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lunes, 23 de mayo de 2022

A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

Pedro Crespo Refoyo*

 

Para el músico zamorano, Alberto Jambrina Leal, y, también, para mi amiga barranquillera, María Del Castillo Sucerquia, eminente difusora cultural, poeta y traductora.

      



"La semilla es pequeña, pero rompe cualquier piedra, cualquier roca y la hace florecer".   (J. M. ARGUEDAS)

 

ESTAS que ves aquí, viejas encinas,

José María Arguedas, 

son las mismas que viste recorriendo

las tierras sayaguesas y alistanas

de una Zamora pobre y cenicienta,

cuando viniste a España de ultramar,

mediados los cincuenta

del siglo de las Guerras y las siglas,

buscando tradiciones con estudios

de campo y de mochila, con tu cámara

y cuatro o seis libretas Moleskine.

 

   YA pocos te recuerdan, buen maestro,

en aquella posada de Bermillo

de Sayago, con pocos adelantos

bajo la ruin grisalla,

entre tantos arrieros con su carga

preciada en los serones 

y aquellas sus palabras sazonadas

de rústica pujanza lusitana

y algún leonesismo,

que tú apuntabas siempre

en el papel, Arguedas, de alma en vuelo,

porque todos han muerto, ya tú ves.

 

¿Recuerdas las sus voces, su retranca

y aquella desconfianza

de un color ratonil: 

los ceños renegridos y algo hostiles?

 

   Y TE hablan de alcornoques y dornajos,

atarjeas, jergones, cornejales;

de las artesas y panes cenceños,

de partijas, cambizas,

del Duero y de arribanzos,

de jaras y tomillo sanjuanero,

de flores de amargaza y de torvisco...,

maestro Arguedas, viajero lejano

de las tierras peruanas:

contemplador de parvas y betijos

de chivos destetados.

 

¡CUÁNTA ciencia y novela,

cuánta antropología de esta tierra

de Portugal limítrofe,

para levantar mundos

de pura humanidad, maestro Arguedas,

llevados al Perú!

 

Viendo como florecen

y se abren, como madres parideras,

las rocas berroqueñas

con el leve braceo de una encina.

 

RECIBE mis sentires, buen Arguedas, 

lo mismo que esa bala

que, con alevosía, 

te apartó de esta vida,

derrotado que fuiste por la diosa

amada por nosotros, compañero:

la silenciosa bruma muslijunta

de la Melancolía.

 

_______________________________________

*Pedro Crespo Refoyo. Nació en Bermillo de Sayago, provincia de Zamora, España, en 1955. Es licenciado por la Universidad de Salamanca y doctor en Filología Hispánica por la UNED. Investigador y crítico literario. Medievalista, etnógrafo y folklorista. Experto en narratología.

lunes, 5 de julio de 2021

EL "GIRÓN" DE ARGUEDAS

 

¿Han puesto atención a las primeras páginas de Yawar Fiesta, la linda novela de José María Arguedas? Acabo de sacarla de mi biblioteca para volver a leerla. Es una edición de Populibros. Al abrirla me doy cuenta de que hace ya muchos años yo había resaltado lo que obviamente me pareció una curiosa forma de escribir la palabra "jirón" -referida a una vía urbana-, no con "j" sino con "g": "girón Bolívar". ¿Correcto o incorrecto? 


Como sabemos, el nombre de la vía urbana "compuesta de varias calles o tramos entre esquinas" (Diccionario académico) es "jirón" (así, con "j"). ¿Debemos afirmar, por ello, que el Taita se equivocó, tal vez? No. A continuación, explico. 

 

Para empezar, tengo que decir que esta palabra proviene del francés "giron" y este de "gêro" (del fráncico, lengua germánica extinguida hace muchos siglos), con el significado de “tejido rematado en punta”. Y -por si no lo sabían- les cuento que, referido a vía urbana -y no, entre otras cosas, al pedazo desgarrado de un vestido o de otra tela-, este vocablo es un peruanismo y, como tal, aparece registrado en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) y, también, cómo no, en el muy nutrido Diccionario de Peruanismos de Juan Álvarez Vita (1990 y 2009) y en el DiPerú, editado por la Academia Peruana de la Lengua, en 2016. Sin embargo, no fue incluido en el Diccionario de Peruanismos de Juan de Arona, que es del siglo XIX, y, curiosamente, tampoco en el Glosario de Peruanismos del padre Rubén Vargas Ugarte, que publicó la Universidad Católica en 1946. En un vetusto diccionario, del año 1913, que conservo en mi biblioteca, y en un Larousse de 1984, no aparece el término con el significado de "vía urbana"; en el primero de los mencionados (el de 1913) están las dos formas de escritura, pero con otras acepciones (con "g", aparece como un apellido, y con "j",  entre otros, como “pedazo desgarrado de un vestido o de otra tela").

 

¿Cuándo fue asumido como peruanismo por la RAE e incorporado al Diccionario? Esto ocurrió en la segunda edición del año 1970, en que dice: “Perú. Vía urbana compuesta de varias calles o tramos entre esquinas”; y aparece escrito con “j”.

Desde 1495 (Nebrija), hasta 1918 inclusive, la palabra aparecía escrita con "g" ("girón") pero no para referirse a la vía urbana, sino, entre otras cosas, al "pedazo desgarrado del vestido u otra ropa" (Nebrija lo llamaba "girón de vestidura" y el Diccionario de Autoridades, del año 1734, se refería a la "faja que se echa en el ruedo del vestido que le rodea y circunda" y decía que “se llama también el pedazo del vestido u otra ropa”). Fue el año 1787 cuando, en los diccionarios, comenzó a escribirse, también, con "j", hasta ahora. Como se ve, las dos grafías -"jirón" y "girón"- "convivieron", en los repertorios lexicográficos, durante ciento treinta y un años (1787-1918), 

Bien. La novela de Arguedas fue publicada por primera vez en 1941; lo cual significa que ya entonces en nuestro país pudo haber sido de uso tal vez común ese nombre para referirse a las vías urbanas; y, a pesar de que en los diccionarios oficiales ya estaba, digamos, "proscrito", creo que es indudable que había quienes aún escribían el vocablo con "g" inicial ("girón") y también quienes lo hacían con "j". Y, bueno, escrito en cualquiera de las dos formas, el vocablo en cuestión, con el significado de "vía urbana",  ya, en el uso, se había convertido en un peruanismo legítimo (y, por ello, como ya lo dije, me parece curioso que el padre Vargas Ugarte no lo hubiera incluido en su glosario).

 

No sé en qué año exactamente fue publicada por Populibros la novela de Arguedas, ya que no aparece esa información en el libro, pero fue entre 1963 y 1965, lo que nos indica que si los editores no modificaron la escritura de la palabrita de marras fue porque, digamos, no tenían a la mano un referente ortográfico que les hiciera pensar que estaban frente a un posible error. Finalmente -como se ha visto- la RAE asumió el uso peruano y, en 1970, lo incluyó en el Diccionario con la precisión de que se trataba de un peruanismo y, claro, escrito con "j" ("jirón").

 

Repito: No se equivocó el taita al escribir "girón" y no "jirón", en la bella novela en que comienza mencionando a los tres ayllus puquianos que se ven desde el abra de Sillanayok': Pichk'achuri, K'ayau, Chaupi.


Ah, y él no fue el único que lo escribió con "g". Mucho antes, nuestro historiador Jorge Basadre también lo había hecho: en La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú (1929) dice, por ejemplo, que esta frase es irritante e infame: "Lima es el Perú y el girón de la Unión es Lima" (pág. 151); y, sin duda, Valdelomar también lo escribía así. Por esto es que, lo vuelvo a decir, me parece extraño que el padre Rubén Vargas Ugarte no lo hubiera incluido en su glosario de peruanismos.



© Bernardo Rafael Álvarez

 

 

domingo, 17 de enero de 2021

TODAS LAS SANGRES: ARGUEDAS EN LA UTOPÍA DE LA VIDA PERUANA

 .

Queramos al taita, amémoslo,

pero no lo convirtamos en la imagen de un ser frágil,

extremadamente vulnerable e intocable.



Leal discípulo de José María Arguedas y quizás por ello uno de los más ardorosos cuestionadores de Vargas Llosa, Rodrigo Montoya es tal vez el más apasionado defensor del novelista andahuaylino, cuyo nacimiento (ocurrido hace ciento diez años) se conmemora hoy día (18 de enero del 2021).

 En un texto publicado hace varios años, Montoya afirma que en toda la obra de José María Arguedas -a la que califica como “ambigua y contradictoria”- se encuentra contenida la “utopía de todas las sangres como ideal" de respeto a la multiculturalidad de nuestra nación.[1]   


Muy interesante, sin duda. Pero yo me pregunto: ¿Acierta Montoya al afirmar tal cosa? ¿En toda la obra arguediana, realmente, está contenida la "utopía de todas las sangres"?

 

Al cuestionar el ensayo de Mario Vargas Llosa –La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo- y al tratar de invalidarlo, Montoya creo que termina dándole la razón al autor de “Lituma en los Andes”. Aunque pudiera parecer increíble, virtualmente y a diferencia de muchos viscerales indignados, acepta que no es falso aquello de la “utopía arcaica” y la considera como solo un aspecto, "una cara de la luna", en la obra del andahuaylino. Aquí, literal, lo que expresa: “Obsesionado (Vargas Llosa) por la llamada utopía arcaica, una cara de la luna, no quiso ver la otra y cae en el mismo error que critica tan duramente a Arguedas." ¿Cuál es la otra “cara de la luna” a que alude Montoya? Esta, que ya mencioné antes: la “utopía de todas las sangres como ideal”.

 

Ahora, ¿es cierto que en toda o,  dicho con las palabras de Rodrigoen la vasta, ambigua, y contradictoria  obra de Arguedas se encuentra el ideal de la “la utopía de todas las sangres”? El mismo Montoya tiene la respuesta. La da al referirse así a Vargas Llosa: “…sólo vio en la novela Todas las sangres el ejemplo perfecto de lo que él llama un ‘fracaso literario’ pero no la fuerza de su título, convertido en un ideal para el futuro del Perú”. Claridad meridiana, como diría un abogado. ¿Es la obra literaria la que ofrece o en la que está contenido el “ideal para el futuro”, a que se refiere Montoya? No, ese ideal se pone de manifiesto, o se insinúa, en una frase, en el título de la novela que solo le trajo malestares al taita José María: Todas las sangres.

 

Ah, y a propósito de esto, pregunto a los entendidos (y disculpen mi ignorancia e imprudencia): ¿Este título tiene algo que ver con el contenido, el tema, el argumento, en fin, con lo que narra la tal vez más famosa novela arguediana? O, dicho al revés, y de manera  acaso ingenua, ¿la novela mencionada es una suerte de apología o reivindicación, o muestrario de todas las razas, de todas las sangres que habitan el Perú? Vargas Llosa cree que sí: "La ambición de la novela -dice- se refleja en el título". Veamos, pues, cómo sustenta su afirmación: Porque allí, dice, "aparecen los Andes y la costa, los blancos y los mestizos; los ricos y los pobres...". ¿Eso que aparece en la novela corresponde, realmente (transcribo lo dicho por Vargas Llosa), a "todas las razas, todas las regiones, todas las culturas, todas las tradiciones, todas las clases sociales del mosaico que es el Perú"?[2] No,  yo creo que no, porque en la novela en cuestión ni siquiera están todas las regiones, la selva, por ejemplo, ¿o sí? ¿Aparecen, tal vez, afrodescendientes, o quizás chinos? La novela se sitúa en un lugar de la sierra peruana y no se ocupa de un asunto de razas o cosa por el estilo. ¿Me equivoco?

 

Otra cosa. Casi cincuenta y seis años después de la mesa redonda, realizada el 23 de junio de 1965, en que fue duramente criticada, ¿qué sería lo rescatable, o más rescatable, de la novela Todas las sangres: la novela misma o solo su título? Desconozco la respuesta, pero creo que es bueno recordar que José María Arguedas, en tanto escritor, es reconocido sobre todo por “Todas las sangres”, pero no por la novela propiamente dicha. Muchísimos lo conocen y se sienten orgullosos de él, pero solo porque han escuchado o leído  la frase que nombra a ese libro: un título que es realmente un estímulo invalorable y el reconocimiento exacto de nuestra realidad, porque identifica a nuestra nación como un crisol, efectivamente, de todas las sangres, y porque es asumido como una suerte de inspiración en la irrefrenable búsqueda de un futuro mejor para nuestra patria, para nuestra gente.

 

Ese título, que es entrañable, fue oído en diferentes partes del planeta, el 10 de diciembre del 2010, en la voz emocionada del por muchos repudiado Mario Vargas Llosa, al recibir el premio Nobel en Estocolmo: “Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de ‘todas las sangres’. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y cultura procedentes de los cuatro puntos cardinales”. [3] Y precisamente, en una declaración para la República en Estocolmo, tras recibir el Nobel, Vargas Llosa señaló estar de acuerdo con que el año 2011 fuese declarado “Año de José María Arguedas”.

 

Una última pregunta: ¿Es, como dice Montoya, “ambigua y contradictoria” la obra literaria del amado José María Arguedas? Para mí -y lo digo categóricamente- no, no lo es.


                                                                                                                  © Bernardo Rafael Álvarez

 

 



[1] Rodrigo Montoya. Todas las sangres: ideal para el futuro del Perú. En: https://andes.missouri.edu/andes/arguedas/rmcritica/rm_critica1.

[2] Mario Vargas Llosa. La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996 (pág. 255).

[3] Mario Vargas Llosa. Elogio de la lectura y la ficción. En: http://e.elcomercio.pe/66/doc/0/0/2/5/8/258534.pdf

martes, 7 de julio de 2020

¿"AJUSTICIAMIENTO" CONTRA ARGUEDAS?

En la Introducción a un libro dedicado a la interpretación de Los ríos profundos -la gran novela de José María Arguedas-  la francesa Isabelle Tauzin-Castellanos, después de  afirmar que "La utopía arcaica configura un panfleto parricida", dice esto que, igual, también me parece una tontería: "El ajusticiamiento sufrido en el libro por Arguedas cumple con borrar la extroversión afectiva mostrada treinta años atrás, en 1965, y recordada por el etnólogo Alejandro Ortiz Rascaniere".  [1]

(Este es el recuerdo aludido, que hace Ortiz Rascaniere de lo que ocurrió en 1965, en París: "Nos sentamos en un café de Saint Germain (...) Mario Vargas Llosa no dejó de hablar, estaba muy locuaz y entusiasmado, pero solo se dirigía a Arguedas").[2]

En la nota introductoria de La utopía arcaica, Vargas Llosa escribió esto: "Entre mis autores favoritos, esos que uno lee y relee y llegan a constituir una familia espiritual, casi no figuran peruanos, ni siquiera los más grandes, como el Inca Garcilaso de la Vega o el poeta César Vallejo. Con una excepción: José María Arguedas. Entre los escritores nacidos en el Perú es el único con el que he llegado a tener una relación entrañable (...) En 1955 lo entrevisté para un periódico y su atormentada personalidad y su limpieza moral me sedujeron..." (págs. 9-10).

El 7 de diciembre del 2010, El autor de Conversación en la catedral, dijo -ante todo el mundo- esto, al recibir el premio Nobel, en Suecia: "Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso lo llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no".


Unos meses después, el 17 de enero del 2011, nuestro Nobel declaró: "José María Arguedas es uno de los grandes escritores peruanos. Y es muy justo que se le haga un homenaje en este centenario. Creo que su obra tiene una significación múltiple, primero por su calidad y porque es una obra integradora".

¡Qué manera tan peculiar de odiar la del "escribidor", caracho!

O sea, según el análisis (¿podríamos, quizás, llamarlo "diagnóstico"?) efectuado por  la desubicada francesa, Mario Vargas Llosa solo sintió el afecto -del que él habla- por Arguedas, hasta 1965, concretamente: hasta aquella noche en que, locuaz y entusiasmado, en un café parisino, no dejaba de conversar con el taita, a quien admiraba y quería desde que lo conoció (en 1955). Y que hoy "lo odia", y por eso es que escribió ese libro "parricida" con el cual se atreve a  "ajusticiar" al novelista andahuaylino. ¡Ay, caracho! No cabe duda de que la escritora francesa ya es una más en el desafinado coro de hepáticos "científicos" literarios, que dicen amar a Arguedas, pero aparentemente lo hacen con una alta dosis de conmiseración y con un absurdo ánimo sobreproteccionista ("¡No lo toquen, no lo toquen!", parecen gritar a una sola voz).

Es evidente que, según la escritora europea, admirar o sentir afecto por un escritor obliga a solo encontrar virtudes en su obra y a dejar de ser justo y objetivo. No, señora, la crítica literaria (el estudio de la literatura) no tiene que ser solo complaciente. Eso se puede hacer en un prólogo, tal vez (muchos lo hacen, yo nunca lo he hecho; en los prólogos que he escrito siempre he tratado de ser objetivo), pero no en un ensayo. En estas cosas, los buenos sentimientos no deben manifestarse como paños de agua tibia, como edulcorante. Se debe actuar con inteligencia y no con impulsos pasionales: ni odio ni simpatía, solo con la razón.

¿Qué le dijeron los estudiosos que participaron en la Mesa Redonda del 23 junio de 1965, a José María Arguedas, respecto de Todas las sangres? Eran siete, y de ellos solo dos no eran precisamente amigos del novelista. ¿Le abrumaron con ramos de flores y chocolates? No. Por el contrario, le dijeron cosas prácticamente más duras (para la sensibilidad tan frágil del narrador) que aquellas que también se encuentran en el ensayo de Vargas Llosa. Arguedas era un convencido de que la literatura era un medio para "describir, casi podría decir, denunciar"[3] la realidad (del hombre, el pueblo, el paisaje), y creyó que eso lo había logrado con su novela; los intelectuales presentes en la Mesa Redonda lo desmintieron. Y él se sintió derrumbado, al punto de terminar interpretando la crítica -desapasionada y directa, pero en muchos casos acertada, que le habían hecho- como una estocada insalvable y letal, y hasta llegó a entender -equivocadamente, por cierto- que habían afirmado (lo que nunca ocurrió, realmente) que su novela era un libro "negativo para el país". Cosas así nadie dijo ni insinuó entonces, y tampoco, nunca, fueron dichas por Vargas Llosa (todo lo contrario: él siempre lo ha alabado).

¿Es, realmente, reprobable, repudiable, La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo? No. Lo dije en un ensayo hace cerca de diez años (12 de noviembre del 2010) y hoy lo repito y me reafirmo en lo dicho: Este libro "es, a la vez, una apología de la ficción y de la libertad en la literatura y un homenaje, rudo pero ecuánime, es decir justo, que Mario Vargas Llosa tributa al novelista de Los ríos profundos".


[Ah, pero, claro, no voy a demostrar que soy ciego, porque no lo soy. Y diré, como todo el mundo, que "La utopía arcaica" no es un libro perfecto. Y sería recomendable que su autor lo corrigiera. Veamos: Las palabras con que empieza el capítulo primero son estas: "El novelista peruano José María Arguedas se disparó un balazo en la sien -frente a un espejo para no errar el tiro- el 28 de noviembre de 1969..." ¡No, pues, don Mario! Eso es absurdo. Eso es lo que debe corregir. ¿Cómo se le ocurrió poner semejante barbaridad?][4]
                                                                                                                                        



[1] Tauzin-Castellanos, Isabelle: El otro curso del tiempo: una interpretación de Los Ríos Profundos.
[2] Ortiz Rescanieri, Alejandro: José María Arguedas-: Los recuerdos de una amistad. OUCO, Lima, 1996.
[3]Arguedas, José María: La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú. En: Mar del Sur, Año III, No. 9, enero-febrero, 1950.

[4] ¿Se entendió qué es lo que quiero decir? Pues que es absurdo afirmar que Arguedas se disparó el balazo en la sien frente a un espejo, "para no errar el tiro".



                                         ©Bernardo  Rafael Álvarez

                                                  (7 de julio, 2020)

sábado, 13 de julio de 2019

¿ARGUEDAS INDIGENISTA?*



José María Arguedas dijo alguna vez: "Cuando llegué a la universidad leí los libros en los cuales se intentaba describir a la población indígena, me sentí tan indignado que consideré que era indispensable hacer un esfuerzo por describir al hombre andino, tal y como yo lo había conocido".

Y, efectivamente, eso es lo que hizo, tanto en su obra literaria como en sus trabajos antropológicos: trató, esforzándose, de  describir al hombre andino, tal y como lo había conocido. (¿Recuerdan? Es lo que quiso demostrar -en el terreno literario-, infructuosamente, en la Mesa Redonda del 23 de junio de 1965, con su novela "Todas las sangres").

Aunque dicen que él lo negaba, lo cierto es que, sí, sí fue indigenista.

Quien se ocupa -con especial atención, con amor y apego- de estudiar a los pueblos indígenas no es hispanista, judaísta, u otra cosa, sino esto, así de sencillo: indigenista. Eso es lo que fue nuestro taita José María: un blanco que estudió lo indígena, con una pasión y cariño extraordinarios, y no desde fuera; pues se adentró íntimamente y no solo identificándose, sino involucrándose plenamente y siendo parte casi connatural de esa realidad.

¿Ser indigenista es, acaso, algo reprobable? ¿Ser o llamarse indigenista es ofensivo, tal vez, o motivo de vergüenza? No, definitivamente, no lo es. No tiene nada de peyorativo.

Otra cosa. ¿Acaso en el hecho de ser indigenista -como lo fue Arguedas- hay propósitos "paternalistas" o de sobreprotección respecto de los indígenas? ¿Ser indigenista es ver al indígena como integrante de una "raza inferior"? No ¿Indigenismo es sinónimo de paternalismo? No, no y no.

Echemos, ligeramente, mano a la semántica. Veamos. El sufijo "-ismo" es un elemento que agregado a ciertos sustantivos les da cualquiera de estos significados: doctrina, sistema, escuela, movimiento; actitud, tendencia, cualidad.

Puede que haya habido estudiosos que al ocuparse del indígena lo hubieran hecho con sentimiento paternal o de protección (de hecho, los hubo), pero eso no tiene por qué ser razón para creer que el indigenismo, como movimiento o -sobre todo- como tendencia, tenga que ser, en sí mismo, paternalista o proteccionista. Marcel Bataillon fue un hispanista, y Roland Forgues es un peruanista muy querido: ¿el autor de "Estudios sobre Bartolomé de las Casas", miró a la cultura española con sentimiento paternal o de protección? ¿Roland, autor de "Mariátegui: la utopía realizable", hace lo mismo respecto del Perú? No. Entonces, ¿por qué, cuando los estudios se refieren a la población indígena, sí debemos entender que lo que mueve a quienes lo hacen son sentimientos de "perversa protección" y hasta, digamos, de "racismo"? Es increíble, pero hay quienes creen que es así: hace poco escuché a un antropólogo que hablaba del indigenismo como "invención del racismo". Absurdo. Injusto. ¿Acaso existe un medio indiscreto complejo de inferioridad? No hay razón.[1] 

Respecto del indigenismo literario se dice que este "producía una distancia entre el narrador y el mundo representado" y que presentaba al indio con una "marca de subordinación e inferioridad.[2] Es cierto: existió esa laya de indigenismo o -hablando en rigor- hubo indigenistas que hicieron eso. Su visión incluso llegó a ser -como escribió Vargas Llosa- "a menudo caricatural, a veces risible", porque era una visión "más bien fantaseosa (¡sic!) que fundada en la experiencia"[3]  . Pero no es esa una característica esencial ni absoluta del indigenismo como tendencia.[4]  Podemos hablar, en realidad, de varios indigenismos. Arguedas quiso hacer -e hizo- otra de, porque él conocía esa realidad más cercanamente, porque había vivido, desde su infancia, dentro de ella.

Dicen -repito- que José María Arguedas Altamirano no aceptaba ser indigenista, puesto que no miraba al indio desde fuera, "porque él era indígena". ¿Está probado que el autor de "Los ríos profundos", pertenecía a la "raza originaria"? No. Esa afirmación, movida por estímulos pasionales, es falaz.

Arguedas fue, pues, un indigenista desde dentro, porque conoció la realidad indígena por experiencia vivida y no porque la haya visto desde fuera como otros. Porque la vivió. Pero no podemos afirmar que su literatura sea indígena, porque él no fue indígena, pues, ¿o sí? La realidad indígena la vivió, porque fue empujado a esa realidad: “… me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio”, dijo; y fue “Contagiado para siempre de los cantos y los mitos”.[5] Pero no fue indígena. (Ser o no ser indígena, no es un asunto de deseos, de voluntad, ni de decretos; no es, tampoco, un asunto de "nacionalidad": uno no se nacionaliza indígena. Se nace, no se hace).


                                             © Bernardo Rafael Álvarez


_____________________

[1] Precisamente, al escuchar al antropólogo afirmar tal cosa, en la Casa Museo Mariategui, quise intervenir con alguna pregunta y comentario, pero a pesar de mi insistencia, la persona a cargo del evento no me dio la oportunidad.
[2] Fernando Rivera: “El indio no es un indio: el indigenismo y la narrativa de Arguedas”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año 36, N° 12 (2010).
[3] Mario Vargas Llosa: “La utopía arcaica”. Fondo de Cultura Económica, 1996.
[4] En todo caso, si de poner en entredicho al indígenas son se trata, esto sería válido respecto del llamado "Movimiento Indigenista", pero no del indigenismo, repito, como tendencia o actitud 
[5] José María Arguedas. “No soy un aculturado”. Discurso en el acto de entrega del premio “Inca Garcilaso de la Vega” (octubre de 1968).

jueves, 8 de diciembre de 2011

LOS VALLES APURADOS (Reflexiones tras leer el ensayo de Vargas Llosa, "La utopía arcaica", sobre Arguedas y el Indigenismo)

Para Igor Ignacio, mi hijo menor.



Aunque estoy convencido del resquemor que puede causar en algunos, tengo que decir –también con convicción- que el bello ensayo La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo es, a la vez, una apología de la ficción y de la libertad en la literatura y un homenaje, rudo pero ecuánime, es decir justo[1], que Mario Vargas Llosa tributa al novelista de Los ríos profundos.


        Según su autor, La utopía arcaica “corona un interés por Arguedas que comenzó en los años cincuenta”. Recuerda que, al entrevistarlo para un periódico, en 1955, fue seducido por “su atormentada personalidad y su limpieza moral”, lo cual se convirtió en el estímulo que hizo brotar un particular interés por leerlo “con una curiosidad y un afecto que se han mantenido hasta ahora”. El “caso, privilegiado y patético”, de Arguedas le causó una especial inquietud, “porque en un país escindido en dos mundos, dos lenguas, dos culturas, dos tradiciones históricas, a él le fue dado conocer ambas realidades íntimamente, en sus miserias y grandezas” situación que le otorgó “una perspectiva mucho más amplia que la mía y que la de la mayor parte de escritores peruanos sobre nuestro país”. Arguedas fue para el autor de La casa verde el único escritor peruano con el que llegó a tener “una relación entrañable” y también el único al que consideró entre sus favoritos”.[2]


        Esta simpatía no impidió, sin embargo, que, así como reconocía lúcidamente sus aciertos pudiera señalar puntillosa e implacablemente sus deficiencias y defectos, y mostrar sus discrepancias. Es decir, que hiciese, como debe hacerse cuando se está en la posición del crítico, una lectura desapasionada y serena, sin sentimientos adversos pero, también, exenta de actitudes complacientes, sin que por ello buscara atentar contra la validez de las obras de Arguedas sino, como el mismo Vargas Llosa lo dice al final de su libro, conferirles “una naturaleza literaria”, realzar “lo que hay en ellas de invención” y consagrarlas en su verdadero carácter: como ficciones que son y con las cuales su autor –sentencia- definitivamente logró fue “edificar un sueño”.[3]


          Entrelazando la biografía, la historia y la crítica literaria, además de puntuales reflexiones acerca del oficio del escritor, La utopía arcaica emprende una exploración minuciosa del indigenismo a partir de la vida y obra literaria de José María Arguedas, el más entrañable de nuestros escritores, y sostiene –como se dice en la contratapa del libro- que el suicidio de nuestro escritor fue “algo así como el canto de cisne” de aquel Movimiento ya “exhausto”.

 

Alterando una frase del escritor francés André Gide, Vargas Llosa expresa que los buenos sentimientos pueden producir “religión, moral, política, filosofía, historia, periodismo”, pero no literatura, y que esta puede valerse de esas materias, pero no servirlas, o someterse a ellas, porque hacerlo implicaría vender su alma. Afirma que la verdad en la literatura “no depende de su semejanza con el mundo real, sino de su aptitud para constituir algo distinto del modelo que la inspira”. Señala que sus límites se encuentran en “la sensibilidad, el deseo y la imaginación, algo más ancho que el acotado dominio de los problemas sociales y políticos y más largo que la actualidad”. “En otras palabras, ella es una contradicción viviente, sistemática, indubitable de lo existente.” Es decir -agrego yo- un culto a la ficción y a la libertad sin estorbos de ninguna índole. 


       Es a partir de tales consideraciones que Vargas Llosa estudia la obra narrativa de Arguedas. Y, así, encuentra que Los ríos profundos es la mejor novela de nuestro atormentado escritor. “El libro –dice- seduce por la elegancia de su estilo, su delicada sensibilidad y la gama de emociones con que recrea el mundo de los andes…” De Yawar Fiesta afirma que “no es, como lo fueron muchas novelas costumbristas, una superficial y complaciente apología de una fiesta local”, sino que “la anima un propósito desmesurado: congelar el tiempo, detener la historia” siendo, en tal sentido, “un alegato contra la modernización del pueblo andino”, en otras palabras “el rechazo de una integración percibida como un proceso de absorción destructivo de la cultura indígena por la de Occidente.” Respecto de Todas las sangres es más cáustico; es, dice, “tal vez, la peor de sus novelas”, pero la encuentra reveladora porque –reflexiona- “una novela frustrada puede ser más elocuente sobre la visión del mundo de un escritor, sus técnicas y el sentido profundo de su arte, que una lograda”. El Sexto, por su parte, presenta a la prisión como “el decorado para representar, igual que en Los ríos profundos, un drama que lo hostigó toda su vida, el de la marginalidad, y para soñar desde allí con una sociedad alternativa, mítica, de filiación andina y antiquísima historia, incontaminada de los vicios y crueldades que afean la realidad en la que vive”; no tiene “el vistoso simbolismo de Yawar Fiesta ni la fuerza poética de Los ríos profundos, desarrolla sin embargo, incluso con más precisión y coherencia que estas ficciones, aspectos centrales de la utopía arcaica: el andinismo, el pasadismo histórico, el inmovilismo social, el puritanismo y, en suma, el rechazo a la modernidad y de la sociedad industrial, sobre todo en lo que se refiere a cualquier forma de intercambio del que sea vehículo el dinero.” Y ahora, en cuanto a El zorro de arriba y el zorro de abajo afirma que “le convienen las expresiones que el propio autor le dedicó: ‘entrecortado y quejoso’, ‘lisiado y desigual”, y que leerlo es como “haber compartido una experiencia límite, uno de esos descensos al abismo que ha sido privilegio de la literatura recrear en sus momentos malditos”. Versa –lo dice Vargas Llosa- sobre aquel “mundo infernal, donde ya no es posible seguir ‘buscando un inca’; ese mundo que llegó a trastrocar la “visión homogénea, unitaria, tradicional, del mundo andino en una confusa realidad en la que lo que más admiraba [Arguedas] iba despareciendo […] y surgía una caótica sociedad que parecía representar, al mismo tiempo, la muerte de la mejor tradición andina y la modernidad en su más horrible versión”.


       Un conocido antropólogo –leal discípulo de Arguedas y quizás por ello uno de los más ardorosos cuestionadores de Vargas Llosa- declaró hace algún tiempo que La utopía arcaica trae como propuesta el sacrificio de “toda forma de nacionalismo”.[4] Yo no encuentro nada de eso. Es conocida la aversión de Vargas Llosa por el nacionalismo ya que -lo ha expresado recientemente- considera que se trata de una ideología que ha sido “el origen de las peores matanzas que ha vivido el siglo XX”.[5] Pero el libro del que aquí me ocupo no proclama tal rechazo. Como tampoco afirma “que los indígenas nada tienen que decir ni hacer en el futuro del país” (Montoya 1988: 201). Más que argumentar proposiciones, lo que hace es simple y llanamente asumir una realidad, y lo dice enfáticamente: “…lo que ha ocurrido en el Perú de los últimos años ha infligido una herida de muerte a la utopía arcaica”[6]; herida que, sin quererlo, el mismo Rodrigo Montoya (que es el científico social al que he aludido) se encarga de poner en evidencia cuando, tratando de poner en tela de juicio la obra en cuestión, reconoce que en el Perú “ninguno y ninguna […] piensa en el regreso al pasado o en el rechazo del presente, del futuro y de la modernidad”.[7] Afirmar que la “propuesta” del libro en cuestión es acabar con “toda forma de nacionalismo”, revela simplemente que su lectura no ha sido la correcta.


       Veamos, pues, algunos aspectos de esa realidad que las nuevas generaciones se encargan de ir transformando. El quechua. Es cierto que ha sobrevivido durante 500 años desde la llegada de los españoles y ha resistido el embate de la violencia subversiva y del Estado.[8] No se ha extinguido. Pero la verdad es que está en un aparentemente irrefrenable proceso de disminución. Ya Alberto Flores Galindo lo había dicho: “El número de quechuahablantes disminuye”.[9] Hasta el 2007 se registraron más de 4’000,000 de quechuahablantes en el Perú, la mayoría de los cuales se asentó en Lima. El llegar a vivir a Lima fue, según parece, el recurso más eficaz de sobrevivencia frente a los peligros del terror; Canto Grande y Manchay fueron los destinos de muchos de esos desplazados. Pero estar en Lima (salvo circunstancias muy particulares: encuentros ocasionales con paisanos, algunas reuniones familiares, etc.) ha significado prácticamente el dejar de hablar la lengua materna, por más de una razón: porque realmente en la Capital ya no les resulta práctica ni útil, porque los hijos se resisten a aprenderla y se avergüenzan, porque son objeto de burla, etc. Yo he vivido en Manchay y Canto Grande; allí, he cargado esteras, he corrido tras el “aguatero”, he participado en las asambleas populares y he bailado, a rabiar, huaynos y mulisas; pero también he visto que los jóvenes entran en trance con la música del Techno (que, además de la chicha, es lo que más les gusta) y no he visto ni escuchado que se comuniquen en quechua. Menciono esto por una razón: porque es en Lima donde está -según los estudios todavía vigentes- la mayor parte de los quechuahablantes. Mayra Castillo, periodista de El Comercio, lo expresa claramente: los migrantes “resisten la marginación ocultando su lengua materna”[10], y más crudamente, una página de Internet hace unos días publicó un reportaje en el que se dice que “el quechua muere de vergüenza”.[11] Es decir, el quechua ha sobrevivido a los temporales, pero pareciera que ahora está siendo asfixiado lentamente: un elevado número de sus hablantes está dejando de serlo y lo conservan tan solo como prisionero de la memoria. Sin duda hay valiosas y plausibles acciones de personas e instituciones (como la Academia de la Lengua Quechua, por ejemplo), pero -seamos realistas- muchos de los que procuran aprenderlo lo hacen como una preocupación de “cultura general” o como interés digamos antropológico o lingüístico y, en todo caso, no se trata sino de poquísimas personas. La cusqueña Hilaria Supa declaró el 2007: “Uno no abandona el quechua porque quiere sino porque estamos forzados”.[12] Forzados por la realidad y sus circunstancias, no por los encomenderos de otrora. Hace un año en un pueblo de la sierra ancashina, a donde fui por un encuentro de escritores, me conmoví al ver que, además de conservar y mostrar con orgullo sus costumbres y vestimentas tradicionales, las personas del lugar hablaban quechua. Curioso como soy, conversé con los niños y pregunté a los maestros de escuela y lo que encontré fue decepcionante: los infantes solo hablan castellano: ya no se les enseña, ni en la casa ni en las aulas, el idioma de sus padres. Probablemente en este caso no haya vergüenza, hablar de vergüenza tal vez sea una exageración, pero cualquiera sea la razón lo cierto es que, al dejar de transmitirse la lengua a las nuevas generaciones, el camino a su extinción es un hecho. ¿Los niños y jóvenes, hijos de migrantes quechuahablantes en Lima, hablan la lengua de sus mayores? No, “qué roche” dirán.[13] Me contaba un amigo –y esto es hasta cierto punto risible, pero dramático- que en una urbanización limeña que hasta hace algunos años tenía un nombre en quechua, debido a que fundamentalmente los jóvenes de lugar no se sentían identificados (repito, por el roche), ese nombre tuvo que ser cambiado por uno que se usa por casi todos los lugares: “Santa Rosa”.[14] El mismo Arguedas llegó a decirlo: “La tesis final es que la cultura quechua está condenada […] Los hijos de los emigrados ya no hablan quechua.”[15] Y la UNESCO lo confirmó hace poco, declarando al quechua y el aimara como lenguas en peligro de extinción.[16]


       Es que, en realidad, un idioma no nace ni desaparece por decreto -no es un asunto de gobiernos-, ni por la intervención de academias. Como me dijo un amigo poeta, una lengua permanece viva gracias al dinamismo del pueblo que la utiliza.[17] Esto nadie lo duda. Pero -continuando con el caso de los migrantes andinos- lamentablemente, el dinamismo que se pone de manifiesto se da en otros planos y preocupaciones, no en el idiomático. El aspecto económico tiene prevalencia. Me contaban que una familia quechuahablante, propietaria de una fábrica cafetalera[18], factura anualmente unos ochocientos millones de dólares, lo cual es muestra de éxito empresarial, de extraordinario éxito económico, pero además de orgullo por su lengua materna, al menos eso lo demostraron al declarar para una revista limeña hablando en quechua. Es evidente que ellos, al jalar a otros migrantes, van a hacer que estos también triunfen en los negocios y sus ganancias eventualmente lleguen a sumas elevadas. Esto no es otra cosa que una muestra contundente del denominado “poder cholo”, que se impone en los últimos tiempos, como lo son también los mercados Unicachi y, en gran medida, también Gamarra. Pero esto se inscribe en la auspiciosa asimilación o inserción al capitalismo, a la modernidad que, felizmente por ahora, no implica la total desvinculación respecto del pasado (costumbres folclóricas especialmente), debido a que la nostalgia aún está ahí y por eso es que anualmente celebran sus fiestas patronales y los aniversarios de sus centros comerciales los festejan con danzas y comidas típicas. Se da algo así como aquello de que hablaba Flores Galindo: “una utopía que sustentándose en el pasado esté abierta al futuro”.


       Sin embargo, aun siendo esto último –la asimilación empresarial a la modernidad, sin desvinculación del pasado- bacán, chévere, pulenta[19], la verdad es que en muy poco ayuda a la sobrevivencia del quechua. El dinamismo del pueblo andino ahora asentado en Lima no incluye, vuelvo a decirlo, en sus prioridades ni el uso ni mucho menos la difusión de su lengua materna, sino la movilidad del dinero, de los negocios. Una familia es una golondrina que no hace el verano. Los hijos de los emprendedores, de gran parte de ellos, han aprendido inglés, manejan dólares y euros y si aún no han comenzado pronto empezarán a estudiar chino mandarín, porque -lo han escuchado en los institutos y leído en la Internet- es la lengua del futuro.


       Pero no solo es el tema del idioma. Flores Galindo lo mostró: “Igualmente retrocede el uso de la bayeta, las tejas, los alimentos tradicionales, sustituidos por las fibras sintéticas, el aluminio y los fideos” (Flores Galindo 1994: 371). Hace algún tiempo vi en la televisión que las familias de un centro poblado de la selva –creo que los Yaguas- que llevan una vida como la de cualquier habitante “occidentalizado” hablaban su lengua y se ponían sus vestimentas típicas solo para satisfacer la curiosidad de los turistas y, obviamente, recibir las propinas. Confieso que esto me estremeció en un primer momento. ¡Solo para los turistas! Probablemente eso no esté mal, pues se trata de un recurso de sobrevivencia, un recurso artificial o, más propiamente, lo que se suele llamar “recurseo”. Pero significa incuestionablemente que la modernidad ejerce su dominio de modo irremediable. Otra cosa. Los tejidos con rasgos andinos se venden más y, sin la reticencia que había antes, son incluso usados por la gente de barrios residenciales (los “blanquiñositos” a los que se refería Elianne Karp); se baila el huayno en lugares “fichos“[20], gracias a Dina Paucar y otros artistas. Pero los tejidos ya no son artesanías propiamente dichas; son productos de una industria textil que emplea moderna tecnología y ya no usa los tintes tradicionales. La música que tanto emociona y reúne a miles de provincianos en la carretera central y otras partes y ha ganado terreno en espacios usualmente desdeñosos, no es ya aquella del “sentimiento telúrico” que era representado, entre otros, por El Picaflor de los AndesLa Pastorita HuaracinaLos Errantes de ChuquibambaLos Campesinos; ahora es algo así como la “andinización” del bolero cantinero, o como si Rómulo Varillas –resucitado- cantara huaynos de traición y desengaños.


       Así se dan las cosas. Lo que Vargas Llosa denomina “el carácter ‘arcaico’, ‘bárbaro’ de la realidad que Arguedas amaba y con lo que se sentía profundamente solidario”, va quedando en el pasado. Y esto, adverso frente a lo ancestral, no podía ser admitido de buena gana por el escritor andahuaylino, y no lo fue, al menos en los últimos años de su vida.[21] Si finalmente aceptó o trató de aceptar (es decir, asumir como un hecho) la irrefrenable imposición de la modernidad, que mataba el alma andina, lo hizo experimentando un acerbo dolor que, en gran medida, resultó letal. Testimonio –anticipado y póstumo al mismo tiempo- de esto fue El zorro de arriba y el zorro de abajo. Arguedas no solo hubiera querido que lo andino se mantuviera, sino que llegara a imponerse. Ese sueño fue parte importante de su drama y esencia de su ficción literaria. La “utopía de todas las sangres”, que resalta Montoya como “ideal para el futuro”[22] y con entusiasmo es agitada como bandera especialmente por muchas organizaciones populares, es una esperanza exultante y optimista que yo aplaudo y a la que me adhiero conmovido, pero no es algo que haya sido precisamente propuesto por Arguedas en su obre literaria, sino que nació de la lectura, es decir de la interpretación, del bello título que le dio a una novela que solo le trajo desencanto en la postrer etapa de su existencia.


       Vargas Llosa, tal vez por ser novelista, se interesó más y principalmente en la narrativa de Arguedas, por eso La utopía arcaica no puso atención, por ejemplo, en Oda al jet, un bello poema que es un homenaje, un loor, a una de las extraordinarias creaciones de la modernidad, pero también un alarido desesperado y de resignación, con que Arguedas parecería aceptar un hecho real: “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo: no os encuentro, ya no sois…”. Dice: “ya no sois”. Es terrible esta certeza para él, que amaba lo mágico, lo ancestral. El Jet, producto de la inventiva del hombre, hizo que el cóndor y las águilas quedaran perdidos “en el aire o entre las cosas ignoradas”, invisibles “como los insectos alados”. Arguedas se alegra, porque bajo “el pecho del ‘Jet’ mis ojos se han convertido en los ojos / del águila pequeña a quien le es mostrado por primera vez el mundo.” Es interesante lo que dice casi al final del poema: “Dios Padre. Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, Dioses Montañas, / Dios Inkarrí: mi pecho arde. Vosotros sois yo, yo soy/ vosotros, en el inagotable furor de este “Jet”.[23] En buena cuenta, la conjunción de lo occidental y lo andino.[24] La modernidad y la utopía de los andes.[25]


       ¿Pero, pregunto, existe un lugar ahora para que esa utopía (es decir, el sueño del pasado “paradisíaco”), a la que Vargas Llosa solo le puso el adjetivo de arcaica (por lo antigua, no perteneciente a esta época; lo cual no es peyorativo[26]), pueda aterrizar? Creo que no. No obstante, pareciera que hay quienes aún no entienden o no quieren admitir esta verdad. Tal vez, en gran medida, porque la lectura que se hace de la obra de José María Arguedas genera apasionamiento. Y leer apasionadamente a Arguedas no es malo, es una muestra loable de involucramiento con lo telúrico que hay en sus novelas y con su drama, y también de identificación y digamos solidaridad con lo andino y todo lo que viene de antes de la conquista española; aquello que, según se nos hizo creer desde niños, era una “sociedad homogénea y justa” y no lo que realmente fue, “un mundo en el que existieron desigualdades e imposición”[27]: el Imperio Incaico. Pero los sentimientos y las pasiones, “aunque necesarias -como escribió Flores Galindo- a veces no permiten llegar tan lejos”[28] y, más que identificación o solidaridad, pueden llegar a convertirse en conmiseración. Ya lo dije antes, cuando se emprende una lectura crítica, lo que debe guiar es la razón, es decir, la objetividad debe ser el requisito primordial; no las simpatías, ni las antipatías.


       Vargas Llosa fue objetivo en su estudio de Arguedas, pero creo que muchos no lo son cuando hablan o escriben acerca de la obra de nuestro Premio Nobel. Suelen partir –todo indica que es así- de, entre otras cosas, la reprobación al giro ideológico que experimentó después de ser admirador de la Revolución Cubana[29] y del rechazo a la terrible conclusión que suscribió tras investigar el caso Uchuraccay.[30] Y, con las premisas medio prejuiciosas que de allí nacen, más de uno considera, por ejemplo, que Lituma en los andes es una novela de revancha, que Historia de Mayta ha sido escrita con todos los demonios del rencor[31] y que La Utopía arcaica es un libro deleznable y “una lápida elegante para sepultar a José María Arguedas”.[32] Se ha dicho, también, que Vargas Llosa carece de autoridad para hablar de temas andinos porque es “un peruano de los años 50 que vivía a espaldas de los Andes”, y que conoce poco de esa realidad. Pero lo real es que Vargas Llosa no hace en su libro un estudio antropológico ni sociológico sino básicamente literario, aunque, claro, si se tratara de eso creo que tendríamos que afirmar que, por ejemplo, Mariátegui conoció menos el Ande (solo estuvo una corta temporada vacacional en la Sierra) y, sin embargo, escribió, con significativa dosis de rigor y pertinencia, “El problema del indio” y “El problema de la tierra”. Alguien incluso ha escrito, con el propósito de poner en entredicho el libro de Vargas Llosa, que no es válido hablar de “utopía arcaica” puesto que “utopía es proyección a un futuro imposible”, por lo que atribuirle eso a Arguedas “es insultarlo”.


       Averigüemos, entonces, qué cosa es utopía. Al mencionar esta palabra de inmediato nos viene a la mente el nombre de un personaje inglés que fue teólogo, político, humanista y escritor, poeta, traductor, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado: Tomás Moro, autor de uno de los libros más famosos llamado precisamente Utopía, una obra de ficción que habla de una sociedad ideal, perfecta, pero que –como nos ayuda a entender Alberto Flores Galindo- “no tiene lugar ni en el espacio ni en el tiempo”.[33] Ahora, guiados por la explicación de nuestro historiador muerto tempranamente, identifiquemos la utopía andina: “Es, en primer lugar, una suerte de mitificación del pasado. Intento de ubicar la ciudad ideal, el reino imposible de la felicidad no en el futuro, tampoco fuera del marco temporal o espacial, sino en la historia misma, en una experiencia colectiva anterior que se piensa justa y recuperable –la idealización del imperio incaico.” Está constituida por el propósito de “navegar contra la corriente para doblegar tanto a la dependencia como a la fragmentación […] Encontrar en la reedificación del pasado la solución a los problemas de identidad.” “La utopía –sigo a Flores Galindo- niega la modernidad y el progreso”. “La idea de un hombre andino (como la que era presentado por Arguedas, añado yo) inalterable en el tiempo y con una totalidad armónica de rasgos comunes expresa […] la historia imaginada o deseada, pero no la realidad de un mundo demasiado fragmentado.” La historia de la utopía andina es una historia conflictiva, similar al alma de Arguedas”; “logró –continúo con Flores Galindo- condensar una fuerte carga pasional”.[34]


       Y fue la pasión lo que movió positivamente a José María Arguedas, pasión por lo andino, por lo tradicional, por esa memoria –no tan fiel- que se tenía sobre el pasado inca.[35] Hasta los años de 1950 era consciente y se mostraba entusiasmado con la posibilidad de integración, es decir el mestizaje; escribió que el indio que llega a la ciudad “no se encuentra en conflicto con ella; porque la masa indígena que allí acude o vive es autóctona en el fondo y no en lo exótico” y podrá, por ejemplo, ingresar en un restaurante “y sentarse a la mesa, cerca o al lado de un alto funcionario oficial, de un agente viajero o del propio prefecto […] sin temor que alguien blanda un látigo sobre sus cabezas”. Basado en aquella perspectiva que entonces tenía nuestro escritor y lo que ocurrió después, Nelson Manrique expresa que, “sin forzar los términos, se podría afirmar que, en este período de su producción, Arguedas era un intelectual culturalmente colonizado”, pero que el “enfoque de la cuestión de la integración nacional, vía el mestizaje, desapareció virtualmente en la producción de sus últimos años”; y tras preguntarse por las fuentes de ese radical cambio, Manrique ensaya, entre otras, esta respuesta: “las consecuencias que la difusión de la cultura occidental tenía en las áreas fuertemente indígenas que tan bien conocía.”


       Por qué me he detenido en Alberto Flores Galindo y Nelson Manrique. Porque, ya lo insinué, no comprendo por qué hay gente que no llega a entender el libro de Vargas Llosa sobre Arguedas. O, más bien, reitero, porque comprendo que ese rechazo y satanización se deben a que la literatura y el drama del autor de Todas las sangres genera apasionamiento e involucra sentimentalmente hasta convertir a sus lectores, a muchos de ellos, en incondicionales, viscerales, y a veces irreflexivos defensores del maestro, y les duele que lo toquen; como también duele que alguien descalifique la validez de la utopía andina. Aunque, claro, en esto último las miradas son menos objetivas aún, menos imparciales. Se le “da duro” a nuestro Premio Nobel –todo indica que “por reaccionario, derechista y presunto ‘agente’ del Imperialismo”- y no se pone atención o se trata de olvidar esto que acabo de reseñar: que antes de que Vargas Llosa expresara sus cuestionamientos fueron otros los que lo hicieron. Yo aprendí de José Carlos Mariátegui, como lo aprendió Alberto Flores Galindo, a quien conocí durante un seminario a principios de los años 80, y también Nelson Manrique, lúcido historiador y maestro, que es decente y justo reconocer, en los que piensan diferente políticamente, sus calidades artísticas o literarias. Nuestro Martín Adán, “reaccionario, clerical y civilista” -si Mariátegui hubiera sido un enceguecido sectario- se habría hecho merecedor de los más acres reparos del autor de los / Ensayos, y sin embargo fue el Amauta quien lo ensalzó. Antes de Vargas Llosa, quien puso en entredicho la utopía andina fue Alberto Flores Galindo y fue Nelson Manrique quien, entre otras cosas, puso en tela de juicio la objetividad de Arguedas “para acercarse a la realidad”. Y si nos vamos un poco más allá, Aníbal Quijano se comportó como uno de sus más implacables críticos en la Mesa Redonda del 23 de junio de 1965, de la que Arguedas salió prácticamente –y equivocadamente- convencido de que su libro Todas las sangres “es negativo para el país”, por lo cual sumado a otras razones sintió que nada tenía “que hacer ya en este mundo”.[36] Pero, claro, estos importantes estudiosos no firmaron el Informe Uchuraccay, no cambiaron de camiseta ideológica, no aplaudieron la economía de mercado y, por último, no ganaron el Nobel.


       Concluyo. No ha sido mi propósito ser apocalíptico. Lo que he hecho es solamente exponer unas reflexiones que se basan en lo que me parece evidente, innegable, irrefrenable e irremediable: la utopía andina, aquella que –con palabras de Flores Galindo- “niega la modernidad y el progreso”[37] y con la cual de algún modo se identificaba Arguedas, cada día va perdiendo piso. El retorno al pasado y la glorificación de la sociedad inca de la cual se nos dijo que era homogénea y justa sin realmente haberlo sido, es un sueño que está ingresando en la lista de las especies en extinción. Lo que a los mayores nos provoca nostalgia y nos llama a orgullo, a las nuevas generaciones cada vez más lo que les inspira es desdén. Esto, felizmente, no se traduce en pérdida de la identidad nacional. El reconocimiento mundial de Machu Picchu, los significativos avances en el aspecto económico, el rescate y valoración de nuestra gastronomía, los triunfos del cine peruano, el Premio Nobel para nuestro novelista mayor, son, entre otras muchas cosas, factores importantes que contribuyen –o deberían contribuir- a la cohesión y al fortalecimiento de la nacionalidad. Pero eso, a lo que Mario Vargas Llosa nombró como “la utopía arcaica” (el pasado presuntamente glorioso), ya no conmueve como antes conmovía. “Pregúntenles a los muchachos”, habría dicho Juan Ramírez Ruiz, y la respuesta de ellos, áspera pero real, podría ser esta: “¿La utopía arcaica? ¡No! Qué roche”. Es que, como escribió nuestro poeta horazeriano, la verdad está en que “los nuevos valles vienen apurados”.[38] ¿Alguien querrá detenerlos?

 

Lima, 12 de noviembre del 2010.

 

 

 

 

 


[1] El adjetivo “justo” debe entenderse, naturalmente, como “ajustado, con la debida proporción”, y no con la acepción relacionada con “justicia”. 

[2] Mario Vargas Llosa: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. Pág. 9. 

[3] Vargas Llosa, ibíd. pág. 335-336. 

[4] Una entrevista con Rodrigo Montoya, por Abelardo Sánchez León. Disponible en: http://w3.desco,og.pe/publicaciones. 

[5] Cf. http://abc.es/20101103/cultura-libros/vasgas-llosa 

[6] Mario Vargas Llosa, ibid. Pág. 335. 

[7] Rodrigo Montoya. Todas las sangres: ideal para el futuro. Crítica del libro La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo de Mario Vargas Llosa. Disponible en: http://www.andes.missouri.edu/andes/Arguedas.html 

[8] Según la Comisión de la Verdad, el 75% de las víctimas mortales de este conflicto armado correspondía a quechuahablantes.

[9] Alberto Flores Galindo. Buscando un inca. Identidad y utopía en los andes. En: Obras Completas III (I). Sur Casa de Estudios del Socialismo. Lima (s/f), pág. 371. (La primera edición de Buscando un inca es de 1988). 

[10] Mayra Castillo. En nombre del quechua. El Comercio, 31 de marzo del 2007. 

[11] Cf. http://elcomercio.pe/peru/665065/noticia-quechua-muere-verguenza-peru 

[12] Mayra Castillo, ibíd.

[13] La expresión “roche” es, en el Perú, sinónimo de “vergüenza” y es así como ha sido considerada en el DRAE. No me explico, sin embargo, por qué la Real Academia consigna, como primera acepción, un concepto que no corresponde a la realidad: “cosa notoria o visible”. 

[14] No es, pues, como equivocadamente afirma César Lévano –citando al folclorista ayacuchano Roberto Teves- que “el quechua se habla en los ómnibus, los mercados, las plazas y las calles de la capital” y que, en tal sentido, “Lima se está convirtiendo en quechuahablante” (Diario La Primera, 18 de enero 2011). 

[15] José María Arguedas. Carta del 3 de noviembre de 1967, dirigida a John Murra. 

[16] Quechua y aimara integran lista de lenguas en peligro de Unesco. En:                         https://andina.pe/agencia/noticia-quechua-y-aimara-integran-lista-lenguas-peligro-unesco-219210.aspx

[17] Tulio Mora, en diálogo a través del Facebook. 

[18] Me refiero a la cafetalera “Altomayo”.

[19] Bacán, chévere, pulenta, son adjetivos propios de la jerga juvenil que significan: Muy bueno, estupendo, excelente.

 [20] En el lenguaje juvenil popular, “ficho” es similar a “bacán” pero en referencia a un nivel socioeconómico elevado, es decir, “pituco”. 

[21] Nelson Manrique. José María Arguedas y la cuestión del mestizaje. En: Amor y fuego. José María Arguedas 25 años después. DESCO, CEPES, SUR, Lima, 1995, editado por Maruja Martínez y Nelson Manrique. 

[22] Montoya, ibid.

[23] José María Arguedas. Katatay. Arteidea Revista Cultural 4, s/f. 

[24] ] “Su apuesta por una cultura nacional, indígena, de base andina, en la que se pueda establecer el encuentro entre lo tradicional y lo moderno está claramente expresado en el poema “Llamado a algunos doctores.” (Miguel Ángel Huamán. “La poesía de José María Arguedas y la utopía andina”. Alma Máter Nº 17, Lima, UNMSM, 1999. Disponible en: http://sisbib.unmsm.edu.pe) 

[25] Me pregunto, ¿Arguedas habría mostrado similar emoción de asombro y regocijo con, por ejemplo, la cada vez más creciente utilización de los tintes artificiales que desplazan a los de origen natural en la textilería andina, o con el empleo de máscaras de “halloween” en las danzas quechuas? Es difícil asegurarlo, pero creo que no. El jet es, en rigor, sinónimo de modernidad, pero a diferencia de las máscaras y los tintes referidos, que también lo son, no entra en conflicto con lo ancestral, con aquello que conmovía a nuestro José María; es signo innegable de progreso, pero no una estocada que pueda herir o matar al folclor o al alma andina. Nuestro escritor lo sabía. 

[26] Como se verá más adelante, ya Alberto Flores Galindo, había calificado a la utopía andina (que es a la que se refiere Vargas Llosa) como la “mitificación del pasado”.

[27] Flores Galindo, ibid. Pág. 369.

[28] Flores Galindo, ibid. pág. 376. 

[29] “El cambio de casaca política que sufre Mario Vargas Llosa entre los años setenta y los tempranos ochenta y que lo lleva a escribir en 1981 un prólogo tan humano en su libro Contra viento y marea, es singularmente peculiar; no obstante, yo no lo creo inesperado como algunos críticos lo han así tildado. Ipso facto, desde un principio, Vargas Llosa ha sido camusiano, o sea, ha sido un ciudadano libre…” (Mariela A. Gutiérrez. University of Waterloo, Ontario, Canadá)

[30] Vargas Llosa presidió una Comisión que, durante el segundo Gobierno de Fernando Belaúnde Terry, se creó para investigar el doloroso caso de un grupo de periodistas asesinados en enero de 1983 en la comunidad ayacuchana de Uchuraccay. El Informe Final, inesperado, dio pie a que la culpabilidad fuera atribuida a los campesinos, dizque porque los miembros de la Comisión “prefirieron evitar las consecuencias político-militares de inculpar a miembros de las fuerzas armadas” (Rocío Silva Santisteban: http://kolumnaokupa). Sin embargo, las conclusiones a que arribó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, no fueron diferentes: veamos: “… los comuneros de Uchuraccay asesinaron a los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil, Willy Retto, Jorge Sedano, Amador García y Octavio Infante, así como al guía Juan Argumedo García y al comunero Severino Huáscar Morales Ccente, considerando que eran miembros del PCP-SL (…) Que en los sucesos del 26 de enero de 1983 no se constata la presencia de infantes de marina ni de miembros de la entonces Guardia Civil (sinchis) como perpetradores directos de los hechos”. (¿Esta Comisión también quiso “evitar” esas “consecuencias”?). 

[31] Miguel Gutiérrez. La generación del 50: un mundo dividido, 1988, pág. 231. 

[32] Dante Castro: La Fiesta del Chivo y el Premio Nobel. 8 de octubre del 2010. En: http://cercadoajeno.blogspot.com

[33] Flores Galindo, ibíd. Pág. 369. 

[34] Flores Galindo, ibid.pág. 376-377. 

[35] “A lo largo de los escritos literarios –escribe Roland Forgues- se asiste a la edificación de un mundo ideal que se organiza alrededor de una estructura que podría calificarse de poético-mística (…) que apunta a manifestar en un primer momento la continuidad y la autenticidad de los valores del mundo quechua y, en un segundo momento, a reconstruir, sobre las bases de la comunidad india precolombina (…) el mito del paraíso o de la Edad de Oro.” 

[36] ¿He vivido en vano? Mesa redonda sobre Todas las sangres, 23 de junio de 1965. Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1965.

[37] Flores Galindo, ibíd. Pág. 373. 

[38] Juan Ramírez Ruiz. Las armas molidas. Los muchachos (173). Arteidea editores. Lima, 1996.