sábado, 19 de marzo de 2016

"ESCRUTINIANDO"

Y hablando de elecciones, viene a mi memoria lo que alguna vez me contó mi padre de cuando, en Pallasca, participó como miembro de mesa en un proceso electoral, allá por la década de 1960. 

Los más conocidos candidatos (o tal vez los únicos; no lo sé) para la Presidencia de la República eran, en aquella oportunidad, Víctor Raúl Haya de la Torre, Fernando Belaúnde Terry y Manuel A. Odría. Aunque en el pueblo la mayor simpatía o adhesión se inclinaba a favor del candidato aprista, cierto es también que había muchos y muchas (como quieren que escribamos los “inclusivistas oenegénicos”) que apoyaban –sobre todo las damas, dizque por “buenmozo” y enérgico- al de la "lampa", el "manguerazo" y "la conquista del Perú por los peruanos". 

Cerrada la votación, los miembros de mesa procedieron a efectuar el escrutinio, o sea -como dice el DRAE- el "reconocimiento y cómputo de los votos". Voto, pa’l Apra, voto pa’ Acción Popular, voto pa’l Apra voto pa'l... en fin. Ganaba -ya resultaba irreversible- Haya de la Torre. Pero, contra todo pronóstico, el triunfo resultó infructuoso o -como dice el huayno del querido Jorge Núñez del Prado, de "Los Campesinos"- fue "por las puras'; porque unas pocas semanas después, ¡saz!, un golpe de estado sacó del Palacio a Manuel Prado e impidió que los apristas, entonces  indeseables ante los ojos y la memoria de las Fuerzas Armadas, se dieran el gusto, por primera vez, de ser Gobierno. Pero, naturalmente, nadie –mientras se desarrollaba el escrutinio- podía, menos en mi tierra, adivinar tal cosa; solo conocer “en tiempo real” cuáles eran las preferencias electorales de los pallasquinos, al revisar las cédulas de sufragio. 

Una de esas cédulas llamó la atención y estimuló una medio silenciosa risa entre los presentes, allí en una de las aulas de la “Escuela de Mujeres”, ubicada frente a la Plaza de Armas. Se trataba de un voto emitido con plena y absoluta conciencia de la adhesión que la persona que lo puso en el ánfora quería hacer expresiva; no era un voto digamos para salir del paso y cumplir con la obligación solo por evitar la  multa, ni mucho menos era un voto “comprado” por un kilo de arroz, un paquete de galletas o una muy atractiva promesa populista o demagógica. 

Sin embargo (así pasa a veces, muchas veces en realidad)  aquel voto, como todos los demás, resultó un voto completamente inútil, porque –repito- esas elecciones, las del 62, terminaron yéndose al diablo por la antipatía que, dizque, El Comercio y los militares, les tenían a los apristas que por nada del mundo iban a permitir que el líder que había tenido presencia protagónica en la llamada "revolución aprista de 1932" se convirtiese en el nuevo gobernante del Perú; pero, sobre todo, porque –sin querer queriendo o, mejor dicho, a pesar de su indiscutible buena voluntad- el elector o, perdón, la electora a la que estoy aludiendo (que se había puesto en evidencia) hizo que ese voto, el suyo, terminara convirtiéndose, simple y llanamente, en un voto nulo, por viciado. ¿Qué ocurrió? Les cuento. Lo que había puesto en la cédula no fue solo la equis "de reglamento", sino -además- está expresiva y conmovedora frase: “Con todo cariño y admiración, este voto es para el gran Arquitecto don Belaúnde Terry, de su segura y fiel seguidora, la profesora Manuelita P.” 

Allí acabó todo. Al mes siguiente, el 18 de julio, Ricardo Pío Pérez Godoy, el generalote, ingresó a la fuerza en Palacio con una Junta de Gobierno y se quedó hasta el 3 de marzo de 1963 en que fue reemplazado por otro militar, Nicolás Lindley, que convocó a elecciones. 

Recién entonces, tras los nuevos comicios, doña Manuelita (la del voto viciado, por culpa de la efusividad y los buenos sentimientos que puso de manifiesto en su voto)  pudo ver coronadas sus expectativas democráticas: Belaúnde, el candidato de su preferencia, ahora sí resultó elegido; pero, imagino que en nada influyó el voto de ella porque, de seguro, esta vez volvió, sin querer queriendo, a viciarlo con alguna otra frase bonita y cariñosa para su admirado candidato, el arquitecto, como lo había hecho en las elecciones anteriores. 

(Y colorín colorado, este cuento ha terminado).