viernes, 27 de septiembre de 2019

EN DOS PALABRAS: UN TESTIMONIO DE LOS DÍAS DEL ESPANTO






Lo dije durante la presentación de un libro suyo, y hoy vuelvo a decirlo: Se trata de uno de los poetas y escritores peruanos más desenfadados que conozco. Con eso –con su desenfado- demuestra algo de lo que estoy plenamente convencido: que la poesía también es alegría, “vacilón”, irreverencia, y no solo sufrimiento, no solo rabietas (por decepciones o sueños dizque revolucionarios, o cosas por el estilo). La poesía (y, en general, la literatura) es –principalmente- para dar felicidad (repito, para que no se vaya a malinterpretar: principalmente, no únicamente). Ah, y otra cosa, la poesía -lo digo y lo diré siempre- no es –como equivocadamente creía el buen Charles Bukowski- privilegio de infelices.


Hace prácticamente un año, nuestro escritor nos entregó su –hasta ahora- última producción literaria (el libro al que aludí). Una obra en prosa que, aunque no se trata precisamente de un “descendimiento al infierno”, nos presenta virtualmente a su autor algo así como a un Dante (o, tal vez, como Caronte en una barca) desplazándose por lo que sería el “inframundo”. Algo que –solo por analogía en cuanto a formas- me atrevería a vincularlo con el regreso de Juan Preciado a Comala en busca de Pedro Páramo (en la extraordinaria novela del mexicano Juan Rulfo); y que, por el carácter de su desbarrancada imaginación podría ser asociado, también, a Ionesco, el de lo absurdo en la literatura. El libro al que estoy refiriéndome es Los muertos hablan latín, aparecido en octubre del 2018. 


Bien. El trabajo -con la palabra- del autor a que estoy refiriéndome, se puso de manifiesto, inicialmente, con la publicación de Paroxismo, poemario que apareció, si mal no recuerdo, en 1973. Años después, en 1995, publicó otro que me impactó sobremanera, que me conmovió: Poeta en el infierno. Reeditado el año 2012, con la eliminación -creo que injustamente- de algunos textos, y que tiene, entre otros, un poema que es expresión de una intensa y sincera ternura –filial, en este caso-, en momentos por demás terribles; me refiero a aquel cuyo título simplemente es este: “Olvidarás que has muerto hace mucho”. En él, el poeta le cuenta a su padre muerto acerca de lo que tuvo que vivir cuando la estúpida y cobarde represión de un gobierno dictatorial lo llevó injustamente a la cárcel como si se tratara del más peligroso de los delincuentes terroristas; le habla con una extremada familiaridad, con lo que ya aludí al principio, con desenfado, con lenguaje de barrio, de calle: “…sigamos conversando, viejo, / cuéntame de las muchachas de allá”, le pregunta al final del texto, “esto te hace bien, / olvidarás que has muerto hace mucho”. Y este otro, “Carta de amor a una hermosa gitana”, en que –casi desfalleciente- le dice a Zulma: “tal vez jamás vuelvas a verme con vida, / es de poetas morir de crepúsculos, / pero no llores pequeño ángel, / amaste a un poeta, / es decir, amaste a todos los hombres de la tierra / y no hay historia de amor más bella que la nuestra”. ¡Tierno y desgarrador, realmente!


Es poeta y también es narrador. Un narrador que (como ya lo di a entender) tiene la virtud de mandar al diablo la solemnidad, que no le importa lastimar la castidad de algunos oídos. Les cuento (y, por favor, discúlpenme si son o parecen escabrosas las referencias que voy a hacer, y que probablemente –lo digo en broma- empujarían a buscar agua de azahar o de valeriana): En 1983 nos sorprendió con una colección de relatos desconcertantes que, desde el título, ya estimula la necesidad de, acaso, santiguarnos como si fuéramos viejas beatas llevadas con engaños a ver una película porno. Me refiero al libro nombrado como El violador de Lurigancho. Ah, pero si esto –a pesar de todo- pudiera parecer “pasable”, debo decir que hay un cuento cuyo título que a pesar de ser –digamos- medio oblicuo, viene con una carga extremadamente perturbadora, por eso que conocemos como “doble sentido”; el título es este: Al cielo se entra por atrás. ¿Creen que allí acabó todo? Pues no. Aquí otro (que corresponde a un relato publicado con  mordaces ilustraciones): El ratoncito caficho. ¿Qué les parecerá, lo dicho, a los varones píos y a las pudorosas damas?

¿De quién estoy hablando? Pues, ¡de quién más!, de Jorge Espinoza Sánchez, poeta y narrador, amigo mío –casi un hermano- desde aquellos locos e inolvidables  años setentas; aquella década irrepetible: de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados (cuando, hacía poco nomás se hablaba de “hacer el amor y no la guerra” y el movimiento Hippie se rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov, solo con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades; cuando –hacía poco, también- había aparecido lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov: Mayo 68, en París. Después, el 69, con 3 days of peace & Music, es decir, ¡Woodstok!).

Jorge Espinoza Sánchez, el escritor para quien (como para mí) la literatura, ya lo dije, no tiene que ser solo drama, solo frustraciones, solo infelicidad; sino, también, júbilo, desenfado, optimismo; un escritor –vuelvo a decirlo- que manda al diablo la solemnidad. Porque la literatura (que lo sepan los comisarios y censores oficiosos) es ejercicio pleno de la libertad, como lo es el arte, la poesía; no aduladores del poder, no sometidos a camarillas ni al cuidado de censores y tampoco a sospechosos e inadmisibles “códigos deontológicos”.

Efectivamente, todo eso a lo que aludí puede encontrarse en la literatura; pero, claro, también más. Incluso, por ejemplo, puede comportarse como una suerte de instrumento de denuncia, cómo no, lo cual es legítimo. 

Y, bien, denuncia es lo que, en buena cuenta, Espinoza Sánchez nos presenta (con una belleza terriblemente corrosiva) en una de las novelas creo que más reeditadas en nuestro medio; me refiero a Las cárceles del emperador, que es como una crónica en la que, descarnadamente, nos habla del “descendimiento a los círculos más profundos del infierno” (como lo dijo nuestro amigo el cineasta y escritor Fico García): la vida en una cárcel del Perú, de lo cual –a su manera, y en circunstancias distintas- también escribieron Gustavo Valcárcel y José María Arguedas.

Se trata, digamos, de algo así como un testimonio novelado que nos recuerda el paréntesis sin duda más terrible y dramático, que llegó a vivir su autor (y que, en buena cuenta, también sufrió todo nuestro país), en época de la excrementicia y paranoica última dictadura sufrida por el Perú, y que coincidió con la criminal presencia de una banda dizque “revolucionaria”, que solo trajo destrucción y muerte.

El autor de Las Cárceles del emperador, fue una de las víctimas de esa dictadura. Tomado prisionero por las fuerzas de seguridad y acusado de pertenecer a una de las organizaciones de artistas populares vinculadas a esa demencial banda conocida como “Sendero Luminoso” (y, lo que es peor, de integrar uno de los llamados “comités de aniquilamiento), fue llevado a una celda del penal Castro Castro en donde pudo ser testigo de los horrores del abuso y la humillación a que eran sometidos los internos. Inocente de todo delito, vivió durante quince meses la experiencia más ruda que puede soportar un poeta, un escritor: acusado, procesado y encarcelado por el más reprobable crimen, ser senderista, es decir, seguidor de un mediocre personaje que –en un arranque de demencial audacia- llegó a autoproclamarse “la cuarta espada del marxismo leninismo mundial” (y al final –después de haber sembrado el terror, la muerte  y la destrucción- terminó alabando al más asqueroso y criminal gobierno de nuestra historia, el de Fujimori y Montesinos, tras recibir una torta de regalo).

Obviamente no voy a reseñar o contar el argumento de la novela, pero sí voy a dar a conocer los títulos de algunos de sus capítulos, que son terriblemente expresivos: “El teatro de los perros descuartizados”; “Los macabros calabozos”; “Los comandos de aniquilamiento”; “Durmiendo con un cadáver”;  “Quemaron a los muchachos”; “Una rata en el menú”. Y este, que es la celebración final de un hombre que, felizmente, logró salir airoso de la pesadilla: “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar” (como aquella canción que durante los setentas cantaba el argentino Sabú), porque el proceso judicial, kafkiano desde todo punto de vista, gracias a Dios, culminó -como debía culminar, a pesar de la mala fe-: declarándose la inocencia del acusado.

Esta es una novela en que, más que la descripción de escenarios, lo que importa y prevalece es la acción, porque –como sabemos- son los actos los que muestran, con mayor rigor y verdad, la realidad humana. 

Y aquí, en Las cárceles del emperador, se presenta a los cuatro vientos la realidad novelada –es decir, basada en hechos y personajes reales- de aquellos años de la barbarie o, como los llama su autor, del espanto. Esto, sin embargo, bajo ningún punto de vista razonable, puede significar que estemos ante una crónica, o ante la biografía o las memorias del autor, o frente a un texto de historia. Solo es una obra literaria de ficción.[1]

No es, pues, únicamente una suerte de testimonio novelado. También, como lo dije antes, es una denuncia, una denuncia descarnada y conmovedora. Pero, además, es la expresión de júbilo y culto a la libertad del escritor, del poeta (por eso está escrita con una profusión de expresiones que no son precisamente de un narrador común y corriente, sino de un hacedor de poesía). Nos dice –sin decirlo- una cosa: incluso tras los barrotes, la poesía es capaz de respirar libertad.

Una novela que nos genera (por la calidad de su escritura) placer al leerla, pero que, también, nos solivianta.

Las cárceles del emperador es una novela compuesta por cerca de cuatrocientas páginas, pero – ¿saben una cosa?- tiene la particularidad o virtud de poder ser resumida (y es lo que voy a hacer) en dos palabras, que –creo- deberían ser dichas con absoluta indignación y esperanza: “¡Nunca más!”. Cierto. ¡Nunca más! a las dictaduras, sean de derecha o sean de izquierda, y a su hediondez. ¡Nunca más! a la violencia criminal de los que se creen redentores y no son más que infames “héroes” de caricatura y pacotilla. ¡Nunca más! a la destrucción y la muerte. (Pero, ¡Nunca más!, también a la mordaza y persecución de los escritores, promovida por comisarios de siete suelas).

¡Gracias, Jorge, por esta novela que es, definitivamente, un canto descarnado y escalofriante de alabanza a la justicia, a la libertad y a la vida!



27 de setiembre del 2019



[1] ¿O es que, acaso, alguien podría creer, por ejemplo, que el abogado al que en la novela (pág. 87)  se le califica como “desastroso profesional”, es la representación de algún letrado conocido y, por ello, tal vez sea conveniente dar el grito al cielo  por el imperdonable “agravio” de que ha sido “víctima”?



jueves, 5 de septiembre de 2019

LOS CINCO DEL PATÍBULO*


Cronwell Jara Jiménez




Esperaban a las hienas de los Hora Zero. Desesperados, antropófagos, en pie de guerra, emplumados, con bombos y quenas enardecidas; esperaban a los Hora Zero tocando pitillos y atabales y proclamando la guerra con tambor y flechas de furia musical; los esperaban bajo una hipócrita garúa, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, como para guiarlos al altar y la piedra del sacrificio. Esperaban a los Hora Zero, saltando y danzando anhelosos y agitados, deseando arrancarles los ojos, corazón, testículos; para coronarlos con sus vísceras hediondas o ponérselas de collar o corona según su estatus: ser Poetas. Ser hienas, ser Hora Zero. Y mejor que poetas hienas, ser poetas horazerianos malditos. Pues los poetas malditos de Hora Zero, hienas para los Fer, hijos del fin del mundo tenían un Recital en la Ciudad Universitaria, de Letras. Y un recital con los poetas malditos de Hora Zero, hijos del fin del mundo, no calzarían para cualquier recital. ¡Cómo iban a calzar, siendo tan latinoamericanos y trascendentes! Equivaldría a un incendio según los manifiestos y sus Palabras Urgentes, tan apegados al sufrir del pueblo; y tan enmarcados contra los embates de la vida cotidiana como: ¡estar triste!, ¡caminar! u ¡oír teclear una máquina de escribir! -no una máquina de escribir cualquiera-, que no es lo mismo oírla, cotidianamente, por Margareta Kaukonen, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac…, percutiendo en ritmo, mientras acompasa un blue de Janis Joplin; ¡y eso no encajaba con los cotidianos del Fer nacionalista! ¿Cómo iba a encajar? ¡Ni encajaba con el Fer de los troskos ni con el Fer de los moscovitas ni con los de PCP-Patria Roja y su lideresa trompuda Jujú Caremona!: pues, ¿recital? ¡Cómo que un recital! ¿Con qué clase de poetas? ¿Y con qué Poesía? ¿La burguesa y antipopular? ¿Quién convocó a las hienas de Hora Zero? ¿Cómo se han atrevido a ingresar a este templo revolucionario del saber? No, señor, estas hienas no recitan en esta universidad revolucionaria, sería una ofensa. Un suicidio. Como provocar un autolinchamiento. Sus propias horcas. Ser enjaulados y apedreados. Y chocarían con los escupitajos de los chacales del Fer y sus jaurías rabiosas; del Fer, de todos los Fer. Tierra con ellos, compañeros. Pollos y mocos con ellos. No a los falsos Poetas. ¡No entran al Patio ni suben al Auditorio! 


Pero los cuatro poetas malditos habiendo ya bajado del auto que los traía a la Ciudad, impertérritos, avanzaban. Heroicos, guerreros -como dueños de casa guiados por Mito Tumi el Poeta Inconmovible Ojos de Búho trasnochado y su andar ficho, abrigo gánster, gallito del Mangache y depredador navajero en los chicheríos de Piura; Mito Tumi, ¿ese Ojos de Búho sería quien los llamó para un recital en la Ciudad? ¡Cuidado con él, entonces! ¡Ha de ser un hijo del fascismo y del dictador Velasco!, avanzaban, los Hora Zero conocedores de mundo y los submundos internacionales-; insuflados avanzaban con las energías de los rayos y los protectores pararrayos del pueblo; dialécticos, convencidos de los trotes de Balada para un caballo y del escudo de lo coloquial y bélico de sus nuevos gritos y ritmos antrrimas, antisonetistas, antibéricos, antioligárquicos, antidictaduras, anti Ezra Pound y antmísticos y anti aquellos exquisitos amantes de la poesía pura y cursi como la poética de Sologuren o la del payaso niño -según manifiestos horazerianos- el panzudo y febril Paco Bendezú. Convencidos de En los extramuros del mundo y sus nuevos tonos punk, psicodélicos, frikeros, a lo Allen Ginsberg y sus aullidos; y con los ánimos Sex Pistols que electrocutó y liquidó lindamente, con sus estridencias y la potencia de tres mil caballos de fuerza, a un Pink Floyd o a los temibles de la banda Yes. No señor, nada detenía a los dos Hora Zero, nada. Underground. Marginales. Diferentes. Iconclastas. Contestatarios. Irredimibles. Y con los Hora Zero avanzaba, sacerdotal y bélico, el Inconmovible Mito, poeta de marras, como atizando en su memoria su poema lapidario Hotel Printania, antes del fin del mundo, a poco de ser llevado a la piedra ceremonial del sacrificio: Nada ni nadie testimonia mi existencia. Soy libre: / No me queda ninguna razón para vivir.

Míticos, pecho al viento, caballos salvajes, avanzaban los horazerianos al patíbulo.

Pero, ¡alto! ¡Cómo van a continuar avanzando!, reclamaban los del Fer, los de la rabona Jujú Caremona y sus elevados pensamientos marxistas-leninistas-maoístas, anti imperialistas, antifascistas, y enemigos de los antipoetas antologados por el oficialismo que lideraba ese tal Mitchel Oviedo, piojo barbudo del INC. Reclamaban, protestaban sin todavía atacar, clavar las uñas, arañar, devorarlos. ¡No deben avanzar más!


Pero los poetas avanzaban; Jorge Pimentel enfundado en su abrigo negro, altivo caballo de guerra, percherón de jalar cañones, acostumbrado al choque, los cabezazos, el puño y los escupitajos y a las filudas batallas de los puntapiés y las botellas rotas que rodaban por el piso, avanzaba; y avanzaba con Pimentel el poeta Enrique Verástegui, como diciendo: De pronto perdí todo contacto contigo. Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí. Ya no pude volar sobre ti como todos los días.

Y, con ellos, ahora añadidos, avanzaban el Inconmovible e Impertérrito Mito Tumi y Luis Alberto Castillo, y se les unía Eneas Marruel, el amigo periodista del Diario La Crónica, quien haciendo de chofer de su propio auto, acomedido los había traído a la Ciudad Universitaria -sin saber el pobre Eneas que los estaba conduciendo al destripamiento-. ¡Capitanes de la nueva poesía americana, marchen! Y los Hora Zero, cada vez a paso marcial más firme, avanzaban ahora con sus edecanes y guardaespaldas -viendo que la cosa se ponía brava brava-, los escuderos Tumi, Luis Alberto Castillo y Eneas Marruel, vestidos de noche bajo la garúa hipócrita, vestidos de dignidad bélica y altiva poesía. Avanzaban como Villon hacia su horca, como Ezra Pound en la jaula de escupitajos condenatorios y denigrantes, donde lo paseaban gritándole, monopayaso, por fascista, acabada ya la Gran Guerra europea.

Y la Ciudad y el Patio de Letras los esperaban con pitillos, bombos sonoros, celebratorios, y una danza en pie de guerra. Y, a como dé lugar, el recital sería multitudinario. Pues el Patio de Letras, cosmopolita, fuera de los del Fer, los esperaba porque lo sabía -por los críticos de la prensa- que se trataba no de cualquier Recital ni de cualquier Poeta, estaban ante los Poetas Fundadores de la Nueva Poesía del Siglo XX, pues así se oía.

Y como los Hora Zero tendrían que llegar, ya los tukuyricuy chismosos de la Ciudad -en realidad, la única tukuyrikuy era la Jujú Caremona, según confidenció después Enrique Verátegui- habían advertido del peligro, ¿a quiénes? ¡A quiénes más! ¿A los del Fer, la Federación de Estudiantes Revolucionarios que los Estudiantes de la Escuela de Literatura habían invitado a Jorge Pimentel y a Enrique Verástegui, para iniciar un Ciclo de Recitales? Pero, ¿solo los estudiantes del Cel…? No. No. ¿Cómo van a ser solo los estudiantes? Eran, según la soplona Jujú, tres locos los que habían organizado un Ciclo de Poesía Peruana del 70, de seis fechas. Y ellos tenían nombre propio, un tal Mito Tumi y un Luis Alberto Castillo, más el Gordo Navarro, actor de teatro callejero y responsable de las Actividades Culturales de la Facultad de Letras, quienes, irresponsablemente, les habían concedido el auditorio del tercer nivel. Pero con una condición: No invitar al recital a dos repudiables: Arturo Consuero y Winston Zorrillo. Y esto se confirmaría después según propia confesión de El Inconmovible Ojos de Búho, dueño y gran señor del Mangache. Y, sí, sería el Primer Recital. Qué tal lisura.

Y los del Fer, lectores de la Poesía de picardía y sapiencia política social, al estilo de Bertolt Brecht y del genial Julio Carmona Reque, y muy al modo de las preciosas décimas de don Nicomedes -sin obviar las cumananas del sufrido populorum- con una multitud desconcertada de curiosos no lectores de poesía, se juntaban y rejuntaban. Los Fer, los diferentes Fer, coincidían, y peligrosamente se juntaban.

Y unos, pirulos y manoplas en mano, decían: -Pero, ¿de qué intrusos se trata? ¿Nazis o fascistas? ¿Qué hacen aquí? ¿A quién hay que patearle el hígado? ¿Quiénes son estos gusanos?

Y otros, los troskos, lectores de amplitud modulada: -Son poetas, camarada.

Hasta que los del Patio de Letras, los tukuyrikuy -luego de espiarlos bajar del auto de Eneas Marruel y aproximarse desde lo lejos, por la vereda, que llegaban a los peldaños de las puertas del Patio-, entendieron. Y los lectores, troskos y nacionalistas más avispados comprendieron. Estos poetas no eran cualquier cosa. Se trataba de dos cumbres geniales que deslumbraban por los escándalos. Jorge Pimentel y Enrique Verástegui. Poetas jijunas con los testículos bien puestos, que armaban hermosas broncas y recitales a donde puta fueran, se le oyó por ahí a Quique Sánchez. Horazeros. Dos buldócer de la palabra, las teorías poéticas y de la poesía escrita incitando hacia una praxis revolucionaria, contra la rancia poesía de corte burgués y hecha por niñitos bien como Toño Cisneros o el San Bernardo Lauer, tal como lo anunciaban en Palabras Urgentes, el manifiesto inaugural de Hora Zero y que apoyaban los furibundos cancerberos y críticos Poetas de la Revista Estación Reunida -solo que ahora sin Pepe Rosas Ribeyro por haber sido deportado a México por la dictadura velasquista, sin María Emilia Cornejo, sin el gran Elqui Burgos ni Óscar Málaga ni el periodista y poeta de El Sol es también un puño enorme, Maynor Freyre -de armas tomar, gitano de retos, prodigiosos puños y cabezazos certeros en pleitos donde todo valía pero sin despeinarse-. Charo Arroyo, Rosina Valcárcel, ni Ana María Mur la beligerante y por demás hermosa poeta de aires gitanos que solo mataba con el clavel de su mirada-, quienes sobre yunque y martillazo demolían la poesía de hoy, desde Chile y Perú hasta Venezuela, México y la zona francesa del Caribe. ¡Y bien por ellos!, decían algunos. ¿Y por qué bien?, otros.

Y éste sería Recital tumultuoso y explosivo, por tra­tarse de dos gallos internacionales y que de cumplirse, reafirmarían sus glorias ante la América y el mundo de Poesía castellana. Y solo faltaban unos cincuenta metros para encontrarse al pie de los dos peldaños que daban al Patio. Poetas a quienes los escudaban retadores, como los fosfóricos estruendos de los tambores de Miriam Makceba, sus Manifiestos y las propuestas ideológicas -ceñidos a las consignas de Juan Ramírez Ruiz, Carlos Marx, Engels, José Carlos Mariátegui, Vallejo- que para muestra: ahí estaba la furia de sus poemas, en Enrique Verástcgui: «Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas c ideas vacías y la tristeza visitándolos en los manicomios. Y vi también a muchos gritando por más fuego...».

Ahí los planteamientos rotundos, la claridad cerebral y los cojones de toro bien puestos, para imponer sus lineamientos en la poesía futura. Y estos eran, ahora que se los veía más cerca, los poetas abanderados del colectivo Hora Zero. Hasta que, a medio camino, volteó a abrazarlos, algo medroso, Luis Alberto Castillo, por darles fuerza y aliento -lógicamente, por la posible gresca, la probable celada y el ajusticiamiento y linchamiento poético popular que se le avecinaba, a medida que se acercaban al Patio-; pues, justamente, se oyó a unos diez metros:

-¡Fuera poetas del pro imperialismo yankee! ¡Fuera Sinamos, cagones...! -El chillido de la Jujú Caremona, cuándo no la zamba Jujú revoltosa.

-¡Linchar a los traidores del pueblo! -A Jaime Guadalupe Pedregoso, viéndolos aún aproximarse a la distancia.

-¡Colgarlos como a perros, carajo! -De nuevo la Jujú Caremona, roja la cara huesuda, demencial y combativa, en defensa de los intereses del pueblo universitario-. ¡Mueran los poetas anti revolucionarios y diletantes cavernarios del pro imperialismo yankee!

Los del Fer, advertidos por los tukuyrikuy -los correveidile- de todo partido político, se habían movilizado y ahora como hienas hambrientas, a punto de írseles encima, merodeaban desde lejos a los Poetas, quienes caballos altivos, orgullosos de ser Poetas lucidos revolucionarios ante el mundo neocapitalista, como si no fuese con ellos, continuaban el paso marcial ahora con el Poeta Luís Alberto Castillo adelante, adalid abanderado, encaminándose aún por las orillas del largo bosquecillo de Letras, hacia las cortas escalerillas -ya muy cerca, ahí nomás- que daban al Patio de Letras. Caballos crinudos, armando ya el escándalo presentido en la visionaria Balada de un caballo de Jorge Pimentel. «Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión sobre las traseras...» Pero, ¡cómo se olía a juicio popular! Porque los esperaban. El Patio y el Fer y los Fer, enloquecidos entre tamborcillos y antaras medievales festivas, los esperaban, todo mundo los esperaba; como que, más allá de este juicio, todavía vendría algo inimaginable.

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* Fragmento de Molotov Suit en el Patio de Letras, novela  -aún inédita- del escritor peruano Cronwell Jara Jiménez.