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sábado, 7 de diciembre de 2024

EL CRUSTÁCEO LLAMADO "MUYMUY"

El MUY MUY: «Crustáceo comestible de tres a cinco centímetros de longitud, con caparazón a modo de uña, de color gris, que vive bajo la arena de la rompiente» (DLE). 

                               ***

Pregunto a los amigos: ¿La palabra «cuita» la pronuncian con la mayor fuerza de voz en la «i», o sea [kuíta]; o la pronuncian con el acento en la «u», es decir [kúyta]? Obvio, la pronuncian como en el primer caso mencionado, con el acento en la «i». Bueno, la pregunta la he hecho por lo que voy a exponer enseguida. 

Hay un crustáceo comestible de color gris, que mide de tres a cinco centímetros de longitud y vive «bajo la arena de la rompiente». Su nombre científico es «Emerita analoga», pero, en el Perú, popularmente -desde hace muchísimo tiempo-, lo conocemos como «muy muy», y, así como acabo de hacerlo, hemos escrito siempre su nombre. Sin embargo, en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (DLE) y en las dos anteriores (2001 y 1992), y también en el Diccionario de Peruanismos -o DiPerú- e incluso en el de Americanismos, curiosamente aparece registrado como «muimuy». (Pero, claro, el DLE registra también la otra forma -«Muy muy»-; no así el diccionario publicado por la Academia Peruana de la Lengua y tampoco el de Americanismos, en los que solo aparece «Muimuy»).

¿Por qué se les ocurrió escribirlo así, pudiendo haberlo hecho -para que se convirtiese en un nombre con una sola palabra- de esta otra manera: «muymuy»? ¿Por qué en la primera sílaba pusieron la «i» latina y solo en la segunda conservaron la «y»? La verdad es que no encuentro una respuesta que pudiera ser satisfactoria.

Veamos lo siguiente. El nombre tradicional y más antiguo del molusco mencionado es, como lo sabemos todos, «muy muy» y su pronunciación (también todos la conocemos) se da con golpes de voz similares en ambas sílabas: [múy.múy]. 

Y, claro, si a esa forma de escritura la queremos convertir en una sola palabra, lo razonable y naturalmente correcto es, simplemente, unir las dos referidas sílabas, así: «muymuy». Y su pronunciación, por cierto, será la misma del nombre escrito en dos palabras que acabamos de ver; es decir, estaremos ante una palabra con dos acentos: [múymúy]. Ya lo dije al principio de esta nota: la palabra «cuita» no se pronuncia [kúyta], sino [kuíta]. Y si escribimos «muimuy», tenemos que aceptar que su pronunciación (que no corresponde a la realidad, al uso) tiene que ser esta: [muímuy], y que la pronunciación adecuada a la forma correcta de escribir el nombre es esta otra: [múymúy]. 

Repito: ¿Por qué se les ocurrió introducir una «i» en la primera sílaba y solo en la segunda conservar la «y»? ¿No se dieron cuenta de que -sin quererlo, naturalmente- lo que estaban haciendo era, en realidad, cambiarle de nombre al molusco también conocido popularmente como «chanchito de mar», «pulgón de mar» y «chiquiliqui»? 

Así como ocurre con la palabra «cuita», que hemos visto al principio, al escribir «muimuy» -como hacen los respetables académicos de la lengua- se está sugiriendo una pronunciación que, en la primera sílaba, resalta el acento (o mayor golpe de voz) de la segunda de sus vocales, la «i»; y, como bien sabemos, esta no es la pronunciación que se da en el uso, en la realidad; la escritura, tal como aparece en los diccionarios académicos, no es, pues, la correcta.  (Me permito agregar, como otro ejemplo, esta palabra hipotética: «cuicuy». ¿La pronunciaríamos [kúykúy]? No, ¿verdad?, pues, tal como está escrita, sonaría así: [kuíkuy]; para que suene de la otra forma, tendría que escribirse así: «cuycuy»). 

Por consiguiente, las dos formas de escritura del nombre que le corresponde al crustáceo, al que DiPerú describe como «diminuto, de antenas retráctiles, que "construye" (sic) madrigueras en la arena de la playa»- deberían ser las siguientes: «muy muy» (en dos palabras separadas, que es la forma tradicional, la más antigua, y es la que registra el Diccionario de Peruanismos -edición de 1999- del querido Juan Álvarez Vita) y esta otra (en una sola palabra): «muymuy». Definitivamente (y lo digo con absoluta convicción), no esta forma: «muimuy», que equivocadamente aparece en el Diccionario de Peruanismos (DiPerú), en el Diccionario de Americanismos y también en el Diccionario de la Lengua Española (DLE). 

Creo que se impone, pues, la necesidad de que los repertorios académicos, que acabo de mencionar, sean modificados en las entrada referida al nombre del crustáceo en cuestión. Es decir, que se reconozca el error en que se ha incurrido. 

                ¡Un abrazo!

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

lunes, 8 de mayo de 2023

MOROCHO: PERSONA DE PIEL MORENA (¿ORIGEN QUECHUA?)

 

Lo dice el Diccionario de la Lengua Española (DLE). Pero, ¿del quechua "muruch'u", que es una variedad de maíz "muy duro"? No. Definitivamente, no. ¡Qué absurdo! En ese vocablo quechua no está el origen del adjetivo referido a una persona que tiene la piel morena o el pelo negro y, evidentemente, tampoco tiene que ver con "falto de algunos dientes", ni con "mellizo". 

Pero, sí es válido asociarlo con persona "robusta y bien conservada", ya que, como encontramos en el Vocabulario de la lengua General de todo el Perú llamada lengua Qquichua o del Inca (1608), elaborado por Diego González Holguín, al "hombre fuerte, de complexión sano" (así aparece, textualmente) se le conocía como "muruchhu runa"; en el Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú (1560), de Fray Domingo de Santo Tomás, se dice, también textualmente, "cosa dura, o rezia". Y, bueno, lógicamente también tiene que ver con la mencionada variedad de maíz, que es de color amarillo, casi anaranjado (González Holguín: "Muruchu çara: Mayz de los llanos muy duro").

Pido disculpas por lo que, sin duda, puede ser visto como un insolente atrevimiento; sin embargo, tengo que decirlo: El Diccionario de la Lengua Española (DLE) se equivoca respecto del tema aquí tratado.

Repito: el nombre coloquial que, especialmente en el Perú, se le da a la persona morena, nada tiene que ver con el vocablo quechua con que se nombra a un tipo de maíz. Se trata, más bien, de un adjetivo formado, traviesamente (como suele ocurrir con las expresiones replanescas o de la jerga popular), a partir de "moro" (origen de "moreno": de "moro" y "-eno") al que se le ha unido, de modo arbitrario, un componente final, en este caso "-cho", como se hizo también, por ejemplo, con "perucho" (peruano), "colocho" (colombiano"), "boliche" (boliviano"), palabras con las que se reemplaza, familiarmente, a los gentilicios que he puesto entre paréntesis. 

Según sugiere la doctora Martha Hildebrandt -en su valioso libro Peruanismos-, el uso de "morocho", como equivalente de moreno, se habría dado inicialmente en Argentina (es argentinismo, dice). Sí, eso es cierto. Sin embargo, nuestra inolvidable lingüista expone una hipótesis -no rotunda, felizmente- respecto de la relación de "morocho" con "moreno": afirma que tal cosa "se explica porque el maíz morocho parece haber sido, además de duro, oscuro". No. En todo caso, oscuro es el que todos conocemos: el maíz morado (que se usa para preparar una mazamorra bien peruana), y también el de color rojo; pero, ninguno de ellos es el morocho. Bueno, la doctora Hildebrandt se muestra cautelosa en cuanto a la relación con el presunto color del maíz (dice "parece haber sido oscuro"); sin embargo, también plantea la posibilidad (en esto, sí, con acierto) de que el vocablo en cuestión se deba a la "influencia de moreno, por coincidir los tres fonemas iniciales. El Diccionario de Peruanismos publicado por la Academia Peruana de la Lengua, en cambio, sí incurre en error al afirmar, textualmente, lo siguiente: "<Referido al maíz> Que tiene color morado o amarillo anaranjado". El maíz morocho no es de color morado.

Bien. La relación que existe entre el adjetivo coloquial equivalente a "moreno" y el nombre del maíz "morocho" solo es de carácter homonímico (es decir, son iguales, pero con significados diferentes) y no etimológico, como equivocadamente aparece en el DLE. 

El maíz morocho, les cuento, en Pallasca es usado, principalmente, de dos maneras: partido, sirve como alimento para las aves de corral; y molido, después de haber sido medio sancochado y luego secado al sol, en mantas extendidas en el suelo, se convierte en la chochoca, que es el ingrediente principal de una de nuestras más deliciosas sopas andinas, cuyo nombre es, precisamente, ese: chochoca (¡añañau!). Efectivamente, el morocho es un maíz duro y, repito, de color amarillo; el otro ("tierno y de mucho regalo", dice Garcilaso, en Los Comentarios Reales) es conocido como "capia" y es el que, al ser tostado, se convierte en la deliciosa cancha.

Me pregunto, finalmente: ¿Cuándo habría comenzado a ser empleado, en nuestro medio, el adjetivo "morocho" como sinónimo coloquial de "moreno"? Es, creo, imposible señalar alguna fecha o época precisa; pero, intuyo que se dio recién durante las últimas décadas (después de los sesentas). En un diccionario, de 1913, que conservo en mi biblioteca, no aparece con el significado en cuestión; en el Glosario de peruanismos del padre Rubén Vargas Ugarte (que es de 1946) ni siquiera es mencionado el término, y tampoco en el librito Jerga criolla y peruanismos (1968) de Lauro Pino. Empero, en Argentina, su uso viene de muchísimo tiempo atrás: en el Vocabulario Criollo Español Sud-Americano del madrileño Ciro Bayo (1859-1939) ya se encuentra registrado el vocablo, y -como era, creo, presumible- allí no se hace referencia (como sí, respecto de otras voces) a un presunto origen quechua; esta publicación, hecha en Madrid, ¡es de 1910!

© Bernardo Rafael Álvarez

 




 

                  

lunes, 10 de abril de 2023

YA VOY YENDO

Espérame, que ya voy yendo". ¿Han escuchado o, mejor dicho, han leído, expresiones como esta? ¿Creen que es correcta? Para muchos, por cierto, se trata de una suerte de redundancia: "ir" y, al mismo tiempo, "estar yendo". Claro, podríamos considerar que, efectivamente, allí hay una evidente y hasta tal vez escandalosa redundancia. (¿Si "ya voy", para qué tengo que decir "voy yendo"?). Sin embargo, son muchos los que la escriben, creo que, sobre todo, jóvenes universitarios, cuando quieren evitar la desesperación de quien los está esperando ya con algo de impaciencia: una enamorada, por ejemplo. Y no es para menos, con lo demorones que solemos ser. 


Ah, pero no es todo: muchos ponen, sueltos de huesos, esto que haría santiguar atropelladamente a una monjita "bien hablada: "Ya estoy llendo", escriben. Usan la "elle", en lugar de la "ye". Repito la pregunta: ¿es correcto lo que hacen? Obvio: la respuesta que recibiré es esta: “Es una incorrección, señor”; y, claro, como diría la buena gente del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), agregaría que eso "es desaconsejable". 


Pero, aconsejable o desaconsejable, lo cierto es que (aunque no me crean) actualmente ya no estamos ante un error propiamente dicho. Hace mucho tiempo lo dije y hoy tengo la "desvergüenza" de volver a decirlo: los usos ya extendidos, asentados, dejan de ser -si alguna voz lo fueron- errores. En algún momento pudieron, incluso, ser considerados "vicios" de dicción o de escritura, pero hoy lo “incorrecto” es, casi siempre, considerado como una particularidad expresiva del idioma, y el idioma hace mucho tiempo dejó de ser uniforme. Por ejemplo, ¿recuerdan aquel "ya fuistes" o "ya llegastes"? Y vayamos un poquito más allá: en diversos pueblos de nuestra región amazónica -si no en todos- no se dice, por ejemplo, "¡Llámame!", sino algo así como "¡shámame!" (casi como la pronunciación de los argentinos). ¿Qué ocurre con estas y otras formas expresivas? Son, simplemente, características del español o castellano de cada región. Y ahora vayamos un poquito más allá, precisamente hacia la Argentina. En el imperativo del verbo "venir" lo correcto y usual -en el Perú y en la mayoría de los lugares del mundo hispanoparlante-, dirigido a una segunda persona, es así: "Ven pronto". ¿Cómo lo dicen los amigos en el país gaucho? Así: "Vení pronto, che". 


¿Cuál es la explicación a esta y otras particulares que se dan en diferentes países y regiones? Se debe a que, en buena cuenta, no hablamos un solo castellano (o español) o, digamos mejor, el idioma es el mismo pero nos comunicamos con lo que, en rigor, corresponde a la variedad de nuestro idioma que se da en cada lugar: en buena cuenta, nuestros propios dialectos. Ojo: Dialecto no es, como algunos equivocadamente, piensan, un "idioma inferior, propio de algunas comunidades o etnias aborígenes", sino la manera propia, con sus propias características, cómo manejamos un idioma en determinadas regiones: con vocablos, giros e incluso tonos especiales; no es nada despectivo. Y esto es válido, legítimo y... correcto. 


Es probable que haya quienes quisieran que el idioma nuestro se uniformizara, que fuera "uno" y sin "contaminaciones", como lo quisieron los primeros académicos, los fundadores de la Real Academia Española, allá por el año de 1713, y lo dijeron de manera puntual y ruda en el primer estatuto institucional (1715): "Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores que (...) ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar...". A ello, naturalmente, se debe el emblema de la RAE acuñado aquel entonces: "Limpia, fija y da esplendor". 


Bueno, las cosas, como correspondía (porque el idioma es como un ser vivo), han cambiado. La unidad y la "pureza" en un idioma son, sin duda, aspiraciones nobles y exultantes; no significa, sin embargo, que lo contrario sea precisamente algo negativo. En estas cosas, la libertad es lo que se impone, sobre todo para innovar; y -¡al grano!- con aquello de “Ya voy yendo” lo que se busca es, simple y llanamente, mayor expresividad en el mensaje, mayor énfasis, y el verbo "ir" en indicativo de la primera persona, en este caso, equivale a la misma forma del verbo "estar" ("Ya estoy yendo"); y, bueno, lo de "llendo", solo se debe a una involuntaria confusión fonética entre muchos hablantes. (Pero, claro, si usted está en desacuerdo con lo que aquí he dicho, dígamelo, por favor. Y le aseguro que pronto estaremos juntos para charlar; así que espéreme, que ya voy yendo).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 


domingo, 17 de julio de 2022

¿UNA ZANCADILLA EN LA RAE?. «Cabe», el peruanismo.

¿Conocen ustedes el «juego de la argolla»? Es un juego antiguo que no sé si existe aún. Les cuento. El Diccionario de la Lengua Castellana, publicado en 1817, dice que se trata de un juego «cuyo principal instrumento es una argolla de hierro, que con una espiga o punta aguda que tiene se clava en la tierra de modo que pueda moverse fácilmente alrededor»; y agrega que lo que se busca con este juego «es pasar por dentro de la argolla unas bolas de madera, sirviéndose para ello de unas palas cóncavas de la misma materia».

Imagino la pregunta que se estarán haciendo en este momento, amigos: ¿Y qué diablos tiene que ver el «juego de la argolla» con el peruanismo mencionado en el título de esta nota? Ya lo veremos. 

Cabe es el nombre que en el Perú se le da a la zancadilla, es decir, a lo que –como define el Diccionario de la Lengua Española (DLE)- es la «(a)cción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer». Es, pues, un peruanismo. Se usa en expresiones como las siguientes: «ponerle un cabe», «meterle un cabe«; «Juan le metió un cabe a Mamerto». 

Según el DLE, es una voz onomatopéyica («Voz onomat.», dice la marca que aparece en la entrada respectiva). Por lo dicho allí debemos, naturalmente, entender que «cabe» es una palabra con la que se imita o trata de imitarse un sonido, pues, como sabemos (y la RAE lo sabe mejor, y lo afirma en el Diccionario), voz onomatopéyica, u onomatopeya, es la palabra «cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa». Son onomatopeyas (o voces onomatopéyicas), por ejemplo, «miau», «guau», «pío» (vocablos que imitan -lo cual es evidente- al maullido del gato, el ladrido del perro y el piar del pollo, respectivamente). Todo claro. 

Pero aquí viene la pregunta de rigor. ¿Cuál sería el sonido que se imita o se pretende imitar con la palabra «cabe»? Desconozco la respuesta. ¿Será el sonido que produce el golpe cuando una persona cae violentamente al piso, al ser víctima de una zancadilla? Estoy seguro de que no. Al caerse una persona al piso, el golpe podría, tal vez, generar un sonido como «¡pum!», por ejemplo, pero jamás como «¡cabe!». ¿Entonces? (Algo adicional: «Cabe» no es el nombre de la caída, y tampoco del golpe generado por tal hecho, sino -repito- de la «acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer»).

A estas alturas vamos llegando a lo que mencioné al principio: el antiguo juego de la argolla. Es que hasta la vigesimosegunda edición del DLE (año 2001) la RAE consideró como una de las definiciones de la palabra "cabe" (no el peruanismo) lo que muchísimos años antes (en 1729) ya aparecía en el Diccionario de Autoridades (tomo II): «El golpe de lleno, que en el juego de la argolla da una bola a otra, impelida de la pala con que se juega, de forma que llegue al remate del juego, con que se gana raya». «Cabe», como se ve, era el nombre de un golpe (el golpe dado por una bola a otra). Y es, creo que indudable, que a esto se debió que la penúltima edición del DLE -que repite sin variación alguna la definición transcrita- pusiera esto como marca: «Voz onomat.» (Voz onomatopéyica); válida también, allí, para el peruanismo (que, como ya vimos, es sinónimo de zancadilla). El razonamiento que la RAE pudo haber hecho al respecto, creo que es este: Si se trata de un golpe, estamos, sí o sí, ante un sonido: en consecuencia, la palabra que nombra a ese sonido es una voz onomatopéyica; es decir, perteneciente o relativa a la onomatopeya, o formada por onomatopeya (imitación de un sonido). Pero, no, no es así: no es voz onomatopéyica. Si lo fuera, el sustantivo «portazo» («Golpe recio que se da con la puerta») también sería voz onomatopéyica; sin embargo, no lo es, no tiene por qué serlo y por eso en la respectiva entrada del Diccionario no aparece ninguna marca que señale tal cosa. La explicación es simple: El hecho de que una palabra nombre a un golpe o sonido no la convierte en onomatopeya o «voz onomatopéyica»; «explosión» no lo es, por ejemplo, como tampoco lo es «portazo». Onomatopeya o voz onomatopéyica es la palabra que imita o pretende imitar un sonido («miau», «pío», «guau», «pum», «zuácate», etc.). Algo más: ¿el sonido, al golpearse dos bolas, acaso se parece en algo a la voz «cabe»? En nada, absolutamente.

No sé si, como dije al principio, el juego de la argolla sigue existiendo; pero, al menos, en la última edición del DLE ya no está considerada la palabra «cabe» como nombre del golpe que en ese juego se daban las bolas. Pero ha quedado la marca, ahora, para señalar -equivocadamente, claro- que el nombre peruano dado a la zancadilla es una «voz onomatopéyica». Mi hipótesis aventurada, y tal vez imprudente, es que la docta corporación matritense considera que, así como en el juego de la argolla, en la zancadilla también se produce un golpe y ese golpe tiene un sonido, y si a ese golpe se le dio el nombre de «cabe», entonces «cabe» es una onomatopeya. 

¿Dónde habría hecho aquel tan genial y ocurrente «descubrimiento»? Estoy convencido de que en ninguna parte. Lo que presumo es que se dejó llevar por la lectura incompleta que hizo de la definición aparecida en el Diccionario de Autoridades; solo leyeron la primera parte y obviaron la explicación allí incluida. 


Esta es la referida explicación que el primer Diccionario de la Lengua Española, en su tomo II, da acerca del nombre con que se conocía al golpe de las bolas en el juego de la argolla: «Llámase así, porque para ganar la raya es condición, que entre bola y bola haya de caber la pala». Su origen es el verbo «caber», y no es ni proviene de ninguna onomatopeya.

Clarísimo. El Diccionario de Autoridades, a pesar de que al vocablo «cabe» lo define como «golpe» («... de lleno»), jamás dijo -ni lo insinuó- que ese nombre fuera una suerte de «imitación» del sonido producido por el golpe de las bolas en el juego; no afirmó que se tratara de una «voz onomatopéyica». 

¿Será que después de alguna meticulosa investigación histórica la RAE llegó, tal vez, a la conclusión de que el Diccionario de Autoridades estaba equivocado y, en consecuencia, quiso corregirle la plana, desmentirlo, desautorizarlo? (¿Casi como ocurrió con el jurista y político peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841) que, arrepentido de sus propias opiniones, llegó a publicar un libro con un título muy expresivo: «Vidaurre contra Vidaurre»; o sea, la Academia contra la Academia?). 

Sea como fuere, lo cierto es que -insisto- «cabe», el vocablo peruano sinónimo de «zancadilla», no es una voz onomatopéyica. La RAE debería, pues, corregir el Diccionario, retirando la marca «Voz onomat.» que aparece en la entrada correspondiente. (Presentaré mi propuesta, a la Academia, a ver qué resulta).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

domingo, 29 de mayo de 2022

¿"PERULEROS" (¿Somos ¿peruleros"?)

¿Han visto? En el Diccionario oficial, aparece un adjetivo con este significado o acepción (además de otros, que no vienen al caso): “Natural del Perú, país de América”. Es el vocablo “perulero”. Aparece, pues, como si se tratara del gentilicio correspondiente a nuestro país.

 

"Perulero” era una suerte de apodo que desde los primeros años de la presencia ibérica en estas tierras se usaba en España para nombrar a quienes, después de algún tiempo, regresaban a la Península, desde el Perú, muchos de ellos con cierta fortuna acumulada. Se le empleó, luego, para referirse a los nacidos en estas tierras, pero –tengo entendido- nunca como un gentilicio propiamente dicho, pues llevaba, más bien, una carga irónica, prácticamente una burla. El término incluso llegó a ser incorporado al Diccionario de Autoridades; pero, al menos en el tomo V (1737) no hace referencia a esto de que estoy hablando, sino a otra cosa: “adj. Que se aplica a la moneda fabricada en el Perú”. En un vetusto diccionario (de 1913) que conservo en mi biblioteca, aparece lo siguiente: “Que ha venido desde el Perú a España”; no "que ha nacido en el Peru", no dice que se trata de alguien “natural del Perú” (esto lo dice, pero en la entrada correspondiente a “Peruano”). Bien. Lo que se impuso, como el gentilicio, fue “peruano”, que es el que hasta ahora seguimos empleando legítimamente y con orgullo. El adjetivo “perulero”, en cuestión, prácticamente, desapareció.

Sin embargo, en el actual Diccionario de la Lengua Española (DLE) sigue apareciendo como si nada hubiera cambiado: “perulero”, “Natural del Perú, país de América”. No me sorprendería que la RAE haya terminado asumiendo que es un vocablo de uso común en nuestro país porque fue persuadida por el Diccionario de Americanismos, que, sin embargo, se equivoca al afirmar que se trata de un adjetivo peruano “popular” (“adj. Pe. Relativo al Perú. pop.”, dice). La verdad es que nosotros no usamos "perulero", y nadie lo usa para referirse a nosotros, (salvo, quizás eventualmente, como broma); y menos lo reconocemos como nuestro gentilicio; los peruanos no somos “peruleros”, pues. "Perulero" es un adjetivo que, simple y llanamente, no se usa como gentilicio. (Si alguien me preguntara si soy chileno o colombiano, por ejemplo, yo jamás le diría que soy "perulero", porque sería ridículo y estúpido). Y, claro, tampoco es un peruanismo. Es evidente que nadie hizo la necesaria, conveniente y justa observación, ni menos la propuesta correspondiente ante la RAE.

Lo mínimo que debería hacer la Academia, creo yo, es corregir este lamentable error, y colocar, en el Diccionario, al menos, la marca que corresponde: “adj. desus.” (y tal vez, precisar que era usado en sentido irónico), porque sería lo justo (justo de justicia, y también porque se ajusta a la verdad). 

Ah, una cosa final. Lo mismo ocurre con el adjetivo "peruviano" que también carece de connotación seria: es usado, en nuestra lengua, igualmente con propósito juguetón.

© Bernardo Rafael Álvarez


viernes, 15 de octubre de 2021

¿CHIRISUYA, O CHIRIMÍA?

Chirisuya, ¿instrumento inca o morisco? Hay muchos que están convencidos de que este instrumento de viento, usado en distintos pueblos de los Andes peruanos y que, por su forma, es casi como un clarinete u oboe, tiene un origen prehispánico: que sería un instrumento musical inca. Según tengo entendido, debido a que es empleado no solo en festividades comunes y corrientes, sino también en eventos digamos místicos o religiosos, y tiene una significativa importancia en nuestras comunidades, llegó a ser declarado patrimonio cultural de la nación. Sin embargo, no es un instrumento auténticamente peruano. Vino de España, y quienes lo usaron en sus primeras épocas (y, en realidad, habrían sido sus creadores) fueron los descendientes de los musulmanes en la península ibérica, es decir, los moriscos. 

Su nombre original, que proviene del francés antiguo "chalemie" que, a su vez, se deriva del latín "calamus" (caña), es "chirimía". Y, entonces, ¿por que aquí se le llama "chirisuya? Bueno, para comenzar, debo decir que no hubo, de ninguna manera, el deseo de adaptar al quechua el nombre venido de Europa. Quiero decir, en otras palabras, que es absurda la pintoresca explicación que, por algún lugar, a alguien se le habría ocurrido darle a Julio Calvo Pérez, el lingüista y lexicógrafo español que elaboró el Diccionario de Peruanismos (publicado por la Academia Peruana de la Lengua, el año 2016), quien,  felizmente, parece que no tomó en serio tal cosa; esta es aquella explicación: que las primeras dos sílabas corresponderían al sustantivo -en la lengua andina- referido a "frío" ("chiri", en quechua), y que "suya" sería una alteración de "suyu", o sea "región geográfica".* No, eso no tiene pies ni cabeza: ¿qué diablos tendría que ver un concepto referido a bajas temperaturas y otro de carácter territorial con un instrumento de música? Obvio: nada. 

La única explicación razonable y válida es que el nombre "chirisuya" surgió del modo más simple, como suelen surgir los neologismos: debido a una travesura (el buen humor) de algunos de nuestros compatriotas, tal vez en algún lugar de nuestra serranía (pero, claro, no en épocas recientes, sino hace ya más de ciento cincuenta años). El nombre original -"chirimía- se transformó, convirtiéndose en "chirisuya"; sin duda, con el propósito juguetón de "darle la contra" a la denominación primera, jugando con las dos últimas sílabas como si estas tuvieran algo que ver con el posesivo (repito: una travesura), decidieron cambiar "mía" por "suya". 

Repito: la explicación presuntamente recibida por el estudioso español es absurda (y lo es de cabo a rabo). El sustantivo "Chirisuya" no tiene ninguna relación con la lengua quechua y menos con asuntos geográficos o de temperatura; nada hay que los familiarice.  

A propósito de esto, me viene a la memoria lo que, cuando niño, escuché en mi tierra, Pallasca. Un simpático profesor pallasquino -concretamente, de Tauca-  con buen sentido del humor, naturalmente, aseguraba que el aspecto particular del rostro de una persona (aquello que nos ayuda a su reconocimiento -cuando volvemos a verla después de mucho tiempo-: a recordarla al toque) debería ser nombrado teniendo en consideración lo siguiente: si se trata del rostro del hablante (la primera persona), decía, tiene que ser "fisonomía" (porque "no es de otro"); pero si es el rostro de una segunda o tercera persona,  lo que corresponde, "lógicamente", es decir "fisonosuya". ¿Ayuda esto a explicar el asunto? ¡Claro que sí, y es incontestable, caracho! 😀 

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez

 

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* Esto aparece dicho en el Diccionario etimológico de palabras del Perú (2014), de Julio Calvo Perez.

 


martes, 7 de septiembre de 2021

¿SETIEMBRE O SEPTIEMBRE?

Claro, las dos formas son correctas. Sin embargo, a la pobre explicación que en El Comercio* aparece, hace falta sumar lo siguiente. Tal vez sea cierto lo que dicen -el Diccionario y el Fundéu-: que "el uso culto prefiere la forma septiembre" (sí, muchos la prefieren). 


Pero es conveniente saber de qué hablamos cuando de "uso culto" hablamos. "Uso culto" o "habla culta" no es sinónimo de "perfección" o de "mayor corrección" en el hablar, o cosa por el estilo. Aunque algunos digan otra cosa, lo cierto es que -refiriéndonos a nuestro idioma- cuando hablamos de uso o habla culta nos referimos tan solo al castellano usado cotidianamente por los hablantes que tienen, digamos, un nivel cultural o académico "elevado"; los profesionales, por ejemplo. Es decir, el concepto "habla culta" no tiene una connotación estricta o únicamente de carácter lingüístico sino, en cierto modo (permítanme esta licencia medio desubicada), "sociológica" (lo que se habla o cómo se habla en cierto sector de la sociedad, el sector con "mayor formación", los "leídos"). Una muestra: Así, como lo dije en anterior oportunidad, la forma "querramos" (del verbo "querer"), que es gramaticalmente incorrecta, no solo la usan los sectores "incultos" sino también, y con muchísima frecuencia, los otros; lo cual significa que también forma parte, pues, de la lengua culta; y lo digo con absoluta seguridad, aunque a los académicos se les "reviente" el hígado o me odien (esta última parte de mi frase es una broma, por si acaso). 


Ahora, pasemos a lo de "setiembre" o "septiembre". La nota de El Comercio dice que cuando llega el noveno mes del año a muchos les invade esta duda: ¿"setiembre" o "septiembre"? No sé dónde ocurrirá eso, porque en nuestro país, no pasa tal cosa. Aquí, a nadie le invade esa "duda" y nadie se preocupa en morderse los labios para decir "septiembre", pues todo el mundo pronuncia "setiembre"; en el caso de la escritura la cosa sí es distinta: unos escriben "setiembre" y otros "septiembre", sean o no personas "cultas". ¿Por qué ambas formas son correctas, y ninguna de las dos es "superior" a la otra? Veamos. 


El origen del nombre que designa al mes de la primavera -voy a decirlo, como siempre, de un modo sencillísimo- está en el número siete; es que antiguamente este era el mes número siete (septembris: mes número siete), porque entonces el año solo tenía diez meses y, aunque -después- con el calendario gregoriano pasó al noveno lugar, su nombre se mantuvo hasta ahora. Vale "septiembre" porque, como se ve, conserva los "rasgos" de su origen etimológico, del latín: septem es siete; pero vale, también "setiembre" por una razón similar (etimológica): la raíz "set" proviene de siete (y, como ven, no hay allí una "p"). Quien pronuncia o escribe "septiembre" solo se ajusta al aspecto etimológico más remoto, nada más: y no es "más correcto" lo que hace, solo es diferente. 


¿Alguien querría decir que solo debemos ajustarnos a la etimología latina? Si fuera así, tendríamos que comenzar con el nombre del que es conocido como un número natural, el siete, ¿verdad? Por qué digo esto: porque, si se tratara de eso, entonces tendríamos que llamarlo "siepte", en lugar de "siete" (porque en latín hay una "p"). Pero, claro, no lo vamos a hacer, pues lo que ha quedado férreamente establecido -y así lo entendemos- es "siete", y -otra cosa- sabemos muy bien que la etimología no cumple (voy a decirlo con una palabra medio "jurídica") un papel vinculante, no nos obliga; únicamente es una referencia "histórica" (que nos dice cuál fue el origen de una palabra), nada más. 


Bien. Decimos setiembre, y nadie nos lo va a prohibir; y si decimos o escribimos "septiembre", igual. Y esto es lo que ha entendido la Academia, por ello es que las dos formas aparecen en el Diccionario: es lo que corresponde, pues.  Así que no tenemos por qué preocuparnos, paisitas: todo anda bien en esto, felizmente. 


¡Un abrazo!


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https://elcomercio.pe/respuestas/cual-es-la-forma-correcta-de-escribir-septiembre-o-setiembre-ortografia-rae-fundeu-revtli-noticia/

 

© Bernardo Rafael Álvarez


domingo, 5 de septiembre de 2021

ENTRE EL HIATO Y EL DIPTONGO: INSANIA, VESANIA, SOSIAS, ESTADIO

Estas palabras (insania, vesania, sosias, estadio), como muchas en nuestra lengua, tienen su origen en el latín. Insania viene de "insania" o -como aparece en el traductor Google- "insaniam" (locura, privación del juicio); vesania, de "vesania" (locura, desvarío, delirio, extravagancia); sosias (también "sosia"), proviene de "Sosias" (uno de los personajes de la comedia "Anfitrión", de Plauto), y se usa para nombrar a la “Persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella”, en otras palabras: nuestro “doble”.  Y, bueno, estadio tiene su origen más remoto en el griego "stádiom" del que surgió "stadium", en latín; era una medida de longitud y ahora son otros los significados que tiene: el nombre del "Recinto con grandes dimensiones con graderías para los espectadores, destinado a competiciones deportivas", y también es el "Período o fase de un proceso" (Diccionario de la Lengua Española, DLE). 

Muchos, en el Perú (creo que en otros países, también), suelen decir [insanía] y [vesanía], así, con la mayor fuerza de voz en la “i”, al final. Respecto del primer vocablo mencionado, el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPHD) dice que “debe evitarse la forma con hiato insanía, que se aparta de la acentuación etimológica”; respecto del otro término afirma lo siguiente: “Las dos vocales finales forman diptongo: [be - sá - nia]; es, pues, errónea la forma con hiato vesanía”. Es obvio que, según el DPHD (es decir, la RAE), lo inadmisible de acentuar la “i”, en estas dos palabras, se debe a que se estaría cometiendo una “infracción” al no respetarse la acentuación que tenían en su cuna de origen: Si en latín sonaban y suenan [in-sá-nia] y [ve-sá-nia], pues así deben sonar también en castellano, según la Acaddemia y lo otro ([in-sa-ní-a] y [ve-sa-ní-a]) es “incorrecto” e “inaceptable”, repito, según la RAE y su Diccionario Panhispánico de Dudas. 

Ahora veamos la tercera palabra en cuestión: “sosias”. Supe de ella, por primera vez, hace muchísimos años, cuando leí “Los hombres y las botellas” (primera edición, 1964) del gran narrador peruano Julio Ramón Ribeyro; la encontré en el bello cuento “Doblaje”, pero no aparecía tal como acabo de escribirla sino así: “sosías”, con tilde en la “i”. Bueno, pues, Ribeyro decía [so-sí-as], y muchos otros hacen lo mismo, y de esto -es obvio- está enterada la RAE; veamos lo que afirma en el DPHD: “Aunque la pronunciación etimológica es [sósia(s)], con diptongo entre las dos vocales contiguas, en algunos países de América del Sur se ha extendido la pronunciación con hiato sosía”. Es todo lo que expresa al respecto: nada de “incorrecto” ni menos de “inaceptable”; solo hace una referencia a lo que ocurre en la realidad, en el uso. 

¿Por qué, entonces, acerca de las otras palabras comentadas asume una actitud virtualmente censora, prácticamente prohibitiva? Presumo que se debe a esto: a que, probablemente, tiene información de que no son muchos los que dicen [in-sa-ní-a] y [ve-sa-ní-a] y que, en cambio, son muchísimos (en esta parte del Continente americano) los que dicen [so-sí-as], y –como es lo justo- no le queda sino reconocer lo que entre los hablantes se da, pues la Academia sabe que el uso (“árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua”, Horacio dixit) es el que manda, pues. 

Ahora, ¿podemos decir, o seguir diciendo, como ocurre con “sosías” (así, con hiato al final) “insanía y vesanía? Sí. Primero, porque es evidente que se trata de una pronunciación más agradable que aquella con diptongo en la última parte; segundo, porque no estamos obligados a conservar la acentuación u otros aspectos correspondientes a lo que es la etimología (no porque en latín o en otras lenguas sonaba o se escribía de tal manera, debemos, como una obligación, hacer lo mismo en castellano; eso no es ley lingüística, y no hay autoridad que tenga la facultad de disponer cómo es que debemos hablar); tercero, cuando determinado uso, en una lengua, se generaliza, se masifica, llega a imponerse y deja de ser “incorrecto” –si es que antes lo fue-, ya que termina legitimándose y en algún momento -tarde o temprano- terminará siendo incorporado al Diccionario.

¿Y en cuanto a “estadio”, nombre del “período o fase de un proceso”, y no el recinto deportivo? “Es errónea la acentuación estadío, a pesar de ser frecuente en textos médicos”, dice el DPHD. Bueno, creo que respecto de esto vale –por analogía- lo antes comentado acerca de las otras palabras. Con el tiempo y las aguas, la RAE cambiará de opinión; pero si ello no llegara a ocurrir, no tenemos por qué preocuparnos. Médicos, psicólogos y quienes más quieran seguir diciendo "estadío" (así, con tilde en la "i") -para referirise a un período o fase de un proceso, y no a la cancha de fúbol- háganlo, simplemente háganlo: no cometerán absolutamente ningún error. ¡Adelante! ¿Saben una cosa? En asuntos del idioma, nadie está sometido al Rey. 

                                             © Bernardo Rafael Álvarez


 


domingo, 27 de junio de 2021

CURRICULUM VITAE: YO OPINO


 

(Diccionario panhispánico de dudas: “La pronunciación corriente del segundo elemento es [bíte] en la que el diptongo ae se pronuncia como e, rasgo típico del latín vulgar; pero también se pronuncia [bítae], como corresponde a la pronunciación del latín clásico. Ambas son válidas. En cambio, es inadmisible la pronunciación [bitáe]).

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"Curriculum vitae", ya sabemos, es una locución latina cuyo significado en nuestro idioma es, literalmente, "carrera de la vida" (como aparece en el Diccionario de la Lengua Española, DLE: "la relación de títulos, honores, cargos, trabajos realizados, datos biográficos, etc."). Actualmente, es común que todo el mundo (es decir, una gran mayoría de personas) suela decir, en lugar de la expresión completa, solo la sigla "CV" ("¿Ya presentaste tu CV a la empresa?).


Escritura: Al no haber sido aún "formalmente" castellanizada la expresión completa, lo correcto -hasta ahora- es escribirla en cursiva (como aparece en el DLE) o entrecomillada y sin tilde en la "i'. Digo "hasta ahora", porque creo que en algún momento, tarde o temprano, la RAE (porque es lo que corresponde) tendrá que incorporar al Diccionario el segundo elemento de esta locución, el vocablo "vitae" (como ha sucedido con "currículum") y a partir de ello, la locución íntegra se convertirá en castellana.

Pluralización: ¿Cómo se pluraliza la locución "curriculum vitae"? Simplemente anteponiéndole el artículo masculino en plural, nada más: los curriculum vitae. Pero si lo que hay que pluralizar es solo “currículum” (que es vocablo ya asimilado al castellano, así, con tilde en la "i"), solamente se agrega una "s" al final: currículums. Obviamente, también es válido usar "currículo", con la consabida pluralización española.

Pronunciación: ¿Cómo se pronuncia "vitae", que es el segundo elemento de esta locución? Bueno, la forma más difundida es esta [bíte] (como en el latín vulgar: sonando como "e" el diptongo "ae"). También se usa, como en el latín clásico: [bítae] (con acento en la "i", y manteniendo sin variación el diptongo "ae"). Estas dos formas son las consideradas como válidas por la RAE. Pero hay otra forma que es usada también por muchos: [bitáe], es decir como palabra grave o llana, con la "a" como penúltima sílaba; sin embargo, ¡no es admitida por la "docta corporación matritense"!

Discusión: ¿Hace bien o, mejor dicho, está en lo correcto la RAE al sancionar como "inadmisible" la pronunciación [bitáe]? Yo creo que no. Veamos.


Las pronunciaciones [bíte] y [bítae] son las mismas que se dan en latín vulgar y clásico, respectivamente: ambas con el acento prosódico en la primera sílaba. En cambio [bitáe] es una pronunciación que, más bien, tiene correspondencia con la forma escrita del vocablo: "vitae" que, como se ve, no lleva tilde en ninguna de sus vocales, pero la mayor fuerza de voz se encuentra en su segunda sílaba ("vi-tá-e"). Aquí surge una pregunta: ¿Estamos obligados a pronunciar el vocablo únicamente del modo como se hace en latín? No. Al ser admisible -como lo sugiere la RAE- que los hispanohablantes pronunciemos un vocablo foráneo tal como se hace en su lengua de origen, con mucho mayor razón lo es que podamos hacerlo conforme a las normas usuales de nuestra propia lengua, especialmente por esto: porque nada ni nadie puede obligarnos a pronunciar las palabras provenientes de otros idiomas del modo como lo hacen sus hablantes nativos, pues se trata de un proceso de adaptación de un vocablo ajeno a nuestro modo de pronunciar y no de nuestro sometimiento a las formas o reglas de su lengua de  origen. Veamos lo que ocurre, por ejemplo, con el vocablo de origen inglés "video": es legítimamente válido pronunciarlo como lo pronuncian los angloparlantes: [bídeo] (o más exactamente [bídio]), y también de este otro modo: [bidéo] (incluso su escritura la hacemos siguiendo esas características fonéticas: vídeo y video, y así aparece en el Diccionario académico); y también notemos lo que sucede con el sustantivo "club": en inglés se pronuncia [clab], pero nosotros lo pronunciamos simple y llanamente [club]. ¿Hay, en esto, alguna prohibición? No. La RAE, como es lo correcto, no ha puesto ningún reparo en cuanto a la pronunciación de estos dos vocablos de origen foráneo ("video" y "club"); ¿por qué, entonces, se le ocurre hacerlo respecto del vocablo "vitae"? No hay absolutamente ninguna razón valedera que ampare tal cosa (veamos otra palabra que viene del latín: "amén"; ¿estamos obligados a pronunciarlas [ámen]?. No. Son los usuarios -por comodidad, placer o capricho, es decir, motivados por su libre albedrío- los que eligen y deciden la manera de pronunciar las palabras importadas, y la Academia carece de autoridad para otorgar permisos o dictar  prohibiciones al respecto.

CONCLUSIÓN: En nuestro idioma es válido y legítimo que pronunciemos el segundo elemento de la locución "curriculum vitae", tal como muchos lo vienen haciendo hasta ahora, así, de estas tres maneras: [bíte], [bítae] y [bitáe]. Hacerlo no es pecado ni delito; nadie nos lo puede prohibir.

 

© Bernardo Rafael Álvarez

martes, 23 de marzo de 2021

"¡YO SOY GARRIK!... ¡CAMBIADME LA RECETA!" (La risa, en cursivas y en negritas)


En "El buen uso del español", la RAE dice: "Cuando se pretende imitar o evocar un sonido mediante la repetición de una o más sílabas, se recomienda escribir cada elemento aislado y separado por comas del resto". Exacto. Y bien que diga que se trata de una recomendación. Pero aquí viene el “pero”. Después de lo dicho, colocan a manera de ejemplo, esto: "ja, ja, ja, ja, ja -su amigo no paraba de reír". Creo -es mi opinión- que este ejemplo está fuera de lugar (después explicaré lo que digo). Enseguida, en el libro aparece lo siguiente, también a manera de ejemplo: "Que si tenía mucho que hacer, que si bla, bla, bla". Nada que reparar en esto último. Explico. 

 

Es indudable que la recomendación expuesta en el libro se ampara en lo expresado en la Ortografía de la Lengua Española (de la RAE) que dice: "Cuando estas expresiones iterativas mantienen su valor estrictamente onomatopéyico y se usan tan solo para reproducir o imitar sonidos lo normal es separar mediante comas los elementos repetidos". Pregunto: ¿El "ja" a qué sonido representa -onomatopéyicamente, digo-? ¿Acaso al sonido de la risa? Yo digo que no. Creo (desmiéntanme o corríjanme, por favor, especialmente los que han asistido a circos, o han visto las imitaciones de Carlos Álvarez o escuchado los chistes de Chalo Reyes: "Y resulta que...", ¿se acuerdan?), creo -repito- que nadie se ríe con un "ja". Lo del "bla" es otra cosa: A pesar de lo que diga el Diccionario de la Lengua Española (DLE), yo estoy convencido de que "bla" no es una onomatopeya que, dizque, se usa repetida "para imitar el ruido del habla". No lo es. Si alguien, hablando, dice esto, por ejemplo: "Quiero agradecer a todos mis amigos del Facebook por haberse acordado de mi cumpleaños y se han tomado la molestia y han ocupado un minuto de su valioso tiempo para saludarme, demostrando así que soy muy querido por ellos", ¿cómo imitaríamos todos los sonidos generados por esas palabras? La única forma de imitarlos es repitiendo lo dicho, palabra por palabra (o quizás parafraseándolo) nada más; porque sería equivocado, absurdo y hasta disparatado, imitarlo así: "bla, bla, bla, bla". Decir que esa persona (como virtualmente sugiere la RAE) ha dicho: "Bla, bla, bla, bla, bla..." no significa que estemos imitándolo, sino burlándonos de él o, en el mejor de los casos, parodiándolo (y, como sabemos, parodiar no es lo mismo que imitar, sino de caricaturizar). El "bla", repito, no es una onomatopeya (como equivocadamente dice la RAE no solo en el libro citado al principio, sino también en el Diccionario); solo es la representación traviesa del verbo "hablar" o, a manera de aféresis, la representación de la palabra "habla" (ha-bla). En cambio, si alguien tose, el sonido que produce sí puede ser imitado y expresado onomatopéyicamente: "¡Cof!", o "¡cof, cof!" (porque se puede toser una sola vez, o más de una vez); si toco la puerta tres veces, la expresión onomatopéyica del ruido causado será: "toc, toc, toc"; también a lo que hace un pollito: "pío, pío, pío". Bien. Se entendió lo que es y lo que no es onomatopeya, ¿verdad? 

 

Y ahora, ¿cómo suele reírse usted? La risa (sustantivo) no es, como equivocada o insuficientemente dice el DLE, el "Movimiento de la boca y otras partes del rostro, que demuestra alegría", porque, si fuera así, bailar sería sinónimo de risa, pues quien baila mueve partes de su cuerpo y también su boca en demostración de alegría, e igualmente diríamos que está riendo la persona que salta contenta porque recibió un premio; pero esto, señores de la RAE, no es risa. 

 

En lo que sí aciertan -aunque medio "chuecamente"[1]- es en la definición del verbo "reír": "Manifestar regocijo mediante determinados movimientos del rostro, acompañados frecuentemente por sacudidas del cuerpo y emisión de peculiares sonidos inarticulados". Eso sí. Y esos "sonidos (ojo: lo están diciendo -como debe ser- en plural) no son un "ja", sino varios "jas" seguidos descontroladamente (y no con reglas gramaticales). Nadie -repito- se ríe con un "ja". Ergo: "Ja" no es onomatopeya de la risa. Es sí, una interjección (y así es reconocida por el DLE) con la cual en algunas ocasiones podemos expresar una burla o un disgusto frente a algo que se nos dice: "-Oye, me han llamado para nombrarme ministro de cultura. // -¡Ja!, te creo, como creo que 5 por ocho es 15"; en esta última frase nadie se ríe, solo el interlocutor, incrédulo, se burla expresando esa interjección (que, realmente, es una palabra). ¡Entonces, cómo debería representarse en forma escrita la risa? Ya vimos que, según la rae, debería ser así: "Ja, ja, ja, ja"; es decir: cada "ja" considerado, allí, como si fuera un elemento lingüístico del discurso. Pero bien sabemos que la risa no es propiamente una palabra; no es un elemento del discurso (como sí puede ser, y de hecho lo es, el "bla", como bien aparece en el ejemplo mencionado al principio: "Que si tenía mucho que hacer, que si bla, bla, bla". Ya lo dije: “ja” es una interjección (o sea, una palabra); pero los “jas” de la risa no son interjecciones sino, como bien señala el DLE al definir al verbo “reír” (ya lo cité) son la “emisión de peculiares sonidos inarticulados".

 

A mí me parece absolutamente equivocado lo que sugiere la RAE y absurdo, ponerle comas a los "jas" para dizque imitar la risa. ¿Comas para qué? 1: ¿Para señalar pausas? La risa no supone una sucesión de pausas: ni que nos riéramos cansinamente como Herman Monster (con propósito humorístico). 2: ¿Para lograr una lectura o interpretación correcta, delimitando incisos, por ejemplo? No, no hay incisos en una risa; la risa no es un enunciado, no es expresión de ideas sino un desborde involuntario y diría que inconsciente de una emoción. 

 

Lo más cercano a la correcta representación gráfica, escrita, de la risa es, creo, lo que hacemos prácticamente todos en las redes sociales: "jajajajaja"; sin embargo, yo estoy convencido de que, habida cuenta de que la risa no es, por donde se la vea (o escuche), un sonido monosilábico, la mejor forma de graficarla literalmente podría (digo "podría", no digo "debería", por si acaso) ser esta: "¡Jajajajá!"; de lo que -como se ve- resultaría, estrictamente hablando, una palabra aguda de cuatro sílabas; porque así es como realmente suena una risa, pues: la última sílaba pronunciada lleva el mayor golpe de voz (y muchas veces se alarga: "jajajajááá"). Dicho de otro modo: sería - en mi opinion- la exacta representación onomatopéyica de la risa. 

 

(Si alguien está en desacuerdo, si piensa lo contrario, díganmelo nomás, amigos, y que me lo digan también los académicos de la lengua. Tal vez, al principio, yo no resulte convencido, pero lo que me digan me servirá como estímulo para seguir desarrollando este apasionante tema. No creo que la última palabra esté dicha, y tampoco creo que el que ríe último sea el que mejor ríe; eso solo -perdonen el chiste de mal gusto- debe saberlo Garrik, el del poema de Juan de Dios Peza. ¡Un fuerte abrazo, amigos! Y cuídense mucho, por favor).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

                23/3/2021



[1] Dije que la definición del DLE es "chueca", porque no se trata de que los "peculiares sonidos, inarticulados" acompañen a los movimientos del rostro y a las "sacudidas del cuerpo". Es todo lo contrario: esos movimientos y sacudidas son los que acompañan a los "peculiares sonidos inarticulados", porque estos sonidos son, en realidad, la risa, y no esos movimientos.