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miércoles, 5 de mayo de 2021

CON PUNTOS SUSPENSIVOS

... y 


por Dios que sí

que te amo 

te sigo amando 

De verdad

y a veces con su puntito de sal y de mentira

y unas hojas de albahaca

Mi noche y día 

abrir y cerrar de ojos

parpadeo de luciérnaga

Mía y por siempre distante

Casi ajena como la cara oculta de la Luna

y en zigzag y laberinto

 

Porque amar es sobrevivir

A pesar de los abismos

los nubarrones

y los estornudos que traen malas nuevas

 

Y es no dañar los sueños


A pesar

de las pesadillas y sus sobresaltos

de los días abismales

de las goteras en el techo

y la incineración de los abrazos

 

A pesar de ti

A pesar de mí

 

Amar

Con estruendos y silencios

con garabatos

y pecados

aun lejos de los ojos

Con el roce agitado

de travesuras  

y el candor de los malos pensamientos

 

pero 

eso sí 

sin mala fe en el entrecejo

ni extravío en los latidos que aún persisten como balbuceo y terquedad

y acaso como imprudencia y esperanza en estas horas acobardadas

 

Con errores ortográficos 

y mala memoria


Seguir amando

por Dios que sí

como una tabla de salvación o la luz al final del túnel

 

Pero 

eso sí

como fieras sedientas de fuego y de  libertad

de madrugadas sin dolor ni despedidas

Sin angustias ni paréntesis


Y con puntos suspensivos

siempre... 


 🌻🦂♥️❤️♥️🦂🌻


 _____________

17/3/2021

© Bernardo Rafael Álvarez




viernes, 5 de junio de 2020

¿LA GRAN PALTA?


Me atrevería a decir que fue, casi casi, la primera expresión literaria de lo que llamaría el "anti anti", en nuestro medio; es decir, el cuestionar a quien cuestiona. Sin embargo, no cayó en nada que fuera altisonante, no soltó diatribas o insultos; no se comportó, pues, como un libelo o cosa por el estilo. Tampoco buscó ni propició la provocación, menos el golpe bajo. No eligió a un determinado o personalizado objeto para atacarlo (no mencionó nombres de personas, ni de grupos), no atacó. Solo cuestionó, de un manera poco común. Lo que dijo, lo dijo de un modo sumamente inteligente y con decencia pero adoptó, definitivamente, una clara e indiscutible toma de posición.

Esto es lo que, sin medias tintas, dijo: "El problema del ser es problema de lenguaje", no sin antes haber soltado esta medio urticante frase (en la que se revela lo que dije: el “anti anti”): "La Gran Palta se llamó antioficialismo", calificando, así, también al uso (que bien podríamos llamar “manoseo”) del vocablo "ruptura". Y creo que acertó: en el lenguaje está, efectivamente, el problema del ser… y de la poesía, específicamente.

Juan Ramírez Ruiz, el poeta teórico de Hora Zero, creyó ver en ese "anti", al que me referí (es decir, el poner en entredicho al "antioficialismo'"), una medio velada alusión al movimiento poético que él había fundado tres años antes con Jorge Pimentel; es lo que se desprendió de sus palabras durante una de las muchísimas conversaciones en las que casi cotidianamente nos enfrascábamos entonces. Por cierto, mi opinión nunca llegó a coincidir con la suya, respecto de este tema. ¿En que se basaba mi desacuerdo? En aquello de la "ruptura" calificada (igual que el "antioficialismo") como "la Gran Palta". Al sustantivo aquel le siguió una suerte de aposición que la señalaba como "esa tradición moderna de la poesía". Estábamos, pues, ante una ironía mordaz respecto no precisamente de alguien o algo en particular, identificable en el momento y lugar en que eso fue dicho, sino referida a una tradición digamos ya "establecida" en el mundo de la poesía, una suerte de corriente "universal", sea cual fuere el país. No estaba, textualmente, referida al “antioficialismo” de Hora Zero. ¿Los poetas de aquel Movimiento, podían haberse sentido aludidos, como lo insinuó el autor de "Un par de vueltas por la realidad"? Es posible, pero nada había que realmente justificara tal cosa de un modo evidente, creo yo, ¿o sí?

Y, a propósito, ¿quién fue el que escribió aquello de la "Gran Palta", el "antioficialismo", y la "ruptura, esa tradición moderna de la poesía"? No lo supe, no lo sé. Juan tuvo una sospecha, pero con esa sospecha yo tampoco coincidí. Él amparaba su presunción en, digamos, el "perfil" de la persona a quien él apuntaba, cuyo nombre me lo mencionó: básicamente, en su formación académica en asuntos de lingüística. Yo, en cambio, puse atención en otros indicios: el modo cómo había sido escrito, propio de un poeta con un buen manejo de la palabra y especialmente por el empleo de ciertos términos, y cómo fue estructurado el texto, no en prosa, sino en verso y con un caprichoso empleo de los espacios en blanco. Para mí: fácil de identificarlo.

Pero, en fin, no es de esto ni de lo otro de lo que yo quería ocuparme aquí. Mi propósito ha sido distinto: celebrar, trayendo a la memoria, a la que -estoy convencido- fue una de las más importantes (y mejores, ¿podría decir?) revistas publicadas durante aquellos locos e inolvidables años setenteros (de sobresaltos, a veces, y de sueños, siempre). Y, fíjense, apenas apareció una sola vez, y en un formato sumamente sencillo y de no muchas páginas, pero fue sustanciosa y resultó muy útil. Su Director: el entrañable Isaac Rupay (muerto apenas unos meses después); y en el equipo de redacción tuvo a Vladimir Herrera, José Cerna, Enrique Verástegui y Santiago López M. Su diagramación corrió a cargo de José Tang, el mismo que ilustró la carátula de "Un par de vueltas por la realidad", el primer libro de Juan Ramírez Ruiz.

Bueno, creo que ya lo adivinaron: El leitmotiv de esto que iba a ser un “acápite largo” (“como los editoriales del Dr. Clemente Palma”, Mariátegui dixit) ha sido la revista Eros, publicada en agosto de 1973, cuya nota editorial o de presentación fue este, aludido aquí desde el principio: “La Gran Palta se llamó antioficialismo, / La Gran Palta se llamó ruptura (esa tradición moderna de la poesía), / El antioficialismo fue un acto mistificatorio: / se habló en la misma jerga y se emplearon los mismos módulos verbales del poder (¿dónde estuvo el vacilón): / EROS se ríe, se divierte, juega, invita a su fiesta, / su onda es exploratoria / su ser es el lenguaje, (El problema del ser es problema de lenguaje. / No hay máscaras, no hay fetiches. / La revista abre sus páginas a toda la gente solitaria.” Lindo, ¿verdad?

¿Qué es lo que se publicó en Eros? Los tres más conocidos y valiosos poemas (Como tú lo estableciste, Soy la muchacha mala de la historia y Tímida y avergonzada) de María Emilia Cornejo, joven y muy talentosa poeta muerta, de un modo violento, un año antes de esa publicación; pero antes de ellos, se insertó una suerte de homenaje en su memoria, en que se dice algo incontestablemente veraz: que el erotismo en su poesía “es de los más perturbadores que una mujer haya escrito en esta generación (la del 70)”.

Aparecen también (voy a citarlos de atrás hacia adelante) un extenso poema escrito en Santiago de Chile, por Vladimir Herrera (A propósito de una vieja danza); un poema experimental, Composición VI, de Enrique Verástegui, visiblemente dedicado a Martín Adán y Víctor Humareda; de Isaac, el director, dos poemas: Bien recibido y por todos rechazado y Todo es cuestión de principio; dos poemas, también, de José Cerna (Secuencia N. 1 y ¿Has visto rodar unos ojos sobre una sandía?) y “Rimbaud en polvos Azules”, uno de los dos mejores poemas de Jorge Pimentel, fundador y “piloto” del Movimiento Hora Zero, poema a través del cual -de su dedicatoria- supe de la existencia de alguien cuyo nombre me inquietó, pero a quien solo pude conocer personalmente casi treinta años después: Charo Arroyo. (La publicación, allí, de este poema apoya, creo, mi afirmación de que la revista no tenía el propósito, en su nota de presentación, de ponerse en actitud "anti", frente a ese colectivo, fundado precisamente, por Pimentel: pues de lo contrario habríamos estado con la presencia de algo así como un "Vidaurre contra Vidaurre"). Finalmente, aparece publicado un simpático y audaz ensayo lingüístico de Enrique Verástegui, con el que pretendía dar una explicación al origen del verbo peruano “deschavar”.
Eros”, una revista que, aun habiendo transcurrido más de cuarenta y seis años, vale, aún, por diez publicaciones de ese tipo, creo yo. Hecha para edificar, no para demoler. (¿Sería un error, tal vez, atreverme a afirmar que en ella -la revista- había, medio discretamente, algo o mucho del espíritu horazeriano de entonces, pero sin signos de exclamación, ni manifiestos?).

© Bernardo Rafael Álvarez
(4 de junio, 2020, 10:42 p. m)

martes, 3 de marzo de 2020

¿SIRVE DE ALGO LA POESÍA?


Corría el año de mil novecientos... (bueno, cuando aún gobernaba Juan Velasco Alvarado). Yo aún no había cumplido los veinte años de edad. Maltoncito, pues. A eso de las siete y media u ocho de la noche de un día viernes o sábado me encontraba por la cuadra diez de la avenida Venezuela (cerca de la iglesia de Desamparados), en Breña, en la esquina, esperando la ocasión para cruzar la pista, rumbo a casa. De pronto, de una camioneta que acababa de detenerse a pocos pasos de donde yo estaba, descendieron unos policías, y a varios jovencitos nos llevaron cogidos del brazo hasta el vehículo, y fuimos a parar a la Comisaría de Chacra Colorada, no tan lejos, en la cuadra siete del jirón Carhuaz, y allí nos encerraron con otros muchachos que habían sido detenidos antes. Entre esos jóvenes estaba uno -algunos años mayor que yo- que solía pasar casi cotidianamente por la cuadra diez de Huancabamba, donde yo vivía con mis padres y hermanos; nunca fuimos amigos, y ni siquiera un saludo habíamos intercambiado antes, pero -obvio, ¿no?- así como yo a él, él a mí también me conocía, pues, "de vista". Era flaco y tenía un mentón pronunciado y creo que le faltaban algunos dientes superiores, lo que le hacía parecer un abuelito. Después de un par de horas más o menos, a este joven lo dejaron ir, supuse que (y creo que no me equivoqué) debido a su edad. 

Lo que ocurrió aquella noche fue -¿lo adivinaron?- una de las últimas veces que en nuestro país se efectuaba una "leva", es decir el reclutamiento coercitivo para "servir a la patria". Y yo, naturalmente, era uno de los obligados a hacer tal cosa, pero -se fregaron, caracho- ¡jamás llegué a hacerlo!

En el ambiente en que nos encerraron, había -si mal no recuerdo- unos bancos largos de ladrillo y concreto, que, supongo, eran usados como camas. Algunos se sentaron allí, mientras los demás, la mayoría, permanecimos de pie. Yo -lo confieso- ya comenzaba a acostumbrarme (o, mejor dicho, a resignarme) a la idea de estar, los próximos meses, convertido en cachaquito, recibiendo órdenes de capitanes o tal vez de coroneles (¡ajá, nada menos que de coroneles!) en algún cuartel, y con un fusil de verdad cargado al hombro (no como aquellos, de madera -que eran inocuos remedos- con los que, años antes, hacíamos la "premilitar" en mi colegio, el municipal mixto de Pallasca). ¡Asu, iba a ser soldado de la patria!  

Pero, no. Como ya lo anuncié, ese sueño, digamos forzado, no iba a hacerse realidad. Esto lo supe exactamente allí mismo, ese mismo día, casi a la medianoche, en esa comisaría, la de Chacra Colorada, cuando inesperadamente se acercó un sargento de la guardia civil a la puerta o reja de la habitación o celda y pronunció en voz alta mi apellido. 

Obediente, cómo no, y gratamente sorprendido, acudí a lo que, naturalmente, era un llamado. El policía, esbozando una no discreta sonrisa, me clavó su mirada, que parecía cargada de una medio ponzoñosa duda, y, sin más ni más, me disparó esta pregunta: 

-¿Este eres tú? 

Sí, era yo, naturalmente. ¡Cómo, y por qué diablos, iba a negarlo! 

Inmediatamente, el uniformado (así conocíamos, entonces, también, a los policías y militares) sacó una llave de uno de sus bolsillos y abrió el candado, y me ordenó que saliese. ¿Qué creen que hice yo? Disculpen la pregunta tonta. Ni corto ni perezoso, ¡salí, pues!

Hacía unos meses -con precisión, en enero- saqué a la luz mi primer poemario, un breve y modesto librito titulado (Aproximaciones & conversaciones) que, alucinen, llevaba el sello editorial del Movimiento Hora Zero, gracias a que mi pata, mi hermano, Juan Ramírez Ruiz (fundador y teórico por antonomasia de aquella iconoclasta agrupación) me lo sugirió y autorizó. La publicación no fue gran cosa que digamos, pero, bueno, como el poeta chiclayano en algún momento me dijo -complaciente-, era algo así como "una batalla ganada" (aunque, en realidad, creo que más tenía de perdida, por lo flojazos que eran muchos de los poemas allí reunidos). Pero, tengo que reconocerlo, aun así, esa publicación me sirvió de algo.

El policía aquel que había dicho casi como un saludo, en voz alta, mi apellido, ahí, en esa comisaría, mientras me hacía la inesperada pregunta, agitaba, gozoso, con la mano izquierda, adivinen qué (no me lo van a creer): ¡mi librito!, el pequeño volumen de poemas en cuya contratapa estaba impreso mi retrato de adolescente (seriecito, pelo largo, y con raya a la izquierda), y adelante -antes del título del poemario-, mi segundo nombre con el apellido paterno. No recuerdo qué me dijo antes de autorizar mi retiro y despedirme, pero yo -contento, regocijado- le dejé, sobre una de las páginas en blanco de mi poemario, una dedicatoria como expresión de gratitud. El sargento se alegró.

Asumí -no sé si con acierto- que aquel buen policía, de la comisaría de Chacra Colorada, ciertamente, no quería que un poeta (mucho menos el poeta al que acababa de conocer) se convirtiese en un soldadito de cuartel. Y me acompañó hasta la salida, donde (debí haberlo adivinado) mi hermano Jorge me esperaba. 

Fue él, por supuesto, quien, imaginativamente y con acierto, llevó mi librito de poemas -como el más contundente y eficaz argumento o recurso contra la leva-, librándome, así, de la obligación de "servir a la patria", esta patria a la que tanto debo, a pesar de todo. ¿Y cómo es que él llegó a saber que yo estaba en esa comisaría? Creo que la respuesta es obvia, ¿verdad? El muchacho del mentón de abuelito, que ciertamente conocía nuestra casa, gentilmente y sin que yo se lo hubiera pedido, decidió hacer su buena acción del día: apenas salió del establecimiento policial lo primero que hizo fue ir a dar el aviso salvador a mi familia. 

De aquello, ha transcurrido un montón de años. Hoy, al recordarlo, se me ocurrió hacerme esta pregunta: ¿La poesía es útil, realmente?, es decir, ¿sirve para algo? No me atrevo a dar una respuesta, porque -la verdad- no la conozco y creo que no la conoceré nunca. Sin embargo, lo cierto es que esa ya lejana noche (lo digo, ya, con precisión: de mil novecientos setenta y cuatro), el haber escrito y publicado unos cuantos pobres poemas en un breve y nada ambicioso librito a mí me resultó sumamente útil; claro, no para hacerme famoso o para ganar dinero ni para recibir premios o diplomas, pero sí, al menos, para no tener que terminar haciendo "planchas" o "ranas", o dormir a sobresaltos en un cuartel, y tampoco recibir órdenes de cabos, capitanes o acaso coroneles. 

Yo, por eso, le agradezco, emocionado, a la poesía, aunque Dios y la Patria, al enterarse de lo que acabo de confesar, tal vez tengan -en lugar de también darle las gracias- que reprocharle firmemente y demandarla, o acaso darle un merecido jalón de orejas. Pero, en fin, sirvió de algo, y esto nadie podrá negarlo, porque es la pura verdad, y lo juro por Diosito o -como también se decía en Pallasca, mi tierra- ¡por María santisma! 


                                      © Bernardo Rafael Álvarez