Cuando fui casi un niño aún, poco después después de
haberme desempeñado, por algún tiempo, como uno de los acólitos en la Iglesia de San Juan Bautista
(acerca de lo cual espero ocuparme pronto), colaboré con el padre Nicolás
Toth en la edición de una revista parroquial en Pallasca, que fue impresa en
mimeógrafo. Mi labor era, digamos, la de mecanógrafo. El padre redactaba las
notas y comentarios y yo los trascribía sobre el stencil haciendo
uso de una vetusta máquina de escribir. Al dictármelos, después
de algunas frases solía repetir esta palabrita: "vírgula" y yo, por
cierto, no entendía ni miércoles. "¿Cómo dice, padre?", tuve que
preguntarle, a la primera, antes de meter la pata. El padre Toth, tratando de ser
más elocuente y claro, en una hoja de papel puso la respuesta: dibujó una
rayita medio en curva. "Pon esto", me dijo. Todo quedó explicado; se
trataba de la coma (,). Es decir, aprendí algo nuevo: vírgula o virgulilla,
como sinónimo de coma. El padre redactaba los textos y también hacía las
ilustraciones, para lo cual empleaba un alfiler: era un excelente
dibujante.
Por aquella época también, mi hermano Jorge y yo,
en una ocasión le acompañamos a Cabana, cuando el padre tuvo que viajar a
Lima. Entonces, a mi pueblo no llegaba la carretera aún. Nuestra
compañía tenía un propósito: regresar a Pallasca con el Caballo. Esto por qué:
porque, ante un pedido del religioso, yo le había dado la seguridad de que sí
podía acompañarlo. La misma respuesta fue dada también por mi primo
"Seshón", pero –más astuto que yo– oportunamente decidió renunciar al
viaje, y se escondió para no cumplir con su palabra. En tales circunstancias,
solidario, mi hermano decidió no dejarme solo. Y nos fuimos, acompañando al
cura. Fue, realmente, una experiencia inolvidable. Yo tenía apenas unos trece o catorce años de edad.
El recorrido tuvimos que hacerlo alternándonos los
tres en la cabalgadura. No obstante lo flaco que era el religioso, la verdad es
que demostró una excepcional fortaleza en largos trechos recorridos a
pie.
Cuando llegamos a Huandoval (más o menos al
mediodía), algunos pobladores que se habían percatado de nuestra presencia le
pidieron al padre que se acercara a una de las casas, a la entrada del pueblo,
en que se velaba un difunto, para decir una oración; mientras el padre
desarrollaba el oficio religioso, a Jorge y a mí una señora de la casa nos
invitó un plato repleto de papas fritas.
Un rato después, ya en Cabana, nos instalamos en la
casa parroquial. Llegada la noche nos fuimos a un restaurante cercano en que
nos sirvieron sopa de gallina. Al final, como una suerte de
"asentativo", el padre nos preguntó si queríamos tomar un té o algo
parecido; él hizo un pedido que a mí me pareció raro porque nunca antes había
escuchado lo que dijo: pidió "un té de hierba luisa"
y nosotros, copiones, también hicimos lo mismo. Ah, pero antes ocurrió algo
que, no van a creerme, hasta ahora sigue generándome una suerte de frustración
y arrepentimiento. Mi hermano, al tomar el exquisito alimento hacía lo
que casi nadie hace debido al "qué dirán": suelto de huesos, simple y
llanamente, "surrupeaba", es decir, sorbía ruidosamente la sopa. El
padre Toth, con aquella voz de abuelito cariñoso que tenía, comprensivo y
complaciente, pero al mismo tiempo aleccionador le dijo: "Jorge, no debes
hacer ese ruido mientras tomas la sopa". Perverso, sonreí, porque, claro,
yo tomaba silenciosamente la sopa, pero no precisamente por ser un jovencito "bien
educado", sino por tímido y vergonzoso. Y a ello se debió que, cuando ya
había que dar cuenta de la presa, preferí dejarla en el plato para no cometer
algún despropósito que pudiera hacerme pasar un mal rato; es decir, para que el
padre no me llamara la atención. Era una tremenda molleja de gallina de la que,
muy a mi pesar, tuve que privarme en aras de la "buena
educación". ("¡Qué lástima, caracho!", exclamé para mis adentros).
Más tarde nos fuimos a dormir. El padre Toth durmió en una habitación que, sin duda, ya estaba preparada para él. A mi hermano y yo nos acondicionaron (porque obviamente no había un catre adecuado) unas sillas en dos filas sobre las que fue convenientemente colocado un colchón de dos plazas (nunca antes habíamos visto uno similar), en una especie de sala que daba al patio en que florecía un bello jardín. Como suele ocurrir cuando uno duerme en casa ajena, aquella vez nos despertamos muy temprano.
Ya levantado, se me ocurrió caminar hacia el patio donde cantaban las pichuchancas y –no van a creerlo– mi frente casi termina con un tremendo chichón. Nunca antes, como dije, había escuchado aquello de “té de hierba luisa” ni visto un colchón tan grandazo como el que nos dieron; pero tampoco vi, ni podía imaginarme, que en una casa de un pueblo de la sierra hubiese una luna de vidrio gigantesca colocada desde el piso hasta el techo, como la que, en efecto, estaba colocada allí, separando a la sala del patio. En Pallasca solo había ventanas chiquitas con lunas también chiquitas, nada más. Yo, tonto de capirote, creí que todo estaba abierto ante nuestros ojos y por eso cometí aquella ingenua y, digamos, torpe imprudencia por la que, de no haber sido porque la luna evidentemente era fuerte, esta habría terminado en pedazos y yo absurdamente con la frente ensangrentada. Esta vez le tocó a mi hermano no sonreír, sino reír a mandíbula batiente. (That is life, pues).
(El padre Toth, Oblato de San José, fue párroco en
Pallasca, mi tierra, durante la última mitad de la década de 1960 y en los
primeros años de 1970. Acaba de fallecer, y yo lo recuerdo como, estoy
seguro, a él le habría gustado: con alegría y cariño).
