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miércoles, 10 de marzo de 2021

DE SENSUALIDAD, ARTE Y LIBERTAD: EL MUNDO PATAS ARRIBA (La narrativa inaugural de Cronwell Jara Jiménez)




"¡Qué rico país!”, refiriéndose al nuestro, solía expresar socarronamente, pero con fastidio y decepción, mi inolvidable amigo el poeta Pocho Ríos. Es que con cierta frecuencia ocurren en el Perú hechos dignos de la mejor novela de humor y de absurdo, que a veces pueden llegar a dolernos y, cuando tal cosa ocurre, como una suerte de lenitivo, recurrimos a la ironía. Sin embargo, a pesar de eso, creo que no cambiaríamos a nuestro país por otro, y si nos dieran a escoger –lo digo con palabras del poeta Marco Martos- seguro que lo elegiríamos de nuevo para construir aquí nuestros sueños.[1]    

Les cuento. Hace algún tiempo, en este Perú “de metal y melancolía” (García Lorca dixit[2]), estuvo a punto de ocurrir una suerte de “padillazo” pero, claro, no como aquello que pasó en la Cuba de Fidel Castro, en 1971. Es decir, no por intervención abusiva de un Gobierno en contra de un escritor que, como es legítimo y justo, lo que busca es mantener y defender su libertad, sino (¡qué cosa más inaudita e increíble, caracho!) por el amotinamiento de otros escritores precisamente contra el derecho a la libertad creativa de uno de nuestros mayores narradores. Esto -más que por algunas presuntas sinrazones pasionales de odio o antipatía-, motivado, creo que sin duda, por dos cosas: un problema aparentemente de "comprensión lectora" y el desconocimiento u olvido de un tema literario realmente elemental. Explico.  

La novela -como saben muchos- es uno de los tres géneros narrativos que conocemos: novela, cuento, crónica. Los dos primeros son básicamente ficcionales: narran hechos inventados; el tercero -la crónica- refiere acontecimientos reales ocurridos en determinado tiempo y lugar, y usualmente como un testimonio. En un cuento o una novela pueden aparecer personajes que, digamos, tienen tu propio nombre, pero hacen cosas que nunca hiciste tú o que si las hiciste son mostradas con ostensibles variaciones; ¿eso qué significa?, que -simple y llanamente- ese personaje no eres tú. Una novela, incluso, puede referirse a hechos históricos y ubicarse en lugares geográficamente determinados y fácilmente identificables, pero esas referencias no tienen que estar amparadas en pruebas documentales o de otra índole que le den veracidad o autenticidad a lo narrado. Una novela no tiene que ser “veraz”, verosímil sí, pero esto es otra cosa; es decir, si esos hechos y lugares aparecen retorcidos o "distorsionados" en la narración, no hay absolutamente ningún problema: con ello no se perpetra ningún "daño" a la realidad, pues una novela no tiene la capacidad ni menos el poder de alterar la realidad: es, simplemente, otra realidad. En consecuencia, querer -como quisieran algunos- "desmentir" o "corregir" los presuntos "errores históricos" encontrados en una novela, no es más que un audaz pero desubicado -quiero decir absurdo- despropósito. Es necesario, pues, que se sepa distinguir entre lo que es la ficción y lo que es la realidad; en pocas palabras, saber que una novela es ficción y es así como debe ser leída.  

Por eso, por lo que acabo de decir, es que hace cerca de dos años el narrador al que aludí, casi se convierte en víctima de la descabellada e injustificada indignación de muchos de sus colegas, quienes –tras leer erradamente un fragmento, publicado en el Cuzco, de una novela suya aún inédita- insólitamente identificaron a un personaje femenino -obviamente inventado por el autor- nada menos que… (¿lo adivinan?) como un hombre: un poeta por el cual, al unísono, dieron el grito al cielo, y por él estuvieron a punto de "ajusticiar" al novelista dizque "injurioso".  

Bueno, pues, este, el narrador sobreviviente de aquel anecdótico, pintoresco y absurdo gesto de "desagravio" y "resistencia", algo más de un año después de haber publicado uno de los más irreverentes libros de la literatura peruana, nos entregó una nueva obra narrativa: la novela PANCHO FIERRO, Picardías de un lujurioso y festivo acuarelista la novela (Editorial Montacerdos Oficial, Lima, febrero del 2021). Este narrador es nada menos que Cronwell Jara Jiménez, nacido hace algunas décadas en Piura y a quien conocí o, mejor dicho, vi por primera vez en abril del 2018.  

El libro irreverente al que me he referido (anterior a Pancho Fierro...) es Manifiesto de las jodas que, como es a todas luces evidente, desde su título ya se muestra sin pudor ni piedad y con unas ganas irremediables de no respetar las "normas de urbanidad" de Antonio Carreño. Incorregible, sin remedio. Contra la corriente. Contra los “buenos modales”.  

Lo dije apenas salió ese libro y hoy lo repito: “Cronwell Jara es, desde hace mucho rato, el hacedor (me atrevería a decir, sin equivocarme: el fundador) de la nueva narrativa peruana. Innovador, recontrainnovador. ¿Alguien escribe, alguien ha escrito, como Cronwell Jara? No lo sé, pero de lo que estoy convencido es de que él no escribe como nuestros más celebrados narradores; manda al diablo -como debe ser- las normas, todas (incluso las "morales"). Porque (¿alguien lo duda?) eso es la literatura: el ejercicio impenitente, insobornable y hasta insolente, de la libertad. Y esta, la de Cronwell, es libérrima. En ella vale el qué pero, también y sobre todo, el cómo. Decapita deidades, como Dios manda. Porque no solo es cosa de escribir bien (todo el mundo lo hace), sino de crear, no solo historias distintas sino formas diferentes de contarlas: acometer, en rigor, el cabal deicidio de que hablaba Vargas Llosa en su valiosísimo ensayo acerca de García Márquez. Eso es Manifiesto de las jodas: un matar a Dios (literariamente hablando, digo) y poner al diablo de "gerente”. Textualmente, esto es parte de lo que escribí acerca de este libro: "Es, en verdad, una suerte de lapo desacralizador, una bofetada; desborde legítimo de desenfado; apología y celebración irreverente de la joda y, claro, de la libertad, que es condición esencial en la literatura, en el trabajo creativo".[3]   

Esto es, también, en gran medida, PANCHO FIERRO, Picardías de un lujurioso y festivo acuarelista, la novela a la que ya me he referido sin entrar en detalles. Es la novela del mundo al revés, como se llamó el mural que nuestro pintor afrodescendiente hizo en una pulpería de los Barrios Altos (y en otros tres lugares de Lima, también); pintura en que –según cuenta el maestro Raúl Porras Barrenechea- podía verse que eran hombres los que “halaban de los coches dentro de los que viajaban los caballos, los peces arrastraban a los pescadores cogidos del incauto anzuelo, los toros banderilleaban diestramente a los lidiadores”.[4] Mundo al revés (ya es tiempo de decirlo) no solo porque es distinto del que vivimos, sino porque casi siempre es mejor y suele comportarse como una compensación de nuestras a veces dramáticas carencias y desesperanzas. Es que, en buena cuenta, para eso sirve la ficción literaria: para regalarnos, piadosamente, aunque sea "de mentirita", una vida más llevadera a pesar de todo. A eso se debe el placer que se siente al leer una buena novela. Mundo al revés, porque -en realidad- eso es el arte, la literatura: no un retrato fotográfico de circunstancias sino, más bien, un mundo irreal, nacido de la fértil e ilimitada imaginación del artista o del escritor y cuya verdad -en el caso de la ficción literaria- no depende –como explica Mario Vargas Llosa- “del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira”, sino “de su propia persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia”.[5]  

La magia que nos asombra y desconcierta, a veces, como la del Ekobio, el duendecillo “de tres ojospiel verdeverrugas y patas de chivo”, que –en la novela de Cronwell Jara- acompaña al acuarelista mulato como una suerte de protector y está metido en su ser como estímulo creativo; o la magia de aquel otro personaje misterioso, Uma Supay, "la momia viva de más de quinientos años".[6]  

Bien. Esta novela se ubica, cronológicamente, antes, durante y después de los días de la Independencia peruana y habla de acontecimientos ocurridos entonces, y aparecen en ella, además, personajes que –como el protagonista principal- no son ficticios: Manuelita Sáenz, Rosa Campusano, Manuel Ascencio Segura, Ricardo Palma, el pintor alemán Mauricio Rugendas (que también pintó la ciudad). ¿Deberíamos afirmar, por ello, que estamos ante una novela histórica? Suele decirse que novela histórica es aquella obra literaria de ficción inspirada en determinados hechos reales e importantes ocurridos en algún momento o periodo del devenir histórico de los pueblos, y con determinada localización geográfica. Tal vez sea así. Pero a mí me parece -si no discutible- al menos incompleta esa definición. Yo creo que -hablando en rigor- “novela histórica” es, más bien, una suerte de documento que nos relata hechos reales del pasado de un modo distinto a cómo lo hacen los historiadores, con toques ficcionales, sí, pero con prevalencia de la veracidad. La novela de Cronwell Jara ha sido construida (él lo ha contado) después de haber emprendido, durante muchos años, un meticuloso y paciente trabajo de investigación documental, acerca de su apasionante personaje. ¿Para qué hizo eso –me refiero a las indagaciones históricas-: para no incurrir en inexactitudes, para “no mentir”? No, definitivamente no fue eso lo que lo motivó. Un novelista averigua, se informa, pregunta, inquiere, investiga, para poder armar mentalmente una estructura narrativa verosímil, que parezca real, y no con propósitos precisamente heurísticos ni hermenéuticos, como sí lo hacen los historiadores. Un novelista no es un historiador, como los herederos de Heródoto, porque su oficio no es contarnos el pasado, con pelos y señales y con apoyo de pruebas instrumentales; el novelista claro que nos cuenta historias, pero historias que son relatos inventados que bien pueden haber sido inspirados en hechos reales, pero no se comportan como el testimonio o registro fehaciente de esos hechos. Por ello -es mi opinión- PANCHO FIERRO, la obra narrativa de que estoy hablando, no es precisamente una novela histórica; es, simple y llanamente, novela; claro, con muchas referencias históricas, pero nada más. 

Al leerla podemos encontrar –ya lo dije- referencias a hechos y personas que existieron, sí: sucesos de la época en que se sitúa y cosas como aquello de la inclinación "pro realista" del pintor ("-Temo que mi opinión no guste, ña Campusano -dijo Panchito-. Estoy a favor de la corona. Y esta es mi protesta contra los patriotas") y de Manuel Ascencio Segura y Ricardo Palma; o la alusión al carácter rebelde de Manuelita Sáenz y Rosa Campuzano, y su lucha en favor de las mujeres. Y es, como lo insinúa su título, una novela que nos divierte, pero también nos conmueve y hasta puede sublevarnos. Pero es, principalmente, creo yo, un canto a la libertad y también una celebración de la mujer, como luchadora indoblegable, representada, entre otras, por Manuelita Sáenz, mujer que –como comenta un grupo de “tapadas”- “tiene agallas, raza de mujer valiente! (…) ¡Valiente guerrillera!”. Las “tapadas”, mujeres que desempeñaron papel muy importante en ese entonces (“-¡Batallón de tapadas, atención! ¡Mostrar armas! –Ordenó el general San Martín”) y que, a pesar de los mantones de seda que cubrían sus rostros, se muestran dignamente desinhibidas: mujeres de carne y hueso.  

Es que los personajes, en esta novela, no son expuestos como seres idealizados, ennoblecidos; no son beneficiarios de adjetivos excelsos, no son divinizados. Aparecen como lo que son, y ya lo dije: de carne y hueso, con virtudes y defectos, como cualquier hijo de vecino. Ah, y recorrer las páginas de este libro es como caminar por las calles de la Lima de aquella época, la ciudad amurallada (con acequias y gallinazos; "calesas y sus caballos risueños, los vendedores ambulantes, leñateros a burro, la lechera a poncho y a lomo de mula...") y chocarse, como algo común y corriente, doméstico, incluso con sus gentes más significativas y notables, sin acomplejarnos o acobardarnos.  

¿Y qué gentes son las que habitan esta novela? Muchos, y de toda clase, color y gustos: negros, indios, cholos, blancos, chinos (ño Cotito -tío de Pancho Fierro- y otros; Poma y Ruperto, los “dos indios uniformados”; el alemán Mauricio Rugendas, el inglés Cochrane, los españoles; Liu Siu, el chino apaleado sin piedad en una de las calles de Lima…). Una novela, esta sí, en la que están todas las sangres 

Dije que no es propiamente histórica; sin embargo, esta novela nos traslada, casi con un realismo patético, a aquellos días inaugurales de nuestra República. Y esto, ¿a qué se debe? A que es una novela magistralmente escrita, con una prosa que atrapa, un dominio extraordinario de la narración y las descripciones, y una brillante agilidad y precisión en los diálogos. Por su extraordinaria verosimilitud. Méritos que, por lo demás, no tienen por qué sorprendernos en la narrativa de Cronwell Jara. Una novela plena de colorido y de imaginación. Tan bien contada que cuando la leemos pareciera que estuviésemos frente a una película, acaso un documental. Y nos atrapa, también, porque esta novela, de principio a fin, es un desborde desenfadado de sensualidad plena.  

Una novela que puede ser caracterizada, entre otras cosas, como una apología del arte, que es expresión de vida; la vida dentro de las acuarelas, dentro de los instrumentos musicales. Lo dice Ekobio, el duende “de tres ojos, piel verde, verrugas y patas de chivo”, que de pronto aparece “habitando la punta de un pincel”: “¿Percibe cómo los colores también danzan y son musicales? ¿No son como pájaros que cantan y lucen el esplendor dorado y azul de sus colores? Y trate de oír, en cada piar, lo que le aconsejan esos incendios vibrantes: escúcheles su palpitar”. Y agrega, rotundo e incontestable: “El arte es eyaculación pura”. Porque -lo dice la Campusano en la novela- "un verdadero artista debe ser libre de pensamiento y obra. Y saber desnudar sus sentimientos". Y es -en buena cuenta- el arte, las acuarelas de Pancho Fierro, de donde brotan las historias de esta novela.  

Una novela en que las mujeres no sueñan con “príncipes azules”, ni otras fantasías ridículamente "ennoblecedoras", sino con hombres de carne y hueso, con deseos, fluidos y defectos. Mujeres que, como Rosa Campusano, hubieran querido ser pintadas desnudas por Pancho Fierro. Y en la que, de pronto, aparece Pancho Fierro haciendo lo inesperado y escandaloso para los mojigatos: pintando, esta vez sí, a una "tapada" tal como vino al mundo, bella, desnuda y libre, como -repito- le hubiera gustado ser pintada también, pero ya era tarde, a la talentosa y luchadora Rosita Campusano, actriz y activista por la causa independentista, y compañera sentimental del libertador San Martín, mujer que "tocaba dulcísimas notas en el piano" y ya había leído los libros entonces prohibidos: Don Quijote, Filosofía del Tocador, Ananga Ranga, los Comentarios Reales y Las mil y una noches.  

Dije al principio que Cronwell Jara no escribe como nuestros más celebrados narradores. Cierto. Escribe de un modo muy particular: el estilo “cronweliano”, lo llamo yo. ¿Han leído Montacerdos? Un relato en el que, entre otras cosas, con un desborde de imaginación aterradora, que dejaría boquiabierto a cualquiera, nos cuenta de un niño que muestra una caja con alacranes y cucarachas muertas, de su bolsillo saca pericotes, “uno muerto y otro medio muriéndose”, y en una botella trae arañas y moscas vivas que se pelean; y esto otro que escandalizó, por irreal, a un escritor norteño: “comíamos ratasmeses atráscomíamos harto hasta chupar y sorber rico los tuétanos y masticar los huesitosembriagándonos de dichaPero ahí en casa de doña Juana no podíamos cocinar esoY un día nos escapamos en la madrugada y nos fuimos a las madrigueras y cazamos tres”. ¿Y se han regodeado con Patíbulo para un caballo? Una novela que es, al mismo tiempo, expresión cabal de poesía épica, con toques de lirismo, en la que más que lo anecdótico (quiero decir: lo que cuenta) tiene un valor excepcional el cómo lo cuenta: sépase, de una vez por todas, que lo más bello de una novela no siempre está en el qué, sino en el cómo. A diferencia de otros narradores, Jara hace de cada resquicio de esta novela una joya, un texto autónomo: me refiero, concretamente, a que cada uno de sus párrafos puede incluso ser desprendido del todo y ser leído como un objeto literario redondo y, vuelvo a decirlo, autónomo. Por ejemplo este, que he tomado al azar: “El espectáculo de violencia bélica del ritmo de la danza, el furor diablo y festivo de los músicos, enfervorizó las sangres y el espíritu de fuego de algún dios guerrero surgido de todas las tribus, comunidades, naciones y razas, latió invicto y retador en los pulsos y sienes; se tornó carcajada, mofa, salto y giro de baile; endemoniados los chibolos empezaron a reír y dar volteretas acrobáticas por los aires y la polvareda, entre gallinas, ladridos y perros espantados y chillidos de loros y palomas azoradas por los cielos; de chorros de agua limpia y metálicas luces doradas, de ríos, arco iris, aguaceros y relámpagos, y con las algarabías de los pájaros más hechiceros, parecieron hechos los sonidos de los instrumentos”. Los párrafos, en esta novela, no cumplen solo la insulsa y mediocre función de conectores entre los diálogos. Son bellísimas acuarelas de abigarrado e intenso colorido. Densidad como sinónimo de riqueza expresiva. Poemas, en realidad. Ah, y donde encontramos, como diría uno de sus muchos pintorescos personajes (el "Conde de Lautréamont"), "carnavalización y barroquismo, pero también drama, desesperanza y sueños, y un soberbio y al mismo tiempo sobrecogedor desborde de violencia verbal, es en aquella novela que -como dije al principio-, cuando de ella apenas se habían dado a conocer solo unas cuantas páginas, generó la furia disparatada e hilarante de un grupo de "indignados" escritores: me refiero a Molotov Suite en el Patio de Letras (Montacerdos Oficial, abril 2021), obra narrativa esta que es -no obstante su legítima naturaleza ficticia- una suerte de testimonio vívido y turbulento del alma siempre inquieta, rebelde e impredecible de la insobornable San Marcos, la universidad decana de América.  

Y abigarrada, intensa, llena de color y también de sensualidad es esta, la novela que ha salido a la luz, justo en el 2021, que es el año del Bicentenario de nuestra Independencia: FIERROPicardías de un lujurioso y festivo acuarelista. Una novela en queefectivamentehay picardía, lujuria y fiesta, por esto: porque sus protagonistas son el arte y la libertad, y el arte y la libertad son expresión excelsa y no pecaminosa de picardía, lujuria y fiesta.  

Sensualidad y erotismo pícaro y también tierno, como cuando Panchito, adolescente, es enjabonado por la tía Cayetana y accidentalmente siente en su mejilla el roce de uno de sus pezones y, excitado, lo besa y lo sorbe, mientras la mujer le dice: "-Calme su sed, mocito, que es la mía...". O la referencia que se hace de Rosa Campusano, que “aparecía luego de días de haberse perdido, se rumoreaba que, alunada, solo andaba de amores con San Martín; ora por la Hacienda Mirones, ora por una quinta de la Magdalena…”. 

Y también humor. Como esto, en palabras de Manuelita Sáenz, tratando de tranquilizar a una mujer asustada por los anuncios medio amenazantes, contra los ricos, con que Bolívar prometía un mundo en el que todos sean libres y no vivan de rodillas sometidos ante un virrey: “-No se preocupen. Ni usía, ña Mariana. Y menos María del Carmen. El despojo es solo para los ricos, dueños de minas y de barcos (…). Ténganlo por seguro, hermanas mías, Manuelita Sáenz, la novia del libertador se lo garantiza.  ¡Si no le jalo la oreja a ese loco! Él ya conoce mi genio, ja ja. ¡O no hay cama!”.   

Estamos, pues, ante una novela de humor. Pero también de misterio (por lo de Ekobio y Uma Supay, la anciana que lee el futuro en las hojas de coca, y también por la lectura presagiosa de cartas); psicológica (porque se mete en las interioridades de sus personajes); romántica (los amoríos de San Martín y la Campusano); erótica (los encuentros sexuales de Pancho Fierro, especialmente aquel que es presentado en el último capítulo: “Entonces sintió, dulce, dolorosamente dulce, una penetración desconocida en sus entrañas, bajo sus nalgas. // -¡Don Pancho Fierro, usted podía! Usted sabía…// Él se sumergió en las constelaciones. Empezó a cabalgar sobre las estrellas. Sobre la Vía Láctea. Se sentía entre las aguas y cascadas de las esferas celestes”). Y, obviamente, también es una novela épica (“-Disponemos de siete mil soldados –añadió Cochrane- y más de tres mil montoneros. ¡Ellos no pasan de cuatro mil! ¡Todos deseosos por batallar!”). ¿Qué más?   

Me referí antes al “estilo cronweliano”, a su bella densidad expresiva. Voy, pues, a agregar algo. La escritura de Jara, que tiene mucho de "realismo  rudo y a ratos despiadado"[7]  no tiene que ser leída como muchos críticos suelen hacer, con criterios medio sociológicos, sino estrictamente literarios: no busquemos en una novela el registro de "hechos verdaderos o la verdadera historia"[8]; eso es tarea de científicos sociales. Pero algo más quiero decir. Don Miguel de Unamuno dijo alguna vez que nada le molestaba más “que oír decir de alguien, que hablaba como un libro”, y que él prefería “los libros que hablan como hombres”.[9] Efectivamente: nada de poses “intelectuales” ni escrituras culteranas. Que un libro sea como una conversación de amigos y no la exposición pedante y aburrida, llena de palabras que resultan casi siempre ininteligibles para muchos. Cronwell Jara escribe como habla: con naturalidad, simplicidad y familiaridad (“Ekobio se atrevió a alargar la mano huesuda y verruguienta y a mover los papeles y cartulinas de varias acuarelas de retratos…”). Una novela es para disfrutarla, no para hacernos sufrir con las dificultades de su lectura. Y PANCHO FIERRO es eso: disfrute de canto a canto, como decimos los pallasquinos.  

“¿Qué más?” es la pregunta que he soltado, luego de dar a entender que esta, la de Cronwell Jara Jiménez, es -en mi opinión- una suerte de “novela total” por la pluralidad de aspectos o características que se juntan en ella, y que he señalado. Sí, hay más. En esta novela cuya lectura nos genera placer y no malestares, también encontramos lo fantástico que roza las fronteras de la ciencia ficción; esto en un episodio que es para desternillarse de la risa: el anuncio que se hace, durante un espectáculo en la Plaza de Acho, de algo "que nadie de esta pacífica y cordial Lima se imaginaría en lo mínimo”. Antes de ser elevado -como una asombrosa maravilla- un globo aerostático con canastilla para "pasajeros", construido por el argentino José María Flores, llegarían “tres hermosos Viajeros del Tiempo”, dentro de dos cajas mágicas “transportadoras del futuro al pasado”. Y, efectivamente, así ocurre. Desde el siglo XXI arriban al siglo XIX –no me lo van a creer- estos muy extraños personajes: “Bernardo Álvarez, el Mago de la Nariz Notable y Maravillosa”, la “princesa Lu” y “Érica, La Incandescente y Luminosa Tejedora de Tormentas”; ellas “en ropas de baño de largos faldones desde el cuello hasta los tobillos”, y él, “de elegante barba, nariz prominente, sombrero de copa, levita escarchada y una varita en la mano” y, como es de suponerse, dejan patidifusos y cariacontecidos prácticamente a todo el mundo. Este insólito hecho, por cierto –se nos dice en el desopilante capítulo-, jamás fue registrado en los anales de la historia, por una razón simple y comprensible: “para que al doctor Basadre no se le considerase falto de seriedad y compostura, ni al doctor del Busto, digno loco de atar”.   

Pero nosotros –lectores, felizmente inteligentes de este siglo XXI- estamos convencidos de que aquel extravagante suceso sí aconteció. Porque sabemos que una novela, a pesar de mentir, siempre dice la verdad: la verdad literaria, naturalmente. Y estamos convencidos, también, de que la verdad literaria y artística tiene un amparo indiscutible que le da solidez: la ficción, que es una de las más rotundas expresiones de la libertad y los sueños, en una realidad -la nuestra- que está patas arriba; es decir, el mundo al revés como, repito, fueron llamados aquellos murales pintados por el gran Pancho Fierro. Y sabemos, también, que en literatura no hay, absolutamente, nada que desmentir; y Cronwell Jara, el fundador de la nueva narrativa peruana, lo sabe, de canto a canto.

 

 © Bernardo Rafael Álvarez

 

 


[1] Marco Martos. Poema El Perú.   

[2] Federico García Lorca. En su soneto: A Carmela, la peruana.   

[3] Bernardo Rafael Álvarez: Nuevas jodas elementales (Cronwell Jara: Barroquismo de nuevo cuño). En: berafalvarez.blogspot.com 

[4] Raúl Porras Barrenechea y Jaime Bayly: Pancho Fierro. Ediciones del Instituto de Arte Contemporáneo, Lima, 1959.    

[5] Mario Vargas Llosa: La verdad de las mentiras. Seix Barral. 1990.  

[6] El Ekobio, duendecillo travieso, herencia mítica que Pancho Fierro recibió de sus ancestros africanos. 

[7] Carlos Yushimoto del Valle: Montacerdos como estado de excepción. Mito, ciudadanía y violencia. En: Cuadernos urgentes (Edith Pérez Orozco / Jorge Terán Morveli, editores, 2019).  

[8] Juan Zevallos Aguilar: Patíbulo para un caballo. Entre la narrativa urbana y el neo-indigenismo. Edith Pérez Orozco / Jorge Terán Morveli, editores, 2019). 

[9] “El poder de la palabra”. Última grabación de don Miguel de Unamuno. En: https://www.youtube.com/watch?v=nflKqPLxeL8

 

jueves, 5 de septiembre de 2019

LOS CINCO DEL PATÍBULO*


Cronwell Jara Jiménez




Esperaban a las hienas de los Hora Zero. Desesperados, antropófagos, en pie de guerra, emplumados, con bombos y quenas enardecidas; esperaban a los Hora Zero tocando pitillos y atabales y proclamando la guerra con tambor y flechas de furia musical; los esperaban bajo una hipócrita garúa, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, como para guiarlos al altar y la piedra del sacrificio. Esperaban a los Hora Zero, saltando y danzando anhelosos y agitados, deseando arrancarles los ojos, corazón, testículos; para coronarlos con sus vísceras hediondas o ponérselas de collar o corona según su estatus: ser Poetas. Ser hienas, ser Hora Zero. Y mejor que poetas hienas, ser poetas horazerianos malditos. Pues los poetas malditos de Hora Zero, hienas para los Fer, hijos del fin del mundo tenían un Recital en la Ciudad Universitaria, de Letras. Y un recital con los poetas malditos de Hora Zero, hijos del fin del mundo, no calzarían para cualquier recital. ¡Cómo iban a calzar, siendo tan latinoamericanos y trascendentes! Equivaldría a un incendio según los manifiestos y sus Palabras Urgentes, tan apegados al sufrir del pueblo; y tan enmarcados contra los embates de la vida cotidiana como: ¡estar triste!, ¡caminar! u ¡oír teclear una máquina de escribir! -no una máquina de escribir cualquiera-, que no es lo mismo oírla, cotidianamente, por Margareta Kaukonen, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac…, percutiendo en ritmo, mientras acompasa un blue de Janis Joplin; ¡y eso no encajaba con los cotidianos del Fer nacionalista! ¿Cómo iba a encajar? ¡Ni encajaba con el Fer de los troskos ni con el Fer de los moscovitas ni con los de PCP-Patria Roja y su lideresa trompuda Jujú Caremona!: pues, ¿recital? ¡Cómo que un recital! ¿Con qué clase de poetas? ¿Y con qué Poesía? ¿La burguesa y antipopular? ¿Quién convocó a las hienas de Hora Zero? ¿Cómo se han atrevido a ingresar a este templo revolucionario del saber? No, señor, estas hienas no recitan en esta universidad revolucionaria, sería una ofensa. Un suicidio. Como provocar un autolinchamiento. Sus propias horcas. Ser enjaulados y apedreados. Y chocarían con los escupitajos de los chacales del Fer y sus jaurías rabiosas; del Fer, de todos los Fer. Tierra con ellos, compañeros. Pollos y mocos con ellos. No a los falsos Poetas. ¡No entran al Patio ni suben al Auditorio! 


Pero los cuatro poetas malditos habiendo ya bajado del auto que los traía a la Ciudad, impertérritos, avanzaban. Heroicos, guerreros -como dueños de casa guiados por Mito Tumi el Poeta Inconmovible Ojos de Búho trasnochado y su andar ficho, abrigo gánster, gallito del Mangache y depredador navajero en los chicheríos de Piura; Mito Tumi, ¿ese Ojos de Búho sería quien los llamó para un recital en la Ciudad? ¡Cuidado con él, entonces! ¡Ha de ser un hijo del fascismo y del dictador Velasco!, avanzaban, los Hora Zero conocedores de mundo y los submundos internacionales-; insuflados avanzaban con las energías de los rayos y los protectores pararrayos del pueblo; dialécticos, convencidos de los trotes de Balada para un caballo y del escudo de lo coloquial y bélico de sus nuevos gritos y ritmos antrrimas, antisonetistas, antibéricos, antioligárquicos, antidictaduras, anti Ezra Pound y antmísticos y anti aquellos exquisitos amantes de la poesía pura y cursi como la poética de Sologuren o la del payaso niño -según manifiestos horazerianos- el panzudo y febril Paco Bendezú. Convencidos de En los extramuros del mundo y sus nuevos tonos punk, psicodélicos, frikeros, a lo Allen Ginsberg y sus aullidos; y con los ánimos Sex Pistols que electrocutó y liquidó lindamente, con sus estridencias y la potencia de tres mil caballos de fuerza, a un Pink Floyd o a los temibles de la banda Yes. No señor, nada detenía a los dos Hora Zero, nada. Underground. Marginales. Diferentes. Iconclastas. Contestatarios. Irredimibles. Y con los Hora Zero avanzaba, sacerdotal y bélico, el Inconmovible Mito, poeta de marras, como atizando en su memoria su poema lapidario Hotel Printania, antes del fin del mundo, a poco de ser llevado a la piedra ceremonial del sacrificio: Nada ni nadie testimonia mi existencia. Soy libre: / No me queda ninguna razón para vivir.

Míticos, pecho al viento, caballos salvajes, avanzaban los horazerianos al patíbulo.

Pero, ¡alto! ¡Cómo van a continuar avanzando!, reclamaban los del Fer, los de la rabona Jujú Caremona y sus elevados pensamientos marxistas-leninistas-maoístas, anti imperialistas, antifascistas, y enemigos de los antipoetas antologados por el oficialismo que lideraba ese tal Mitchel Oviedo, piojo barbudo del INC. Reclamaban, protestaban sin todavía atacar, clavar las uñas, arañar, devorarlos. ¡No deben avanzar más!


Pero los poetas avanzaban; Jorge Pimentel enfundado en su abrigo negro, altivo caballo de guerra, percherón de jalar cañones, acostumbrado al choque, los cabezazos, el puño y los escupitajos y a las filudas batallas de los puntapiés y las botellas rotas que rodaban por el piso, avanzaba; y avanzaba con Pimentel el poeta Enrique Verástegui, como diciendo: De pronto perdí todo contacto contigo. Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí. Ya no pude volar sobre ti como todos los días.

Y, con ellos, ahora añadidos, avanzaban el Inconmovible e Impertérrito Mito Tumi y Luis Alberto Castillo, y se les unía Eneas Marruel, el amigo periodista del Diario La Crónica, quien haciendo de chofer de su propio auto, acomedido los había traído a la Ciudad Universitaria -sin saber el pobre Eneas que los estaba conduciendo al destripamiento-. ¡Capitanes de la nueva poesía americana, marchen! Y los Hora Zero, cada vez a paso marcial más firme, avanzaban ahora con sus edecanes y guardaespaldas -viendo que la cosa se ponía brava brava-, los escuderos Tumi, Luis Alberto Castillo y Eneas Marruel, vestidos de noche bajo la garúa hipócrita, vestidos de dignidad bélica y altiva poesía. Avanzaban como Villon hacia su horca, como Ezra Pound en la jaula de escupitajos condenatorios y denigrantes, donde lo paseaban gritándole, monopayaso, por fascista, acabada ya la Gran Guerra europea.

Y la Ciudad y el Patio de Letras los esperaban con pitillos, bombos sonoros, celebratorios, y una danza en pie de guerra. Y, a como dé lugar, el recital sería multitudinario. Pues el Patio de Letras, cosmopolita, fuera de los del Fer, los esperaba porque lo sabía -por los críticos de la prensa- que se trataba no de cualquier Recital ni de cualquier Poeta, estaban ante los Poetas Fundadores de la Nueva Poesía del Siglo XX, pues así se oía.

Y como los Hora Zero tendrían que llegar, ya los tukuyricuy chismosos de la Ciudad -en realidad, la única tukuyrikuy era la Jujú Caremona, según confidenció después Enrique Verátegui- habían advertido del peligro, ¿a quiénes? ¡A quiénes más! ¿A los del Fer, la Federación de Estudiantes Revolucionarios que los Estudiantes de la Escuela de Literatura habían invitado a Jorge Pimentel y a Enrique Verástegui, para iniciar un Ciclo de Recitales? Pero, ¿solo los estudiantes del Cel…? No. No. ¿Cómo van a ser solo los estudiantes? Eran, según la soplona Jujú, tres locos los que habían organizado un Ciclo de Poesía Peruana del 70, de seis fechas. Y ellos tenían nombre propio, un tal Mito Tumi y un Luis Alberto Castillo, más el Gordo Navarro, actor de teatro callejero y responsable de las Actividades Culturales de la Facultad de Letras, quienes, irresponsablemente, les habían concedido el auditorio del tercer nivel. Pero con una condición: No invitar al recital a dos repudiables: Arturo Consuero y Winston Zorrillo. Y esto se confirmaría después según propia confesión de El Inconmovible Ojos de Búho, dueño y gran señor del Mangache. Y, sí, sería el Primer Recital. Qué tal lisura.

Y los del Fer, lectores de la Poesía de picardía y sapiencia política social, al estilo de Bertolt Brecht y del genial Julio Carmona Reque, y muy al modo de las preciosas décimas de don Nicomedes -sin obviar las cumananas del sufrido populorum- con una multitud desconcertada de curiosos no lectores de poesía, se juntaban y rejuntaban. Los Fer, los diferentes Fer, coincidían, y peligrosamente se juntaban.

Y unos, pirulos y manoplas en mano, decían: -Pero, ¿de qué intrusos se trata? ¿Nazis o fascistas? ¿Qué hacen aquí? ¿A quién hay que patearle el hígado? ¿Quiénes son estos gusanos?

Y otros, los troskos, lectores de amplitud modulada: -Son poetas, camarada.

Hasta que los del Patio de Letras, los tukuyrikuy -luego de espiarlos bajar del auto de Eneas Marruel y aproximarse desde lo lejos, por la vereda, que llegaban a los peldaños de las puertas del Patio-, entendieron. Y los lectores, troskos y nacionalistas más avispados comprendieron. Estos poetas no eran cualquier cosa. Se trataba de dos cumbres geniales que deslumbraban por los escándalos. Jorge Pimentel y Enrique Verástegui. Poetas jijunas con los testículos bien puestos, que armaban hermosas broncas y recitales a donde puta fueran, se le oyó por ahí a Quique Sánchez. Horazeros. Dos buldócer de la palabra, las teorías poéticas y de la poesía escrita incitando hacia una praxis revolucionaria, contra la rancia poesía de corte burgués y hecha por niñitos bien como Toño Cisneros o el San Bernardo Lauer, tal como lo anunciaban en Palabras Urgentes, el manifiesto inaugural de Hora Zero y que apoyaban los furibundos cancerberos y críticos Poetas de la Revista Estación Reunida -solo que ahora sin Pepe Rosas Ribeyro por haber sido deportado a México por la dictadura velasquista, sin María Emilia Cornejo, sin el gran Elqui Burgos ni Óscar Málaga ni el periodista y poeta de El Sol es también un puño enorme, Maynor Freyre -de armas tomar, gitano de retos, prodigiosos puños y cabezazos certeros en pleitos donde todo valía pero sin despeinarse-. Charo Arroyo, Rosina Valcárcel, ni Ana María Mur la beligerante y por demás hermosa poeta de aires gitanos que solo mataba con el clavel de su mirada-, quienes sobre yunque y martillazo demolían la poesía de hoy, desde Chile y Perú hasta Venezuela, México y la zona francesa del Caribe. ¡Y bien por ellos!, decían algunos. ¿Y por qué bien?, otros.

Y éste sería Recital tumultuoso y explosivo, por tra­tarse de dos gallos internacionales y que de cumplirse, reafirmarían sus glorias ante la América y el mundo de Poesía castellana. Y solo faltaban unos cincuenta metros para encontrarse al pie de los dos peldaños que daban al Patio. Poetas a quienes los escudaban retadores, como los fosfóricos estruendos de los tambores de Miriam Makceba, sus Manifiestos y las propuestas ideológicas -ceñidos a las consignas de Juan Ramírez Ruiz, Carlos Marx, Engels, José Carlos Mariátegui, Vallejo- que para muestra: ahí estaba la furia de sus poemas, en Enrique Verástcgui: «Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas c ideas vacías y la tristeza visitándolos en los manicomios. Y vi también a muchos gritando por más fuego...».

Ahí los planteamientos rotundos, la claridad cerebral y los cojones de toro bien puestos, para imponer sus lineamientos en la poesía futura. Y estos eran, ahora que se los veía más cerca, los poetas abanderados del colectivo Hora Zero. Hasta que, a medio camino, volteó a abrazarlos, algo medroso, Luis Alberto Castillo, por darles fuerza y aliento -lógicamente, por la posible gresca, la probable celada y el ajusticiamiento y linchamiento poético popular que se le avecinaba, a medida que se acercaban al Patio-; pues, justamente, se oyó a unos diez metros:

-¡Fuera poetas del pro imperialismo yankee! ¡Fuera Sinamos, cagones...! -El chillido de la Jujú Caremona, cuándo no la zamba Jujú revoltosa.

-¡Linchar a los traidores del pueblo! -A Jaime Guadalupe Pedregoso, viéndolos aún aproximarse a la distancia.

-¡Colgarlos como a perros, carajo! -De nuevo la Jujú Caremona, roja la cara huesuda, demencial y combativa, en defensa de los intereses del pueblo universitario-. ¡Mueran los poetas anti revolucionarios y diletantes cavernarios del pro imperialismo yankee!

Los del Fer, advertidos por los tukuyrikuy -los correveidile- de todo partido político, se habían movilizado y ahora como hienas hambrientas, a punto de írseles encima, merodeaban desde lejos a los Poetas, quienes caballos altivos, orgullosos de ser Poetas lucidos revolucionarios ante el mundo neocapitalista, como si no fuese con ellos, continuaban el paso marcial ahora con el Poeta Luís Alberto Castillo adelante, adalid abanderado, encaminándose aún por las orillas del largo bosquecillo de Letras, hacia las cortas escalerillas -ya muy cerca, ahí nomás- que daban al Patio de Letras. Caballos crinudos, armando ya el escándalo presentido en la visionaria Balada de un caballo de Jorge Pimentel. «Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión sobre las traseras...» Pero, ¡cómo se olía a juicio popular! Porque los esperaban. El Patio y el Fer y los Fer, enloquecidos entre tamborcillos y antaras medievales festivas, los esperaban, todo mundo los esperaba; como que, más allá de este juicio, todavía vendría algo inimaginable.

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* Fragmento de Molotov Suit en el Patio de Letras, novela  -aún inédita- del escritor peruano Cronwell Jara Jiménez.