sábado, 5 de enero de 2013

AQUELLA ROSA ROJA


Mientras íbamos, mi hermano Jorge y yo, a saludar a nuestra tía Segunda, que vivía en Miraflores, me acordé de Meshito Cobián. Ese día, después de abrazar a la Biguita, nuestra adorada madre, salimos de la casa y emprendimos la caminata por la avenida Arica para llegar al cruce de Paseo Colón y Wilson y tomar allí el colectivo. Era el día de la madre, el primero que lo pasamos en Lima.

 

Aunque probablemente las celebraciones en homenaje a las mujeres que traen niños al mundo tengan algo de similitud en Lima y Pallasca, creo sin embargo que las emociones que se experimentan son distintas o, diría mejor, eran distintas. Para comenzar, en mi tierra no había los regalos como los que puede encontrarse en Lima y por ello los hijos tan solo regalaban una muy humilde tarjetita confeccionada en el salón de clase o simplemente daban un abrazo (no era costumbre dar besos).

 

Las actuaciones en los colegios eran muy sencillas, pero lógicamente su significado era gigante para las señoras. El escuchar los poemas torpemente recitados por algunos chiquillos las alegraba en demasía. Ah, pero cuando Meshito se presentaba y leía un discurso alusivo, era otra cosa, y las consecuencias, previsibles: todas o casi todas las madres lloraban a moco tendido. Recuerdo que mi padre en casa comentaba con regocijo sin escatimar palabras de elogio para aquel muchacho culto e inteligente que entonces estudiaba en el colegio agropecuario; “sigan su ejemplo”, quería decirnos. Eran discursos, leídos con énfasis y dramatismo, en que hablaba del sacrificio de las madres incomprendidas y de los hijos infames que retribuían adversamente el amor recibido. Debo reconocer, sin embargo, que lo más emocionante para mí fue un poema recitado a medias en una de aquellas actuaciones. Pero lo que causó gracia a todos, fue una dramatización de aquella conmovedora canción cantada por Leo Marini, “Corazón de Dios”, en que nuestro inolvidable Valducho, aparecía representando a una madre que mecía en sus brazos a una criatura. Ah, creo que me olvidaba del poema aquel. Pues, les cuento, fui yo quien lo recitó pero, repito, a medias: por tímido o “vergonzoso”, solo pude decir la primera estrofa ante el “culto público pallasquino”, y enseguida prorrumpí en un inesperado y estúpido llanto. Como es de suponer, esto no conmovió a nadie más que a mí; el público solo atinó a sonreír con compasivo disimulo, naturalmente.

 

Bien, de eso me acordé también cuando pasaba por la avenida Arica y me acordé además que en Pallasca todos los niños, el día de la madre, portábamos prendida en el lado izquierdo del pecho, una rosa roja que significaba que  la madre estaba aún viva, y aquellos que la habían perdido llevaban una flor blanca. Jorge y yo, ese día -pasando por la avenida Arica- llevábamos orgullosos, como en nuestra tierra, la flor escarlata en nuestros pechos y nos sentíamos regocijados y felices porque Abigail, nuestra madre, estaba aún con nosotros dándonos cariño y alumbrándonos como un lamparín, es decir, cálidamente: luz y abrigo. (Cuatro años después, un cáncer maldito nos la arrebató, inmisericorde). El color rojo de aquella flor hecha a mano significaba, pues, vida y felicidad. Pero, lástima, a pesar de ese orgullo, tuvimos que hacer algo por lo que hoy –tantos años después- me arrepiento. Al ver que nadie, absolutamente nadie en Lima llevaba una flor en el pecho, medio avergonzados, tuvimos –sin ser vistos, felizmente- que sacar nuestras diminutas flores de satén y guardarlas en el bolsillo.

 

No recuerdo qué es lo que pasó, pero la verdad es que no llegamos al cruce de Wilson con Paseo Colón y, claro, finalmente tampoco llegamos a saludar a la querida tía Segunda: probablemente habíamos preferido (¡muchachos de miércoles!) entretenernos caminando por esta Lima, para conocerla mejor; pero hoy, tantos años después, me doy cuenta de que cada vez la conozco menos y que esconder, digamos que cobardemente, aquellas simbólicas flores hechizas no fue más que un acto innecesario, ridículo e imperdonable.

  

(9 de mayo 2010)