decir que es la expresión de una suerte de necesidad de "ser realistas buscando lo imposible" (como aspiraban los jóvenes de Mayo 68, y lo repetían con esta frase retórica pero que entonces era vista como válida y legítima y rotunda, porque creo que la inventó el Che Guevara y no un "religioso"). Yo nunca he hecho esto de las cartitas, ni lo haría jamás. Pero respeto lo que hacen estas personas, y veo allí (lo que digo tal vez les parezca ridículo y una irreverencia a la nobleza excelsa de los hacedores de poesía) un gesto que bien puede ser llamado "poético": la metaforización -en las actitudes, no en la palabra- de los sueños y contra la desesperanza. Un abrazo!



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Texto escrito tras ver en el Facebook un comentario (Rosas)adverso a esta costumbre limeña de pedir un milagro a Santa Rosa de Lima, dejando una  carta en el pozo  de la que fue su casa.