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martes, 20 de abril de 2021

POEMAS 7ENTEROS (Mi antojolía. Primera parte)

 


1) Juan Carlos Lázaro:

 

franz: historia

de un gusano/

 

Encontré a Franz Kafka  en  la  Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas,  la corbata  mojada, los  pelos oliendo  a cañazo. le moví por el hombro para despertarle,  y  no despertó. Su   cuerpo crecía. Franz era  un gusano, una  oruga fea y malcriada que asustaba a señores y notarios públicos. Creció  aún más y  llenó toda la plaza. Sudaba harto con  el estío, y creció, creció creció amenazando destruir con  su  dimensión las formas  de  la ciudad. He aquí  que  hubo reunión de ministros. Le apelaron a Franz; no le dieron comida y  menos  aún paraguas para el próximo invierno.  Así  pasó cien días  inmisericorde. Fue pariente de  plantas y de hormigas, de caca y de carroña. Cuando  abrió los  ojos,  preguntó a   un policía por  un   ómnibus cualquiera. Y se fue. Franz,  insecto  grandazo, feo, no  sabía  aún  vivir entre  cabras.

 

 

2) José Watanabe:

POEMA TRÁGICO CON DUDOSOS LOGROS CÓMICOS

 

Mi familia no tiene médico
ni sacerdote ni visitas
y todos se tienden en la playa
saludables bajo el sol del verano.

Algunas yerbas nos curan los males del estómago
y la religión sólo entra con las campanas alborotando los
canarios.

Aquí todos se han muerto con una modestia conmovedora,
mi padre, por ejemplo, el lamentable Prometeo
silenciosamente picado por el cáncer más bravo que las
águilas.

Ahora nosotros
ninguno doctor o notable
en el corazón de modestas tribus,
la tribu de los relojeros
la más triste de los empleados públicos
la de los taxistas
la de los dueños de fonda
de vez en cuando nos ponemos trágicos y nos preguntamos
por la muerte.

Pero hoy estamos aquí escuchando el murmullo de la mar
que es el morir.

Y este murmullo nos reconcilia con el otro murmullo del río
por cuya ribera anduvimos matando sapos sin misericordia,
reventándolos con un palo sobre las piedras del río tan
metafórico
que da risa.

Y nadie había en la ribera contemplando nuestras vidas hace
años
sino solamente nosotros
los que ahora descansamos colorados bajo el verano
como esperando el vuelo del garrote
sobre nuestra barriga
sobre nuestra cabeza
nada notable
nada notable.

 

3) Jorge Pimentel:

 

RIMBAUD EN POLVOS AZULES

 

 

Rimbaud apareció en Lima un 18 de julio de mil novecientos setenta y dos.
Venía calle abajo con un sobretodo negro y un par de botines marrones.

Se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a la huelga
de los maestros y en una penosa marcha de los obreros trabajadores
de calzado El Diamante y Moraveco S.A., reapareciendo en la plazuela
San Francisco dándole de comer a las palomas y en un cafetín donde rociaba
migajas de pan en un café con leche mientras entre atónito y estupefacto
releía un diario de la tarde. Las personas que lo vieron aseguran que denotaba
cansancio y que fumaba como un condenado cigarrillo tras cigarrillo.

Pálido como una Hermelinda, de contextura delgada, entre las manos portaba
un libro de tapa gruesa. Luego hizo un ademán con la mano pidiendo la cuenta.

Pagó 13 soles y 50 ctvos. y luego partió y una muchacha al reconocerlo le tendió
la mano y le ofreció posada y su cuerpo a lo que él respondió invadiéndola
de luces anaranjadas. Llovía. Y las pocas personas que en esos momentos
contemplaban la escena —serían unas 15, de 20 no pasan— reunidas bajo el toldo
de la chingana armaron un tremendo barullo llamándolo Arturo, Arturo Rimbaud.

Y sus pasos fueron lentos mientras enrumbaba por el Jr. Leticia hasta la calle [Caquetá
en el Rímac. Casi todos los que se encontraban reunidos coincidían en afirmar
que su aparición podría traer funestas consecuencias al sistema y al orden
establecido y que mejor era dar parte a la policía. La descripción que de él
dio un político coincidía con las que se dan para atrapar a un maleante.
La del empleado del Ministerio de Educación fue que en su abundante cabellera
pendía un turbante turco y una argolla de bronce aparecía en una de sus orejas.
A lo que un joven estudiante de San Marcos prorrumpió amenazadoramente [aseverando
que todos ellos estaban siendo alienados y que más bien había que cumplir
al pie de la letra la aseveración de Juan Nicolás Arturo Rimbaud «Hay que [cambiar
la vida» para lo cual había que destruir todo un sistema inhumano injusto y atroz.

¡Linda manera de hacerse oír!, terció la voz de un anciano, y un muchacho
de secundaria dijo: ¡Buena, tío!, y la muchacha que fue invadida de luces
anaranjadas extrajo un lápiz de labios de su cartera corriendo hasta llegar
a un muro donde inscribió esta significativa palabra:

FIN



4) Enrique Verástegui:

PARA MARÍA LUISA ROJAS DE PELÁEZ

MUERTA EL 21 DE AGOSTO DE 1969 EN CAÑETE

DONDE MORAN A LAS CINCO DE LA MAÑANA EN EL ESTANQUE LOS ÁNGELES DE JERICÓ

 

 

 

Ya puse estos versos como ramas de olivo sobre tu tumba oh mi

abuela y me tendrás aquí

para siempre – gritando, dando alaridos, llamándote, prosternado

a tus maneras,

levantándome, maldiciendo a pesar de las prohibiciones y de que no

debo hablar con locos

o pillar frutas en los mercados.

Estaré silencioso estos días como cuando hacia las 4 de la tarde

cogías tu alfombra

para continuar tejiéndola con yerbas y ángeles de Jericó y rojos y

verdes y dorados.

No fumaré ni saldré ahora a caminar con Mario hablando de Marx

de la victoria.

Llegué hasta la tumba donde duermes y duerme una parte de mis

años, de mi sueño

y permanezco como brasa bajo la lluvia o bajo el jazz de las discotecas

escuchando cantar a Odetta.

meciéndome como la brisa como un murmullo de mariposas sobre

mis rodillas,

sobre mi soledad.

Y no quiero estar solitario, no quiero ni puedo.

Tú viajas junto a mí a mi lado y soy la yerba por donde vas caminando

sin que se noten tus ojos y tu canto

– en el patio deliro conversando con lo que eran tus pasos trazados

sobre la noche

como por la constelación de mis labios sobre la frialdad del vidrio

que daba a tu rostro en el ataúd.

y eso era todo o casi todo; yo volando por la ciudad con mis juguetes,

enardecido como un ángel, con mis palabras de ángel.

Vi cómo t despediste de mí por última vez aquel día de agosto

en Tigre cuando te trajeron a Lima a Neoplásicas y yo recién tanteaba

mi ingreso en la universidad que ahora desprecio.

Toda la mañana de aquel día viajé en ómnibus, sudando, abochornado,

desmayándome en los semáforos,

con una sensación de muerte en los labios, con el llanto.

Y eso era todo o casi todo, o nada.

Llegué hasta tu tumba cruzando amplios jardines – perdido entre

otras tumbas

y chocándome a cada instante con viejos conocidos de cabellos de

neón – amigos suicidas

– parientes parientes venidos a menos después de la lluvia – devorando

frutas y palabras extrañas en los manicomios,

en el fondo de cuartos que ya nadie recuerda.

Este es Jarry que retorna a tu álbum de recuerdos, a tu gusto;

cargado de soledad

y sin sentido, hablando de cosas ininteligibles, blasfemando

– recíbeme abuelita soy yo el más engreído.

Agitaste tu mano desde dentro del automóvil, tu último saludo

para mí – adiós al nieto que más querías

y a quien continuaste lavándole pañuelos y camisas aún cuando ya

te sentías enferma

a 28 días de tu muerte y mírame colgado en la percha en la sala

junto al estante de libros

entre la yerba y los ángeles de Jericó.

Hoy me levanté temprano y corrí a saludarte porque también toda

palabra es un parque de sueños

y aquí estoy para siempre a tu lado, como las ramas de olivo que

te puse ayer en la tumba.

 

 

5) Mario Montalbetti:

 

Después de por supuesto mi mujer yo

quiero a mi patria y

aún antes que a mi patria yo

quiero al cielo y

aún antes que a mi patria y

aún antes que al cielo

pero después de por supuesto mi mujer yo

quiero al mar y al monte azul también y yo

quiero por supuesto a dios

antes que a mi patria y

se levanta un militar de mi patria y

dice que la patria es mujer, cielo, mar y yo

quiero a ese militar

antes que a mi patria

pero después de por supuesto mi mujer y

mi mujer quiere por supuesto a un industrial

antes que a su padre y

aún antes que a su madre y

por supuesto antes que a mí

 

 

6) María Emilia Cornejo: 

 

       SOY LA MUCHACHA MALA DE LA HISTORIA

 


Soy
la muchacha mala de la historia
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido,
soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama
soy
la muchacha mala de la historia



7) Omar Aramayo:

SOY UNA NIÑA 

 

Soy una niña fea, entre las piernas tengo una tripa pálida como la yerba muerta.

Fea me va diciendo el espejo con su boca escandalosa. Cuando camino por la calle acaricio los postes, los introduzco por mis oídos suavemente hasta mi cerebro.

Tu cerebro está lleno de heces, me dijeron, y tu corazón también, eres el bolo fecal caminando, rey midas, lo que tocas en heces lo conviertes.

He soñado que mi cuerpo era enorme, bajo mi piel se guardaban los aviones, y los aviadores descendían, con sus cabellos crecidos durante la guerra, y subían a mi rostro y jugaban con mis ojos, abriendo y cerrando los párpados, mis árboles -digo mis pestañas- se agitaban como persianas de celofán como si se trataran de los ojos de una muñeca jugaban con mis ojos, los aviadores de largos cabellos y pechos desnudos.

Llegó ahora hasta el crepúsculo con mis cintas manchadas de sangre, las uñas completamente negras tratando de agarrar una garza blanca y retorcerle el cuello, pero la espuma llega al cuello y el licor me abre el vientre como un cuchillo afilado por el proceso geológico del planeta.

Con los vestidos viejos de mi madre salgo en las noches a buscar palomos, pero me caen muy por debajo de la pantorrilla, y nadie me cree esta vieja historia, me agarran en plena calle me dicen palabras inmundas, me abofetean y la sangre me baja en abundancia cosmogónica hasta inundar la calle, me desgarran los vestidos, me hunden puñales en la carne, me desangro, boto espuma, mi rostro húmedo, babeo, garganta seca, transpiro, estoy mojado, codeo, cojeo, muero, agonizando, me orino, jadeo, tiemblo

 


sábado, 27 de marzo de 2021

EL TAVITO QUE CONOCÍ

 

Gustavo Armijos fue, lo repito (porque lo dije en anterior oportunidad), uno de los más importantes difusores de la poesía peruana; perseverante, infatigable, de principio a fin, con La tortuga ecuestre, cuyo primer número fue impreso en la Editorial Jurídica y luego en una modesta imprenta que su padre tenía en El Porvenir, La Victoria (yo conocí su casa). 

El primer número de esa revista apareció mostrando como Director a Isaac Rupay, pero quien realmente la manejó fue Gustavo, un poeta que supongo por su forma de ser (que jamás puso de manifiesto conmigo) se ganó desde aquellos años setenteros no solo antipatías sino odios viscerales, lo que creo comenzó a ponerse de manifiesto con el fastidio de algunos poetas publicados allí (uno de ellos me dijo que Gustavo lo había publicado -justo en el primer número- sin su "autorización", como si tal cosa fuera un crimen, o como si con eso él sacara algún provecho). Pero, bueno, ¿esto, además de ello, qué significó?: que el editor y director real no fue Isaac Rupay sino el mismo Gustavo, pues si hubiera sido de otro modo, la víctima de esos fastidios y del zarandeo hubiese sido Isaac y no Gustavo. Gustavo, ya que, repito, él fue quien se ocupaba de la edición y las impresiones las hacía en su casa y fue él quien mandó a confeccionar el "cliché" o plancha de impresión con el nombre, a manera de sello, con que se estampaba el nombre o título de la publicación ("La tortuga ecuestre"); lo demás son especulaciones, no sé si caprichosas, malsanas y "con mala leche", pero especulaciones al fin y al cabo. El impulsor, real, impenitente y, si se quiere, antipático para muchos (jamás para mí) fue, insisto e insistiré siempre, Gustavo Armijos. Y lo sé porque prácticamente desde el principio caminé por distintos puntos de la Capital con él, conversando riéndonos, enamorando chicas ("qué lindo habla", le dijo una jovencita, entusiasmada: "es que soy poeta", le respondió, con su dejo piurano"), conociendo la verdad, etc. Y ofreciendo las revistas, como he contado en otro texto. 

Era (hablo de los años de 1970 -la revista comenzó en enero de 1973) un hombre alegre, optimista, soñaba en la revolución; incluso en sus exposiciones con las que buscaba -y lo lograba- convencer a distintos auditorios para que adquiriesen las publicaciones, hablaba sobre aquello que estaba en boga, las luchas de clases, contra el poder de la oligarquía, y las reivindicaciones sociales, y también acerca de que la poesía era una suerte de arma para transformar el mundo. 

Tendría, repito, actitudes que generaban resquemor en algunos, seguramente, pero yo jamás lo conocí así. En más de una oportunidad estuvimos en mi casa, en Breña, y comimos y tomamos algo. Conmigo no lo fue, pero si mal no recuerdo, ya en los años noventas, su comportamiento solía ponerse medio desagradable para algunos (no sé con quiénes exactamente, pero intuyo que en eso era selectivo o, como se dice familiarmente, "sabía con quiénes lo hacía"). 

Ah -y nadie podrá desmentirme-, era muy imaginativo y soñador casi a extremos disparatados (que no voy a atreverme, irresponsable y ligeramente, a calificar de "demenciales" -porque hacerlo sería infame- sino en todo caso pintoresco): se enamoraba imaginariamente de bellas mujeres que eran, digamos, "imposibles" y con las que, intuyo, ni siguiera había logrado un contacto verbal (por lo demás quién no lo ha hecho alguna vez: Paco Bendezú, casi siempre), y esto sí pasaba con Gustavo desde hacía mucho tiempo, desde los setentas: vivió enamorado, claro que infructuosamente ya que era de mentirita, por ejemplo de Tania Libertad de Sousa Zúñiga, nuestra cantante, a quien incluso le dedicó un poema incluido en uno de sus libros; también de una periodista mexicana, y de una chica peruana que creo vivía o vive en Ayacucho. Eran amores, repito, platónicos, imaginarios. 

Otra cosa. He leído que se afirma por ahí que Gustavo fue un hombre autodestructivo y hasta con tendencia suicida; yo, que lo conocí bastante, nunca advertí tal cosa; jamás vi ni supe que hubiese hecho algo con lo que buscará dañarse: ni drogas ni sobredosis de fármacos y ni siquiera rasguños peligrosos y tampoco gestos de advertencia o amenaza de quitarse la vida, o cosas así. ¿Quiso matarse alguna vez? ¿Demostró realmente tener "vocación suicida"? Que yo sepa, jamás. Lo que sí es cierto es que, cuando comenzó a experimentar graves problemas de salud (fines de los noventas, los años 2000) empezó a sentirse frágil, desguarnecido, lo cual, como es obvio y comprensible se sumaba a sus reales dificultades económicas; sé, porque me lo dijo, que había ocasiones en que se sentía morir y que tenía miedo a la muerte, pero nunca me dijo que la estuviera buscando como una alternativa ni nada parecido. (Ojo: no estoy haciendo -porque sería estúpido y soberbio hacerlo-, un "análisis o diagnóstico psiquiátrico" de la persona, solo hablo de lo que fui testigo). Y pedía ayuda, para qué, pues para sobrevivir, para no hundirse en el precipicio, para seguir con nosotros. 

Pero, bueno, le llegó ese inesperado momento. Y yo lo recuerdo tal cómo era, tal como lo conocí, sin quitar nada y sin añadir ni menos exagerar nada. Hablo del Gustavo que conocí, con cariño, pero sin ceguera, porque no quiero ni me interesa caer en esa torpe actitud de edulcorar los defectos de los muertos (pero, además, porque no practico ese hediondo deporte de patear cadáveres). Trato, como siempre, de ser justo. Lo quise desde el principio hasta el final, pero de verdad. Y me quiso, y le quiso también a Maolita, quien lo ayudó. Por eso y por más, nos duele su partida. Pudimos haber hecho en los últimos tiempos algo por él: por ejemplo, estar cerca de él en estos días pero, ya sabemos, las circunstancias que vivimos (la pandemia) nos empujan a lo contrario: a alejarnos. Así son las cosas, pues, y solo nos queda resignarnos. 

Gustavo se ha ido, pero nos ha dejado, además de sus libros de poemas, como valioso legado la revista en que prácticamente publicaron todos los poetas, a partir de los setentas, La Tortuga Ecuestre, con Harawi de Paco Carrillo y Eros de Isaac Rupay, las tres más importantes revistas de poesía peruana, le duela a quien le duela (una en la década del 60, otra apenas con un solo número en agosto de 1973, y la tercera desde enero de aquel año hasta hace poquito nomás). La tortuga Ecuestre, acaso la más conspicua (y simple y modestísima) "antología en tiempo real" de la poesía peruana, como la llamé hace unos años. 

¡Descansa en paz, hermano Tavito!

 

© Bernardo Rafael Álvarez