miércoles, 9 de septiembre de 2015

HISTORIA DE UN ECLIPSE*

–Cuando ocurre un eclipse de Sol –dijo notoriamente fastidiado el profesor-, el día se oscurece por completo. Y lo que este tonto nos está anunciando, no es más que una sandez.

 

Aquel era un día tranquilo, como suelen serlo en  todos los pueblos de la sierra, a menos que fueran alterados por noticias de alguna muerte entre los vecinos o por la llegada de foráneos trashumantes que por determinado aditamento en el vestir recibían el trato de “doctor” o “ingeniero”, no pasando, en realidad, de ser simples y honrados “shilicos” vendedores de anilinas y peinetas, o truhanes embaucadores de doncellas.

 

Las informaciones periodísticas nunca llegaban a tiempo. “El Comercio”, único diario allí conocido, del que era suscriptor uno de los más acomodados comerciantes del pueblo, era traído, con todas las contingencias presumibles, por el servicio de correos –proverbialmente moroso- en remesas quincenales, empleando ómnibus primero, luego ferrocarril y en el tramo final, lomo de bestia. No resultó tardía, sin embargo, la noticia que anunciaba el eclipse solar que, justamente, iba a sobrevenir ese día.

 

Según precisaba el periódico, que en tardes de tertulia leía con avidez un minúsculo grupo de personas en la bodega de don Pancho, el fenómeno sería observado y estudiado, con el uso de modernos instrumentos de aproximación, por un astrónomo apellidado Yamamoto, venido especialmente de Japón. Salvo los referidos habitúes vespertinos de la bodega, más uno que otro maestro de escuela y don Manuel Jesús, lector voraz y periodista autodidacta, nadie aparentaba interesarse en la noticia.

 

Sin embargo, un imberbe estudiante de primaria, de tez y cabellos claros, resultó ser el más obsesionado por el acontecimiento que se avecinaba. Con algunos días de anticipación se apuró en plantearle a su padre todas las interrogantes sugeridas por su curiosidad. Las ilustrativas respuestas d don Manuel Jesús, le proporcionaron la base conceptual para acometer con “rigor” la apasionante experiencia de ser testigo de un –hasta entonces- enigmático fenómeno estelar.

 

Llegado el día, y sin proponérselo, este muchacho se convirtió en líder de un grupo de chiquillos a los que, tras una breve pero puntual explicación, logró persuadir de que, alrededor suyo, se reunieran con sendos pedazos de vidrio ahumado en la plaza principal. El resto de la población vivía su rutina. Los hombres removían con arado las tierras de cultivo o montaban a caballo y recorrían los caminos enamorando a las muchachas; las  mujeres cocinaban, tejían chompas o lavaban ropa junto a una acequia.

 

En los centros educativos, de varones y de  niñas, profesores y alumnos se enfrascaban en sus lecciones: historia peruana, lenguaje, cálculo, o tal vez “el niño y la salud”. Solo aquel grupo de púberes “vaqueros”, organizados ocasionalmente en una suerte de logia, prestaba –abstraídos todos- atención a lo que se aproximaba en el cielo.

 

Llegado el momento, como una suerte de Rodrigo de Triana el líder exclamó jubiloso: “¡El eclipse ha comenzado!”. La alegría fue total en el clan. Y mientras las miradas convergían en el mismo punto, pensó en sus compañeros y en su maestro de aula, y resolvió ir a buscarlos. A trancadas se encaminó por una calle irregularmente empedrada, llevando la “gran noticia” que probablemente –pensó- le significaría una disculpa por la inasistencia y acaso unos puntos más en la calificación bimestral.

 

El profesor, un hombre con gran sensibilidad artística, era admirado en el pueblo por su amplia cultura y porque, a diferencia de otros, procuraba siempre estimular en todos –particularmente en sus discípulos- el interés por el pasado prehispánico.

 

Olvidándose por un instante de las reglas de urbanidad aprendidas en el Manual de Carreño, atropelladamente el muchacho se ubicó en la puerta del aula y, acezante, comunicó la nueva. No presagió la desproporcionada respuesta de su culto maestro ni la general carcajada provocada en los alumnos, que creyeron que el muchacho estaba quedando en ridículo. Si hubiera adivinado lo que iba a pasar, probablemente habría podido admitir la conveniencia egoísta de reservarse el gozo de la verdad y evitar que llegara a convertirse en desazón. Pero no, él tenía el convencimiento de que esa verdad había que compartirla sin reservas.

 

–Tiene razón, maestro –retrucó enfático y rotundo-, pero la oscuridad solo dura unos minutos. Compruébelo usted mismo: el eclipse ya ha comenzado.

Ante el aplomo de la réplica, el maestro consideró impropio rechazar el fragmento de vidrio que el adolescente le ofrecía con diligencia.

 

Una palmeta pérfidamente horadada descansaba en acecho sobre el pupitre.

En escenarios diversos, las aves de corral como las del campo, alborotadas buscaban conciliar un sueño inoportuno  ante lo que intuían era la noche que se precipitaba.

 

Aún con  muestras de enfado, el docente levantó la mirada al Sol. El espectáculo –tal vez el primero de esa  naturaleza que veía en su vida- lo dejó absorto. Creyó tener, entonces, la  certeza de que el almanaque Bristol solo era un anodino folleto anunciante de “Agua Florida” y “Tricófero de Barry”.

 

El eclipse, en efecto, había comenzado. Una sombra, casi imperceptible al principio, iba cubriendo allá arriba el disco dorado y ardiente para luego, con la  misma progresión, dar paso al retorno de la claridad. Resguardado por un ineficaz disimulo, el profesor no tuvo más remedio que aceptar que en sus fueros íntimos algo similar –un “eclipse intelectual”- acontecía en ese momento; y tuvo que reconocer que la lucidez que pareció haberse escamoteado súbitamente por el influjo de una poco habitual intolerancia, le había sido devuelta gracias a uno de sus alumnos, el más inquieto y travieso de la clase (aquel que, por lo demás, justamente ese día había preferido faltar al colegio).

 

La hilaridad infantil halló nuevo estímulo pero, por cierto, esta vez tuvo que ser voluntariamente contenida, para evitar que aquella palmeta pérfidamente horadada pudiera ser usada, como todos temían.

 

20 de junio del 2001

© Bernardo Rafael Álvarez

 

 

 



 

Esta historia no es ficción. Ocurrió en un lejano día de los años 30, en un pueblito de la sierra de Pallasca, Ancash. Su protagonista, Félix Álvarez Brun, andando el tiempo llegó a ser abogado, historiador, embajador en el servicio diplomático y catedrático en San Marcos; fue distinguido con el Premio Nacional de Cultura y con las Palmas Magisteriales en el Grado el grado de Amauta.