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sábado, 7 de diciembre de 2024

EL CRUSTÁCEO LLAMADO "MUYMUY"

El MUY MUY: «Crustáceo comestible de tres a cinco centímetros de longitud, con caparazón a modo de uña, de color gris, que vive bajo la arena de la rompiente» (DLE). 

                               ***

Pregunto a los amigos: ¿La palabra «cuita» la pronuncian con la mayor fuerza de voz en la «i», o sea [kuíta]; o la pronuncian con el acento en la «u», es decir [kúyta]? Obvio, la pronuncian como en el primer caso mencionado, con el acento en la «i». Bueno, la pregunta la he hecho por lo que voy a exponer enseguida. 

Hay un crustáceo comestible de color gris, que mide de tres a cinco centímetros de longitud y vive «bajo la arena de la rompiente». Su nombre científico es «Emerita analoga», pero, en el Perú, popularmente -desde hace muchísimo tiempo-, lo conocemos como «muy muy», y, así como acabo de hacerlo, hemos escrito siempre su nombre. Sin embargo, en la última edición del Diccionario de la Lengua Española (DLE) y en las dos anteriores (2001 y 1992), y también en el Diccionario de Peruanismos -o DiPerú- e incluso en el de Americanismos, curiosamente aparece registrado como «muimuy». (Pero, claro, el DLE registra también la otra forma -«Muy muy»-; no así el diccionario publicado por la Academia Peruana de la Lengua y tampoco el de Americanismos, en los que solo aparece «Muimuy»).

¿Por qué se les ocurrió escribirlo así, pudiendo haberlo hecho -para que se convirtiese en un nombre con una sola palabra- de esta otra manera: «muymuy»? ¿Por qué en la primera sílaba pusieron la «i» latina y solo en la segunda conservaron la «y»? La verdad es que no encuentro una respuesta que pudiera ser satisfactoria.

Veamos lo siguiente. El nombre tradicional y más antiguo del molusco mencionado es, como lo sabemos todos, «muy muy» y su pronunciación (también todos la conocemos) se da con golpes de voz similares en ambas sílabas: [múy.múy]. 

Y, claro, si a esa forma de escritura la queremos convertir en una sola palabra, lo razonable y naturalmente correcto es, simplemente, unir las dos referidas sílabas, así: «muymuy». Y su pronunciación, por cierto, será la misma del nombre escrito en dos palabras que acabamos de ver; es decir, estaremos ante una palabra con dos acentos: [múymúy]. Ya lo dije al principio de esta nota: la palabra «cuita» no se pronuncia [kúyta], sino [kuíta]. Y si escribimos «muimuy», tenemos que aceptar que su pronunciación (que no corresponde a la realidad, al uso) tiene que ser esta: [muímuy], y que la pronunciación adecuada a la forma correcta de escribir el nombre es esta otra: [múymúy]. 

Repito: ¿Por qué se les ocurrió introducir una «i» en la primera sílaba y solo en la segunda conservar la «y»? ¿No se dieron cuenta de que -sin quererlo, naturalmente- lo que estaban haciendo era, en realidad, cambiarle de nombre al molusco también conocido popularmente como «chanchito de mar», «pulgón de mar» y «chiquiliqui»? 

Así como ocurre con la palabra «cuita», que hemos visto al principio, al escribir «muimuy» -como hacen los respetables académicos de la lengua- se está sugiriendo una pronunciación que, en la primera sílaba, resalta el acento (o mayor golpe de voz) de la segunda de sus vocales, la «i»; y, como bien sabemos, esta no es la pronunciación que se da en el uso, en la realidad; la escritura, tal como aparece en los diccionarios académicos, no es, pues, la correcta.  (Me permito agregar, como otro ejemplo, esta palabra hipotética: «cuicuy». ¿La pronunciaríamos [kúykúy]? No, ¿verdad?, pues, tal como está escrita, sonaría así: [kuíkuy]; para que suene de la otra forma, tendría que escribirse así: «cuycuy»). 

Por consiguiente, las dos formas de escritura del nombre que le corresponde al crustáceo, al que DiPerú describe como «diminuto, de antenas retráctiles, que "construye" (sic) madrigueras en la arena de la playa»- deberían ser las siguientes: «muy muy» (en dos palabras separadas, que es la forma tradicional, la más antigua, y es la que registra el Diccionario de Peruanismos -edición de 1999- del querido Juan Álvarez Vita) y esta otra (en una sola palabra): «muymuy». Definitivamente (y lo digo con absoluta convicción), no esta forma: «muimuy», que equivocadamente aparece en el Diccionario de Peruanismos (DiPerú), en el Diccionario de Americanismos y también en el Diccionario de la Lengua Española (DLE). 

Creo que se impone, pues, la necesidad de que los repertorios académicos, que acabo de mencionar, sean modificados en las entrada referida al nombre del crustáceo en cuestión. Es decir, que se reconozca el error en que se ha incurrido. 

                ¡Un abrazo!

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

jueves, 28 de marzo de 2024

EXPRESIÓN INTRÉPIDA Y DESENFADADA DE LIBERTAD CREATIVA: «OMITIDOS», DE JORGE URETA SANDOVAL

Con solo leer el título ya podemos decir que es un libro desconcertante. ¿Por qué «omitidos»? ¿Es que su autor llama así (es decir, obviados, marginados, olvidados, ninguneados) a los personajes de los que se ocupa? No creo, porque, al menos los que aquí menciono, algunos escritores de los que, repito, se ocupa el libro), no lo son en verdad: Saramago, Reynoso, Vallejo, Heraud, Adán, Sabines, Bolaño... ¿Qué significa esto? Que lo que el autor ha hecho es -de entrada- jugar, acertadamente, con la intriga (y esto es, ya, un gran mérito literario en el terreno de la narrativa).

 

El conjunto de textos que aparecen en el libro de Jorge Ureta Sandoval (que, en buena cuenta, son un homenaje a personajes de la literatura por los cuales él siente admiración y una especial devoción), puede ser visto (y creo que es legítimo hacerlo) como si se tratara de una exposición de pinturas abstractas, o impresionistas, cuyo efecto estético no es solo la simple belleza sino, especialmente, el asombro. Qué quiero decir: que estos textos podemos leerlos sin tener que esperar alguna anécdota impactante o mensajes conmovedores o que acaso estimulen nuestra indignación frente a las injusticias sociales, por ejemplo.

 

Pero sí, como en un texto al que califico de reflexión afectiva, podemos encontrar cosas que conmueven y tienen mucho de verdad. Una muestra: «Él creía que íbamos a cambiar en lo fundamental, y no importa ahora si tenía razón o no… lo que vale, en este momento, es hacerte saber que cuando Javier hablaba, sonreía y te sentías parte de él…». Lo confieso: eso es lo que, en gran medida, sentía yo cuando, adolescente aún, en Pallasca comencé a leer a Javier. ¿A qué Javier me refiero? ¡A quién más!: a Javier Heraud, pues, el amado poeta que murió entre pájaros y árboles, allá en Madre de Dios, hace más de sesenta años.

 

Y díganme si no es bello esto, que también hallamos en el libro de Jorge: «No mueras en vida, vive lo que dejé de vivir». Es una invocación que en un texto es atribuido a nuestro inmenso César Vallejo, como si hubiera sido dicha a la leal y amorosa Georgette Philipart.

 

Y esta otra frase, en el texto dedicado a Juan Ramírez Ruiz, fundador del Movimiento Hora Zero y autor de ese monumento poético llamado «Las armas molidas»: «Los nuevos muchachos (…) molieron todas las armas posibles, excepto la palabra». En efecto, todo podrá ser destruido, menos la palabra.

 

Como dice Oscar Araujo León en el prólogo, lo que hay en este libro son cuentos. Pero no como los cuentos «comunes y corrientes»: no es notoria en ellos la estructura de la que siempre se nos ha hablado (exposición, nudo y desenlace). Es que se trata de una manera distinta de contar. Sin embargo, si ponemos atención (y sugiero que lo hagan), veremos que, desde el principio, cada texto atrapa y nos empuja a buscar, a como dé lugar, un desenlace del que (a diferencia de los cuentos, digamos, «tradicionales») no tenemos ni el más mínimo indicio que pueda servirnos de «ayuda». Recomiendo -por solo mencionar uno- el texto dedicado al autor de Ensayo sobre la ceguera, José Saramago, y cuyo título es, misteriosamente,  un participio -«Corregido»- y en el que, inesperadamente, encontramos a Jesucristo, enfermo, dentro de un ómnibus (que bien podría estar circulando por la avenida Abancay) y a Magdalena abrigándolo con «una frazada de diseños andinos», en una circunstancia que nadie podría imaginar: cuando una suerte de pandemia convierte a gran parte de la población en Los sin voz. ¿Es esto extremadamente insólito e increíble, o no? Claro que lo es; y, a pesar de ello -gracias al buen manejo de la técnica narrativa-, tiene mucho de verosímil. (Bueno, en su Retórica, Aristóteles ya había dicho esto: «Es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil»).

 

Lo que Jorge ha hecho es presentarnos una nueva forma de contar; una narrativa experimental que, definitivamente, rompe esquemas. Si tuviera que caracterizarla, creo que no dudaría en repetir las palabras que Floyd Merrell (que es un especialista en Semiótica, de la Universidad Purdue de Indiana) dijo acerca de la gran Clarise Lispector; y, así, yo diría que la narrativa de Jorge está «entre la realidad y la fantasía, la objetividad y la subjetividad, la razón y la imaginación, y el pensamiento lineal y los sentimientos no lineales que fluyen hacia todas partes y hacia ninguna parte». Y esta es una de sus características: es narrativa, al mismo tiempo, lineal y no lineal.

 

¿Qué encontramos en este libro de Jorge? Encontramos a doce personajes (uno de los cuales ¡es él mismo!) que son mostrados en una suerte de retratos hablados medio contrahechos en que -de modo arbitrario y antojadizo- se entrecruzan trazos que deliberadamente nos conducen hacia lo irracional o, dicho de otro modo, a la literatura del absurdo (recuerdo aquí a Eugene Ionesco) o hacia el surrealismo. Estamos, pues, ante una narrativa distinta de la que leemos con frecuencia.

 

Este libro es la expresión intrépida y desenfadada de la libertad creativa (como es y debe ser toda buena literatura); y es, también -¡cómo no!- juego y catarsis, y alabanza y celebración de la palabra y, claro, de la imaginación sin límites.

 

«Omitidos» de Jorge Ureta Sandoval es, debo decirlo ya y con absoluta convicción, un libro altamente recomendable; un aporte valiosísimo a la literatura peruana. Léanlo y me darán la razón y, por cierto, se sorprenderán gratamente. Es un libro que, por ningún motivo, debería ser omitido.

 

(Bueno, para terminar, debo decir que me regocija y me hace mucho bien el hecho de que esta presentación se haga en nuestra querida Lima Norte, donde residen el autor y también la editora -Karinita Moscoso-; y aquí, en Lima Norte (en Los Olivos, como yo), durante algún tiempo, también vivió mi inolvidable hermano horazeriano Juan Ramírez Ruiz quien sí -creo yo- fue y sigue siendo un escritor valiosísimo pérfidamente omitido por muchos, pero a quien, con justicia, Jorge Ureta Sandoval rescata y rinde culto en este bello libro que, repito, puede ser visto como si se tratara de una exposición de pinturas abstractas, o impresionistas, pero también -como, estoy seguro, lo habría dicho Juan, si aún estuviera entre nosotros- puede ser leído como poesía. ¡Bien, querido Jorge!).


                                                                                                                                   Los Olivos, 28 de marzo del 2024                                                                                                                                                                                                                                                                                 © Bernardo Rafael Álvarez

 

sábado, 11 de noviembre de 2023

¡KACHKANIRAQMI, EUGENIO!

EL POEMA OLVIDADO QUE YEVTUSHENKO ESCRIBIÓ EN HOMENAJE A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

El 2 de abril del 2017, es decir, un día después del fallecimiento del poeta, mi queridísima amiga Rosina Valcárcel publicó un sentido artículo en el que, como “coda”, puso lo siguiente: «El poeta Bernardo Rafael Álvarez cuenta: Hace más de cuarenta años, aquí en Lima escribió un bello y conmovedor poema a José María Arguedas que, lamentablemente, nadie recuerda. Yo lo tuve guardado (fue publicado en un diario de la época), pero, uf, no sé qué pasó». Efectivamente: nadie lo recordaba, salvo yo.  

Bueno, después de que, hace poquísimos meses, el 19 de agosto de este 2023, Eduardo González Viaña contara, también en un artículo, que a principios de los setentas acompañó al poeta en su visita a la tumba del autor de «Los ríos profundos», yo volví a recordar aquello que le conté a Rosina y me propuse, a como dé lugar, encontrar el poema aludido y, ¿saben una cosa? Otra vez –hasta hace, prácticamente, unas horas– volví a preguntar a un gran número de intelectuales peruanos, mientras, naturalmente, yo ya había empezado la búsqueda en la Biblioteca Nacional. Creí encontrar, tras la pregunta, la respuesta buscada, pero no: para todos seguía siendo un misterio aquello del poema que yo leí cuando cursaba el quinto año de secundaria, en el San Juan de Trujillo.  

Pero ya, ¡por fin!, tras varias y perseverantes sesiones en los archivos de la Biblioteca Nacional, logré -después de cincuenta y dos años- lo que esperaba: ¡encontré el bendito y entrañable poema! Y, ¿saben una cosa?, me sentí no solo aliviado, sino feliz, y comencé a llamar a mis amigos para darles la noticia.  

Se trataba, repito, de un poema dedicado al taita, y el título que le puso fue, sin más ni más, este: «A LA MEMORIA DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS»; fue (como aparece dicho al pie del texto) escrito, el 19 de mayo de 1971, en Machu Picchu (y no en Lima como, traspapeladamente, yo recordaba); lo escribió, insisto, en nuestro idioma, y lo hizo después de haber recorrido, más o menos durante un mes, algunos lugares importantes del Perú.  

¿De quién estoy hablando? Pues, de uno de los poetas rusos más queridos, que yo más quiero y admiro; aquel que, a pesar de todo (o, aunque parezca increíble), le rendía un culto sin límites a la libertad, como lo demuestran estos versos rotundos, escritos el año 2004: «Ni siquiera en la muerte confiaré en ningún “ismo” / yo, otra vez joven y siempre libre, / arriesgando la vida, sonriente y fuerte, / volveré a caminar por el tejado, / o de lo contrario, no soy un poeta» (del poema: «Caminando sobre el tejado»). Un poeta cuyo nombre, en 1994, fue asignado al planeta 4234, que fuera descubierto en 1978. 

Este poeta amó la memoria de José María Arguedas. Por ello, cuando en 1971 llegó al Perú, casi un año y medio después de haber muerto el taita, le dedicó un poema escrito directamente en castellano, en el que le dice, significativamente, en unos primeros versos, lo siguiente: «Entre las flores pálidas, / dentro del muro tú te hundes. / Tú has nacido aquí, / y aquí te quedas, / como la roca cansada / por encima de los ríos profundos”. Aquí, como es evidente, hay una referencia a César Vallejo (por lo de la «piedra cansada», digo) y también a la más bella novela del narrador andahuaylino que falleció el 2 de diciembre de 1969. Luego –obviamente, en alusión al muy celebrado poema arguediano «Llamado a algunos doctores»– dice que el viento «en quechua canta» y agrega: «Para el viento es difícil / el castellano de las oficinas». Posteriormente –fiel a sus convicciones libertarias, y a despecho de las circunstancias que le tocó vivir: ser ciudadano soviético–, como un alegato a la libertad, dice: «Pero el globo de la tierra / todavía está lleno de cuarteles / y de cárceles / que son las casas de descanso / de los mejores poetas del mundo». Versos más abajo, el poeta habla de «luchar» y también de «guerrillas», pero, no como apología a enfrentamientos de violencia, sangre y muerte, sino todo lo contrario; leamos: «La bondad que no es gritona / es una guerrilla más grande», y antes había dicho: «Pero las armas de hierro / no siempre son la salida» y, además, agrega este contundente reconocimiento: «Tú fuiste simplemente bondadoso / José María, / wayqey amado».  

El poema, de noventa y dos versos, culmina, inapelablemente, así: «Y yo te prometo con toda mi alma, José María, yo te juro / que el futuro / no está más allá del futuro!». Su autor, el hijo de Zinaída Yermolaievna Yevtushenko, mujer rusa que le dio su apellido, fue –ya es tiempo de decirlo– el gran poeta Yevgeni (o Eugenio, para nosotros) Yevtushenko, nacido el 18 de julio de 1932 y muerto (aunque, realmente sigue vivo) el 1 de abril del 2017.  

(De este poeta, que –emocionado, vigorosamente y lleno de ternura, como me contaba Jorge Pimentel, el fundador de Hora Zero–, leyó su poesía en lo que fue el cine Colón, en la Plaza San Martín, todo el mundo solo recordaba aquel medio romanticón poema llamado «La peruana», o «Mi peruanita» que –también en castellano– fue escrito, si no me equivoco, en 1984, en Argentina; pero, lo digo una vez más, nadie sabía –o nadie se acordaba– del valioso poema dedicado al taita José María Arguedas y que apareció publicado en el diario Expreso, el domingo 30 de mayo de 1971).                                         

                                                  11/11/2023

© Bernardo Rafael Álvarez

 

                              ***

 

Aquí el poema reencontrado de Yevtushenko:

 

       A LA MEMORIA DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

ESTE poema a ti, José María Arguedas.

Entre las flores pálidas,

                                          dentro del muro tú te hundes

Tú has nacido aquí,

                                      y aquí tú te quedas,

como la roca cansada,

                                 por encima de los ríos profundos.

Tú estás como siempre, sano.

                                                   Es mejor que parecer un santo.

¿Tú estás de acuerdo conmigo?

                                                  Si estás, tu cabeza inclina.

José María, ¿tú oyes?

                                  El viento en quechua, canta.

Para el viento es difícil

                                    el castellano de las oficinas.

Yo te veo,

                       te siento,

                                            te respiro.

                                                              Tú, como la tierra amarga, hueles.

Tú supieras como las sierras

                                                  que amparan a cualquier vagabundo.

Pero el globo de la tierra

                                           todavía está lleno de cuarteles y de cárceles,

                                         que son las casas de descanso 

                     de los mejores poetas del mundo.

El futuro se hace con las manos,

                                                        pero sin guantes.

Sí el pasado es un río profundo,

                                                       el futuro es más profundo río.

Yo desprecio la gente

                                     que muy bien acomodada

                                                                                   en los restaurantes

con sus armas de vidrio

                                      grita

                                              “¡Arriba! ¡Arriba!”.

Pero las armas de hierro

                                         no siempre son la salida.

Hay que profundizarnos.

                                        Hay que crearnos

                                                                     a nosotros mismos.

 

Tú sabes, José María,

                                     José María querido,

cómo sufre la tierra

                                 durante los sismos.

¿Qué hacer? Yo estoy buscando,

                                                     como busca el fusil, un verbo.

Hay un verbo un poco banal,

                                                pero si es sincero,

 este verbo es fresco,

                                    como la sangre,

                                                              como la yerba,

           este verbo es LUCHAR.

                                                  Este verbo es un guerrillero.

Tú fuiste un guerrillero,

                                       guerrillero que estuvo desarmado

                   en la selva de las mentiras, en la selva del odio con su cara de farsante.

Tú fuiste simplemente bondadoso,

                                                            José María,

                                                                          wayqey, amado.

La bondad que no es gritona

                                                es una guerrilla más grande.

Y gritones de los restaurantes

                                                   con cabezas de chirimoya,

acomodándose

                           en su agradable niebla,

no entienden

                      que los Pizarros no robaron

                                                                    solamente la única joya.

Esta joya

              es el corazón de la tierra inca,

                                                                el corazón del pueblo.

¡Menos palabrería!

                               Todo esto es una basura.

Hay que servir al futuro,

                                        o ruso, o peruano.

Pero tal vez el futuro

                                  con toda su hermosura

se resbala de nuestras manos

                                                como una asustada rana.

Y cada uno de nosotros

                                       debe ser un río,

                                                                un profundo río

para unirnos en el océano

                                          que nos llama,

                                                                         nos llama.

Y yo te prometo con toda mi alma,

                                                             José María, yo te juro

que el futuro

                       no está más allá

                                                    del futuro!

 

 

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Escrito en castellano, el 19 de mayo de 1971, en Machu Picchu

 


lunes, 6 de junio de 2022

POESÍA DESMESURADA: LA VERDAD OCULTA DE UN POETA LIBERTEÑO

El 2015 sacó a la luz un poemario que hoy, siete años después, vuelve a aparecer, pero -¡oh, sorpresa!- lo hace poniendo de manifiesto algo inesperado: el crecimiento físico del libro y, curiosamente, la reducción nominal de su título. Lo aparecido entonces era, ya, un trabajo de largo aliento: más de doscientas páginas de una poesía desbordada y, digamos, desmesurada. Es que su autor es eso, pues: un poeta también desmesurado; no es un escritor de medias tintas, sino, en gran medida, del atrevimiento total. Se atreve en el ejercicio del periodismo, en el ejercicio de la crítica y el análisis político y -¡cómo no!- se atreve, también, en la poesía. Y es sincero. Ah, y otra cosa: no está a la caza del aplauso, de la alabanza fácil; le interesa un comino ser complaciente y que lo sean con él; y tampoco tranza con aquello que se conoce como lo "políticamente correcto" y, antes que a las pasiones, simpatías o antipatías, prefiere darle oportunidad a la razón, a la inteligencia, aunque ello pueda generar urticaria en algunos fanáticos del lado izquierdo o el lado derecho del río “ideológico” (y hace bien). 

El libro de que hablo, repito, ha vuelto a aparecer, pero ahora es un volumen de doscientas cuarenta páginas. Se había titulado inicialmente Metafísica del precipicio, y hoy su nombre es una sola palabra: Metafísica. Como dije al principio, esta reducción tiene carácter nominal, solamente nominal; porque conceptualmente la situación es distinta. La expresión "Metafísica del precipicio" tiene una connotación que yo calificaría como restringida, porque carece de la significación ilimitada e inmaterial que normalmente se le atribuye a este vocablo en sí mismo: su vinculación con el concepto "precipicio" nos trae, más bien, la imagen material del abismo de un acantilado, la altura vertiginosa de un puente de suicidas o acaso el riesgo de perder el equilibrio en lo más alto de un edificio citadino. En cambio, la conversión del título en una sola palabra, "Metafísica", nos lleva más allá del confín de nuestro universo palpable; como adjetivo –lo sabemos- hace referencia a lo oscuro y difícil de comprender y, por otro lado, tiene que ver –como lo dice el Diccionario- con aquella “parte de la filosofía que trata del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras” (¡cosa difícil, caracho!, al menos para mí). El empleo de una sola palabra como título, además, nos ofrece una certeza; nos hace saber que no es, ni tiene que ser, el mayor número de palabras lo que agiganta la idea o concepto: una sola puede ser más que suficiente: he allí lo maravilloso del lenguaje, lo excelso de la poesía. 

Dije que nuestro autor –el autor del que estoy hablando- no solo es desmesurado como poeta. Cierto. Lo es, también -ya lo insinué- , como periodista y como crítico. Les cuento. Hace poco (en noviembre del 2021) entregó a los lectores una -¡otra vez!- voluminosa producción bibliográfica de artículos, contenidos nada menos que ¡en 1192 páginas!: textos a través de los cuales reflexiona puntual y puntillosamente acerca de distintos aspectos de la política y la cultura peruanas, enmarcándolos en el escenario histórico de los doscientos años de vida republicana de nuestra nación; el título de este libro es, precisamente, 200 imágenes críticas del Perú ante el Bicentenario -La Verdad Oculta. No le rinde pleitesía a los versos de arte menor, pues, ni a nada que se les parezca. 

Tampoco le rinde culto a la hipocresía de los escrúpulos; y, vuelvo a decirlo, se atreve, porque sabe y está convencido que la única ideología y el único territorio legítimo e inalienable del escritor, del poeta, es la libertad. 

¿De quién estoy hablando? Pues, creo que ya hasta parece obvio: hablo de un poeta de La Libertad; quiero decir, nacido en aquel departamento (o, como se le dice ahora, región) donde también nació el más grande hacedor de poesía peruano de todos los tiempos, el pico más elevado de la poesía en lengua española: el inmenso César Vallejo (aunque esto que digo, al autor de "Metafísica", probablemente no le guste; pero -caballero nomás- tengo que decirlo porque también soy libre de hacerlo). Estoy refiriéndome (claro, sin duda ya muchos lo adivinaron y sé que otros desde el principio ya lo sabían) de Percy Vilchez Salvatierra poeta y periodista trujillano que, además, y “para remate de males”, también como yo, es abogado. 

Percy y yo hemos conversado en diferentes ocasiones y, les confieso, no siempre nuestras opiniones, respecto a distintos tópicos, han llegado a coincidir, pero cuando ocurría lo contrario sentíamos una alegría extraordinaria y asumíamos el convencimiento de que la amistad se consolidaba más, precisamente por eso: porque el hecho de ser amigos no tiene que obligarnos a caminar en el mismo sentido. Pero en lo que no hay, de ningún modo, desacuerdos ni desavenencias, es en el cariño por Trujillo, ciudad en la que no nací pero siento como mía, porque allí viví un año maravilloso, cuando cursaba el quinto de secundaria en el inolvidable colegio San Juan. 

Bien. A pesar de los ya comentados títulos (de la primera y la segunda publicación poética de Percy), debo decir que yo no encuentro precipicios ni menos, naturalmente, “caídas hondas de los cristos del alma” (y porque lo conozco, sé que es lo que menos podría encontrar en la poesía de Percy). Tampoco se trata de una poesía que nos lleve o quiera llevarnos a lo “etéreo”. Es poesía de aquí y de ahora. ¿Algo de metafísica? Quizás esto, que encontramos en el poema “Tríptico del vacío”: “La poesía es un misterio, una gracia y un don. (…) Es metafísica. Es casi un renunciamiento a la vanidad. La mejor poesía es la que parece ser dictada levemente por el viento. Esto es terrible para el ego. Poesía ¡Vete al infierno!”. Como vemos, no le rinde culto, ni muchos menos vasallaje, ni siquiera a la poesía y por ello puede arrogarse la libertaria licencia de mandarla al mismísimo infierno. Metafísica del desenfado y, vuelvo a decirlo, de la libertad. 

Pero, ¿qué es la poesía para Percy Vilchez Salvatierra? Es, creo, tantas cosas y nada. Esto, por ejemplo, que dice acerca del amor (en el poema justamente titulado “Breve estudio sobre el amor”) es muy expresivo y merece ser tomado en cuenta, porque –niéguenlo, a ver- nos atañe a muchos: “El amor es que la decencia abarque también a los poetas”. Es el reconocimiento nada metafísico de que los poetas no son los seres alados a los que aludía, no sé si en serio o en broma, el gran Sócrates (“porque el poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo”: Ion o de la poesía). El poeta solo es un hacedor (lo he dicho repetidamente), como lo son un artesano, un panadero, un tejedor; y los poemas no son sino el producto de su trabajo, son su hechura. Que haya nobleza en un poema, es cierto, pero no es lo único ni lo esencial del poema; lo grotesco también puede ser su expresión. Percy propone, en medio de todo y a pesar del furibundo y violento rechazo a que aludí antes (“Poesía ¡Vete al demonio!”), una suerte de "pacto" de paz y nos dice con algo de delicadeza y “decencia” que la poesía “es ver el mundo, el riesgo y no temer al silencio ni a la nada cuando esta se extiende mientras uno escribe incesantes columnas de viento sobre el orbe”; es, lo dice enfáticamente, “atravesar el telón que el misterio ha dispuesto sobre las únicas frases dignas de escribirse, las frases reales”. Eso: las frases reales. La poesía es, sobre todo, verdad, frases reales. Y es verdad lo dicho en un par de contundentes versos que forman un solo poema (“Ruinas”): que aquel bello monumento -maravilla del mundo antiguo- el templo griego consagrado a Palas Atenea, la diosa de la guerra, es visto como un meadero por las miradas perversas de estos tiempos (“El Partenón es un mingitorio público. / Las bestias amojonan sus escombros”).

Y es verdad, también, esto que me conmueve, y son las primeras palabras de un poemas probablemente escrito mientras contemplaba las olas del mar de Huanchaco, en Trujillo: “En una vieja canción chimú se dice que ir a la guerra es hollar en nuestra propia carne el despojo de nuestros peores sueños y despertar ante el rostro sin ojos del último de los dioses del abismo…” (Visiones frente al mar de Huanchaco”). Sí, pues, eso es la guerra; es dañarnos a nosotros mismos.

Pero, créanlo o no, los poetas están, y sobre todo su poesía, para protegernos de estos daños aunque terminen dañándose. Mario Santiago Papasquiaro, poeta mexicano, creador primero de Zarazo y luego del Movimiento Infrarrealista, allá por los setentas, fue uno de ellos (conservo una bella y entrañable carta que me envió en abril de 1974). Aludiendo a Patti Smith, Percy Vilchez afirma en un poema, cuyo título es el nombre de la muy admirada cantante y poeta norteamericana, que “Mario Santiago estaba enamorado de ella / y mil palomas y zapatos curtían su agonía colgando de su rostro”; y culmina con esta rotunda e incontestable frase, que es un muy merecido homenaje: “Mario Santiago era de la puta madre”.  

Debo confesar para dar término a estas pobres palabras, que yo había creído que la poesía de Percy Vilchez Salvatierra solo estaba marcada por la rudeza. Pero no. También hay ternura. Lean esto que está dicho en el poema final del libro: “… cuando te conocí, estabas dormida / y al cargarte, la primera vez, / hiciste crecer en mis ojos una luz tan mansa / y tan poderosa que hizo y hace renacer mi corazón…”. ¿A quién creen que le habla? ¡A Doménica, su pequeña y linda hija! Esta es una verdad definitiva: cuando hay hijos, no hay precipicio que valga. Son una bendición. (El título del poema es de una simplicidad conmovedora: “Viendo a mi hija en un jardín una semana antes de su primer cumpleaños”).


¡Bien, Percy! Te abrazo.

© Bernardo Rafael Álvarez

 

viernes, 5 de junio de 2020

EL GALLOPINTO


¿Conocen lo que aparece en cada una de las imágenes numeradas que adjunto a este texto? Obvio, sí lo conocen. 

Se trata, como se ve, de arroz y frejoles entreverados, a los que se les ha agregado algunos aditamentos sugeridos por la legítima imaginación gastronómica (plátano, huevo, etc.). No me van a negar que la expresión que dijeron o pensaron al toque fue esta: "tacu tacu". Bueno, efectivamente, eso es: tacu tacu; sin embargo, no como nos lo sirven en Barranca (el "Tacu Tato", ¿recuerdan?, un restaurante frente al mar) o en cualquier lugar "ficho" acá en Lima: arroz y frejoles, no sueltos como se ve en las fotos, sino bien apretaditos entre sí, como amasados. Tacu tacu, claro. 

Pero (¡siempre un "pero", caracho!) tengo que decirles que cada uno de los entreveros de arroz y frejol que ven aquí tiene un nombre distinto del que usamos los peruanos. Veamos. El que aparece con el número 1 se llama "Casamiento" en República de El Salvador; el número 2, "Moros y cristianos" o "Arroz moro", en Cuba; el número 3, es del país "gringo", y se llama "Hoppin' John, y el número 4 es conocido en Nicaragua como "Gallopinto". En esos países nadie (salvo, por cierto, los peruanos radicados allí) les dice "Tacu tacu", pues este nombre es auténtica, inalienable e intransferiblemente nuestro. 

A qué viene todo esto que he dicho: A que hay estudiosos de la gastronomía nacional que barruntan (¡asu, qué tal palabrita!; creo que ya voy aprendiendo, ya voy aprendiendo) una explicación con la que yo (¿lo adivinaron?) no estoy de acuerdo. El origen del Tacu tacu -como de otros potajes criollos- es muy posible que se encuentre en las preocupaciones y ocupaciones alimentarias de un sector sumamente lastimado de nuestra sociedad: los afrodescendientes, durante los días de la reprobable y asquerosa esclavitud; sí, es razonable tal hipótesis. Sin embargo, estoy convencido de que el nombre de este potaje no tiene sus raíces -como creen algunos- en el hasta hace algún tiempo conocido por muchos como el "Continente negro", no. (¿Por qué la presunta implantación lingüística podría haber ocurrido solo aquí y no también en un país caribeño como Cuba, por ejemplo?). 

Estoy convencido, repito, que el origen de la denominación "Tacu tacu" está en el quechua y no en raíz idiomática diferente. Debajo de las imágenes numeradas y a colores, que acompañan a este texto, está lo que muy bien puede ser aceptado como el sustento documental: el “Vocabulario de la Lengva General de todo el Perv llamada Lengua Qquichua o del Inca compuvesto por el padre Diego Gonçalez Holguin de la Compañía de Jesus, natural de Cáceres”:  el (Vocabulario de la Lengua Quechua), publicado inicialmente en 1608, y reeditado en 1952 con un riquísimo y contundente prólogo del maestro Raúl Porras Barrenechea.  

Esto –entre otras cosas- es lo que encontramos en este valiosísimo documento bibliográfico (transcribo textualmente): “Ttacui ttacui. Cosas trabucadas, o rebueltas”; “Ttacu ttacu chakru chakru. Cosa mezclada assi”. 

El simpático e inolvidable Pepe Vásquez habría dicho, eufórico: “¡Está clariiiiiito!”. La denominación "tacu tacu" no tiene su origen en alguna lengua africana, pues, sino en el quechua.  

¡Un fuerte abrazo amigos! Sigan cuidándose mucho, por favor. Ah, y ¡buen provecho!

 

                                                     © Bernardo Rafael Álvarez