lunes, 16 de marzo de 2020

MERDRE ALORS! BERNARDO RAFAEL ÁLVAREZ Y SU DIVINA HOGUERA: LA PALABRA DELINCUENTE ANTE EL TRIBUNAL DE LA VIDA / Por Roland Forgues*

Estudio sobre mi poesía, publicado ayer (15 de marzo del 2020) por Roland Forgues en su página:



1. El poeta y sus cadenas 

Recién aparecida en junio del 2019 La divina hoguera (Fondo Editorial Cultura Peruana, Lima 2019) de Bernardo Rafael Álvarez selección de poemas (1973 – 2017) hecha por el mismo autor, nos entrega a no dudarlo una idea bastante clara de la poesía del escritor y abogado peruano especializado en temas de lingüística. 

Cruzan los versos de esta selección personal de contenido profundamente humano y libertario, acentos vallejianos y trilceanos “ruidos de llaves” (p.114), mezclados con acentos martinadanescos de alucinantes visiones; expresados estos últimos en insólitas asociaciones de imágenes que parecen surgidas directamente del inconsciente del poeta. 

Todo ello incorporado a una creación original que hace referencia a otros creadores universales como Baudelaire y sus Flores del Mal, Lautréamont y sus Cantos de Maldoror, Marlowe y su Doctor Faust, Joyce y su Ulises, entre los más notables. 

Sostiene la creación un lenguaje de inhabitual uso en el campo poético por los registros a los que recurre. Un lenguaje en el cual se reúnen lo material y lo espiritual, lo concreto y lo abstracto, el cuerpo y el alma, en imágenes y metáforas sintéticas de sorprendente factura, a imagen y semejanza de estos versos de “Mamparas”:

 

Desconcertada la verdad y estupefacta

se desnuda desafiante

y corre desdentada y lenguaraz

por las calles de la ciudad percudida

ajena al hedor de los insultos

y a la virginidad descosida de la vergüenza y la urbanidad

y deja en los buzones signos de interrogación como dardos (p.130-131)

 

En “Oda a este amor” “Las rosas cantan su propia melodía de espasmos y discordia” y “Medio desquiciada -dice el poeta- mi palabra es carne y pus / Vive el amor como una lombriz (p.77). En “Sitis” hablará del “verbo hecho carne y saliva”. (p.134) 

Las palabras son cuerpo y el cuerpo es palabras, vale decir poesía en su más alta expresión:

 

Las palabras de mi cuerpo

Se elevan como una exhalación

Y caen y se quiebran

Son un espejo

En este país de siete suelas (p.100) 

Nuevo Prometeo encadenado por haber robado a los dioses el fuego sagrado de la poesía, el poeta con el corazón picoteado por el buitre de la condena, se mueve deliciosamente en la infernal hoguera de la creación que se torna divina. Es el misterioso e inexplicable placer dolor de la vida misma traducido en versos:

 

Y aún no comprendo

Por qué y para qué escribo

Por quién y para quién borroneo

Cuervos y tornasoles guturales

Tal vez para que mi cadáver

No hieda: asno que escupe desde el capullo

De un geranio la saliva

Es mi resurrección e indulgencia

La palabra (p.91)  

En el mundo kafkiano de La metamorfosis las cadenas son sus razones de vivir. Así empieza el poema “ K” de Dispersión de cuervos :

 

Erase un buitre que me picoteaba,

Los pies –Franz. Jus, cúbreme: haz

de mi sangre una flor, un geranio atado

A mi saco sucio, sé mi luz… 

 Y termina con estos versos donde la enigmática imagen del buitre suicidado parece conducir a la impotencia y al silencio de la voz poética:

 

…. J’écoute les

Appels d’un monde qui se noie, ¿quién se

Atreva a amar la carroña que nos envuelve?

¡Franz, Franz, no hace falta: el buitre

se ha suicidado en mi garganta! (p.15)

Percibimos en la poesía de Bernardo Rafael Álvarez un intento de acercamiento al hecho poético centrado alrededor de la figura del escritor y su entorno hogareño y familiar: Pallasca el pueblo de su nacimiento, Lima la ciudad que habita, la naturaleza y el mundo que lo rodean:

 

Tiempos de sordidez y disentería

¿Qué decirle a la vida?

Nada

Pero vivirla

Como una sorpresa

como una sonrisa,

Como un dolor que late (p.43-44)

Así la poesía se vuelve búsqueda de identidad, vida, redención, y utopía que choca con la realidad:

 

El viajero de la noche o el guitarrero encantinado en ron y aserrín

Sueña con el paraíso entre sus dedos pero

Quién puede soñar y orinar dolorosamente

Como regurgitación de palabras

Y escupir en las noches en que solo un poema nos guarece /

Esto es solo un vals olvidado compañera mía pse

La vida que rechaza las tranqueras /

Nada más nada más uff (p.96)  

2. El hecho poético

Como en Martín Adán la poesía “no dice nada” o “casi nada” (p.68) y lo dice todo. Dice al individuo y al mundo, al individuo dentro y fuera del mundo, al mundo dentro y fuera del individuo:

 

Pero mi obsesión eres tú

Poesía desnuda poesía calata

Mentira desgarrada y culposa

Hecha de esquina y algodón

[…]

Sobre la hoja en blanco la hecatombe tiene

Su drama sus desvaríos y esquirlas

Donde mística se masturba la delusión

Y la esperanza

Se aferra al grillete de los verbos

Héroes nativos de bosta y carbón

Melusina quebrada en el fondo del espejo

Verde como agua estancada

Como cielo purulento (p. 99-100)

Envuelto en su bufanda de “poeta maldito” (p,69) -como se autodefine-, el poeta busca también en la poesía esa “hija negada del amor y el abandono” (p.44) una forma de escapar de la soledad, de amaestrarla convirtiéndola en esperanza, como subraya la bella imagen de la aurora al final del poema “Impaciente búsqueda / la relación del sueño”:

 

Soledad, grata soledad,

a punto de autora

a punto de sueño,

volando como las aves

rompiendo la mentirosa aurora / tras el

espejo / Pintas de aurora

mi poesía (p.14) 

Al hacerse poesía, la soledad que participa de la vida real y material del hombre, y nos afecta a todos en la profundidad de nuestro ser, adquiere en lo espiritual un valor positivo que la traslada al campo de la utopía.

3. Expresión y lenguaje

El lenguaje poético de Bernardo Rafael Álvarez apela a todos los sentidos: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato con una insistencia particular en los malos olores con la palabra “hedor” que vuelve reiteradamente, muy a menudo en plural “hedores”, bajo la pluma del poeta como ilustración de la cloaca en que se han convertido la ciudad y el mundo. Asimismo las palabras “útero” “semen”, “genitales” , “senos”, “clítoris” y sus derivados como emblema de vida y esperanza. 

Lo ilustran en especial poemas como “Mercado de frutas” donde “El sol se pudre y hiede” y “la erumnosa noche” “tose esputa y vomita” (p.64-65) y “Diálogo en la abadía del boquerón”:

 

Sacra arquitectura urbana y corrosiva de la libertad

Y en los parques de la

Indulgencia y el cinismo es también

Una piel desprendida injuriosa y purulenta

Que hiere la mirada insensata

Del mundo y el hijo triturado que devora

Los genitales del padre (p.67)  

La imagen de los últimos versos remite ciertamente a la poesía parricida del movimiento Hora Zero y a la visón de la ciudad de sus integrantes. Una ciudad cuyo caos y fealdad el poeta intenta exorcizar para convertirlas en orden y belleza. Así se nota especialmente en un poema como “Oh/linda”, cuyo título incluye la doble vertiente de la ciudad real y de la ciudad imaginaria. Mientras la ciudad real permanece en su basura y fealdad, la ciudad imaginaria se hace significativamente mujer, belleza, vida y placer:


Ciudad de Lima, frescura artificial.

Ardor de arena; mi sed inventa un

Oasis: árboles crujen, botellas y

Basura –agua sucia, redonda, envuelve

El olmo- cabras escarabajos

Completan el paisaje.

La vida fluye o explosiona. Mi edén

Se desordena; imposible recuperar el orden.

Blackout: nadie ataca el aire,

Vértigo y ceguera en el ozono:

Toco tu clítoris, tibia elevación del

Placer; allí duerme la paz o

Nace la guerra  (p.109) 

En otro poema, “Artículo de fe”, el poeta asimila sin vacilar la generación poética de Hora Zero a la cual pertenece a la misma ciudad de Lima, describiéndola como una generación que “duerme en las calles patas arriba /Eviscerada mal barateada y deshojada flor de fango”.(p.54)

Si el poema es “una cosa de vísceras” (p.98) -según afirma Bernardo Rafael Álvarez en otra oportunidad-, difícil no ver en ese juicio una toma de distancia con ciertos postulados ideológicos que determinan la poesía de dicha generación (como los del “marxismo-leninismo” al que declaraban adherirse plenamente los fundadores del Movimiento Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel” ) y de sus clamores iconoclastas y parricidas de los cuales ni Vallejo se salvó. “Yo soy testigo de sus esputos y de sus putas inverosímiles” -concluye elocuentemente el poeta. 

En el universo poético de Bernardo Rafael Álvarez las palabras que pertenecen al registro del cuerpo y sus funciones elementales como orinar, defecar, eructar, vomitar, y de sus secreciones glandulares, seminales y clitorídeas, están poetizadas mediante el ambiente de paz natural y serenidad creado en torno a ellas. Así “En el burdel de las palabras melancólicas bañadas de semen y Angustia / Chatarra verbal plaf / Cáscara de Cacao uff / La flor de la canela ah” (p. 71) cabe también la “supuración luética” (p.76) del placer dolor al que ya me referí. 

El uso de la onomatopeya muy frecuente en el universo poético de Bernardo Rafael Álvarez se puede interpretar sin duda como un intento de darle al poema esa musicalidad que lo constituye en poema, como afirmaba el poeta simbolista francés Verlaine: De la Musique avant toute chose. De aquí la complicidad afirmada al final de “Bird / homenaje a Charlie Parker” entre el poeta y el músico:

 

Deschávate Charlie: inauguremos

Otra vez la celebración del pecado

en medio de bosques incendiados,

con los chirridos de pájaros obscenos que no mueren (p.107)

En efecto, en el plano de la musicalidad Bernardo Rafael Álvarez le insufla al poema el ritmo que, como bien señala Octavio Paz, convierte la materia manejada en poesía. Así sucede, por ejemplo en estos versos donde se funden lo fálico y lo uterino, hechos palabras:

 

Como tú

Y yo abominables

espectros par de monosílabos

De la noche como nadie

(Las rosas cantan su propia melodía de espasmos y discordia)

Ni carne ni sangre

Apenas una sensación una sorpresa

Como todos

Humedad en el vientre y visceral licencia fálica

Una delirante angustia uterina

Como el silencio escondido

En la guarida de los lobos

Bajo el brassiere de la epopeya.

Y el adjetivo testicular

[…]

No muere sino se desplaza cansino y prosódico porque

Casi siempre el mejor poema se escribe en el útero” (p.76-77)  

La relación vital, carnal y espiritual, profana y sagrada a la vez, entre el poeta y su creación está bien resumida en el poema “Huésped” de impecable factura, uno de los últimos poemas del libro con fecha de enero del 2017:


Diosa deseada

Hacedora de mis sueños

Culpable de los poemas que brotan por mis poros

Milagrosa fuente de agua bendita

Alienta mi canto como oración esperanzada

Bendice mis extravíos

 

Alimenta la carne de mi palabra

Y mi sed

Y recíbeme

Como huésped

Loco

Sufrido

Retorcido

Tierno

y

Desorientado

En el infierno sin fondo

De tu cielo

Y condéname

Sin misericordia

Al fuego húmedo de tu luz sin final (p.143)  

Este poema construido en base a las dicotomías cielo/infierno, lo sagrado/lo profano, sueño/realidad, culpa/redención podría ser la profesión de fe de un creador dedicado cuerpo y alma a la creación vista como salvación, perfectamente evocada en la oximorona imagen final del “fuego húmedo” hecho “luz sin final” en que se reúnen lo negativo y lo positivo.


4. Mujer y poesía: amor, sexo y erotismo

El amor, el sexo y el erotismo como forma y expresión de vida son poetizados en los versos de Bernardo Rafael Álvarez con realismo, naturalidad y extremo pudor, en un delicado lirismo donde se funden mujer y poesía. Valgan de ejemplo estos versos de “Poema escrito”:

 

Los senos descubiertos con angustia

tu mirada de infierno.

Oh las distancias trazadas, los minutos expresados

minuto a minuto, oh no recorrer no sentir:

“he aquí mi cuerpo desnudo.

estos labios sangrando,

esta oscuridad, profundidad,

lenguaje que llama: sexo hembra, flor de loto,

sol que nace” (Mi dulce ovejita sin manada,

transformación mágica: hada de mis bosques: sentirte húmeda,

tibia; oh nuestra piel sin exceso habitada) (p.103)

Un poema como «Arliasar» parece directamente salido del universo pictórico de Courbet y de sus finos cuadros deliciosamente eróticos: “El origen del mundo” y “Mujer en medio de las olas”:

 

Con pudor y cinismo

una sábana blanca esconde

los labios,

la hendidura inexpugnable

de la profundidad feraz de tu pubis

y el monte salvaje que, enhiesto y acobardado,

parece vigilado por tu clítoris: guardabosque celoso

del paraíso (p.124)  

Así termina el poema, pura imagen de esa mujer desnuda que ofrece sus senos maternales y su sexo procreador a la vista de todos, en “El origen del mundo” del pintor francés:

 

Tendida como un valle

pero ondulante como olas de mar en madrugada

yaces como una duda

y un llamado

a la paz y a la guerra.

Una luz envuelve tu mirada

Esa luz golpea la mirada mía

como una prohibición.

(¿Entraré en el fuego de tu infierno,

como pecado

y condena

y, desgarrado y desgaritado.

llegará mi corazón a palpitar al compás de tus gemidos

mientras la noche envolviendo nuestros cuerpos

llore y sude a mares,

mujer santificada,

diosa de mis pesadillas

y mi sed?) (p.124)  

El cuadro se completa con estos versos del penúltimo poema “Adolescentes bellos” en los que se canta a la juventud en su dimensión sagrada de inocencia, de pureza de los sentimientos y de los ideales:


Amamos

y aún hay humedad en nuestros poros

y unas ganas irrefrenables de sobrevivir

con el ocho echado bajo nuestros pies

y la sonrisa como un aniego perpetuo

Adolescentes bellos

dueños de nuestro canto y de los monosílabos

sin que nadie nos imponga su verdad

sin estatuas que nos quiten la luz

Eramos adolescentes bellos

Libres, bellos y desnudos (p.147)

El remate final “Libres, bellos y desnudos” de este poema constituye probablemente una de las expresiones más luminosas de una utopía humana encarnada en el canto y los “monosílabos”, vale decir en el lenguaje que lo sostiene. 

 

5. Búsqueda de sí mismo

Nuevo Diógenes con su linterna, el poeta busca su verdad “Con la ansiedad compulsiva de mostrar / Al mundo las extrañas moradas que habitan / El nublado universo de mis arenosas entrañas” afirmando al final de ”Este olor verde y pútrido”:

 

Estoy atado al mundo sí

Pero el mundo está desprendido de mí/

Viví debajo de la realidad –artificio de místicos y poetas pse!

Y ahora trato de injerirme en ella pero es demasiado tarde

Ser realista / ah idioma de los mocos y el agua bendita:

Existir y rebuznar como un descosido

Artificio de ministros y buhoneros puaf!

No la encuentro propicia para los espejismos: escupo

Y pido que me devuelvan la palabra /

Y nada me obliga a nada

Excepto a ser libre y líticamente silencioso

como una ofensa (p.63)

En “Monólogo de Nadie y un paréntesis concreto” Bernardo Rafael Álvarez expresa sus interrogaciones, humanas y metafísicas a la vez, sobre la realidad de su existencia a las que la pura razón cartesiana es incapaz de dar respuesta:

 

Me pregunto a veces: ¿tengo un cuerpo?

Vuelvo a preguntarme: ¿tengo un alma?

Finalmente me pregunto: ¿quién es el que pregunta

Mi cuerpo mi alma o una tercera persona?

O soy un pensamiento y mi carne / cosa de

Descartes verbo cruel y cínico (p.60)  

En medio de sus interrogaciones el poeta, “lamentándose por haber nacido” (p.90) se encuentra sumergido en el universo absurdo del filósofo rumano Emil Cioran . Y más aún en el universo ubuesco del escritor francés Alfred Jarry, inventor de la patafísica, o ciencia de las soluciones imaginarias:

 

Vomito adverso a los ojos y la eternidad ubuesca del doctor Faustroll y su

reinado vegetal

Más esta ética de las tripas y los flujos

Donde no soy más que una anécdota

Quiero decir un pretexto una sesión de absurdos

Es que somos animales somos animales

Merdre! (p.74)   

En el último poema “Me importan” el escritor se pregunta sobre sus múltiples “yo” y la complejidad de la naturaleza humana: 

 

Que me importan, dije

pero los demás nunca dejaron de ser mi mismo desierto y desconcierto

mi misma soledad y compañía

mi misma asfixia,

mis mismas ganas de morir como una cucaracha

mi misma resurrección a la hora de la oración y el desayuno de milagros

La misma sinfonía de estiercol y pétalos de Girasol

Mi silencio y el rumor de no estar solo (p.147-148 )   

De alguna manera, Bernardo Rafael Àlvarez, daba una respuesta anticipada a estas interrogaciones sobre sus múltiples “yo” en quienes se funden lo propio y lo ajeno como en su propia imagen –que es también la imagen de los demás- reflejada en el espejo que “repite la letanía de la esperanza y su bendita imprudencia”, en los versos iniciales de “Insula”:

 

Un islote

Eso fui y soy (p.122)  

Con la bella imagen del “islote” sacada de la naturaleza y sus connotaciones afectivas dadas por el diminutivo, se precisa la relación entre el ser humano y el cosmos, alegoría poética de la relación del ser humano con sus semejantes, de su sueño y utopía:

 

Un islote solidario

siempre

pero jamás sometido

al continente (p.122)  

6. Poesía y utopía

La poesía de Bernardo Rafael Álvarez, expresa ciertamente más dudas que certidumbres, como traducen los vallejianos “Yo no sé!” que concluye el poema “Monólogo de Nadie y un paréntesis completo” (p.60) y “Sabio si tú hubieras sido hombre hoy supieras ser dios” hablando del curaca en el poema “Con Igor Ignacio en Caral”. (p.117)

La utopía de Bernardo Rafael Álvarez gira fundamentalmente en torno a la figura mitificada de Marx que ha inspirado las grandes revoluciones del siglo XX en el mundo y los movimientos de liberación nacional en América Latina, dando lugar en algunos casos a regímenes dictatoriales y manifestaciones de violencia y de terror extremos:

 

L’art d’être grand:

El viejo Karl debió entender

Que la alquimia mueve la historia;

Llevamos la piedra filosofal en las

Manos para hallarla después en el

Principio / El arte de enmohecer la

Palabra: fui dueño de tu voz en el

Teléfono y de tu saliva en mis labios:

Has vuelto a tu realidad, y, lástima,

Yo no estoy con ella (p.110)  

La reflexión del poeta parte de una mirada sobre la historia y sobre la instrumentalización de una teoría inicialmente considerada como generosa. Dicha instrumentalización desnaturaliza completamente la teoría hasta el punto de invertirla, transformándola -según afirma- en “macabra teoría” para la desdicha de la humanidad:

 

Y, como sabemos, la historia es el cuento

falso o verdadero

de lo que ocurrió

y no de lo que ha de ocurrir; no es futurología ni adivinación azarosa.

Y Karl, el viejo amable y sabio, no era

futurólogo

ni adivino,

El pasado que vino después de él lo traicionó,

feliz o lamentablemente

no lo sé

pero ya no fue lo que había sido. Y no se dejó seducir

por aquella vieja que de partera

pasó a ser comadrona abortera de barrio lumpen

haciendo que lo afirmado por el viejo Karl

se transformara en macabra teoría. Y nosotros

tontamente

nos quedamos tocando el tambor

o nuestro cuerno de hojalata

desnudos

al otro lado del mundo

sin saber decidir entre

la violencia

o la inteligencia (p,142)  

Notaremos en estos versos la fuerza negativa de la sugerente imagen de la partera que pasó a ser “comadrona abortera de barrio lumpen” y de las palabras utilizadas: “traicionó”, “macabra teoría”, opuesta a la imagen final de la ingenuidad del colectivo “nosotros” emblematizada por el tambor o cuerno de hojalata que escuchan los inocentes. Se trata de una manera de diferenciar simbólicamente las víctimas de los victimarios, los traidores conscientes de sus actos de los traicionados inconscientes e impotentes.

En el trasfondo ideológico de la poesía de Bernardo Rafael Álvarez anida una idea clave: la celebración de la Libertad del individuo, de su libre albedrío y de su condición humana. El compromiso del poeta es con la inteligencia, contra la ceguera y todos los fanatismos religiosos y/o ideológicos y políticos.


7. La marca de Hora Zero

En resumidas cuentas, agregaré simplemente que como en sus compañeros de Hora Zero, en Bernardo Rafael Álvarez, “la poesía ladra / suda orina tiene sucias las axilas,/ La poesía frecuenta los burdeles / escribe cantos silba mientras se mira/ ociosamente en la toilette” como escribiera Enrique Verástegui en su poema “Si te quedas en mi país” de su primer libro En los extramuros del mundo. El poeta cree ciertamente según declarara Juan Ramírez Ruiz que “el arte, la poesía, abre ríos, levanta montanas, transforma a los individuos y es la potencia luminosa, el indestructible vigor, la vitalidad más alta”. 


En Bernardo Rafael Álvarez su oficio de abogado se funde con la función de poeta. La divina hoguera es probablemente una de las más radicales muestras de defensa de la palabra delincuente ante el tribunal de la vida. Palabra maltratada por el trato social, ético y cultural. Palabra tabú vergonzosamente reservada a la vida íntima y secreta del ser. Palabra prohibida de uso en las relaciones humanas y sociales "decentes" sin atraerse los anatemas de las almas "bien pensantes" y mojigatas. Palabra, en fin, subversiva arbitrariamente acusada de diabolismo y condenada antes de ser juzgada. 

En esta defensa, merced a su poetización, igual que las "putas palabras" de Octavio Paz, la palabra delincuente cambia su estatuto de culpable por el de inocente. Sale libre y reforzada del tribunal de la vida.

Razón por la cual no vacilaré en afirmar que lejos de ser “descarnada y agresiva” la poesía de La divina hoguera es pura carne, pura paz interior y exterior. Porque entre la violencia y la inteligencia Bernardo Rafael Álvarez ha sabido escoger la inteligencia. 

 

[Couyou, marzo de 2020]




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Roland Forgues, nacido en Tarbes (Francia) en 1944, es el más importante peruanista francés vivo. Ha sido docente en las universidades francesas de Grenoble y Pau. Algunos de los más de veinte libros que ha publicado, dedicados  al estudio de la litetatura peruana e hispanoamericana, son los siguientes: El fetichismo y la letra: ensayos sobre literatura hispanoamericana (1986), José María Arguedas: del pensamiento dialéctico al pensamiento trágico: historia de una utopía (1989), La estrategia mítica de Manuel Scorza (1991), Octavio Paz: el espejo roto(1992), Mariátegui: la utopía realizable (1995), Vallejo: dar forma a su destino(1999), Plumas de Afrodita: una mirada a la poeta peruana del siglo XX (2004), Palabra en el viento: ensayos sobre creación e identidad en América Latina (2005). También tiene trabajos sobre Benedetti, Rulfo, Quiroga, Blasco Ibáñez y otros importantes escritores latinoamericanos. 


martes, 3 de marzo de 2020

¿SIRVE DE ALGO LA POESÍA?


Corría el año de mil novecientos... (bueno, cuando aún gobernaba Juan Velasco Alvarado). Yo aún no había cumplido los veinte años de edad. Maltoncito, pues. A eso de las siete y media u ocho de la noche de un día viernes o sábado me encontraba por la cuadra diez de la avenida Venezuela (cerca de la iglesia de Desamparados), en Breña, en la esquina, esperando la ocasión para cruzar la pista, rumbo a casa. De pronto, de una camioneta que acababa de detenerse a pocos pasos de donde yo estaba, descendieron unos policías, y a varios jovencitos nos llevaron cogidos del brazo hasta el vehículo, y fuimos a parar a la Comisaría de Chacra Colorada, no tan lejos, en la cuadra siete del jirón Carhuaz, y allí nos encerraron con otros muchachos que habían sido detenidos antes. Entre esos jóvenes estaba uno -algunos años mayor que yo- que solía pasar casi cotidianamente por la cuadra diez de Huancabamba, donde yo vivía con mis padres y hermanos; nunca fuimos amigos, y ni siquiera un saludo habíamos intercambiado antes, pero -obvio, ¿no?- así como yo a él, él a mí también me conocía, pues, "de vista". Era flaco y tenía un mentón pronunciado y creo que le faltaban algunos dientes superiores, lo que le hacía parecer un abuelito. Después de un par de horas más o menos, a este joven lo dejaron ir, supuse que (y creo que no me equivoqué) debido a su edad. 

Lo que ocurrió aquella noche fue -¿lo adivinaron?- una de las últimas veces que en nuestro país se efectuaba una "leva", es decir el reclutamiento coercitivo para "servir a la patria". Y yo, naturalmente, era uno de los obligados a hacer tal cosa, pero -se fregaron, caracho- ¡jamás llegué a hacerlo!

En el ambiente en que nos encerraron, había -si mal no recuerdo- unos bancos largos de ladrillo y concreto, que, supongo, eran usados como camas. Algunos se sentaron allí, mientras los demás, la mayoría, permanecimos de pie. Yo -lo confieso- ya comenzaba a acostumbrarme (o, mejor dicho, a resignarme) a la idea de estar, los próximos meses, convertido en cachaquito, recibiendo órdenes de capitanes o tal vez de coroneles (¡ajá, nada menos que de coroneles!) en algún cuartel, y con un fusil de verdad cargado al hombro (no como aquellos, de madera -que eran inocuos remedos- con los que, años antes, hacíamos la "premilitar" en mi colegio, el municipal mixto de Pallasca). ¡Asu, iba a ser soldado de la patria!  

Pero, no. Como ya lo anuncié, ese sueño, digamos forzado, no iba a hacerse realidad. Esto lo supe exactamente allí mismo, ese mismo día, casi a la medianoche, en esa comisaría, la de Chacra Colorada, cuando inesperadamente se acercó un sargento de la guardia civil a la puerta o reja de la habitación o celda y pronunció en voz alta mi apellido. 

Obediente, cómo no, y gratamente sorprendido, acudí a lo que, naturalmente, era un llamado. El policía, esbozando una no discreta sonrisa, me clavó su mirada, que parecía cargada de una medio ponzoñosa duda, y, sin más ni más, me disparó esta pregunta: 

-¿Este eres tú? 

Sí, era yo, naturalmente. ¡Cómo, y por qué diablos, iba a negarlo! 

Inmediatamente, el uniformado (así conocíamos, entonces, también, a los policías y militares) sacó una llave de uno de sus bolsillos y abrió el candado, y me ordenó que saliese. ¿Qué creen que hice yo? Disculpen la pregunta tonta. Ni corto ni perezoso, ¡salí, pues!

Hacía unos meses -con precisión, en enero- saqué a la luz mi primer poemario, un breve y modesto librito titulado (Aproximaciones & conversaciones) que, alucinen, llevaba el sello editorial del Movimiento Hora Zero, gracias a que mi pata, mi hermano, Juan Ramírez Ruiz (fundador y teórico por antonomasia de aquella iconoclasta agrupación) me lo sugirió y autorizó. La publicación no fue gran cosa que digamos, pero, bueno, como el poeta chiclayano en algún momento me dijo -complaciente-, era algo así como "una batalla ganada" (aunque, en realidad, creo que más tenía de perdida, por lo flojazos que eran muchos de los poemas allí reunidos). Pero, tengo que reconocerlo, aun así, esa publicación me sirvió de algo.

El policía aquel que había dicho casi como un saludo, en voz alta, mi apellido, ahí, en esa comisaría, mientras me hacía la inesperada pregunta, agitaba, gozoso, con la mano izquierda, adivinen qué (no me lo van a creer): ¡mi librito!, el pequeño volumen de poemas en cuya contratapa estaba impreso mi retrato de adolescente (seriecito, pelo largo, y con raya a la izquierda), y adelante -antes del título del poemario-, mi segundo nombre con el apellido paterno. No recuerdo qué me dijo antes de autorizar mi retiro y despedirme, pero yo -contento, regocijado- le dejé, sobre una de las páginas en blanco de mi poemario, una dedicatoria como expresión de gratitud. El sargento se alegró.

Asumí -no sé si con acierto- que aquel buen policía, de la comisaría de Chacra Colorada, ciertamente, no quería que un poeta (mucho menos el poeta al que acababa de conocer) se convirtiese en un soldadito de cuartel. Y me acompañó hasta la salida, donde (debí haberlo adivinado) mi hermano Jorge me esperaba. 

Fue él, por supuesto, quien, imaginativamente y con acierto, llevó mi librito de poemas -como el más contundente y eficaz argumento o recurso contra la leva-, librándome, así, de la obligación de "servir a la patria", esta patria a la que tanto debo, a pesar de todo. ¿Y cómo es que él llegó a saber que yo estaba en esa comisaría? Creo que la respuesta es obvia, ¿verdad? El muchacho del mentón de abuelito, que ciertamente conocía nuestra casa, gentilmente y sin que yo se lo hubiera pedido, decidió hacer su buena acción del día: apenas salió del establecimiento policial lo primero que hizo fue ir a dar el aviso salvador a mi familia. 

De aquello, ha transcurrido un montón de años. Hoy, al recordarlo, se me ocurrió hacerme esta pregunta: ¿La poesía es útil, realmente?, es decir, ¿sirve para algo? No me atrevo a dar una respuesta, porque -la verdad- no la conozco y creo que no la conoceré nunca. Sin embargo, lo cierto es que esa ya lejana noche (lo digo, ya, con precisión: de mil novecientos setenta y cuatro), el haber escrito y publicado unos cuantos pobres poemas en un breve y nada ambicioso librito a mí me resultó sumamente útil; claro, no para hacerme famoso o para ganar dinero ni para recibir premios o diplomas, pero sí, al menos, para no tener que terminar haciendo "planchas" o "ranas", o dormir a sobresaltos en un cuartel, y tampoco recibir órdenes de cabos, capitanes o acaso coroneles. 

Yo, por eso, le agradezco, emocionado, a la poesía, aunque Dios y la Patria, al enterarse de lo que acabo de confesar, tal vez tengan -en lugar de también darle las gracias- que reprocharle firmemente y demandarla, o acaso darle un merecido jalón de orejas. Pero, en fin, sirvió de algo, y esto nadie podrá negarlo, porque es la pura verdad, y lo juro por Diosito o -como también se decía en Pallasca, mi tierra- ¡por María santisma! 


                                      © Bernardo Rafael Álvarez

jueves, 30 de enero de 2020

UN HUECO EN EL ÚTERO LLAMADO LIBERTAD (Poesía de Claudia Luz Rivas Valverde)

Hace algo más de seis años –les cuento- participé en la presentación de un libro del poeta Juan Cristóbal. Y ocurre que el libro que hoy, aquí, se está presentando (y particularmente su título) me trae a la memoria lo que dije en aquella oportunidad. Bueno, estas cosas casi siempre pasan, ¿verdad? A veces, como en este caso, es el recuerdo de algo que realmente sucedió, y en otras ocasiones solo se trata de aquello que, en francés, es conocido como Déjà vu y que no es otra cosa sino la extraña sensación que se experimenta al pensar que un hecho nuevo ya lo hemos vivido antes; pero, no es eso de lo que hablo ahora.

Bien. Estamos ante un libro de poesía, escrito por Claudia Luz Rivas Valverde, que he leído con bastante atención. Según he podido darme cuenta, lo que ha hecho Claudia Luz, al escribir los poemas aquí contenidos no ha sido estimulado, precisamente, por el propósito de lograr que los lectores, tras haber discurrido por su contenido, podamos decir, satisfechos: “¡Oh, qué bello!”, “¡qué dulce!”, “¡qué tierno!”; sino por el deseo de decirnos ella, la poeta, a cada uno de nosotros: “¡Oye, no te quedes parado, actúa!” (Lo cual, sin embargo, no impide -porque, claro, también es válido y justo- que podamos soltar, con entusiasmo y fervor, aquellas frases de gozo y admiración).   

No sé si ustedes, pero yo casi siempre me he hecho esta pregunta: ¿Por qué y para qué se escribe poesía? Yo creo que la respuesta es esta: Se escribe por cualquiera de los muchos motivos (o razones) que pueden existir. Puede uno escribir porque quiere alabar a un personaje, manifestar amor (filial, erótico o de patriotismo), resaltar un hecho o un símbolo, expresar una indignación, maldecir o llorar por un amor perdido, o querer “remover conciencias” como una respuesta a lo tortuoso, injusto y enrevesado de la realidad. También puede escribirse porque tal vez hay el convencimiento de que, con un poema escoltado por signos de exclamación o dicho con palabras rudas, es posible cambiar el mundo -como quería Marx- o la vida -como sugería Rimbaud-. (Estamos en pleno siglo XXI y, aunque parezca mentira, todavía hay quienes creen eso: que ello es posible, que un par de versos pueden convertirse en hoz y martillo, no como herramientas de campesino y obrero unidas, sino como artefactos letales en una lucha armada). Pero, también, solo y simplemente, se puede escribir empujados por el íntimo deseo de liberar los demonios internos (catarsis, llaman a eso los eruditos) que atormentan al poeta que, como todos, solo es un ser humano de carne y hueso y no un “hermano mayor” enviado por Dios. 

¿Y para qué se escribe? Pues, para generar placer, instigar a la cólera, o solo querer decir: “este soy yo”… Y todo lo dicho (y mucho más) está envuelto en ese concepto medio culterano, o culturoso, al que conocemos como “estética”. Un texto escrito (como también una pintura, una escultura, etc.) que produce placer, que le pone a uno de vuelta y media, que le genera nostalgia y puede sumirlo en la melancolía, que le hace rabiar de impotencia, etc., lo que está logrando con ello es cumplir, precisamente, eso que podríamos llamar “finalidad estética”, que no es (o no tiene que ser) únicamente todo eso que se refiere a lo agradable para la vista o para el alma, es decir, “lo bello”; también lo feo (en arte, en poesía) es un asunto estético. Si lo dicho (cualquiera de esos efectos) se da al leer un poema o al mirar detenidamente una pintura, entonces –definitivamente- aquello –sí o sí- realmente es poesía, es arte.  

Y con esta poesía –la de Claudia Luz- lo que se genera, es un sacudón en la conciencia. Ha sido escrita –es evidente, creo- motivada por la indignación que causa tanta cochinada de la que todos, de alguna manera, hemos sido y seguimos siendo testigos en estos predios. Pero aun va más allá. Esta poesía nos dice que, si nos mantenemos impávidos frente a esta realidad que deprime, subleva y asquea, dejamos de ser solo testigos y nos convertimos en eso que está dicho en el título del libro: en cómplices. A ello se debe la aspereza con que la poeta ha designado a este conjunto de poemas, directamente y sin anestesia: Cómplices todos. Por eso, repito, me hace recordar lo que dije respecto de “Gritos”, el libro de Juan Cristóbal, en octubre del 2013.   

No tenemos que enfrascarnos o extraviarnos en boscosas reflexiones filosóficas o en enrevesados argumentos tal vez de carácter jurídico, para tratar de establecer si es o no correcto llamar cómplices a quienes solo dejan de actuar (o sea, “cómplices por omisión”). No se trata de eso. Hacerlo sería absurdo. Después de todo, hay que entender una cosa: más que buscar justificaciones o razones para disentir de lo que dice un poema o transmite una obra de arte, o recurrir a teorías con el objeto de sustentar una aprobación o acuerdo, lo válido y justo es leer un poema o ver un cuadro, como lo que son realmente: no artefactos “científicos” o “tecnológicos”, sino –digamos- productos estrictamente estéticos y realidades autónomas, no enganchadas a eso que llamamos realidad (ni como apéndice, ni como espejo); no necesariamente “comprometidas” con la revolución mundial, la lucha contra la burguesía o el derribo del Imperialismo, y tampoco para “adular el gusto mediocre de la burguesía” (como decía Mariátegui). Y, en este sentido, lo que corresponde decir –básicamente- es “me gusta” o “no me gusta” (así de simple), y no ocuparnos de raciocinios o teorizaciones medio “bizantinas”, porque eso sería tan solo un ejercicio de carácter intelectual (o intelectualoide) con el que trataríamos, inútilmente, de demostrar que somos “sabios” o doctores, y si eso lo hacemos recurriendo a lo que se conoce como “criptolalia”, es decir, si la hacemos difícil (como hacen muchos abogados con sus incautos e ilusionados clientes: hablándoles con palabras “excelsas”, para convencerlos), seremos vistos como “lo máximo”, y dirán: “¡Asu, este sí que sabe, ah!”; pero, he aquí lo cierto: eso solo es pura hojarasca, y nada de real sabiduría, pura fanfarronería.  

Esta poesía, la de Claudia Luz, repito, ha sido hecha para sacudir la conciencia. Pero, a despecho de ello, también nos genera placer. A pesar del dolor por “la herencia que sufre ante el duelo / del hermano muerto a sangre fría”, podemos chocarnos con una fina ironía atada a la desesperanza: “Busco mil maneras de encontrarte…/ en el cielo, en los zapatos y las miserias” (“La lucha”); digo ironía, por esa magistral expresión a manera de absurdo (buscar a alguien “en los zapatos”). Y búsqueda, sin pausas ni resignación, es lo que hizo la perseverante Mamá Angélica, nuestra inolvidable Angélica Mendoza de Ascarza, que nunca dejó de escarbar en las ruinas de un país herido, tras esa asquerosa dizque “guerra interna”, con el objeto de lograr encontrar a los hijos desaparecidos de esta tierra, infame y demencialmente lastimada.   

¿Qué nos sugiere este verso de Claudia Luz?: “Mi hijo duerme sobre un poema” (“Mujer rota”). ¿No es bellísimo? El poema como el regazo de una madre: dulce abrigo, dulce protección: amor puro. Enternecedor. 

  ¿Hay erotismo, también? Sí, lo hay: “Quiero conquistar el lunar de tu espalda / llevarlo de la mano hasta la punta de mi lengua”: tierno y rudo (“Los pliegues de tu carne”).  

¿Alguien ha escrito un poema de amor, al más amado de nuestros poetas, Javier Heraud? Claudia Luz sí: “quiero seguir siendo el lunar que te perturba”, le dice, “porque ha llegado el día de nacer por segunda vez, el mismo día”, sentencia (“Javier Heraud”).   

Un poema que es una suerte de Guernica de Picasso, es “Nómina”, por el bello entrevero que encuentro en versos como estos: “Llevo los zapatos en la cabeza / la conciencia en la mochila…”. Ah, y la ciudad capital del Perú no se salva: “La Lima tirana le dio la espalda a su país / tragó basura y subastó su moral…” (“Memorias”). 

Deliciosa poesía la de Claudia Luz. Pero a veces, también, medio desconcertante. Y yo –créanmelo- me siento estremecido y feliz de estar en esta suerte de ritual bautismal, haciendo (repito lo que dijo Luis Alberto Sánchez en el prólogo a La casa de cartón, de Martin Adán): las veces de “testigo y portacirios”.   

¿Debo poner atención en algo más? Sí. Cómplices todos es un poemario escrito en quechua y en castellano. Es, así, una expresión de amor a dos lenguas valiosas en nuestro país: el bello castellano que nos ha dado obras supremas en la poesía, y el quechua que es nuestra valiosa herencia nativa, injustamente ninguneada por muchos doctores y hasta por sus propios usuarios que dicen sentir vergüenza.   

(Ah, y no debo dejar de referirme al sello editor que auspicia y materializa esta publicación: Eris, de mi amiga, la poeta y maestra, Karinita Moscoso Ballón, a quien quiero muchísimo, y admiro por lo que hace en las aulas: creando futuro y esperanza). 

Es bella esta poesía, dije, ¿verdad? Sí, pero no puedo irme sin decir lo que anuncié al principio, cuando aludí a lo afirmado por mí durante la presentación de un libro de Juan Cristobal. Bien. Lo repito, porque a la poesía de Claudia Luz Rivas Valverde, también le cae como anillo al dedo. Esta poesía es “una carajeada a la indiferencia”. Y está bien que lo sea. Carajear a veces es bueno, y hacerlo con poesía es mejor y más eficaz.   

Tengo, ya, que afirmar, sin pelos en la lengua, que si lo que inspiró, estimuló, motivó o instigó a Claudia Luz, a escribir esta poesía, fueron hechos o circunstancias ubicables en determinada etapa de nuestra historia (la violencia de esa infausta década que vivimos, por ejemplo), ello no ha dado lugar a que esta poesía se convierta en una suerte de “poesía coyuntural”, en un soliviantado pero inútil libelo, en un objeto desechable, en una perorata trasnochada (como la de ciertos poetas que intelectualmente no han logrado remontar y siguen anclados en una época que “ya fue”). Claudia Luz no ha caído en el error y la torpeza de envilecer su poesía. La poesía no es, como decía Gabriel Celaya, “un arma cargada de futuro”; un arma no. No matamos, no destruimos con la poesía. La poesía no es muerte, es vida y, claro, también, es futuro. Y esta, la de Claudia Luz, lo es en todos sus extremos.  

 Esta, como toda buena poesía, vale por sí misma y no en función de intereses que, por más nobles que pudieran ser o parecer, no dejan de ser realmente subalternos. 

(Debo confesar, finalmente, que las palabras aquí dichas, nada tienen que ver con motivaciones subjetivas, ni de simpatía por su autora, pues a ella la acabo de conocer aquí, en este recinto, y porque -sépanlo, de una vez por todas- mi error o acierto, en estas cosas, ha sido, siempre, mirar las obras escritas y opinar acerca de ellas, con plena objetividad y sin el menor deseo de ser complaciente).  

Usando como soporte un verso “intervenido” de Claudia Luz (es decir, imprudentemente alterado por mí), debo afirmar que la poesía es el útero cuyo parto supremo es la libertad y la dignidad humana, y así será por siempre. El arte (y obvio, la poesía), lo dije hace algún tiempo, “nos hace mucho bien, alimenta los buenos sentimientos y robustece la dignidad de los pueblos”. Ser dignos es ser libres. Y si alguna obligación puede pesar sobre el poeta, es esta: no someterse al poder, no ser súbdito de consignas, directivas ni mandatos, ser libre, escribir en libertad. ¡Salud, poeta!

 

 Lima, 30 de enero del 2020

“EL PALAIS CONCERT SOY YO” (LEVE ACERCAMIENTO AL HUMOR VALDELOMARIANO)




¿Han escuchado o leído aquello de que Abraham Valdelomar (Ica, 27 de abril de 1888 – Ayacucho, 3 de noviembre de 1919), a manera de proclama (“antidescentralista” y extremadamente ególatra), expresó: "El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo"? Sí, sin ninguna duda. ¿Saben si existe certeza de que realmente lo dijo, o de que él fue su autor? 

    Atribuir expresiones falsas a ciertos personajes, reales o imaginarios, es casi una suerte de deporte intelectual, aquí y supongo que también en la Cochinchina. Y no me parecería exagerado si dijéramos que algo o mucho de humor e ingenio suele haber en dicha práctica; y se hace para enaltecer las cualidades morales de la persona aludida, o para “hacerle quedar mal”. Veamos. 

Al finalizar el discurso con que anunciaba la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, el 24 de junio de 1969, el general Juan Velasco Alvarado expresó esta retadora y exultante frase: "Campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza", y aunque no la atribuyó directamente a Túpac Amaru (“Al hombre de la tierra ahora le podemos decir en la voz inmortal y libertaria de Túpac Amaru”, fue lo que expresó), todo el mundo, sin embargo, la asumió como realmente dicha por el rebelde nacido en Surimana. Se afirma que José Olaya, nuestro mártir chorrillano, dijo -a punto de ser fusilado-: "Si mil vidas tuviera, con gusto las daría por mi patria”; pero, hasta donde se sabe, no existen pruebas de que eso sea cierto. Como tampoco creo que pueda darse fe de que Jorge Chávez –en sus últimos minutos de vida- expresó aquella alentadora exclamación (buena para los especialistas en “coaching” y liderazgo): “Arriba, arriba, siempre arriba, hasta las estrellas”; hay, más bien, la sospecha de que lo que habría dicho realmente es esto “No, no, yo no me muero”, y que el aviador peruano Juan Bielovucic fue quien la convirtió en esta: “¡Arriba… más arriba todavía!”. Una frase más bien –a diferencia de las anteriores- deprimente, es aquella que desde la escuela medio que nos golpeaba la conciencia, casi nos hundía en la desesperanza y alimentaba el resentimiento con nosotros mismos, y fue atribuida al italiano Antonio Raimondi (autor de, entre otras muchas obras dedicadas al Perú, Ancachs y sus riquezas minerales, 1873): “El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro” (nunca se llegó a comprobar que el extraordinario peruanista italiano, cuyos estudios no solo tienen valor científico sino, digamos, incluso turístico -y nos enorgullecen-, hubiera sido el autor de tal deplorable decir). 

Pero también la ficción ha terminado, en algunos casos, siendo contaminada por, digamos, su propia “saliva”. A don Quijote de la Mancha (personaje imaginario) se le recuerda con una casi cotidiana recurrencia gracias, especialmente, a una frase puesta en su boca (es un decir, claro) no por su autor sino sabe Dios por quién, y que no aparece en ninguna parte de la célebre novela española: “Ladran, Sancho, es señal de que avanzamos”. Es que, la verdad, esa frase nunca fue dicha, durante sus alucinantes andanzas, por el ingenioso y delirante hidalgo que inventó don Miguel de Cervantes Saavedra. Es una frase apócrifa, pues.[1]   

¿Estaríamos, también, ante una frase apócrifa, atribuida socarronamente a nuestro Abraham Valdelomar? ¿Será realmente cierto que dijo aquella tan famosa y pintoresca proclama que, ante los ojos de muchos, lo presenta como a un ególatra sin remedio? 

Al leer a don Luis Alberto Sánchez, podemos asumir que, efectivamente, el autor de El Caballero Carmelo pronunció esa suerte de –repito- proclama, pero –ojo- no exactamente tal cual la conocemos. El tres veces rector de San Marcos, en su obra La Literatura Peruana: Derrotero para una historia cultural del Perú, al citarla, no incluye el altisonante remate en el sorites (así lo llama, sorites; es decir, un silogismo compuesto por varios enunciados encadenados): “El Palais Concert soy yo”.[2] ¿Por qué? Probablemente porque estaba convencido de que aquello no salió de la boca del narrador y poeta iqueño, sino que otra persona habría agregado, a modo de sorna, tal afirmación, quizás creyendo que casaba bien (¡porque casaba bien, realmente!) con la desenfadada personalidad del narrador y poeta que, sin embargo, en el poema Tristitia se muestra medio frágil emocionalmente: “mi padre era callado y mi madre era triste / y la alegría nadie me la supo enseñar”. 

Pero -reconozcámoslo- solo estamos en el terreno de la especulación: no hay nada (al menos hasta ahora) que rotunda y definitivamente pueda servir de sustento para afirmar, con seguridad, que se trata de una frase apócrifa pero tampoco, para negarlo.[3] Recuérdese que ya es –en algún modo- proverbial aquello de la egolatría (y algo de megalomanía) en el “Conde de Lemos” (apodo o seudónimo que él mismo se regaló y que es, en sí, muestra de una celebración del propio ego).[4] Sin embargo, conviene tener en cuenta lo que escribió José Carlos Mariátegui: “Uno de los elementos esenciales  del arte de Valdelomar es su humorismo; la egolatría de Valdelomar era en gran parte humorística”.[5] Una egolatría que bien merecería aplauso y sonrisas, y no reprobación o gestos adustos. 

Pero, durante aquellos años, sí hubo reprobación y gestos adustos, o “la airada protesta de la pacatería”, según Máximo Fortis (seudónimo de Juan Francisco Valega), porque el escritor no tenía empacho en poner “su yo con prodigalidad desusada y ¡con mayúscula!”, y porque, sin falsa modestia, manifestaba admiración por su propia obra.[6]  El fastidio de terceras personas nunca llegó a hacer mella en Valdelomar; generaron, más bien, una respuesta al mismo tiempo acre y cómicamente puntillosa: “Qué culpa tengo yo de ser Yo”, escribió, indoblegable; y agregó, ruda y definitivamente: “Vayan los muy necios a preguntarle a Dios por qué me dio alma, un corazón noble, un cerebro radiante y fecundo (…) y la divina e imponderable virtud de hacer lo que me da la gana…”.  A los que, según él, no lo querían, los caracterizó como “la prole del cornudo y rabudo de la pezuña de cabra”.[7] Pregunto: ¿Hay amargura o desazón en esto? Tal vez, pero también, y sobre todo, hay picardía y mordaz sarcasmo.[8] Estaba, obviamente, convencido de que un literato no está condenado a caminar con la cabeza gacha, ni sujeto a prohibiciones. 

Bien. No solo Mariátegui reconoció el sentido del humor en Valdelomar; también, de algún modo, nuestro ilustre historiador, diplomático y maestro Raúl Porras Barrenechea, quien –con acierto- afirmó que el propósito que buscaba Valdelomar era “asombrar al burgués” (y eso -épater le bourgeois, en francés-. ponerle de vuelta y media, dejarlo atónito, patidifuso, tiene mucho de humor, pues).[9] Y también Sánchez, que nos recuerda que “Valdelomar decía en broma casi todas las cosas que el público tomaba en serio”[10], y reconoce que sentó “cátedra de diarismo literario, humorístico, descriptivo, exquisito y mordaz”, y decidió imponer “otra moral” y proclamar “la arrogancia y el yoísmo como reglamento de conducta”, no obstante lo cual tuvo también gestos generosos: “revela -dice Sánchez- a Vallejo cuando en él creían solo sus contertulios trujillanos, especialmente Orrego…”.[11] 

Y fue, sobre todo, en sus caricaturas en que desbordó lo corrosivo de su humorismo. Corrosivo, mordaz, ¿por qué? Porque Valdelomar no esperaba solo la carcajada fácil y sin sentido; pretendía algo más, mucho más. Veamos lo que él mismo escribió: “La caricatura es la sátira gráfica, la sustitución de la frase por la línea, la pintura de lo defectuoso y lo deforme, a fin de señalar con el ridículo los crímenes y las injusticias, las flaquezas y las tendencias de los hombres”.[12] Sus primeros trabajos, como periodista, se pusieron de manifiesto en las revistas CinemaGil Blas y Monos y Monadas, pero no con artículos (literarios o políticos), sino con caricaturas. Valdelomar estaba convencido de que la caricatura no es, digamos, un arte frívolo; podría, quizás, sonar a una chanza, pero, en realidad, se trata de un aserto dramático y rotundo, esto que el autor de El Caballero Carmelo dijo: “Dios ha sido el primer caricaturista y su obra más perfecta es una calavera”.[13] Y, bueno, las caricaturas que Valdelomar dibujaba, son extraordinariamente representativas de lo que pensaba nuestro narrador y poeta. Como bien señala Willy F. Pinto, nuestro autor “contribuyó eficazmente en el mejoramiento estético de la tradicional e intrascendente caricatura política”, “sin que –obviamente, digo yo- sufriera menoscabo su intención burlona”.[14]

Pero, el humor valdelomariano no solo se puso de manifiesto en las actitudes; tampoco únicamente en los dibujos. También en más de un texto literario. Seis, si no me equivoco, son los cuentos estrictamente humorísticos escritos por Valdelomar: La tragedia en una redoma (un cuento al que adjetiva como “simiesco”, y en el cual nos dice que su “zoología  doméstica está compuesta por “unas ocho gallinas alharaqueras, unos pollos enclenques y vivaces, un perro plebeyo y muy querido que lleva el romántico nombre de "Capulí", una lora que tiene mutismos parlamentarios...); La historia de una vida documentada y trunca (de cómo se suicidó el personaje llamado Garatúa); La ciudad sentimental. Un cuento, un perro y un salto (que concluye con estas palabras: “Y así fue como perdí el argumento de uno de mis cuentos más bellos. Anoche el Mal se había disfrazado de perro y el perro me robó mis ideas. Sin embargo cuando yo os dije anoche me han asaltado, todos me interrogasteis "¿quién?". A nadie se le ocurrió preguntarme "¿qué cosa?"); Breve historia veraz de un pericote (cuento del que me ocupo después); Mi amigo tenía frío y yo tenía un abrigo cáscara de nuez (en que encontramos esto, que es humor, pero podría ser tomada, por algunos, como muestra de discriminación o racismo”: “¿Quién es esta chola que me llama? ¡Qué lisura! ¡Qué se lleven de aquí a esa mondapanes que me mancha el paisaje!”); Almas prestadas. Heliodoro, el reloj, mi nuevo amigo (que ni siquiera llega a los cinco párrafos; sin embargo, su autor se atrevió a llamarlo “novela corta”). 


Pero solo quiero detenerme en un solo cuento, que es desconcertante, que destila un humor que conmueve, lleno de humanidad, de ternura. Efectivamente, ternura, como escribió Sánchez: “lo característico en Valdelomar es la ternura”.[15] Escrito a la manera de una epístola, el cuento comienza así: “Anoche, tres de abril de mil novecientos dieciocho, a las nueve y diez -supongo que esta fecha sea inolvidable para usted (el hecho de haberle a Ud. salvado la vida no me autoriza a hablarle de tú)- anoche, digo, por uno de esos motivos que no tiene explicación, vi a Ud. que en el fondo de la tina vacía, debatíase desesperadamente, sin poder salir. Estaba oscuro. Ud. había caído, por una inexperiencia juvenil, en aquel espacio y allí habría Ud. perecido”. En otro momento dice: “Era Ud. joven como yo. Comprendí su dolor. En su mirada comprendí que me hablaba usted de su madre, de su rinconcillo obscuro y húmedo en el fondo del parquet, de su vida en flor. Si usted joven, después de verme, hubiera intentado la fuga imposible, yo le habría matado, tal vez”. Cualquiera, al leer estos fragmentos creería que está ante una voluntad potencialmente asesina: alguien que pudiera haber matado a un desesperado joven en fuga. Pero no, no se trata de eso. El relato continúa: “Pero usted al verme, se detuvo, sin tener la presunción de buscar una huida necia y puso usted en mí toda su esperanza. ‘Tú me puedes salvar o matar. Tengo madre. Te ruego que me salves’. Así decían sus ojos, querido amigo mío.” ¿Qué ocurrió después? El personaje atrapado en la tina terminó siendo salvado. No era un ser humano, sino -¿oh, sorpresa- un pequeño roedor, un pericote.[16] Repito: humor que -¡oh, maravilla!- sobre todo conmueve, enternece. 

Hay un cuento, que si bien es cierto no fue escrito con propósito precisamente humorístico, y –estoy convencido- nadie –menos los críticos, literarios, que los hay por montones- lo consideraría como tal, tiene algo que bien puede generar al menos una sonrisa. Me refiero a uno de sus tres “cuentos yanquis”, titulado “El círculo de la muerte”. Pregunto: ¿Es dramático o cómico esto que aparece allí?: "LAS PERSONAS QUE QUIERAN SUICIDARSE PASEN ANTES POR LA AGENCIA KRACSON Y KEARCHY, DONDE RECIBRIRÁN DIEZ MIL DÓLARES. AVENIDA FRANKLIN 34, PISO 27 L." No me sorprendería que haya alguien que diga que se trata de una suerte de “apología del suicidio” y, peor aún, de “instigación” a la ejecución de un acto de autoeliminación”. A mí, simple y llanamente, me parece solamente cómico. 

Por otra parte, algo que no debería ser soslayado -creo yo- es la puntillosa lectura que Valdelomar y sus compañeros de viaje en el corto recorrido de la revista Colónida (solo duró –bajo la dirección del narrador iqueño- de enero a marzo de 1916: tres números; el cuarto, en mayo de ese año, salió ya sin su batuta) hicieron de los periódicos nacionales, encontrando en ellos desbarrancados gazapos (es decir, expresiones de comicidad involuntaria) que luego los dieron a conocer en la sección “Disparatorio Nacional”. Aquí apenas unas tres muestras: “…un sujeto se abalanzó sobre el rey, tomó al caballo que Alfonso montaba de la brida y disparó contra el soberano tres tiros de revólver” (La Prensa, Abril 14 de 1913); “…se presentó el oficial de policía Silva, del cuartel quinto y, sin que mediara explicación alguna le cogió por el cuello y le derribó, causándole algunas lesiones al caer. Para evitar esta agresión cuyo fundamento y justificación desconoce por completo, el agredido se retiró a su casa…” (La Crónica –Enero 11 de 1916); “… dirigiéndose al lugar indicado y apostándose frente a la iglesia de Santa Liberata, disparó contra sí mismo un revólver que llevaba consigo con la intención deliberada y manifiesta de suicidarse” (La Crónica. Enero 17 de 1916).[17] 

El sentido del humor en Abraham Valdelomar fue, pues, cosa seria. Y, aunque no hubiese sido el autor de la frasecita aquella, que ha motivado el presente texto, lo cierto es que –¡sí!- el Palais Concert no sería nada sin el “Conde de Lemos”, el egregio e inmortal iqueño, de quien podemos decir -sin temor a equivocarnos, y rotunda y firmemente- que es, por derecho propio, el padre indiscutible del cuento peruano. Un grande, sin ninguna duda.

 

(20 de octubre del 2019)



[1] Aparentemente, se trataría de una derivación –una paráfrasis retorcida- de lo que escribió Johann Wolfgang von Goethe en uno de sus poemas, de 1808, titulado "Ladrador": "Pero sus estridentes ladridos, sólo son señal de que cabalgamos". 

 [2] Luis Albert Sánchez: La Literatura Peruana: Derrotero para una historia cultural del Perú, Tomo IV. P- L- Villanueva Editor, Lima, 1973

 [3] Quien también conoció la frase (pero, aparentemente, no tal como ha llegado hasta nuestros días) fue el historiador Jorge Basadre. En su libro La multitud, la ciudad y el campo en la historia del Perú, publicado en 1929, la cita (sin mencionar a Valdelomar) como una expresión exacerbada del “regionalismo limeño” y la califica como frase “irritante” e “infame”. (La frase aparece así, textualmente, en el libro: “Lima es el Perú y el Lima y el girón de la Unión es Lima”).

 [4] No escogió un seudónimo cualquiera, sino el que corresponde a uno de los títulos nobiliarios más importantes de España en el siglo XV.

 [5] Mariátegui, José Carlos. 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Empresa Editora Amauta, 1970.

 [6] Máximo Fortis (seudónimo de Juan Francisco Valega). En: Revista Sudamericana, abril de 1918. Reproducido en: Valdelomar, memoria y leyenda; prólogo, selección, bibliografía y notas de Jesús Cabel. Editorial San Marcos, Lima, 2003.

 [7] Valdelomar, Abraham: Respuesta del Conde de Lemos a “Máximo Fortis”, Ibid.

 [8] Me atrevería a decir que Valdelomar no marcaba fronteras entre el lamento y la ironía. Veamos lo que cuenta Vallejo: “Y me advierte el Conde de Lemos con una sonrisa de fina ironía, que acaso es un lamento: -Cuánta gente que o piensa, ¿no?” (En: César Vallejo, itinerario del hombre. Juan Espejo Asturrizaga. Librería Editorial Juan Mejía Baca, 1965).

 [9] Porras Barrenechea, Raúl. La literatura peruana. Citado por Camilo Fernández Cozman en: Raúl Porras y la Literatura Peruana. Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 2000.

 [10] Sánchez, Luis Alberto. Op. Cit.

 [11] Sánchez, Luis Alberto. Introducción Crítica a la Literatura Peruana. P. L. Villanueva, Editor, Lima, 1974.

 [12] Valdelomar, Abraham. Obras. Fundación del Banco Continental para el Fomento de lla Educación y la Cultura, Lima, 1988.

 [13] Ibid.

[14] Willy F. Pinto: Valdelomar, sobre fotografía y caricatura. En: Valdelomar, memoria y leyenda, prólogo, selección, biografía y notas de Jesús Cabel. Lima, 2003.

 [15] Sánchez, Luis Alberto. Op. Cit.

[16]Valdelomar, Abraham. Breve historia veraz de un pericote. Cuento publicado en Variedades, del 13 de abril de 1918.

 [17] Colónida. Edición facsimilar con prólogo de Luis Alberto Sánchez. Ediciones Copé, Lima, 1981.