sábado, 17 de diciembre de 2022

ESTE CHOLASHO NOSTÁLGICO


Aquel día llegué tarde, y, por ello, mi asiento se encontraba ocupado. Sin embargo, bondadosa y comprensiva, la señorita Teresa Casana no me impidió el ingreso; pero, claro, tuve que sentarme en la única carpeta vacía, ubicada en la fila del extremo izquierdo, junto a la puerta que daba al patio. El tema que estaba siendo explicado por la maestra, era el abecedario y, específicamente, cómo se escribían las letras. Todos -como era lo correcto, naturalmente- atentos.  

Ya se había visto en la pizarra cómo se escribían la "a", la "b", la "c" y la "ch", y estábamos a punto de conocer la "d" y las siguientes, cuando de pronto, tras haber escuchado el nombre del dígrafo que aún -desde 1803- era asumido, en nuestro idioma, como la cuarta letra del abecedario, se me ocurrió hacer aquello que -a pesar de ser tímido o, como se decía en Pallasca, vergonzoso- no dejaba de hacer cuando me parecía necesario hacerlo: preguntar. 

Efectivamente, pregunté (y creo que por mi culpa se generó en algunos una sonrisa candorosamente burlona): "¿Cómo se escribe la letra 'she', señorita?". La respuesta que recibí no fue la que yo esperaba; sin embargo, la sentí bella y saludablemente rotunda. "Esa letra no existe", dijo, con voz maternal, la señorita Teresa. La clase continuó. Yo tenía cinco años de edad, entonces, y era uno de los alumnitos del Jardín de la Infancia de mi pueblo.  

¿Por qué se me ocurrió hacer aquella pregunta? Por estas dos razones: siempre fui curioso (o preguntón, como lo había reconocido y solía recordármelo insistentemente el maestro Rafa, mi padre (¿recuerdan lo de «¿Si nuez, qué's?», en mi crónica acerca de mi paisano don Pedrito Tapia?); y, bueno, también porque, naturalmente, yo estaba convencido de que ese sonido, propio del castellano pallasquino, debía tener un signo gráfico particular que lo representara. 

Ahora, tantos años después, asumo que, sin duda, entonces comenzó mi irrefrenable interés por los apasionantes asuntos de la lengua y sus casi desconcertantes vericuetos: durante los días aquellos cuando, a veces vestido con uniforme de marinerito, asistía al Jardín de la Infancia de Pallasca -o Pallasquita linda, como la llamaba don Moshe Huerta, el fotógrafo del pueblo-; allí, en ese centro de educación inicial, donde conocí a Ladoyska Rubiños y Maruja Montero, mis compañeritas de clase, a quienes yo veía como las niñas más lindas de nuestro salón. ¡Qué nostalgia, caracho!

© Bernardo Rafael Álvarez