miércoles, 19 de enero de 2022

¿USTED ES LA CULPABLE?



«Aunque su referente es siempre una segunda persona, pues designa al interlocutor a quien se habla, gramaticalmente es un pronombre de tercera, pues procede, etimológicamente, de la contracción del grupo nominal vuestra merced; por ello, si funciona como sujeto, el verbo debe ir en tercera persona: 'Usted, doctor, DUERMA un poco' (...); así, pues, es incorrecto hacer concordar usted(es) con un verbo en segunda persona». 

Esto, lo transcrito arriba, ¿saben dónde aparece dicho? En el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), que -como sabemos- es de la Real Academia Española (RAE). 

Como se ve, a pesar de que con el pronombre USTED el hablante no solo se refiere, o «designa» -siempre- a la persona a quien tiene enfrente (a su interlocutor), sino -fundamental y principalmente- se dirige a ella (que es -hay que decirlo ya-, gramaticalmente, la segunda persona), a pesar de esto -repito- para la RAE este pronombre ¡es de tercera persona! Pero, tengo que decir, con absoluta convicción y enfáticamente, que eso es completamente falso y, además, absurdo, señores. Aquí mi explicación: 

Sí, «procede, etimológicamente, de la contracción del grupo nominal vuestra merced». Sin embargo, tal origen, es decir, su etimología, no incide (no tiene por qué incidir) en su verdadero significado, tampoco en su calidad gramatical y menos en su uso, pues, como sabemos -y la RAE lo sabe mucho mejor-, la etimología solo nos proporciona una referencia y hasta incluso una explicación acerca de eso que ya está dicho: la procedencia -llamémosla «histórica»- del vocablo (en este caso, del pronombre en cuestión), su origen (es decir, de qué palabra o expresión proviene); pero nada más. Claro, antes se decía «vuestra merced», con lo que, digamos, literalmente, el hablante se dirigía al interlocutor que tenía al frente, pero haciendo alusión (no adrede, naturalmente) a lo que podríamos llamar una «tercera persona» (una dignidad, una gracia, una voluntad, una entidad...). Es decir, se dirigía a su interlocutor, pero lo hacía como si estuviese invocando a alguien o a algo que no se encontraba materialmente presente (en buena cuenta, aludía a un ente invisible al que nombraba como "merced" y virtualmente era asumido como una suerte de «pertenencia» de esa segunda persona: «vuestra merced», o «la merced de usted» (o, dicho de otro modo, si el interlocutor fuera de mayor confianza: «tu merced», «la merced tuya», pero expresado con cierta reverencia); más claramente, era como si estuviese diciendo -disculpen lo burdo del ejemplo- «vuestra camisa» o «tu camisa»), y -así- el verbo se conjugaba, naturalmente, en tercera persona porque, como en el ejemplo -repito- se refería a «la camisa» y no al interlocutor.  

Ahora eso no es así, porque ya no decimos «vuestra merced» (salvo, claro, en algunos países). Se decía «vuestra merced», pero hoy, simple y llanamente, se dice «usted» y solo «usted»; y con este pronombre ya no se alude a ninguna «tercera persona» sino única y directamente a aquella que se tiene enfrente, con la que se está hablando; o sea, el interlocutor al que se nombra. Este pronombre, única y exclusivamente (¡entiéndase, por favor!) es el sinónimo o equivalente del pronombre «tú», pero empleado «como tratamiento de cortesía, respeto o distanciamiento» (que es como, acertadamente, dice el DLE en su edición 22, del año 2021) o, como se señala en el Diccionario de Autoridades (Tomo VI, de 1739), «es síncopa de V. m" y es usado como "tratamiento cortesano, y familiar»; y cuando lo usamos no nos ponemos a pensar en «mercedes», «altezas» ni ninguna entelequia por el estilo, sino únicamente en la especial consideración que nos merece nuestro interlocutor. En resumen: Es cierto, «usted procede de la contracción del grupo nominal vuestra merced»; pero el pronombre y el grupo nominal referidos no significan lo mismo; no son expresiones sinónimas: «vuestra merced» no es lo mismo que «usted». En otras palabras, el pronombre «usted» no hace alusión, expresa ni tácita, a ninguna pertenencia (la «merced» del interlocutor, por ejemplo); lo que hace es nombrar, llamándola, a la persona a quien el emisor se dirige.

Por otra parte, el hecho de que el pronombre en cuestión se haga coordinar con una conjugación verbal que normalmente solemos usar para la tercera persona, no altera su naturaleza gramatical. USTED (mientras el uso -árbitro, juez y amo”, en estas cosas- no lo cambie) ha sido, es y será, siempre, un pronombre de segunda persona, con valor y significado autónomos; porque, repito: «usted» no es lo mismo que “vuestra merced”, aunque su origen haya estado en este grupo nominal. Insisto: «Usted» es -en el uso y también gramaticalmente- un pronombre de segunda persona, y punto. La gramática, señores, no depende del criterio, o capricho, de los académicos, sino del uso.

Ahora, respecto de la concordancia verbal no cabe otra cosa sino señalar o precisar que con el pronombre USTED acontece una situación particular o excepcional en que -como ya se vio- corresponde concordarlo con una conjugación verbal que en la generalidad de los casos se emplea para la tercera persona; esto, sin embargo, no significa que se altere su naturaleza o calidad gramatical ni semántica, pues esta concordancia es válida y legitima y no hay en ello nada de agramaticalidad: el que se trate de una situación particular no hace que la construcción deje de ser perfectamente gramatical. La conjugación verbal con la que hacemos concordar el pronombre «usted» corresponde, en efecto, a la tercera persona, pero funciona como tal solo cuando va unida a pronombres que también son de tercera persona: «él», «ella», «ellos». Con el pronombre «usted», el verbo suena y se escribe igual que como si estuviera con el pronombre «él», pero solo es eso: suena y se escribe igual (dicho de otro modo, más puntualmente: parece); sin embargo, su conjugación corresponde estrictamente a la segunda persona (insisto: la segunda persona tratada «con respeto, cortesía y distanciamiento»), lo cual, gramaticalmente, es correctísimo. Si no fuera así, simple y llanamente, estaríamos ante una confusión de los mil demonios, un caos comunicativo que hasta tal vez podría ser motivo de hilaridad; sin embargo, no es así, pues está establecido y legitimado (y gramaticalmente validado por el uso) que lo correcto es decir, por ejemplo: «usted es», y no el disparate «usted eres» (en que sí hay -y es obvio- agramaticalidad, porque está establecido, en el uso, que no puede un pronombre de respeto, cortesía o distanciamiento, concordar con un verbo, digamos, expresado familiarmente).  

A propósito de situaciones disparatadas, veamos lo siguiente. Si el «usted» fuera pronombre de tercera persona (como, lo dicen, aparentemente convencidos, los académicos de la RAE), entonces sería válido que ocurriesen cosas como esta: si alguien se colocara frente a mí y dijera «¿Cómo se llama usted?», yo no tendría por qué contestarle pues debería entender que no es a mí a quien está preguntando, sino sabe Dios a qué tercera persona; solo le contestaría si la pregunta fuera esta: «¿Cómo te llamas tú?». Pero, por cierto, si de todos modos tuviese que responder diría, simplemente, que no sé cómo se llama la tercera persona por la que se me pregunta. Se entendió, ¿verdad? Bien.  

Lo que para los demás casos es una conjugación en tercera persona, para el caso de la concordancia con el pronombre "usted" la conjugación corresponde, sí o sí (o sea, exclusivamente), a la segunda persona: así de simple. (A ver si lo siguiente ayuda a comprender mejor la situación. En Argentina se dice: «Decidí tú», o vos. ¿Acaso es una expresión con el verbo «decidir» en pretérito perfecto simple de la primera persona? No. De lo que se trata es de una expresión con el verbo en imperativo -«decide tú»-, pero dicho en la manera particular, propia, de los argentinos: «decidí». En el país de Carlos Gardel, «decidí» es, como en todas partes, pretérito perfecto simple de la primera persona, pero, en frases como la del ejemplo- es imperativo, pues. No vamos a decir -porque sería descabellado- que los argentinos al dirigirse a su interlocutor lo tratan con un verbo conjugado en primera persona).   

Como he afirmado siempre, el étimo de una palabra (de otro modo: su etimología, su origen) solo explica eso: su procedencia; es decir, únicamente vale como referencia "histórica" respecto del origen de esa palabra; y, aunque a veces el significado original y el de la palabra derivada coinciden, no tenemos que asumir que esto sea algo obligatorio, ineludible (que el significado de la palabra actual dependa de la voz o expresión de la que se originó, que esté sometida a ella), porque no es así: las palabras no están subyugadas a su etimología, sino al uso, «árbitro, juez y dueño en cuestiones de lenguas» (Horacio dixit).  

Concluyo: USTED es, y seguirá siendo, un pronombre de segunda persona, aun a pesar de su etimología (que, como lo diré siempre, su valor es meramente referencial y no incide en los significados ni menos en el uso) y, también, no obstante la creencia equivocada de que la conjugación del verbo con que concuerda corresponde únicamente a la tercera persona. USTED no es un pronombre de tercera persona como, equivocadamente, considera la RAE. 

Ah, y tal cosa -que, en buena cuenta, es una aberración- no solo aparece en el DPD, sino -curiosa y lamentablemente- en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (DLE), que alteró -de modo absurdo y por alguna extraña razón- la correcta definición dada en la edición del 2001.  Esto es lo que aparecía, en aquella edición (la 22), respecto de «usted»: «pron. person. Forma de 2.º pers. Usado por tú como tratamiento de cortesía, respeto o distanciamiento». Esta es la definición correcta que, por justicia (y como muestra de rigor académico y, sobre todo, de sentido común), debería ser, ya, restablecida en el repertorio lexicográfico oficial. Y vean lo que aparece en la edición actual: «2. pron. person. 3.pers. m. y f. pl.». Si «usted» es, como dicen, un pronombre plural, ¿por qué el ejemplo de uso que ponen es «USTEDES los artistas» y no «USTED los artistas»? Incoherencia, ¿verdad? (Bueno, haré mi propuesta, a ver si los ilustres académicos tienen a bien disponer -como es lo correcto- la necesaria modificación en el Diccionario).

[Conjugación del verbo «ser» en presente de indicativo:

*Primera persona en singular: Yo soy.

*Primera persona en plural: Nosotros somos. (Ojo: «yos» y «yoes» son plurales de «yo», pero no del pronombre sino del sustantivo).

*Segunda persona en singular: Tú eres / usted es / vos eres, sois, sos.

*Segunda persona en plural: Ustedes son / vosotros sois.

*Tercera persona en singular: Él es / ella es.

     *Tercera persona en plural: Ellos (ellas) son].  

Algo adicional, casi a manera de coda: Si nos atuviésemos al pintoresco y absurdo criterio "gramatical" de los académicos de la «docta corporación matritense» y aceptáramos que tanto «él» como «usted» son pronombres de tercera persona, entonces sería exactamente lo mismo si yo dijera, por ejemplo, lo siguiente: «usted está comiendo pan» y «él está comiendo pan»; pues ni «usted» ni «él» serían interlocutores míos, sino personas distantes con las que no tendría ningún contacto directo (es decir, terceras personas). Esto sería, simple y llanamente, absurdo, absurdo y jocoso hasta la pared de enfrente. 

Empero, considerando que la cosa es seria, creo que bien vale hacer uso de las palabras dichas por la propia Real Academia Española, porque ellas -aunque parezca increíble- sirven de sustento a lo que vengo diciendo. Veamos lo que la Nueva Gramática de la lengua española, publicada el 2009, afirma en el punto 16.1b. A. (las negritas son intervenciones mías, por si acaso): «Las llamadas PERSONAS DEL DISCURSO designan los participantes en el acto verbal: el que habla (PRIMERA PERSONA), aquel a quien se habla (SEGUNDA PERSONA), aquel o aquello de lo que se habla (TERCERA PERSONA). Ejemplo: Tú es un pronombre de segunda persona». Y continúa: «Así, el pronombre usted designa la segunda persona, entendida como "persona del discurso" (A), es decir, aquel a quien se dirige alguna información». ¡Clarísimo, absolutamente clarísimo! Finalmente, agrega esto: «Sin embargo, por razones etimológicas, induce en el verbo rasgos de tercera persona (B): Usted cant-a, Ustedes bail-an...». Dice: «Induce en el verbo rasgos de tercera persona». Induce "rasgos" (o sea, características, atributos, apariencias) en el verbo; pero esto no significa que el pronombre "usted" sea realmente un pronombre de tercera persona, pues no se altera su naturaleza. (Ya expliqué antes hasta dónde puede llegar la incidencia de la etimología: solo tiene que ver con la procedencia de una palabra). La mismísima RAE (naturalmente, sin querer) le da amparo a mi insistencia: «Usted» no es pronombre de tercera persona

Y, claro, si lo dicho no es suficiente, voy a citar El buen uso del español, libro auspiciado por las veintidós academias de la lengua española y que salió a la luz el 12 de setiembre del 2013. En Formas de los pronombres personales, esta obra académica indica -con absoluta claridad- que los pronombres personales de la segunda persona en singular son: , vos, usted; y al  ocuparse de las Formas especiales señala (casi como lo he explicado en este artículo) que «se utiliza la forma de respeto usted, que concuerda en tercera persona con el verbo». Es decir -una vez más tengo que decirlo- no estamos ante un pronombre personal de tercera persona solo por presentarse este  caso especial. 

Por tanto, lo digo finalmente, es necesario que el Diccionario sea modificado en la entrada respectiva: la referida al pronombre Usted. Creo que es todo lo que, hasta ahora, puedo decir.*                                 

© Bernardo Rafael Álvarez

 


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*Lo que sí, definitivamente, corresponde a la tercera persona es el adjetivo posesivo "su", pero cuando es empleado en frases como esta, por ejemplo: «Te cuento: ayer vi a mi amigo Jorge que, contento, paseaba por el parque llevando a su hijito cogido de la mano». Y, naturalmente, también es un adjetivo posesiva de segunda persona: «Veo, señor profesor, que ahora usted ha venido sin su acostumbrado sombrero». Sin embargo, para los académicos de la RAE, hasta este adjetivo posesivo solo es «de tercera persona». 

sábado, 25 de diciembre de 2021

¿HAYA O NO HAYA, HAIGA SERÁ? (MI ALEGATO)

I

Fastidiado (tal vez disgustado) por el verbo "aperturar”, Fernando Lázaro Carreter, que fue Director de la Real Academia Española (RAE) de 1992 a 1998, alguna vez afirmó esto: “Aperturado el camino, nada impide que lecturar sustituya a leer, baraturar a abaratar y licenciaturarse a licenciarse”. Es evidente que su propósito fue simplemente ironizar respecto de aquello que le parecía impropio; sin embargo, lo que -obviamente sin querer- logró fue afirmar una verdad monda y lironda (es decir, no se equivocó). Efectivamente, no hay nada que impida que esas formas verbales –mencionadas por él, y que tal vez le parecían “monstruosas”- puedan en algún momento ser concebidas, lo cual no sería ilegítimo ni incorrecto. ¿Razones para oponerse? Ninguna. 

 

Lo del académico Lázaro Carreter fue, pues, solo una graciosa e inocua ironía. Lo hecho por otros, en torno a este verbo "indeseable", sí resultaba rudo, acre y hasta ponzoñoso. “Aperturar", para ellos fue siempre un disparate, un asqueroso barbarismo, algo ajeno al sentido común, aberración y monstruosidad, algo digno de ser condenado al fuego del infierno; tan intensa era la molestia que experimentaban que daba la impresión de que se sentían afectados como si se tratara de un asunto que les estuviera golpeando directamente, y parecía que lo asumían casi como un caso de necesaria protección al "honor familiar”. "¿El verbo 'aperturar'? ¡Maldita sea, hay que expatriarlo!", parecían exclamar, furiosos. 

 

Uno de los poquísimos empeñados en defenderlo -si es que no el único- fui yo; convencido de que las palabras no se dividen en buenas y malas, y que los hablantes y escribientes no somos súbditos de ninguna corona real, que en estas cosas hay o debe haber libertad. Es decir, yo echaba mano a algo sumamente elemental: el sentido común. 

 

Bueno, ha pasado el tiempo y ¿qué es lo que ha ocurrido finalmente? Contra viento y marea, e incluso contra sus propios escrúpulos, hace unos pocos días, la RAE (que también lo rechazaba) ha hecho -por justicia y digamos que por la voluntad general de los pueblos- lo que correspondía: incluir el, para muchos, antipático verbo en el Diccionario de la Lengua Española (DLE), concretamente en la actualización 23.5 que fue presentada el pasado jueves 16 de este mes (diciembre, 2021). “Aperturar” ya dejó, pues, de ser un verbo espurio. 

II

Pero, pregunto, ¿ha sido el único verbo durante mucho tiempo despreciado en nuestra extensa comarca hispanoparlante? No. No solo él ha sufrido en carne propia la rudeza del rechazo, el escarnio y hasta la ofensa, no solo él se ha hecho merecedor del "libelo de repudio". Hubo otros también, que aún siguen soportando los embates de lo que pareciera ser una suerte de "odio de clase": la "alta burguesía intelectual" contra el desarrapado "proletariado" lingüístico. 

 

Víctima es, también, esto que voy a mencionar: una de las formas verbales que no solo no es de existencia reciente -pues viene siendo empleada desde varios siglos atrás- sino que además, es usada por muchísima gente en diferentes países. (Respecto del Perú no lo sé exactamente, pero estoy seguro de que no son pocos; y, según un estudio de M. Johnson y S. Barnes, en México es empleada por el 35% de su población (Haya vs. Haiga: an análisis of the variation observed in mexican spanish using a mixed effects model, 2013). Ello no obstante, esta forma verbal, según la RAE (lo ha dicho en el Diccionario Panhispánico de Dudas y a través de otros medios) es ajena a la norma culta, o -peor aún- en palabras de doña Marthita, nuestra ilustre lingüista: es "absolutamente inaceptable”: incluso hay quienes la califican como "malsonante". Situación absurda e injusta, realmente. (Más adelante expondré mis razones).

 

¿Cuál es ese ya prácticamente condenado elemento verbal que usa el "vulgo” y que los "arios" de la lengua quisieran hacer que desaparezca? Es este: el modo subjuntivo del verbo haber, es decir, el HAIGA, acerca de lo cual tenemos lo siguiente. En respuesta a una consulta, hecha a través del Twitter, la RAE dio esta respuesta, en julio del 2019: “Formas como ‘haiga, vistes’ o 'naiden' no son válidas y se consideran sin duda ajenas a la norma culta”; y si revisamos el Diccionario Panhispánico de Dudas encontraremos que “hoy son ajenas a la norma culta las formas de presente de subjuntivo haiga, haigas, etc., en lugar de haya, hayas, etc.”.


Es cierto, el subjuntivo “haiga” (porque, efectivamente, lo es) no forma parte de la llamada norma culta o lengua culta (o uso culto). Quienes lo emplean, con absoluta naturalidad y sin estar preocupados por lo que pudieran decir los doctores (y acaso ser prohibidos por ellos), son, sobre todo, gente humilde, generalmente de pueblos o barrios pobres, aquellos que tal vez por razones económicas no pudieron acceder a niveles de estudio elevados; son las personas a las que el mundo ilustrado suele llamar analfabetos y son mirados despectivamente, por sobre el hombro, y hasta son objeto de burla. No son pocos, pero a pesar de ello, la aludida forma verbal que emplean cotidianamente sigue siendo rechazada no solo por la gente “culta” sino, especialmente, por la institución cuyo papel no es calificar la calidad de los vocablos y “avalarlos” o prohibirlos sino, únicamente -cuando llega a documentarse de que su uso es generalizado en determinada área geográfica del habla hispana- asimilarlos y eventualmente incorporarlos al Diccionario. Esta institución es la RAE. Es posible que alguien, tras revisar el repertorio lexicográfico oficial, diga que sí, que “haiga” sí está registrado allí. Empero, hay que precisar que esa entrada no corresponde al subjuntivo del verbo “haber” que es a lo que estoy refiriéndome en este trabajo. No lo es. Lo que aparece (y es dicho textualmente en el Diccionario) es un sustantivo referido a un “(a)utomóvil muy grande y ostentoso, normalmente de origen norteamericano”, pero –ojo- con estas particularidades: se trata de un sustantivo coloquial de poco uso en España (“coloq. Esp. P. us."), y que suele emplearse en sentido irónico ("U. m. en sent. irón."). “Sentido irónico”. ¿Por qué? Porque comenzó a ser empleado, y así continúa, para burlarse de las personas de “bajo nivel cultural” que alcanzaban un nivel económico bastante holgado que les permitía darse algunos lujos como, por ejemplo, adquirir un automóvil costoso y que cuando preguntaban por las características del vehículo que querían simplemente decían “el que haiga”: los nuevos ricos, pues, convertidos en objeto de chacota debido a su modo de hablar. Como se ve, fue una voluntad innoble y perversa la que generó el vocablo en referencia o la asignación de su nuevo significado. El uso de este sustantivo, como lo reconoce la RAE, y ya vimos, es minúsculo en la península ibérica y casi invisible; sin embargo, a diferencia del subjuntivo “haiga”, que sí es empleado por grandes sectores de hablantes en diversos países, lo que terminó siendo “oficializado” por la Academia es aquel sustantivo ya casi extinguido ("Sí es válido, aunque apenas se usa hoy...", dice -textualmente- en su portal lingüístico "Dudas rápidas"). Un desatino académico que es absurdo, injusto y reprobable, pues.


III

¿Merece ser validado, reconocido y, digamos, “rescatado” oficialmente el subjuntivo del verbo haber, en la forma “haiga”? ¿Es, como creen muchos –especialmente los académicos de la RAE-, una forma realmente incorrecta? ¿Existen argumentos que nos permitan revalorarlo y sustentar y amparar su defensa y vigencia?En los siguientes párrafos me ocuparé de esto: es decir, daré respuesta a estas interrogantes. 


IV

Veamos. ¿Cómo se forma el modo subjuntivo de los verbos? ¿Existe alguna regla precisa, estricta, obligatoria, inmovible? Que yo sepa no existe; no la conozco. Alguien podría decir, por ejemplo, que se da de este modo: Al verbo en infinitivo se le altera la desinencia, reemplazándola con “a”: de beber: beba; leer: lea; lamer: lama. Fácil, ¿no? ¿Y con el verbo “saber”, sería “saba”? Es “sepa”, porque se altera la raíz, como también ocurre con el verbo “morir” (“muera”), o “caber” (“quepa”). O sea, la cosa no solo es reemplazar la desinencia con “a” y, como veremos, tampoco solo alterando la raíz: valer: valga (y no “vala”); poner: ponga (no “pona”; crecer: crezca (no “creza”); hacer: haga (no haza)… 

 

¿Y qué hacemos con los verbos “caer” y “traer”? ¿Diríamos “caya”, para el primero; y para el segundo, “traya”? No. El subjuntivo de “caer” es “caiga” y el de traer es “traiga”. ¿Se trata de una formación gramaticalmente irregular? ¿Suena horrible escuchar “caiga” y “traiga”, son sonidos de mal gusto, acaso una barbaridad, y por ello debieran ser calificados como barbarismos? No, claro que no. ¿Y por qué, en cambio, sí es considerado un barbarismo, es repudiado y hasta calificado como "malsonante", el subjuntivo “haiga”, que se deriva del verbo “haber? ¿Acaso ha sido generado con infracción de alguna regla o norma lingüística? El subjuntivo del verbo “roer” es “roa” y también es “roya”, lo que, naturalmente, es correcto y válido; pero, ¡agárrate Catalina!, también es “roiga”. Ah, pero del verbo “haber” solo debe ser, solo tiene que ser (como un mandato ineludible) “haya” y no el “horrible” “haiga”. ¡Qué absurdo, caracho! Qué torpe la disposición virtualmente dictada (obviamente, de dictadura) por los pudorosos académicos y los aristocráticos “protectores” de la cultura (seguidores, en estas cosas, del poeta Eliot, que hablaba de la cultura como privativa de minorías). 

 

No hay, pues, una sola manera (regla o norma) que deba seguirse o acatarse para la formación de los subjuntivos; es obvio, creo yo, que como casi en todo lo de las lenguas lo que se impone es la arbitrariedad, por eso la diferencia de formas: vea, beba, sepa, muera, valga, crezca, ponga, haya, traiga, caiga… ¿Y por qué no el vilipendiado “haiga”? Claro, porque suena “feo”, dirán (y lo dicen, realmente), y porque, fonéticamente, no tiene punto de comparación con la melodiosa eufonía de “caiga” y “traiga”. Ocurría lo mismo con “aperturar”; “aculturar” ha sido, siempre, un verbo bienaventurado, como “estructurar” o “aventurar”, pero el sonido de “aperturar" podía, aparentemente, romperles el tímpano a muchos sensibles indignados.


"Haiga" -no debemos olvidar- es una forma que se usaba antes de que apareciese "haya". ¿Fue incorrecta, y ahora ha dejado de serlo? No. Solo son formas diferentes y ninguna es incorrecta, ninguna es mejor que la otra; lo que ocurre es que una de ellas es rechazada por los estratos culturalmente "nobles", en una palabra: es discriminada. Nada hay por lo que, lingüísticamente, deba ser puesta en entredicho y vetada.


 V

Aunque referida a otra cosa, al principio hice esta pregunta: ¿Razones para oponerse? Bueno, respecto del subjuntivo “haiga”, mi respuesta es la misma: ninguna, no hay ninguna razón para oponerse. Se trata de una forma usada por muchísima gente especialmente humilde, aquí y en otras latitudes, y desde hace muchísimo tiempo. ¿Debe prohibirse su uso? No. Al contrario: debe respetarse el uso que muchísimos le dan. Tienen todo el derecho a usarlo, y bien que lo siguen haciendo. La Academia debería, por su parte, considerarlo –es su obligación hacerlo- no como un error, ni menos como un barbarismo, sino como un subjuntivo válido y legítimo. Es uso popular. Repito, lo emplea especialmente la gente humilde, y no hace mal. Entiéndase: no porque el uso se dé en gente humilde la expresión se convierte en vil. Y, bueno, como sabemos, el uso manda, pues, y debe ser, insisto, respetado. Parafraseando a Lázaro Carreter diré, finalmente, que el camino está aperturado y no hay nada que impida la permanencia y revaloración del subjuntivo HAIGA.

© Bernardo Rafael Álvarez

 


viernes, 15 de octubre de 2021

¿CHIRISUYA, O CHIRIMÍA?

Chirisuya, ¿instrumento inca o morisco? Hay muchos que están convencidos de que este instrumento de viento, usado en distintos pueblos de los Andes peruanos y que, por su forma, es casi como un clarinete u oboe, tiene un origen prehispánico: que sería un instrumento musical inca. Según tengo entendido, debido a que es empleado no solo en festividades comunes y corrientes, sino también en eventos digamos místicos o religiosos, y tiene una significativa importancia en nuestras comunidades, llegó a ser declarado patrimonio cultural de la nación. Sin embargo, no es un instrumento auténticamente peruano. Vino de España, y quienes lo usaron en sus primeras épocas (y, en realidad, habrían sido sus creadores) fueron los descendientes de los musulmanes en la península ibérica, es decir, los moriscos. 

Su nombre original, que proviene del francés antiguo "chalemie" que, a su vez, se deriva del latín "calamus" (caña), es "chirimía". Y, entonces, ¿por que aquí se le llama "chirisuya? Bueno, para comenzar, debo decir que no hubo, de ninguna manera, el deseo de adaptar al quechua el nombre venido de Europa. Quiero decir, en otras palabras, que es absurda la pintoresca explicación que, por algún lugar, a alguien se le habría ocurrido darle a Julio Calvo Pérez, el lingüista y lexicógrafo español que elaboró el Diccionario de Peruanismos (publicado por la Academia Peruana de la Lengua, el año 2016), quien,  felizmente, parece que no tomó en serio tal cosa; esta es aquella explicación: que las primeras dos sílabas corresponderían al sustantivo -en la lengua andina- referido a "frío" ("chiri", en quechua), y que "suya" sería una alteración de "suyu", o sea "región geográfica".* No, eso no tiene pies ni cabeza: ¿qué diablos tendría que ver un concepto referido a bajas temperaturas y otro de carácter territorial con un instrumento de música? Obvio: nada. 

La única explicación razonable y válida es que el nombre "chirisuya" surgió del modo más simple, como suelen surgir los neologismos: debido a una travesura (el buen humor) de algunos de nuestros compatriotas, tal vez en algún lugar de nuestra serranía (pero, claro, no en épocas recientes, sino hace ya más de ciento cincuenta años). El nombre original -"chirimía- se transformó, convirtiéndose en "chirisuya"; sin duda, con el propósito juguetón de "darle la contra" a la denominación primera, jugando con las dos últimas sílabas como si estas tuvieran algo que ver con el posesivo (repito: una travesura), decidieron cambiar "mía" por "suya". 

Repito: la explicación presuntamente recibida por el estudioso español es absurda (y lo es de cabo a rabo). El sustantivo "Chirisuya" no tiene ninguna relación con la lengua quechua y menos con asuntos geográficos o de temperatura; nada hay que los familiarice.  

A propósito de esto, me viene a la memoria lo que, cuando niño, escuché en mi tierra, Pallasca. Un simpático profesor pallasquino -concretamente, de Tauca-  con buen sentido del humor, naturalmente, aseguraba que el aspecto particular del rostro de una persona (aquello que nos ayuda a su reconocimiento -cuando volvemos a verla después de mucho tiempo-: a recordarla al toque) debería ser nombrado teniendo en consideración lo siguiente: si se trata del rostro del hablante (la primera persona), decía, tiene que ser "fisonomía" (porque "no es de otro"); pero si es el rostro de una segunda o tercera persona,  lo que corresponde, "lógicamente", es decir "fisonosuya". ¿Ayuda esto a explicar el asunto? ¡Claro que sí, y es incontestable, caracho! 😀 

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez

 

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* Esto aparece dicho en el Diccionario etimológico de palabras del Perú (2014), de Julio Calvo Perez.

 


jueves, 14 de octubre de 2021

ME HOSPEDARÍA SOBRE TUS LABIOS / Mary Bell Díaz Castillo

 


Mary Bell Díaz Castillo, extraordinaria poeta colombiana, acostumbra (no siempre, naturalmente) a escribir poemas como una suerte de respuestas a los textos escritos por otros, y pone como advertencia esta frase: "Porque hay poetas que me inspiran". Es lo que ha hecho ahora. Ha escrito un poema como si se tratara (no lo es, en realidad) de una respuesta al pobre poemita mío titulado “Pregunta magenta” (que forma parte de mi poemario La divina hoguera). Y le agradezco.

 

 

Me hospedaría sobre tus labios

para encender la furia del pecado

y en la herida de tu sangre enrollaría el llanto de mi ombligo

como si anhelara la muerte entre el ungir de mil luciérnagas

y la fragancia de tus ojos mansos.

Mi boca

un testamento de palabras grabadas en tus dedos

anudarían el seminal aroma de un sol convertido en ave

quizás, trenzaría el sonido de un tambor con el aleluya que yace en el agua húmeda de los mares, no lo sé.

Siento la muerte en tu piel como campanada adolorida que orbita en el césped hirviente de mi ombligo

como latido de amaneceres derramados en la mitad de mi cuerpo

como el hambre destilada de tu aliento torturando un nido de arañas donde amanece el alarido de tus ojos.

Ámame

en la metamorfosis clandestina de las aguas

ámame en un pedazo de delirio

en un chorrito de hierbabuena

en el vértigo de un beso sin destino

ámame

alrededor de los días con tu boca llena de palabras

ámame hacia donde voy para tocar tu nombre

ámame para no olvidarme de la lluvia donde agoniza la sal y sus gemidos.

 

 

Mary Bell Díaz Castillo

(11-10-21)

 

 

 

 

El poemita mío:

 

         PREGUNTA MAGENTA

 


¿Si dejara la cordura tirada sobre la cama revuelta
 como una mochila abultada lista para la emergencia del fin del mundo

y desnudo de urbanidad y dolo

corriera hacia tu pecho

loco abismal

desenfrenado como bestia en campo abierto

con un alarido de tempestad hiriendo a las nubes

y

te amara

como en cataclismo soñado

sin merecer redención

pero sin culpa?"

 

                                            (Bernardo Rafael Álvarez)

 

 

 


martes, 7 de septiembre de 2021

¿SETIEMBRE O SEPTIEMBRE?

Claro, las dos formas son correctas. Sin embargo, a la pobre explicación que en El Comercio* aparece, hace falta sumar lo siguiente. Tal vez sea cierto lo que dicen -el Diccionario y el Fundéu-: que "el uso culto prefiere la forma septiembre" (sí, muchos la prefieren). 


Pero es conveniente saber de qué hablamos cuando de "uso culto" hablamos. "Uso culto" o "habla culta" no es sinónimo de "perfección" o de "mayor corrección" en el hablar, o cosa por el estilo. Aunque algunos digan otra cosa, lo cierto es que -refiriéndonos a nuestro idioma- cuando hablamos de uso o habla culta nos referimos tan solo al castellano usado cotidianamente por los hablantes que tienen, digamos, un nivel cultural o académico "elevado"; los profesionales, por ejemplo. Es decir, el concepto "habla culta" no tiene una connotación estricta o únicamente de carácter lingüístico sino, en cierto modo (permítanme esta licencia medio desubicada), "sociológica" (lo que se habla o cómo se habla en cierto sector de la sociedad, el sector con "mayor formación", los "leídos"). Una muestra: Así, como lo dije en anterior oportunidad, la forma "querramos" (del verbo "querer"), que es gramaticalmente incorrecta, no solo la usan los sectores "incultos" sino también, y con muchísima frecuencia, los otros; lo cual significa que también forma parte, pues, de la lengua culta; y lo digo con absoluta seguridad, aunque a los académicos se les "reviente" el hígado o me odien (esta última parte de mi frase es una broma, por si acaso). 


Ahora, pasemos a lo de "setiembre" o "septiembre". La nota de El Comercio dice que cuando llega el noveno mes del año a muchos les invade esta duda: ¿"setiembre" o "septiembre"? No sé dónde ocurrirá eso, porque en nuestro país, no pasa tal cosa. Aquí, a nadie le invade esa "duda" y nadie se preocupa en morderse los labios para decir "septiembre", pues todo el mundo pronuncia "setiembre"; en el caso de la escritura la cosa sí es distinta: unos escriben "setiembre" y otros "septiembre", sean o no personas "cultas". ¿Por qué ambas formas son correctas, y ninguna de las dos es "superior" a la otra? Veamos. 


El origen del nombre que designa al mes de la primavera -voy a decirlo, como siempre, de un modo sencillísimo- está en el número siete; es que antiguamente este era el mes número siete (septembris: mes número siete), porque entonces el año solo tenía diez meses y, aunque -después- con el calendario gregoriano pasó al noveno lugar, su nombre se mantuvo hasta ahora. Vale "septiembre" porque, como se ve, conserva los "rasgos" de su origen etimológico, del latín: septem es siete; pero vale, también "setiembre" por una razón similar (etimológica): la raíz "set" proviene de siete (y, como ven, no hay allí una "p"). Quien pronuncia o escribe "septiembre" solo se ajusta al aspecto etimológico más remoto, nada más: y no es "más correcto" lo que hace, solo es diferente. 


¿Alguien querría decir que solo debemos ajustarnos a la etimología latina? Si fuera así, tendríamos que comenzar con el nombre del que es conocido como un número natural, el siete, ¿verdad? Por qué digo esto: porque, si se tratara de eso, entonces tendríamos que llamarlo "siepte", en lugar de "siete" (porque en latín hay una "p"). Pero, claro, no lo vamos a hacer, pues lo que ha quedado férreamente establecido -y así lo entendemos- es "siete", y -otra cosa- sabemos muy bien que la etimología no cumple (voy a decirlo con una palabra medio "jurídica") un papel vinculante, no nos obliga; únicamente es una referencia "histórica" (que nos dice cuál fue el origen de una palabra), nada más. 


Bien. Decimos "setiembre", y nadie nos lo va a prohibir; y si decimos o escribimos "septiembre", igual. Y esto es lo que ha entendido la Academia, por ello es que las dos formas aparecen en el Diccionario: es lo que corresponde, pues. Sin embargo, no está demás una precisión: la forma más antiguamente registrada en un repertorio es "setiembre"; está en el diccionario de Nebrija, que es de 1495, mientras que la otra ("septiembre") recién aparece en 1739 (en el diccionario de la RAE). No existen, pues, razones para preocuparnos; todo anda bien en esto, felizmente. Repito: ambas formas, "setiembre" o "septiembre", son válidas. 

Bernardo Rafael Álvarez


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https://elcomercio.pe/respuestas/cual-es-la-forma-correcta-de-escribir-septiembre-o-setiembre-ortografia-rae-fundeu-revtli-noticia/

 

© Bernardo Rafael Álvarez


domingo, 5 de septiembre de 2021

ENTRE EL HIATO Y EL DIPTONGO: INSANIA, VESANIA, SOSIAS, ESTADIO

Estas palabras (insania, vesania, sosias, estadio), como muchas en nuestra lengua, tienen su origen en el latín. Insania viene de "insania" o -como aparece en el traductor Google- "insaniam" (locura, privación del juicio); vesania, de "vesania" (locura, desvarío, delirio, extravagancia); sosias (también "sosia"), proviene de "Sosias" (uno de los personajes de la comedia "Anfitrión", de Plauto), y se usa para nombrar a la “Persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella”, en otras palabras: nuestro “doble”.  Y, bueno, estadio tiene su origen más remoto en el griego "stádiom" del que surgió "stadium", en latín; era una medida de longitud y ahora son otros los significados que tiene: el nombre del "Recinto con grandes dimensiones con graderías para los espectadores, destinado a competiciones deportivas", y también es el "Período o fase de un proceso" (Diccionario de la Lengua Española, DLE). 

Muchos, en el Perú (creo que en otros países, también), suelen decir [insanía] y [vesanía], así, con la mayor fuerza de voz en la “i”, al final. Respecto del primer vocablo mencionado, el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPHD) dice que “debe evitarse la forma con hiato insanía, que se aparta de la acentuación etimológica”; respecto del otro término afirma lo siguiente: “Las dos vocales finales forman diptongo: [be - sá - nia]; es, pues, errónea la forma con hiato vesanía”. Es obvio que, según el DPHD (es decir, la RAE), lo inadmisible de acentuar la “i”, en estas dos palabras, se debe a que se estaría cometiendo una “infracción” al no respetarse la acentuación que tenían en su cuna de origen: Si en latín sonaban y suenan [in-sá-nia] y [ve-sá-nia], pues así deben sonar también en castellano, según la Acaddemia y lo otro ([in-sa-ní-a] y [ve-sa-ní-a]) es “incorrecto” e “inaceptable”, repito, según la RAE y su Diccionario Panhispánico de Dudas. 

Ahora veamos la tercera palabra en cuestión: “sosias”. Supe de ella, por primera vez, hace muchísimos años, cuando leí “Los hombres y las botellas” (primera edición, 1964) del gran narrador peruano Julio Ramón Ribeyro; la encontré en el bello cuento “Doblaje”, pero no aparecía tal como acabo de escribirla sino así: “sosías”, con tilde en la “i”. Bueno, pues, Ribeyro decía [so-sí-as], y muchos otros hacen lo mismo, y de esto -es obvio- está enterada la RAE; veamos lo que afirma en el DPHD: “Aunque la pronunciación etimológica es [sósia(s)], con diptongo entre las dos vocales contiguas, en algunos países de América del Sur se ha extendido la pronunciación con hiato sosía”. Es todo lo que expresa al respecto: nada de “incorrecto” ni menos de “inaceptable”; solo hace una referencia a lo que ocurre en la realidad, en el uso. 

¿Por qué, entonces, acerca de las otras palabras comentadas asume una actitud virtualmente censora, prácticamente prohibitiva? Presumo que se debe a esto: a que, probablemente, tiene información de que no son muchos los que dicen [in-sa-ní-a] y [ve-sa-ní-a] y que, en cambio, son muchísimos (en esta parte del Continente americano) los que dicen [so-sí-as], y –como es lo justo- no le queda sino reconocer lo que entre los hablantes se da, pues la Academia sabe que el uso (“árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua”, Horacio dixit) es el que manda, pues. 

Ahora, ¿podemos decir, o seguir diciendo, como ocurre con “sosías” (así, con hiato al final) “insanía y vesanía? Sí. Primero, porque es evidente que se trata de una pronunciación más agradable que aquella con diptongo en la última parte; segundo, porque no estamos obligados a conservar la acentuación u otros aspectos correspondientes a lo que es la etimología (no porque en latín o en otras lenguas sonaba o se escribía de tal manera, debemos, como una obligación, hacer lo mismo en castellano; eso no es ley lingüística, y no hay autoridad que tenga la facultad de disponer cómo es que debemos hablar); tercero, cuando determinado uso, en una lengua, se generaliza, se masifica, llega a imponerse y deja de ser “incorrecto” –si es que antes lo fue-, ya que termina legitimándose y en algún momento -tarde o temprano- terminará siendo incorporado al Diccionario.

¿Y en cuanto a “estadio”, nombre del “período o fase de un proceso”, y no el recinto deportivo? “Es errónea la acentuación estadío, a pesar de ser frecuente en textos médicos”, dice el DPHD. Bueno, creo que respecto de esto vale –por analogía- lo antes comentado acerca de las otras palabras. Con el tiempo y las aguas, la RAE cambiará de opinión; pero si ello no llegara a ocurrir, no tenemos por qué preocuparnos. Médicos, psicólogos y quienes más quieran seguir diciendo "estadío" (así, con tilde en la "i") -para referirise a un período o fase de un proceso, y no a la cancha de fúbol- háganlo, simplemente háganlo: no cometerán absolutamente ningún error. ¡Adelante! ¿Saben una cosa? En asuntos del idioma, nadie está sometido al Rey. 

                                             © Bernardo Rafael Álvarez