Ustedes me conocen, amigos;
saben que no soy lisuriento, ¿verdad? Cierto [1].
Sin embargo, sucede que la curiosidad es, a veces, imprudente, pues. Por eso,
es que –les cuento– he perpetrado algo que espero no sea imprudencia. ¿Saben
que cosa he hecho? Le he dado una mirada nada menos que al Diccionario de
la Lengua Española (DLE) y, justamente, en la entrada referida a una
expresión a la que suele calificársele como «malsonante», vulgar, grosera;
esta: «chucha», que, como es sabido por todos, significa «vulva» (en Argentina,
Chile, Colombia y Perú). Y esto me ha llevado a desarrollar las reflexiones que
a continuación expongo.
Lo que he
encontrado en el repertorio, respecto del vocablo «chucha» es algo que,
realmente, me ha sorprendido sobremanera. Me refiero a la marca lexicográfica
allí indicada con relación a la procedencia del término; esto es lo que
dice: «De or. expr., con 'ch' para indicar blandura». O sea, según la Real
Academia Española (RAE) el origen del sustantivo mencionado es
simplemente, de carácter «expresivo» (dizque por la «blandura» que supone el
uso de «ch-»); y –como una suerte de apoyo explicativo– nos remite a «chichi»,
«chocha» y «chocho», que en algunos países tienen también el mismo significado.
¿Qué podemos entender de esto? Pues que la palabrita de marras tuvo que haber
sido creada en algo así como un juego de sonidos consonánticos en que alguien, de pronto, se descubrió lo suave (o blando) del sonidito
que tiene el fonema «ch» y decidió combinarlo con la última y la primera vocal
del abecedario y, ¡saz!, resultó el hoy muy conocido sinónimo de «vulva».
Y, bueno,
pidiendo las disculpas del caso, yo me atrevo a decir que eso no es cierto, que
lo señalado por el DLE no es más que un error que la RAE debería corregir.
Creo, por ello, que lo más prudente y atinado –si, como parece, no conocían la
procedencia real del vocablo– hubiera sido que solo pusiesen esto, como marca:
«De or. inc.» (o sea, de origen incierto).
No obstante
lo dicho, tengo que afirmar que existen razones para asegurar que el origen del
vocablo en mención («chucha») no es incierto pues, de algún modo, es
históricamente ubicable; y, claro, corresponde precisar que esa procedencia no tiene,
exactamente, carácter «expresivo» y, además, nada tiene que ver con la idea de
«blandura» que, presuntamente, sugeriría el empleo de la partícula «ch-». Está,
más bien, relacionado con algo que es concreto y, además, duro.
Su origen
se halla en el nombre que, desde hace algunos siglos, se le daba a un molusco
marino. Esto (es obvio, ¿verdad?) nos lleva a entender que la explicación
etimológica, en este caso, se relaciona con el otro nombre «malsonante» con que,
en nuestro medio y también en algunos otros países latinoamericanos, suele
llamarse a la «vulva», este: «concha», que hace alusión, entre otras cosas, a
la cubierta, en dos valvas, de la almeja y que, igualmente, era también
conocido desde siglos atrás: «la cubierta dura de algunos pescados»
(Cobarrubias, 1611), «pescadillos de concha (Rosal, 1611).
Exacto:
almeja. ¿Saben cuál es el otro nombre con que se conocía a este molusco «lamelibranquio
marino» («con valvas casi ovales, mates o poco lustrosas por fuera, con surcos
concéntricos y estrías radiadas muy finas, blanquecinas y algo nacaradas en su
interior, y carne comestible muy apreciada»[2]).
Se la llamaba «chucha» en Panamá; y, justamente, en este país también a la
vulva se la conoce, vulgarmente, con ese nombre (y creo que no sería desatinado
suponer que allí comenzó el uso de este vocablo). La palabra que ha motivado
estas reflexiones era conocida, digamos «oficialmente», desde fines del siglo
XVIII: ya aparece en el Diccionario de Esteban de Terreros y Pando, de 1786,
pero, claro, solo como nombre de la muca o zarigüeya (de lo cual se generó su
uso para referirse, también, al mal olor de las axilas).
La RAE,
aparentemente, no llegó a enterarse del significado que la palabra de marras ya
tenía en Panamá. Obviamente, no se percataron de que ya estaba referido
en Historia del Nuevo Mundo, libro del padre Bernabé Cobo, que fue terminado
de escribir en 1653 y comenzó a ser publicado en 1890 (dos siglos después de la
muerte de su autor).
Textualmente,
Bernabé Cobo escribe, entre otras cosas, lo siguiente: «Debajo del nombre de
'almejas' se comprehenden muchas y varias conchas que se crían en las costas de
los mares así del Sur como del Norte (...). En la costa de Panamá, entre la
arena de la playa que baña la mar, se cría gran suma de ellas, a las cuales, en
aquella provincia, llaman 'chuchas'...».[1]
Allí está, pues, el origen del nombre dado, vulgarmente, a la vulva: «Chucha».
***
Bueno, esta
palabrita, en el castellano coloquial peruano, es empleada actualmente de
distintas formas (claro, casi nunca con propósito exultante). Una de las más
conocidas es esta, que es la respuesta desdeñosa e insolente que suele darse
con algún grado de violencia: «¡A mí qué chucha!». Es el acortamiento de
«¡A mí qué chucha (qué mierda, qué carajos o qué diablos) me importa (o
interesa)!».
También se
usa en expresiones interrogativas como esta: «¿Dónde chucha te has
metido?», en la que la que la palabrita en cuestión también puede ser
reemplazada con las que acabo de citar entre paréntesis; y con ella, lo que
–consciente o inconscientemente– quiere decir el emisor, a manera de virtual
ofensa, es que aquel lugar ignorado donde, eventualmente, está o podría haber
estado el interlocutor, tiene que ser, digamos, una «cochinada» (algo así
como «¿En qué cochino lugar habrás estado!»); pero también es como decir,
simplemente, «¿Por qué diablos te desapareciste?». Existen, asimismo,
expresiones interrogativas con una alta dosis de agravio, como estas: «¿Qué
chucha te crees?» o «¿Qué chucha te pasa?», que eventualmente pueden ser
«suavizadas» con esta variante léxica: «chicha».
Igualmente
se usa en expresiones que pueden ser ponderativas o de lamento como esta:
«¡Ay, chucha» («¡Ay, chucha, eres lo máximo!»; «¡Ay, chucha, qué terrible
accidente!»), que viene a ser un sinónimo de la también muy peruana expresión
«¡Asu, mare!» y de esta: «Juan es un chucha» (o sea, «es lo máximo» o «es lo
peor»).
Y un uso
también perverso es este, que se comporta, terriblemente, como ofensa o
insulto: «¡Fuera, chucha de tu madre!»; es, evidentemente, lo mismo que la muy
acre expresión «¡Concha de tu madre!».
Ahora, ¿por
qué, precisamente, se usa el vocablo «chucha»? Veamos. Como ya se indicó
antes, se trata de un sinónimo de «concha» (referida, repito, a la vulva). ¿Podríamos
decir, entonces, que es una alusión perversa y quizás medio machista al órgano
sexual femenino? No. En frases como las que he mencionado, el uso de esta
palabra, en sentido estricto, no implica tal cosa, no se da esa infausta asociación.
Lo que ocurre es que la consideramos, «auditivamente», como más gruesa, más
ruda y rotunda y hasta más repulsiva (es decir, no como una expresión de «blandura»
como aparentemente creen los académicos de la RAE). A lo que, en verdad, se
alude con esa palabra (y también, en este contexto, con los vocablos «carajo»
o «diablo»), es a lo escatológico, a lo que nos genera asco; se quiere decir,
simplemente, «mierda». En dos palabras: el vocablo «chucha» ha
adquirido nuevo significado; significado al que –ahora sí, con propiedad– podemos
asignarle un carácter realmente expresivo.
© Bernardo
Rafael Álvarez
[1]
Perdónenme por el chiste monse, por
favor.
[2]
Diccionario de la lengua española,
RAE.
[3]
Obras del P. Bernabé Cobo. En: Biblioteca de autores españoles desde la formación
del lenguaje hasta nuestros días. Ediciones Atlas, Madrid 1964.