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lunes, 11 de julio de 2022

DOSH: UN DIMINUTIVO PALLASQUINO

Ustedes saben, sin duda, a qué aluden las siguientes expresiones bisílabas "-ito", "-ita", "-illo", "-illa"; "-ico", "-ica". Efectivamente, son sufijos. Sufijo -como también lo saben- es una partícula que, pospuesta a una palabra (o “base léxica”, o en muchos casos a la raíz de la palabra), hace que esta modifique de algún modo su significado. Por ejemplo, si el sufijo "-ito" lo uno a la raíz de la palabra "gato" ("gat"), obtendré "gatito", y se habrá producido una variación en el significado, pero no sustancialmente: la palabra seguirá refiriéndose a un gato, solo que de modo cariñoso o haciendo alusión a su edad o tamaño -tierno o pequeño- (estaremos, pues, ante un hipocorístico o un diminutivo); en cambio, si a la misma palabra o base le unimos el sufijo "-illo", la cosa será diferente: estaremos generando una nueva palabra que en nada tendrá que ver con el felino doméstico, sino con otra cosa: con el disparador de un arma de fuego, por ejemplo, y, como sabemos, "gatillo" no es un gato chiquito; no se tratará, pues, de un diminutivo, aunque este haya sido su origen. Bien: "-ito", "-ita"; -illo", "-illa"; "-ico", "-ica", son, pues, sufijos que sirven para convertir en diminutivos o hipocorísticos a ciertas palabras: "poquito", "librico", "pastelillo", "Jorgito"... 

Sin embargo, como en el ejemplo de "gatillo", no solo diminutivos o hipocorísticos (palabras para designar cariñosa, familiar o eufemísticamente) son los que pueden generarse sino, también, otras palabras con significados completamente diferentes (se las conoce como "diminutivos lexicalizados"). 

Bien. Ya vimos algunos de los sufijos con los que se generan diminutivos o hipocorísticos. Les cuento. En gran parte de la zona norte del Perú (prácticamente, desde Pallasca) se emplea un sufijo (en algunos casos, infijo) distinto a los mencionados, un sufijo que algunos estudiosos creen que proviene de una lengua extinta que se hablaba allí, el culli o culle. (A mí me parece que, en todo caso, sería el sonido lo heredado de esa lengua y no propiamente el sufijo ni menos en su condición de diminutivo, porque no creo que en el culli haya funcionado así). Me refiero a "asho", "asha" o "sha" o solo "sh", con los que se generan diminutivos o hipocorísticos como estos: "Gringasho", "cholasho", "amigasho", "Shesha", "Roshita". 

Bueno, este sonido –en el que se hace presente el dígrafo "sh"- es el que interviene decisivamente en el vocablo que da título a esta nota: "Dosh". En los ejemplos que acabo de mencionar, los diminutivos o hipocorísticos se forman uniendo este dígrafo ("sh") a una vocal, así: "sho", "sha", "she", "shi"). ¿Y qué pasa con "dosh"? Veremos. 

"Dosh" corresponde literalmente, en verdad, a la particular pronunciación del número "2", en Pallasca (y en algunos otros lugares de la sierra norte peruana), pero -he aquí el pero- no para designar estrictamente y con su exacto significado a esa cifra. A ver, para que se entienda mejor: En Pallasca -al contar, ascendentemente, los números naturales- no se dice, por ejemplo: "uno, dosh, tresh, cuatro, cinco...". "Dosh" (así, con el sonido "sh") se dice en otras circunstancias, en otro contexto, pero (ya voy llegando al tema) no para hacer referencia -estrictamente hablando, repito- a la segunda cifra de los números naturales, el 2, sino a otra cosa. Con el vocablo "Dosh" se designa a una cantidad que, a pesar de ser imprecisa, es fácilmente entendida: "Juan le preguntó a Pedro: ‘¿Cuánto de alfalfa te dio don Roberto?’, y Pedro respondió: ‘Dosh; es que siempre fue un miserable, pue’". ¿Le dio dos ramitas de alfalfa? No. Lo que quiso decir Pedro es que don Roberto le dio solo un poquito de alfalfa, por “miserable”.

Como ha podido advertirse desde el principio de esta nota, para que un sustantivo o un adjetivo se conviertan en diminutivos, es decir, en palabras con las que se expresa (voy a decirlo de un modo medio burdo, es decir, nada “académico”), el “empequeñecimiento” del objeto nombrado, lo que se hace es agregar a su base o raíz un sufijo cuya finalidad es, precisamente hacer que nominalmente algo disminuya o se reduzca. Entonces, ¿qué pasó con “dosh”?, ¿dónde está el bendito sufijo? No sé si sea el único, pero la verdad es que se trata de un caso muy particular de diminutivos en que no interviene sufijo alguno. Lo único que ha ocurrido, simplemente, es que una palabra en español ha dejado de sonar como corresponde a esa lengua y ha pasado a ser aquello de que estamos hablando: un diminutivo. O sea, estamos ante un asunto de carácter fonético, nada más: en vez de “dos”, ahora es “dosh”.

Pero, eso sí, este vocablo, que, digamos, fue y sigue siendo monosílabo pero con una variación fonética evidente, ya nada tiene que ver con el nombre dado a la segunda cifra válida de la numeración ascendente: no es la representación literal del “2”. ¿Qué es, entonces? Es una palabra que significa esto: “un poquito” o “muy poquito”. Es un diminutivo -en el castellano pallasquino- que alude a cantidades pequeñísimas de algo (pequeñísimas, y no como el montón de cariño que yo siento por ustedes, amigos del alma; el cariño que es igual al que también encontrarán –se los aseguro- en mi inolvidable Pallasca, Pallasquita linda -la tierra de los "chupabarros"- que los espera con los brazos siempre abiertos y la bondad a flor de piel: visítenla, pero vayan sabiendo que allí, definitivamente, se quedará su corazón).

                                                                                                                                                                                                                                © Bernardo Rafael Álvarez

 


lunes, 7 de febrero de 2022

MELÉNDEZ GONZALES (NO GONZALES MELÉNDEZ). EL CURA PALLASQUINO QUE REUNIÓ VOCABLOS DE LA LENGUA CULLE

Sin duda, lo que en las siguientes líneas se dice va a sorprender a muchos, en especial a los estudiosos de las lenguas andinas. En el texto que aquí presento vuelvo a dar a conocer públicamente (antes lo hice en mi Diccionario Pallasquino*), pero ahora con pruebas, lo que yo ya había sabido cuando aún tenía quince años de edad: un dato que altera la información que lingüistas y otros estudiosos han venido manejando durante décadas, acerca de uno de los personajes que contribuyó al conocimiento de una de las antiguas lenguas que se hablaban en la sierra norte del Perú, el culli o culle.

                                                             ***

 

Teodoro Meléndez Gonzales. ¿Saben quién fue? Fue un sacerdote pallasquino que aportó con la recopilación de un importante número de voces de la lengua culli (o culle), que se hablaba desde Pallasca hasta Cajabamba, y que hoy es estudiada por muchos investigadores. Meléndez envió una relación de diecinueve vocablos, en 1915, al sabio ancashino Santiago Antúnez de Mayolo, quien, veinte años después, la hizo llegar al estudioso francés Paul Rivet que escribió, en 1949, el artículo «Les langues de l’ancien diocèse de Trujillo» («Los idiomas de la antigua diocesis de Trujillo»), publicado en la revista Journal de la Société des Américanistes de Paris, en que -al hacer referencia a lo enviado por el ancashino- dijo: «Según el autor de esta nota, el vocabulario de 19 palabras, que tuvo la gentileza de comunicarme, fue recogido por un sacerdote de Pallasca, el Dr. GONZALES, hacia 1915, de boca de un anciano, y, en esa época, el idioma ya estaba en vías de desaparición». 

«El Dr. Gonzales». ¿Por qué fue así como lo llamó el etnólogo francés? Por una confusión generada por el mismo religioso pallasquino respecto de su nombre, lo que dio lugar a que fuese conocido, hasta ahora, por todos los estudiosos de las lenguas andinas, como «Teodoro Gonzales»: así lo nombraban y así continúan nombrándolo en todos los foros académicos y en los trabajos elaborados en torno a la lengua culle. Creo que soy el único que al aludirlo nunca ha hecho tal cosa. En la página 96 (nota al pie) de mi Diccionario Pallasquino (publicado en la Web desde el 2008, y editado en físico el año 2019), digo -categóricamente y para que no haya lugar a dudas- lo que sigue: «el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales (así es como se llamó realmente, y no "Teodoro Gonzales")»; esto, porque a mi abuela Alejandrina Brun Gonzales -que conoció al sacerdote, pues eran parientes cercanos- oí que se refería a él como «el cura Meléndez», en una ocasión en que ella, el maestro Rafa -mi padre- y mi tío Jesús (el menor y el mayor de sus hijos varones, respectivamente), conversaban respecto de un tema que entonces (cuando yo tenía quince años) era de interés de muchos pobladores en mi distrito: la división (que no prosperó) de la provincia, y -entre otras cosas- en aquella conversación también comentaron de cómo fue que Cabana llegó a convertirse en la capital.

¿Por qué -repito- todo el mundo decía y dice «Teodoro Gonzales» y no Teodoro Meléndez? ¿Por qué se dio esa confusión? Por algo que es obvio, y ya casi lo he insinuado: porque el sacerdote (que también fue diputado: desde 1889 hasta 1894) hacía esto que también acostumbraba hacer el autor de «Pájinas libres» y «Horas de lucha»: firmaba poniendo, de su primer apellido, solo la letra inicial: Teodoro M. Gonzales (el escritor peruano firmaba así: Manuel G. Prada). A esto se debió, pues, el malentendido ocasionado, digamos, adrede: el cura, obviamente, quería esconder su apellido paterno por alguna razón que ignoro y sobre la cual no quisiera especular porque creo que no viene al caso.  

Pero, bueno, según testimonio absolutamente confiable (y que ha servido como sustento para la información que aparece en la Web respecto de los congresistas peruanos, desde comienzos de la República), en los archivos del Poder Legislativo aparece registrado el nombre del religioso pallasquino (que, repito, también fue diputado) tal como realmente era: Teodoro Meléndez Gonzales. Este es un dato cierto e indiscutible.

Les cuento. Para el año 2020 yo tenía previsto viajar a Pallasca, con el objeto de -entre otras cosas- lograr la corroboración definitiva y, así, demostrar ante los ojos de los demás (con documentos parroquiales, naturalmente) que la información específica que manejaban nuestros lingüistas, sobre el nombre del sacerdote, era equivocada: mi propósito lamentablemente tuvo que descartarse debido a la pandemia. Hace unas tres semanas, un pariente mío me comentó que era muy posible que en la pila bautismal de la Iglesia de Pallasca apareciese grabado el nombre completo del religioso, que fue quien la donó, y me sugirió que pidiese a alguien en Pallasca que verificara tal cosa; es lo que hice: una amiga que reside en mi tierra se encargó de la constatación correspondiente y me envió fotografías demostrativas: el resultado fue infructuoso. Sin embargo, ¡oh, sorpresa!, las pruebas que quise encontrar, inesperadamente y como algo «caído del cielo», me llegaron hoy día por otro medio. Con ello, en primer lugar, me he enterado de que el cura Teodoro Meléndez había sido padre de al menos dos varones; y, en segundo lugar, he podido advertir que el matrimonio de uno de ellos -llamado José- fue inscrito, por mandato judicial, en el Concejo Distrital de Conchucos en 1948, y que en la respectiva partida o «acta de matrimonio civil» fue consignado, como corresponde, el nombre de su progenitor («ya finado», dice el documento): Teodoro Meléndez Gonzales, ¡el cura! Esta partida de matrimonio es la prueba a la que acabo de aludir, y lo que tengo en mis manos es una copia de ella, gracias a la desinteresada gentileza y amabilidad del profesor Miguel Cavero (que, obviamente, la obtuvo a través del internet), y a quien expreso, emocionado, mi profunda gratitud. Como ven, no hay nada de invención en lo dicho por mí (por lo demás, la veracidad de ese matrimonio -de José Meléndez con María Berenice Magán- me la ha confirmado mi amigo Alfonso Ragas, que es de Conchucos). 

Lo que a todo esto debo agregar, finalmente, es que el cabanista Josué F. Vivar, en su libro «Monografía de Pallasca», publicado en 1930, al referirse a la elevación de Cabana a la categoría de capital de la provincia de Pallasca, hace la justa mención, en la página 8, al diputado que fue el gestor de tal cosa (el autor de la propuesta parlamentaria); ¿saben quién fue ese diputado?, pues aquel del que estoy hablando: el religioso nacido en Pallasca que, «de boca de un anciano», logró recoger un conjunto de vocablos de la lengua culle. No es, debo repetirlo una vez más, «Teodoro Gonzales», sino –como lógicamente también aparece en el aludido libro- Teodoro Meléndez Gonzales. Este es el nombre correcto del religioso en cuestión, el que, en algún pueblo de nuestra provincia (Cabana, Tauca o Bolognesi), vuelvo a decirlo, recogió vocablos de la lengua culle, entre los cuales tenemos los siguientes: chu (cabeza), huico (comer), uro (cuello), maiko (manta), uru (hombre), guru (palo), korep (perro), mai (pie), vil (sandalia), muntua (sombrero), vana (pan), piu (lluvia), pishoe (leña). 

Palabras estas del culle, que fue la lengua que se hablaba en la sierra norte de nuestro país desde antes de la llegada de incas y españoles a esta región (posiblemente desde el siglo V antes de Cristo), y que hoy ya nadie habla y de ella solo han quedado vocablos, especialmente topónimos, desperdigados en distintos pueblos (en Pallasca, por ejemplo -entre otros- los topónimos Conshyam, Mushyuquino, Colgázacape y los vocablos comunes chúrgape, muganshya, cungul, etc.). La última cullehablante (allá por las décadas de 1940), según don Alipio Villavicencio, habría sido una señora que era conocida como “la viejita Ishpe” (aunque, según información que Henri Reichlen –entonces en misión por el norte peruano- le dio a Paul Rivet, habría habido más personas que aún se comunicaban en aquella lengua: pero, claro, esto no hay cómo probarlo). Hoy, el culle se ha convertido en un objeto muy importante de estudio y discusión por parte de lingüistas y antropólogos: un gran número de tesis se han elaborado en distintas universidades, y sigue sorprendiéndonos. Sus más importantes estudiosos son, sin ninguna duda: Willen F. H. Adelaar (En pos de la legua culle); Alfredo Torero (Áreas toponímicas e idiomas en la sierra norte peruana: un trabajo de recuperación lingüística); Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); Luis Andrade Ciudad (Pallasca, último reducto de la lengua culle): Gustavo Solís Fonseca (La lengua culle revisitada): Íbico Rojas (Tahuashando, enigma culle en la poesía de Vallejo); Rodolfo Cerrón Palomino (Sobre el falso enigma Vallejiano de 'Tahuashando'); María del Carmen Cuba Manrique (El préstamo léxico y su adaptación en el castellano de la sierra norte del Perú: Un fenómeno lingüístico y cultural); Manuel Flores Reyna (Evidencias de la lengua culle en Sinsicap)… Y los primeros que recogieron voces de esta lengua ahora ya extinguida, fueron el obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez Compañón y el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales.

                                                                                                                              © Bernardo Rafael Álvarez

 

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* El habla del Conshyamino. Diccionario del castellano de Pallasca. 2008.

miércoles, 2 de junio de 2021

MI SHIVAGUITO

 

Junio del 69, si no me equivoco, días de fiesta patronal en Pallasca. Iba yo con mi padre hacia la plaza de armas y, cuando ya ingresamos, de pronto, un joven se nos acerca medio sonriente y al dirigirse al maestro Rafa le dice esto: "¡Hola!". Decir "hola", en Pallasca, no se acostumbraba; era una expresión de saludo propia de los "costeños" y, creíamos, que solo podía ser usada entre amigos de más confianza y, digamos, de la misma edad; nosotros, para saludar a una persona mayor, lo que hacíamos era simplemente decir "Buenos días, don Pancho"; "Buenas tardes doña (o "ña") Candelaria". Por ello, escuchar lo dicho por el joven a mi padre, a mí me sorprendió realmente, ya que -lo confieso- me pareció una suerte de osadía, casi una malcriadez. Pero no, no había nada impropio ni reprobable: era una expresión de verdadero respeto y de afecto. Mi padre se alegró, se sintió feliz: era su exalumno -y al toque lo había reconocido- de la prevocacional 293, que estaba en ese momento frente a él, después de un buen número de años. "Te decíamos 'el doctor' -le recordó-, por tus anteojos". "Cierto, profesor", contestó el joven, siempre con la sonrisa radiante, y le dijo que nunca lo había olvidado. "Menos yo, Pedrito", le dijo, alegre, mi padre. Yo también me sentí regocijado, por ser testigo de ese lindo reencuentro de maestro y alumno, en la esquina de nuestra plaza de armas, junto a la Iglesia de San Juan Bautista. Pedro se llamaba el joven y, efectivamente, "Doctor" era el apodo con que prácticamente todos lo conocían pero, claro, yo nunca -mientras vivía en Pallasca- lo traté así, porque él era varios años mayor y yo era tímido y vergonzoso. Aquel año, o quizás el siguiente (no lo recuerdo muy bien), al regresar al pueblo, a un grupo de alumnos del Mixto, el colegio secundario de "educación común" (el otro era el Agropecuario), nos alcanzó unos papeles, impresos en mimeógrafo, con textos referidos a aquello que era tendencia entonces y a nosotros nos ayudaba a estimular los sueños y la esperanza: informaciones y reflexiones sobre la revolución mundial y acerca del argentino que entonces admirábamos: el Che. Éramos adolescentes, pues. Pedro estudiaba ingeniería en la UNI, y también soñaba con un mundo nuevo, diferente, más justo. No volví a verlo sino hasta cuando yo ya estaba en Lima (años 70). A lo de "doctor", en el trato que se le venía dando desde la primaria, los pallasquinos universitarios más cercanos a él le agregaron –zamarros, ¡cómo no!- lo de "Shivago", en alusión, naturalmente, al personaje principal de la bellísima y conmovedora novela del ruso Boris Pasternak, hecha película por David Lean con la magistral actuación de Omar Sharif y Geraldine Chaplin. "El doctor Shivago". Andando el tiempo, solo se le decía "Shivago". Un hombre de gran corazón, dispuesto a ayudar -en la medida de sus posibilidades- a cualquiera. Mi amigo del alma, a pesar de la diferencia de edades. Su casa, en Lima, estaba ubicaba en el centro mismo de la ciudad: la Plaza San Martín, y en muchas oportunidades nos encontrábamos por allí cerca, y conversábamos sobre Pallasca y los pallasquinos, sobre asuntos de política y otras cosas, y jamás dejábamos de reír, de bromearnos. Con otros paisanos, en más de una reunión, discutíamos acerca de la problemática de nuestro pueblo y hacíamos planes; lástima: donde había la necesidad de encontrar oídos, todo era sordera. Lamentable. En los últimos tiempos, Pedro trabajaba para el SIS (Seguro Integral de Salud), y es allí a donde muchos amigos acudían a buscarlo, convencidos de su nobleza. Hoy ya no lo encontrarán. Acaba de fallecer, atacado por el maldito virus, ¡sin haber podido encontrar una cama UCI! Y esto es doloroso, señor ministro de salud. Yo, los amigos y los familiares de Pedro, estamos desolados, carajo. Pedro Ninaquispe, paisano inolvidable, hijo de don Shalo, te has ido pero no te desprenderás de nuestros corazones y allí continuarás con tu terca sonrisa. Nosotros seguiremos -te lo prometo- soñando, como tú soñabas, con un mundo más justo y siempre libre. ¡Descansa en paz, hermano, mi lindo y querido Shivaguito!

martes, 18 de mayo de 2021

"¡MI PALQUITA! ¡MI ANÍBAL!"

¡La inolvidable tía Delia! Niño tonto y tímido, yo, a veces sentía "miedo" de pasar con mis amigos frente a su casa -rumbo a Santa Lucía-, cuando me daba cuenta de que ella estaba afuera, barriendo o conversando con alguien. ¿Saben por qué? Por una razón de los mil demonios, paradójica y absurda: porque ella era muy cariñosa conmigo.

 

Les cuento. Yo (repito: niño zonzo y tímido, pue) sentía vergüenza cuando, al pasar por allí con mis amiguitos, la linda e inolvidable tía me buscaba con su mirada, y sonriente y regocijada me decía: "¡Mi palquita! ¡Mi Aníbal!". Cuando ello ocurría yo no sabía dónde meter la cabeza. Es que, por lo plana que es mi nuca ("palca", se llamaba en Pallasca a esta característica), me parecía al tío Aníbal Álvarez, de Cabana. Al escucharla, no me quedaba más que sonreír –forzadamente, sin querer-, pero enseguida solamente buscaba alejarme de su mirada, acobardado. 

 

Años después, ya demasiado tarde y lejos de Pallasca, solía recordar aquellas circunstancias y me decía (y sigo diciéndome, aún), estimulado por la nostalgia y los buenos sentimientos y -¡cómo no!- arrepentido: "Cuánto daría por volver a pasar otra vez por esa calle (que conduce hacia Santa Lucía, el bello mirador del pueblo, y a la que conocíamos como 'de Huaychaca') donde tenía su casa la querida tía Delia Fataccioli Brun, y oír, emocionado, sus amorosas palabras por las que entonces, tontamente, me incomodaba y hoy me harían sentir muy feliz; y cuántas correr, ahora sí, a abrazarla fuertemente".

 

Ella era esposa del tío Santos Gonzales y madre de mis primos Víctor, Shato, Nado, Perla, Blanca, Bertha y Lela. Fue hija de la tía Adelaida, una de las hermanas de mi abuela Alejandrina. Tenía una botica, ubicada frente a la plaza de armas -creo que la única en el pueblo, si no recuerdo mal-, que era administrada por el tío. En aquella botica, con puerta blanca, lo más visible para mis aterrorizados ojos era (no me lo va a creer), detrás del mostrador, una botella de color ámbar oscuro con una etiqueta en que podía verse a un hombre que llevaba un gigante bacalao cargado sobre su espalda. ¿Adivinaron por qué me sentía aterrorizado? Es que era ¡el frasco de la insoportable "Emulsión de Scott"!

 

Que Dios bendiga a mi tía Delia donde quiera que se encuentre ahora, en el Edén, con todos los pallasquinos buenos que ya no están entre nosotros, y bendiga también a mi pueblo, mi Pallasquita linda.

 

¡Qué nostalgia, caracho! Pallasca, pue. Perdonen la tristeza. Pero, es que recordar a la bella y amorosa gente de mi pueblo -en estos días de odios y desesperanza- me hace bien, muchísimo bien. 


© Bernardo Rafael Álvarez




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¡Gracias, David Rubio Bazán, por esta fotografía de tu valiosísimo álbum! (La foto la he extraído de la página Fotos Antiguas de Pallasca).


 



sábado, 8 de mayo de 2021

ALLÍ JUNTO AL NEGRITO DE LA PILA

 

Alrededor de ella, sobre todo en las noches, cuando éramos niños, solíamos chibrinquear, felices, ajenos a los problemas y sin temores; traviesos pero sanos. Ya más creciditos, púberes o adolescentes, era nuestro espacio de tertulias: conversábamos de todo, de chicas, de aparecidos; y hasta hacíamos planes medio "perversos": dónde había que ir a "robar" chiclayos horneados, por ejemplo.

 

Fue colocada allí, en el centro de la Plaza de Armas, en 1912 -según una inscripción visible al pie-, y de eso ya han pasado 109 años; ocurrió cuando el alcalde del distrito era don Armando Gallarday Caballero. Por su adquisición, hecha en Lima, se pagó una suma de dinero proveniente de la venta de ganado que la municipalidad pallasquina tenía en la hacienda Cochaconchucos. Traerla desde la Costa era asunto de titanes: entonces no había carretera de penetración; tenía que hacerse a puro punche y con el auxilio de algunos animales de carga, pero el esfuerzo humano tuvo que ser extraordinario, literalmente un sacrificio y, en efecto, así fue: uno de nuestros paisanos -que merece ser recordado-, don Genaro Gonzales (padre del inolvidable "Cumpa Erashmo"), por lo extremadamente extenuante de las circunstancias se convirtió en víctima letal, es decir, en un héroe. Y así, con esfuerzo y sacrificio, pero con esperanzado entusiasmo, llegó a nuestro pueblo, y allí, exactamente en el centro, fue colocada dándole belleza y frescor a nuestra Plaza de Armas, con el agua que expulsaba desde el surtidor ubicado en su punto más elevado.


Ese surtidor es una escultura de bronce que tiene la forma de un ave palmípeda, con el pico apuntando al cielo, y cogida -casi abrazada, en realidad- por las manos de un niño desnudo -hecho con el mismo material-, que nosotros siempre hemos conocido como "el negrito de la pila". (En obvia alusión a esa escultura, "Negrito de la pila" le decían, también, por su pelo medio ensortijado, a un empleado de lo que fue la Caja de Depósitos y Consignaciones, cuyo nombre no recuerdo).

 

Exacto, estoy hablando de nuestra pila, que es uno de los más notorios símbolos emblemáticos en el centro de nuestra ciudad, en Pallasquita linda, la tierra de los "chupabarros". (Los otros símbolos son, sin duda, la casi cuatricentenaria Iglesia de San Juan Bautista, y el añoso e impertérrito pino que sigue proyectando, aunque medio enrarecida, su sombra hacia el negrito de la pila. Y también son símbolos, pero espirituales, tres personas a las que no podemos olvidar: un hombre venido de Celendín que se convirtió en uno de los más valiosos paisanos nuestros: don Víctor Alvarado, y también don Pancho Nina (tal vez el más enterado en asuntos de cultura) y don Lorenzo Paredes, lleno de buen humor, picardía y bondad. Repito, en el centro de la ciudad.

 

Nuestro muy querido paisano Porfirio Torres Pereda, difusor de cultura desde hace muchos años, creador de un bello tema literario y musical, que es el Himno de Pallasca, y que me ha ayudado a recordar todo lo dicho, gracias a su minucioso libro "Pallasca y sus recodos", nos cuenta también que el enrejado que protege a nuestra pila fue hecho por un señor de Angasmarca, apellidado Galarreta.

 

Pero, repito, la pila propiamente dicha, con su negrito calato y los leones tutelares, fue hecha en Lima, obviamente en una fundición. ¿Cómo se llamaba esta fundición? Les cuento. Hace unos días me llamó desde Pallasca mi primo el gringo Nan (ya lo conocen: Hernán Vivar), y me dio una "tarea" que me obligó a zambullirme en mi biblioteca y rebuscar libros, revistas, papeles, con la seguridad de encontrar la información escrita de lo que yo creí tener en la punta de la lengua; pero todo resultó inútil. Esta fue la tarea: "averigua, primo Beñaño, en qué fundición se construyó la pila de Pallasca; si no logras nada, yo te doy el dato después". Al decirle que mi pesquisa, lamentablemente, no llegó a buen puerto, mi primo me dijo: "aquí tienes la información, y de boca de su descubridor". Me puso en habla con Eduardo Aguilar Fataccioli. Él, mientras se efectuaban labores de mantenimiento, se había dado con la grata sorpresa de encontrar la inscripción respectiva en un lugar al que -salvo uno que otro paisano, por razón de trabajo, pero sin poner atención en esto- prácticamente nadie se le ocurrió acceder: arriba de la pila, entre el plato de menor tamaño y el negrito calato.


Según lo allí inscrito, creo que podemos deducir que el taller de fundición estaba ubicado en el distrito del Rímac, en las inmediaciones del Cerro San Cristóbal y la Plaza de Acho; en el lugar que conocemos como Piedra Liza.

 

Lo que está escrito en la pila es, textualmente, con letras en relieve, lo siguiente: "FUNDICION DE LA PIEDRA LIZA", y al pie de estas letras aparece este otro dato importante: "LIMA PERU 1911". En esa fundición y en aquel año fue, evidentemente, hecha nuestra pila.

 

Interesante información la proporcionada por Eduardo Aguilar, y muy útil la llamada del gringo Nan. Y linda nuestra pila. Y bello nuestro pueblo, caracho, su linda gente.

 

Bien, amigos y paisanos. Sigan cuidándose mucho. Y sigan protegiendo nuestro patrimonio. Estoy seguro que nos volveremos a ver, apenas acabe la pesadilla que en estos días estamos soportando.

 

¡Un fuerte abrazo!


© Bernardo Rafael Álvarez


lunes, 26 de abril de 2021

LA LENGUA CULLI (O CULLE): Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam, munshyo, cashyul, muganshya, etc. (Mi propuesta)


A continuación expongo algunas explicaciones respecto de mi propuesta referida a un sonido muy particular en la lengua culli (en palabras como estas: Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam, que son nombres de lugares; munshyo, el ombligo; cashyul, el choclo tostado; muganshya, tizón incandescente, pero sin flama, y también luz tenue). La propuesta de que aquí hablo la di a conocer, digamos que «formalmente», cuando publiqué por primera vez mi diccionario pallasquino (El habla del Conshyamino. Diccionario del castellano de Pallasca), en forma «virtual» o «digital», a través de la Web, el año 2008; sin embargo, unos años antes, ya prácticamente la había adelantado  en el último párrafo del prólogo que redacté para El idilio de Cochapamba, libro de don Gilberto Demóstenes Gavidia P., publicado en junio del 2005. 

Bien. En la nota introductoria de mi Diccionario Pallasquino puse lo siguiente: «Expresiones propias de esa lengua ya extinguida (el culli, cuyo último reducto fue precisamente Pallasca, como lo reconoció el estudioso francés Paul Rivet) son Chúrgape (el grillo) y estas otras, acerca se las cuales creo que nadie ha puesto atención: Paranshyam, Mushyuquino (que son nombres de lugares) munshyo (ombligo), cashyul (el choclo tostado), muganshya (tizón incandescente pero sin flama y, también, luz tenue). En el listado de vocablos culli y toponímicos que Alfredo Torero inserta en su libro Idiomas de los Andes no incluye ninguna de estas expresiones, tampoco aparecen en la lista que hizo don Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); y es extraño que estas voces no hayan sido recogidas por el obispo de Trujillo Martínez Compañón ni por el presbítero pallasquino Meléndez Gonzales. Y a mí me parecen muy interesantes y valiosas no solo por lo bellas que son sino porque ponen de manifiesto un sonido que no encontramos ni en el quechua ni en el español, y yo me atrevería a calificar como emblemático en la lengua culli; me refiero al fonema (consonante africada postalveolar sonora, en inglés, y también en culli) que yo he graficado (pues me parece lo más aproximado) uniendo el dígrafo “sh” con “y”, considerando que esta última letra representa un fonema consonántico palatal sonoro cuando no está aislada o se encuentra ubicada al final de palabra precedida de vocal. El sonido al que me refiero podemos encontrarlo, por ejemplo, en las voces inglesas “jam” (mermelada), “jean” (vaquero), “jew” (judío), y que en el Alfabeto Fonético Internacional (AFI) se representa con la grafía [ʤ]». 

Este sonido –repito– he tratado de representarlo uniendo el dígrafo «sh» con la letra «y» (que, según el DLE, es la «Vigesimosexta letra del abecedario español, que representa, cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal, el fonema vocálico cerrado anterior y, en las demás posiciones, el fonema consonántico palatal sonoro»). ¿Por qué lo hago? En castellano no existe palabra en que, después de una consonante, vaya la «y», y se la pronuncie como «i» («i latina»); eso ocurre solo «cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal» (aislada, como conjunción: Juan y Pedro; al final de palabra precedida de una vocal: muy, voy, ley). Entonces, por estar frente a palabras que no son de origen español, sino culle, me pareció lo más conveniente hacer esta unión: «shy», en que la «y» no suena ni tiene que sonar como «i» («i latina», quiero decir), pues lo que sigue es una vocal («Conshyam», por ejemplo), lo que hace que su sonido se convierta en “consonántico palatal sonoro” («Consh/yam», y no «Conshi/am»). Repito, no es, naturalmente, la representación exacta del sonido culli, que –haciendo uso del Alfabeto Fonético Internacional (AFI)– sería [ʤ], pero si es la más aproximada, usando las grafías del alfabeto común).  

A las palabras que he puesto especial atención en un acápite anterior, por su componente fonético muy particular,  debo sumar las siguientes, por ser igualmente valiosas; se emplean en el distrito de Huandoval, según he podido documentarme en un libro publicado por la lingüista sanmarquina María del Carmen Cuba, titulado, precisamente, «Vocabulario de Huandoval», y las transcribo con la grafía que aquí propongo: conshyo (color blanco salpicado por manchas rojas o a la inversa); chamshyo (gusano blanco con cabeza roja, cuyo alimento es la papa aún no cosechada); chinshyo (también conocido como chincho que es más o menos parecido al huacatay); cuyam, o cushyam, que es, obviamente, solo una variación del ya mencionado conshyam (tierra húmeda o pantanosa) y cushyul, expresión que en el distrito de Pallasca se ha «castellanizado» como «currulla» (es una suerte de coerción festiva con la que se le saca a alguien de su casa para que brinde su colaboración en un trabajo).

 

·   Paranshyam, y no Paranyam, Parandyam o Parangam;

·     Mushyuquino, y no Muyuquino, Mudyuquino o Muguquino;

·     Conshyam, y no Conyam, Condyam o Congam;

·     Munshyo, y no munyo, mundyo, o mungo;

·     Cashyul, y no cayul, cadyul o cagul;

·     Muganshya, y no munganya, mugandya o muganga.   


Y, claro, no sería razonable intercalar dentro de una misma palabra culli (salvo en el contexto de una explicación académica), símbolos del alfabeto fonético con letras del alfabeto común, como esto, por ejemplo: “Conʤam”. (Una precisión adicional: el sonido al que he puesto atención en esta nota no corresponde, exactamente, a los dígrafos «sh» [por eso yo lo uno con «y»] o «ch»; es decir, no se pronuncia, por ejemplo, [mu-shu-kíno] ni mucho menos [mu-chu-kíno]). 


© Bernardo Rafal Álvarez





martes, 19 de enero de 2021

ESTE GALLO DE MIÉRCOLES

 

El maestro Rafa, mi padre, solía aderezar sus clases con unos relatos increíblemente hermosos; hermosos por las historias propiamente dichas, pero además y especialmente, por la manera como los contaba, histriónicamente: si se trataba de hacer referencia a un caballo, por ejemplo, imitaba el sonido del trote -"pacatán, pacatán..."- y, frente a los alumnos, se desplazaba dando trancos equinos (toda una ilustración audiovisual bastante contundente). Los niños se divertían de lo lindo. 


El cuento que los infantes de entonces, y hoy laboriosos adultos, recuerdan con más cariño -aparte de aquel nombrado como "La vieja patera"- es el bello e inverosímil relato (de los hermanos Grimm) al que don Rafa llamaba "Los músicos de la aldea". En él se hablaba, efectivamente, de unos músicos, pero de unos músicos nada convencionales o, como se les llamaría hoy en día: atípicos. Un asno, un perro, un gato y un gallo conformaban, con sus propias voces, un estridente y desafinado cuarteto grotescamente festivo: una orquesta de los mil diablos, diríamos mejor. Estos animales, viejos y cansados, habían dejado las viviendas de sus amos por una razón: por inservibles. El asno carecía de fuerzas suficientes para cargar bultos pesados sobre sus lomos; el perro dormía excesivamente y nada podría hacer si un ladrón osara irrumpir en la casa; el gato, con las uñas y la agilidad perdidas, había dejado de ser un buen cazador de ratones. Una sola palabra los definía: inútiles, dramáticamente inútiles. El gallo acumulaba similares deméritos: había perdido la puntualidad al dar la hora en las madrugadas y su canto más parecía, ahora, un estertor. Pero, a diferencia de sus hoy compañeros de infortunio, el último día en la casa de sus amos estuvo a punto de servir para algo, y -¡qué tal gallo de miércoles!- precisamente por ello es que resolvió darse a la fuga y ser, ahora, uno de los miembros de aquella desafinada orquesta. Lo que ocurrió después, ya todo el mundo lo sabe, ¿verdad?, por eso me ahorro la fatiga de contarlo.

Don Alipio Villavicencio, entusiasta y creativo profesor de la escuela primaria de varones de Pallasca, además de "medio poeta" -como se le hubiese ocurrido decir a algún crítico canalla-, también, como en el relato que contaba don Rafa, tenía un gallo en casa. Y a él, mi paisano nacido en Tauca, pues, está dedicada esta anecdocrónica.

 

*****

 

La educación que se impartía en la época en que se sitúa esta historia era, por decirlo sin exageración, buena. No como en estos tiempos de planes, directivas y reformas. No obstante la limitada preparación académica de los docentes (casi todos eran de "tercera categoría", es decir, sin título profesional), ellos eran, realmente, maestros cabales que contribuían positivamente a la formación de los niños y jóvenes y, por ende, al desarrollo de los pueblos. Ahora, por el desinterés de los gobernantes, la irresponsabilidad de los sindicatos, el influjo nocivo de los medios de comunicación y el bajo nivel nutricional, nuestra educación se ubica casi a ras del suelo. 

No era este el problema de entonces. Ya lo dije, la educación era buena y los profesores, en verdad, maestros. El Ministerio de Educación impartía directivas, naturalmente, pero antes que preocupaciones de orden estrictamente didáctico, que es lo formal, el interés se centraba en lo que había que enseñar. Un inspector cumplía, de vez en cuando, con verificar el desarrollo normal de la tarea educativa. Visitaba los pueblos de la jurisdicción a su cargo, hacía preguntas a los profesores, evaluaba -si creía conveniente- a los alumnos y elaboraba un informe. Muy raramente se topaba con situaciones que pudieran considerarse anómalas. Sí, en cambio, con ocurrencias anecdóticas, como aquella en que cierto inspector, al haber recibido una insatisfactoria respuesta acerca del autor de El Quijote, apesadumbrado comentaba -completamente extraviado- que en la escuela que había visitado "nadie conocía a Calderón de la Barca”. Cuando las circunstancias lo ameritaban, recomendaba y aconsejaba, siempre de buen grado, de modo que nunca se generaban enemistades, todo lo contrario, se ganaban amigos. 

Y eso es, justamente, lo que ganó el inspector de esta historia -cuyo nombre no recuerdo pero puedo asegurar que no era aquel de la descabellada referencia al autor de Fuenteovejuna o, perdón, de La vida es sueño. Ya lo dije: ganó amigos. 

En cierta ocasión llegó a Pallasca cuando allí, en la Escuela Prevocacional 293, aún laboraba don Alipio Villavicencio antes de trasladarse a la escuelita unidocente de Shindol. Efectuó, porque para eso había ido, su labor de control y, antes de retornar a la Capital de la Provincia, recibió -como se acostumbraba- un "agasajo" por parte de los profesores de los centros educativos primarios, de varones y de mujeres. 

La reunión, una comida en casa de don Víctor Alvarado, resultó muy animada y se prolongó hasta cerca de la medianoche. Don Alipio, que se encontraba allí, casi al finalizar se acercó emocionado al inspector y le pidió hacer un aparte para conversar. Luego de elogiosas expresiones, le hizo una invitación: "Mañana, señor, quiero tenerlo en mi humilde casa para almorzar; tengo un gallito que me gustaría guisar en su honor..." El inspector se alegró por tanta amabilidad y, por supuesto, sin pensarlo dos veces, aceptó la invitación. 

Concluido el ágape nocturno, todos se retiraron, intercambiando abrazos y sonrisas. Al día siguiente, temprano, don Alipio comunicó a su esposa la decisión adoptada la noche anterior. La señora, imperturbable, dio su palabra definitiva: ¡No! Evidentemente, don Alipio había cometido un error: no haber conversado con ella anticipadamente o, dicho de otro modo, no haberla consultado. Ninguna explicación pudo hacer que se revirtiese la rotunda negativa. A eso de las 11, don Alipio, avergonzado y pensando en una excusa apropiada, fue en busca del inspector. Recién, cuando estaba a punto de producirse el encuentro, surgió la idea salvadora: "Vengo -dijo- consternado a pedirle mil disculpas." "¿Por qué, amigo Alipio?", preguntó el inspector. "Es que la invitación que le hice anoche no va a poder hacerse realidad". Su interlocutor no podía zafarse de la sorpresa. Continuó don Alipio: "El gallo de miércoles que pensaba guisar en su honor, como si hubiera adivinado su final, ha terminado escapándose por los techos y es imposible encontrarlo". 

Lo que en un principio parecía contrariedad, se convirtió en una piadosa y sonora carcajada. "Para otra vez será". En horas de la tarde, y después de almorzar sabe Dios dónde, el inspector tomó su caballo y se marchó a Cabana. Y, como es de suponer, nunca se presentó una nueva oportunidad.

(Y así, aquí, acaba la anecdocrónica, ¡quiquiriquí!)

(22 de julio, 2006)



domingo, 4 de febrero de 2018

"CATIPAR"


Un amigo me preguntó acerca de "catipar", verbo que se usa en Pallasca y en otros pueblos del norte peruano (no sé si en otras regiones, también). Mi explicación:


"Catipar" es el acto de "leer" o adivinar la suerte o el futuro (u otros misterios), usando las hojas de coca. Cuando niño vi que lo hacían algunos paisanos míos. [1] Se trata, en realdad, de un oráculo ancestral (oráculo inca o andino); y la respuestas, a través de él obtenidas, nada tienen que ver con acertijos, pues no son un pasatiempo o entretenimiento.


No es culli, sino palabra de origen quechua; es la castellanización del verbo "qatipay", que –sin embargo- no significa, precisamente, leer ni adivinar. [2]


Entonces, si no significa leer ni adivinar, ¿qué diablos tiene que ver este verbo con el medio esotérico rito que realizaban, en mi tierra, especialmente nuestros hombres del campo para "predecir" lo que iba a ocurrir (en la salud, el amor o la fortuna) o “despejar” otras dudas o arcanos? Literalmente, diría que nada. ¿Entonces?


La respuesta creo que podemos encontrarla aquí: los significados, más o menos análogos, del verbo quechua "qatipay", son "seguir", "perseguir", "rastrear".


En la última de las acepciones mencionadas está la cosa: "rastrear", ¿por qué?, porque rastrear es inquirir, indagar, averiguar algo.


Ergo: "catipar" es averiguar, indagar, inquirir (o "leer", como dicen algunos) respecto de la suerte, el futuro o cualquier otra duda (“que tormentosa crece”), empleando como medio las hojas de coca. Debido a que el objeto acerca del cual se pretende averiguar o “consultar” es incierto (es decir, no podemos verlo, tocarlo ni olerlo), toda respuesta que se "obtenga" necesariamente corresponderá a eso, a una adivinación, y nunca estará amparada por la certeza o, mejor dicho, el “conocimiento seguro y claro”; siempre será aleatoria. Aunque el “catipador” diga –rotundo y con gestos convincentes- “esto es así” o, “va a ser así”, lo que realmente debemos entender en sus palabras (a pesar de que, claro, en muchos casos podrá coincidir lo dicho o anunciado con lo que realmente ocurra después) es, simplemente, esto: “podría ser”.

Según me contó Rodolfo Moreno, en la provincia ancashina de Sihuas no se dice “catipar”, sino “gatipar”; obviamente se trata solo de una variación fonética, pues el significado es el mismo. También me habló de otra cosa interesante (similar al comentario que me hizo Javier Leyva Valverde): en la tierra de los “trancapuertas” se “catipa” con el cigarro. Es cierto, con el cigarro, pero no solo en Sihuas, pues también se hace en otros lugares (yo lo he visto en mi tierra), y algo más, no solo con el cigarro y la coca.[3]



[1] Ciro Alegría (que, como sabemos, nació en Huamachuco, departamento de La Liberad) en “El mundo es ancho y ajeno” dice: “Es buena para la vida. A la coca preguntan los brujos y quien desee catipar; con la coca se obsequia a los cerros, lagunas y ríos encantados; con la coca sanan los enfermos; con la coca viven los vivos; llevando coca entre las manos se van los muertos. La coca es sabia y benéfica.” (Capítulo X, Goces y penas de la coca).

[2] El poeta José Luis Ayala me explica que, en Puno, "Los yatiris llaman al  hecho de mirar el futuro: 'uñjaña'. Es decir, ver, adivinar, llegar, mirar más allá del tiempo. Hay varias clases o categorías de yatiris. El más alto grado es ch'amakani. Es quien ve más allá del comienzo del tiempo que no termina. Tiene relación con la teoría de la física cuántica."  

[3] Lo que hacen los chamanes (que podemos encontrar en ferias artesanales de Lima y provincias) es eso, “catipar”, y lo hacen usando diversos medios: coca, cigarro, piedrecillas, quirquinchos, etc. (muchos de ellos son, o se hacen llamar, bolivianos). No sé si en Pallasca o, en general, en nuestros pueblos andinos se hace solo leyendo en las formas que adquiere el humo, o también en los “indicadores” que aparecen en el tabaco encendido, pero lo cierto es que de las dos maneras es posible realizar esa "lectura; ah, y no solo se hace en el Perú (en otras lugares a este rito lo llaman "tabacomancia"). A propósito, recuerdo una anécdota: Cuando mi padre, el maestro Rafa, cursaba estudios de profesionalización docente en Trujillo, ocurrió algo inesperado: resultó “jalado” en un examen de matemática y estuvo a punto de -como se dice coloquialmente- “tirar la toalla”. Esto le comentó a su amigo Josué Pera, un profesor conchucano que estudiaba con él. Lo que recibió como respuesta fue un rotundo “No se preocupe, colega; yo le aseguro que usted va a aprobar”; seguidamente, el profesor Pera sacó de uno de sus bolsillos una cajetilla de cigarros, extrajo uno, lo encendió y finalmente dio unas bocanadas. “¿No le dije? Usted va a aprobar”. Lo que había afirmado al principio, fue corroborado por el humo del cigarro. ¿Qué hizo el profesor Pera? ¡Catipó! Y, en verdad, mi padre concluyó el ciclo con nota altamente aprobatoria.