martes, 19 de febrero de 2019

APOLOGÍA DEL REGGAETTON (mi comentario impopular, como casi siempre)


Esto que aquí comienzo a escribir, tal vez no sea apto para aspirantes a la santidad. Pero –aun pidiendo las disculpas del caso, anticipadamente: como parche antes de la herida– tengo que decir, de frente y sin anestesia, ¡no a la mojigatería en pleno siglo XXI! 

Es que lo que voy a afirmar seguidamente tal vez les parezca una apostasía y, por ello, puede que quieran recomendar que se me excomulgue. ¿Saben una cosa? El reggaeton es arte, señores. Aunque parezca –o, de hecho, sea– grotesco –ya en la forma de bailarlo, ya en muchas de sus letras insinuantes o directamente sexistas o machistas, incluso en lo desaforadamente ofensivo de sus propósitos– el reggaeton es y no dejará de ser arte. 

Explico. No toda manifestación artística tiene que ser agradable para todos. En música, no todo tiene que ser villancicos, poemas sinfónicos, valses vieneses o "estas son las mañanitas", o solo el estremecedor Carmina Burana de Carl Orff; como en pintura, no todo tiene que girar alrededor de La Mona Lisa o La Ultima Cena (de Leonardo, o La procesión de la papa (de Gerardo Chávez); ni en poesía debemos mandar al tacho los poemas desvergonzados de Cátulo o de Bukowski, o los Documentos Secretos de Sodoma, de Jorge Espinoza Sánchez (que no son precisamente églogas o madrigales ni sonetos a la rosa),  ni quedarnos solo con "las oscuras golondrinas" de Bécquer o el Poema 20 de Neruda, o las Cartas secuestradas de Gonzalo Rose. 

Estética –sépase– no es la apología de "lo lindo o bonito"; la estética nos permite o nos da, digamos, lo que podríamos llamar (permítaseme esta licencia, por favor) las "herramientas conceptuales" para poder valorar lo que es bello, elegante o sublime, pero también lo feo (es decir, lo que se percibe por los sentidos); no nos propone ni menos nos impone exigencias para asumir que bello es únicamente lo que no nos desagrada (en otras palabras, no conduce nuestros gustos): si no me gusta, por ejemplo, El vuelo del Moscardón, de Rimski-Kórsakov, pues no me gusta y punto, por más explicaciones que quisieran darme; ya lo dice el dicho: respecto de gustos y colores no han escrito los autores (ah, pero, por si acaso, a mí me encanta "El vuelo del moscardón"). Y, otra cosa, el arte no es un manual de urbanidad y buenas costumbres o de etiqueta social; y en esto nada tienen que ver lo "ético" o lo "moral". 

Hay arte bello, feo, sublime, elegante: el que nos puede sumir en el llanto, en la profunda meditación, puede enardecer nuestro ánimo, soliviantarnos, darnos paz, hacernos exclamar "¡Qué lindo!", dejarnos estupefactos, resultarnos deplorable y hasta emético (o sea, lo que da asco: vomitivo), incluso puede excitarnos sexualmente y hacernos pensar que estamos ante algo inmoral; sin embargo, no porque pudiera ocurrir eso, el arte dejará de ser arte. Y, naturalmente, lo aquí dicho vale, también, para la poesía: en ella no todo es ni tiene que ser solo “nobleza” o "excelsitud".[1] 

Pregunto: ¿Las pinturas de arte abstracto, gustan a todo el mundo? Hay quienes creen que solo son manchas sin sentido ni significado, que son disparates. ¿Acaso por eso dejan de ser obras de arte? Ah, y las "malas palabras" no están ni tienen que estar vetadas en poesía, tampoco la sensualidad ni la insinuación sexual. Que hay arte grotesco, sí, lo hay; pero si usted no está dispuesto a escucharlo, verlo o bailarlo, es fácil: simplemente no lo haga, pues. Como en cosas de la televisión, en arte también podemos manejar el control (remoto, o cercano): tenemos la capacidad y el derecho de elegir. 

Siguiendo al Diccionario, para que la cosa resulte menos tediosa (y porque, además –ustedes ya lo saben–, yo no estoy para meter en mi escritura tecnicismos de "intelectuales" ni enrevesadas expresiones "cultas": yo escribo como hablo, y punto), diré que toda "manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros", es arte; y lo es, más aún, cuando genera efectos –cualesquiera que sean– en una o varias personas: gozo y placer, emoción que puede llevar al llanto, dar paz, ser estímulo para la meditación, sublevar el ánimo, asombrarnos o dejarnos perplejos, ennoblecer el espíritu, darnos rabia, asco, solo divertirnos, etc. (Incluso -aunque a algunos se les revuelva la bilis- debo decir que en muchas películas pornográficas también hay arte). 

Ah, otra cosa. Tengo que decirlo, también, sabiendo que puedo ganar el infierno por ello. El por muchos maldecido reggaeton (o, ya castellanizado: reguetón) también es literatura, como lo es (no estoy haciendo comparaciones en cuanto a calidad, por si acaso) un canto de la nueva trova, un bolero, un himno patrio o religioso, un yaraví, un chimaychi, etc. ¿Saben por qué? Porque no solo son música: por su letra que, ya lo sabemos, busca generar efectos estéticos.

¿Una obra de arte merece o debe merecer la aceptación consensual de todos? Ojalá fuera así, pero no siempre lo es. También es válida la existencia de detractores y, aunque no lo crean, incluso de asquientos.  

En arte, la libertad está por encima de todo, señores. Es, sobre todo, un rechazo a la sumisión. El arte y la poesía no son el brazo armado de la moralina, sino la expresión "impura" de la libertad. ¡No al "uniforme único"! (al menos en cuestiones de arte y de poesía). 

De lo que se trata, como decían los Saicos, es de "¡demoler, demoler, demoler...!". Demoler las prohibiciones y las inhibiciones. Que ningún gobierno o autoridad quiera administrar el placer ni la alegría de la gente, y tampoco la imaginación creadora. (Lo que acaba de ocurrir en Cuba, por ejemplo, es completamente reprobable, torpe y vomitivo: han prohibido el reggaeton; bueno, aparentemente, allí impera el reino de las prohibiciones y la real decadencia: la asquerosa administración de la libertad y los placeres). El arte es y tiene que ser libre; y la gente también debe ser libre para elegir lo que le guste. ¡Abajo la censura! Usted, solo usted es quien debe decidir en gustos y colores: ¿Le gusta el reggaeton? Apláudalo sin remordimiento, si lo desea; pero si no le gusta, ódielo con pasión y rabia si quiere, hable pestes de él y de sus intérpretes: nadie se lo va a prohibir. Repito, ninguna manifestación artística tiene que gustar a todos. Pero, de que el reggaeton es arte, no lo dude: lo es de cabo a rabo, aunque haya intelectuales probablemente "arios" que digan lo contrario.[2] Entre otras cosas, estoy convencido –sin un mínimo de duda– que la aparición del reggaetón ha servido para demostrar que el arte -repito y lo repetiré siempre- es, sobre todo, expresión plena de libertad en la creación artística y que en el arte todo vale (claro, mientras no haga daño a nadie).

                                               © Bernardo Rafael Álvarez 

 

 



[1] Y esto no es nada nuevo. ¿Recuerdan Carmina XVI, el famoso poema de Gayo Valerio Cátulo? Fue escrito hace veintidós siglos y comienza con estos versos: Paedicabo ego vos et irrumabo / Aureli pathice et cinaede Furi, / qui me ex versiculis meis putastis, / quod sunt molliculi, parum pudicum. (Tradúzcanlos y verán).

 [2] Les propongo algo que puede serle muy útil: el "método" del descarte, para comprobar si el, por muchos repudiado, género aparecido en Puerto Rico es o no es arte. Solo pregúntense: si no es arte, ¿qué cosa es?, ¿es ciencia, filosofía, gramática, agricultura, astronomía? ¡Es arte, pues!

sábado, 16 de febrero de 2019

UN ANCASHINO CON MENTE UNIVERSAL*

Breve semblanza del Historiador, Maestro y Diplomático Félix Álvarez Brun


Hace unos años escribí que Pallasca, es “un pueblito de la sierra ancashina, bello, saludable y acogedor, por sus paisajes infinitos, por su clima y por el calor imantado de su gente, que es capaz de atraer al más distante de los humanos, convirtiéndolo en huésped perpetuo de su corazón”, y agregué que, “no obstante sus ostensibles bondades, sufre la relativa escasez del líquido elemento”, razón por la cual “desde muchos años atrás, socarronamente se les asignó a sus pobladores el mote de ‘chupabarros’ que, más que como ironía agraviante, ha sido asimilada, con espíritu alegre, como un estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia adelante con optimismo y dignidad”.[1]


Bueno, aunque quizás pueda parecer medio grotesco, tengo que decirlo: voy a hablar, precisamente, de un “chupabarro”, es decir, de un pallasquino: un intelectual que es considerado por la prestigiosa Enciclopedia Lexus, como uno de los “grandes forjadores del Perú”.


Nuestro personaje (al que acabo de aludir, con lo que es casi un “gentilicio” para nosotros) nació en la ciudad de Pallasca. Hijo (el penúltimo de los varones) de don Manuel Jesús y doña Alejandrina. Sus estudios primarios los cursó en la Escuela 293, a cuyos profesores siempre recuerda con cariño: Alonso Paredes, Miguel Elías Villavicencio y Víctor Arnoldo Ramos. Aún púber y “primarioso”, puso de manifiesto su inteligencia e inclinación por los estudios aunque, como él mismo llegó a reconocer, fue tal vez el más inquieto y distraído de los alumnos, y por ello –en más de una ocasión- uno de los docentes mencionados -en los primeros años de primaria-, como castigo cuando no acertaba en alguna respuesta, le “cogía la pelambre de la sien –pues le gustaba shipir-”[2] y lo empujaba violentamente contra la pizarra, mientras decía a los demás estudiantes: “Este es el más torpe de la clase”. Sin embargo, y por justificadas razones, este jovenzuelo capaz de sacar “canas verdes” a sus maestros fue invitado a impartir durante una corta temporada, lecciones relacionadas con astronomía en la escuela de mujeres de la localidad. Su vocación docente, pues, ya comenzaba a ponerse de manifiesto tempranamente.


La educación secundaria la inició y continuó, hasta el cuarto año, en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo, culminándola en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe de Lima. En esta etapa, su interés por la cultura, venido desde la niñez gracias a que fue contagiado por su padre –lector cotidiano e impenitente-, iba acrecentándose

 

Al empezar la década de 1940, ingresa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y sigue estudios en la Facultad de Letras, convirtiéndose en uno de los más conspicuos discípulos de eminentes catedráticos e intelectuales de la talla de Julio C. Tello (el padre de la arqueología peruana), Luis E. Valcárcel, Mariano Iberico, Jorge Basadre y Raúl Porras Barrenechea, historiador, maestro y diplomático de sobresaliente relevancia   quien, con la perspicacia que le era inherente pudo reconocer en su alumno las excepcionales cualidades y los méritos por los cuales la Universidad de San Marcos lo convirtió en auxiliar de la cátedra de Historia del Perú -Conquista y Colonia- que dictaba el prestigioso maestro. Poco tiempo después, la Cancillería lo incorporó como Ayudante en la Dirección de Asuntos Culturales. Para entonces, ya se había matriculado en la Facultad de Derecho


Unos años después, en 1948, el maestro Porras es designado por el Presidente José Luis Bustamante y Rivero, para presidir la Embajada del Perú en España, y su delegación, integrada, entre otros, por Manuel Mujica Gallo y Guillermo Lohmann Villena, también contó con la presencia del destacado estudiante pallasquino de Letras y de Derecho, que viajó en la condición de Tercer Secretario del Servicio Diplomático. Esta misión duró poco: todos sus miembros solicitaron su pase a disponibilidad, o se retiraron, como protesta por el agravio a los símbolos patrios en el Consulado de Valencia y la pusilánime e indecorosa actitud del gobernante peruano (Manuel Odría) que hacía poco había asumido el poder tras derrocar al Mandatario democráticamente elegido. Es decir, la decisión de dar término a la misión diplomática y emprender el retorno, se hizo –como no podía ser de otro modo- en olor de patriotismo y dignidad.  


Su corta permanencia en España, sin embargo, le permitió al joven intelectual pallasquino vivir dos experiencias valiosísimas: escuchar, con provecho superlativo, las lecciones que el más egregio filósofo español, José Ortega y Gasset, dictaba en el Instituto de Humanidades de Madrid; y, codo   a codo con el doctor Porras, desempolvar legajos, de difícil lectura -que pudieran haber sucumbido víctimas del tiempo, la humedad, las polillas y los roedores-, desentrañando, gracias a su destreza en la tarea heurística y paleográfica, invalorables informaciones de primera mano acerca de la vida del Inca Garcilaso de la Vega en Montilla, ciudad que cobijó, anónimamente, al autor de Los Comentarios Reales  durante treinta años.


Tras su regreso a la Patria se graduó en Historia y posteriormente en Derecho, obteniendo en ambos campos el doctorado respectivo. Ya dictaba cátedra en San Marcos y, desde cerca de diez años atrás, clases de Historia en el Colegio Nacional Alfonso Ugarte; y, después, en la Pontificia Universidad Católica del Perú, el curso de Historia del Derecho Peruano.


La Historia, disciplina a la que se dedicó con entusiasmo y acendrado cariño, comenzaba ya a dar sus frutos y reconocimientos. En 1955 se hizo merecedor del Premio Nacional Inca Garcilaso de la Vega, por la biografía de José Eusebio de Llano Zapata y, luego, por su trabajo titulado La Ilustración, los Jesuitas y la Independencia Americana, fue galardonado en el Premio Javier Prado con  publicación de la obra por el Ministerio de Educación. En mérito al valor de su desempeño intelectual, llegó a ser incorporado como miembro de número de la Academia Nacional de Historia y de la Sociedad Peruana de Historia, y fue elegido Presidente del Instituto Raúl Porras Barrenechea, Centro de Altos Estudios e Investigaciones Peruanas de la Universidad de San Marcos, entre otras Instituciones e importantes Comisiones como la Comisión Nacional del V Centenario del Descubrimiento de América y la Presidencia de la Comisión Nacional del Centenario  de Víctor Andrés Belaúnde. Gracias a las denodadas gestiones que llevó adelante como Presidente de la Comisión Peruana de Alto Nivel para el Patrimonio del Mundo, pudo lograr que la UNESCO reconozca como patrimonio mundial a Chavín de Huántar, al Parque Nacional del Huascarán y  a otros monumentos y santuarios que son riqueza inalienable e irrepetible de nuestro país. 


Como diplomático, fue condecorado con la Orden del Sol del Perú, Orden San Carlos de Colombia, Orden Vasco Núñez de Balboa de Panamá, Caballero de Madara de Bulgaria y La Gran Cruz de Plata de Austria, habiendo cumplido a cabalidad y con prestancia las representaciones como Delegado Alterno ante la UNESCO y Embajador ante Panamá y Bulgaria, y dirigido la Academia Diplomática del Perú.  


Por su destacada trayectoria docente, fue distinguido  como profesor emérito de la Universidad Decana de América y reconocido por el Estado peruano con las Palmas Magisteriales, en el grado de Amauta.


A toda esta apretada e incompleta reseña de la trayectoria de nuestro ilustre paisano, hay que sumar el hecho de que a él se debe más de una veintena de obras bibliográficas, de las cuales probablemente la más importantes sean estas nueve: Vida y Obra de José Eusebio de Llano Zapata (1955), La Ilustración, los Jesuitas y la Independencia Americana (1957), Ancash Histórico (1958), Apuntes sobre Carrió de la Vandera, autor del Lazarillo de Ciegos Caminantes (Toulouse, Francia, 1965), ANCASH, una historia regional peruana (1970), Visión Integral del Perú: Raúl Porras en Costa Rica (1986), Sierra de mi Perú (1988), Raúl Porras Barrenechea, diplomático e internacionalista (1996) y el enjundioso estudio que como prólogo precede a El Legado Quechua (2000) del maestro Porras. De estas, merece ser destacado, por lo valioso para nosotros los ancashinos, ANCASH, una historia regional peruana    que es -estoy convencido- el trabajo más riguroso, integral y bello que se haya escrito sobre nuestro fértil pasado y el más valioso aporte y legado del que debemos enorgullecernos.


Aunque impreso en enero (en la imprenta de don Pablo L. Villanueva), este libro (del que solo voy a reseñar unos cuantos tópicos) salió recién a la luz en el mes de junio de 1970, y es la coronación del trabajo iniciado en 1958 con la publicación de una antología de ensayos arqueológicos e históricos -hecha a pedido de Carlos Eduardo Zavaleta- en el pequeño volumen titulado Ancash histórico, de la colección Libros para Ancash.


En Ancash, una historia regional peruana nos dice y demuestra que nuestro departamento “ha seguido una línea indeclinable en favor de la libertad, de los derechos cívicos y de la justicia” y que en todo momento ha estado dispuesto a hacer “frente a toda dominación extraña a la región o al país”, y que siempre ha protestado y se ha puesto rebelde frente a los abusos del poder y de la fuerza. Un departamento, su gente, con dignidad, pues.

 

Comienza hablando de Chavín, y afirma que “en Ancash aflora por primera vez la simiente de nuestra nacionalidad, grabada en las imágenes idealizadas de seres mitológicos –felinos, cóndores y serpientes- y en un inicial asomo de conciencia religiosa inspirada en el amor de lo telúrico y en el temor de lo sobrenatural”.


Nos habla, también, con justo orgullo, del extraordinario arte lítico de cultura Pallasca puesto de manifiesto especialmente en el trabajo escultórico: “Los rasgos humanos –nos dice-, en manos de los escultores pallasquinos, adquieren una impresionante grandeza expresiva”. “Los sentimientos de severidad y nobleza –agrega- son fijados mediante líneas simples magníficamente trazadas y talladas”. Esto, concluye, “revela, por consiguiente, una cultura superior entre los pueblos de la época precolombina”. Por otra parte, expone, pulcra y minuciosamente, la tesis según la cual Andamarca, el pueblo “que hoy se considera perdido no es otro que el de Pallasca”, cercano al Tablachaca, río en cuyas inmediaciones –según el viajero Charles Wiener- fue ejecutado Huáscar, el ultimo inca legítimo del Imperio Incaico.


Como sabemos, Pallasca es la única provincia de la sierra ancashina donde no se habla el quechua. Nuestro autor explica: Allí se hablaba la lengua culli, sobre la cual los incas trataron  de imponer el quechua pero, al llegar muy pronto los conquistadores españoles, la imposición más rotunda, contundente e irreversible fue la del idioma europeo; desapareció el quechua, que apenas comenzaba a arraigarse en la zona, y empezó a disminuir el uso del culli.


Hice referencia al hecho de que Ancash ha sido adverso “a toda dominación extraña a la región o al país”. Sí, pues; y eso viene desde épocas muy remotas. El libro alude especialmente a los Conchucos, Huaylas o Huaras y Piscobambas, que según Garcilaso, Cieza y otros cronistas eran pueblos belicosos y rebeldes, que no se dejaron dominar tan fácilmente por los incas. También nos recuerda que, siglos después, cuando se produjo la invasión chilena, el pueblo de Pallasca puso de manifiesto su arrojo y patriotismo negándose a cumplir las órdenes de los jefes militares enemigos y, más bien, se enfrentó, en desigual batalla (haciendo uso de garrotes, piedras y armas arrojadizas), dando excepcional muestra de dignidad que le costó, como heroico saldo, decenas de muertos y heridos. “Un hombre, Pedro Campos –cuenta nuestro autor-, es atado a la cola de un caballo cerril con el fin de obligarlo a callar, pues a pesar de habérsele cortado la lengua seguía dando vivas al Perú y mueras a Chile”; Gorostiaga, el jefe chileno, llegó a informar a su superior, así: “Al entrar a Pallasca encontré al pueblo en actitud hostil (…) Con este motivo se trabó un combate entre la vanguardia y los revoltosos que se resistieron con valor y que concluyó por la dispersión y muerte de gran número de estos”…”.


Especial atención merece la magistral reseña respecto de aquello que ocurrió tras la infausta guerra con Chile: “Ancash –dice nuestro autor- se ve muy pronto convertido en escenario de uno de los movimientos de reivindicación social más notables del Perú republicano”, cuya causa fue –continúa- “la constante explotación y maltrato a los indígenas desde los lejanos tiempos de la Colonia”, a lo que se sumó “el llamado ‘trabajo de la República’, obligatorio y hasta forzado” a que fueron sometidos “por las medidas abusivas de las autoridades”. ¿Quién condujo este movimiento? Pues el huaracino Pedro Pablo Atusparia.


Uno de los más bellos textos sobre Pallasca y, en general, sobre la sierra de Ancash, es el titulado precisamente Sierra de mi Perú, publicado en el libro del mismo nombre, en 1988, y en el que se hace una menuda descripción de algunos aspectos de la vida en los Andes, echando mano incluso a expresiones propias del castellano pallasquino. Y hay, allí, una muestra de comprensible regocijo y amor telúrico, y quizás por ello son citados estos versos de Vallejo (que, además, sirven para dar título al libro): “¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, / y Perú al pie del Orbe; yo me adhiero!”.


En ese libro encontramos, también, lo que sería, virtualmente, la primera tesis que nos informa que el fundador de Chimbote fue el pescador Pedro Nolasco Días, quien, con su familia, fue el primer habitante de la zona, a donde llegó “allá por el año de 1760”. La vida y obra altamente merotiria que honra y debe enorgullecer a los ancashinos y a la cual he dedicado este necesarimente incompleta reseña biobibliográfica, corresponde (¿a quien más?) "al erudito, historiador y varias veces académico" (como lo llamó nuestro narrador Carlos Eduardo Zavaleta)[3] y que es sin duda uno de los más importantes valores nacionales que ha dado Ancash, el doctor Félix Álvarez Brun, aquel que "con la capacidad de síntesis y el sentido de emoción peruanista" -que elogiara Aurelio Miro Quesada- señalo lúcidamente, que el Perú es "una continuidad en el tiempo y una totalidad en el espacio, dentro de cuyos parámetros se entretejen todas aquellas virtudes, defectos y esperanzas que constituyen nuestra personalidad nacional.[4] Un escritor al que, por otra parte, Luis Alberto Sánchez calificó como "un historiador enamorado del paisaje" y "un ancashino con mente universal". Un escritor -agrego yo- cuya prosa, fluida y culta, pone de manifiesto un extraordinario y bello estilo descriptivo y detallista -casi a la manera de Azorin- que convierte a su lectura no solo en una rica fuente de conocimiento (gracias a las rigurosas y bien documentadas referencias históricas que nos ofrece), sino en una innegable experiencia de placer, pues -en buena cuenta- se trata también de literatura. 


Hace mucho tiempo lo dije repetidamente y hoy vuelvo a decirlo: Creo que sería necesario y muy recomendable que –como una muestra de gratitud- el Club Ancash, institución representativa de nuestro departamento en la Capital de la República, se encargase de reeditar ANCASH, una historia regional peruana, porque este libro es –lo digo una vez más- un valiosísimo aporte y legado a la cultura ancashina y que debiera ser motivo de orgullo para nosotros.


                               © Bernardo Rafael Álvarez


*Esta es la versión modificada y ampliada del texto que publiqué, en físico, el año 2004.






[1] B. R. A. Historia de un eclipse. Lima, 2001

[2] Shipir: Coger y jalar o sacudir con violencia la pelambre de la sien, generalmente como castigo (antiguamente lo hacían los profesores primarios, a algunos alumnos que se portaban mal o no contestaban correctamente las preguntas que se les hacía).

[3] C. E. Zavaleta. Discurso de recibimiento, como nuevo académico, en el Instituto Ricardo Palma.

[4] Aurelio Miró Quesada. En: Perú, presencia e identidad. Lima, 1992.

martes, 12 de febrero de 2019

LAICISMO (Y URTICARIA) / a propósito de las declaraciones del cardenal Barreto


[La historia se repite. Hasta hace poco, unos rechazaban las opiniones políticas de Cipriani y hasta pedían su renuncia o que se le sacara del cargo eclesiástico. Ahora -pero desde la otra orilla- ocurre lo mismo con Barreto. Y estoy convencido que aquellos que decían que Cipriani debería callarse la boca, ahora alientan el desborde expresivo del huancaíno. La verdad es que cualquier persona, incluidos los curas, obispos y cardenales, tienen derecho al libre pensamiento y a la libertad de expresión, cualquiera sea la posición política con la que simpaticen. Los derechos humanos (pensar y hablar son dos de ellos, incluso el formular pedidos -como el de renuncias, por ejemplo-) son para todos, y no son una cojudez. Como cualquier ciudadano, los miembros de una iglesia también tienen el derecho de emitir sus opiniones y pronunciarse acerca de cualquier asunto, incluso sobre política y temas de Estado]
***
A propósito de las declaraciones del cardenal Barreto, que han sacado roncha en algunos políticos:
Un Estado laico no es aquel que rechaza las creencias religiosas y proclama el ateísmo. No es el que se aísla de las confesiones o iglesias, o las aísla o arrincona. Laicismo es mantener independencia respecto de cualquier organización o confesión religiosa; pero, ojo, independencia no es desvinculación, es no sometimiento (atención a los significados: dependencia es "subordinación a un poder mayor"). ¿Un Estado laico está impedido de conversar con los representantes de alguna Iglesia? No. Alguien dijo que "conversar no es pactar"; bueno, tampoco es subyugar ni dejarse subyugar.
El Estado peruano no es un Estado confesional: no depende de (es decir, no está subordinado a) ningún grupo religioso; solo -como lo señala la Constitución Política, artículo 50°- reconoce el aporte de la Iglesia Católica ("como elemento importante en la formación histórica, cultural del Perú", lo cual es cierto) y le brinda colaboración; esto -lo dice la misma Carta Magna- "dentro de un régimen de independencia y autonomía". Es -aunque muchos no lo quieran entender- un Estado laico, pues.
Ah, finalmente, respecto de las opiniones, gratas o incómodas, de algunos purpurados: Un Estado laico no tiene carta blanca para irse contra la libertad de pensamiento y de expresión; no puede prohibirle a nadie (curas, obispos y cardenales incluidos) a pensar y decir lo que piensan. Estado laico no es sinónimo de mordaza. Los derechos fundamentales que reconoce y consagra el artículo 2° de la Constitución Política son para todos, sin distinción de falda, pantalón o sotana. Ahora, si las opiniones causan urticaria o son motivo de aplauso, es otra cosa. Por último: laicismo no es ateísmo.
¿Entendichu manachu? 😆

sábado, 22 de diciembre de 2018

UNA CARTA AMOTINADA PARA MARCO TULIO ROTONDO*


También se puede –de entrada y de sopetón-  ser desconcertante, cuando de literatura y sobre todo de poesía se trata, ¿no es cierto Marco Tulio? Nadie está obligado (y nadie puede obligar) a lo que sería algo así como “guardar la compostura” por el prurito de tratar de “quedar bien” y, digamos, no salirse de “las reglas” o del “buen escribir”. Eso –el ser rebelde, el no estar nunca conforme- es esencia del arte, de la literatura, de la poesía. Qué quiero decir: que también es válido y no reprobable (aunque haya quienes piensen lo contrario) querer épater les bourgeois incluso cuando, por ejemplo, de ponerle el título a un libro se trata.  No sé, o no estoy seguro, si este fue el propósito que tuviste al ponerle al libro que aquí se presenta este título: Terneza amotinada, pero es lo que has logrado -al menos en mí, lo cual, por cierto, no significa que yo sea parte de la burguesía-. Épater les bourgeois: ponerle de vuelta y media al lector, dejarlo atónito, patidifuso. En un principio yo quise sugerirte que el título fuese, más bien, “Ternura amotinada”, porque fonéticamente tiene más dulzor, es empalagoso y… tierno; pero rápidamente cambié de opinión y me dije: la ternura de un poemario no tiene por qué manifestarse también en su título y no es una condición que deba cumplirse eso que en derecho se conoce como principio de congruencia. Quisiste ponerle ese título a tu libro (“No pregunté tu nombre: / solo te llamé terneza”) y así ha de llamarse por el resto de sus días. A fin de cuentas, es la arbitrariedad, la libre voluntad, lo que se impone en la poesía. Por ejemplo (obviamente tú lo sabes), todo el mundo trató y sigue tratando de encontrarle una explicación razonable al significado de Trilce, título del más innovador libro de César Vallejo y, claro, casi nadie parece hacerle caso al mismo autor, que se encargó de poner los puntos sobre las íes al afirmar en una entrevista, simple y llanamente, que no significaba nada, que lo inventó solo porque no encontró “ninguna palabra con dignidad de título” y, sin más ni más –de modo arbitrario-, apareció la desconcertante palabrita. Bueno, tú no tuviste que inventar un nuevo vocablo, pero encontraste este que es muy sugerente: Terneza, que -como sabemos- es sinónimo de ternura, pero  –con la licencia que nos prodiga la poesía y haciendo un trabajo de disección, como otros han hecho con la palabra  Trilce- podríamos tal vez terminar asignándole el significado de tierna tristeza (considerando, obviamente, estos lexemas: tern-ura y trist-eza), ¿verdad? Claro, en tu libro, en tu poesía, no hay precisamente tristeza pero sí una ternura que se desborda en violenta turbulencia, en motín, libremente. Y allí está su particularidad. ¿El amor tiene que ser sinónimo solo de dulzura, de apacibilidad y acaso también de ocasional desconsuelo? Quizás (¿Quién, gracias a un amor, no ha sentido que camina sobre nubes o, por su culpa, no ha tenido la sensación de enfrentarse a cíclopes y lestrigones? Yo sí). El amor puede –en tanto no dañe a nadie- amotinarse y ser un huracán o una bola de fuego. Esto es lo que aparece dicho o insinuado en este libro: amar como las olas, en libertad. Esta, la tuya, Marco Tulio, es eso: poesía de amor, del amor erótico y del amor universal, en libertad, y es –también y sobre todo- un homenaje a la mujer (que nació “para inquietar la mar”; “para que las estrellas alumbren en la nocturnidad / y el sol abrigue esperanzas…”). ¡Bendita la mujer, pues! Merecedora de este y de muchos cantos: “¿recuerdas cuando cabalgábamos / llenos de amor / y el gozo era un acantilado / por donde navegaban nuestros deseos?”. El gozo del amor convertido en acantilado: abismo, profundidad (¡bella y terrible imagen!) que a veces pueden estar en la desventura o en la desesperanza: “… le pregunto a los sueños y a los árboles / dónde estará / y solo me responde un triste silencio”. ¿Puede, quien ama, experimentar despecho, malquerencia? Creo que sí: “… siento tu piel agrietada por el desamor / de estas manos que gozaron tu cuerpo. / Ardes en el infierno de la tristeza / fuiste mía y ya no…”, “…mientras tú desapareces entre la bruma / preguntándote / cuándo dejaste de ser la soñada”. ¿Suena a rencor, a vals de desconsuelo, tal vez? Creo que sí. Ya lo dije antes, no solo el amor erótico es merecedor de apología aquí; también aquel de la bondad, que no mira a quien, se desborda a raudales en esta poesía: “… sentir hambre por dar mi pan a un menesteroso / y frío por dar mi abrigo a un veterano de paz”. Veterano de paz, no de guerra. Un alegato contra la violencia que hiere: “…no entiendo cuando rezan a un dios para ir a la guerra”. En este libro ¿qué hay? La respuesta es obvia, hay eso que exuda cada poema a mares: humanidad. Es que, de principio a fin, eso es la poesía, pues: humanidad (expresada por el medio más bello y noble que pudo haberse creado: la palabra). ¿Terneza? Sí, ternura a mares, como un látigo contra el odio y la maldad; como “el río cuando pelea con las rocas y alimenta lagos” o la mujer que alimenta el alma y nutre la existencia. Es tu poesía, Marco Tulio, fruta fresca, pan recién salido del horno, agua clara. Terneza amotinada contra cíclopes y lestrigones. Poesía de vida y de esperanza. Espejo de los buenos sentimientos. ¡Te felicito y abrazo, sinceramente!

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*Prólogo a "Terneza amotinada", poemario de Marco Tulio Rotondo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

LITERATURA ALUCINANTE Y APASIONANTE LA DE EDUARDO BORRERO VARGAS



Podrán decirse muchas cosas y, de hecho, se dicen, pero yo creo que –básicamente- la literatura tiene un propósito: generar, digamos, una respuesta estética en el lector. Y, así, cuando comenzamos a (o terminamos de) leer un cuento, un poema, una novela, diremos: “¡qué lindo!” o “¡qué horrible!” o, quién sabe, “¡qué sublime!”; o nos quedaremos estupefactos, o sentiremos paz interior o acaso nos invada un sentimiento de dolor o  de indignación por las cosas que encontramos dichas en el texto leído. Porque, como sabemos, cuando se habla de estética no se alude únicamente a las cosas bellas. Pero, claro, es posible que el propósito del escritor no sea siempre ese, que sea –por ejemplo- hacer que su obra sea un testimonio (como creyó haberlo logrado Arguedas con su novela Todas las sangres: “Si no es un testimonio, entonces yo he vivido por gusto, he vivido en vano, o no he vivido. ¡No! Yo he mostrado lo que he vivido…”). Es que no existe –hay que saberlo- norma, ley o precepto, de ninguna índole, que disponga o mande al respecto. Nada ni nadie tiene autoridad para decirle al escritor: “tu literatura tiene que ser para esto o para lo otro”. La libertad se impone en este terreno. Y esto –estoy convencido- lo sabe Eduardo Borrero Vargas, autor del libro que aquí se presenta. Por ello es que cada una de sus producciones literarias tiene una particular característica o cualidad. Hace algún tiempo comenté un libro suyo (Del misterio y otros abismos) y dije que los textos de minificción  que lo conformaban eran desconcertantes y que, en cierto modo, tenían alguna familiaridad con lo que es la característica del teatro de Ionesco: el absurdo. Eso, el desconcierto y el absurdo, creo que podemos encontrarlo también aquí. Cada escritor –lo he insinuado ya- tiene un propósito al escribir un texto; creo que el de Borrero ha sido este: dejarnos estupefactos, y lo ha logrado creando en este libro unos personajes cuyas personalidades, paradójicamente, son tan comunes y “normales” y al mismo tiempo contrahechas y caricaturescas, como, por ejemplo, Ángel Donis (protagonista del primer texto), jefe de una banda delincuencial que ingresa en la política con “su oratoria alucinante” y -¡cómo no!- cuenta con “consejeros malhechores”, y se dispone a “empapelar todo el país” con su propaganda ocasionando “atoro de desagües” y suciedad en los ríos y el mar; hijo de padres que no fueron realmente sus padres, y que, convertido en millonario, en “mérito” a sus actividades fuera de la ley, se perfila, con muchas posibilidades, como un futuro ocupante del sillón presidencial. Personajes, como él, a quienes podemos, tal vez, identificar con los que –en la vida diaria- ya conocemos (en la política, en los centros de trabajo, en la cultura, etc.). Diría que es el absurdo -ya “normalizado” e imperante en nuestra realidad- lo que ha llamado la atención de Borrero, incitándolo a ofrecernos, en este libro, más que cuentos o relatos complacientes, una suerte de retrato descarnado y sarcástico de una realidad que, viéndola bien, es realmente dramática. Aquí no hay un Gregorio Samsa convertido, de la noche a la mañana, en un monstruoso insecto, sino, más bien, insectos convertidos en unos Gregarios Samsa con apariencias engañosas. ¿No es eso, acaso, lo que vemos en la política? Yo creo que sí. Repito, el absurdo “normalizado” (o “legitimado”). Personajes, también, como el que da título al volumen, Marlon (“…y su vida de perros”): gente que cree que para ser escritor hay que recurrir –como condición- al “malditismo”, a la “marginalidad”, sin saber que, así, lo más seguro es la conquista infeliz de la frustración y el ridículo (en otras palabras: una “vida de perros”). Eduardo Borrero Vargas nos tiene acostumbrados a lo desacostumbrado, pues: cada obra suya nos trae una desconcertante y feliz sorpresa: ficción de largo aliento (novela), minificción, poesía, cuento, y esta vez… bueno, esta vez un género que tiene mucho de relato pero al que yo me atrevería a calificarlo como apuntes o anotaciones acerca de lo que serían algo así como objetos grotescos de estudio en una sociedad que está “patas arriba”. Escritura, la de Eduardo Borrero, alucinante y apasionante, y –repito-: para quedarnos estupefactos. Buena literatura. ¡Léanla!
Bernardo Rafael Álvarez

viernes, 19 de octubre de 2018

NO TODO SE HA PERDIDO EN ESTE MUNDO, AÚN HAY ESPERANZA. BANDERAS DE MAR, POESÍA DE HÉCTOR EFRAÍN ROJAS.


Grata y emocionante sorpresa experimenté al dirigir mi mirada a las primeras páginas de este libro que, en PDF, hace unos días me envió Héctor Efraín Rojas,  su autor, y ver que quien redactó el prólogo fue mi querido e inolvidable amigo el poeta Jorge Luis Obando, que falleció hace aproximadamente dos años. Y fue agradable, especialmente, leer estas palabras dichas en su particular, culterano y a veces medio desconcertante estilo: “Es el poeta el guardián, el portador del fuego sagrado, el cosmocrátor de ese pequeño universo caótico de su psiquis, ese rayo singular de luz en el pequeño espacio tiempo de esa comunidad aldeáica que es la humanidad”. Me gustó, porque –a la manera de Sócrates- descubrí que, en realidad, “solo sé que nada sé”. Eché mano a Google y descubrí que “cosmocrátor” es sinónimo de “arquitecto del universo”; o sea, Dios. El poeta, un dios portador del fuego sagrado: el fuego hacedor, no el fuego incinerador. Lo que no encontré en el océano virtual del Internet fue el caprichoso adjetivo “aldeáico”, inventado -obviamente- por el poeta de “Aedosmil”,  pero, claro, todos lo entendemos: nuestro mundo es una aldea, ¿o no?

Bien. A Héctor Efraín Rojas lo he conocido recién ahora y aquí. Apenas me pidió –vía Internet- que lo acompañara en esta presentación, corrí a revisar su cuenta de Facebook, a ver qué encontraba. Oh, sorpresa: encontré varios poemas suyos, de un libro (supongo que aún inédito) titulado ANTROPOESÍA/3990msnm, realmente muy buenos, que revelan no solo el talento de su autor, sino ingenio y un extraordinario manejo de la palabra, del idioma, y también, cómo no, un saludable desenfado como el que se puede advertir en estos versos escritos entre paréntesis: “(Ven pa’cá que esta mañana / nos comeremos un cevichito de caballas / o tal vez unas cachemas encebolladas)”.[1] Me sorprendió, realmente. No hay nada, creo yo, como la poesía que exuda frescor, vitalidad, optimismo.

Y eso, frescor, vitalidad, optimismo, es lo que –como lo intuía, mientras esperaba su envío- es lo que he encontrado en el libro que hoy se presenta: Banderas de mar. Esto, sin embargo, no significa que Héctor Efraín sea ajeno a las emociones propias de experiencias que, a veces, pueden ocasionar desfallecimiento, pesimismo. Es humano, pues; como todos, con fortalezas y debilidades.

Me pareció un feliz acierto de Jorge Luis Obando el haber transcrito en el prólogo –por lo significativo que es- este, el primer poema del libro: “SI EL ABISMO NO FUERA MI HERMANO / retiraría las piedras de cada atardecer / Si la abeja no zumbara entre la rosa / no tendría sentido la primavera / Y si entre la hierba / se perdieran mis cuadernos (de poesía) /  me iría lejos / en busca de una ola / allá / en el fondo del mar”; y acertado, también, que Jorge Luis reflexionara, al respecto, con estas interrogantes: “¿Y qué es el mar? ¿No es acaso el inicio de la vida misma que en oleadas sucesivas ha generado la evolución humana?”. Efectivamente, eso es. Y Héctor Efraín dice: “Si la abeja no zumbara entre la rosa / no tendría sentido la primavera”. La vida sin en el canto (sin la poesía) pierde su fecundidad, su razón de ser, y el poeta -lo revela en estos  versos- procuraría restablecerla –como al principio- desde el mar. Desfallecimiento que, gracias  a Dios, encuentra una definitiva resiliencia. Banderas de mar, que no son advertencia de peligro sino anuncio de vida.

Guisella González, en una interesante reseña insertada en el libro, señala y explica las partes del volumen; así que no voy a detenerme en ello.

En lo que sí quiero poner atención –en lo cual coincido con Guissella- es en esto: en la innegable y bella musicalidad de los poemas. No solo hay referencia respecto de la música sino, sobre todo, está presente la sensualidad sonora de los poemas, un ritmo cadencioso, una melodía de almíbar. Es que Héctor Efraín sabe de música, sabe de poesía.

Muchos asocian el lirismo, principalmente, con aquello que –como dice el Diccionario de la Lengua Española- “promueve una honda compenetración con los sentimientos manifestados por el poeta”; ser lírico, para muchos, es ser romántico y hasta  “medio tristón”. Puede ser, o es. Pero no hay que olvidar que el étimo (la raíz, el origen) de “lírico” o “lírica” es lira, que es el nombre de un instrumento musical; no es lágrima, no es llanto. Es música.

Eso es lo que hay en la poesía de Héctor Efraín Rojas. Música que, a pesar de las vicisitudes, otorga un aliento de vida, de alegría, de esperanza. Para eso es la poesía; no para hundirnos, no para destruirnos, sino para levantarnos y para ennoblecernos. Es tiempo, ya, de que el buen ánimo retorne a las letras. (Como decía el gran Alejandro Romualdo, en el poema titulado En alta voz: “Es necesario, / trinar a plena luz, echarse el alma / a la esperanza, alzarse hacia la vida. / Es necesario un vuelo de campana / doblando a sol…”; o en el poema A otra cosa: “Basta ya de agonía. No me importa / La soledad, la angustia ni la nada. / Estoy harto de escombros y de sombras. / Quiero salir al sol”). En este libro hay buen ánimo o, como dicen los muchachos, “buena onda”.

Algo –entre otras cosas- que descubrí al leer este bello libro de Héctor Efraín, fue la presencia agradable de un aire medio lorquiano que, para disgusto mío (lo digo en broma, por si acaso) ya antes lo había advertido también Guissella González y lo dice en su texto (o sea, no he sido el primero). Por ejemplo, lo siento en Valsecillo N° 33, poema –casi un romance- que comienza así: “Que te quiero y que te quiero/ que ya llegué de altamar. / Que te quiero y que te busco / que te busco y ya no estás…” ¡Lindo!

También poemas epigramáticos, como el titulado Sombra tu sombra, que son de verdad deliciosos: “Sombra tu sombra / la del sombrero / sombra mi sombra / sin mi pañuelo / si esta vida no es de tu sueño / entonces dime / quien es el dueño / sombra la vida / sombra lo ajeno…”

Como habrán podido notar, he usado un adjetivo que –estoy seguro- casi nadie se atrevería a usar en estos tiempos para hablar de poesía: “delicioso”. Lo cierto es que el arte y la poesía tienen, básicamente, ese propósito: ser agradables, causar delicia. ¿Es pecado, es reprobable decir esto, una irreverencia o acaso una insolencia? No, para nada. Que haya quienes quieran usar el poema como herramienta (para construir) o como arma (para destruir) es legítimo; que quieran, con el poema, a una llaga inyectarle ácido, también. Es la libertad del uso, la libertad de la creación. Héctor Efraín Rojas lo que ha querido es simplemente hacer poesía (que puede ser respondona, pero es –sobre todo- responsable), y lo ha logrado con creces. Con desenfado, con candor, con sinceridad, limpiamente.

Escuchen esto: “En un rincón de mí / alojé tu sonrisa / compartimos los panes / los versos / los adioses”. ¿No les recuerda, tal vez, a las hechuras provocadoras del surrealismo de Oquendo de Amat, autor de Cinco metros de poemas? Intertextualidad le llaman a esto los entendidos posmodernos. Es que –“sin querer queriendo”- todos podemos coincidir en decires y también en emociones.

“La poesía (nos dice Héctor Efraín, echando mano a una medio perturbadora paradoja) es ensuciar la vida / hacerla oscura / para sacar la luz / para sacar el alma / y convertirla en sangre / y convertirla en piedra / y convertirla en vida…”. “Convertirla en vida”. Eso es la poesía, para apostar por la vida, para no desperdiciar la vida.

Hablé de desenfado. No solo en la soltura de los poemas de Banderas de mar se pone de manifiesto tal cualidad o característica. También en el aspecto formal de la construcción del libro mismo. La primera parte contiene poemas –excepto algunos- nombrados como “Valsecillos”, a los cuales se les ha puesto un número; y curiosamente, encontramos –por ejemplo- que el primer valsecillo tiene el número 15, al segundo se le ha asignado el 11, al penúltimo, el 83, y al final, el 71. Es que no tiene (nada obliga a ello) que estar en orden digamos correlativo; esto es poesía, no es matemática. Aquí se impone la libertad, la voluntad del poeta.

Hay un poema dedicado a la ciudad -en que viví durante un año, cuando terminaba la secundaria, hace un montón de tiempo- y lleva su nombre: Trujillo. Allí leo esto: “¿Así son los otoños en tu ciudad? / ¿Así es tu mar?... o preguntabas: ¿Tiene poetas tu ciudad?”. En otro poema (Retablo por Joaquín López Antay) dice: “A este pueblo como que ya se le había acabado la ternura…” Bueno, la verdad es que, sí, esta ciudad, la de ustedes, la de nosotros, sí tiene poetas y uno de ellos es Héctor Efraín, que nació en Piura pero cuyo corazón está en el querido Ayacucho. ¿Se le acabó la ternura a esta ciudad? Hubo quienes quisieron acabarla, pero no lo pudieron lograr; ha sobrevivido y permanece, cálida, vital, fecunda; es que hay poetas, pues, hay humanidad aún, hay buenos sentimientos. La poesía contenida en el libro que esta noche se presenta tiene ternura, y eso nos hace bien, mucho bien. Léanla. Verán que no todo se ha perdido en este mundo, que aún hay esperanza. Bécquer, en una de sus rimas decía que mientras haya primavera y esperanza, habrá poesía. Yo -al contrario- digo lo siguiente: mientras haya poesía, habrá primavera, habrá esperanza.

¡Viva Piura y Ayacucho! ¡Viva la poesía!

(Huamanga, 18 de octubre del 2018)




[1] Poema “A una muchacha que se muerde las uñas”.



martes, 2 de octubre de 2018

RODOLFO DONDERO, POETA.



Hace pocas semanas, Rodolfo Dondero me obsequió –en el Campo Ferial Amazonas- el libro que esta noche se presenta. Al recibirlo, inmediatamente y sin siquiera hojear el libro me atreví a decirle lo siguiente: “Tengo, de entrada, una observación, pero no te voy a indicar cuál es, sino hasta el día de la presentación”. Lo que enseguida hicimos los dos fue echarnos a reír a mandíbula batiente. Bueno, espero que al final de esta breve exposición mía la dé a conocer a todos ustedes, a ver cómo reaccionan.


A Rodolfo lo conocí -personalmente, digo-  el 26 de agosto del 2017, en el Café Rilke. Seguramente se asombrarán por la exactitud con que señalo el día y el lugar. Pues se debe a esto: aquel día, en aquel lugar, participé en la presentación de “Horas sin nombre” de “Alexander Sandman” (alter ego o, mejor dicho, seudónimo –en ese libro- de nuestro amigo Alexander Forsyth). Después de haber dicho algunas cosas acerca de la producción literaria de Alex, recibí un saludo inesperado: “Hola, Bernardo, soy Dondero”, así, enfáticamente. Yo, por cierto, ya sabía –al escuchar el apellido- de quién se trataba; nos dimos un apretón de manos y un fuerte abrazo. Me invitó a acercarme a las actividades del “Círculo Andino de Cultura”, del que con Rolando Santa Cruz Oros y Rodolfo Sánchez Garrafa- forma parte él. Acepté, pero nunca más nos volvimos a encontrar sino hasta esa oportunidad en el Campo Ferial Amazonas. Es decir, contando con la de hoy, solo son tres las veces que nos hemos encontrado Rodolfo y yo. Ello no obstante, nuestra amistad es sólida, ¿verdad, amigo?

Esta amistad, sin embargo, no me impide ser imparcial en mis apreciaciones respecto del libro que hoy se presenta, ni me obliga a ser complaciente. Así que, ¡agárrate, Catalina! Pero, no, no voy a hacer trizas de la producción poética de Rodolfo, ni mucho menos; no porque no quiera, sino porque este trabajo carece de razones para hacerlo: es un buen trabajo, realmente.

Dije que personalmente a Rodolfo lo conocí hace apenas un año. Cierto. Pero digamos que indirectamente yo ya sabía algo de él desde hace muchísimo más tiempo. Rodolfo es agrónomo de profesión y oficio. El día que me entregó su libro, me obsequió –también- una copa de pisco. ¿Saben de dónde provenía ese exquisito licor? Pues de las viñas de Dondero; era producción suya, guardada por varios años. Este apellido –lo confieso- ya “me sonaba”, lo había escuchado o leído antes, asociado al licor bandera de nuestro país. Rodolfo me lo confirmó.

Creo que el pisco (como también el vino) es un licor con alma de poesía. Si literalmente esto no es cierto, pues diré que en el caso de Rodolfo sí lo es, y con creces. No quiero decir (porque no lo sé) que Rodolfo sea bebedor; me refiero a esa vocación que la puso de manifiesto en la producción del exquisito aguardiente destilado de uva y que ahora se ha convertido en creación poética. Por lo demás, el vino y el pisco, qué hacen: pues, darle la razón a Charles Baudelaire, quien en uno de sus más bellos poemas en prosa dijo: “Embriagaos”, “con vino, con poesía o con virtud”. El vino (el pisco) y la poesía son eso, pues: virtud. ¿O me equivoco?

Rodolfo Dondero ha publicado, hasta ahora, tres libros de poesía: Reverberaciones (2015); Los golpes del badajo (2016); Florilegio equinoccial (2018). Es decir, su primigenia producción poética es muy reciente; no proviene de su adolescencia. Bueno, la verdad es que, como ocurre con el amor, no hay edad para la poesía; decir: “has comenzado tarde” es simplemente un error, una falacia. Todo momento –para el amor y para la poesía- son horas tempranas. Y mientras haya energía, vigor, alegría y buena fe, habrá creación, habrá poesía, habrá amor.

Y Rodolfo tiene energía, vigor, alegría y buena fe. Por eso, además, participa activamente en otra cosa que es su pasión: el activismo cultural, y lo hace –como he dicho- con Rolando Santa Cruz Oros y su tocayo Rodolfo Sánchez Garrafa, en el Círculo Andino de Cultura. Y eso es realmente loable. Cultura o, mejor dicho, interés por la cultura es la que buena falta hace en nuestro medio.

Debo decir que cuando leí Florilegio Equinoccial, el libro que hoy presentamos, lo primero que me pregunté (porque soy preguntón, pues) fue qué cosa es “equinoccio”. Siempre he escuchado esta palabrita, pero nunca supe qué significaba. Creí que era algo así como decir “ártico”, es decir, que designaba a alguna región geográfica. Tuve, caballero nomás, que echar mano a eso a lo que todo el mundo recurre: “Wikipedia”. Recién pude saberlo: no es un lugar, sino un momento. Hay dos equinoccios: el 20 o 21 de marzo y el 22 o 23 de setiembre de cada año. Textual, según la enciclopedia virtual: cuando “el Sol está situado en el plano del ecuador celeste. Ese día y para un observador en el ecuador terrestre, el Sol alcanza el cenit (el punto más alto en el cielo con relación al observador, que se encuentra justo sobre su cabeza, vale decir, a 90°)”.

¿Todo claro? Sí, todo claro. Pero, saltó otra duda: ¿por qué tuvo que ponerse el adjetivo “equinoccial” al libro de poemas?, ¿tal vez porque fue escrito justo cuando el Sol alcanzó el cenit?, ¿o porque el autor quiso decirnos que la poesía es eso: el punto más elevado de la palabra, de los sentimientos? Mi respuesta es esta: porque es eso la poesía: el Sol en el cenit.

Y, la  verdad, en este poemario veo eso: ennoblecimiento de la palabra, elevación de los sentimientos. Y belleza, mucha belleza.

Como bien dice Alejandro Villagra en la primera parte del prólogo, esta poesía “es un canto, una celebración” y tiene “un  bello lenguaje de flores”. Lo que no comprendo es por qué el chileno, en otra parte, dice que “uno llora leyendo el trabajo” de Rodolfo Dondero. No, no es para llorar; esta es poesía exultante, no es poesía deprimente.

Entre otras cosas, algo que me parece digno de resaltar es la ternura que transmite la poesía de Rodolfo Dondero, imágenes de tierna dulzura como nacidas de la ingenuidad de un niño: “Avecilla de fino plumaje / acaricia y alivia  mi nostalgia”. Poesía amorosa, ajena a la rudeza a  veces perversa de la poesía de nuestros exaltados poetas actuales, los otros; poesía, la de Rodolfo, “chapada a la antigua”, pero indiscutiblemente actual. Poesía que estremece, que parece hecha a la medida de nuestras ilusiones y desilusiones por esos amores que se van pero se quedan: “Tú eras mi río y mis brazos, / el cauce por el que discurrías / te marchaste soberbia / ante la perplejidad de mi mirada / y a pesar que ya no estabas / seguiste en mi mente, fluyendo, / erosionando mi espíritu vencido”.

Pero no solo es poesía amorosa. También, en el libro de Rodolfo, hay preocupaciones de carácter escatológico (aludo a la primera acepción, naturalmente). “Ante lo inexorable”, nos dice, “la mejor respuesta es el olvido”. El buen humor, es decir, la “celebración” aludida en el prólogo, se manifiesta al menos en dos poemas: “No puede la paloma / volar batiendo alas / a ritmo de tango…” (El vuelo de la paloma); “El pájaro ateo / extiende sus alas…” (El sueño del pájaro ateo). Imágenes caprichosas en un contexto medio dramático. Hay, también, adjetivaciones insólitas que revelan el verdadero talento poético y la libertad creadora: “Tus labios pintados / de color mudo…” Y, claro, Rodolfo no es ajeno a lo injusto de la realidad humana; un poema especialmente conmovedor es aquel en que dice; “¡Qué difícil es calzar los zapatos de los pobres!”

A pesar de la ternura que habita en esta poesía y que es su sello o marca, no está vedada aquí, digamos, la a veces necesaria grosura, la palabra áspera que, claro, no tiene por qué estar excluida ni prohibida de la poesía. Veamos. Hay un poema (La brecha) en que se dice que al poeta todos le tratan de “usted”, pero que él procura siempre verse jovial y, así, hasta busca aprender los giros del lenguaje y suelta bromas y chanzas y, así y sin más ni más, nos advierte a boca de jarro que alaba “las tetas y el culo”.

¿Es o no bella esta poesía? ¡Lo es, señores! La belleza no es sinónimo de agua de azahar o perfume de patchuli; la palabra atrevida, incluso si es violenta, mientras no sea usada para dañar, también es bella.

En la dedicatoria que Rodolfo puso en el ejemplar que me obsequió dice: “para que te acuerdes del quehacer poético y cómo la poesía sufre en manos inexpertas”. Equivocado. Al leer este libro no es eso lo que uno puede advertir: primero, porque aquí no hay sufrimiento; segundo, porque no son inexpertas las manos de Rodolfo cuando de escribir poesía se trata. Lo que revelan las palabras que me dio como dedicatoria son esto: humildad, y eso es una forma -tal vez la más digna- de ser poeta.

Saludo y felicito a Rodolfo Dondero por esta bella entrega poética que nos hace mucho bien, realmente. Léanla, la disfrutarán.

Ah, estaba a punto de olvidarme. Hablé, al principio, de una “observación”. No es precisamente eso; se trata, más bien, de una interrogante. Un título fonéticamente parecido al del libro de Rodolfo lo leí por primera vez hace muchos años en uno de don Manuel Beltroy, y que conservo en mi biblioteca: “Florilegio occidental” se llama y es una antología –publicada en 1963- en que, por ejemplo, el autor de los Cantos pisanos es nombrado no como Ezra, sino –en una curiosa “castellanización”- como “Esdras Pound”. Bien, la pregunta es esta: ¿Por qué a su tercer poemario, Rodolfo Dondero lo ha llamado “Florilegio”? O, dicho de otro modo, ¿a  qué creen ustedes que se debe esta duda o inquietud mía? Lo dejo ahí, como tarea.