viernes, 17 de julio de 2020

MERCEDARIO


Fue -así lo llamo yo- mercedario, pues. El primero que experimenté, que gocé, y que, claro, me niego a olvidar. Fue mercedario porque -explico- ocurrió dentro de un recinto cerrado y con la puerta asegurada (¡travesura de una medio "celestina" amiga  nuestra!) con candado, y convertido, por ello, en una suerte de ocasional y, digamos, liberador reclusorio de impulsos que -obvio, ¿verdad?- ahora lo evoco candorosamente con esta canción: "Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos...". También lo fue, porque el mes en que ocurrió aquello fue uno especialmente significativo, por primaveral, pero -en este caso- también porque es dedicado a la Virgen de la que habla la canción mencionada: el mes de setiembre. Algo más: porque el recinto -al que sin querer lo convertimos en escenario asustadizo de nuestro balbuciente y candoroso amor de garabato- si bien no era propiamente un templo y, por cierto, tampoco estaba inundado de santidad conventual, sí tenía, en cambio -creo yo-, algo de místico, una pisca, ya que no no se trataba de un lugar cualquiera, sino de una casa parroquial, ¡la casa parroquial de mi pueblo!, aquella a la que esporádicamente llegaban curas y obispos, con catecismos, crucifijos y rosarios luminosos, y palabras pronunciadas en latín. Pero, sobre todo y principalmente, fue mercedario debido a esto: por el nombre de la chica (sonrosada, y medio asustada), cuyo corazón colegial logró -dudoso y arriesgado- que la timidez y la torpeza (que eran y, aunque en menor medida, siguen siendo -creo- mi medio indiscreto sello de identidad) se diesen un necesario e impostergable contrasuelazo en el piso empedrado del patio que nos albergó fugazmente en aquel instante ya remoto de nuestra pubertad (que, ¡gloria a Dios!, me abrió al mundo de las nobles y bellas emociones sensuales) y permitió -gracias al candor de sus almibarados sentimientos y a su mirada que, como una invitación, se ocultaba debajo de los párpados- que yo pudiese depositar sobre los suyos, que eran dóciles, dulces y tiernos, la aspereza cuarteada de mis labios serranos. Sí, repito, fue mercedario por el nombre de aquella linda compañera mía de colegio. Se llamaba... Para qué decirlo si ya lo adivinaron. Ella fue a quien di el primer beso de hombre, húmedo y tembloroso, allá arriba, en Pallasca, mi pueblo natal. En la tierra de los chupabarros. Fue un beso mercedario, pues: sin malicia, con mucho de inocencia, con buena fe, con amor y sueños borroneados. Lindo. Inolvidable.