miércoles, 25 de diciembre de 2019

POETAS: ¿UNA RAZA DISTINTA?




Parece mentira, pero, sí, en pleno siglo XXI todavía hay quienes creen que los poetas son una especie distinta respecto de los demás seres humanos. Y, peor, hay poetas que creen (y lo dicen sin arrugar el entrecejo) que tal cosa es verdad. Que han sido hechos con una materia "menos mundana". Y hasta hay quienes creen que las conversaciones de los poetas solo giran alrededor de temas sublimes; que no pueden hablar de banalidades. Que son una raza no solo distinta, sino superior, de carne divina.

No, señores, no es así. El poeta come o no come, según haya o no qué comer, duerme, defeca, ama, odia; lee a Vallejo, a Lacan, a Joyce y Barthes, pero también lee la página deportiva de Trome, los chistes de Condorito (que, como alguien con patriotismo de caricatura, dijo:  "¡no es peruano, no es peruano!"). 

Ah, y hay quienes afirman, con tono medio autoritario, que "los poetas deben leer". ¿Un poeta está obligado a leer? No, no está obligado a hacerlo; pero, claro, no hay duda de que leer le haría mucho bien. Un poeta habla, a veces, de cosas excelsas, pero también y casi siempre de tribialidades y hasta de tonterías. Sus pies caminan en el piso, de tierra, cemento o parquet y no unos centímetros por encima; el poeta no levita, señores. Puede vivir en La Molina o en San Juan de Lurigancho, o en Huachocolpa o en asentamiento humano. Puede vestir jeans o ternos Barrington. Ser burócrata, obrero, bancario o vagabundo. Puede, si le da la gana, vivir en modo "maldito" o "subte". Hay algunos poetas que caminan como pavorreales, se creen la "divina pomada", y los hay aquellos con delirio de grandeza que en redes sociales o en cantinas se muestran como la reencarnación de Dante Alighieri; otros, humilditos, parecen mendigar cariño, una palabra de aliento o un vaso de cerveza. Los hay quienes no pierden la ocasión de tomarse una foto con escritores famosos para luego decir que son sus "amigos" y enseguida nos cuentan historias que solo han vivido en su imaginación; esos son los poetas mitómanos (que hasta se engañan a sí mismos). Pueden alabar a Maduro o sufrir por el exilio de Evo Morales, o maldecir a Donald Trump; incluso, pueden declarar su filiación "marxista-leninista" (¿se acuerdan de algunos “iconolastas” y “parricidas” setenteros), aunque de comunismo no conozcan ni jota. Pueden escribir, solo dizque para ellos mismos (porque -¿hay que creerles?- "no les interesa la fama"), o estar buscando a quien pueda incluirlos en una antología, o a quien les haga una reseña en un diario local; o quizás sueñan con una condecoración (de las que ahora hay como cancha) y que les digan "poetas destacados", o que alguna medio pintoresca asociación de poetas (con la autoadjetivación de "mundial", incluso "intergaláctica") los nombre como "embajadores culturales" de no sé dónde y en no se sabe dónde, o les entregue algún diploma (y, así, sentir que están casi "paladeando" el Nobel). Un poeta puede ser rebelde, o ser cortesano (como lo fue Li Tai Po, por ejemplo); total, es su "rollo", ¿no?, asunto que solo a él, y a nadie más que a él, le compete. 

Es que los poetas no son marcianos, son de aquicito nomás. Y son libres; no hay una "sunafil literaria" que se encargue de supervisarlos, y de verificar si han leído o no; tampoco tienen una "maestra Jimena", como la de "Carrusel", que revise sus cuadernos y califique su caligrafía, ni un catequista o un confesor que se ocupen de sus, tal vez, escabrosos paisajes morales.  

¿Saben ustedes de qué conversan los poetas en un bar de Quilca? ¿De metáforas, metonimias, de axiología, de semiótica, o acaso de física cuántica? ¡De nada de eso, chocheras! En el Facebook nos la damos de "intelectuales", y muchos ni siquiera sabemos dónde debe ir el punto y coma, y escribimos “sobretodo” donde debería ir "sobre todo" y "la diploma" en vez de "el diploma", y -alucinen- también encontrarán poetas que escriben cosas como esta: "Ya estoy llendo a la casa".

¿Somos seres especiales? ¡No! Somos como son los zapateros, los mozos de cantina, los peloteros del barrio, los parroquianos en el "Trocadero" (¿existe aún?). No estamos prohibidos de hablar de cosas banales (y tampoco de escribir acerca de tales cosas); ninguna autoridad nos ha entregado una “carta funcional”, para cumplirla al pie de la letra, porque si no lo hacemos nos puede "caer la quincha". 

Ahora, díganme, ustedes, amigos: ¿Estoy equivocado? (Si piensan que sí, díganmelo, con toda sinceridad y sin anestesia  que por nada del mundo voy a enfadarme, lo prometo. Eso, solo eso les prometo. En cuanto a todo lo que he expuesto esto aquí no creo que yo vaya a retractarme. Siempre he pensado -y estoy absolutamente convencido- que es muy díficil que un poeta pueda aparecer, con pleno derecho, en una colección de "vidas ejemplares", porque, simple y llanamente, no hay nada ejemplar en la vida de un poeta, nada que merezca ser imitado o seguido como guía. ¿Alguien cree que estoy equivocado? Pies, seguiré en mi "error".

¡Un fuerte abrazo, amigos queridos!

 


miércoles, 13 de noviembre de 2019

NUEVAS JODAS ELEMENTALES (CRONWELL JARA: BARROQUISMO DE NUEVO CUÑO) *

"Antinovela”. O lapidario (tratado mineralógico, generalmente relacionado con la magia y la astrología), o bestiario (compendio de animales fabulosos; libro sobre bestias).

A la manera de aquellos tratados medievales, pero, digamos, "a la inversa" (por lo de la jodienda, pues; porque de lo que menos puede ufanarse es de la adustez, y -además- porque no habla de grifos o dragones, ni de piedras misteriosas).

Es un rompeesquemas sin pudor ni piedad. Y unas ganas irremediables de no respetar las "normas de urbanidad" de Antonio Carreño. Incorregible, sin remedio. Contra la corriente. Contra los “buenos modales”. 

Estoy hablando, naturalmente, de un libro que me ha sorprendido tremendamente: Manifiesto de las jodas, publicado hace solo unos días (Ediciones
 Piratas Unidos, noviembre 2019), de Cronwell Jara Jiménez. ¿De qué otra cosa podría ser, a estas alturas?


Apenas le di un rapidísimo, violento y creo que decisivo vistazo, me di cuenta de eso que he dicho. Unos minutos antes había estado hojeando y ojeando otro libro, que me alcanzó mi amiga la poeta Lu Zúñiga Palomino (qué casualidad: precisamente un "bestiario"), y al toque pude advertir la extraña  y medio contrahecha familiaridad  o parentesco (exacto: contrahecha, esa es la palabra; porque no estamos ante semejanzas o derivaciones "patronímicas" o sucesorias, ni mucho menos) con este tipo de curiosos textos del Medioevo, especialmente por lo -digamos- heteróclito e inesperado de su construcción literaria. Eso es Manifiesto de las jodas, pues.

Es, en verdad, una suerte de lapo desacralizador, una bofetada; desborde legítimo de desenfado; apología y celebración irreverente de la joda y, claro, de la libertad, que es condición esencial en la literatura, en el trabajo creativo.

Y (¡agárrense! y báñense en agua bendita, cucufatos y castos, y celosos doctores "benedictinos", que aún existen)  esta, la de Cronwell Jara -aunque haya quienes quieran negarlo-, es alta literatura. Lo digo, pese a quien le pese.

La calidad -como resulta obvio con esta publicación- del trabajo literario de Jara no es reciente: viene desde aquellos maravillosos setentas (este “manifiesto” es un trabajo, precisamente, de esa década, de 1973; la publicación es de ahora). Y no huele a naftalina; es tan fresca como una carajeada a las tres de la madrugada, en pleno descubrimiento de una infidelidad.

Ah -ojito, ojito- para evitar dudas o murmuraciones, debo decir esto: Por si acaso -entiéndase bien-, alta literatura no es, no tiene que ser (nunca ha sido), solamente esa de la solemne seriedad, de las “nobles causas” o cosas por el estilo, ni solo aquella de “las caídas hondas de los Cristos del alma”; también, y sobre todo, la alegría está en las venas abiertas de la gran literatura, la carcajada. Y la de Cronwell Jara tiene de todo eso: Montacerdos, Patíbulo para un caballo, Hueso duro y, ahora… Manifiesto de las jodas (¿Para qué más?).

Cronwell Jara es, desde hace mucho rato, el hacedor (me atrevería a decir, sin equivocarme: el fundador) de la nueva narrativa peruana. Innovador, recontra innovador. ¿Alguien escribe, alguien ha escrito, como Cronwell Jara? No lo sé, pero de lo que estoy convencido es de que él no escribe como nuestros más celebrados narradores; manda al diablo -como debe ser- las normas, todas (incluso las "morales"). Porque eso es la literatura: el ejercicio impenitente, insobornable e insolente, de la libertad. Y esta, la de Cronwell, es libérrima. En ella vale el qué pero, también y sobre todo, el cómo. Decapita deidades, como Dios manda. Porque no solo es cosa de escribir bien (todo el mundo lo hace), sino de crear, no solo historias distintas sino formas diferentes de contarlas: el cabal deicidio de que hablaba Vargas Llosa. Eso es Manifiesto de las jodas: un matar a Dios (literariamente hablando, digo) y poner al diablo de gerente.

"¿Para qué más?", pregunté dentro de un paréntesis, ¿no es cierto? Bueno, la  verdad es que -contra todo pronóstico- viene mucho más. Hace muy poco fue anunciado (no precisamente por su autor: y tampoco con bombos y platillos, sino con tomatazos y casi plantones "revolucionarios") Patio de Letras, una novela que probablemente causará más de un dolor de cabeza y rabietas. A ajustarse los cinturones, entonces, porque todo indica que va a haber turbulencia, más de la que ya hubo con la entrega, hace poco, de apenas un pedazo de uno de sus capítulos.

[Ah, y a propósito, hablando de desubicados “tomatazos y plantones” contra la ficción literaria, pregunto: ¿Deberíamos, los profesionales del Derecho, reclamar, tal vez, un desagravio por aquello que está dicho en Manifiesto de las jodas: que –a diferencia de los buitres- los abogados, después de sangrarlos, terminamos comiendo vivos a los clientes? ¡Qué tal lisura, caracho! No, naturalmente que no; sería absurdo, sería estúpido, hacerlo, reclamar o exigir desagravios. Ficción es ficción; y quien no lo entiende, pues que se frote con Charcot, y punto. (Ya estamos grandecitos, ¿no?). Una novela es, fundamentalmente, ficción aunque tenga como referentes circunstancias reales; y no podemos pedir que "retrate" la realidad y menos indignarnos cuando, dizque, "falsea los hechos". No es una "hoja informativa" ni noticia periodística destinada a dar cuenta de determinado acontecimiento, y tampoco es un atestado policial ni nada por el estilo.]

¡Salud, Cronwell!, por este libro que es (creo que debí decirlo antes) una sólida muestra de la escritura cronweliana a la que, tal vez, podría caracterizarla como expresión de un barroquismo de nuevo cuño: literatura hecha aquicito nomás, en este Perú al que García Lorca -no sé por qué diablos- nombró como "de metal y melancolía".

                                                                                                        © Bernardo Rafael Álvarez

viernes, 27 de septiembre de 2019

EN DOS PALABRAS: UN TESTIMONIO DE LOS DÍAS DEL ESPANTO






Lo dije durante la presentación de un libro suyo, y hoy vuelvo a decirlo: Se trata de uno de los poetas y escritores peruanos más desenfadados que conozco. Con eso –con su desenfado- demuestra algo de lo que estoy plenamente convencido: que la poesía también es alegría, “vacilón”, irreverencia, y no solo sufrimiento, no solo rabietas (por decepciones o sueños dizque revolucionarios, o cosas por el estilo). La poesía (y, en general, la literatura) es –principalmente- para dar felicidad (repito, para que no se vaya a malinterpretar: principalmente, no únicamente). Ah, y otra cosa, la poesía -lo digo y lo diré siempre- no es –como equivocadamente creía el buen Charles Bukowski- privilegio de infelices.


Hace prácticamente un año, nuestro escritor nos entregó su –hasta ahora- última producción literaria (el libro al que aludí). Una obra en prosa que, aunque no se trata precisamente de un “descendimiento al infierno”, nos presenta virtualmente a su autor algo así como a un Dante (o, tal vez, como Caronte en una barca) desplazándose por lo que sería el “inframundo”. Algo que –solo por analogía en cuanto a formas- me atrevería a vincularlo con el regreso de Juan Preciado a Comala en busca de Pedro Páramo (en la extraordinaria novela del mexicano Juan Rulfo); y que, por el carácter de su desbarrancada imaginación podría ser asociado, también, a Ionesco, el de lo absurdo en la literatura. El libro al que estoy refiriéndome es Los muertos hablan latín, aparecido en octubre del 2018. 


Bien. El trabajo -con la palabra- del autor a que estoy refiriéndome, se puso de manifiesto, inicialmente, con la publicación de Paroxismo, poemario que apareció, si mal no recuerdo, en 1973. Años después, en 1995, publicó otro que me impactó sobremanera, que me conmovió: Poeta en el infierno. Reeditado el año 2012, con la eliminación -creo que injustamente- de algunos textos, y que tiene, entre otros, un poema que es expresión de una intensa y sincera ternura –filial, en este caso-, en momentos por demás terribles; me refiero a aquel cuyo título simplemente es este: “Olvidarás que has muerto hace mucho”. En él, el poeta le cuenta a su padre muerto acerca de lo que tuvo que vivir cuando la estúpida y cobarde represión de un gobierno dictatorial lo llevó injustamente a la cárcel como si se tratara del más peligroso de los delincuentes terroristas; le habla con una extremada familiaridad, con lo que ya aludí al principio, con desenfado, con lenguaje de barrio, de calle: “…sigamos conversando, viejo, / cuéntame de las muchachas de allá”, le pregunta al final del texto, “esto te hace bien, / olvidarás que has muerto hace mucho”. Y este otro, “Carta de amor a una hermosa gitana”, en que –casi desfalleciente- le dice a Zulma: “tal vez jamás vuelvas a verme con vida, / es de poetas morir de crepúsculos, / pero no llores pequeño ángel, / amaste a un poeta, / es decir, amaste a todos los hombres de la tierra / y no hay historia de amor más bella que la nuestra”. ¡Tierno y desgarrador, realmente!


Es poeta y también es narrador. Un narrador que (como ya lo di a entender) tiene la virtud de mandar al diablo la solemnidad, que no le importa lastimar la castidad de algunos oídos. Les cuento (y, por favor, discúlpenme si son o parecen escabrosas las referencias que voy a hacer, y que probablemente –lo digo en broma- empujarían a buscar agua de azahar o de valeriana): En 1983 nos sorprendió con una colección de relatos desconcertantes que, desde el título, ya estimula la necesidad de, acaso, santiguarnos como si fuéramos viejas beatas llevadas con engaños a ver una película porno. Me refiero al libro nombrado como El violador de Lurigancho. Ah, pero si esto –a pesar de todo- pudiera parecer “pasable”, debo decir que hay un cuento cuyo título que a pesar de ser –digamos- medio oblicuo, viene con una carga extremadamente perturbadora, por eso que conocemos como “doble sentido”; el título es este: Al cielo se entra por atrás. ¿Creen que allí acabó todo? Pues no. Aquí otro (que corresponde a un relato publicado con  mordaces ilustraciones): El ratoncito caficho. ¿Qué les parecerá, lo dicho, a los varones píos y a las pudorosas damas?

¿De quién estoy hablando? Pues, ¡de quién más!, de Jorge Espinoza Sánchez, poeta y narrador, amigo mío –casi un hermano- desde aquellos locos e inolvidables  años setentas; aquella década irrepetible: de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados (cuando, hacía poco nomás se hablaba de “hacer el amor y no la guerra” y el movimiento Hippie se rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov, solo con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades; cuando –hacía poco, también- había aparecido lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov: Mayo 68, en París. Después, el 69, con 3 days of peace & Music, es decir, ¡Woodstok!).

Jorge Espinoza Sánchez, el escritor para quien (como para mí) la literatura, ya lo dije, no tiene que ser solo drama, solo frustraciones, solo infelicidad; sino, también, júbilo, desenfado, optimismo; un escritor –vuelvo a decirlo- que manda al diablo la solemnidad. Porque la literatura (que lo sepan los comisarios y censores oficiosos) es ejercicio pleno de la libertad, como lo es el arte, la poesía; no aduladores del poder, no sometidos a camarillas ni al cuidado de censores y tampoco a sospechosos e inadmisibles “códigos deontológicos”.

Efectivamente, todo eso a lo que aludí puede encontrarse en la literatura; pero, claro, también más. Incluso, por ejemplo, puede comportarse como una suerte de instrumento de denuncia, cómo no, lo cual es legítimo. 

Y, bien, denuncia es lo que, en buena cuenta, Espinoza Sánchez nos presenta (con una belleza terriblemente corrosiva) en una de las novelas creo que más reeditadas en nuestro medio; me refiero a Las cárceles del emperador, que es como una crónica en la que, descarnadamente, nos habla del “descendimiento a los círculos más profundos del infierno” (como lo dijo nuestro amigo el cineasta y escritor Fico García): la vida en una cárcel del Perú, de lo cual –a su manera, y en circunstancias distintas- también escribieron Gustavo Valcárcel y José María Arguedas.

Se trata, digamos, de algo así como un testimonio novelado que nos recuerda el paréntesis sin duda más terrible y dramático, que llegó a vivir su autor (y que, en buena cuenta, también sufrió todo nuestro país), en época de la excrementicia y paranoica última dictadura sufrida por el Perú, y que coincidió con la criminal presencia de una banda dizque “revolucionaria”, que solo trajo destrucción y muerte.

El autor de Las Cárceles del emperador, fue una de las víctimas de esa dictadura. Tomado prisionero por las fuerzas de seguridad y acusado de pertenecer a una de las organizaciones de artistas populares vinculadas a esa demencial banda conocida como “Sendero Luminoso” (y, lo que es peor, de integrar uno de los llamados “comités de aniquilamiento), fue llevado a una celda del penal Castro Castro en donde pudo ser testigo de los horrores del abuso y la humillación a que eran sometidos los internos. Inocente de todo delito, vivió durante quince meses la experiencia más ruda que puede soportar un poeta, un escritor: acusado, procesado y encarcelado por el más reprobable crimen, ser senderista, es decir, seguidor de un mediocre personaje que –en un arranque de demencial audacia- llegó a autoproclamarse “la cuarta espada del marxismo leninismo mundial” (y al final –después de haber sembrado el terror, la muerte  y la destrucción- terminó alabando al más asqueroso y criminal gobierno de nuestra historia, el de Fujimori y Montesinos, tras recibir una torta de regalo).

Obviamente no voy a reseñar o contar el argumento de la novela, pero sí voy a dar a conocer los títulos de algunos de sus capítulos, que son terriblemente expresivos: “El teatro de los perros descuartizados”; “Los macabros calabozos”; “Los comandos de aniquilamiento”; “Durmiendo con un cadáver”;  “Quemaron a los muchachos”; “Una rata en el menú”. Y este, que es la celebración final de un hombre que, felizmente, logró salir airoso de la pesadilla: “Vuelvo a vivir, vuelvo a cantar” (como aquella canción que durante los setentas cantaba el argentino Sabú), porque el proceso judicial, kafkiano desde todo punto de vista, gracias a Dios, culminó -como debía culminar, a pesar de la mala fe-: declarándose la inocencia del acusado.

Esta es una novela en que, más que la descripción de escenarios, lo que importa y prevalece es la acción, porque –como sabemos- son los actos los que muestran, con mayor rigor y verdad, la realidad humana. 

Y aquí, en Las cárceles del emperador, se presenta a los cuatro vientos la realidad novelada –es decir, basada en hechos y personajes reales- de aquellos años de la barbarie o, como los llama su autor, del espanto. Esto, sin embargo, bajo ningún punto de vista razonable, puede significar que estemos ante una crónica, o ante la biografía o las memorias del autor, o frente a un texto de historia. Solo es una obra literaria de ficción.[1]

No es, pues, únicamente una suerte de testimonio novelado. También, como lo dije antes, es una denuncia, una denuncia descarnada y conmovedora. Pero, además, es la expresión de júbilo y culto a la libertad del escritor, del poeta (por eso está escrita con una profusión de expresiones que no son precisamente de un narrador común y corriente, sino de un hacedor de poesía). Nos dice –sin decirlo- una cosa: incluso tras los barrotes, la poesía es capaz de respirar libertad.

Una novela que nos genera (por la calidad de su escritura) placer al leerla, pero que, también, nos solivianta.

Las cárceles del emperador es una novela compuesta por cerca de cuatrocientas páginas, pero – ¿saben una cosa?- tiene la particularidad o virtud de poder ser resumida (y es lo que voy a hacer) en dos palabras, que –creo- deberían ser dichas con absoluta indignación y esperanza: “¡Nunca más!”. Cierto. ¡Nunca más! a las dictaduras, sean de derecha o sean de izquierda, y a su hediondez. ¡Nunca más! a la violencia criminal de los que se creen redentores y no son más que infames “héroes” de caricatura y pacotilla. ¡Nunca más! a la destrucción y la muerte. (Pero, ¡Nunca más!, también a la mordaza y persecución de los escritores, promovida por comisarios de siete suelas).

¡Gracias, Jorge, por esta novela que es, definitivamente, un canto descarnado y escalofriante de alabanza a la justicia, a la libertad y a la vida!



27 de setiembre del 2019



[1] ¿O es que, acaso, alguien podría creer, por ejemplo, que el abogado al que en la novela (pág. 87)  se le califica como “desastroso profesional”, es la representación de algún letrado conocido y, por ello, tal vez sea conveniente dar el grito al cielo  por el imperdonable “agravio” de que ha sido “víctima”?



jueves, 5 de septiembre de 2019

LOS CINCO DEL PATÍBULO*


Cronwell Jara Jiménez




Esperaban a las hienas de los Hora Zero. Desesperados, antropófagos, en pie de guerra, emplumados, con bombos y quenas enardecidas; esperaban a los Hora Zero tocando pitillos y atabales y proclamando la guerra con tambor y flechas de furia musical; los esperaban bajo una hipócrita garúa, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, como para guiarlos al altar y la piedra del sacrificio. Esperaban a los Hora Zero, saltando y danzando anhelosos y agitados, deseando arrancarles los ojos, corazón, testículos; para coronarlos con sus vísceras hediondas o ponérselas de collar o corona según su estatus: ser Poetas. Ser hienas, ser Hora Zero. Y mejor que poetas hienas, ser poetas horazerianos malditos. Pues los poetas malditos de Hora Zero, hienas para los Fer, hijos del fin del mundo tenían un Recital en la Ciudad Universitaria, de Letras. Y un recital con los poetas malditos de Hora Zero, hijos del fin del mundo, no calzarían para cualquier recital. ¡Cómo iban a calzar, siendo tan latinoamericanos y trascendentes! Equivaldría a un incendio según los manifiestos y sus Palabras Urgentes, tan apegados al sufrir del pueblo; y tan enmarcados contra los embates de la vida cotidiana como: ¡estar triste!, ¡caminar! u ¡oír teclear una máquina de escribir! -no una máquina de escribir cualquiera-, que no es lo mismo oírla, cotidianamente, por Margareta Kaukonen, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac…, percutiendo en ritmo, mientras acompasa un blue de Janis Joplin; ¡y eso no encajaba con los cotidianos del Fer nacionalista! ¿Cómo iba a encajar? ¡Ni encajaba con el Fer de los troskos ni con el Fer de los moscovitas ni con los de PCP-Patria Roja y su lideresa trompuda Jujú Caremona!: pues, ¿recital? ¡Cómo que un recital! ¿Con qué clase de poetas? ¿Y con qué Poesía? ¿La burguesa y antipopular? ¿Quién convocó a las hienas de Hora Zero? ¿Cómo se han atrevido a ingresar a este templo revolucionario del saber? No, señor, estas hienas no recitan en esta universidad revolucionaria, sería una ofensa. Un suicidio. Como provocar un autolinchamiento. Sus propias horcas. Ser enjaulados y apedreados. Y chocarían con los escupitajos de los chacales del Fer y sus jaurías rabiosas; del Fer, de todos los Fer. Tierra con ellos, compañeros. Pollos y mocos con ellos. No a los falsos Poetas. ¡No entran al Patio ni suben al Auditorio! 


Pero los cuatro poetas malditos habiendo ya bajado del auto que los traía a la Ciudad, impertérritos, avanzaban. Heroicos, guerreros -como dueños de casa guiados por Mito Tumi el Poeta Inconmovible Ojos de Búho trasnochado y su andar ficho, abrigo gánster, gallito del Mangache y depredador navajero en los chicheríos de Piura; Mito Tumi, ¿ese Ojos de Búho sería quien los llamó para un recital en la Ciudad? ¡Cuidado con él, entonces! ¡Ha de ser un hijo del fascismo y del dictador Velasco!, avanzaban, los Hora Zero conocedores de mundo y los submundos internacionales-; insuflados avanzaban con las energías de los rayos y los protectores pararrayos del pueblo; dialécticos, convencidos de los trotes de Balada para un caballo y del escudo de lo coloquial y bélico de sus nuevos gritos y ritmos antrrimas, antisonetistas, antibéricos, antioligárquicos, antidictaduras, anti Ezra Pound y antmísticos y anti aquellos exquisitos amantes de la poesía pura y cursi como la poética de Sologuren o la del payaso niño -según manifiestos horazerianos- el panzudo y febril Paco Bendezú. Convencidos de En los extramuros del mundo y sus nuevos tonos punk, psicodélicos, frikeros, a lo Allen Ginsberg y sus aullidos; y con los ánimos Sex Pistols que electrocutó y liquidó lindamente, con sus estridencias y la potencia de tres mil caballos de fuerza, a un Pink Floyd o a los temibles de la banda Yes. No señor, nada detenía a los dos Hora Zero, nada. Underground. Marginales. Diferentes. Iconclastas. Contestatarios. Irredimibles. Y con los Hora Zero avanzaba, sacerdotal y bélico, el Inconmovible Mito, poeta de marras, como atizando en su memoria su poema lapidario Hotel Printania, antes del fin del mundo, a poco de ser llevado a la piedra ceremonial del sacrificio: Nada ni nadie testimonia mi existencia. Soy libre: / No me queda ninguna razón para vivir.

Míticos, pecho al viento, caballos salvajes, avanzaban los horazerianos al patíbulo.

Pero, ¡alto! ¡Cómo van a continuar avanzando!, reclamaban los del Fer, los de la rabona Jujú Caremona y sus elevados pensamientos marxistas-leninistas-maoístas, anti imperialistas, antifascistas, y enemigos de los antipoetas antologados por el oficialismo que lideraba ese tal Mitchel Oviedo, piojo barbudo del INC. Reclamaban, protestaban sin todavía atacar, clavar las uñas, arañar, devorarlos. ¡No deben avanzar más!


Pero los poetas avanzaban; Jorge Pimentel enfundado en su abrigo negro, altivo caballo de guerra, percherón de jalar cañones, acostumbrado al choque, los cabezazos, el puño y los escupitajos y a las filudas batallas de los puntapiés y las botellas rotas que rodaban por el piso, avanzaba; y avanzaba con Pimentel el poeta Enrique Verástegui, como diciendo: De pronto perdí todo contacto contigo. Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí. Ya no pude volar sobre ti como todos los días.

Y, con ellos, ahora añadidos, avanzaban el Inconmovible e Impertérrito Mito Tumi y Luis Alberto Castillo, y se les unía Eneas Marruel, el amigo periodista del Diario La Crónica, quien haciendo de chofer de su propio auto, acomedido los había traído a la Ciudad Universitaria -sin saber el pobre Eneas que los estaba conduciendo al destripamiento-. ¡Capitanes de la nueva poesía americana, marchen! Y los Hora Zero, cada vez a paso marcial más firme, avanzaban ahora con sus edecanes y guardaespaldas -viendo que la cosa se ponía brava brava-, los escuderos Tumi, Luis Alberto Castillo y Eneas Marruel, vestidos de noche bajo la garúa hipócrita, vestidos de dignidad bélica y altiva poesía. Avanzaban como Villon hacia su horca, como Ezra Pound en la jaula de escupitajos condenatorios y denigrantes, donde lo paseaban gritándole, monopayaso, por fascista, acabada ya la Gran Guerra europea.

Y la Ciudad y el Patio de Letras los esperaban con pitillos, bombos sonoros, celebratorios, y una danza en pie de guerra. Y, a como dé lugar, el recital sería multitudinario. Pues el Patio de Letras, cosmopolita, fuera de los del Fer, los esperaba porque lo sabía -por los críticos de la prensa- que se trataba no de cualquier Recital ni de cualquier Poeta, estaban ante los Poetas Fundadores de la Nueva Poesía del Siglo XX, pues así se oía.

Y como los Hora Zero tendrían que llegar, ya los tukuyricuy chismosos de la Ciudad -en realidad, la única tukuyrikuy era la Jujú Caremona, según confidenció después Enrique Verátegui- habían advertido del peligro, ¿a quiénes? ¡A quiénes más! ¿A los del Fer, la Federación de Estudiantes Revolucionarios que los Estudiantes de la Escuela de Literatura habían invitado a Jorge Pimentel y a Enrique Verástegui, para iniciar un Ciclo de Recitales? Pero, ¿solo los estudiantes del Cel…? No. No. ¿Cómo van a ser solo los estudiantes? Eran, según la soplona Jujú, tres locos los que habían organizado un Ciclo de Poesía Peruana del 70, de seis fechas. Y ellos tenían nombre propio, un tal Mito Tumi y un Luis Alberto Castillo, más el Gordo Navarro, actor de teatro callejero y responsable de las Actividades Culturales de la Facultad de Letras, quienes, irresponsablemente, les habían concedido el auditorio del tercer nivel. Pero con una condición: No invitar al recital a dos repudiables: Arturo Consuero y Winston Zorrillo. Y esto se confirmaría después según propia confesión de El Inconmovible Ojos de Búho, dueño y gran señor del Mangache. Y, sí, sería el Primer Recital. Qué tal lisura.

Y los del Fer, lectores de la Poesía de picardía y sapiencia política social, al estilo de Bertolt Brecht y del genial Julio Carmona Reque, y muy al modo de las preciosas décimas de don Nicomedes -sin obviar las cumananas del sufrido populorum- con una multitud desconcertada de curiosos no lectores de poesía, se juntaban y rejuntaban. Los Fer, los diferentes Fer, coincidían, y peligrosamente se juntaban.

Y unos, pirulos y manoplas en mano, decían: -Pero, ¿de qué intrusos se trata? ¿Nazis o fascistas? ¿Qué hacen aquí? ¿A quién hay que patearle el hígado? ¿Quiénes son estos gusanos?

Y otros, los troskos, lectores de amplitud modulada: -Son poetas, camarada.

Hasta que los del Patio de Letras, los tukuyrikuy -luego de espiarlos bajar del auto de Eneas Marruel y aproximarse desde lo lejos, por la vereda, que llegaban a los peldaños de las puertas del Patio-, entendieron. Y los lectores, troskos y nacionalistas más avispados comprendieron. Estos poetas no eran cualquier cosa. Se trataba de dos cumbres geniales que deslumbraban por los escándalos. Jorge Pimentel y Enrique Verástegui. Poetas jijunas con los testículos bien puestos, que armaban hermosas broncas y recitales a donde puta fueran, se le oyó por ahí a Quique Sánchez. Horazeros. Dos buldócer de la palabra, las teorías poéticas y de la poesía escrita incitando hacia una praxis revolucionaria, contra la rancia poesía de corte burgués y hecha por niñitos bien como Toño Cisneros o el San Bernardo Lauer, tal como lo anunciaban en Palabras Urgentes, el manifiesto inaugural de Hora Zero y que apoyaban los furibundos cancerberos y críticos Poetas de la Revista Estación Reunida -solo que ahora sin Pepe Rosas Ribeyro por haber sido deportado a México por la dictadura velasquista, sin María Emilia Cornejo, sin el gran Elqui Burgos ni Óscar Málaga ni el periodista y poeta de El Sol es también un puño enorme, Maynor Freyre -de armas tomar, gitano de retos, prodigiosos puños y cabezazos certeros en pleitos donde todo valía pero sin despeinarse-. Charo Arroyo, Rosina Valcárcel, ni Ana María Mur la beligerante y por demás hermosa poeta de aires gitanos que solo mataba con el clavel de su mirada-, quienes sobre yunque y martillazo demolían la poesía de hoy, desde Chile y Perú hasta Venezuela, México y la zona francesa del Caribe. ¡Y bien por ellos!, decían algunos. ¿Y por qué bien?, otros.

Y éste sería Recital tumultuoso y explosivo, por tra­tarse de dos gallos internacionales y que de cumplirse, reafirmarían sus glorias ante la América y el mundo de Poesía castellana. Y solo faltaban unos cincuenta metros para encontrarse al pie de los dos peldaños que daban al Patio. Poetas a quienes los escudaban retadores, como los fosfóricos estruendos de los tambores de Miriam Makceba, sus Manifiestos y las propuestas ideológicas -ceñidos a las consignas de Juan Ramírez Ruiz, Carlos Marx, Engels, José Carlos Mariátegui, Vallejo- que para muestra: ahí estaba la furia de sus poemas, en Enrique Verástcgui: «Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas c ideas vacías y la tristeza visitándolos en los manicomios. Y vi también a muchos gritando por más fuego...».

Ahí los planteamientos rotundos, la claridad cerebral y los cojones de toro bien puestos, para imponer sus lineamientos en la poesía futura. Y estos eran, ahora que se los veía más cerca, los poetas abanderados del colectivo Hora Zero. Hasta que, a medio camino, volteó a abrazarlos, algo medroso, Luis Alberto Castillo, por darles fuerza y aliento -lógicamente, por la posible gresca, la probable celada y el ajusticiamiento y linchamiento poético popular que se le avecinaba, a medida que se acercaban al Patio-; pues, justamente, se oyó a unos diez metros:

-¡Fuera poetas del pro imperialismo yankee! ¡Fuera Sinamos, cagones...! -El chillido de la Jujú Caremona, cuándo no la zamba Jujú revoltosa.

-¡Linchar a los traidores del pueblo! -A Jaime Guadalupe Pedregoso, viéndolos aún aproximarse a la distancia.

-¡Colgarlos como a perros, carajo! -De nuevo la Jujú Caremona, roja la cara huesuda, demencial y combativa, en defensa de los intereses del pueblo universitario-. ¡Mueran los poetas anti revolucionarios y diletantes cavernarios del pro imperialismo yankee!

Los del Fer, advertidos por los tukuyrikuy -los correveidile- de todo partido político, se habían movilizado y ahora como hienas hambrientas, a punto de írseles encima, merodeaban desde lejos a los Poetas, quienes caballos altivos, orgullosos de ser Poetas lucidos revolucionarios ante el mundo neocapitalista, como si no fuese con ellos, continuaban el paso marcial ahora con el Poeta Luís Alberto Castillo adelante, adalid abanderado, encaminándose aún por las orillas del largo bosquecillo de Letras, hacia las cortas escalerillas -ya muy cerca, ahí nomás- que daban al Patio de Letras. Caballos crinudos, armando ya el escándalo presentido en la visionaria Balada de un caballo de Jorge Pimentel. «Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión sobre las traseras...» Pero, ¡cómo se olía a juicio popular! Porque los esperaban. El Patio y el Fer y los Fer, enloquecidos entre tamborcillos y antaras medievales festivas, los esperaban, todo mundo los esperaba; como que, más allá de este juicio, todavía vendría algo inimaginable.

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* Fragmento de Molotov Suit en el Patio de Letras, novela  -aún inédita- del escritor peruano Cronwell Jara Jiménez.

martes, 27 de agosto de 2019

“LA DIVINA HOGUERA”, DE BERNARDO RAFAEL ÁLVAREZ / Por: Juan Carlos Lázaro



Bernardo Rafael Álvarez publicó su primer libro apenas cumplidos los veinte años, cuando salía de la adolescencia e ingresaba a su primera juventud. Esto aconteció en 1974 y el libro se tituló Aproximaciones & conversaciones, el cual es -por su retórica, estilo y temas- una nítida muestra de la poética juvenil peruana de esa época. Estoy hablando, pues, de los años setenta, los años de la revolución velasquista, del ascenso tras bastidores de una izquierda no alineada con el comunismo soviético y del influjo anarquista de la revuelta estudiantil francesa de mayo de 1968. Con este trasfondo nacional e internacional de una época que postulaba cambios y reformas radicales en todos los órdenes de la vida, surgía en el Perú una nueva generación poética, iconoclasta hasta la médula, desafecta al legado de sus antecesores y cargada con la iracundia del que está contra todo.

En esta época y dentro de esta atmósfera social y cultural conocí a Bernardo. Desde el primer momento de nuestra amistad se entabló entre nosotros una gran empatía que alguna vez nos llevó a intentar algunas empresas del más desaforado radicalismo poético que felizmente no prosperaron. También nos dimos a la tarea de cultivar las malas maneras, a la vez que nos empeñábamos en inventar una escritura hecha a golpe de extraños símbolos tipográficos. Pero la gran piedra filosofal de estos juegos y experimentalismos fue el conocimiento de la técnica del coloquialismo eliotiano que, asimilada a nuestra lengua, tradición y cultura, y sobre todo a nuestro tiempo, nos permitía poetizar sobre las ruinas, la pobreza y la mugre de un país persistente en el fracaso que no conseguía hallar la ruta de su destino.

Tras esta intensa experiencia vital y poética, Bernardo calló. Sólo 25 años después entregó Dispersión de cuervos, fechado en 1999, al final del siglo XX, en el cual las malas maneras de aquella lejana juventud se habían transformado en lenguaje poético de intensa emoción lírica. La maduración del poeta era notable y el propósito de sus experimentos también. Aquí aparece Kafka, recurrente interlocutor o transfiguración del poeta, a quien interpela para lanzar su insolente desafío: “¿Quién se atreve a amar la carroña que nos envuelve?”, o para revelarnos los claroscuros de una “ciudad cubierta de estiércol”. En adelante, la poesía de Bernardo se desplegará como un circuito expresionista con el fin de introducirnos en los reinos del delirio y del hedor, metáforas de un mundo que sucumbe entre la mentira y la corrupción.

Toro de trapo y algunas otras deudas, del 2003, y Los bajos fondos del cielo, del 2007, son dos nuevas colecciones de poemas que siguen la senda ya trazada, pero donde también se deja escuchar cierto eco de la voz espectral de Vallejo imprecando contra la arbitrariedad y los abusos sociales. Entonces dirá: “Dígame señor alcalde quién / recicla imprudentemente / sus sueños / en la berma central del itinerario // Yo también soy un reciclado / prosaico / coloquial / culterano / barroco / y todo lo contrario”. A estas alturas de su itinerario ya se puede constatar que Bernardo, como ningún otro autor en la tradición poética peruana, ha conseguido hacer del hedor, la mugre, los deshechos y las vísceras temas de altas formas líricas: “Nos comeremos las uñas / Con la ansiedad corrosiva del orín: / La esperanza que no se dobla / Y una letrina que no sabe de indulgencias ni / Ordenanzas municipales”. Y es que a decir de este aeda, “en los ojos y en las tripas descansa el poema”.

La divina hoguera es su poemario más reciente, no está fechado, y aparece en esta selección como una de las secciones más breves pero no menos sorprendente. De los seis poemas que presenta cabe destacar el titulado “Cielo raso”, de corte confesional, que no es sino la autobiografía interior del autor. Acerca del motivo más importante de su vida, dice:

Pero mi obsesión eres tú
Poesía desnuda poesía calata
Mentira desgarrada y culposa
Hecha de esquina y algodón
Estar en algo
¿En algas?
(Un poema no se come pero calma la sed)

Tal es, en breves y rápidas pinceladas, la poesía que recoge este hermoso e importante libro editado por el Fondo Editorial Cultura Peruana. En estos poemas intensos y desgarrados, autor y lectores practicaremos el necesario exorcismo contra la mentira y la corrupción que corroen nuestra época a través de las metáforas de lo sucio, lo pútrido y lo hediondo construidas con maestría por Bernardo Rafael Álvarez.
Miraflores, 23 de agosto del 2019

martes, 20 de agosto de 2019

EL CRIMEN LÍRICO DE BERNARDO RAFAEL ÁLVAREZ


Por: Tulio Mora



Miembro del Movimiento Hora Zero, Bernardo Álvarez publicó hace 25 años, "Aproximaciones & conversaciones", dominado aún por el discurso urbano con una prédica ideológica ahora extraviada. Con "Dispersión de cuervos", su segundo libro, alude, desde el cuadro de Van Gogh donde negras parvadas presagiosas revuelan en un campo de trigo, a una época en que la violencia externa se traduce en una escritura del cuerpo. Cuervos, trigales: el escenario rural en el que Álvarez transcribe con un gran sentido renovado.



El el primer poema del impresionante libro de Bernardo Rafael Álvarez, "Dispersión de cuervos" (Hipocampo Editores, 60pp, con ilustraciones de Carlos Ostolaza), K (Kafka), nos encontramos con Prometeo picoteado por un buitre, no en el hígado sino en los pies. El robador de la luz divina es al mismo tiempo el dios egipcio de la sombra, Jus, o tal vez, Juan Hus, y Kafka en el tránsito de convertir a Gregorio Samsa en escarabajo. En el escenario urbano, del que brotan "apio y aceite", Prometeo descubre que "el viento no se apiadará de mí: caparazón, insecto gigante".  



El mundo se ha convertido en excremento que rueda a voluntad del escarabajo kafkiano, donde "nada acontece". Prometeo, luego Jus, luego escarabajo, luego pirámide, luego Gregorio Samsa, se transforma en Hamlet en su célebre franz: "corpses are set to banquet": "los cadáveres se preparan para el banquete"". La ciudad tiene "un cielo de hojalata", es un "espejo turbio" en el que resuenan el viento y las ranas "y el agua se entrevera en las totoras". Allí resuena también Raymond Roussell: "Yo escucho los llamados de un mundo que se niega". "¿Quién se atreve a amar la carroña que nos envuelve?", se pregunta Hamlet, pero quien responde al final del poema es Prometeo: "¡Franz, Franz, no hace falta: el buitre/ se ha suicidado en mi garganta!".



Desde el primer poema Álvarez nos instala pues en un mundo deconstruido, múltiple, omnivoraz. Su constante referencia al exterior nos hace suponer que el sufridor de los rigores históricos tiene una relación implícita con ella, pero el mundo no se ha invertido simétricamente, como en el Pachakuti andino, sino que se ha promiscuido, es una evacuación (un excremento) de representaciones del mismo nivel; seres humanos, insectos, escenarios se han convertido en uno solo mostrando en esa unidad los fragmentos espantosos de su origen inicial. La historia trágica de Occidente -desde Prometeo a Kafka- se sufre en un pueblo del Perú.



A partir de esta aproximación a un libro esquivo, inasible, podemos intentar capturar parte de lo que ha pretendido Álvarez: la puesta en escena de un cuerpo sometido a las pulsiones sociohistóricas. Esta poética del cuerpo (del bajo cuerpo, de sus "vilezas") tiene como referentes claves a Antonin Artaud y a César Vallejo: la reducción  del mundo al universo de una personal fisiología que colisiona abiertamente con la estética noble dominante: la que instaura el sentido de la belleza corporal y moral (la inteligencia y el corazón); a su vez es el discurso individual (microdiscurso) que se opone al discurso del poder (el macrodiscurso), en el que la historia no pasa  por la memoria individual, sino por la representación histórica de lo colectivo que encarna precisamente el poder: "encontré que la ulceración luética alienta la/ caridad y la náusea en el cáliz ortigoso del poder" (Gaggraina).



Mocos, escupitajos, semen: el yo que se manifiesta a través de una escritura violentada. No hay más poética que la evacuación porque, como la ciudad, la pudrición es todo el arte que podemos expresar. Con un futuro "garabateado y sin eje" ("Desayuno en el parque"), Noé construye un arca de estera y palos en un pueblo joven, donde conviven perros, ratas, cucarachas y pulgas con coliformes fecales. El ocho echado del infinito, nuestra voluntad de trascendencia, son hojas sin razón de ser.



Esta crispación y humor macabro de Álvarez -en ningún momento renuncia a ordenar sus referentes textuales- es una "máquina salvaje", según la definición de Félix Guattari y Gilles Deleuze, que  funda su estética en la hediondez. El poeta: segregador de una palabra (que es simultáneamente vida y pecado) "omnívora alimentándose como caníbal".



Parafraseando a Barthes agregaremos que las referencias de esta poética se hallan al nivel de una biología que sólo puede transmitir balbuceos, fracturas semánticas, neologismos y fragmentaciones de la unidad como respuesta a su entorno. Álvarez lo ha logrado plenamente en "Dispersión de cuervos", dejándonos un descarnado ejemplo de la poética horazeriana y uno de los mejores libros de este año.  


(Diario CAMBIO, Lima 30 de Mayo de 1999)

sábado, 13 de julio de 2019

¿ARGUEDAS INDIGENISTA?*



José María Arguedas dijo alguna vez: "Cuando llegué a la universidad leí los libros en los cuales se intentaba describir a la población indígena, me sentí tan indignado que consideré que era indispensable hacer un esfuerzo por describir al hombre andino, tal y como yo lo había conocido".

Y, efectivamente, eso es lo que hizo, tanto en su obra literaria como en sus trabajos antropológicos: trató, esforzándose, de  describir al hombre andino, tal y como lo había conocido. (¿Recuerdan? Es lo que quiso demostrar -en el terreno literario-, infructuosamente, en la Mesa Redonda del 23 de junio de 1965, con su novela "Todas las sangres").

Aunque dicen que él lo negaba, lo cierto es que, sí, sí fue indigenista.

Quien se ocupa -con especial atención, con amor y apego- de estudiar a los pueblos indígenas no es hispanista, judaísta, u otra cosa, sino esto, así de sencillo: indigenista. Eso es lo que fue nuestro taita José María: un blanco que estudió lo indígena, con una pasión y cariño extraordinarios, y no desde fuera; pues se adentró íntimamente y no solo identificándose, sino involucrándose plenamente y siendo parte casi connatural de esa realidad.

¿Ser indigenista es, acaso, algo reprobable? ¿Ser o llamarse indigenista es ofensivo, tal vez, o motivo de vergüenza? No, definitivamente, no lo es. No tiene nada de peyorativo.

Otra cosa. ¿Acaso en el hecho de ser indigenista -como lo fue Arguedas- hay propósitos "paternalistas" o de sobreprotección respecto de los indígenas? ¿Ser indigenista es ver al indígena como integrante de una "raza inferior"? No ¿Indigenismo es sinónimo de paternalismo? No, no y no.

Echemos, ligeramente, mano a la semántica. Veamos. El sufijo "-ismo" es un elemento que agregado a ciertos sustantivos les da cualquiera de estos significados: doctrina, sistema, escuela, movimiento; actitud, tendencia, cualidad.

Puede que haya habido estudiosos que al ocuparse del indígena lo hubieran hecho con sentimiento paternal o de protección (de hecho, los hubo), pero eso no tiene por qué ser razón para creer que el indigenismo, como movimiento o -sobre todo- como tendencia, tenga que ser, en sí mismo, paternalista o proteccionista. Marcel Bataillon fue un hispanista, y Roland Forgues es un peruanista muy querido: ¿el autor de "Estudios sobre Bartolomé de las Casas", miró a la cultura española con sentimiento paternal o de protección? ¿Roland, autor de "Mariátegui: la utopía realizable", hace lo mismo respecto del Perú? No. Entonces, ¿por qué, cuando los estudios se refieren a la población indígena, sí debemos entender que lo que mueve a quienes lo hacen son sentimientos de "perversa protección" y hasta, digamos, de "racismo"? Es increíble, pero hay quienes creen que es así: hace poco escuché a un antropólogo que hablaba del indigenismo como "invención del racismo". Absurdo. Injusto. ¿Acaso existe un medio indiscreto complejo de inferioridad? No hay razón.[1] 

Respecto del indigenismo literario se dice que este "producía una distancia entre el narrador y el mundo representado" y que presentaba al indio con una "marca de subordinación e inferioridad.[2] Es cierto: existió esa laya de indigenismo o -hablando en rigor- hubo indigenistas que hicieron eso. Su visión incluso llegó a ser -como escribió Vargas Llosa- "a menudo caricatural, a veces risible", porque era una visión "más bien fantaseosa (¡sic!) que fundada en la experiencia"[3]  . Pero no es esa una característica esencial ni absoluta del indigenismo como tendencia.[4]  Podemos hablar, en realidad, de varios indigenismos. Arguedas quiso hacer -e hizo- otra de, porque él conocía esa realidad más cercanamente, porque había vivido, desde su infancia, dentro de ella.

Dicen -repito- que José María Arguedas Altamirano no aceptaba ser indigenista, puesto que no miraba al indio desde fuera, "porque él era indígena". ¿Está probado que el autor de "Los ríos profundos", pertenecía a la "raza originaria"? No. Esa afirmación, movida por estímulos pasionales, es falaz.

Arguedas fue, pues, un indigenista desde dentro, porque conoció la realidad indígena por experiencia vivida y no porque la haya visto desde fuera como otros. Porque la vivió. Pero no podemos afirmar que su literatura sea indígena, porque él no fue indígena, pues, ¿o sí? La realidad indígena la vivió, porque fue empujado a esa realidad: “… me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio”, dijo; y fue “Contagiado para siempre de los cantos y los mitos”.[5] Pero no fue indígena. (Ser o no ser indígena, no es un asunto de deseos, de voluntad, ni de decretos; no es, tampoco, un asunto de "nacionalidad": uno no se nacionaliza indígena. Se nace, no se hace).


                                             © Bernardo Rafael Álvarez


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[1] Precisamente, al escuchar al antropólogo afirmar tal cosa, en la Casa Museo Mariategui, quise intervenir con alguna pregunta y comentario, pero a pesar de mi insistencia, la persona a cargo del evento no me dio la oportunidad.
[2] Fernando Rivera: “El indio no es un indio: el indigenismo y la narrativa de Arguedas”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año 36, N° 12 (2010).
[3] Mario Vargas Llosa: “La utopía arcaica”. Fondo de Cultura Económica, 1996.
[4] En todo caso, si de poner en entredicho al indígenas son se trata, esto sería válido respecto del llamado "Movimiento Indigenista", pero no del indigenismo, repito, como tendencia o actitud 
[5] José María Arguedas. “No soy un aculturado”. Discurso en el acto de entrega del premio “Inca Garcilaso de la Vega” (octubre de 1968).

martes, 9 de julio de 2019

¿"LIBRO", EN QUECHUA SERÍA "MAYTU"?*




Traducir es cosa seria, pues. Aquí unas reflexiones mías, por las que anticipadamente pido disculpas, ya que tal vez resulten osadas e imprudentes (y porque, además, yo no sé nada de quechua):


En el Vocabulario de la Lengua Quechua, de Diego Gonzalez Holguín (1608), aparece lo siguiente (lo transcribo sin variaciones): "Mayttu. Emboltorio, o manojo &c // Mayttuni. Emboluer, liar, o hazer manojo de algo. // Mayttururu maytuyuyu. Emboltorio. Para presentar de fruta o yeruas”.




En Pastaza, "maytu" es la también llamada "patarashca". Y así aparece precisamente en el "Vocabulario Quechua del Pastaza", editado por el Instituto Lingüístico de Verano: "patarashca (una comida de pescado envuelto en hojas)".



En la página PERUEDUCA/ Sistema digital para el Aprendizaje, encuentro la siguiente frase en quechua: "LLamkana maytu: Yupana 1 Pulla yachakushum", traducida al castellano de este modo: "Cuaderno de trabajo Quechua Inkawasi: Matemática 1 Grado". Es decir, "Llamkana maytu" como "cuaderno (o libro) de trabajo".


González Holguín: "Llamccancca, o llanccana. Las obras que se han de hacer". En una palabra: "trabajo".



Como sabemos, antes de la llegada de los españoles, en esta parte del planeta no se conocían los libros y, como tal, era imposible que existiese una palabra en quechua para nombrarlos. Lo que algunos científicos han considerado como sistemas de escritura prehispánicos son los tocapus (figuras geométricas, en tejidos, o pintados en vasijas)  y las quilcas (pictogramas, petroglifos o marcas culturales sobre rocas). Pero, repito, no hubo libros propiamente dichos). 


Y, en efecto, al no haber, en nuestra lengua nativa, una palabra que lo nombrara, al llegar los volúmenes impresos a esta parte del Continente, lo que tuvo que hacerse fue emplear, sin más ni más, el vocablo español. Y así lo registra González Holguín: "Libro escrito de mano. Qquellccascca qquellcaycuscca libro".


Bien. Empleando la lengua de los incas, qué podríamos hacer, en los tiempos actuales,  para referirnos a ese maravilloso objeto de papel que encierra sobre todo conocimientos, sabiduría, y que nuestros remotos antepasados no conocían? ¿Cómo traduciríamos la palabra “libro” al quechua? Difícil tarea.



No sé a quién se le ha ocurrido (en el Ministerio de Educación o sabe Dios dónde) emplear, por primera vez, el término quechua "maytu" para designar, en la lengua de los incas, al libro o cuaderno (que, en buena cuenta, son lo mismo). Pero yo (aunque sé que lo que voy a decir puede ser cuestionable o, de hecho, cuestionado por algunos) debo decir que a mí me parece acertado el que se haya hecho esa traducción que –creo que es obvio- ha tenido en cuenta lo que es una suerte de analogía entre lo que significa “maytu”, especialmente en el Pastaza (el envoltorio de un alimento, o “una comida de pescado envuelto en hojas”) y lo que esencialmente es un libro: "manojo" o "envoltorio" de conocimientos, de “alimento espiritual”.


      ¿Debió ser otra la palabra quechua para designar al libro? Probablemente, pero yo no sé cuál. ¿O es que acaso lo más conveniente hubiera sido que ocurriese lo mismo que pasa, por ejemplo, con la palabra “cuerpo” que, según veo en un diccionario (castellano-quechua), está “traducida” como “kwirpu”? ¿O sea, en el caso de “libro”, cambiar solo una vocal, para que se convierta en “libru”, tal vez? Eso (es mi modesta y atrevida opinión) sería de mal gusto.


     La Academia Mayor de la Lengua Quechua, de la mano con el Gobierno Regional del Cusco, publicó el año 2005, el DICCIONARIO Quechua-Español-Quechua, título traducido de este modo: QHESWA - ESPAÑOL - QHESWA SIMI TAQE. Es evidente -creo yo- que la traducción del vocablo "diccionario" como "simi taqe", en quechua, se ha hecho tomando por analogía lo que significa "taque" en español: "Troj", que es el "Espacio limitado por tabiques para guardar frutos y especialmente cereales"; que es lo mismo que encontramos en el Vocabulario de González Holguín; "Taqque. la trox de paja sin barro. Taquetaque purini, o taque taquella yr muchos a la par a las parejas o al lado vnos de otros, o en hila derechos, o en ala y no detrás"; y, bueno, también en el referido Diccionario de la Academia Mayor: "taqe. s. Depósito tejido de tallos flexibles entrelazados, de forma rectangular o cilíndrica, utilizado para guardar productos agrícolas". En pocas palabras, Diccionario: "simi taque" como almacén o depósito del idioma, de las palabras, que son alimento. (Se ha hecho, supongo, pensando desde dentro, ¿no?).



(Repito: me parece acertada la traducción referida, respecto del vocablo libro (lo hecho por la Academia Mayor de la Lengua Quechua, al nombrar al diccionario como "simi taque", abona a favor de lo dicho. Sin embargo, para evitar confusiones, tal vez hubiera sido mejor que, antes de usar el término "maytu", se hubiesen dado las explicaciones pertinentes, ¿verdad?).




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*Hace unas semanas le prometí escribir sobre este tema a mi amigo, pero ocupaciones y malestares me lo impidieron; hace un rato -al ver que Fredy volvió a tocar el asunto- recordé la promesa, y no me quedó más que coger la Laptop y, apurado, ponerme a escribir.