No es o, mejor dicho, no parece -al
menos ante nosotros sus amigos (que estamos metidos en estos menesteres de las
letras)- una persona de la que podríamos decir que “tiene calle” o
que “tiene esquina”. Siempre lo hemos visto “bien formalito”, de “buenos modales”,
digamos (como se dice en tono chacotero, mejor dicho no en serio) una persona “casi decente”, es decir,
sin un ápice de vulgaridad.
En las conversaciones e incluso y sobre todo –cómo no- en sus presentaciones ante un público durante
algún acto cultural como este, no suele emplear voces o expresiones propias de
la jerga ni menos de la replana, y mucho menos usa “palabrotas”.
En sus
textos escritos, digo –concretamente- en el libro que hoy se presenta, la cosa
es distinta: pareciera que otro (y no él) fuera el autor.
Creo que
ustedes ya se imaginan o adivinan qué es lo que quiero decir. Efectivamente, en
lo escrito por él, digo en lo que es de su autoría (y no en las citas que hace de
decires ajenos –como ocurre en los diálogos en las novelas, por ejemplo)
encontramos aquí –bien puestas, naturalmente- muchas expresiones propias del
habla popular y familiar. Aquí, pues, otro es el Jorge Luis Roncal (poeta a
quien conocí hace algo más de veinte años, en las instalaciones del diario La
República a donde llegué con nuestro inolvidable Juan Ramírez Ruiz, cuando
–por encargo de Arteidea Editores- estaba a punto de salir de la imprenta
“Las armas molidas”, el más ambicioso libro del que fundó, con Jorge Pimentel,
el Movimiento Hora Zero).

Un libro que es –diría, en líneas generales- una suerte de
crónica de amigos, de patas de barrio. Algo así como una versión no ficcional
de lo que fue aquel emblemático puñado de cuentos que nos entregó el buen
Oswaldo Reynoso: Lima en Rock, que luego se llamó Los inocentes.
Exceptuando a Julio Baylón y César Cueto (que como sabemos fueron grandes jugadores de
fútbol) y a nuestro inolvidable Jaime Guzmán Aranda, en este libro se habla de
personajes anónimos, sin fama mayor que la del barrio, de la esquina, del
colegio (o el “cole”, como dice Jorge Luis).
Está escrito, como dije antes, desenfadadamente. Por ejemplo
(no voy a mencionar todas, por cierto, porque son muchas) encontramos
expresiones como las siguientes: “O sea, una silla cochita”. Esto –repito- no lo dice algún
personaje aludido por Roncal; lo dice él mismo. “Una silla cochita”, o sea una
silla vieja, o viejita, ya golpeada por el tiempo, tal vez medio desvencijada.
Suena a “abuelita”. “Con una barriga chelera”. Como sabemos o, mejor dicho, como
se afirma, se especula, se argumenta, se intuye, quien acostumbra a beber mucha
cerveza termina panzón. Eso –la panza abultada- es lo que se conoce como
“barriga chelera” (la mía no aún, felizmente). “Chela”, un sinónimo travieso de
“cerveza”.
Y, a propósito de barriga chelera, esta expresión: “La del
estribo”; es decir la última botella antes de irse, en alusión simbólica al hecho de
estar a punto de subir a la cabalgadura para partir. Claro que en el libro no
hay vinculación al uso “cantinero” de la expresión, pues se refiere a una
última canción (que “teloneó la despedida”).
He aquí una frase que, definitivamente, suena bien limeña:
“De la manchita que ya habíamos contactado, cayeron el chino Bernabé, Roger
Coblentz y Alfredo Barroso…” Aparecen,
de un solo porrazo, tres expresiones a las que se las ha “resignificado”
(¿así se dice, no?): “manchita”, grupito de amigos, de patas; “cayeron”, llegaron
digamos inesperadamente; “el chino”, que es sinónimo de “el pata”, “el amigo”
(no precisamente de origen oriental). Esta, también bien peruanaza: “como quien hace hora”. “Hacer
hora”: ocuparse en algo no necesariamente importante solo para evitar aburrirse
mientras se espera algo o a alguien.
Y otra que suena a “noble solidaridad criolla”, a
cooperativismo puro, es esta: “o haciendo una chanchita para la chicha helada”;
es decir, reunir, con el aporte de varias personas, una cantidad conveniente de
dinero para un fin determinado, usualmente para comprar una chelas (en este caso,
para la chicha, no sabemos si morada o de jora).
Ah, y una expresión que no tiene (si no me equivoco) más de
dos décadas de uso es esta: “ya fui” (“ya fuiste” –o “fuistes”, como aparece en
los parabrisas de algunos camiones-, “ya fue”…”). “Ya fui”: haber dejado de ser
después de haber sido; mejor dicho, haber perdido una buena oportunidad o acaso
haber sido reemplazado por otro amor. En dos palabras: ser un perdedor.
“Agarré carne”. Haber hecho referencia a algo que afecta
sensiblemente a alguien, algo respecto de lo cual siempre se quiso estar a
salvo.
Y, cómo no, también está en el libro la expresión que ha
tenido digamos el “honor” de llegar exitosamente a la “pantalla gigante” y que,
claro, es recontra peruanaza. ¿La adivinaron? Claro que la han adivinado:
“¡Asu, mare!”.
Bueno, pues, estas y otras muchas expresiones populares hay
en este entretenido libro de Jorge Luis Roncal. Buena lectura que –como ya dije
antes- no se ocupa precisamente de personajes, digamos con fama (salvo, repito
los antes referidos: Baylón, Cueto, Guzmán), de vacas sagradas o de sectores
privilegiados en la sociedad, sino de aquellos seres humanos y realidades que
corresponden a lo que José Ortega y Gasset llamaba el “infrarrealismo”.
Lectura entretenida dije. Efectivamente, de eso se trata. Y
es que la literatura (como tampoco la poesía, que es algo más que solo
literatura) no tiene que ser solo la “literaturización” de los dramas, dolores,
sufrimientos, frustraciones o rabias. También la alegría debe estar en su
esencia. No es privilegio solo de infelices como, no sé por qué diablos, se le ocurrió insinuar alguna vez a Charles Bukowski.
Bien. Como dije, en “El loco Jaime y otras historias” hay muchas expresiones populares y familiares
que no han alcanzado ni pretenden alcanzar la categoría de “Habla culta (o lo
que debiera serlo)”, como dice el título de un libro de doña Martha
Hildebrandt. Falta, sin embargo, una que, creo, se ha convertido en casi
imprescindible, pero que ustedes no se imaginan cuál es. ¿Lo saben? Es esta:
“¡Habla, barrio!”, o también “¡Habla, batería!”. Imprescindible, porque –como
sabemos- hablando se entiende la gente, y hablar, conversar, es una de las
actividades humanas más valiosas, y que nos hace mucho bien. Pero, claro, no
solo hablar; también lo es el leer, porque la lectura nos ennoblece, nos
libera, nos hace espiritualmente ricos. Por eso yo siempre recomiendo, donde
quiera que me encuentre: ¡lean, caracho, lean!