viernes, 14 de agosto de 2015

"¡OIGA, USTED, BENEMÉRITO!"

La ENATRU comenzó a operar en Lima en 1976 con unos carros amarillos a los que llamábamos "büssing", palabrita esta que yo me esforzaba, con propósito ridículamente “snob” y equivocado, en pronunciar así: "biusing". Fue, si no me equivoco, la primera experiencia con la que ya, más o menos, comenzaba a adecentarse el transporte urbano en Lima (decencia que, hay que decirlo, años después se fue al diablo). Al menos, en comparación con los entonces en boga “microbuses”, algo rescatable podía notarse en los vehículos de esta nueva empresa que antes creo correspondía a la “Paramunicipal de Transportes”: menos “apretadera” de pasajeros y, gracias a ello, ausencia de esos actos que en los “micros” de “Covida” y otros comités eran el pan indeseable de cada día; me refiero a los frotamientos o aproximaciones desvergonzadamente aberrantes de algunos varones hacia las escolares con uniforme único que –supongo por tímidas y asustadas- no se atrevían a rechazar. Pero, claro, ya sabemos que no todo es colchón de rosas y que la paz monástica no habita en todos los rincones ni en todos los vehículos de transporte colectivo; también en ellos podemos ser testigos, si no protagonistas, de desazones que –tomándolas por el “lado amable”-quedan en la memoria como pintorescas anécdotas. Les cuento, pues. Un día, a eso de las once de la mañana, tomé uno de aquellos vehículos de servicio público -de la ruta "Tacna-Trípoli"- y me dirigí creo que a San Isidro, por la avenida Garcilaso de la Vega, nunca dejada de ser nombrada como "Wilson", para luego "empalmar" por Arequipa. De pronto subió un señor muy elegante, con terno oscuro, supongo que de casimir "Barrington" –marca entonces de cierto prestigio-. Todos los asientos estaban ocupados, así que él -como yo y otros pocos pasajeros- tuvo que ir de pie, cogido, naturalmente, de la barra pasamanos. Pude percatarme que, además de la incomodidad y de algunos sacudones del vehículo, algo comenzaba a fastidiarle y que debido a ello su mirada se dirigía, intranquila, hacia ambos lados como buscando algo o a alguien. Efectivamente, eso es lo que estaba haciendo, y lo comprobé en menos de un par de minutos. Todos los que íbamos de pie éramos varones, pero casi al llegar a la avenida 28 de Julio subió una dama, aparentemente universitaria (lo digo por lo cuadernos y algún libro que llevaba), y tras ello el hombre calmó su inquietud: por fin encontró lo que había buscado. "Señorita -llamó con voz elevada a la chica- acérquese y tome asiento. Y usted –continuó, ahora con voz más elevada aún- ¡póngase de pie!". La inesperada orden estaba dirigida a un policía, de aparentemente unos veinticinco años, que –distraído- iba sentado, por cierto sin haberse dado cuenta de que una dama, la dama invitada a sentarse, había subido al bus. Al escuchar la autoritaria exigencia del señor elegante, se paró inmediatamente dándole el sitio a la mujer. Pero ahí no acabó todo. El hombre siguió hablando sin freno y, según se notaba, con odio o resentimiento, y por lo menos cuatro veces repitió esto: "Ustedes los gloriosos y benémeritos deben ir siempre de pie...¡Casta privilegiada!". Supuse al principio que el malestar suyo se debió a que esperaba que el policía, al verlo, le cediese a él el asiento, pero enseguida caí en la cuenta de que en realidad se trataba de otra razón, digamos una de carácter político. Me explico. Esto que cuento ocurrió a principios del año 1980, cuando estaba cerca el fin de la dictadura militar que comenzó el 3 de octubre de 1968, y ella -la dictadura, que trajo consigo la abrupta y prolongada interrupción del “orden democrático”- creo que fue lo que hizo que a nuestro personaje le resultaran antipáticos los “uniformados”, como, sin duda, lo puso en evidencia dentro del "büssing" en el que también viajaba yo, como sorprendido testigo; sin embargo, es válido decir que la víctima ocasional que encontró para el desborde de su cólera, nada tenía que hacer con sus "paltas" y rencores, y no había razón para atribuirle culpe alguna. Pero ocurre, como decían antaño, que "la sangre llama a la sangre" aquello de "por mi hermano yo doy la vida". Bueno, su hermano -digo, el hermano de nuestro personaje- dejó este mundo hace ya varios años, y él, que lo sobrevive, a estas alturas de los tiempos debe estar, supongo, tal vez medio achacoso en sus cuarteles de invierno o quizás no; es difícil saberlo. Pero si aún conserva la lucidez, a pesar de los años presuntamente ya seniles, puede que esté experimentando la nostalgia por los días de gloria ("gloriosos", claro, pero tal vez no "benémeritos") de aquellos períodos democráticos que, casi como algo normal, cada cierto tiempo eran interrumpidos por algunos militares de siete suelas, muchos de ellos inspirados, estimulados y apoyados por los gringos paisanos de Walt Whitman. Aunque, sin embargo, no creo que, ahora, quisiera echarles la culpa a los yanquis por lo que le pasó a su hermano. El 3 de octubre de 1968 –lo recordamos todos- se produjo un Golpe de Estado cuyos protagonistas, Juan Velasco y compañía, calificaron como “Revolución”; y a partir de ese hecho se llevó a cabo una serie de reformas estructurales que afectaron, unas positivamente y otras con efectos nocivos, la realidad nacional. El primer acto importante, después de entronizarse en el poder, fue el asalto, el día 9 de ese mes, a la refinería de Talara entonces en manos de la “International Petroleun Company”; lo cual significó, en buena cuenta, que uno de los propósitos de los golpistas había sido afectar de entrada los intereses norteamericanos (o, en todo caso, es lo que parecía). Sin embargo, el primero en ser afectado, en forma personal y directa, fue, precisamente, el hermano del exaltado pasajero citadino con el que coincidí durante esa mañana veraniega en el bus de la desparecida ENATRU: mientras dormía en su privilegiado aposento, frente a la Plaza Mayor, en horas de la madrugada un grupo de soldados lo sacó violentamente y, casi en paños menores, fue trasladado a un cuartel militar ubicado en El Rímac y luego conducido al aeropuerto desde donde un avión lo llevó al exilio. Pero si tras los malhadados acontecimientos nuestro personaje no encontró ocasión para darle “su merecido" a los generales que perpetraron semejante afrenta, ahora –once años después, en el bus de la ruta “Tacna-Trípoli”- algo llegó a hacer, por fin, para paladear el gusto de la tardía revancha: ocasionarle un mal rato a un humilde efectivo de la entonces Guardia Civil que, acobardado por lo imponente de la voz y apariencia obviamente aristocrática del interpelante solo atinó a decir, ruborizado: "Ya, señor, disculpe, disculpe, disculpe". El hombre del que hablo era -¿ya lo adivinaron?- aquel de pronunciados arcos superciliares, pobladas cejas y, en fin, facciones propicias para la caricatura, al que, precisamente por ello, en algunos periódicos lo dibujaban como a ese personaje medio torpe que todos recordamos, Herman, el de la “Familia Monster”. Y justamente en un periódico -intuyo que como una suerte de “terapia hepática” y seguramente porque recibir unos soles no tenía por qué caerle mal- comenzó a publicar unos artículos sobre temas políticos, siempre –creo que por razones obvias- notoriamente adversos a los gobiernos militares, que eran redactados en estilo epistolar y, por ello, comenzaban así: "Señor Director:...". Tras el término de la dictadura se convirtió en un diputado nada notable. Tal vez no sean muchas las cualidades significativas en él, pero pienso que si hay alguna meritoria y digna de reconocimiento es la fidelidad y lealtad que siempre demostró frente a su ilustre hermano mayor; aunque, claro, seguramente -"sin querer queriendo", como diría el "Chavo del Ocho"- a veces lo hacía sentir mal, porque casi nunca fue tan prudente y caballeroso como él. Bien, no hace falta decirlo porque me parece que ya todo está claro, sin embargo lo voy a decir: El hermano mayor de nuestro personaje se llamaba Fernando (arquitecto de profesión y dos veces Presidente de la República, por elección), y nuestro personaje –más o menos bonachón y a veces pintoresco y creo que casi siempre "fosforito", como lo demostró ante el ruborizado policía de esta historia- no es otro que don Francisco ("Paco") Belaúnde Terry, que -como ya vieron- también viajaba en bus.

(14 de agosto, 2015)