lunes, 29 de mayo de 2017

¿"CIEN AÑOS DE SOLEDAD" YA FUE?

Acabo de leer el artículo de Santiago Roncagliolo*, según el cual Cien años de soledad, el monumento literario del gran Gabo, "ya no tiene vigencia". Una afirmación ocurrente, nada más.

Una novela no es como las medidas económicas o de otra índole que echa a andar un gobierno en determinada época y que, según sus efectos, mantienen o pierden su vigencia.


Pueden, las novelas, estar (y, de hecho, muchas están) motivadas o influenciadas por su tiempo, por las circunstancias  en que fueron escriras, pero no son escritas solo para ese tiempo; aunque puedan llamarse -como uno de los libros del Nobel colombiano- "Noticia de un secuestro", no son noticias periodísticas que al día siguiente pierden, efectivamente, vigencia y se convierten -como en la salsa cantada por Héctor Lavoe- en "periódico de ayer".


Mientan ("niños nacidos con cola de cerdo") o digan la verdad, las novelas no son "post-it" para señalar fechas en un calendario o páginas en un libro y luego retirarlos porque acaso "ya fueron".


Cien años de soledad persiste, resiste, subsiste, sigue en vigor, a pesar de los desencuentros generados en las particulares experiencias personales o de grupo [Roncagliolo dice: “Durante mi niñez y adolescencia, la realidad se parecía más a una película de zombis que a la exótica Macondo.”; o McOndo: “En los años noventa, el irreverente escritor chileno Alberto Fuguet reunió una colección de autores hispanos, entre ellos Ray Loriga, Jaime Bayly o Rodrigo Fresán, bajo el burlón título de McOndo, como McDonald’s.”]. ¿Acaso las experiencias personales de los lectores inciden en la "vigencia" o en la "caducidad" de una obra literaria? ¿Acaso porque cuentan cosas que no corresponden a nuestras "experiencias" o a nuestra época, deben pasar a la papelera de reciclaje?


La literatura no se mide sobre la base de los criterios de vigencia o caducidad (¿o es que acaso tienen "fecha de vencimiento"?); lo que puede perder vigor u "observancia" (e un decir) son los estilos, las "maneras"; y, así, podremos decir, por ejemplo: el realismo mágico "pasó de moda", pero no la obra. Y, otra cosa: la realidad no tiene por qué parecerse, o seguir “pareciéndose”, a una novela (“a la exótica Macondo”), ni la novela ser un retrato de la realidad. ¿O me equivoco?


Roncagliolo dice: "Cincuenta años después de su aparición, Cien años de soledad me parece la gran expresión de una era que no conocí, y de una sensibilidad antigua. Eso tiene un gran valor arqueológico, sin duda". ¡¿Qué?! Si esa es la visión que tiene de la novela de García Márquez, no quiero imaginarme qué es lo que pensará acerca de Don Quijote de la Mancha, novela publicada hace cuatro siglos y que no habla de una realidad parecida "a una película de zombis". No dirá que tiene “valor arqueológico” sino, tal vez, “paleontológico”. ¡Qué audacia, caracho, qué audacia!


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