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lunes, 7 de febrero de 2022

MELÉNDEZ GONZALES (NO GONZALES MELÉNDEZ). EL CURA PALLASQUINO QUE REUNIÓ VOCABLOS DE LA LENGUA CULLE

Sin duda, lo que en las siguientes líneas se dice va a sorprender a muchos, en especial a los estudiosos de las lenguas andinas. En el texto que aquí presento vuelvo a dar a conocer públicamente (antes lo hice en mi Diccionario Pallasquino*), pero ahora con pruebas, lo que yo ya había sabido cuando aún tenía quince años de edad: un dato que altera la información que lingüistas y otros estudiosos han venido manejando durante décadas, acerca de uno de los personajes que contribuyó al conocimiento de una de las antiguas lenguas que se hablaban en la sierra norte del Perú, el culli o culle.

                                                             ***

 

Teodoro Meléndez Gonzales. ¿Saben quién fue? Fue un sacerdote pallasquino que aportó con la recopilación de un importante número de voces de la lengua culli (o culle), que se hablaba desde Pallasca hasta Cajabamba, y que hoy es estudiada por muchos investigadores. Meléndez envió una relación de diecinueve vocablos, en 1915, al sabio ancashino Santiago Antúnez de Mayolo, quien, veinte años después, la hizo llegar al estudioso francés Paul Rivet que escribió, en 1949, el artículo «Les langues de l’ancien diocèse de Trujillo» («Los idiomas de la antigua diocesis de Trujillo»), publicado en la revista Journal de la Société des Américanistes de Paris, en que -al hacer referencia a lo enviado por el ancashino- dijo: «Según el autor de esta nota, el vocabulario de 19 palabras, que tuvo la gentileza de comunicarme, fue recogido por un sacerdote de Pallasca, el Dr. GONZALES, hacia 1915, de boca de un anciano, y, en esa época, el idioma ya estaba en vías de desaparición». 

«El Dr. Gonzales». ¿Por qué fue así como lo llamó el etnólogo francés? Por una confusión generada por el mismo religioso pallasquino respecto de su nombre, lo que dio lugar a que fuese conocido, hasta ahora, por todos los estudiosos de las lenguas andinas, como «Teodoro Gonzales»: así lo nombraban y así continúan nombrándolo en todos los foros académicos y en los trabajos elaborados en torno a la lengua culle. Creo que soy el único que al aludirlo nunca ha hecho tal cosa. En la página 96 (nota al pie) de mi Diccionario Pallasquino (publicado en la Web desde el 2008, y editado en físico el año 2019), digo -categóricamente y para que no haya lugar a dudas- lo que sigue: «el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales (así es como se llamó realmente, y no "Teodoro Gonzales")»; esto, porque a mi abuela Alejandrina Brun Gonzales -que conoció al sacerdote, pues eran parientes cercanos- oí que se refería a él como «el cura Meléndez», en una ocasión en que ella, el maestro Rafa -mi padre- y mi tío Jesús (el menor y el mayor de sus hijos varones, respectivamente), conversaban respecto de un tema que entonces (cuando yo tenía quince años) era de interés de muchos pobladores en mi distrito: la división (que no prosperó) de la provincia, y -entre otras cosas- en aquella conversación también comentaron de cómo fue que Cabana llegó a convertirse en la capital.

¿Por qué -repito- todo el mundo decía y dice «Teodoro Gonzales» y no Teodoro Meléndez? ¿Por qué se dio esa confusión? Por algo que es obvio, y ya casi lo he insinuado: porque el sacerdote (que también fue diputado: desde 1889 hasta 1894) hacía esto que también acostumbraba hacer el autor de «Pájinas libres» y «Horas de lucha»: firmaba poniendo, de su primer apellido, solo la letra inicial: Teodoro M. Gonzales (el escritor peruano firmaba así: Manuel G. Prada). A esto se debió, pues, el malentendido ocasionado, digamos, adrede: el cura, obviamente, quería esconder su apellido paterno por alguna razón que ignoro y sobre la cual no quisiera especular porque creo que no viene al caso.  

Pero, bueno, según testimonio absolutamente confiable (y que ha servido como sustento para la información que aparece en la Web respecto de los congresistas peruanos, desde comienzos de la República), en los archivos del Poder Legislativo aparece registrado el nombre del religioso pallasquino (que, repito, también fue diputado) tal como realmente era: Teodoro Meléndez Gonzales. Este es un dato cierto e indiscutible.

Les cuento. Para el año 2020 yo tenía previsto viajar a Pallasca, con el objeto de -entre otras cosas- lograr la corroboración definitiva y, así, demostrar ante los ojos de los demás (con documentos parroquiales, naturalmente) que la información específica que manejaban nuestros lingüistas, sobre el nombre del sacerdote, era equivocada: mi propósito lamentablemente tuvo que descartarse debido a la pandemia. Hace unas tres semanas, un pariente mío me comentó que era muy posible que en la pila bautismal de la Iglesia de Pallasca apareciese grabado el nombre completo del religioso, que fue quien la donó, y me sugirió que pidiese a alguien en Pallasca que verificara tal cosa; es lo que hice: una amiga que reside en mi tierra se encargó de la constatación correspondiente y me envió fotografías demostrativas: el resultado fue infructuoso. Sin embargo, ¡oh, sorpresa!, las pruebas que quise encontrar, inesperadamente y como algo «caído del cielo», me llegaron hoy día por otro medio. Con ello, en primer lugar, me he enterado de que el cura Teodoro Meléndez había sido padre de al menos dos varones; y, en segundo lugar, he podido advertir que el matrimonio de uno de ellos -llamado José- fue inscrito, por mandato judicial, en el Concejo Distrital de Conchucos en 1948, y que en la respectiva partida o «acta de matrimonio civil» fue consignado, como corresponde, el nombre de su progenitor («ya finado», dice el documento): Teodoro Meléndez Gonzales, ¡el cura! Esta partida de matrimonio es la prueba a la que acabo de aludir, y lo que tengo en mis manos es una copia de ella, gracias a la desinteresada gentileza y amabilidad del profesor Miguel Cavero (que, obviamente, la obtuvo a través del internet), y a quien expreso, emocionado, mi profunda gratitud. Como ven, no hay nada de invención en lo dicho por mí (por lo demás, la veracidad de ese matrimonio -de José Meléndez con María Berenice Magán- me la ha confirmado mi amigo Alfonso Ragas, que es de Conchucos). 

Lo que a todo esto debo agregar, finalmente, es que el cabanista Josué F. Vivar, en su libro «Monografía de Pallasca», publicado en 1930, al referirse a la elevación de Cabana a la categoría de capital de la provincia de Pallasca, hace la justa mención, en la página 8, al diputado que fue el gestor de tal cosa (el autor de la propuesta parlamentaria); ¿saben quién fue ese diputado?, pues aquel del que estoy hablando: el religioso nacido en Pallasca que, «de boca de un anciano», logró recoger un conjunto de vocablos de la lengua culle. No es, debo repetirlo una vez más, «Teodoro Gonzales», sino –como lógicamente también aparece en el aludido libro- Teodoro Meléndez Gonzales. Este es el nombre correcto del religioso en cuestión, el que, en algún pueblo de nuestra provincia (Cabana, Tauca o Bolognesi), vuelvo a decirlo, recogió vocablos de la lengua culle, entre los cuales tenemos los siguientes: chu (cabeza), huico (comer), uro (cuello), maiko (manta), uru (hombre), guru (palo), korep (perro), mai (pie), vil (sandalia), muntua (sombrero), vana (pan), piu (lluvia), pishoe (leña). 

Palabras estas del culle, que fue la lengua que se hablaba en la sierra norte de nuestro país desde antes de la llegada de incas y españoles a esta región (posiblemente desde el siglo V antes de Cristo), y que hoy ya nadie habla y de ella solo han quedado vocablos, especialmente topónimos, desperdigados en distintos pueblos (en Pallasca, por ejemplo -entre otros- los topónimos ConshyamMushyuquinoColgázacape y los vocablos comunes chúrgapemuganshyacungul, etc.). La última cullehablante (allá por las décadas de 1940), según don Alipio Villavicencio, habría sido una señora que era conocida como “la viejita Ishpe” (aunque, según información que Henri Reichlen –entonces en misión por el norte peruano- le dio a Paul Rivet, habría habido más personas que aún se comunicaban en aquella lengua: pero, claro, esto no hay cómo probarlo). Hoy, el culle se ha convertido en un objeto muy importante de estudio y discusión por parte de lingüistas y antropólogos: un gran número de tesis se han elaborado en distintas universidades, y sigue sorprendiéndonos. Sus más importantes estudiosos son, sin ninguna duda: Willen F. H. Adelaar (En pos de la legua culle); Alfredo Torero (Áreas toponímicas e idiomas en la sierra norte peruana: un trabajo de recuperación lingüística); Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); Luis Andrade Ciudad (Pallasca, último reducto de la lengua culle): Gustavo Solís Fonseca (La lengua culle revisitada): Íbico Rojas (Tahuashando, enigma culle en la poesía de Vallejo); Rodolfo Cerrón Palomino (Sobre el falso enigma Vallejiano de 'Tahuashando'); María del Carmen Cuba Manrique (El préstamo léxico y su adaptación en el castellano de la sierra norte del Perú: Un fenómeno lingüístico y cultural); Manuel Flores Reyna (Evidencias de la lengua culle en Sinsicap)… Y los primeros que recogieron voces de esta lengua ahora ya extinguida, fueron el obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez Compañón y el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales.

                                                                                                                              © Bernardo Rafael Álvarez

 

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El habla del ConshyaminoDiccionario del castellano de Pallasca. 2008.

lunes, 26 de abril de 2021

LA LENGUA CULLI (O CULLE): Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam, munshyo, cashyul, muganshya, etc. (Mi propuesta).

Mi propuesta respecto de un sonido muy particular en la lengua culli (en palabras como estas: Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam (nombres de lugares); munshuyo (ombligo), cashyul (el choclo tostado), muganshya (tizón incandescente pero sin flama y, también, luz tenue).[1] 


En la nota introductoria de mi Diccionario Pallasquino puse lo siguiente: «Expresiones propias de esa lengua ya extinguida (el culli, cuyo último reducto fue precisamente Pallasca, como lo reconoció el estudioso francés Paul Rivet) son Chúrgape (el grillo) y estas otras, acerca de las cuales, creo que nadie ha puesto mucha atención: Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam (nombres de lugares), munshyo (ombligo), cashyul (el choclo tostado), muganshya (tizón incandescente pero sin flama y, también, luz tenue). En el listado de vocablos culli y toponímicos que Alfredo Torero inserta en su libro Idiomas de los Andes no incluye ninguna de estas expresiones, tampoco aparecen en la lista que hizo don Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); y es extraño que estas voces no hayan sido recogidas por el obispo de Trujillo Martínez Compañón ni por el presbítero pallasquino Meléndez Gonzales. Y a mí me parecen muy interesantes y valiosas no solo por lo bellas que son sino porque ponen de manifiesto un sonido que no encontramos ni en el quechua ni en el español, y yo me atrevería a calificar como emblemático en la lengua culli; me refiero al fonema (consonante africada postalveolar sonora, en inglés, y también en culli) que yo he graficado (pues me parece lo más aproximado) uniendo el dígrafo “sh” con “y”, considerando que esta última letra representa un fonema consonántico palatal sonoro cuando no está aislada o se encuentra ubicada al final de palabra precedida de vocal; el sonido al que me refiero podemos encontrarlo, por ejemplo, en las voces inglesas “jam” (mermelada), “jean” (vaquero), “jew” (judío), y que en el Alfabeto Fonético Internacional (AFI) se representa con la grafía [ʤ]».

Este sonido –repito- he tratado de representarlo uniendo el dígrafo «sh» con la letra «y» (que, según el DLE, es la “Vigesimosexta letra del abecedario español, que representa, cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal, el fonema vocálico cerrado anterior y, en las demás posiciones, el fonema consonántico palatal sonoro”). ¿Por qué lo hago? En castellano no existe palabra en que después de una consonante vaya la «y», y se la pronuncie como «i» («i latina»); eso ocurre solo “cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal” (aislada, como conjunción: Juan y Pedro; al final de palabra precedida de una vocal: muy, voy, ley). Entonces, por estar frente a palabras que no son de origen español, sino culle, me pareció lo más conveniente hacer esta unión: «shy», en que la «y» no suena ni tiene que sonar como «i» («i latina», quiero decir), pues lo que sigue es una vocal («Conshyam«, por ejemplo), lo que hace que su sonido se convierta en “consonántico palatal sonoro” («Consh/yam», y no «Conshi/am»). Repito, no es, naturalmente, la representación exacta del sonido culli, que -haciendo uso del Alfabeto Fonético Internacional (AFI)- sería [ʤ],  pero si es la más aproximada, usando las grafías del alfabeto común).

A las palabras que he puesto especial atención en un acápite anterior, por su componente fonético muy particular,  debo sumar los siguientes, por ser igualmente valiosos; se emplean en el distrito de Huandoval, según he podido documentarme en un libro publicado por la lingüista sanmarquina María del Carmen Cuba, titulado precisamente «Vocabulario de Huandoval»: conshyo (color blanco salpicado por manchas rojas o a la inversa); chamshyo (gusano blanco con cabeza roja, cuyo alimento es la papa aún no cosechada); chinshyo (también conocido como chincho que es más o menos parecido al huacatay); cuyam, o cushyam, que es, obviamente, solo una variación del ya mencionado conshyam (tierra húmeda o pantanosa) y cushyul, expresión que en Pallasca se ha «castellanizado» como «currulla» (es una suerte de coerción festiva con la que se le saca a alguien de su casa para que brinde su colaboración en un trabajo).

·       Paranshyam, y no Paranyam, Parandyam o Parangam;

· Mushyuquino, y no Muyuquino, Mudyuquino o Muguquino;

· Conshyam, y no Conyam, Condyam o Congam;

·         Munshyo, y no munyo, mundyo,  o mungo;

·         Cashyul,  y no cayul, cadyul o cagul;

·   Muganshya, y no munganya, mugandya o muganga. 

Y, claro, no sería razonable intercalar, dentro de una misma palabra culli, símbolos del alfabeto fonético con letras del alfabeto común, como esto, por ejemplo: “Conʤam”)

© Bernardo Rafal Álvarez



[1] Propuesta proveniente de mi Diccionario Pallasquino, 2008.