
El 2015 sacó a
la luz un poemario que hoy, siete años después, vuelve a aparecer, pero -¡oh,
sorpresa!- lo hace poniendo de manifiesto algo inesperado: el crecimiento
físico del libro y, curiosamente, la reducción nominal de su título. Lo
aparecido entonces era, ya, un trabajo de largo aliento: más de doscientas
páginas de una poesía desbordada y, digamos, desmesurada. Es que su autor es
eso, pues: un poeta también desmesurado; no es un escritor de medias tintas,
sino, en gran medida, del atrevimiento total. Se atreve en el ejercicio del
periodismo, en el ejercicio de la crítica y el análisis político y -¡cómo no!-
se atreve, también, en la poesía. Y es sincero. Ah, y otra cosa: no está a la
caza del aplauso, de la alabanza fácil; le interesa un comino ser complaciente
y que lo sean con él; y tampoco tranza con aquello que se conoce como lo
"políticamente correcto" y, antes que a las pasiones, simpatías o
antipatías, prefiere darle oportunidad a la razón, a la inteligencia, aunque
ello pueda generar urticaria en algunos fanáticos del lado izquierdo o el lado
derecho del río “ideológico” (y hace bien).
El libro de
que hablo, repito, ha vuelto a aparecer, pero ahora es un volumen de doscientas
cuarenta páginas. Se había titulado inicialmente Metafísica del precipicio,
y hoy su nombre es una sola palabra: Metafísica. Como dije al principio,
esta reducción tiene carácter nominal, solamente nominal; porque
conceptualmente la situación es distinta. La expresión "Metafísica del
precipicio" tiene una connotación que yo calificaría como restringida,
porque carece de la significación ilimitada e inmaterial que normalmente se le
atribuye a este vocablo en sí mismo: su vinculación con el concepto
"precipicio" nos trae, más bien, la imagen material del abismo de un
acantilado, la altura vertiginosa de un puente de suicidas o acaso el riesgo de
perder el equilibrio en lo más alto de un edificio citadino. En cambio, la
conversión del título en una sola palabra, "Metafísica", nos lleva
más allá del confín de nuestro universo palpable; como adjetivo –lo sabemos-
hace referencia a lo oscuro y difícil de comprender y, por otro lado, tiene que
ver –como lo dice el Diccionario- con aquella “parte de la filosofía que trata
del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras”
(¡cosa difícil, caracho!, al menos para mí). El empleo de una sola palabra como
título, además, nos ofrece una certeza; nos hace saber que no es, ni tiene que
ser, el mayor número de palabras lo que agiganta la idea o concepto: una sola
puede ser más que suficiente: he allí lo maravilloso del lenguaje, lo excelso
de la poesía.
Dije que
nuestro autor –el autor del que estoy hablando- no solo es desmesurado como
poeta. Cierto. Lo es, también -ya lo insinué- , como periodista y como crítico.
Les cuento. Hace poco (en noviembre del 2021) entregó a los lectores una -¡otra
vez!- voluminosa producción bibliográfica de artículos, contenidos nada menos
que ¡en 1192 páginas!: textos a través de los cuales reflexiona puntual y
puntillosamente acerca de distintos aspectos de la política y la cultura
peruanas, enmarcándolos en el escenario histórico de los doscientos años de
vida republicana de nuestra nación; el título de este libro es, precisamente, 200
imágenes críticas del Perú ante el Bicentenario -La Verdad Oculta. No
le rinde pleitesía a los versos de arte menor, pues, ni a nada que se les
parezca.
Tampoco le
rinde culto a la hipocresía de los escrúpulos; y, vuelvo a decirlo, se atreve,
porque sabe y está convencido que la única ideología y el único territorio
legítimo e inalienable del escritor, del poeta, es la libertad.
¿De quién
estoy hablando? Pues, creo que ya hasta parece obvio: hablo de un poeta de La
Libertad; quiero decir, nacido en aquel departamento (o, como se le dice ahora,
región) donde también nació el más grande hacedor de poesía peruano de todos
los tiempos, el pico más elevado de la poesía en lengua española: el inmenso
César Vallejo (aunque esto que digo, al autor de "Metafísica",
probablemente no le guste; pero -caballero nomás- tengo que decirlo porque
también soy libre de hacerlo). Estoy refiriéndome (claro, sin duda ya muchos lo
adivinaron y sé que otros desde el principio ya lo sabían) de Percy Vilchez Salvatierra poeta y
periodista trujillano que, además, y “para remate de males”, también como yo, es abogado.
Percy y yo hemos
conversado en diferentes ocasiones y, les confieso, no siempre nuestras
opiniones, respecto a distintos tópicos, han llegado a coincidir, pero cuando
ocurría lo contrario sentíamos una alegría extraordinaria y asumíamos el
convencimiento de que la amistad se consolidaba más, precisamente por eso:
porque el hecho de ser amigos no tiene que obligarnos a caminar en el mismo sentido. Pero
en lo que no hay, de ningún modo, desacuerdos ni desavenencias, es en el cariño
por Trujillo, ciudad en la que no nací pero siento como mía, porque allí viví
un año maravilloso, cuando cursaba el quinto de secundaria en el inolvidable
colegio San Juan.
Bien. A pesar
de los ya comentados títulos (de la primera y la segunda publicación poética de
Percy), debo decir que yo no encuentro precipicios ni menos, naturalmente,
“caídas hondas de los cristos del alma” (y porque lo conozco, sé que es lo que menos
podría encontrar en la poesía de Percy). Tampoco se trata de una poesía que nos
lleve o quiera llevarnos a lo “etéreo”. Es poesía de aquí y de ahora. ¿Algo de
metafísica? Quizás esto, que encontramos en el poema “Tríptico del vacío”: “La
poesía es un misterio, una gracia y un don. (…) Es metafísica. Es casi un
renunciamiento a la vanidad. La mejor poesía es la que parece ser dictada
levemente por el viento. Esto es terrible para el ego. Poesía ¡Vete al
infierno!”. Como vemos, no le rinde culto, ni muchos menos vasallaje, ni
siquiera a la poesía y por ello puede arrogarse la libertaria licencia de
mandarla al mismísimo infierno. Metafísica del desenfado y, vuelvo a decirlo,
de la libertad.
Pero, ¿qué es la poesía para Percy Vilchez
Salvatierra? Es, creo, tantas cosas y nada. Esto, por ejemplo, que
dice acerca del amor (en el poema justamente titulado “Breve estudio sobre el
amor”) es muy expresivo y merece ser tomado en cuenta, porque –niéguenlo, a ver-
nos atañe a muchos: “El amor es que la decencia abarque también a los poetas”.
Es el reconocimiento nada metafísico de que los poetas no son los seres alados
a los que aludía, no sé si en serio o en broma, el gran Sócrates (“porque el
poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el
entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo”: Ion o de la poesía). El poeta solo es un hacedor (lo he dicho repetidamente),
como lo son un artesano,
un panadero, un tejedor; y los poemas no son sino el producto de su trabajo,
son su hechura. Que haya nobleza en un poema, es cierto, pero no es lo único ni
lo esencial del poema; lo grotesco también puede ser su expresión. Percy
propone, en medio de todo y a pesar del furibundo y violento rechazo a que
aludí antes (“Poesía ¡Vete al demonio!”), una suerte de "pacto" de paz y nos dice con algo de delicadeza y “decencia”
que la poesía “es ver el mundo, el riesgo y no temer al silencio ni a la nada
cuando esta se extiende mientras uno escribe incesantes columnas de viento
sobre el orbe”; es, lo dice enfáticamente, “atravesar el telón que el misterio
ha dispuesto sobre las únicas frases dignas de escribirse, las frases reales”.
Eso: las frases reales. La poesía es, sobre todo, verdad, frases reales. Y es
verdad lo dicho en un par de contundentes versos que forman un solo poema (“Ruinas”):
que aquel bello monumento -maravilla del mundo antiguo- el templo griego
consagrado a Palas Atenea, la diosa de la guerra, es visto como un meadero por
las miradas perversas de estos tiempos (“El Partenón es un mingitorio público.
/ Las bestias amojonan sus escombros”).
Y es verdad, también, esto que me conmueve, y
son las primeras palabras de un poemas probablemente escrito mientras
contemplaba las olas del mar de Huanchaco, en Trujillo: “En una vieja canción
chimú se dice que ir a la guerra es hollar en nuestra propia carne el despojo
de nuestros peores sueños y despertar ante el rostro sin ojos del último de los
dioses del abismo…” (Visiones frente al mar de Huanchaco”). Sí, pues, eso es la
guerra; es dañarnos a nosotros mismos.
Pero, créanlo o no, los poetas están, y sobre
todo su poesía, para protegernos de estos daños aunque terminen dañándose.
Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, creador primero de Zarazo y luego del Movimiento Infrarrealista, allá por los setentas, fue uno de ellos
(conservo una bella y entrañable carta que me envió en abril de 1974). Aludiendo
a Patti Smith, Percy Vilchez afirma en un poema, cuyo título es el nombre de la
muy admirada cantante y poeta norteamericana, que “Mario Santiago estaba
enamorado de ella / y mil palomas y zapatos curtían su agonía colgando de su
rostro”; y culmina con esta rotunda e incontestable frase, que es un muy
merecido homenaje: “Mario Santiago era de la puta madre”.
Debo confesar para dar término a estas
pobres palabras, que yo había creído que la poesía de Percy Vilchez Salvatierra
solo estaba marcada por la rudeza. Pero no. También hay ternura. Lean esto que
está dicho en el poema final del libro: “… cuando te conocí, estabas dormida /
y al cargarte, la primera vez, / hiciste crecer en mis ojos una luz tan mansa /
y tan poderosa que hizo y hace renacer mi corazón…”. ¿A quién creen que le
habla? ¡A Doménica, su pequeña y linda hija! Esta es una verdad definitiva: cuando
hay hijos, no hay precipicio que valga. Son una bendición. (El título del poema
es de una simplicidad conmovedora: “Viendo a mi hija en un jardín una semana
antes de su primer cumpleaños”).
¡Bien, Percy! Te abrazo.
©
Bernardo Rafael Álvarez