viernes, 5 de junio de 2020

CARL Y JAMES

Bernardo Rafael Álvarez
Asu, lo que comía Leopold Bloom, con fruición (es decir, con un placer casi sexual): "sopa espesa de menudos (se entiende, ¿no? De menudencias), las ricas mollejas que saben a nuez (bueno, yo no sabía que las mollejas saben a nuez), un corazón relleno asado, lonjas de hígado frito (¡añañau!) con raspaduras de pan, ovas (hueveras) de bacalao bien doradas". Ah, y sobre todo lo que más le gustaba: "riñones de carnero a la parrilla, que dejaban en su paladar un rastro de sabor a orina (¡atatao!) ligeramente perfumada".
Saben de quién estoy hablando, ¿verdad? Claro, del personaje principal de una de las más monumentales y asombrosas novelas publicadas a principios del siglo XX, justo en el mismo año, 1922, en que apareció otra obra gigante: "Tierra baldía" de T. S. Eliot, y - ¿saben cuál otro increíble fenómeno, también?- "Trilce", pues, de nuestro César Vallejo. La novela de que hablo es de James Joyce, el escritor irlandés. Se titula "Ulises". Sí, ese es el título del libro. ¿No me creen? Pues, verán, en la contratapa del volumen que poseo (Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1972), es Carl Gustav Jung quien -para que no quede duda- lo dice explícitamente: "El título Ulises se refiere al libro de James Joyce y no al asendereado (de senda o sendero: el que ha caminado un montón, digo yo, por siaca) e ingenioso Ulises de los remotos tiempos homéricos..." ¿Vieron? Así quién va a equivocarse. O sea, si usted tiene ante sus ojos, por ejemplo, el libro "La Niebla" de Unamuno, y se pregunta qué cosa es eso, ese título, deberá responderse así: "El título "La Niebla" se refiere al libro de Unamuno cuyo título es ese". Como decía mi querido primo Roberto Robles en nuestra escuela primaria, en Pallasca, "es fácil como decir dócil". ¡Ah, los editores, caracho!
Leopold Bloom, como dije, es el protagonista de Ulises. Y para serlo, digamos que el muy jijuna tuvo que sacar de su camino a otro personaje (Stephen Dedalus) y meterse por los palos a partir del cuarto episodio de la novela (episodio conocido como "Calipso", y que está exactamente allí donde comienza la segunda parte del libro). Lo dicho (lo de "meterse por los palos"), repito, solo es un decir, en realidad. Hablé de camino, ¿verdad? Bueno, no es un camino de regreso a una Ítaca como la de Homero y tampoco hay por allí lestrigones u otros peligros y menos una demora de veinte años en el retorno, ni un Argos que tras un lamido de alegría al reconocer al irreconocible amo termine desplomándose, sin vida, por viejo; ah, tampoco una mujer amorosa que teje y desteje. El camino de Bloom es otro, en el mismo lugar y con apenas una duración de un día, ese día que comienza a las ocho de la mañana, exactamente el 16 de junio de 1904, ahora conocido y celebrado como el "Bloomsday", en Dublín, Irlanda: día del orgullo en esa bella y agradecida ciudad, del orgullo literario, ¡sí, señor!
***
Ah, y Jung, ¿quién es Carl Gustav Jung? Autor de, entre otras obras, "Lo inconsciente en la vida psíquica normal y patológica", libro para cuya segunda edición (octubre, 1918) escribió un prólogo en que dice lo siguiente: "La meditación del individuo sobre sí mismo, la conversación del individuo hacía el fondo del ser humano, hacia su propio ser, hacia su destino individual y social, es el principio para la curación de la ceguera que padece la hora presente". Bello, ¿verdad? Y, sobre todo, verdadero y rotundo, un sacudón, casi como una cachetada merecida. De ese libro tengo un ejemplar, en español, publicado por Revista de Occidente (la fundada por José Ortega y Gasset, ¿recuerdan?), en Madrid, en 1927. Jung fue un médico psiquiatra y psicólogo suizo, colaborador, en un principio, de Freud, y fundador de la psicología analítica; nació en 1875 y falleció en 1961. Aunque leyó, al revés y al derecho, el Ulises, medio que "no le cuadró", mejor dicho, no le convenció tanto que digamos.
***
Bien, amigos queridos. ¿Se aburren, con esto de la cuarentena? Les cuento: la lectura ayuda a des/a/burrirse. ¡Lean, caracho! Y reciban, ahora y siempre, mi cariño.
(25 de mayo, 2020)

EL GALLOPINTO


¿Conocen lo que aparece en cada una de las imágenes numeradas que adjunto a este texto? Obvio, sí lo conocen. 

Se trata, como se ve, de arroz y frejoles entreverados, a los que se les ha agregado algunos aditamentos sugeridos por la legítima imaginación gastronómica (plátano, huevo, etc.). No me van a negar que la expresión que dijeron o pensaron al toque fue esta: "tacu tacu". Bueno, efectivamente, eso es: tacu tacu; sin embargo, no como nos lo sirven en Barranca (el "Tacu Tato", ¿recuerdan?, un restaurante frente al mar) o en cualquier lugar "ficho" acá en Lima: arroz y frejoles, no sueltos como se ve en las fotos, sino bien apretaditos entre sí, como amasados. Tacu tacu, claro. 

Pero (¡siempre un "pero", caracho!) tengo que decirles que cada uno de los entreveros de arroz y frejol que ven aquí tiene un nombre distinto del que usamos los peruanos. Veamos. El que aparece con el número 1 se llama "Casamiento" en República de El Salvador; el número 2, "Moros y cristianos" o "Arroz moro", en Cuba; el número 3, es del país "gringo", y se llama "Hoppin' John, y el número 4 es conocido en Nicaragua como "Gallopinto". En esos países nadie (salvo, por cierto, los peruanos radicados allí) les dice "Tacu tacu", pues este nombre es auténtica, inalienable e intransferiblemente nuestro. 

A qué viene todo esto que he dicho: A que hay estudiosos de la gastronomía nacional que barruntan (¡asu, qué tal palabrita!; creo que ya voy aprendiendo, ya voy aprendiendo) una explicación con la que yo (¿lo adivinaron?) no estoy de acuerdo. El origen del Tacu tacu -como de otros potajes criollos- es muy posible que se encuentre en las preocupaciones y ocupaciones alimentarias de un sector sumamente lastimado de nuestra sociedad: los afrodescendientes, durante los días de la reprobable y asquerosa esclavitud; sí, es razonable tal hipótesis. Sin embargo, estoy convencido de que el nombre de este potaje no tiene sus raíces -como creen algunos- en el hasta hace algún tiempo conocido por muchos como el "Continente negro", no. (¿Por qué la presunta implantación lingüística podría haber ocurrido solo aquí y no también en un país caribeño como Cuba, por ejemplo?). 

Estoy convencido, repito, que el origen de la denominación "Tacu tacu" está en el quechua y no en raíz idiomática diferente. Debajo de las imágenes numeradas y a colores, que acompañan a este texto, está lo que muy bien puede ser aceptado como el sustento documental: el “Vocabulario de la Lengva General de todo el Perv llamada Lengua Qquichua o del Inca compuvesto por el padre Diego Gonçalez Holguin de la Compañía de Jesus, natural de Cáceres”:  el (Vocabulario de la Lengua Quechua), publicado inicialmente en 1608, y reeditado en 1952 con un riquísimo y contundente prólogo del maestro Raúl Porras Barrenechea.  

Esto –entre otras cosas- es lo que encontramos en este valiosísimo documento bibliográfico (transcribo textualmente): “Ttacui ttacui. Cosas trabucadas, o rebueltas”; “Ttacu ttacu chakru chakru. Cosa mezclada assi”. 

El simpático e inolvidable Pepe Vásquez habría dicho, eufórico: “¡Está clariiiiiito!”. La denominación "tacu tacu" no tiene su origen en alguna lengua africana, pues, sino en el quechua.  

¡Un fuerte abrazo amigos! Sigan cuidándose mucho, por favor. Ah, y ¡buen provecho!

 

                                                     © Bernardo Rafael Álvarez             


EL ZUMBIDO MÁS TEMPRANO DE LA ABEJA.


Está fechada el 6 de agosto de 1822, en Sayán, y fue publicada nueve días después. El documento iba a aparecer antes, en El Correo Mercantil Político-Literario, pero, como dice su autor, "la suerte de ese desgraciado papel fue la de un niño, a quien cortan la cabeza al tiempo de nacer". Con esta expresión es fácil entender que antes del 15 de agosto se había hecho una publicación incompleta que, naturalmente, no satisfizo a su autor. Por ello, pero con buen ánimo y admirable sentido del humor, continúa así en la comunicación, esta vez dirigida al editor de La Abeja Republicana: "Su padre y madre que soy yo (él, creador del escrito), y el Editor que le sirvió de comadre, tuvimos que encomendarnos al ángel de la guarda y a San Juan Nepomuceno". Y, al no haberse producido milagro alguno, no le quedó -caballero nomas- otra cosa que molestar con "la cartita" a quien editaba La Abeja, rogándole que la publicación, esta vez, se hiciese "toda entera". ¿Adivinaron de qué hablo? Estoy seguro que sí. Estoy aludiendo a la creo muy conocida (al menos por su nombre) Carta del Solitario de Sayán (fueron dos, en realidad). Esta, a la que me refiero, fue entregada al público en el N. 4 de La Abeja Republicana (págs. 29 - 60), que fue una de las primeras publicaciones periodísticas en los días tempranos de nuestra República; un bisemanario que apareció los jueves y domingos, desde agosto de 1822 hasta junio de 1823. En esta carta su autor se ocupa de la "inadaptabilidad del gobierno monárquico al Estado libre del Perú". El periódico, fundado por el mismo autor de la carta y por Francisco Javier Mariátegui y Manuel Pérez de Tudela, tenía un formato bastante breve y "discreto", como lo calificó don Alberto Tauro, "muy semejante al que suelen lucir muchos breviarios"; con las hojas tan pequeñas que a mí me traen a la memoria (ustedes también deben recordar, amigos setenteros) los volantes, esos, con muy pocas palabras, que los universitarios "izquierdosos", de hace un montón de años, solíamos distribuir entre el alumnado con protestas generalmente por "quítame estas pajas", y que, repito, por ser hojitas de papel "bullky" apenas del tamaño de un almanaque de bolsillo, nosotros los llamábamos "mosquitos"; obviamente: diminutos, "volanderos" y medio urticantes. Es, sin duda, que por esa misma razón a nuestro Tribuno de la República (supongo que fue de él la idea, ¿no?) se le ocurrió ponerle ese nombre, "Abeja", porque la abeja vuela y zumba y es chiquita, y hay que cuidarnos de su aguijón. Dije que eran dos las cartas. Claro, la segunda apareció después -tal como debía ser, toda completa- en el mismo medio que antes había, inconvenientemente, recortado la primera: el Correo Mercantil Político-Literario. La primera y la segunda fueron firmadas por el mismo autor, pero con seudónimo: El Solitario de Sayán. ¿Quién fue este personaje? Pues, el Tribuno de la República, José Faustino Sánchez Carrión. En la segunda de sus epístolas, siempre preocupado el huamachuquino porque el Perú tuviese un Estado que llegara a responder satisfactoriamente a las expectativas de la nación, habla precisamente de eso: acerca de la forma de gobierno más conveniente para nuestro país. (La Abeja Republicana, volvió a ser publicada, en edición facsimilar -todos los números reunidos-, el 13 de agosto de 1971, por Petróleos del Perú, con motivo del Sesquicentenario de la Independencia. El prólogo fue redactado por el historiador Alberto Tauro).

© Bernardo Rafael Álvarez



¿LA GRAN PALTA?


Me atrevería a decir que fue, casi casi, la primera expresión literaria de lo que llamaría el "anti anti", en nuestro medio; es decir, el cuestionar a quien cuestiona. Sin embargo, no cayó en nada que fuera altisonante, no soltó diatribas o insultos; no se comportó, pues, como un libelo o cosa por el estilo. Tampoco buscó ni propició la provocación, menos el golpe bajo. No eligió a un determinado o personalizado objeto para atacarlo (no mencionó nombres de personas, ni de grupos), no atacó. Solo cuestionó, de un manera poco común. Lo que dijo, lo dijo de un modo sumamente inteligente y con decencia pero adoptó, definitivamente, una clara e indiscutible toma de posición.

Esto es lo que, sin medias tintas, dijo: "El problema del ser es problema de lenguaje", no sin antes haber soltado esta medio urticante frase (en la que se revela lo que dije: el “anti anti”): "La Gran Palta se llamó antioficialismo", calificando, así, también al uso (que bien podríamos llamar “manoseo”) del vocablo "ruptura". Y creo que acertó: en el lenguaje está, efectivamente, el problema del ser… y de la poesía, específicamente.

Juan Ramírez Ruiz, el poeta teórico de Hora Zero, creyó ver en ese "anti", al que me referí (es decir, el poner en entredicho al "antioficialismo'"), una medio velada alusión al movimiento poético que él había fundado tres años antes con Jorge Pimentel; es lo que se desprendió de sus palabras durante una de las muchísimas conversaciones en las que casi cotidianamente nos enfrascábamos entonces. Por cierto, mi opinión nunca llegó a coincidir con la suya, respecto de este tema. ¿En que se basaba mi desacuerdo? En aquello de la "ruptura" calificada (igual que el "antioficialismo") como "la Gran Palta". Al sustantivo aquel le siguió una suerte de aposición que la señalaba como "esa tradición moderna de la poesía". Estábamos, pues, ante una ironía mordaz respecto no precisamente de alguien o algo en particular, identificable en el momento y lugar en que eso fue dicho, sino referida a una tradición digamos ya "establecida" en el mundo de la poesía, una suerte de corriente "universal", sea cual fuere el país. No estaba, textualmente, referida al “antioficialismo” de Hora Zero. ¿Los poetas de aquel Movimiento, podían haberse sentido aludidos, como lo insinuó el autor de "Un par de vueltas por la realidad"? Es posible, pero nada había que realmente justificara tal cosa de un modo evidente, creo yo, ¿o sí?


Y, a propósito, ¿quién fue el que escribió aquello de la "Gran Palta", el "antioficialismo", y la "ruptura, esa tradición moderna de la poesía"? No lo supe, no lo sé. Juan tuvo una sospecha, pero con esa sospecha yo tampoco coincidí. Él amparaba su presunción en, digamos, el "perfil" de la persona a quien él apuntaba, cuyo nombre me lo mencionó: básicamente, en su formación académica en asuntos de lingüística. Yo, en cambio, puse atención en otros indicios: el modo cómo había sido escrito, propio de un poeta con un buen manejo de la palabra y especialmente por el empleo de ciertos términos, y cómo fue estructurado el texto, no en prosa, sino en verso y con un caprichoso empleo de los espacios en blanco. Para mí: fácil de identificarlo.

Pero, en fin, no es de esto ni de lo otro de lo que yo quería ocuparme aquí. Mi propósito ha sido distinto: celebrar, trayendo a la memoria, a la que -estoy convencido- fue una de las más importantes (y mejores, ¿podría decir?) revistas publicadas durante aquellos locos e inolvidables años setenteros (de sobresaltos, a veces, y de sueños, siempre). Y, fíjense, apenas apareció una sola vez, y en un formato sumamente sencillo y de no muchas páginas, pero fue sustanciosa y resultó muy útil. Su Director: el entrañable Isaac Rupay (muerto apenas unos meses después); y en el equipo de redacción tuvo a Vladimir Herrera, José Cerna, Enrique Verástegui y Santiago López M. Su diagramación corrió a cargo de José Tang, el mismo que ilustró la carátula de "Un par de vueltas por la realidad", el primer libro de Juan Ramírez Ruiz.

Bueno, creo que ya lo adivinaron: El leitmotiv de esto que iba a ser un “acápite largo” (“como los editoriales del Dr. Clemente Palma”, Mariátegui dixit) ha sido la revista Eros, publicada en agosto de 1973, cuya nota editorial o de presentación fue este, aludido aquí desde el principio: “La Gran Palta se llamó antioficialismo, / La Gran Palta se llamó ruptura (esa tradición moderna de la poesía), / El antioficialismo fue un acto mistificatorio: / se habló en la misma jerga y se emplearon los mismos módulos verbales del poder (¿dónde estuvo el vacilón): / EROS se ríe, se divierte, juega, invita a su fiesta, / su onda es exploratoria / su ser es el lenguaje, (El problema del ser es problema de lenguaje. / No hay máscaras, no hay fetiches. / La revista abre sus páginas a toda la gente solitaria.” Lindo, ¿verdad?

¿Qué es lo que se publicó en Eros? Los tres más conocidos y valiosos poemas (Como tú lo estableciste, Soy la muchacha mala de la historia y Tímida y avergonzada) de María Emilia Cornejo, joven y muy talentosa poeta muerta, de un modo violento, un año antes de esa publicación; pero antes de ellos, se insertó una suerte de homenaje en su memoria, en que se dice algo incontestablemente veraz: que el erotismo en su poesía “es de los más perturbadores que una mujer haya escrito en esta generación (la del 70)”.

Aparecen también (voy a citarlos de atrás hacia adelante) un extenso poema escrito en Santiago de Chile, por Vladimir Herrera (A propósito de una vieja danza); un poema experimental, Composición VI, de Enrique Verástegui, visiblemente dedicado a Martín Adán y Víctor Humareda; de Isaac, el director, dos poemas: Bien recibido y por todos rechazado y Todo es cuestión de principio; dos poemas, también, de José Cerna (Secuencia N. 1 y ¿Has visto rodar unos ojos sobre una sandía?) y “Rimbaud en polvos Azules”, uno de los dos mejores poemas de Jorge Pimentel, fundador y “piloto” del Movimiento Hora Zero, poema a través del cual -de su dedicatoria- supe de la existencia de alguien cuyo nombre me inquietó, pero a quien solo pude conocer personalmente casi treinta años después: Charo Arroyo. (La publicación, allí, de este poema apoya, creo, mi afirmación de que la revista no tenía el propósito, en su nota de presentación, de ponerse en actitud "anti", frente a ese colectivo, fundado precisamente, por Pimentel: pues de lo contrario habríamos estado con la presencia de algo así como un "Vidaurre contra Vidaurre"). Finalmente, aparece publicado un simpático y audaz ensayo lingüístico de Enrique Verástegui, con el que pretendía dar una explicación al origen del verbo peruano “deschavar”.
Eros”, una revista que, aun habiendo transcurrido más de cuarenta y seis años, vale, aún, por diez publicaciones de ese tipo, creo yo. Hecha para edificar, no para demoler. (¿Sería un error, tal vez, atreverme a afirmar que en ella -la revista- había, medio discretamente, algo o mucho del espíritu horazeriano de entonces, pero sin signos de exclamación, ni manifiestos?).

© Bernardo Rafael Álvarez
(4 de junio, 2020, 10:42 p. m)

lunes, 1 de junio de 2020

¿QUÉ QUISO DECIR USTED, DON CÉSAR, ALLÍ EN "HOJAS DE ÉBANO"? UN NUEVO ELEMENTO PARA EL DESCONCIERTO.

1: En un ensayo publicado hace dos años ("CUTIPAR / Unas palabras sobre el castellano pallasquino y la lengua culli"; enero, 2018), toqué, entre otras cosas, el tema referido a los vocablos culli en la poesía de César Vallejo. Esto es lo que dije, al respecto:


"Son cuatro las palabras, a las que siempre se alude como originarias de lenguas nativas, empleadas por César Vallejo en su poesía. Tenemos: IrichugoTayangapoña y tahuashando. Las tres primeras
mencionadas corresponderían a la lengua culli: Irichugo y Tayanga son topónimos (un paraje cercano a Santiago de Chuco y un centro poblado en la provincia de Sánchez Carrión, respectivamente) y poña es el nombre de una paja menuda o pelusa de algunos vegetales. Pero es tahuashando, obviamente un gerundio, lo que ha generado intriga y más de una hipótesis con pretensión hermenéutica. Contiene, en la desinencia, el fonema sibilante palatal /š/, común en el castellano del norte peruano (a partir de Pallasca) que –como vimos- sería herencia o rezago de la antigua lengua culli, pero su raíz podría corresponder al quechua (tahua: cuatro). Asumir –considerando lo dicho: que 'tahua' significa 'cuatro'- una teoría certera acerca de lo que quiso expresar nuestro poeta con el uso de esa forma verbal resultaría, simple y llanamente, imposible (pues, por ejemplo, sería ridículo y descabellado traducir la expresión como 'cuatreando'). El lingüista Ibico Rojas aventura dos posibles hipótesis: 1: Una que tiene que ver, antes que con lucubraciones etimológicas, con una interpretación basada en el sentido común. Según la última estrofa del poema, 'Llueve… llueve… Sustancia el aguacero', mientras los viejos alcanfores, vestidos 'con sus ponchos de hielo y sin sombrero', están 'tahuashando en el sendero'. Esto nos hace pensar que el poeta quiso decir que, como ancianos, los árboles –mientras velan en el sendero- están 'tiritando' o 'temblando', obviamente debido al frío. 2: Que tahuashando sería sinónimo de 'encorvando', 'flexionando' o 'curvando', en actitud reverencial ('alcanfores que velan tahuashando'), es decir: doblando la espalda; y que el componente //huasha// podría ser un lexema culli. Sin embargo (este es mi comentario), hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que 'huasha' es un vocablo de origen quechua que significa espalda; segundo, que, si quisiéramos acepar como razonable la alusión a 'encorvando', tendríamos que reconocer que lo correcto habría sido que en el poema el gerundio apareciese en forma reflexiva: tahuashándose, o sea, encorvándose. Sea como fuere, lo cierto es que el misterioso vocablo usado por Vallejo nada tiene que ver con la lengua culli.

 

De lo que yo sí estoy seguro es de que lo que nuestro poeta universal quiso hacer e hizo, fue dar rienda suelta a su libertad creadora y, sin más ni más, inventó un bello y desconcertante neologismo –tahuashando-, como poco tiempo después hizo con Trilce, palabra que también, hasta ahora, sigue poniendo de vuelta y media a más de medio mundo que se esfuerza por encontrarle un significado, a pesar de que el mismo poeta se encargó de decir, enfáticamente, que no quería decir nada".

 Agregué, en nota de pie de página, lo siguiente, respecto de las dos hipótesis --sobre "tahuashando- formuladas por el lingüista Íbico Rojas, en su ensayo "Tahuashando, enigma culle en la poesìa de Vallejo":

 

"Rojas refiere que un alumno suyo, de la Universidad Nacional de Trujillo, nacido en Santiago de chuco, le contó que nunca había escuchado la expresión #taguash#, pero sí una frase como esta: “Tahuashón ta el Shesha”, y que #taguasha# significa “encorvado” y #taguashón#, 'muy encorvado'. No quisiera poner en duda tal referencia, pero creo estar convencido de que no fue 'tahuashón' lo que el estudiante dijo como sinónimo de “muy encorvado”, sino simplemente 'huashón' que es como se le llama familiarmente (en Pallasca, en Huamachuco y también en Santiago de Chuco) al varón que, sin ser precisamente, jorobado, tiene la espalda encorvada. La frase bien pudo haber sido esta: 'Tan huashón ta el Shesha' (o sea: 'Muy huashón está el César')".

 

2: Según cuenta, Luis Flores Prado, en una visita a Angasmarca (provincia de Santiago de Chuco), el 20 de junio del 2019, tuvo la oportunidad de entrevistar “a un nativo de Conra" (centro poblado del distrito de Santiago de Chuco) a quien le preguntó si conocía el significado de "tahuashando" y el interpelado, enfáticamente, le dijo que no, porque esa expresión no existía en su pueblo y que, más bien, precisó, "debe ser "tagushando", que sí se usa allí y significa "está tratando de hablar" o "tratando de aprender a hablar", referido particularmente a las criaturas muy tiernas que -obviamente- aún no pueden pronunciar palabras. De lo cual se puede inferir que estamos ante una expresión con origen onomatopéyico.

¿Por qué digo onomatopéyico? Por esto: porque me parece evidente que el étimo (la raíz, su origen) de “tagushando” está en el sonido gutural "gu" (o “agú”), que es, si no me equivoco, uno de los primeros sonidos que emiten los bebitos que aún no están en condiciones de articular palabras, que aparentemente tratan de comunicarse, de hacerse entender. Y la expresión, en forma escrita, sería esta: "ta gushando" (o “ta agushando”), en que encontramos dos elementos: "ta", que es la aféresis de "está"; y "gushando" (o “agushando”), que sería -en gerundio- la forma verbal "gushar” (o “agushar"), en cuya segunda sílaba, está el fonema sibilante palatal “sh” (/š/), tan común en la sierra norte del Perú. “Gushando”: haciendo gu, o agú. 

3: Pero aquí surge esta pregunta: ¿En qué lengua podemos encontrar las expresiones “gu” o "agú”, si las admitimos como palabras? Carezco de información respecto de lenguas distintas del castellano; sin embargo, estoy convencido de que no se trata de sonidos privativos de ninguna lengua en particular, y hasta me aventuraría a asegurar que, sea cual fuere el país, no se encuentran en ningún diccionario (en el nuestro no está), porque –es obvio, creo yo- no son asumidas o aceptadas, aún, como palabras propiamente dichas. (Alguien mejor informado que yo, podrá –espero- esclarecer esto, es decir, asegurarnos si aparece o no en algún diccionario de otra lengua). 

4: Bien. ¿La expresión “gushando” (o "agushando") es culli? Considerando lo antes dicho, no, no podemos dar una respuesta afirmativa. Lo único que nos podría remitir a esa lengua ya extinta es el fonema sibilante palatal ya mencionado, ya que, aparentemente, ese sonido habría sido una de las características más saltantes en esa lengua. Y, respecto del "gu" o "agú", como emisiones guturales de los niños apenas nacidos, debo decir que carecen de nacionalidad, raza y color; son, me parece, universales, como lo es la expresión sonora de la risa. La forma verbal también referida, el gerundio en terminación “ando”, es, hay que decirlo enfáticamente, del castellano. No estamos, pues, frente a vocablos de la lengua culli. Obvio: tampoco tienen que ver con el quechua. 

5: ¿Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que “tagushando” es realmente la expresión que quiso poner César Vallejo en el poema "Hojas de ébano”, pero, sabe Dios por qué razón, la alteró? No hay manera de demostrarlo; sin embargo, como hipótesis, es válido aceptar que sí pudo haber ocurrido tal cosa. Y si de algo podemos asirnos como recurso que haga razonable la sospecha, es esto: “tahuashando” no es, y creo que nunca lo ha sido, un vocablo del castellano de Santiago de Chuco; y sí lo es, en cambio, la expresión “tagushando”, según el testimonio de un poblador de la zona que he escuchado en la grabación que hizo hace un año Luis Flores Prado (y que todos pueden también escuchar, en la cuenta de Facebook del estudioso huamachuquino[1]). 

¿Cuál sería su significado en el poema de Vallejo?  Veamos. Esta es la estrofa en que aparece el desconcertante vocablo que, en esta ocasión, me he permitido modificar con el solo propósito de procurar una explicación: “Llueve… llueve… Sustancia de aguacero, / reduciéndolo a fúnebres olores, / el humor de los viejos alcanfores / que velan ‘tagushando’ en el sendero / con sus ponchos de hielo y sin sombrero”. 

Cité antes las dos hipótesis formuladas por Íbico Rojas, respecto de “tahuashando”: 1) que el poeta habría querido decir que los alcanfores, como ancianos, están 'tiritando' o 'temblando', debido al frío; 2) que “tahuashando” sería sinónimo de 'encorvando', 'flexionando' o 'curvando', en actitud reverencial. De estas dos hipótesis -digo yo- menos deleznable es la primera, a pesar de que el lingüista no recurre a cuestiones etimológicas para buscar una explicación, pues, más bien (y en este caso es razonable), se basa en el contexto conceptual en que aparece el vocablo de marras. La segunda propuesta, definitivamente, está fuera de lugar. 

6: ¿Y si aceptáramos que, en vez de “tahuashando”, la desconcertante expresión en el poema de Vallejo hubiera sido “tagushando”, qué interpretación podríamos darle, cuál sería su significado? Difícil procurar una respuesta. Ya dije antes cuál es el sentido que se le da en Angasmarca a esta forma verbal: estar tratando de hablar, un bebé; y que la manera de decirla por escrito es así: “ta gushando” o “ta agushando” (“está gushando”, o “está agushando”). Sería imposible llegar a buen puerto y seguiríamos desconcertados de por vida. “(A)lcanfores que velan tagushando”, sería como esto (considerando que el “ta” es aféresis de “está”): “alcanfores que velan ta gushando”, “alcanfores que velan está gushando”. Absurdo, descabellado, sin pies ni cabeza. Lo más coherente que hubiera hecho, si es que, en verdad, Vallejo hubiese querido echar mano a la expresión que es usual en Angasmarca, habría sido que eliminara el “ta” y rescatara únicamente el “gushando” (o “agushando”). ¿Y cuál habrìa sido, repito, su significado en el poema? Este: “… los viejos alcanfores velan, tratando (como niños apenas con pocos meses de nacidos) de hablar, esforzándose por articular palabra alguna”. ¿Sería aceptable esta hipótesis? No lo puedo afirmar con absoluta seguridad, pero, sí, creo que que podría ser válida, razonable. 

7: Tengo la tentación de quedarme con mi propia hipótesis, respecto de la expresión que –cualquiera haya sido su razón o motivo- es la que puso César Vallejo en el poema (“tahuashando”), y es, definitivamente, la única que debemos tener en cuenta cuando de estudiar la poesía vallejiana (en concreto, el poema “Hojas de ébano”) se trata. La he transcrito más arriba, pero aquí la repito. Esta es mi hipótesis: Lo que nuestro poeta universal quiso hacer e hizo, fue dar rienda suelta a su libertad creadora y, sin más ni más, inventó un bello y desconcertante neologismo, que ha puesto de vuelta y media a más de medio mundo. ¿Qué habría querido decir el autor del poema, con ese misterioso verbo? Él mismo, Vallejo- si estuviera vivo- hubiera contestado, rotundo, como cuando le preguntaron acerca de "Trilce": no quise decir nada.



  © Bernardo Rafael Álvarez
1 de junio del 2020



miércoles, 18 de marzo de 2020

TRES POEMAS EN VERANO



LA PALABRA BUSCADA, EL POEMA

Ofrecí escribir un poema.
Pero no voy a hacerlo.
Es tarea difícil,
en estos días de abismos,
extravíos
y arenas movedizas.

No soy el poeta esperado.
Soy, apenas -como pordiosero
en festín de miradas desvaídas-
el pobre buscador de palabras
que trata de encontrar la única, insustituible,
la que brille con el resplandor
de rocío que hay en tu sonrisa almibarada,
y sea el eco luminoso, como relámpago
y trueno, de los latidos que en tu pecho
son himno de fe y alegría.
Esa es la palabra que quiero encontrar,
¿dónde?

Ni en parques ni avenidas.
Ni en roperos ni bibliotecas.
Tampoco en las constelaciones
que las nubes ocultan.

¿Dónde? Donde buscar yo no puedo:
¡En ti!

¿Escribir un poema? No.
Está en ti, dentro de ti.
En tu nombre y tu alma.
En tu respiración y tu voz.
En tus silencios y sueños.
En tu mirar despejado y en el futuro que miras.
En el fluir de tu sangre y en tus emociones.

En tus deseos,
Ingrid.
Ingrid.
¡Esta es la palabra,
el poema buscado!


___________
11/7/2020


********

TU CANTO, MAYITA

¿Un sonido puede ser miel?
Sí, creo que sí.
Miel para no empalagar nunca.
Sonido que es música,
como rumor de aladas alegrías 
que circundan en derredor
Con la más dulce amenaza de estos días:
Traernos como mensaje y regalo 
la felicidad que retorna
y ha de quedarse para alimentarnos 
con pedacitos de pan y sonrisas,
en cena alborotada de niños que sueñan.
Sí, es miel. Pero no cualquier sonido,
sino el que brota de un manantial
como agua fresca y clara;
o como lava, no incandescente, sino tibia 
de un volcán que da vida y no destruye.
¿De dónde? De tus labios, que son
la puerta divina del cielo,
de ese cielo que llevas como bendición,
o atadito de monedas y buena fe,
o como flor de naranjo que da paz,
a donde quiera que vayas: diosa
que reparte buenas nuevas
y certezas, y no ilusiones.
Y eso, eso es la música que amo:
canto, poesía, esperanza, vida.
Vida que renace
como flor de cactus o de retama 
en retoño vívido y perpetuo.
Canto de miel y de polen.
Voz azucarada. Miel de tábano. 
Tu canto, pues,
el canto que es nuestro:
anuncio esplendoroso de los nuevos días 
y de la libertad ya no lastimada. 
¡Canta, siempre canta, 
Mayita!
Tu canto ha de ser néctar,
siempre, 
siempre.


_________

(7 de Julio, 2020/ 9:21 p.m.)


********

Y MIEL DE TÁBANO



Un poema quise escribir para ti
Como ventarrón
o imprudente insolencia
en horas de la madrugada.
Y que golpee, desconsiderado, las frágiles puertas de tu corazón,
aquellas, hechas con alas de mariposa. Y que,
sin preguntar quién llama,
me reciba tu verdad incandescente
como abrazo de caricias luminosas.

Un poema, sí.
Es lo que quise escribir.
Y que sea como un ramillete de geranios
o un puñado de pétalos de azahar,
O un canto de latidos
alabando la alborada que brota
en tu sonrisa de cielo en primavera.

Un poema, sí.
Pero un poema, no. Sino un ave,
con una rama de laurel en el pico.
Una luz como pesadilla atada a una estaca del establo falaz
que es esta pantalla que me aturde
y desconcierta,
y me regala, como pan recién horneado, tu nombre
y la certeza de que no eres una mentira
sino el parpadeo indeciso,
el brillo fugaz de un relámpago.

Un poema, sí.
En este día
de amor y nacimiento,
para ti,
domadora de los minutos y los vientos que polinizan,
hacedora de madrugadas,
arrullo de horas nocturnas,
canto nuevo del mediodía y su fuego.

Un poema, sí.
Y lo hubiese escrito
en la piel carnosa de una penca
como los enamorados hacían
en los parajes solitarios de algún pueblo olvidadizo,
o en el parabrisas de un camión que
incontenible traga caminos y polvaredas.

Un poema, sí.
Aun dudando si eres real o solo el dulce embuste de aves migrantes,
o acaso un espejismo.
Qué importa:
Fuiste el horno y su rescoldo,

y soplo hacedor que insufla días nuevos. 
Un tintineo de cristal en selva virgen. 
Un himno de esperanza y de sueños,
y su alimento de poemas ingenuamente garabateados.

Y este es mi regalo, pues.
Solo palabras
porque solo palabras tengo,
afónicas, dislocadas, contrahechas.
Pero untadas de fe y de verdad.

(Para ti,
como un corazón hecho con pan de la Sierra
y miel de tábano).



_______
14/02/2020




********



LUCERO DEL AMANECER



Y ocurrió.
Y mi corazón,
Como el aleteo tornasolado de un colibrí,
Comenzó a cantar, balbuciente al principio,
El himno de la felicidad;
Luego fue un redoble de tambores,
Anunciando el nuevo Génesis.

A través de tu mirada
De lucero,
Pude tener en mis manos la profundidad infinita del cielo.
Y me diste paz.
El Edén dejó de ser un sueño. Hoy es un resplandor
De primavera,
Gracias a ti.

Y tú
Ahora eres mi Tercer Día,
La certeza de que puede resucitar la fe perdida.
Eres mi amanecer
Con gotas de rocío como lágrimas que no son de llanto,
Sino pedacitos del Universo convertidos en espejos y destellos.

Te conocí,
Pero en mi extravío ya te había sentido como murmullo
Y caricias,
Aun antes de hundirme como travesura infantil
En las entrañas de tu luz,
Lucero del amanecer,
Canto del amor nutricio,
Trino de aves silvestres,
Manantial de agua viva.

Eres bendita
Y tus silencios me han bendecido.

Dios existe, pues,
Y tú: su testimonio más radiante.



____________________
12 de enero, 2020 / 09:10 P. M.



********



FLOR SILVESTRE

¿Cometería pecado,
Si yo quisiera cantarte?
Tal vez.
Y me dirías que es un insolente atrevimiento.
Sí, eso me dirías.
Pero, a pesar de eso y de todo,
Sí te cantaría. Porque, sin quererlo,
Tú me inspiraste, waykicha.
Sentí en tus palabras
Y silencios
Un llamado, una almibarada exigencia
Celestial
Irremediable. De luz.
Y aquí te canto
Y te vuelvo a cantar
Cómo el zumbido de un tábano
O un moscardón asediando a una flor silvestre.
Rosa roja.
Sin conocerte te conocí, como quien reconoce
Su mirada en el espejo.
Eras latido y melodía
Y navegabas en cada suspiro mío,
En mis palabras convertidas en pan recién horneado.
Y fuiste el naufragio de los sueños
Y el tercer día de la resurrección.
(Y resucité en ti,
Como rescoldo o vaho,
Como amanecer en tiempo de lluvia.
Y fuiste bálsamo
Y bendición.
Mi canto insustituible:
Ayataki no por la muerte,
Sino para la vida,
Sus errores y aciertos,
Los sueños y las frustraciones.
Pero la esperanza siempre en pie
Con su resplandor de luna nueva
Sin pecado,
Solo con la divina insolencia
De la vida que nos junta
como el gorrión y la rosa:
La espina y la sangre que alimenta).
Cantar no es un pecado,
Es una alabanza a la Creación y la vida,
A los buenos sentimientos
Que brotan como cardo
O como maíz en mes de mayo.
Waykicha, mi flor silvestre.



________________________
(Lima, 9 de enero del 2020/ 07:59 P.M)