martes, 8 de septiembre de 2015

PARA TRUSHCALEAR LAS PENAS*


Hace algunos años logré, por fin, encontrar un libro suyo del que me habían hablado maravillas. ¿Será cierta tanta belleza?, me preguntaba y no dejaba de buscar el libro de marras. No conocía personalmente a su autor, pero sabía algo –bastante, en realidad- de él. Les cuento. Cuando cursaba el primero o segundo de secundaria, estando en el estadio (“campo” lo llamábamos) de mi pueblo, Pallasca, el joven profesor que en aquella oportunidad nos instruía en el curso de “Educación Física”, durante un descanso nos habló acerca de él. Se trataba, nos contó, de un joven profesional conchucano, hijo de don Meshito, que trabajaba en una empresa importante en Venezuela (si mal no recuerdo, dedicada al petróleo); creo que todos los púberes que muy atentos escuchábamos a don Segundo Sánchez (a la sazón profesor en el colegio “agropecuario” de Pallasca y yerno del inolvidable don Alfredo Machado), asumimos las referencias que él hacía, como una suerte de lección y estímulo (creíamos estar seguros de que quería decirnos “sigan su ejemplo”). Una de las cosas que más me impactó fue aquello referido a un amor digamos invasivo y medio perverso con el que tuvo que lidiar nuestro personaje. Una bella damisela venezolana de la que se había enamorado y con la cual estuvo a punto de casarse, le propuso una condición que, de plano, fue rechazada irrevocablemente: “Si quieres vivir conmigo, te olvidas de tu sierra peruana y de tu familia”. Cuando el profesor Sánchez nos habló de aquella oprobiosa exigencia, inmediatamente imaginé la respuesta que pudo haber encontrado la atrevida damisela; sin duda, pensé, tuvo que haber estado presente en la réplica un imprescindible carajo. Quizás, en realidad, se impusieron los buenos modales, la diplomacia; pero la verdad es que –porque tenía que acabar- esa relación terminó, y terminó para bien. No faltaba más: al hijo de don Mesho nadie podía hacerle que se olvide de su sierra peruana y mucho menos de su familia. Y yo, muchos años después, tampoco pude olvidarme del libro de que me habían hablado. Un mes de marzo, en casa de un tío mío llegué a conocer personalmente a su autor y, claro, le hablé de mi búsqueda; él me ofreció alcanzarme el libro cuando fuera posible y me dio un número telefónico. Pero todo quedó allí; como siempre ocurre en Lima, los desencuentros se impusieron. Sin embargo, como dije al principio, el libro finalmente, llegó a mis manos, pero no me pregunten cómo lo conseguí, porque eso ya no importa ahora; lo que importa es que, efectivamente, al leerlo y releerlo comprobé que tenían razón quienes hablaban bien de él. Su título: La última flor de primavera. Un libro fiel a la vocación de su autor; es decir, insobornable en la memoria o, mejor dicho, en el no olvido… en el amoroso recuerdo; pero –gracias a Dios y al buen humor de quien lo escribió- no dominado por la nostalgia y, más aún, libre de la melancolía (o bilis negra, que es como la llamaban los griegos). Y, bueno pues, ese amoroso recuerdo es lo que envuelve (y es su esencia) a un nuevo libro –el que aquí se ofrece-, del que quiero hablar ahora: Paulita, que es, diría, casi una crónica y casi una novela (es decir, realidad y ficción magistralmente confundidas). El autor de estos dos libros: Alfonso Aguilar, el querido Fonsho, hijo de don Mesho, naturalmente. Apenas comencé a leerlo, me di cuenta de que mucho de La última flor de primavera había también en Paulita: memoria amorosa y buen humor. Pero, también, mucho de nuestra sierra pallasquina. Debido a ello es que, de entrada, me hice una pregunta cuya respuesta surgió espontánea: ¿Busca usted un escritor que reproduzca de un modo digamos fidedigno el pasado doméstico, familiar, íntimo, de la vida pallasquina, y sobre todo su habla? No busque más: de Pallasca salió don Manuel Torres y de Conchucos vino Alfonso Aguilar. Si no me creen, vean esto que, con palabras conchucanas y pallasquinas, escribió Alfonso, respecto de los lamentos y rabias causados por algún difunto: “… una mujer joven y buenamoza, quien, a la muerte de su marido, lloraba (con su respectiva tonada): cholo adefesio y jediondo, te moriste a destiempo, te hubieras muerto cuando el compadre Damián estaba soltero, pero aura qué pu!” (Celina, la hilandera). ¿Se acuerdan de los llantos femeninos con que eran despedidos los muertitos, en nuestros pueblos? Lean esto y sonrían: “En la noche fue al velorio a ver a su prima, quien lloraba recurriendo a su propia música, y muy ceremoniosamente, expresó sus condolencias: primita querida, en nombre mío y de mi mamita te acompaño en tus sentimientos, no te acompaño a llorar porque no sé la tonada”; o esto otro y desterníllense de risa: “Y en medio de su enorme pesar lloraba cantando: Ayayay mi chiroquito, ti fuiste pero quedaron tus instrumentitos que no mi dejarán olvidarti, porqui miro pa’quel lao, caja templao, riparo pa'estiotro lao, cuerda estirao, volteyo pa'otro lao, guaytana colgao, veyo pa'este lao, flauta parao... ¡Ay mi Metiyas!.. ¡Ay mi Metiyas!” (Ibid.). Humor limpio, de pueblo, sin malicia, que transforma el dolor en estímulo y esperanza. Alfonso –quién no lo conoce-, como algunos de los personajes que aparecen en su libro, y como era don Mesho, es un conchucano con la broma a flor de piel. Y lo que cuenta en sus libros es, en realidad, parte de su autobiografía y, como ya lo dije, también es la reproducción del pasado conchucano y pallasquino que le tocó vivir. Paulita comienza con una historia que precisamente da el título al volumen y se desarrolla fundamentalmente en Caracas. Se trata, me atrevo a caracterizarla, de una suerte de lección de bondad: Un peruano en Venezuela que (“sin poder explicar las razones que tuve para ayudarla”) se convierte en algo así como el Ángel de la Guarda para una niña a quien no conoce, extraviada en una ciudad a la que llegó a parar, sin saberlo, desde un pueblo remoto de los andes peruanos. Pero el libro es mucho más que eso. Mi padre, el maestro Rafa, entre muchas anécdotas surgidas de la vida pallasquina, me contaba una en la que el protagonista era un cura que cobraba por “misas de honras fúnebres” en las que –muy sinvergüenza- ni siquiera mencionaba el nombre del difunto. Imaginativos, cómo no, los pobladores le asignaron un apodo que, sin mayor esfuerzo, surgió del propio apellido del medio impío religioso: “Águila galga” le decían, y se apellidaba Aguinagalde. Y Alfonso lo recuerda también: “pregunté a mi hermano, recordando al cura Aguinagalde que cobraba sólo por decir al enfermo que tomara una pastilla de mejoral, por lo que se ganó el apodo de Águila galga” (Pancho), es decir: goloso, insaciable, de apetito voraz. ¿Quién, en nuestra provincia no ha comido moras y purpuros? Alfonso también, y más: “…comíamos moras y purpuros; buscábamos en el interior de los tallos secos  de chayanco y de aproj, la miel que dejaban unas pequeñas avispas; hicimos rosarios en los que los dieces eran rucuchos, para los misterios usamos ampurcos y la cruz la fabricamos con palitos de pichana; en las orillas de las acequias cogíamos chullco para pushquiar, acto que consistía en masticar, sin fruncir el ceño, esa planta sumamente ácida.” (La pequeña lavandera). Paulita es, pues, una confirmación sólida de que nadie podía quitarle a Alfonso Aguilar su derecho a recordar, y a estimular la memoria nuestra. Es, también, un alegato a favor de los buenos sentimientos. Veamos esto, que es una muestra de nobleza: “Mario Vidal Emé (esposo de  la no menos querida tía Anita Acorda), quien con su actitud noble y generosa supo estar al lado de la familia en sus momentos más aciagos, se adueñó para siempre, de nuestra infinita gratitud” (Goyita); y esto, en que aparece siempre presente el hermano que ya no está: “—Yo tengo sólo a mi hermano William, nos queremos mucho, le extraño y quiero verlo —dije.” (A mi catedral le falta un dios). Pero es, además y sobre todo, una obra literaria. La fluidez y naturalidad de su escritura le otorga la conveniente dosis de calidad que nadie puede negar, y leerla es –créanmelo- una de las experiencias más gratificantes y nutricias que uno puede vivir. Y, ¿saben una cosa?, nos hace sentir, con justicia, orgullosos de ser serranos, de ser pallasquinos, descendientes de aquella noble y aguerrida raza andina: los Conchucos. Y yo, lo confieso, me siento satisfecho por haber logrado tener en mis manos y conservar hoy en mi biblioteca el primer libro de Alfonso, y desempeñar, ahora, como un privilegio inmerecido y desproporcionado, el papel de testigo y portacirios, no en la extremaunción (como escribió don Luis Alberto Sánchez en el prólogo al libro primigenio de Martín Adán, La casa de cartón), sino en la ceremonia bautismal de Paulita, el nuevo libro de mi pariente y paisano. Un libro escrito contra la tristeza, lo que lo convierte (y lo digo con un verbo conchucano que probablemente tiene su origen en la lengua culli, y significa ahuyentar) en la mejor arma o herramienta para trushcalear las penas.

Lima, 16 de junio del 2014
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Texto escrito como prólogo para "Paulita", libro de Alfonso Aguilar Ravello que espera pronta publicación.