domingo, 21 de agosto de 2022

MI ANÁLISIS LIBRE DE BILIS: LA REDENCIÓN DE ANTAURO HUMALA

¿Ilegal? No, no es ilegal.*

 


A mí tampoco me gusta la liberación de Antauro Humala, pero -como ya lo saben todos- no contamino con bilis mis neuronas y mi razón. Así que, considerando en frío, imparcialmente, aquí me atrevo a expresar mi análisis jurídico. Veamos:

 

1: Cierto, la ejecución de la pena es controlada por el Juez Penal, y lo dice, clarito, el Nuevo Código Procesal Penal: "Art. 488, 1.- La ejecución de las sentencias condenatorias firmes (...) serán de competencia del Juez de la Investigación Preparatoria". Pero, ¿saben qué es lo que dice el Código en la parte en que yo he puesto paréntesis? Esto: "salvo lo dispuesto por el Código de Ejecución Penal respecto de los beneficios penitenciarios". O sea, los asuntos referidos a beneficios penitenciarios no son competencia de ningún juez penal. ¡Clariiito!

 

2: Los asuntos sobre redención de la pena por trabajo o educación (que es un beneficio penitenciario) los resuelve el Director del Establecimiento Penitenciario, conforme lo indica el Reglamento del Código de Ejecución Penal. ¿Esta "norma de rango infralegal" colisiona con el art. 491 del NCPP? No, porque este artículo nada tiene que ver con beneficios penitenciarios; eso ya está expresado en el 488 que he mencionado. Y, además, porque la redención de la pena por trabajo o educación no es un "incidente" sobre la extinción o vencimiento de la pena; es la culminación de la pena (¿o es que, acaso, usted cree que cuando culmina una pena, la excarcelación debe ordenarla un juez?; eso es un asunto que lo maneja únicamente el establecimiento penitenciario).

 

3: Los beneficios penitenciarios no son un derecho de los condenados? Sí lo son; pero, claro, para para recibirlos solo se les exige el cumplimiento de ciertos requisitos.

 

4: El artículo 210,5 del Reglamento del CEP dice que la redención procede cuando se ha pagado el íntegro de la reparación civil; pero eso no es en todos los casos, sino solo corresponde en los casos de delitos contra la Administración Pública, homicidio calificado, extorsión y secuestro (seguidos de muerte o lesiones graves). Por estos delitos no fue condenado el señor Humala, sino por estos, que son diferentes: homicidio simple, secuestro, daños agravados, sustracción de armas.

 

5: El informe del área psicológica solo es requisito cuando se trata de delito de secuestro con subsecuente muerte. Como ya vimos, no es este el caso de Antauro Humala: no ha sido condenado por delito de secuestro con subsecuente muerte.

 

6: Claro, no es procedente el beneficio de redención de la pena por trabajo o educación para los sentenciados por delitos vinculados al crimen organizado. El señor Humala no ha sido sentenciado por ese tipo de delitos, sino por los que ya señalé antes. El que haya sido condenado, entre otros, por los delitos de "secuestro y sustracción o arrebato de armas", no significa que haya vinculación con el crimen organizado. ¿Acaso es crimen organizado si un muchacho, en la calle, le arrebata su arma de reglamento a un policía?


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* El abogado Dino Carlos Caro Coria afirma que es ilegal la liberación de Antauro Humala, en el portal Lp Pasión por el Derecho.

 

domingo, 17 de julio de 2022

¿UNA ZANCADILLA EN LA RAE?. «Cabe», el peruanismo.

¿Conocen ustedes el «juego de la argolla»? Es un juego antiguo que no sé si existe aún. Les cuento. El Diccionario de la Lengua Castellana, publicado en 1817, dice que se trata de un juego «cuyo principal instrumento es una argolla de hierro, que con una espiga o punta aguda que tiene se clava en la tierra de modo que pueda moverse fácilmente alrededor»; y agrega que lo que se busca con este juego «es pasar por dentro de la argolla unas bolas de madera, sirviéndose para ello de unas palas cóncavas de la misma materia».

Imagino la pregunta que se estarán haciendo en este momento, amigos: ¿Y qué diablos tiene que ver el «juego de la argolla» con el peruanismo mencionado en el título de esta nota? Ya lo veremos. 

Cabe es el nombre que en el Perú se le da a la zancadilla, es decir, a lo que –como define el Diccionario de la Lengua Española (DLE)- es la «(a)cción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer». Es, pues, un peruanismo. Se usa en expresiones como las siguientes: «ponerle un cabe», «meterle un cabe«; «Juan le metió un cabe a Mamerto». 

Según el DLE, es una voz onomatopéyica («Voz onomat.», dice la marca que aparece en la entrada respectiva). Por lo dicho allí debemos, naturalmente, entender que «cabe» es una palabra con la que se imita o trata de imitarse un sonido, pues, como sabemos (y la RAE lo sabe mejor, y lo afirma en el Diccionario), voz onomatopéyica, u onomatopeya, es la palabra «cuya forma fónica imita el sonido de aquello que designa». Son onomatopeyas (o voces onomatopéyicas), por ejemplo, «miau», «guau», «pío» (vocablos que imitan -lo cual es evidente- al maullido del gato, el ladrido del perro y el piar del pollo, respectivamente). Todo claro. 

Pero aquí viene la pregunta de rigor. ¿Cuál sería el sonido que se imita o se pretende imitar con la palabra «cabe»? Desconozco la respuesta. ¿Será el sonido que produce el golpe cuando una persona cae violentamente al piso, al ser víctima de una zancadilla? Estoy seguro de que no. Al caerse una persona al piso, el golpe podría, tal vez, generar un sonido como «¡pum!», por ejemplo, pero jamás como «¡cabe!». ¿Entonces? (Algo adicional: «Cabe» no es el nombre de la caída, y tampoco del golpe generado por tal hecho, sino -repito- de la «acción de cruzar alguien su pierna por entre las de otra persona para hacerle perder el equilibrio y caer»).

A estas alturas vamos llegando a lo que mencioné al principio: el antiguo juego de la argolla. Es que hasta la vigesimosegunda edición del DLE (año 2001) la RAE consideró como una de las definiciones de la palabra "cabe" (no el peruanismo) lo que muchísimos años antes (en 1729) ya aparecía en el Diccionario de Autoridades (tomo II): «El golpe de lleno, que en el juego de la argolla da una bola a otra, impelida de la pala con que se juega, de forma que llegue al remate del juego, con que se gana raya». «Cabe», como se ve, era el nombre de un golpe (el golpe dado por una bola a otra). Y es, creo que indudable, que a esto se debió que la penúltima edición del DLE -que repite sin variación alguna la definición transcrita- pusiera esto como marca: «Voz onomat.» (Voz onomatopéyica); válida también, allí, para el peruanismo (que, como ya vimos, es sinónimo de zancadilla). El razonamiento que la RAE pudo haber hecho al respecto, creo que es este: Si se trata de un golpe, estamos, sí o sí, ante un sonido: en consecuencia, la palabra que nombra a ese sonido es una voz onomatopéyica; es decir, perteneciente o relativa a la onomatopeya, o formada por onomatopeya (imitación de un sonido). Pero, no, no es así: no es voz onomatopéyica. Si lo fuera, el sustantivo «portazo» («Golpe recio que se da con la puerta») también sería voz onomatopéyica; sin embargo, no lo es, no tiene por qué serlo y por eso en la respectiva entrada del Diccionario no aparece ninguna marca que señale tal cosa. La explicación es simple: El hecho de que una palabra nombre a un golpe o sonido no la convierte en onomatopeya o «voz onomatopéyica»; «explosión» no lo es, por ejemplo, como tampoco lo es «portazo». Onomatopeya o voz onomatopéyica es la palabra que imita o pretende imitar un sonido («miau», «pío», «guau», «pum», «zuácate», etc.). Algo más: ¿el sonido, al golpearse dos bolas, acaso se parece en algo a la voz «cabe»? En nada, absolutamente.

No sé si, como dije al principio, el juego de la argolla sigue existiendo; pero, al menos, en la última edición del DLE ya no está considerada la palabra «cabe» como nombre del golpe que en ese juego se daban las bolas. Pero ha quedado la marca, ahora, para señalar -equivocadamente, claro- que el nombre peruano dado a la zancadilla es una «voz onomatopéyica». Mi hipótesis aventurada, y tal vez imprudente, es que la docta corporación matritense considera que, así como en el juego de la argolla, en la zancadilla también se produce un golpe y ese golpe tiene un sonido, y si a ese golpe se le dio el nombre de «cabe», entonces «cabe» es una onomatopeya. 

¿Dónde habría hecho aquel tan genial y ocurrente «descubrimiento»? Estoy convencido de que en ninguna parte. Lo que presumo es que se dejó llevar por la lectura incompleta que hizo de la definición aparecida en el Diccionario de Autoridades; solo leyeron la primera parte y obviaron la explicación allí incluida. 


Esta es la referida explicación que el primer Diccionario de la Lengua Española, en su tomo II, da acerca del nombre con que se conocía al golpe de las bolas en el juego de la argolla: «Llámase así, porque para ganar la raya es condición, que entre bola y bola haya de caber la pala». Su origen es el verbo «caber», y no es ni proviene de ninguna onomatopeya.

Clarísimo. El Diccionario de Autoridades, a pesar de que al vocablo «cabe» lo define como «golpe» («... de lleno»), jamás dijo -ni lo insinuó- que ese nombre fuera una suerte de «imitación» del sonido producido por el golpe de las bolas en el juego; no afirmó que se tratara de una «voz onomatopéyica». 

¿Será que después de alguna meticulosa investigación histórica la RAE llegó, tal vez, a la conclusión de que el Diccionario de Autoridades estaba equivocado y, en consecuencia, quiso corregirle la plana, desmentirlo, desautorizarlo? (¿Casi como ocurrió con el jurista y político peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841) que, arrepentido de sus propias opiniones, llegó a publicar un libro con un título muy expresivo: «Vidaurre contra Vidaurre»; o sea, la Academia contra la Academia?). 

Sea como fuere, lo cierto es que -insisto- «cabe», el vocablo peruano sinónimo de «zancadilla», no es una voz onomatopéyica. La RAE debería, pues, corregir el Diccionario, retirando la marca «Voz onomat.» que aparece en la entrada correspondiente. (Presentaré mi propuesta, a la Academia, a ver qué resulta).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

lunes, 11 de julio de 2022

DOSH: UN DIMINUTIVO PALLASQUINO

Ustedes saben, sin duda, a qué aluden las siguientes expresiones bisílabas "-ito", "-ita", "-illo", "-illa"; "-ico", "-ica". Efectivamente, son sufijos. Sufijo -como también lo saben- es una partícula que, pospuesta a una palabra (o “base léxica”, o en muchos casos a la raíz de la palabra), hace que esta modifique de algún modo su significado. Por ejemplo, si el sufijo "-ito" lo uno a la raíz de la palabra "gato" ("gat"), obtendré "gatito", y se habrá producido una variación en el significado, pero no sustancialmente: la palabra seguirá refiriéndose a un gato, solo que de modo cariñoso o haciendo alusión a su edad o tamaño -tierno o pequeño- (estaremos, pues, ante un hipocorístico o un diminutivo); en cambio, si a la misma palabra o base le unimos el sufijo "-illo", la cosa será diferente: estaremos generando una nueva palabra que en nada tendrá que ver con el felino doméstico, sino con otra cosa: con el disparador de un arma de fuego, por ejemplo, y, como sabemos, "gatillo" no es un gato chiquito; no se tratará, pues, de un diminutivo, aunque este haya sido su origen. Bien: "-ito", "-ita"; -illo", "-illa"; "-ico", "-ica", son, pues, sufijos que sirven para convertir en diminutivos o hipocorísticos a ciertas palabras: "poquito", "librico", "pastelillo", "Jorgito"... 

Sin embargo, como en el ejemplo de "gatillo", no solo diminutivos o hipocorísticos (palabras para designar cariñosa, familiar o eufemísticamente) son los que pueden generarse sino, también, otras palabras con significados completamente diferentes (se las conoce como "diminutivos lexicalizados"). 

Bien. Ya vimos algunos de los sufijos con los que se generan diminutivos o hipocorísticos. Les cuento. En gran parte de la zona norte del Perú (prácticamente, desde Pallasca) se emplea un sufijo (en algunos casos, infijo) distinto a los mencionados, un sufijo que algunos estudiosos creen que proviene de una lengua extinta que se hablaba allí, el culli o culle. (A mí me parece que, en todo caso, sería el sonido lo heredado de esa lengua y no propiamente el sufijo ni menos en su condición de diminutivo, porque no creo que en el culli haya funcionado así). Me refiero a "asho", "asha" o "sha" o solo "sh", con los que se generan diminutivos o hipocorísticos como estos: "Gringasho", "cholasho", "amigasho", "Shesha", "Roshita". 

Bueno, este sonido –en el que se hace presente el dígrafo "sh"- es el que interviene decisivamente en el vocablo que da título a esta nota: "Dosh". En los ejemplos que acabo de mencionar, los diminutivos o hipocorísticos se forman uniendo este dígrafo ("sh") a una vocal, así: "sho", "sha", "she", "shi"). ¿Y qué pasa con "dosh"? Veremos. 

"Dosh" corresponde literalmente, en verdad, a la particular pronunciación del número "2", en Pallasca (y en algunos otros lugares de la sierra norte peruana), pero -he aquí el pero- no para designar estrictamente y con su exacto significado a esa cifra. A ver, para que se entienda mejor: En Pallasca -al contar, ascendentemente, los números naturales- no se dice, por ejemplo: "uno, dosh, tresh, cuatro, cinco...". "Dosh" (así, con el sonido "sh") se dice en otras circunstancias, en otro contexto, pero (ya voy llegando al tema) no para hacer referencia -estrictamente hablando, repito- a la segunda cifra de los números naturales, el 2, sino a otra cosa. Con el vocablo "Dosh" se designa a una cantidad que, a pesar de ser imprecisa, es fácilmente entendida: "Juan le preguntó a Pedro: ‘¿Cuánto de alfalfa te dio don Roberto?’, y Pedro respondió: ‘Dosh; es que siempre fue un miserable, pue’". ¿Le dio dos ramitas de alfalfa? No. Lo que quiso decir Pedro es que don Roberto le dio solo un poquito de alfalfa, por “miserable”.

Como ha podido advertirse desde el principio de esta nota, para que un sustantivo o un adjetivo se conviertan en diminutivos, es decir, en palabras con las que se expresa (voy a decirlo de un modo medio burdo, es decir, nada “académico”), el “empequeñecimiento” del objeto nombrado, lo que se hace es agregar a su base o raíz un sufijo cuya finalidad es, precisamente hacer que nominalmente algo disminuya o se reduzca. Entonces, ¿qué pasó con “dosh”?, ¿dónde está el bendito sufijo? No sé si sea el único, pero la verdad es que se trata de un caso muy particular de diminutivos en que no interviene sufijo alguno. Lo único que ha ocurrido, simplemente, es que una palabra en español ha dejado de sonar como corresponde a esa lengua y ha pasado a ser aquello de que estamos hablando: un diminutivo. O sea, estamos ante un asunto de carácter fonético, nada más: en vez de “dos”, ahora es “dosh”.

Pero, eso sí, este vocablo, que, digamos, fue y sigue siendo monosílabo pero con una variación fonética evidente, ya nada tiene que ver con el nombre dado a la segunda cifra válida de la numeración ascendente: no es la representación literal del “2”. ¿Qué es, entonces? Es una palabra que significa esto: “un poquito” o “muy poquito”. Es un diminutivo -en el castellano pallasquino- que alude a cantidades pequeñísimas de algo (pequeñísimas, y no como el montón de cariño que yo siento por ustedes, amigos del alma; el cariño que es igual al que también encontrarán –se los aseguro- en mi inolvidable Pallasca, Pallasquita linda -la tierra de los "chupabarros"- que los espera con los brazos siempre abiertos y la bondad a flor de piel: visítenla, pero vayan sabiendo que allí, definitivamente, se quedará su corazón).

                                                                                                                                                                                                                                © Bernardo Rafael Álvarez

 


domingo, 10 de julio de 2022

SILENCIO ATRONADOR: POESÍA DE LU ZÚÑIGA PALOMINO

                                             GRITOS DE LA PIEL


¿La piel puede gritar? Un bello libro de poesía que hace poco leí y hoy he vuelto a leer, nos dice que sí. El título de este libro es Gritos de la piel, un poemario publicado en octubre del 2017 y que fue escrito por una poeta a la que conocí nueve meses después, exactamente -como hoy día- el 10 de julio del 2018, pero, claro, solo "de vista y oído", nada más; la vi y escuché cuando ponía de manifiesto otra de las cosas magníficas que sabe hacer, además de escribir poemas: una performance, es decir, una puesta en escena personal que, aunque es un poco difícil de definir, se caracteriza por la combinación de distintas expresiones artísticas. Aquello ocurrió en la casa museo José Carlos Mariátegui, durante la presentación del libro de un amigo. Yo sabía quién era, porque antes ya me habían hablado de ella, e intuyo que a ella también le habían hablado de mí pues, justo esos días, me ardían las orejas (perdonen el chiste monse).  Repito, aquella vez solo la vi y escuché pero quedé gratamente impresionado, y enseguida me fui. (La presentación que hoy domingo se hace del libro mencionado es, para mí, pues, como una suerte de celebración -sin querer queriendo- del cuarto aniversario de haber visto por primera vez a su autora: de haber ganado una nueva y linda "conocencia"[1]).   

Días después -no recuerdo exactamente en qué circunstancias- nos hicimos amigos y, claro, como suele ocurrir cuando la amistad es sólida y, naturalmente, verdadera y sincera, la nuestra fue, entonces, una sucesión de peleas y reconciliaciones; quiero decir, de bloqueos y desbloqueos... (¡cómo no!) en el Facebook. En una ocasión, les cuento, ocurrió algo que tal vez no crean: la reconciliación o, mejor dicho, la recuperación de su amistad, no se dio en el "ciberespacio", sino en una comisaría; o sea, prácticamente, con ayuda policial (fue, en plena pandemia, el 20 de junio del 2020).[2] 

Gracias a esta amistad terminé formando parte de un lindo grupo de cuatro, y siempre juntos: ella, yo, Cronwell Jara y -¡rayos!- la "Tejedora de Tormentas", o, como yo la llamaba entonces, la diosita, que fue a quien conocí primero. Repito: siempre juntos. Uno de nuestros puntos de encuentro, el de las más frecuentes reuniones, un pequeño restaurante en el centro de Lima, terminó siendo nombrado por nosotros, con traviesa imaginación, como "el Queirolito": y allí tomábamos té, limonada o, a veces, una cerveza, con unas ricas empanadas, y mucha conversación y abundante cariño. Y ahí, siempre presente, y en cualquier otro lugar: Lu Zúñiga Palomino, la poeta de la que estoy hablando, que es –también- actriz y profesora universitaria, y a quien yo llamo la Neguita.   

Y es acerca de la poesía de la Neguita que quiero ocuparme ahora. Pero, ¿será fácil hacerlo? ¡Ahí, ‘ta la cosa, pe! Para comenzar, tengo que decir que no soy precisamente un crítico literario sino, apenas, un mediano lector que se esfuerza, no siempre con satisfactorios resultados, de aprender y de ser feliz leyendo, porque creo que, además de otras cosas buenas, la lectura es para darnos felicidad. Pero hay otra cosa, de la que, por cierto, ustedes ya deben haberse dado cuenta: el hecho de que la poeta Lu Zúñiga -como he dicho- sea amiga mía, muy amiga mía (al menos hasta ahora), hace que -aunque no parezca- la situación sea más difícil aún. Explico, para que no se vaya  malinterpretar. Como ustedes saben, el ser amigos, en ciertas circunstancias –como esta-, puede generar algunos perjuicios: hacer –por ejemplo- que perdamos objetividad y que, a veces, dejemos de ser sinceros; y, debido a eso, puede uno no tener el valor de señalar, directamente, los puntos flacos, cuestionables o, tal vez deleznables en el trabajo literario de la persona amiga. No sé si eso vaya a ocurrir conmigo, pero -les confieso- para evitar una nueva, una enésima pelea, sería capaz de tomar una decisión drástica: olvidarme del propósito inicial y dejar de lado el libro y, más bien, solo hablar de la amistad de pocos años que me acerca a la poeta. ¿Qué pasará? Ya veremos.   

Mencioné, hace unos instantes, a Cronwell Jara y a la "Tejedora de Tormentas", ¿verdad? Les cuento. Cronwell, a quien todos conocen, escribió una magnífica novela[3] -que fue publicada en febrero del 2021- en la que, entre muchas otras historias, habla de tres “hermosos viajeros del tiempo” (así, textualmente, lo dice) que, a bordo de dos cajas mágicas, “transportadoras del futuro al pasado” llegan desde el siglo XXI hasta el XIX, y terminan ubicándose en el centro de la mismísima plaza de Acho, en medio de la expectativa, algarabía y estupefacción de la gente que había asistido a presenciar un pintoresco espectáculo. ¿Se imaginan quiénes eran estos viajeros? La novela lo dice, y muy explícitamente. Estos tres viajeros eran la mencionada “Tejedora de Tormentas", cuyo nombre "de pila" era nada menos que Erica ("incandescente y luminosa"), que arribaba, supongo que acurrucada, dentro de una de las dos cajas mágicas, y los otros dos viajeros -juntos en la otra caja-, el mago "de la nariz maravillosa" (¡dale con la nariz, caracho!), y Lu Zúñiga, “princesa nacida de una lámpara maravillosa", "la doncella más hermosa de las Áfricas orientales". ¿Vieron?: Una amistad, en tiempo real, nacida el año 2018, pero que se consolidó, por virtud del almanaque de la fantasía literaria, en un día soleado de hace cerca de doscientos años, en pleno siglo XIX, cuando apenas comenzaba la República: Lu, Erica, Cronwell y el humilde parroquiano de la nariz aquella (o sea, ¡yo!), ¡amigos hasta la pared de enfrente y más allá de lo evidente y creíble! 

Por ello repito, ¿puede ser fácil hablar, habiendo ocurrido todo eso, de la poesía de una amiga como Lu Zúñiga Palomino? Claro que es difícil, y, lo es más aún, al tratarse, como dice la novela, de “una princesa nacida de una lámpara maravillosa”. No, pues, no es fácil. Pero, terco e imprudente como soy, estoy dispuesto a hacerlo, porque -al fin y al cabo-, a pesar de mi supina ignorancia, estoy convencido de que la poesía no es un asunto de ciencias, sino -básicamente- de emociones.    

Y eso, emociones, es lo que genera la poesía de Lu Zúñiga Palomino, la que aparece en su libro. En el prólogo, que fue escrito por Cronwell Jara, se afirma que se trata de poesía erótica (“arte poética de un erotismo hecho divinidad y mujer”, dice). Efectivamente, hay poemas eróticos. Pero a mí me parece que, básicamente, la poesía de este libro está marcada por otra cosa: por la libertad; esta, la libertad, es su sello. Gritos de la piel, el poemario, es -creo yo- un canto y apología de la libertad y, además, un homenaje a la mujer, a la mujer y su necesidad de ser, de una vez por todas, plenamente libre.   

Pienso que todos pueden intuir lo que, más o menos, estoy insinuando o tratando de sugerir. Hay, en esta poesía, un espíritu que busca ponerse de manifiesto, una voluntad que se desnuda: la reivindicación de la mujer, de sus libertades. Hay, debo decirlo ya, un espíritu claramente feminista. Pero el feminismo que Lu Zúñiga abraza, aquel al que ella rinde culto, no es ese que, en estos últimos tiempos -aplaudido por unos y rechazado por otros- incluso ha motivado, acertadamente, la creación de un neologismo medio terrorífico. No. No es ese el de Lu. El feminismo de Lu está, digamos, “empadronado” en el más noble de los propósitos reivindicativos que se sostiene, principalmente, en estos tres pilares fundamentales: la igualdad, la libertad y el amor. No es ese que se ha impuesto como bandera, dizque de reivindicación, el rechazo, la abominación y el odio al varón, y que tiene prácticamente como lema aquello de "¡muerte al macho!". Dicho en dos palabras, el feminismo de nuestra poeta nada tiene que ver con los disparates ni con las peligrosas patologías del movimiento adjetivado como "feminazi". Es que, como Antígona, el personaje de Sófocles, Lu puede decir con orgullo, y segura de sí misma, esta exultante y muy significativa frase: “No nací para compartir el odio sino el amor”.    

El amor que une, que da placer y que libera. En uno de sus poemas nos dice, como una suerte de confesión y declaración de fe: "Yo no sé de límites, no escatimo, / sé de emociones agudas, / que se reconocen, que se abordan, / que marcan nuestra piel". Es decir, habla del "Amor completo" (y este es, precisamente, el título del poema) y sin muros que lo encierren ni menos que lo constriñan.    

Amor completo, es decir, plenitud, como lo dice en otro poema, que es sumamente expresivo: "Mírate, estás libre, / ya nada te sujeta, nada te aprieta. // Mírate en el espejo con orgullo, / estás completa" (“Desnuda”).    

El poema que, tal vez, expresa de modo más rotundo, contundente e incontestable el culto de Lu Zúñiga por la libertad de la mujer, es aquel que –recuerdo- en alguna oportunidad lo declamó, en una extraordinaria performance, con la participación de otras poetas. Díganme si esto que allí se dice no es definitivo: “Brujas salvajes, brujas sin amos, / las que se bañan en memorias / y no le huyen al placer, / las que se ríen como niñas / y bailan con su propia música / las que caminan firmes a pesar de las piedras / y se envuelven en magia”. Su título –creo que ya lo adivinaron- es, precisamente, este: “Brujas”. Y tras esas palabras, el poema concluye con esto que es como una sentencia inapelable: “Mujeres libres…”. La mujer -lo sabe Lu- no debe ser, nunca, el ser sumiso, aplastado por la falsa moral y otras equivocaciones, sino (como lo expresa en otro de sus poemas) "la diabla, la libre, / la que tiene fuego en sus alas..." ("Gritos de mujer").  

Ah, y es necesario tener en cuenta esto: la libertad por la que aboga y a la que canta, también tiene que ver con el ejercicio poético propiamente dicho, con el acto de escribir. "Mi historia -nos dice- no sabe de silencios, / sino de escritura cursiva / corriendo en su piel, / trazos que saben de desnudos, / de danzas las uvas, / de fantasías fértiles..."; y, óiganlo bien, "de reglas que se rompen pero que acarician, / de olores escribiendo su nombre" ("Mi poesía"). Y a ello se debe que, haciendo uso de la legítima licencia, se atreva a crear un bello y desconcertante neologismo que aparece en el poema llamado "Caminos": "voraz santaresa que te devoraba hasta en sueños...". "Santaresa", dos voces unidas en contracción para nombrar a la mantis religiosa hembra, aquel bello y medio diabólico insecto que, durante o después del encuentro sexual, cumple con el irremediable ritual de devorarse al macho.[4]   

Al principio hice una pregunta: ¿La piel grita? Esta es mi respuesta: sí. El grito, o los gritos de la piel, pueden definirse, creo, con el oxímoron tal vez más conocido por todos, este: “un silencio atronador”. Es el grito del deseo. Leamos parte de un poema que es, justamente, como el himno del deseo: “Como ave rapaz quiere devorarme, / coge mi cintura, mis glúteos, / para aprehenderse de mí, / sus garras se clavan en mi piel y en mis anhelos, / yo sin deseos de huir, / se regodea con mi cuerpo, / graba su nombre en mi piel…” (“Cautiva”). También esto que parece el canto de la piel: “Sin embargo, miro mi cabello / que baila su propia danza, / miro mis senos, mis curvas, / mis comisuras, mis sombras / siempre en movimiento, / son aquellos que me bañan / en anhelos, en impulsos, / afectos que me hacen ver / que en realidad soy ese mar” (“Pleamar”). Y estos cuatro versos finales del poema llamado “Anhelo”: “Te miras al espejo / no eres la misma, / es el anhelo, / bestia voraz que te penetra”.   

Esta es la poesía de Lu Zúñiga Palomino, escrupulosa, limpia, delicada, pero intensa, cálida y también impetuosa y llena de vigor. Es el grito, los gritos de la piel, pues; la piel de mujer. Gritos que no aturden ni menos generan contaminación acústica, sino, más bien, fecundan el medioambiente de sueños, esperanza y deseos de ser libre y vivir el placer. El placer es bendición y no pecado. Eso es Gritos de la piel, un poemario que es, en realidad, alegato, no jurídico sino poético, en defensa de la igualdad, el amor en plenitud y también, insisto, la completa libertad.  

Es que Lu es libre, libre incluso en su manera de asumir y vivir la poesía. Sabe que el hecho de escribir no tiene que significar la adopción de cierto tipo de actitudes o de comportamientos, ni menos hacer que uno se convierta en un ser medio esperpéntico, es decir, ajeno al vivir común y corriente de las demás personas; es que está convencida que escribir poesía no transforma a quienes lo hacen en extraterrestres ni en enrevesadas divinidades, y ni siquiera en esa "especie" de los llamados "poetas malditos", muchos de los cuales no son más que una suerte de personajes pintorescos o dramáticos, que pueden generar lástima o motivar sonrisas, pero no necesariamente crear buena poesía. Es que el poeta importa no como anécdota, por sus rarezas; importa como hacedor, por sus obras.   

Y otra cosa. Lu Zúñiga tampoco es de los que quisieran que les caigan premios o "condecoraciones", como ocurre -en estos últimos tiempos- con ciertos poetas a los que ciertas "asociaciones", creadas por algunos colegas del oficio, les entregan diplomas y medallas virtuales (muchos vía Facebook), los convierten en "embajadores" y "ministros" y hasta en "doctores", dizque en mérito a la "excelencia" poética y, en muchos casos, por su contribución "a la cultura y la paz mundial" y hasta -no me lo van a creer- "intergaláctica"; reconocimientos que -según he visto- a veces son también "autoconferidos" por los mismos generosos poetas dadores de "preseas" quienes, orgullosos, lo dan a conocer por las redes sociales afirmando que esos galardones les han llegado "de sorpresa", inesperadamente, y que se sienten no solo agradecidos sino, sobre todo, estimulados para seguir contribuyendo en bien de la humanidad (es decir, ellos mismos se premian y ellos mismos se agradecen). Por supuesto, nosotros les creemos. ¡Qué costeantes, caracho! [5]   

[Bueno, les cuento otra cosa: Aunque no fue precisamente premio o condecoración, yo también recibí uno que otro "diploma" -en realidad, constancias de participación en algunos eventos, nada más-; pero,  el más significativo -naturalmente, por lo disparatado quiero decir- fue uno que, a diferencia de los demás, no merece ser olvidado: uno que recibí, si no me equivoco, en un campo ferial, como reconocimiento -¡agárrense!- por haber intervenido allí en mi calidad ¡de “poeta y/o músico”! Sí, señores: ¡De Ripley! Es verdad aunque no me lo crean. 

¡Ah, caramba! Como ven, finalmente, sin querer queriendo, no solo me he ocupado, en esta exposición, de la amistad, de la poeta Lu y -aunque al principio no quise atreverme- también de su poesía, sino que, como imprudente añadidura, he terminado casi rajando de los simpáticos  "premios Nobel alternativos" que aquí y en otras comarcas suelen darse "como cancha". "¡Cosas veredes, Sancho!"].

Por eso, por situaciones como las que acabo de referir, casi de historieta y medio caricaturescas, creo que me atrevería a sugerir -aunque no soy quien para hacerlo- que, si algunos quisieran otorgarle un reconocimiento a Lu, no lo hagan regalándole diplomas o cosas por el estilo: simplemente léanla y disfruten de su poesía, porque ese es el mejor homenaje para un poeta, para una poeta, lo que más le regocija: que su obra sea leída. No sé si con lo que acabo de afirmar esté de acuerdo Lu, pero lo he hecho sin mala fe, y, al final de cuentas, solo es una opinión y mis palabras no tienen, ni tendrán nunca, carácter vinculante (como dicen los abogados). 

Léanla, dije. Sí. ¿Saben una cosa? Leer poesía es una de las experiencias más gratificantes que podemos vivir: hace mucho bien, ennoblece, porque además –como alguna vez dijo el maestro Luis Alberto Sánchez- quien no lee “se enflaquece mentalmente y resulta anémico espiritual. Y la poesía es una parte de la alimentación”. Y lo que hace Lu Zúñiga Palomino, la Neguita querida, al escribir, es -en verdad hablando- un acto de nobleza y bondad, y su poesía es bella y enriquecedora. Yo he leído los poemas de Gritos de la piel y también he tenido el privilegio de leer otros, aún inéditos, de Lu, y tengo que decir que nunca han dejado de sorprenderme: encuentro, en ellos, una manera particular, inesperada, con sello propio, de asumir el erotismo y la libertad como poética; y, por ello, creo que es tiempo, ya, de que los saque a la luz. Es una poeta a la que hay que seguir leyendo; es necesario leerla -lo digo con plena y absoluta convicción- y sentir las vibraciones de su silencio atronador, y estremecernos con versos de insolencia erótica como estos, por ejemplo: “Quiero que te abrases / al sumergirte en mí, / y que estimule mi fiereza despiadada / cuando te haga llorar de placer. // Quiero que te calcines / cuando discurra en ti, /y que avive mi perversidad /cuando te consumas en gozo / y te observe en polvo” (“Pirómana”).

© Bernardo Rafael Álvarez





[1]Peruanismo ya casi en desuso: Persona a la que se conoce solo superficialmente (Diccionario de Americanismos).

[2] Señalo la fecha con precisión, no porque mi memoria tenga algo de excepcional, sino porque el Facebook me lo recordó hace unas semanas; Lu, en algún momento, podrá contarles, tal vez, los detalles de eso que ocurrió, y sin duda se reirán).   

[3] Pancho Fierro: Picardías de un lujurioso y festivo acuarelista. Montacerdos Oficial, febrero 2021. 

[4] Uno de los nombres con que también se conoce a la mantis religiosa es santateresa, no sé por qué; pero la poeta prefirió nombrarla como santaresa porque, es indudable, le da más eufonía al verso. 

[5] Peruanismo, de uso popular –aunque no tan difundido últimamente-, que significa “gracioso, cómico, que hace reír” (DLE).

 

lunes, 6 de junio de 2022

POESÍA DESMESURADA: LA VERDAD OCULTA DE UN POETA LIBERTEÑO

El 2015 sacó a la luz un poemario que hoy, siete años después, vuelve a aparecer, pero -¡oh, sorpresa!- lo hace poniendo de manifiesto algo inesperado: el crecimiento físico del libro y, curiosamente, la reducción nominal de su título. Lo aparecido entonces era, ya, un trabajo de largo aliento: más de doscientas páginas de una poesía desbordada y, digamos, desmesurada. Es que su autor es eso, pues: un poeta también desmesurado; no es un escritor de medias tintas, sino, en gran medida, del atrevimiento total. Se atreve en el ejercicio del periodismo, en el ejercicio de la crítica y el análisis político y -¡cómo no!- se atreve, también, en la poesía. Y es sincero. Ah, y otra cosa: no está a la caza del aplauso, de la alabanza fácil; le interesa un comino ser complaciente y que lo sean con él; y tampoco tranza con aquello que se conoce como lo "políticamente correcto" y, antes que a las pasiones, simpatías o antipatías, prefiere darle oportunidad a la razón, a la inteligencia, aunque ello pueda generar urticaria en algunos fanáticos del lado izquierdo o el lado derecho del río “ideológico” (y hace bien). 

El libro de que hablo, repito, ha vuelto a aparecer, pero ahora es un volumen de doscientas cuarenta páginas. Se había titulado inicialmente Metafísica del precipicio, y hoy su nombre es una sola palabra: Metafísica. Como dije al principio, esta reducción tiene carácter nominal, solamente nominal; porque conceptualmente la situación es distinta. La expresión "Metafísica del precipicio" tiene una connotación que yo calificaría como restringida, porque carece de la significación ilimitada e inmaterial que normalmente se le atribuye a este vocablo en sí mismo: su vinculación con el concepto "precipicio" nos trae, más bien, la imagen material del abismo de un acantilado, la altura vertiginosa de un puente de suicidas o acaso el riesgo de perder el equilibrio en lo más alto de un edificio citadino. En cambio, la conversión del título en una sola palabra, "Metafísica", nos lleva más allá del confín de nuestro universo palpable; como adjetivo –lo sabemos- hace referencia a lo oscuro y difícil de comprender y, por otro lado, tiene que ver –como lo dice el Diccionario- con aquella “parte de la filosofía que trata del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras” (¡cosa difícil, caracho!, al menos para mí). El empleo de una sola palabra como título, además, nos ofrece una certeza; nos hace saber que no es, ni tiene que ser, el mayor número de palabras lo que agiganta la idea o concepto: una sola puede ser más que suficiente: he allí lo maravilloso del lenguaje, lo excelso de la poesía. 

Dije que nuestro autor –el autor del que estoy hablando- no solo es desmesurado como poeta. Cierto. Lo es, también -ya lo insinué- , como periodista y como crítico. Les cuento. Hace poco (en noviembre del 2021) entregó a los lectores una -¡otra vez!- voluminosa producción bibliográfica de artículos, contenidos nada menos que ¡en 1192 páginas!: textos a través de los cuales reflexiona puntual y puntillosamente acerca de distintos aspectos de la política y la cultura peruanas, enmarcándolos en el escenario histórico de los doscientos años de vida republicana de nuestra nación; el título de este libro es, precisamente, 200 imágenes críticas del Perú ante el Bicentenario -La Verdad Oculta. No le rinde pleitesía a los versos de arte menor, pues, ni a nada que se les parezca. 

Tampoco le rinde culto a la hipocresía de los escrúpulos; y, vuelvo a decirlo, se atreve, porque sabe y está convencido que la única ideología y el único territorio legítimo e inalienable del escritor, del poeta, es la libertad. 

¿De quién estoy hablando? Pues, creo que ya hasta parece obvio: hablo de un poeta de La Libertad; quiero decir, nacido en aquel departamento (o, como se le dice ahora, región) donde también nació el más grande hacedor de poesía peruano de todos los tiempos, el pico más elevado de la poesía en lengua española: el inmenso César Vallejo (aunque esto que digo, al autor de "Metafísica", probablemente no le guste; pero -caballero nomás- tengo que decirlo porque también soy libre de hacerlo). Estoy refiriéndome (claro, sin duda ya muchos lo adivinaron y sé que otros desde el principio ya lo sabían) de Percy Vilchez Salvatierra poeta y periodista trujillano que, además, y “para remate de males”, también como yo, es abogado. 

Percy y yo hemos conversado en diferentes ocasiones y, les confieso, no siempre nuestras opiniones, respecto a distintos tópicos, han llegado a coincidir, pero cuando ocurría lo contrario sentíamos una alegría extraordinaria y asumíamos el convencimiento de que la amistad se consolidaba más, precisamente por eso: porque el hecho de ser amigos no tiene que obligarnos a caminar en el mismo sentido. Pero en lo que no hay, de ningún modo, desacuerdos ni desavenencias, es en el cariño por Trujillo, ciudad en la que no nací pero siento como mía, porque allí viví un año maravilloso, cuando cursaba el quinto de secundaria en el inolvidable colegio San Juan. 

Bien. A pesar de los ya comentados títulos (de la primera y la segunda publicación poética de Percy), debo decir que yo no encuentro precipicios ni menos, naturalmente, “caídas hondas de los cristos del alma” (y porque lo conozco, sé que es lo que menos podría encontrar en la poesía de Percy). Tampoco se trata de una poesía que nos lleve o quiera llevarnos a lo “etéreo”. Es poesía de aquí y de ahora. ¿Algo de metafísica? Quizás esto, que encontramos en el poema “Tríptico del vacío”: “La poesía es un misterio, una gracia y un don. (…) Es metafísica. Es casi un renunciamiento a la vanidad. La mejor poesía es la que parece ser dictada levemente por el viento. Esto es terrible para el ego. Poesía ¡Vete al infierno!”. Como vemos, no le rinde culto, ni muchos menos vasallaje, ni siquiera a la poesía y por ello puede arrogarse la libertaria licencia de mandarla al mismísimo infierno. Metafísica del desenfado y, vuelvo a decirlo, de la libertad. 

Pero, ¿qué es la poesía para Percy Vilchez Salvatierra? Es, creo, tantas cosas y nada. Esto, por ejemplo, que dice acerca del amor (en el poema justamente titulado “Breve estudio sobre el amor”) es muy expresivo y merece ser tomado en cuenta, porque –niéguenlo, a ver- nos atañe a muchos: “El amor es que la decencia abarque también a los poetas”. Es el reconocimiento nada metafísico de que los poetas no son los seres alados a los que aludía, no sé si en serio o en broma, el gran Sócrates (“porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo”: Ion o de la poesía). El poeta solo es un hacedor (lo he dicho repetidamente), como lo son un artesano, un panadero, un tejedor; y los poemas no son sino el producto de su trabajo, son su hechura. Que haya nobleza en un poema, es cierto, pero no es lo único ni lo esencial del poema; lo grotesco también puede ser su expresión. Percy propone, en medio de todo y a pesar del furibundo y violento rechazo a que aludí antes (“Poesía ¡Vete al demonio!”), una suerte de "pacto" de paz y nos dice con algo de delicadeza y “decencia” que la poesía “es ver el mundo, el riesgo y no temer al silencio ni a la nada cuando esta se extiende mientras uno escribe incesantes columnas de viento sobre el orbe”; es, lo dice enfáticamente, “atravesar el telón que el misterio ha dispuesto sobre las únicas frases dignas de escribirse, las frases reales”. Eso: las frases reales. La poesía es, sobre todo, verdad, frases reales. Y es verdad lo dicho en un par de contundentes versos que forman un solo poema (“Ruinas”): que aquel bello monumento -maravilla del mundo antiguo- el templo griego consagrado a Palas Atenea, la diosa de la guerra, es visto como un meadero por las miradas perversas de estos tiempos (“El Partenón es un mingitorio público. / Las bestias amojonan sus escombros”).

Y es verdad, también, esto que me conmueve, y son las primeras palabras de un poemas probablemente escrito mientras contemplaba las olas del mar de Huanchaco, en Trujillo: “En una vieja canción chimú se dice que ir a la guerra es hollar en nuestra propia carne el despojo de nuestros peores sueños y despertar ante el rostro sin ojos del último de los dioses del abismo…” (Visiones frente al mar de Huanchaco”). Sí, pues, eso es la guerra; es dañarnos a nosotros mismos.

Pero, créanlo o no, los poetas están, y sobre todo su poesía, para protegernos de estos daños aunque terminen dañándose. Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, creador primero de Zarazo y luego del Movimiento Infrarrealista, allá por los setentas, fue uno de ellos (conservo una bella y entrañable carta que me envió en abril de 1974). Aludiendo a Patti Smith, Percy Vilchez afirma en un poema, cuyo título es el nombre de la muy admirada cantante y poeta norteamericana, que “Mario Santiago estaba enamorado de ella / y mil palomas y zapatos curtían su agonía colgando de su rostro”; y culmina con esta rotunda e incontestable frase, que es un muy merecido homenaje: “Mario Santiago era de la puta madre”.  

Debo confesar para dar término a estas pobres palabras, que yo había creído que la poesía de Percy Vilchez Salvatierra solo estaba marcada por la rudeza. Pero no. También hay ternura. Lean esto que está dicho en el poema final del libro: “… cuando te conocí, estabas dormida / y al cargarte, la primera vez, / hiciste crecer en mis ojos una luz tan mansa / y tan poderosa que hizo y hace renacer mi corazón…”. ¿A quién creen que le habla? ¡A Doménica, su pequeña y linda hija! Esta es una verdad definitiva: cuando hay hijos, no hay precipicio que valga. Son una bendición. (El título del poema es de una simplicidad conmovedora: “Viendo a mi hija en un jardín una semana antes de su primer cumpleaños”).


¡Bien, Percy! Te abrazo.

© Bernardo Rafael Álvarez

 

domingo, 5 de junio de 2022

EL "HUÁYCHAGO"*

 


“Tengo una pena… ¡Será de frío!”, decía luego de dar un par de rasgueos a su humilde guitarra o, como él la llamaba, su “palito trinador”. Era zapatero –para ser precisos: zapatero remendón. Su casa, en la que funcionaba su taller (algún nombre tengo que darle) estaba frente a lo que por algún tiempo fue la sede del Instituto Nacional Agropecuario y, luego, del Colegio Municipal Mixto. Vestía un medio deslustrado saco azul marino y vivía solo, por lo menos eso es lo que registra mi casi frágil memoria. Acostumbraba tomarse unos traguitos, con una casi apretada frecuencia, pero el licor nunca llegaba a producir efectos grotescos en su comportamiento. A los niños que, a veces, lo visitábamos solía contarnos algunos episodios, ya borrosos, de su vida. En cierta ocasión (le gustaba recordarlo ante nuestra jubilosa curiosidad, con irrefrenable recurrencia y sin poder disimilar un inocente orgullo) llegó a cantar en el otrora “Coliseo Nacional”, en Lima. “Tengo una pena…”, insistía. Probablemente aquella fue la única vez que pudo dar a conocer su talento, su arte, frente a un público distinto al minúsculo y pueril auditorio que conformábamos nosotros, en Pallasca. En la sonrisa que se dibujaba, discreta, tímida, candorosa, en sus ojos vivaces, se filtraban sentimientos de tristeza, de frustración, de abandono, pero también de esperanza. Era un hombre (lo conocí ya prácticamente anciano) que inspiraba verdadera ternura; sin embargo, es posible que (¡mocosos de miércoles, cuándo no!) le hayamos hecho víctima de alguna imberbe perversidad (bromas pesadas rayanas en el sarcasmo, por ejemplo, pero nada más). “Tengo una pena…”, volvía a insistir. Y después de acentuar intensa y conmovedoramente esta palabra: niño –que en sus labios sonaba a bondad-, volvía a dar tres o cuatro punteos de un impreciso huayno a la manera de Cajatambo, se abrazaba a la guitarra pegando el pómulo izquierdo a los trastes, como en un acto de amor, y enseguida se sumergía en un prologado silencio que parecía un túnel sin fin. Era don Manuel Vásquez aquel inolvidable pallasquino. Ahora que es invierno lo evoco con nostalgia, y me doy cuenta de que, también yo, siento una pena; tal vez como la de él, ¡mi irrepetible paisano, nuestro entrañable "Huáychago"!

 

                                                                                                    © Bernardo Rafael Álvarez

 

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* Escrito en junio del 2006, fue incluido en mi Diccionario Pallasquino. Ahora lo vuelvo a publicar, con unos mínimos retoques.


domingo, 29 de mayo de 2022

¿"PERULEROS" (¿Somos ¿peruleros"?)

¿Han visto? En el Diccionario oficial, aparece un adjetivo con este significado o acepción (además de otros, que no vienen al caso): “Natural del Perú, país de América”. Es el vocablo “perulero”. Aparece, pues, como si se tratara del gentilicio correspondiente a nuestro país.

 

"Perulero” era una suerte de apodo que desde los primeros años de la presencia ibérica en estas tierras se usaba en España para nombrar a quienes, después de algún tiempo, regresaban a la Península, desde el Perú, muchos de ellos con cierta fortuna acumulada. Se le empleó, luego, para referirse a los nacidos en estas tierras, pero –tengo entendido- nunca como un gentilicio propiamente dicho, pues llevaba, más bien, una carga irónica, prácticamente una burla. El término incluso llegó a ser incorporado al Diccionario de Autoridades; pero, al menos en el tomo V (1737) no hace referencia a esto de que estoy hablando, sino a otra cosa: “adj. Que se aplica a la moneda fabricada en el Perú”. En un vetusto diccionario (de 1913) que conservo en mi biblioteca, aparece lo siguiente: “Que ha venido desde el Perú a España”; no "que ha nacido en el Peru", no dice que se trata de alguien “natural del Perú” (esto lo dice, pero en la entrada correspondiente a “Peruano”). Bien. Lo que se impuso, como el gentilicio, fue “peruano”, que es el que hasta ahora seguimos empleando legítimamente y con orgullo. El adjetivo “perulero”, en cuestión, prácticamente, desapareció.

Sin embargo, en el actual Diccionario de la Lengua Española (DLE) sigue apareciendo como si nada hubiera cambiado: “perulero”, “Natural del Perú, país de América”. No me sorprendería que la RAE haya terminado asumiendo que es un vocablo de uso común en nuestro país porque fue persuadida por el Diccionario de Americanismos, que, sin embargo, se equivoca al afirmar que se trata de un adjetivo peruano “popular” (“adj. Pe. Relativo al Perú. pop.”, dice). La verdad es que nosotros no usamos "perulero", y nadie lo usa para referirse a nosotros, (salvo, quizás eventualmente, como broma); y menos lo reconocemos como nuestro gentilicio; los peruanos no somos “peruleros”, pues. "Perulero" es un adjetivo que, simple y llanamente, no se usa como gentilicio. (Si alguien me preguntara si soy chileno o colombiano, por ejemplo, yo jamás le diría que soy "perulero", porque sería ridículo y estúpido). Y, claro, tampoco es un peruanismo. Es evidente que nadie hizo la necesaria, conveniente y justa observación, ni menos la propuesta correspondiente ante la RAE.

Lo mínimo que debería hacer la Academia, creo yo, es corregir este lamentable error, y colocar, en el Diccionario, al menos, la marca que corresponde: “adj. desus.” (y tal vez, precisar que era usado en sentido irónico), porque sería lo justo (justo de justicia, y también porque se ajusta a la verdad). 

Ah, una cosa final. Lo mismo ocurre con el adjetivo "peruviano" que también carece de connotación seria: es usado, en nuestra lengua, igualmente con propósito juguetón.

© Bernardo Rafael Álvarez