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miércoles, 16 de junio de 2021

SOBRE HORA ZERO Y LOS INFRARREALISTAS: DIALOG0 EN LA RED*

 


Bernardo Rafael Álvarez

LAS ARMAS MOLIDAS: "No solo representa el punto culminante del desenfreno creador de Juan Ramírez Ruiz, es decir, el producto más elevado de una verdadera orgía de trabajo protagonizado por el luminoso habitante de aquel casi oscuro 444 del jirón Ancash (donde vivió durante un gran número de años). Es también la rigurosa realización del proyecto llamado Hora Zero (...) "Por su afán totalizador y su propuesta de un nuevo lenguaje como cabal signo de ruptura."

 

Juan Luis Dammert Egoaguirre

¿Cómo llegó JRR al 444 de Ancash? ¿Quién le pasó el cuarto? Muchos llegaron después.

 

Juan Luis Dammert Egoaguirre

Tibio, tibio, pero probablemente cierto. El que vivía ahí primero era José Cerna, y le dejó el sitio a JRR. Mucha poesía circuló por ahí, se pensó, se vivió. Hasta ahora no he leído Las Armas Molidas. Será motivo. No tengo el libro, lo buscaré.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Supe que los propietarios del edificio eran chiclayanos, paisanos de Juan; probablemente llegó gracias a ese nexo. Cuando lo conocí, allí también vivía José Cerna. Y uno de los extraños habitantes allí era uno al que le decían "Cara de buque". Era el punto de encuentro, de conversación, de aprendizaje de muchos. Íbamos muchos, realmente: Juan Carlos Lázaro, Guillermo Mercado, Rubén Urbizagástegui, Ricardo Oré, Alberto Colán, Elías Durand. Un día de aquellos años locos, llegó Joseantonio Suárez, fundador con Mario Santiago, de "Zarazo", la revista inspirada en Hora Zero que fue el primer paso para que después apareciese el Movimiento Infrarrealista con Roberto Bolaño y los demás. Allí, en Ancash 444, fue donde prácticamente se gestó la internacionalización del Movimiento fundado por Juan y Jorge Pimentel.

 

Enrique Sánchez Hernani

Cierto. Yo también fui algunas veces a ese cuarto, que era como entrar a una gruta (no se veía nada) y luego de abrir la puerta desde fuera, metiendo la mano por un cristal roto. No sabía que antes estuviese allí José Cerna. A José, pataza, lo visitaba en su departamento del edificio de la cuadra 17 de la avenida Arequipa, que tenía un ascensor de espanto. Allí vivía con Elías Durand.

 

Tulio Mora Gago

No sabía que Joseantonio Súarez hubiese estado en Lima, Bernardo, al menos no lo dice en su crónica que aparece en la antología nuestra. Lo que dice es que tuvieron correspondencia que hemos publicado. Sé también por Raúl Silva que han encontrado la correspondencia entre Mario Santiago y Juan y me pidió que lo prologara. No me ha llegado aún su respuesta.

 

Fredy Roncalla

Gran amigo y siempre recordado poeta. Cada vez en Lima aun paso por el jirón Ancash antes de transcurrir por el centro. Un ritual que lleva décadas pero dentro de una gran ausencia. Visitar al poeta en

 

Bernardo Rafael Álvarez

En realidad, José Cerna llegó después al 444, y se fue luego a la cuadra 17 de la avenida Arequipa, donde también vivía Elías Durand, con sus discos. Joseantonio Suárez llegó con su pareja (creo que se llama Josefa, no recuerdo bien); con ellos dos caminamos por el centro de Lima, Juan, Jorge Pimentel y yo. En aquella época era el más notorio de la gente de Zarazo; en buena cuenta el conductor. Mario Santiago, como todos sabemos, el más "loco" por lo imaginativo, irreverente e "inconsiderado". Recuerdo, entre otras cosas, que Joseantonio nos hablaba de Octavio Paz y de su disposición a rotular a los poetas jóvenes comparándolos con los más conocidos; nos contó, por ejemplo, que a un joven mexicano que se le acercó a mostrarle su poesía le dijo tajantamente: "Tú escribes como Hinostroza". Allí, en el portón del edificio, uno de los tantísimos días que fui a visitar a Juan, me enteré de la muerte del otro Juan (Ojeda); había allí una notita escrita creo que por Jorge, dándole a JRR la mala noticia. Nos fuimos al cementerio.

 

Tulio Mora Gago

Qué extraño que Joseantonio no haya evocado ese recuerdo tan importante en su crónica que está en la antología. Le preguntaré por qué lo omitió. Porque lo que dice es que él regresó de Brasil a México y se conoció con Mario Santiago en la UNAM, en un taller de poesía que dirigía Juan Bañuelos. Yo conocí a este poeta, era de Oaxaca y formaba parte del grupo "La espiga amotinada", poetas de denuncia social pero con onda coloquialista (tipo Cisneros o Hinostroza, porque a Bañuelos, por ejemplo, le encantaba Saint John Perse) que tuvieron algún protagonismo en el movimiento estudiantil que concluyó con la matanza de Tlatelolco (1968). Más tarde (ya estamos hablando cuando yo estuve allá) ellos dirigirían la revista "Vuelta", luego que Paz la dejó. Fue a Bañuelos que Mario Santiago le pidió que renunciara a ser el director del taller porque consideraba que no conocía de poesía. Y en esas circunstancias, según escribe Chepetoño, es que Mario Santiago le mostró los libros de JRR y de Jorge y decidieron sacar la revista Zarazo, contactándose por carta con Juanito. Bueno, allí están las cartas publicadas. Chepetoño agrega que viajó de nuevo (esta vez a Portugal, a la revolución de los claveles) y que Mario conoció a Bolaño con el que formó el infrarrealismo. El resto es historia conocida.


Bernardo Rafael Álvarez

A mí también me parece extraño. Leyendo su texto cualquiera puede entender que la amistad que mantuvo con Juan se dio únicamente a través de la correspondencia epistolar. Joseantonio llegó al Perú en 1974, no recuerdo en qué mes, pero estoy seguro de que no fue antes de abril; lo digo porque vino después de que yo publicara, en enero de ese año, mi librito "Aproximaciones..." y que en abril recibiera carta de Mario Santiago anunciándome que estaban por sacar el segundo número de Zarazo en el que pensaban publicar algún poema mío. Ese número de Zarazo (que habría sido el 1, porque el anterior fue el "0") nunca llegó a salir. Es muy significativo y simbólico esto: el número "cero", como un homenaje -voluntario o no- al Movimiento que les inspiró, Hora Zero. La visita de Joseantonio se dio cuando ya estaba aquí Jorge Pimentel, que había regresado de España con su hermoso "Ave Soul". Vino, como ya lo dije, con su compañera, y usaba una especie de morral de cuero. Tomamos unas cervezas en un lugar por el jirón Azángaro y, claro, él pagó la cuenta. En aquella época aún no pensaban en el Infrarrealismo, pero su espíritu compatibilizaba con el furor creativo e iconoclasta de los poetas de Hora Zero cuya poesía los acicateó. Lo sabemos nosotros, lo reconocieron ellos y Roberto Bolaño lo dijo rotundamente.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Entre otras cosas, en la carta que me envió Mario Santiago en abril de 1974 (tres fragmentos acabo de publicarlos como foto) se refiere a Joseantonio Suárez así, textualmente: "El Maestro joseantonio anda de excursión (A ver qué ONDAS) por centroamérica / & debe acuatizar en esta gelatina sin cuajar, en unas cuantas lunas más/". Da enseguida una explicación acerca del nombre elegido por ellos para esa parte de nuestro Continente: "'Cretinoamérica' es una Expresión de reconocimiento, de identidad autocrítica / cínica (quizás) pero neta / al Grano / Que nos inmiscuye en una u otra forma a todos los nativos de estas agrias licuadoras latinoamericanas..." La carta se despide con muestras medio exageradas de euforia: "BESITOS A TODAS-TODITITAS-TODANAS las chavalas peruanas (...) Un fuerte abrazo de patas para ti & tu tribu, tu cuate Mario Santiago (Capricornio 1953)/ & demás copilotos nave ZARAZO/ paseando ya violentamente lúcidos..."

 

Juan Luis Dammert Egoaguirre

Alguna vez me contó José Cerna de Ancash 444. Cuando el cayó por ahí, los dueños eran unos -más que chiclayanos-, trujillanos. El pata no era Cara de Buque sino Perfil de Buque. En una ocasión que José se fue a Trujillo, le dejó por un mes el tocuar a Juan y a su hermano. JRR venia de una temporada brava de dormir en carros de playas de estacionamiento, y desde ahí se empezó a quedar en ese sacha INC, a ejercer el oficio de la poesía.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Claro, "Perfil de buque". Creo que él era hijo de los dueños.

 

Juan Luis Dammert Egoaguirre

Y su amá, "Coja Pasión"

 

Tulio Mora Gago

Habrá que hacer un segundo volumen de "Los broches mayores del sonido" para recoger estos nuevos testimonios. ¿Por qué no publicas la carta entera de Mario, Bernardo, para que todos disfrutemos de uno de sus primeros contactos con la poesía horazeriana?

 

Juan Luis Dammert Egoaguirre

José Cerna, (que tiene tb cuenta en fb) me dice, para precisar fechas: "el jato de la Arekipay estaba en la 18

Llegué a Ancash 444 una tarde de abril de 1972, que andaba caminando buscando tocuar en el centro, y me encontré con Manganzón (el dorima de Coja Pasión) ahí en la esquina de Awankay y Ankash, y le pregunté si sabía de algún alquiler por ahí, y dijo sí, tengo algo que tienes que ver, etc.

Juan y José deben haber llegado como en octubre-nov del 72

yo me fui a la Arekepay en set del 73, en buena medida porque ya mucha gente yegaba a la Ankash...,

 

Bernardo Rafael Álvarez

Precisiones que hacían falta.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Puse unos fragmentos, porque tuve que salir temprano y además porque se demoraba esta máquina. Voy a publicarla toda, transcrita con los símbolos y los caprichos visuales de Mario Santiago. Es importante esta carta no solo como testimonio de la relación de la gente de Hora Zero con los cuates mexicanos, sino también por la carta en sí misma: la manera cómo la construyó.

 

Tulio Mora Gago

Bernardo, esos fragmentos de la carta son increíbles y esperamos con ansiedad que publiques la carta entera. Es una pieza valiosa para nosotros, como bien sabes. Por otro lado, consulté con Jorge Pimentel y él me dice que no recuerda haber conocido a Joseantonio Suárez y menos haber hablado con él sobre HZ. Lo asegura porque agrega que un dato como formar un movimiento internacional no lo hubiera olvidado nunca y me lo hubiera contado mientras escribía el prólogo. He releído también el artículo de Chepetoño y en ningún momento menciona que pasó por el Perú, sino por Brasil, Venezuela, Colombia y Centroamérica. En este caso también, tratándose de cartas intercambiadas entre JRR y Mario Santiago, es extraño que él no recuerde en su crónica que haya visitado el Perú cuando para cualquiera que escribe sobre esa relación este era un dato fundamental. Asimismo, siguiendo su crónica, la revista Zarazo salió el año 74 en México y se envió a Lima a JRR. El mismo lo sostiene en la carta que publicamos y no que lo presentó aquí en Lima. En resumen: tal vez te estás refiriendo a otro mexicano. Lo sabré con más precisión cuando le escriba a Raúl Silva y Joseantonio. Es verdad que los primeros intentos de internacionalizar a HZ tienen su primer contacto en ese intercambio epistolar entre Mario y JRR, pero la concreción de ese sueño se dio en 1975 cuando los infras fundan el infrarrealismo (y Chepetoño no forma parte del mismo porque ya estaba de viaje a Portugal), año en que José Rosas Ribeyro es expulsado del Perú a México por la dictadura militar, se hace amigo de los poetas jóvenes de ese país y participa de la fundación del infrarrealismo, y cuando Verástegui y Ollé viajan, gracias a la beca Guggenheim obtenida por el primero, al mismo país. Desde entonces la relación se hace muy fluida, Bolaño y Mario se integran, de algún modo a HZ y en esa condición participan de la redacción del 2º manifiesto que dio reanudación a HZ que, para ser francos, en 1974 ya no tenía vida orgánica. Y se hace más fuerte aun cuando yo viajo a México y establezco con Mario y los otros infras (ellos ya no tenían una vida orgánica por el viaje de Bolaño y Montané a Barcelona) una relación más que frecuente. Hay que investigar a profundidad este tema para no crear una visión confusa. Nos interesa mucho en la medida que nosotros somos los protagonistas y no investigadores ajenos al movimiento.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Claro, Tulio. Así se dio la internacionalización de Hora Zero. Yo solo dije que -como creo que también es cierto- que comenzó con la relación epistolar de los mexicanos con Juan Ramírez Ruiz; lo cual, además, es corroborado por las palabras de Mario Santiago y de Roberto Bolaño, y aunque H.Z. orgánicamente, digamos, ya no funcionaba, no hay que olvidar que (al menos eso es lo que yo vi) Juan y Jorge mantenían una cercanía armónica y conversaban y se reunían a veces (y allí estaba yo) incluso en la Plaza San Martín, hasta las diez u once de la noche; Pilar también estaba con nosotros. Y, es cierto, Zarazo llegó a Lima por correo, antes de que viniese Joseantonio. Él llegó, repito, con su mujer, una chica joven y guapa. Recuerdo muy bien (no creo que sea un delirio), que ellos, Juan, Jorge y yo íbamos por Carabaya (Azángaro no, en esto creo que me equivoqué), caminando y conversando y por allí entramos en un Café y tomamos unas cervezas. Un hecho anecdótico: como la vereda es angosta, delante iban Joseantonio con su compañera y Jorge, enseguida Juan y yo. Yo -lo confieso- me sentía feliz de andar con ellos y tal vez por ello, inconscientemente, caminaba golpeando los tacos en el piso; Juan, al darse cuenta de eso, me pidió que no lo hiciera porque, obviamente, resultaba algo antipático. Resulta extraño realmente que Joseantonio no lo cuente en su crónica y que Jorge lo haya olvidado. Voy a preguntarle a Juan Carlos Lázaro; es probable que él recuerde algo porque estoy casi seguro que él también llegó a conocerlo porque frecuentaba a Juan. Pero de que fue Joseantonio Suárez, no tengo ninguna duda. Me gustaría conversar con Jorge, a ver si hacemos memoria.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Caballero, nomás: al César lo que es del César. En lo que se refiere a Jorge, me equivoqué. ¡Tantos años han pasado, pues! Quien formaba parte también de la caminata por Lima no era Jorge, sino Juan Carlos Lázaro que estuvo en el grupo cuando tomamos las cervezas a las que me referí: y es probable que haya llegado también Rubén Urbizagástegui (de esto si no estoy seguro). Como muy bien recuerda igualmente Juanca (con quien acabo de conversar), Joseantonio usaba barba, y su visita a Lima se produjo en 1974. Ah, y la mujer de Joseantonio era, o es, Josefina. Los encuentros con Jorge se dieron en otros momentos, ya después, y allí estaba en más de una oportunidad Pilar. Pero, bueno, la pregunta se mantiene: ¿por qué Joseantonio no hace ninguna referencia a esto en su crónica? ¿Quizás porque el propósito de ese texto es únicamente dar a conocer cómo es que llegó a conocer a Mario Santiago, y lo demás -para el caso- es más o menos adjetivo o accesorio? El mismo Joseantonio lo sabe, y -supongo- él lo dirá en algún momento.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Van aclarándose las cosas, Tulio. Para reconstruir (o construir) la historia de Hora Zero. ¡Bacán!

 


Tulio Mora Gago

Bernardo: anoche me escribió Joseantonio y efectivamente confirma lo que escribiste. Él estuvo unos días en Lima en 1974 y recuerda nítidamente los encuentros con Juan y otros patas de HZ. Te transcribo la carta:

Apreciadísimo amigo,

Te saludo y ni sabes con cuánto gusto...

A través del Jefazo Silva, casi siempre estoy al tanto de ti y de todos los honorables peruanos que tienen que ver con nuestras ocupaciones y hasta con nuestras preocupaciones, a veces.

Con gran dicha me remonto cada vez que se toca, por cualquier razón, el tema de los horazerianos y de inmediato me sintonizo con el mundo aquel que pudo ser.

Para Mario Santiago y para mí, fue una revelación encender la mecha con el Perú por allá, en la década de los años setenta del siglo anterior.

Como has podido ver en lo poco de la correspondencia que se rescató, sobre aquellos pasajes: inauguramos una amistad importantísima con Juan Ramírez Ruiz, y luego de él -también de regreso, por supuesto- con los grandes "patas" de entonces.

Después coincidió que en seguimiento de las luces de Hora Zero, nosotros pensáramos en Zarazo como el eco del enorme golpe de energía que nos irradiaba su atrevimiento.

En efecto, como lo consigné en el "prólogo" a lo de Mario: haciendo saber que por el año 1972 o, 1973, yo había regresado de una larga gira -como hippie- de Sudamérica, con especial énfasis en Brasil.

Luego entablamos la amistad en lo de Juan Bañuelos; conocimos lo que hacían ustedes por allá; garrapateamos el Zarazo y, poco después, las fuerzas del destino me llevaron de regreso a mi tierra -Guadalajara, Jalisco- donde por la intervención de un formidable amigo -Juan Valencia- me dieron el cargo de "la literartura" en el Departamento de Bellas Artes del Estado.

A unos cuantos meses, jalé a Santiago al occidente. Allá trabajaban con nosotros, los poetas Carlos Próspero y Ricardo Castillo.

Por aquellos tiempos de 1974, me surgió la posibilidad de un viaje a varios países del sur: Perú, Argentina y Brasil, que realicé con la que entonces era mi esposa, Pepita Sabre Marroquín.

Se trató de una gira personal y por gusto, como enorme pretexto para encontrar a los amigos, comprar libros y llevar tal vez, algunos Zarazos; pero traer de regreso, todo el material posible para nuestras publicaciones.

El punto G de ese raid, fue estar con Juan en el Perú. En efecto, con la idea subyacente de hacer de HoraZero y de Zarazo una réplica latinoamericana. Eran las motivaciones esenciales: la poesía y la sublevación. Porque me parece que Juan y yo, vibrábamos más en esa onda, que el mismo Santiago o que Pimentel.

Por supuesto que hubo muchas reuniones y muchas cervezas. Por allí, también alguna plática o lectura de textos y hasta la presentación de nuestro periódico...

Claro que debió de haber estado Bernardo más de una vez con nosotros. Si yo no lo he mencionado con especial énfasis, es porque mi memoria tiene algo de teflón. Pero también, porque el centro de interés era el abate JRR, para fraguar los planes tanto y tanto acariciados -el arcipreste, lo llamaba Santiago-.

De manera, que hay concederle toda la verdad a lo que dice Bernardo; no sé cómo le hará para recordarlo y si hay modo, hazle saber de mi afecto y que, lo saludo con grande alegría. Lo que acabó de cerrar el hermetismo de aquel viaje hacia tu deslumbrante país, fue que Midori la compañera de Juan y Pepita, hicieron muy buenas migas, de manera que, allá andábamos los cuatro juntos para arriba y para abajo.

Las conversaciones entre el abate -o archipreste- y yo, se hacían interminables; era de madrugada y seguíamos en la guáguara. No sabes qué maravilla de experiencia. De hecho, regresé de ese periplo muy bien nutrido, tanto, que acá me tienes, como nuevo, a mis tiernos 65 noviembres.

Ya te lo has de figurar: más para conversar, siempre habrá. Ni pa´ qué te aburro...

Mejor, te esperaremos por estas tierras siempre, para echarle más agua a los frijoles y dedicarnos a vacilar un rato. Si no, en cualquier día por allá andaremos cayendo, para tomarnos muchas cervezas juntos...

Salúdame a lo que queda de la flota ¿De Pimentel, qué ha sido? A ver si cuentas.

Mientras que llega tu correo-E de retorno: te ruego que recibas un abrazo requete apretado.

Con enorme gusto, Mano.

De ti,

Joseantonio.

 

Tulio Mora Gago

Y esta ha sido mi respuesta: Es un gran placer recibir una carta tuya, querido Joseantonio, tan importante, porque siguen apareciendo novedades de nuestra ya larga hermandad literaria. En esas líneas tuyas, confirmando lo dicho por Bernardo, se perfilan nítidamente los originales contactos que se concretaron formalmente cuando se creó el infrarrealismo (1975) y los posteriores vínculos a través de antologías, revistas, manifiestos (en el 2º manifiesto que reactivó HZ, en 1977, hubo participación de Bolaño, Mario y Montané), artículos, cartas, viajes y sobre todo libros.

Te agradezco infinitamente esta precisión y por supuesto informaré de manera inmediata a Bernardo Álvarez, el único, creo, de los poetas de HZ de los que conociste entonces, que han permanecido en Perú. Los otros que menciona Bernardo, José Cerna, Rubén Urbizagástegui enseñan o trabajan en EEUU, y Juan Carlos Lázaro nunca fue de HZ.

Anoche le leí tu carta a Jorge Pimentel y efectivamente no recuerda haber participado de alguna reunión durante tu permanencia en Lima. Y es que él acababa de regresar de España y Alemania, donde se casó y estuvo un año (publicó allá su 2º libro, el más memorable de esa época "Ave Soul", recientemente reeditado). Sí recuerda que para entonces ya HZ estaba virtualmente en proceso de paralización y como es público entre él y Juan no había una relación armoniosa. Por ejemplo, durante su permanencia en España, intentó organizar con tres poetas jóvenes de ese país una base horazeriana, para lo cual pidió permiso a Lima que no se lo concedieron. Esta situación puede reflejarte la poca comunicabilidad que ya existía entre lo que podríamos llamar dos grupos, al punto que Pimentel fue "expulsado" del movimiento que Juan lideraba en Lima, nuevos muchachos se habían incorporado (Yulino Dávila, Rubén Urbizagástegui, Bernardo Alvarez mientras Cerna se mantenía con Juan) y del que se habían apartado los fundadores (Jorge Nájar, José Carlos Rodríguez, Julio Polar, Mario Luna). Con esos jóvenes es que publican una revista cuyo título solo fue Hora Zero y donde no aparece Pimentel. Hacia 1975, cuando surge el infrarrealismo, HZ 1ª etapa ya no existía y cuando lo reactivamos, en 1977, JRR aceptó participar a condición de que se le cambiara de nombre, algo que no aceptaron ni Jáuregui, Pimentel, Feliciano Mejía y Verástegui, entre los más notorios. Y entonces prefirió separarse de ese segunda incursión que fue la más intensa y fructífera, en la medida que cada quien fue pensando más en su obra personal (y el crecimiento del movimiento en otros lugares como Huancayo y Cerro de Pasco, además del extranjero), hubo más agregados teóricos al "Poema integral" y por supuesto la confrontación con la poesía canónica se hizo más feroz. Los 80 han de ser recordados por la época en que HZ plasmó su obra sobre la base de su poética y al mismo tiempo la que signó la lucha feroz del canon contra nosotros. No deja de ser coincidente que fue también la época en que surgió la guerra interna.

Como verás son cosas, a la manera de "Los detectives salvajes" entre chistosas y serias, como ocurre en todo movimiento (lo mismo pasó entre Anaya y Bolaños, entre los infras), que al margen de esos sucesos deja obras, influencia, rastro y huella, y eso es lo que nos interesa.

Me hubiera gustado tener conocimiento de estos datos mientras escribía el prólogo a la antología porque comprueba, como repito, los intentos iniciales (tanto en España, con Pimentel, como en México y aquí, contigo y Juan a través de Zarazo) de lo que más tarde fue la concreción de la internacionalización de HZ con los infras y un poco más tarde, aunque no con la misma vbración ni perdurabilidad del vínculo anterior, la creación de HZ-internacional gracias a José Carlos Rodríguez y Verástegui, quienes lo impulsaron en París con poetas de diversa nacionalidad de ese y otros continentes.

Pero ya que estamos, ahora sí, directamente vinculados gracias al gran Raúl Silva, alias Flash Gordon, sería maravilloso que de pronto escribas una crónica de ese viaje a Lima que a lo mejor podría aparecer en la publicación que Raúl tiene pensado sobre el intercambio epistolar entre Mario y Juan. Ya sabrás que Bernardo tiene también una carta de Mario y es genuina -lo sé porque de inmediato reconocí la caligrafía de Mario-, y quizá también sirva para la edición de la Cartonera.

Te paso el e-mail de Bernardo

cactusberal@hotmail.com

Un fuerte abrazo, querido Joseantonio, a la espera de tu respuesta

 

Bernardo Rafael Álvarez

Extraordinario, Tulio! Significa que la memoria no me ha sido tan infiel que digamos. Ahora creo que solo falta precisar muy bien lo de Jorge.

 

Tulio Mora Gago

Lo de Jorge es definitivo, parece: anoche le leí la carta y me volvió a afirmar que nunca conoció a Chepetoño.

 

Bernardo Rafael Álvarez

No vaya a ser que, efectivamente, él -Jorge- también haya estado con nosotros esos días. Porque, repito, aunque probablemente hubo algún distanciamiento entre Juan y Jorge, lo que yo vi entonces fue una conversación en armonía (hablo del 74). Pero creo que una cosa se ha aclarado, entre todo lo dicho: que la internacionalización de Hora Zero comenzó a gestarse en esa relación, primero epistolar y luego con el encuentro personal de Joseantonio y Juan. Se impone, creo yo, la necesidad de dibujar la historia de esta relación HORA ZERO/ZARAZO e INFRARREALISMO, que -definitivamente- ya está en la Historia.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Bueno, pues, entonces, quedó claro lo de Jorge. Esta carta de Joseantonoo es un documento muy valioso.

 

Tulio Mora Gago

Parece que no, ya le insistí y no recuerda ese detalle que él cree es importante y por lo mismo lo tendría muy vivo en la memoria. En cuanto a la internacionalización, efectivamente lo de Zarazo está ya consignado en el fragmento del prólogo de Joseantonio al libro de Mario que publiqué en la antología. Lo que no hubo fue concreción de ese contacto, algo que sí sucedió posteriormente con el lanzamiento de la 2ª etapa de HZ. En resumen, hay más datos para escribir la historia de HZ que no ha sido, por cierto, hasta ahora concretado. Como recordarás, en mi prólogo yo preciso que no quise hacer una crónica memoriosa de HZ, ya que no me correspondía (lo prueba este detalle que has destapado), sino a Pimentel y Ramírez, los firmantes de "Palabras urgentes". Lamentablemente Juanito, Mario Luna e Isaac Rupay ya no están. Habría, en todo caso, que pedirles a quienes fundaron el movimiento, que cada quien por su lado haga su propio trabajo como genialmente han hecho Eloy y Enrique en la antología. Ese debe ser el próximo libro por publicar reuniendo además todos los manifiestos, algo que me han pedido muchos patas.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Pero, insisto: a pesar de lo que cuente Jorge y lo que haya sentido Juan, lo que yo vi fue armonía entre ellos. En varias oportunidades anduvimos por el Centro de Lima en grupo; incluso, como repito, algunas noches nos sentábamos a conversar en la Plaza San Martín y recuerdo que allí una vez un fulano me pasó la voz creyendo que podía alcanzarle algo de marihuana que, por supuesto, yo nunca tuve (era cerca de la medianoche). Fue cuando ya habíamos leído Ave soul, con prólogo de Félix Grande. En noviembre, el día de mi cumpleaños, fui a visitar a Juan y -como ya lo conté- vi pegado en el portón del edificio una notita avisándole de la muerte de Juan Ojeda y quien la firmaba era "Jorge" y por eso digo que debió ser Pimentel. Juan llegó y nos fuimos al cementerio. Por supuesto, allí también estaba Jorge.

 

Tulio Mora Gago

Bueno, querido Bernardo, el problema es que Pimentel no sabe usar una computadora, sería mejor que te comuniques con él por teléfono. Así que de intermediario hasta aquí nomás doy. Lo otro sería torturarlo, mismo grupo Colina, o meterme en su memoria y creo que no estoy preparado para eso.

 

Bernardo Rafael Álvarez

Jajajaj. Tienes razón, Tulio. Sí, voy a comunicarme, con él. Jajajaj. ¡Un abrazo, hermano!


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*Este diálogo se inició el 16 de junio del 2011, en Facebook.

viernes, 5 de junio de 2020

¿LA GRAN PALTA?


Me atrevería a decir que fue, casi casi, la primera expresión literaria de lo que llamaría el "anti anti", en nuestro medio; es decir, el cuestionar a quien cuestiona. Sin embargo, no cayó en nada que fuera altisonante, no soltó diatribas o insultos; no se comportó, pues, como un libelo o cosa por el estilo. Tampoco buscó ni propició la provocación, menos el golpe bajo. No eligió a un determinado o personalizado objeto para atacarlo (no mencionó nombres de personas, ni de grupos), no atacó. Solo cuestionó, de un manera poco común. Lo que dijo, lo dijo de un modo sumamente inteligente y con decencia pero adoptó, definitivamente, una clara e indiscutible toma de posición.

Esto es lo que, sin medias tintas, dijo: "El problema del ser es problema de lenguaje", no sin antes haber soltado esta medio urticante frase (en la que se revela lo que dije: el “anti anti”): "La Gran Palta se llamó antioficialismo", calificando, así, también al uso (que bien podríamos llamar “manoseo”) del vocablo "ruptura". Y creo que acertó: en el lenguaje está, efectivamente, el problema del ser… y de la poesía, específicamente.

Juan Ramírez Ruiz, el poeta teórico de Hora Zero, creyó ver en ese "anti", al que me referí (es decir, el poner en entredicho al "antioficialismo'"), una medio velada alusión al movimiento poético que él había fundado tres años antes con Jorge Pimentel; es lo que se desprendió de sus palabras durante una de las muchísimas conversaciones en las que casi cotidianamente nos enfrascábamos entonces. Por cierto, mi opinión nunca llegó a coincidir con la suya, respecto de este tema. ¿En que se basaba mi desacuerdo? En aquello de la "ruptura" calificada (igual que el "antioficialismo") como "la Gran Palta". Al sustantivo aquel le siguió una suerte de aposición que la señalaba como "esa tradición moderna de la poesía". Estábamos, pues, ante una ironía mordaz respecto no precisamente de alguien o algo en particular, identificable en el momento y lugar en que eso fue dicho, sino referida a una tradición digamos ya "establecida" en el mundo de la poesía, una suerte de corriente "universal", sea cual fuere el país. No estaba, textualmente, referida al “antioficialismo” de Hora Zero. ¿Los poetas de aquel Movimiento, podían haberse sentido aludidos, como lo insinuó el autor de "Un par de vueltas por la realidad"? Es posible, pero nada había que realmente justificara tal cosa de un modo evidente, creo yo, ¿o sí?


Y, a propósito, ¿quién fue el que escribió aquello de la "Gran Palta", el "antioficialismo", y la "ruptura, esa tradición moderna de la poesía"? No lo supe, no lo sé. Juan tuvo una sospecha, pero con esa sospecha yo tampoco coincidí. Él amparaba su presunción en, digamos, el "perfil" de la persona a quien él apuntaba, cuyo nombre me lo mencionó: básicamente, en su formación académica en asuntos de lingüística. Yo, en cambio, puse atención en otros indicios: el modo cómo había sido escrito, propio de un poeta con un buen manejo de la palabra y especialmente por el empleo de ciertos términos, y cómo fue estructurado el texto, no en prosa, sino en verso y con un caprichoso empleo de los espacios en blanco. Para mí: fácil de identificarlo.

Pero, en fin, no es de esto ni de lo otro de lo que yo quería ocuparme aquí. Mi propósito ha sido distinto: celebrar, trayendo a la memoria, a la que -estoy convencido- fue una de las más importantes (y mejores, ¿podría decir?) revistas publicadas durante aquellos locos e inolvidables años setenteros (de sobresaltos, a veces, y de sueños, siempre). Y, fíjense, apenas apareció una sola vez, y en un formato sumamente sencillo y de no muchas páginas, pero fue sustanciosa y resultó muy útil. Su Director: el entrañable Isaac Rupay (muerto apenas unos meses después); y en el equipo de redacción tuvo a Vladimir Herrera, José Cerna, Enrique Verástegui y Santiago López M. Su diagramación corrió a cargo de José Tang, el mismo que ilustró la carátula de "Un par de vueltas por la realidad", el primer libro de Juan Ramírez Ruiz.

Bueno, creo que ya lo adivinaron: El leitmotiv de esto que iba a ser un “acápite largo” (“como los editoriales del Dr. Clemente Palma”, Mariátegui dixit) ha sido la revista Eros, publicada en agosto de 1973, cuya nota editorial o de presentación fue este, aludido aquí desde el principio: “La Gran Palta se llamó antioficialismo, / La Gran Palta se llamó ruptura (esa tradición moderna de la poesía), / El antioficialismo fue un acto mistificatorio: / se habló en la misma jerga y se emplearon los mismos módulos verbales del poder (¿dónde estuvo el vacilón): / EROS se ríe, se divierte, juega, invita a su fiesta, / su onda es exploratoria / su ser es el lenguaje, (El problema del ser es problema de lenguaje. / No hay máscaras, no hay fetiches. / La revista abre sus páginas a toda la gente solitaria.” Lindo, ¿verdad?

¿Qué es lo que se publicó en Eros? Los tres más conocidos y valiosos poemas (Como tú lo estableciste, Soy la muchacha mala de la historia y Tímida y avergonzada) de María Emilia Cornejo, joven y muy talentosa poeta muerta, de un modo violento, un año antes de esa publicación; pero antes de ellos, se insertó una suerte de homenaje en su memoria, en que se dice algo incontestablemente veraz: que el erotismo en su poesía “es de los más perturbadores que una mujer haya escrito en esta generación (la del 70)”.

Aparecen también (voy a citarlos de atrás hacia adelante) un extenso poema escrito en Santiago de Chile, por Vladimir Herrera (A propósito de una vieja danza); un poema experimental, Composición VI, de Enrique Verástegui, visiblemente dedicado a Martín Adán y Víctor Humareda; de Isaac, el director, dos poemas: Bien recibido y por todos rechazado y Todo es cuestión de principio; dos poemas, también, de José Cerna (Secuencia N. 1 y ¿Has visto rodar unos ojos sobre una sandía?) y “Rimbaud en polvos Azules”, uno de los dos mejores poemas de Jorge Pimentel, fundador y “piloto” del Movimiento Hora Zero, poema a través del cual -de su dedicatoria- supe de la existencia de alguien cuyo nombre me inquietó, pero a quien solo pude conocer personalmente casi treinta años después: Charo Arroyo. (La publicación, allí, de este poema apoya, creo, mi afirmación de que la revista no tenía el propósito, en su nota de presentación, de ponerse en actitud "anti", frente a ese colectivo, fundado precisamente, por Pimentel: pues de lo contrario habríamos estado con la presencia de algo así como un "Vidaurre contra Vidaurre"). Finalmente, aparece publicado un simpático y audaz ensayo lingüístico de Enrique Verástegui, con el que pretendía dar una explicación al origen del verbo peruano “deschavar”.
“Eros”, una revista que, aun habiendo transcurrido más de cuarenta y seis años, vale, aún, por diez publicaciones de ese tipo, creo yo. Hecha para edificar, no para demoler. (¿Sería un error, tal vez, atreverme a afirmar que en ella -la revista- había, medio discretamente, algo o mucho del espíritu horazeriano de entonces, pero sin signos de exclamación, ni manifiestos?).

© Bernardo Rafael Álvarez
(4 de junio, 2020, 10:42 p. m)

martes, 3 de marzo de 2020

¿SIRVE DE ALGO LA POESÍA?


Corría el año de mil novecientos... (bueno, cuando aún gobernaba Juan Velasco Alvarado). Yo aún no había cumplido los veinte años de edad. Maltoncito, pues. A eso de las siete y media u ocho de la noche de un día viernes o sábado me encontraba por la cuadra diez de la avenida Venezuela (cerca de la iglesia de Desamparados), en Breña, en la esquina, esperando la ocasión para cruzar la pista, rumbo a casa. De pronto, de una camioneta que acababa de detenerse a pocos pasos de donde yo estaba, descendieron unos policías, y a varios jovencitos nos llevaron cogidos del brazo hasta el vehículo, y fuimos a parar a la Comisaría de Chacra Colorada, no tan lejos, en la cuadra siete del jirón Carhuaz, y allí nos encerraron con otros muchachos que habían sido detenidos antes. Entre esos jóvenes estaba uno -algunos años mayor que yo- que solía pasar casi cotidianamente por la cuadra diez de Huancabamba, donde yo vivía con mis padres y hermanos; nunca fuimos amigos, y ni siquiera un saludo habíamos intercambiado antes, pero -obvio, ¿no?- así como yo a él, él a mí también me conocía, pues, "de vista". Era flaco y tenía un mentón pronunciado y creo que le faltaban algunos dientes superiores, lo que le hacía parecer un abuelito. Después de un par de horas más o menos, a este joven lo dejaron ir, supuse que (y creo que no me equivoqué) debido a su edad. 

Lo que ocurrió aquella noche fue -¿lo adivinaron?- una de las últimas veces que en nuestro país se efectuaba una "leva", es decir el reclutamiento coercitivo para "servir a la patria". Y yo, naturalmente, era uno de los obligados a hacer tal cosa, pero -se fregaron, caracho- ¡jamás llegué a hacerlo!

En el ambiente en que nos encerraron, había -si mal no recuerdo- unos bancos largos de ladrillo y concreto, que, supongo, eran usados como camas. Algunos se sentaron allí, mientras los demás, la mayoría, permanecimos de pie. Yo -lo confieso- ya comenzaba a acostumbrarme (o, mejor dicho, a resignarme) a la idea de estar, los próximos meses, convertido en cachaquito, recibiendo órdenes de capitanes o tal vez de coroneles (¡ajá, nada menos que de coroneles!) en algún cuartel, y con un fusil de verdad cargado al hombro (no como aquellos, de madera -que eran inocuos remedos- con los que, años antes, hacíamos la "premilitar" en mi colegio, el municipal mixto de Pallasca). ¡Asu, iba a ser soldado de la patria!  

Pero, no. Como ya lo anuncié, ese sueño, digamos forzado, no iba a hacerse realidad. Esto lo supe exactamente allí mismo, ese mismo día, casi a la medianoche, en esa comisaría, la de Chacra Colorada, cuando inesperadamente se acercó un sargento de la guardia civil a la puerta o reja de la habitación o celda y pronunció en voz alta mi apellido. 

Obediente, cómo no, y gratamente sorprendido, acudí a lo que, naturalmente, era un llamado. El policía, esbozando una no discreta sonrisa, me clavó su mirada, que parecía cargada de una medio ponzoñosa duda, y, sin más ni más, me disparó esta pregunta: 

-¿Este eres tú? 

Sí, era yo, naturalmente. ¡Cómo, y por qué diablos, iba a negarlo! 

Inmediatamente, el uniformado (así conocíamos, entonces, también, a los policías y militares) sacó una llave de uno de sus bolsillos y abrió el candado, y me ordenó que saliese. ¿Qué creen que hice yo? Disculpen la pregunta tonta. Ni corto ni perezoso, ¡salí, pues!

Hacía unos meses -con precisión, en enero- saqué a la luz mi primer poemario, un breve y modesto librito titulado (Aproximaciones & conversaciones) que, alucinen, llevaba el sello editorial del Movimiento Hora Zero, gracias a que mi pata, mi hermano, Juan Ramírez Ruiz (fundador y teórico por antonomasia de aquella iconoclasta agrupación) me lo sugirió y autorizó. La publicación no fue gran cosa que digamos, pero, bueno, como el poeta chiclayano en algún momento me dijo -complaciente-, era algo así como "una batalla ganada" (aunque, en realidad, creo que más tenía de perdida, por lo flojazos que eran muchos de los poemas allí reunidos). Pero, tengo que reconocerlo, aun así, esa publicación me sirvió de algo.

El policía aquel que había dicho casi como un saludo, en voz alta, mi apellido, ahí, en esa comisaría, mientras me hacía la inesperada pregunta, agitaba, gozoso, con la mano izquierda, adivinen qué (no me lo van a creer): ¡mi librito!, el pequeño volumen de poemas en cuya contratapa estaba impreso mi retrato de adolescente (seriecito, pelo largo, y con raya a la izquierda), y adelante -antes del título del poemario-, mi segundo nombre con el apellido paterno. No recuerdo qué me dijo antes de autorizar mi retiro y despedirme, pero yo -contento, regocijado- le dejé, sobre una de las páginas en blanco de mi poemario, una dedicatoria como expresión de gratitud. El sargento se alegró.

Asumí -no sé si con acierto- que aquel buen policía, de la comisaría de Chacra Colorada, ciertamente, no quería que un poeta (mucho menos el poeta al que acababa de conocer) se convirtiese en un soldadito de cuartel. Y me acompañó hasta la salida, donde (debí haberlo adivinado) mi hermano Jorge me esperaba. 

Fue él, por supuesto, quien, imaginativamente y con acierto, llevó mi librito de poemas -como el más contundente y eficaz argumento o recurso contra la leva-, librándome, así, de la obligación de "servir a la patria", esta patria a la que tanto debo, a pesar de todo. ¿Y cómo es que él llegó a saber que yo estaba en esa comisaría? Creo que la respuesta es obvia, ¿verdad? El muchacho del mentón de abuelito, que ciertamente conocía nuestra casa, gentilmente y sin que yo se lo hubiera pedido, decidió hacer su buena acción del día: apenas salió del establecimiento policial lo primero que hizo fue ir a dar el aviso salvador a mi familia. 

De aquello, ha transcurrido un montón de años. Hoy, al recordarlo, se me ocurrió hacerme esta pregunta: ¿La poesía es útil, realmente?, es decir, ¿sirve para algo? No me atrevo a dar una respuesta, porque -la verdad- no la conozco y creo que no la conoceré nunca. Sin embargo, lo cierto es que esa ya lejana noche (lo digo, ya, con precisión: de mil novecientos setenta y cuatro), el haber escrito y publicado unos cuantos pobres poemas en un breve y nada ambicioso librito a mí me resultó sumamente útil; claro, no para hacerme famoso o para ganar dinero ni para recibir premios o diplomas, pero sí, al menos, para no tener que terminar haciendo "planchas" o "ranas", o dormir a sobresaltos en un cuartel, y tampoco recibir órdenes de cabos, capitanes o acaso coroneles. 

Yo, por eso, le agradezco, emocionado, a la poesía, aunque Dios y la Patria, al enterarse de lo que acabo de confesar, tal vez tengan -en lugar de también darle las gracias- que reprocharle firmemente y demandarla, o acaso darle un merecido jalón de orejas. Pero, en fin, sirvió de algo, y esto nadie podrá negarlo, porque es la pura verdad, y lo juro por Diosito o -como también se decía en Pallasca, mi tierra- ¡por María santisma! 


                                      © Bernardo Rafael Álvarez

jueves, 5 de septiembre de 2019

LOS CINCO DEL PATÍBULO*


Cronwell Jara Jiménez




Esperaban a las hienas de los Hora Zero. Desesperados, antropófagos, en pie de guerra, emplumados, con bombos y quenas enardecidas; esperaban a los Hora Zero tocando pitillos y atabales y proclamando la guerra con tambor y flechas de furia musical; los esperaban bajo una hipócrita garúa, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, como para guiarlos al altar y la piedra del sacrificio. Esperaban a los Hora Zero, saltando y danzando anhelosos y agitados, deseando arrancarles los ojos, corazón, testículos; para coronarlos con sus vísceras hediondas o ponérselas de collar o corona según su estatus: ser Poetas. Ser hienas, ser Hora Zero. Y mejor que poetas hienas, ser poetas horazerianos malditos. Pues los poetas malditos de Hora Zero, hienas para los Fer, hijos del fin del mundo tenían un Recital en la Ciudad Universitaria, de Letras. Y un recital con los poetas malditos de Hora Zero, hijos del fin del mundo, no calzarían para cualquier recital. ¡Cómo iban a calzar, siendo tan latinoamericanos y trascendentes! Equivaldría a un incendio según los manifiestos y sus Palabras Urgentes, tan apegados al sufrir del pueblo; y tan enmarcados contra los embates de la vida cotidiana como: ¡estar triste!, ¡caminar! u ¡oír teclear una máquina de escribir! -no una máquina de escribir cualquiera-, que no es lo mismo oírla, cotidianamente, por Margareta Kaukonen, tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac…, percutiendo en ritmo, mientras acompasa un blue de Janis Joplin; ¡y eso no encajaba con los cotidianos del Fer nacionalista! ¿Cómo iba a encajar? ¡Ni encajaba con el Fer de los troskos ni con el Fer de los moscovitas ni con los de PCP-Patria Roja y su lideresa trompuda Jujú Caremona!: pues, ¿recital? ¡Cómo que un recital! ¿Con qué clase de poetas? ¿Y con qué Poesía? ¿La burguesa y antipopular? ¿Quién convocó a las hienas de Hora Zero? ¿Cómo se han atrevido a ingresar a este templo revolucionario del saber? No, señor, estas hienas no recitan en esta universidad revolucionaria, sería una ofensa. Un suicidio. Como provocar un autolinchamiento. Sus propias horcas. Ser enjaulados y apedreados. Y chocarían con los escupitajos de los chacales del Fer y sus jaurías rabiosas; del Fer, de todos los Fer. Tierra con ellos, compañeros. Pollos y mocos con ellos. No a los falsos Poetas. ¡No entran al Patio ni suben al Auditorio! 


Pero los cuatro poetas malditos habiendo ya bajado del auto que los traía a la Ciudad, impertérritos, avanzaban. Heroicos, guerreros -como dueños de casa guiados por Mito Tumi el Poeta Inconmovible Ojos de Búho trasnochado y su andar ficho, abrigo gánster, gallito del Mangache y depredador navajero en los chicheríos de Piura; Mito Tumi, ¿ese Ojos de Búho sería quien los llamó para un recital en la Ciudad? ¡Cuidado con él, entonces! ¡Ha de ser un hijo del fascismo y del dictador Velasco!, avanzaban, los Hora Zero conocedores de mundo y los submundos internacionales-; insuflados avanzaban con las energías de los rayos y los protectores pararrayos del pueblo; dialécticos, convencidos de los trotes de Balada para un caballo y del escudo de lo coloquial y bélico de sus nuevos gritos y ritmos antrrimas, antisonetistas, antibéricos, antioligárquicos, antidictaduras, anti Ezra Pound y antmísticos y anti aquellos exquisitos amantes de la poesía pura y cursi como la poética de Sologuren o la del payaso niño -según manifiestos horazerianos- el panzudo y febril Paco Bendezú. Convencidos de En los extramuros del mundo y sus nuevos tonos punk, psicodélicos, frikeros, a lo Allen Ginsberg y sus aullidos; y con los ánimos Sex Pistols que electrocutó y liquidó lindamente, con sus estridencias y la potencia de tres mil caballos de fuerza, a un Pink Floyd o a los temibles de la banda Yes. No señor, nada detenía a los dos Hora Zero, nada. Underground. Marginales. Diferentes. Iconclastas. Contestatarios. Irredimibles. Y con los Hora Zero avanzaba, sacerdotal y bélico, el Inconmovible Mito, poeta de marras, como atizando en su memoria su poema lapidario Hotel Printania, antes del fin del mundo, a poco de ser llevado a la piedra ceremonial del sacrificio: Nada ni nadie testimonia mi existencia. Soy libre: / No me queda ninguna razón para vivir.

Míticos, pecho al viento, caballos salvajes, avanzaban los horazerianos al patíbulo.

Pero, ¡alto! ¡Cómo van a continuar avanzando!, reclamaban los del Fer, los de la rabona Jujú Caremona y sus elevados pensamientos marxistas-leninistas-maoístas, anti imperialistas, antifascistas, y enemigos de los antipoetas antologados por el oficialismo que lideraba ese tal Mitchel Oviedo, piojo barbudo del INC. Reclamaban, protestaban sin todavía atacar, clavar las uñas, arañar, devorarlos. ¡No deben avanzar más!


Pero los poetas avanzaban; Jorge Pimentel enfundado en su abrigo negro, altivo caballo de guerra, percherón de jalar cañones, acostumbrado al choque, los cabezazos, el puño y los escupitajos y a las filudas batallas de los puntapiés y las botellas rotas que rodaban por el piso, avanzaba; y avanzaba con Pimentel el poeta Enrique Verástegui, como diciendo: De pronto perdí todo contacto contigo. Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí. Ya no pude volar sobre ti como todos los días.

Y, con ellos, ahora añadidos, avanzaban el Inconmovible e Impertérrito Mito Tumi y Luis Alberto Castillo, y se les unía Eneas Marruel, el amigo periodista del Diario La Crónica, quien haciendo de chofer de su propio auto, acomedido los había traído a la Ciudad Universitaria -sin saber el pobre Eneas que los estaba conduciendo al destripamiento-. ¡Capitanes de la nueva poesía americana, marchen! Y los Hora Zero, cada vez a paso marcial más firme, avanzaban ahora con sus edecanes y guardaespaldas -viendo que la cosa se ponía brava brava-, los escuderos Tumi, Luis Alberto Castillo y Eneas Marruel, vestidos de noche bajo la garúa hipócrita, vestidos de dignidad bélica y altiva poesía. Avanzaban como Villon hacia su horca, como Ezra Pound en la jaula de escupitajos condenatorios y denigrantes, donde lo paseaban gritándole, mono, payaso, por fascista, acabada ya la Gran Guerra europea.

Y la Ciudad y el Patio de Letras los esperaban con pitillos, bombos sonoros, celebratorios, y una danza en pie de guerra. Y, a como dé lugar, el recital sería multitudinario. Pues el Patio de Letras, cosmopolita, fuera de los del Fer, los esperaba porque lo sabía -por los críticos de la prensa- que se trataba no de cualquier Recital ni de cualquier Poeta, estaban ante los Poetas Fundadores de la Nueva Poesía del Siglo XX, pues así se oía.

Y como los Hora Zero tendrían que llegar, ya los tukuyricuy chismosos de la Ciudad -en realidad, la única tukuyrikuy era la Jujú Caremona, según confidenció después Enrique Verátegui- habían advertido del peligro, ¿a quiénes? ¡A quiénes más! ¿A los del Fer, la Federación de Estudiantes Revolucionarios que los Estudiantes de la Escuela de Literatura habían invitado a Jorge Pimentel y a Enrique Verástegui, para iniciar un Ciclo de Recitales? Pero, ¿solo los estudiantes del Cel…? No. No. ¿Cómo van a ser solo los estudiantes? Eran, según la soplona Jujú, tres locos los que habían organizado un Ciclo de Poesía Peruana del 70, de seis fechas. Y ellos tenían nombre propio, un tal Mito Tumi y un Luis Alberto Castillo, más el Gordo Navarro, actor de teatro callejero y responsable de las Actividades Culturales de la Facultad de Letras, quienes, irresponsablemente, les habían concedido el auditorio del tercer nivel. Pero con una condición: No invitar al recital a dos repudiables: Arturo Consuero y Winston Zorrillo. Y esto se confirmaría después según propia confesión de El Inconmovible Ojos de Búho, dueño y gran señor del Mangache. Y, sí, sería el Primer Recital. Qué tal lisura.

Y los del Fer, lectores de la Poesía de picardía y sapiencia política social, al estilo de Bertolt Brecht y del genial Julio Carmona Reque, y muy al modo de las preciosas décimas de don Nicomedes -sin obviar las cumananas del sufrido populorum- con una multitud desconcertada de curiosos no lectores de poesía, se juntaban y rejuntaban. Los Fer, los diferentes Fer, coincidían, y peligrosamente se juntaban.

Y unos, pirulos y manoplas en mano, decían: -Pero, ¿de qué intrusos se trata? ¿Nazis o fascistas? ¿Qué hacen aquí? ¿A quién hay que patearle el hígado? ¿Quiénes son estos gusanos?

Y otros, los troskos, lectores de amplitud modulada: -Son poetas, camarada.

Hasta que los del Patio de Letras, los tukuyrikuy -luego de espiarlos bajar del auto de Eneas Marruel y aproximarse desde lo lejos, por la vereda, que llegaban a los peldaños de las puertas del Patio-, entendieron. Y los lectores, troskos y nacionalistas más avispados comprendieron. Estos poetas no eran cualquier cosa. Se trataba de dos cumbres geniales que deslumbraban por los escándalos. Jorge Pimentel y Enrique Verástegui. Poetas jijunas con los testículos bien puestos, que armaban hermosas broncas y recitales a donde puta fueran, se le oyó por ahí a Quique Sánchez. Horazeros. Dos buldócer de la palabra, las teorías poéticas y de la poesía escrita incitando hacia una praxis revolucionaria, contra la rancia poesía de corte burgués y hecha por niñitos bien como Toño Cisneros o el San Bernardo Lauer, tal como lo anunciaban en Palabras Urgentes, el manifiesto inaugural de Hora Zero y que apoyaban los furibundos cancerberos y críticos Poetas de la Revista Estación Reunida -solo que ahora sin Pepe Rosas Ribeyro por haber sido deportado a México por la dictadura velasquista, sin María Emilia Cornejo, sin el gran Elqui Burgos ni Óscar Málaga ni el periodista y poeta de El Sol es también un puño enorme, Maynor Freyre -de armas tomar, gitano de retos, prodigiosos puños y cabezazos certeros en pleitos donde todo valía pero sin despeinarse-. Charo Arroyo, Rosina Valcárcel, ni Ana María Mur la beligerante y por demás hermosa poeta de aires gitanos que solo mataba con el clavel de su mirada-, quienes sobre yunque y martillazo demolían la poesía de hoy, desde Chile y Perú hasta Venezuela, México y la zona francesa del Caribe. ¡Y bien por ellos!, decían algunos. ¿Y por qué bien?, otros.

Y éste sería Recital tumultuoso y explosivo, por tra­tarse de dos gallos internacionales y que de cumplirse, reafirmarían sus glorias ante la América y el mundo de Poesía castellana. Y solo faltaban unos cincuenta metros para encontrarse al pie de los dos peldaños que daban al Patio. Poetas a quienes los escudaban retadores, como los fosfóricos estruendos de los tambores de Miriam Makceba, sus Manifiestos y las propuestas ideológicas -ceñidos a las consignas de Juan Ramírez Ruiz, Carlos Marx, Engels, José Carlos Mariátegui, Vallejo- que para muestra: ahí estaba la furia de sus poemas, en Enrique Verástcgui: «Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas c ideas vacías y la tristeza visitándolos en los manicomios. Y vi también a muchos gritando por más fuego...».

Ahí los planteamientos rotundos, la claridad cerebral y los cojones de toro bien puestos, para imponer sus lineamientos en la poesía futura. Y estos eran, ahora que se los veía más cerca, los poetas abanderados del colectivo Hora Zero. Hasta que, a medio camino, volteó a abrazarlos, algo medroso, Luis Alberto Castillo, por darles fuerza y aliento -lógicamente, por la posible gresca, la probable celada y el ajusticiamiento y linchamiento poético popular que se le avecinaba, a medida que se acercaban al Patio-; pues, justamente, se oyó a unos diez metros:

-¡Fuera poetas del pro imperialismo yankee! ¡Fuera Sinamos, cagones...! -El chillido de la Jujú Caremona, cuándo no la zamba Jujú revoltosa.

-¡Linchar a los traidores del pueblo! -A Jaime Guadalupe Pedregoso, viéndolos aún aproximarse a la distancia.

-¡Colgarlos como a perros, carajo! -De nuevo la Jujú Caremona, roja la cara huesuda, demencial y combativa, en defensa de los intereses del pueblo universitario-. ¡Mueran los poetas anti revolucionarios y diletantes cavernarios del pro imperialismo yankee!

Los del Fer, advertidos por los tukuyrikuy -los correveidile- de todo partido político, se habían movilizado y ahora como hienas hambrientas, a punto de írseles encima, merodeaban desde lejos a los Poetas, quienes caballos altivos, orgullosos de ser Poetas lucidos revolucionarios ante el mundo neocapitalista, como si no fuese con ellos, continuaban el paso marcial ahora con el Poeta Luís Alberto Castillo adelante, adalid abanderado, encaminándose aún por las orillas del largo bosquecillo de Letras, hacia las cortas escalerillas -ya muy cerca, ahí nomás- que daban al Patio de Letras. Caballos crinudos, armando ya el escándalo presentido en la visionaria Balada de un caballo de Jorge Pimentel. «Visiones maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo y vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión sobre las traseras...» Pero, ¡cómo se olía a juicio popular! Porque los esperaban. El Patio y el Fer y los Fer, enloquecidos entre tamborcillos y antaras medievales festivas, los esperaban, todo mundo los esperaba; como que, más allá de este juicio, todavía vendría algo inimaginable.

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* Fragmento de Molotov Suit en el Patio de Letras, novela  -aún inédita- del escritor peruano Cronwell Jara Jiménez.