Nació –los
registros civiles dan cuenta de ello- en la Provincia de Santiago de Chuco pero
nosotros lo asumimos como pallasquino porque, en buena cuenta, ser de la tierra
de Vallejo o de la nuestra es prácticamente lo mismo. Alguien diría que no, que
un río nos separa. No es así: el Tablachaca, más que un tajo (límite o frontera
natural le dicen) es en verdad, una costura que nos junta. Debemos admitir que,
además, nos vinculan otras cosas: el idioma con su idéntico dejo y sus modismos
comunes (zote, alalau, adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del
día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de
aparecidos; el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela
que es el saludo de dos colosos que parecen silbarse de canto a canto: el
Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce, que hablaba como nosotros y
cuyo abuelo (cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en
la Iglesia de San Juan Bautista. En fin, también los mollejones (vendedores
medio errantes de ollas de barro). Y, claro que sí, los Gavidia: ¿alguien ha
borrado de su memoria a don Virgilio, el amistoso “postillón” –último
antepasado de los motociclistas de “Serpost”- que con mula y valijas, solía
llegar atravesando el puentecito de Pampa Negra y traía y llevaba sabe Dios qué
mensajes lacrados en su sonrisa que era un saludo? Ciertamente no. Y tampoco a
don Demóstenes que, como más de un poblador venido de otras tierras (Shilicos
incluidos, con peinetas, anilinas y sombreros, por supuesto), puso la
invalorable cuota de su trabajo, inteligencia y cariño para hacer de Pallasca,
mano a mano con los allí nacidos, el pueblo culto y hospitalario que todos
conocimos y que era admirado a muchas leguas a la redonda; probablemente con algunas
carencias materiales, pero rico en vigor, buena voluntad y esperanza. Y algo
más: alegría. Aquella alegría que, llena de esplendor, retoza detrás del “Toro
de trapo”; zapatea, ebria de música y orgullo, en las “luminarias” de la fiesta
patronal; excita el entusiasmo colectivo en los trabajos de la República y ha
logrado que, más que una socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un
estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar
hacia adelante con optimismo y dignidad. Bueno, pues, aquí es donde nació don
Demóstenes, el poeta y narrador quiero decir. Su talento –la raíz de sus
espíritu creador- pudo haber venido desde su cuna materna; sin embargo, el
alimento altamente nutritivo que contribuyó al enriquecimiento de sus dotes,
activó su imaginación y afinó su sensibilidad es, innegablemente, hechura
pallasquina, como pallasquino fue el idilio que vivió en El Tambo con doña
Berena, la amorosa compañera que le dio los hijos a quienes tanto quiso. Por
ello, sin duda, su literatura está ambientada en nuestra geografía e historia.
Veamos los textos aquí incluidos: “El idilio de Cochapamba”, escrito a la
manera de los mitos y leyendas andinos, pretende una explicación al origen de
la tribu de los Kuymalcas, de la que solo nos quedan unos ruinosos vestigios en
El Castillo, que pueden ser divisados desde la piedra de Santa Lucía; “El
Regador”, relato casi cinematográfico que es, ostensiblemente, una denuncia de
las injusticias y abusos, ubica su primera secuencia en Matibamba. Ahí está,
definitivamente, Pallasca, el pueblo en cuyas noches almibaradas es posible que
don demóstenes haya bebido –escanciado, diría mejor- muchas tazas de panizara
caliente mientras escribía y escribía. Leer ahora aquello que escribió, de
verdad que me emociona. “El Idilio…” lo leí, por primera vez, hace treinta y
ocho años gracias a que don Moisés Porras lo dio a conocer en “Ondas
Pallasquinas” la revista del que fuera mi colegio, el Municipal Mixto San Juan
Bautista y, créanme, lo encuentro tan fresco como entonces. Yo era un niño aún
pero comencé a admirar a don Demóstenes y a verlo, igual que a Teófilo Porturas
y Víctor H. Acosta, como uno de los escritores cercanos a quienes seguir. La
publicación que hoy se hace realidad es, por partida doble, un homenaje a su
memoria y al pueblo que lo acogió por largos y fecundos años. Condenarlo al
infame y oprobioso olvido hubiera sido injusto e innoble. Los pueblos
perviven, gracias al quehacer de sus creadores, en los inmarcesibles
frutos del espíritu. Demóstenes (a quien deberíamos haberle llamado en
confianza, como a uno de sus hijos en nuestra primera mocedad, “Mote Vida” es,
por derecho, uno de aquellos creadores.
Quiero
imaginar que en estos momentos allá, en cualquier punto de Pallasca (Llaymucha,
Tambamba, Chucana…), el “chushec”, proverbialmente “malagüero”, en lugar de
muertes esté anunciando –a dúo con la música de don Pedro Gutiérrez, el
entrañable Conshyamino- el regreso y la siempre querida permanencia de este
nuestro paisano, don Demóstenes Gavidia, santiaguino y pallasquino, por la
gracia de Dios.
____________________
*Prólogo al libro póstumo “El Idilio de Cochapamba”
de don Demóstenes Gavidia, publicado en junio del 2005.
