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miércoles, 6 de abril de 2022

"CHO" NO ES UN VOCABLO DE LA LENGUA CULLE

 

En la nota introductoria de mi diccionario pallasquino puse lo siguiente: «A los pallasquinos, por ejemplo, nos identifica, entre otras expresiones, el "cho", voz que empleamos para llamar o pedir atención a alguien. Equivale, sobre todo, a "amigo". Se trata -en el uso actual de Pallasca- de la apócope de la palabra "cholo", generada con propósito eufemístico».  

Dije que es -en el uso actual- la apócope de «cholo» (repito, en el uso). No quise decir que allí estuviese su origen, sino que (a ver si se entiende) lo usamos como reemplazo de aquella palabra (por su significado) para dirigirnos exclusivamente a un varón, pues para tratar a una mujer se dice «chi»: «cho», por «cholo»; «chi«, por «china». 

Respecto de su origen propiamente dicho, en nota de pie de página me atreví a asegurar que "cho" no es una palabra proveniente de la lengua culli (o culle), sino que había llegado desde España. Aquí transcribo la referida nota de pie de página:



«El cura Teodoro Meléndez Gonzales elaboró en 1915 –tras escuchar a un anciano pallasquino- una lista de diecinueve voces consideradas por él como de origen culli. Esta lista fue alcanzada a Santiago Antúnez de Mayolo quien, a su vez, la hizo llegar en 1935 al francés Paul Rivet. Posteriormente, al analizar las voces, los estudiosos establecieron que dos de ellas, nina y guallpal[1] no correspondían a ese origen, pues forman parte del léxico quechua (en castellano: fuego y gallina, respectivamente). Pero en lo que no pusieron atención fue en la expresión “cho”, a la que el religioso le atribuyó función apelativa (¡eh!) y con el significado de “amigo”. Creo que fue un error considerarla como voz culli. Su origen podría estar –improbablemente- en alguna lengua ya extinta del norte peruano, pero no en el culli. Sin embargo, considero que más razonable es ubicar su nacimiento en la península ibérica. Me explico. La interjección "cho" viene de España, y es similar o equivalente a “so”, usada casi siempre para “hacer parar o detener las caballerías” (como lo define un vetusto diccionario –de 1913- que como herencia familiar conservo en mi biblioteca); pero también ha servido con frecuencia para expresar asombro, y a veces indignación. Es obvio que, andando el tiempo, esta voz pasó a cumplir función apelativa, tal vez como derivación del uso, repito, dado “para hacer parar o detener las caballerías”, o quizás porque uno de sus significados (es lo que encuentro en el diccionario referido) correspondía al pronombre antiguo o anticuado “su”. O acaso su origen esté en la arbitraria y vulgar deformación y simplificación que sufrió la palabra señor durante el Siglo de Oro: convertida, sucesivamente en seor y sor, y probablemente después en so, de la que se derivó cho. Pero –repito- actualmente en Pallasca el "cho" corresponde, por su uso, a la apócope de la palabra «cholo»; y, además de ser usado como interjección con función apelativa (para llamar, detener o pedir atención a alguien) es, también, un sustantivo, con el significado de amigo, pero solo para dirigirse o referirse a varones, pues para mujeres se usa el "chi" (apócope de china). Y he aquí una particularidad adicional muy importante: a diferencia de lo que ocurre en otros pueblos, en Pallasca -obviamente por su equivalencia con "amigo"- se le pluraliza ("chos", para varones; "chis", para mujeres)». 


Como digo allí, lo que me sirvió de apoyo documental fue el viejo diccionario (de 1913) que conservo en mi biblioteca. Bueno, ahora debo decir que ese no fue el primer diccionario que registró la palabra «cho»; mucho antes ya había sido incluida en el Diccionario de Autoridades (Tomo II, 1729), y con una definición similar, la que transcribo textualmente: «Voz de que se sirven los harrieros, gañánes y gente del campo, para que paren, y se detengan las cabalgadúras, que están enseñadas à hacerlo por la continuación de oir esta voz». Interesante, sin duda.

Pero más interesante ha resultado lo que acabo de encontrar, pues creo que confirma esto que dije precisamente acerca de la procedencia de la palabra de marras: «O acaso su origen esté en la arbitraria y vulgar deformación y simplificación que sufrió la palabra señor durante el Siglo de Oro: convertida, sucesivamente en seor y sor, y probablemente después en so, de la que se derivó cho)». Se trata (es lo que he encontrado) del Diccionario histórico del español de Canarias (DHEC), publicado en la Web por la Real Academia Española (RAE), en que aparece, con una nutrida información documental, la palabra «cho» con el significado de «señor». Una de las referencias que hace, por ejemplo, es a la novela El Cacique (1898), de Guillón Barrús, en cuya página 25 puede leerse el breve pero muy ilustrativo y explicito parlamento de uno de sus personajes: «En esto llegó el medianero. ─¡Hola, cho Sixto! ¿qué tal? ¿Cómo andan esos plantíos?». El «cho» usado, exactamente, tal como se hace en Pallasca: para dirigirse a una persona del sexo masculino. ¿Y cuál es el vocablo para dirigirse a una mujer? En Pallasca –ya lo dije- es “chi”, y en España (concretamente, en Canarias), «cha» (DHEC: «Navarro Correa Habla Valle Gran Rey (p.51): cho.- Tratamiento que se da a los ancianos (cho Juan, cha María)».[2] 

La particularidad que tiene el uso del “cho” en Pallasca, que lo diferencia del que tenía, o tiene, en Canarias[3], es esta: mientras que en el archipiélago español era «un tratamiento de respeto (…) que se anteponía al nombre propio» (DHEC), es decir, para dirigirse a personas mayores, en Pallasca, más bien, se emplea en el trato de confianza o familiaridad, entre quienes se tutean. Otra cosa que merece ser resaltada es que, en Pallasca, el "cho" incluso se pluraliza. 

Algo que me parece que debe ser tomado en cuenta, también, es que la única referencia documental más antigua con que contamos acerca del uso de este vocativo en el Perú es la lista de vocablos recogidos en Pallasca por el padre Teodoro Meléndez Gonzales (1915), en la cual no aparece «cha»; de lo que, obviamente, se deduce que a nuestro medio solo llegó la forma masculina («cho»). ¿Esto qué significa? Que fue en Pallasca (o, en fin, en los pueblos en que antiguamente se hablaba la lengua culle) donde no solo se adoptó el uso de la expresión bajo estudio, sino que, además, se le adaptó de un modo muy particular, generándose, creativamente, un desdoblamiento (masculino/femenino) distinto a aquel que era de uso común en el viejo Continente: se creó y comenzó a emplearse la forma  «chi» para aludir a las mujeres (esto, repito, sumado a la pluralización del vocativo y su uso solo para dirigirse a personas con las que la relación es de tuteo -o sea, de confianza o familiaridad-). 

Bien. Creo que está confirmado (hasta ahora, y con referencias reales que valen como prueba; es decir, no solo con sospechas), lo que dije en el Diccionario Pallasquino. La palabra “cho” -específicamente la que se usa en Pallasca- no procede de la lengua culle (y, estoy seguro, de ninguna otra lengua andina); todo indica que habría sido traída de España. Afirmo, por ello, que el presbítero Teodoro Meléndez Gonzales[4] se equivocó, al considerarla como vocablo nativo en la lista de voces que recogió en algún caserío de Pallasca ("de boca de un anciano") y que en 1915 hizo llegar al sabio ancashino Santiago Antúnez de Mayolo quien, veinte años después, la dio a conocer al estudioso francés Paul Rivet.

(Faltaría saber -para redondear el asunto- cuándo fue que llegó a estas tierras y por qué se estableció únicamente en una zona de nuestro país. ¿Quizás porque solo fueron pocas familias, que se asentaron en algunos pueblos de la sierra norte, las que trajeron este vocablo? Bueno, al menos respecto de su arribo a estas tierras, mi hipótesis es que -a Pallasca- no llegó con la Conquista sino, posiblemente, a fines del siglo XVIII o principios del XIX. En fin, es un trabajo sumamente arduo el que aún queda por delante, para lograr una respuesta definitiva a esta última inquietud).



[1]Pero creo que conviene señalar que no solo estas dos palabras, nina y guallpa, además del cho, son ajenas a la lengua culle. También lo es pichón y kiamberto: la primera es palabra castellana originada en el latín, y la segunda expresión, si bien no forma parte del léxico español, por razones fonéticas es más próxima a él que a alguna lengua andina. Esto puse en nota a pie de página en mi ensayo Cutipar / unas palabras sobre el castellano pallasquino y la lengua culli (enero, 2018): “¿’Ki amberto gual’pe’ no habría sido, tal vez, una caprichosa o arbitraria manera de decir algo como: ‘Qué hambre de comer gallina’? Me aventuro a creer que sí. Definitivamente, de lo que estoy convencido –mientras no se me demuestre lo contrario- es que, dejando de lado la misteriosa partícula ‘ki’, la expresión ‘amberto gual’pe’, recogida por el cura Meléndez, nada tiene que ver con la lengua culli.”

[2] También en el Tesoro de los Diccionarios históricos de la lengua española aparece el vocablo "cho" (con el significado ya señalado y su femenino "cha") y , además, la referencia documental más remota, el libro Poesía (1880) de la desenfadada poeta palmense (es decir, nacida en Las Palmas de Gran Canaria) Agustina González y Romero, también conocida como "La Perejila", en uno de cuyos poemas (pág. 267) se lee lo siguiente: "-¿Quién púo sé, chó Tasaá?". 

[3] Efectivamente, uso que tenía en Canarias (ya no se usa, según me informa el periodista y escritor tinerfeño Ramón Alemán). El Diccionario Básico de Canarismos, publicado por la Academia Canaria de la Lengua, dice que era una fórmula de tratamiento que "antepuesta al nombre, fue empleada para referirse a personas mayores pertenecientes al nivel popular".

[4] Así se apellidó: Meléndez Gonzales; y no Gonzales Meléndez.

 

lunes, 7 de febrero de 2022

MELÉNDEZ GONZALES (NO GONZALES MELÉNDEZ). EL CURA PALLASQUINO QUE REUNIÓ VOCABLOS DE LA LENGUA CULLE

Sin duda, lo que en las siguientes líneas se dice va a sorprender a muchos, en especial a los estudiosos de las lenguas andinas. En el texto que aquí presento vuelvo a dar a conocer públicamente (antes lo hice en mi Diccionario Pallasquino*), pero ahora con pruebas, lo que yo ya había sabido cuando aún tenía quince años de edad: un dato que altera la información que lingüistas y otros estudiosos han venido manejando durante décadas, acerca de uno de los personajes que contribuyó al conocimiento de una de las antiguas lenguas que se hablaban en la sierra norte del Perú, el culli o culle.

                                                             ***

 

Teodoro Meléndez Gonzales. ¿Saben quién fue? Fue un sacerdote pallasquino que aportó con la recopilación de un importante número de voces de la lengua culli (o culle), que se hablaba desde Pallasca hasta Cajabamba, y que hoy es estudiada por muchos investigadores. Meléndez envió una relación de diecinueve vocablos, en 1915, al sabio ancashino Santiago Antúnez de Mayolo, quien, veinte años después, la hizo llegar al estudioso francés Paul Rivet que escribió, en 1949, el artículo «Les langues de l’ancien diocèse de Trujillo» («Los idiomas de la antigua diocesis de Trujillo»), publicado en la revista Journal de la Société des Américanistes de Paris, en que -al hacer referencia a lo enviado por el ancashino- dijo: «Según el autor de esta nota, el vocabulario de 19 palabras, que tuvo la gentileza de comunicarme, fue recogido por un sacerdote de Pallasca, el Dr. GONZALES, hacia 1915, de boca de un anciano, y, en esa época, el idioma ya estaba en vías de desaparición». 

«El Dr. Gonzales». ¿Por qué fue así como lo llamó el etnólogo francés? Por una confusión generada por el mismo religioso pallasquino respecto de su nombre, lo que dio lugar a que fuese conocido, hasta ahora, por todos los estudiosos de las lenguas andinas, como «Teodoro Gonzales»: así lo nombraban y así continúan nombrándolo en todos los foros académicos y en los trabajos elaborados en torno a la lengua culle. Creo que soy el único que al aludirlo nunca ha hecho tal cosa. En la página 96 (nota al pie) de mi Diccionario Pallasquino (publicado en la Web desde el 2008, y editado en físico el año 2019), digo -categóricamente y para que no haya lugar a dudas- lo que sigue: «el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales (así es como se llamó realmente, y no "Teodoro Gonzales")»; esto, porque a mi abuela Alejandrina Brun Gonzales -que conoció al sacerdote, pues eran parientes cercanos- oí que se refería a él como «el cura Meléndez», en una ocasión en que ella, el maestro Rafa -mi padre- y mi tío Jesús (el menor y el mayor de sus hijos varones, respectivamente), conversaban respecto de un tema que entonces (cuando yo tenía quince años) era de interés de muchos pobladores en mi distrito: la división (que no prosperó) de la provincia, y -entre otras cosas- en aquella conversación también comentaron de cómo fue que Cabana llegó a convertirse en la capital.

¿Por qué -repito- todo el mundo decía y dice «Teodoro Gonzales» y no Teodoro Meléndez? ¿Por qué se dio esa confusión? Por algo que es obvio, y ya casi lo he insinuado: porque el sacerdote (que también fue diputado: desde 1889 hasta 1894) hacía esto que también acostumbraba hacer el autor de «Pájinas libres» y «Horas de lucha»: firmaba poniendo, de su primer apellido, solo la letra inicial: Teodoro M. Gonzales (el escritor peruano firmaba así: Manuel G. Prada). A esto se debió, pues, el malentendido ocasionado, digamos, adrede: el cura, obviamente, quería esconder su apellido paterno por alguna razón que ignoro y sobre la cual no quisiera especular porque creo que no viene al caso.  

Pero, bueno, según testimonio absolutamente confiable (y que ha servido como sustento para la información que aparece en la Web respecto de los congresistas peruanos, desde comienzos de la República), en los archivos del Poder Legislativo aparece registrado el nombre del religioso pallasquino (que, repito, también fue diputado) tal como realmente era: Teodoro Meléndez Gonzales. Este es un dato cierto e indiscutible.

Les cuento. Para el año 2020 yo tenía previsto viajar a Pallasca, con el objeto de -entre otras cosas- lograr la corroboración definitiva y, así, demostrar ante los ojos de los demás (con documentos parroquiales, naturalmente) que la información específica que manejaban nuestros lingüistas, sobre el nombre del sacerdote, era equivocada: mi propósito lamentablemente tuvo que descartarse debido a la pandemia. Hace unas tres semanas, un pariente mío me comentó que era muy posible que en la pila bautismal de la Iglesia de Pallasca apareciese grabado el nombre completo del religioso, que fue quien la donó, y me sugirió que pidiese a alguien en Pallasca que verificara tal cosa; es lo que hice: una amiga que reside en mi tierra se encargó de la constatación correspondiente y me envió fotografías demostrativas: el resultado fue infructuoso. Sin embargo, ¡oh, sorpresa!, las pruebas que quise encontrar, inesperadamente y como algo «caído del cielo», me llegaron hoy día por otro medio. Con ello, en primer lugar, me he enterado de que el cura Teodoro Meléndez había sido padre de al menos dos varones; y, en segundo lugar, he podido advertir que el matrimonio de uno de ellos -llamado José- fue inscrito, por mandato judicial, en el Concejo Distrital de Conchucos en 1948, y que en la respectiva partida o «acta de matrimonio civil» fue consignado, como corresponde, el nombre de su progenitor («ya finado», dice el documento): Teodoro Meléndez Gonzales, ¡el cura! Esta partida de matrimonio es la prueba a la que acabo de aludir, y lo que tengo en mis manos es una copia de ella, gracias a la desinteresada gentileza y amabilidad del profesor Miguel Cavero (que, obviamente, la obtuvo a través del internet), y a quien expreso, emocionado, mi profunda gratitud. Como ven, no hay nada de invención en lo dicho por mí (por lo demás, la veracidad de ese matrimonio -de José Meléndez con María Berenice Magán- me la ha confirmado mi amigo Alfonso Ragas, que es de Conchucos). 

Lo que a todo esto debo agregar, finalmente, es que el cabanista Josué F. Vivar, en su libro «Monografía de Pallasca», publicado en 1930, al referirse a la elevación de Cabana a la categoría de capital de la provincia de Pallasca, hace la justa mención, en la página 8, al diputado que fue el gestor de tal cosa (el autor de la propuesta parlamentaria); ¿saben quién fue ese diputado?, pues aquel del que estoy hablando: el religioso nacido en Pallasca que, «de boca de un anciano», logró recoger un conjunto de vocablos de la lengua culle. No es, debo repetirlo una vez más, «Teodoro Gonzales», sino –como lógicamente también aparece en el aludido libro- Teodoro Meléndez Gonzales. Este es el nombre correcto del religioso en cuestión, el que, en algún pueblo de nuestra provincia (Cabana, Tauca o Bolognesi), vuelvo a decirlo, recogió vocablos de la lengua culle, entre los cuales tenemos los siguientes: chu (cabeza), huico (comer), uro (cuello), maiko (manta), uru (hombre), guru (palo), korep (perro), mai (pie), vil (sandalia), muntua (sombrero), vana (pan), piu (lluvia), pishoe (leña). 

Palabras estas del culle, que fue la lengua que se hablaba en la sierra norte de nuestro país desde antes de la llegada de incas y españoles a esta región (posiblemente desde el siglo V antes de Cristo), y que hoy ya nadie habla y de ella solo han quedado vocablos, especialmente topónimos, desperdigados en distintos pueblos (en Pallasca, por ejemplo -entre otros- los topónimos Conshyam, Mushyuquino, Colgázacape y los vocablos comunes chúrgape, muganshya, cungul, etc.). La última cullehablante (allá por las décadas de 1940), según don Alipio Villavicencio, habría sido una señora que era conocida como “la viejita Ishpe” (aunque, según información que Henri Reichlen –entonces en misión por el norte peruano- le dio a Paul Rivet, habría habido más personas que aún se comunicaban en aquella lengua: pero, claro, esto no hay cómo probarlo). Hoy, el culle se ha convertido en un objeto muy importante de estudio y discusión por parte de lingüistas y antropólogos: un gran número de tesis se han elaborado en distintas universidades, y sigue sorprendiéndonos. Sus más importantes estudiosos son, sin ninguna duda: Willen F. H. Adelaar (En pos de la legua culle); Alfredo Torero (Áreas toponímicas e idiomas en la sierra norte peruana: un trabajo de recuperación lingüística); Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); Luis Andrade Ciudad (Pallasca, último reducto de la lengua culle): Gustavo Solís Fonseca (La lengua culle revisitada): Íbico Rojas (Tahuashando, enigma culle en la poesía de Vallejo); Rodolfo Cerrón Palomino (Sobre el falso enigma Vallejiano de 'Tahuashando'); María del Carmen Cuba Manrique (El préstamo léxico y su adaptación en el castellano de la sierra norte del Perú: Un fenómeno lingüístico y cultural); Manuel Flores Reyna (Evidencias de la lengua culle en Sinsicap)… Y los primeros que recogieron voces de esta lengua ahora ya extinguida, fueron el obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez Compañón y el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales.

                                                                                                                              © Bernardo Rafael Álvarez

 

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* El habla del Conshyamino. Diccionario del castellano de Pallasca. 2008.

lunes, 26 de abril de 2021

LA LENGUA CULLI (O CULLE): Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam, munshyo, cashyul, muganshya, etc. (Mi propuesta)


A continuación expongo algunas explicaciones respecto de mi propuesta referida a un sonido muy particular en la lengua culli (en palabras como estas: Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam, que son nombres de lugares; munshyo, el ombligo; cashyul, el choclo tostado; muganshya, tizón incandescente, pero sin flama, y también luz tenue). La propuesta de que aquí hablo la di a conocer, digamos que «formalmente», cuando publiqué por primera vez mi diccionario pallasquino (El habla del Conshyamino. Diccionario del castellano de Pallasca), en forma «virtual» o «digital», a través de la Web, el año 2008; sin embargo, unos años antes, ya prácticamente la había adelantado  en el último párrafo del prólogo que redacté para El idilio de Cochapamba, libro de don Gilberto Demóstenes Gavidia P., publicado en junio del 2005. 

Bien. En la nota introductoria de mi Diccionario Pallasquino puse lo siguiente: «Expresiones propias de esa lengua ya extinguida (el culli, cuyo último reducto fue precisamente Pallasca, como lo reconoció el estudioso francés Paul Rivet) son Chúrgape (el grillo) y estas otras, acerca se las cuales creo que nadie ha puesto atención: Paranshyam, Mushyuquino (que son nombres de lugares) munshyo (ombligo), cashyul (el choclo tostado), muganshya (tizón incandescente pero sin flama y, también, luz tenue). En el listado de vocablos culli y toponímicos que Alfredo Torero inserta en su libro Idiomas de los Andes no incluye ninguna de estas expresiones, tampoco aparecen en la lista que hizo don Fernando Silva Santisteban (La lengua culle de Cajamarca y Huamachuco); y es extraño que estas voces no hayan sido recogidas por el obispo de Trujillo Martínez Compañón ni por el presbítero pallasquino Meléndez Gonzales. Y a mí me parecen muy interesantes y valiosas no solo por lo bellas que son sino porque ponen de manifiesto un sonido que no encontramos ni en el quechua ni en el español, y yo me atrevería a calificar como emblemático en la lengua culli; me refiero al fonema (consonante africada postalveolar sonora, en inglés, y también en culli) que yo he graficado (pues me parece lo más aproximado) uniendo el dígrafo “sh” con “y”, considerando que esta última letra representa un fonema consonántico palatal sonoro cuando no está aislada o se encuentra ubicada al final de palabra precedida de vocal. El sonido al que me refiero podemos encontrarlo, por ejemplo, en las voces inglesas “jam” (mermelada), “jean” (vaquero), “jew” (judío), y que en el Alfabeto Fonético Internacional (AFI) se representa con la grafía [ʤ]». 

Este sonido –repito– he tratado de representarlo uniendo el dígrafo «sh» con la letra «y» (que, según el DLE, es la «Vigesimosexta letra del abecedario español, que representa, cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal, el fonema vocálico cerrado anterior y, en las demás posiciones, el fonema consonántico palatal sonoro»). ¿Por qué lo hago? En castellano no existe palabra en que, después de una consonante, vaya la «y», y se la pronuncie como «i» («i latina»); eso ocurre solo «cuando aparece aislada o en final de palabra precedida de una vocal» (aislada, como conjunción: Juan y Pedro; al final de palabra precedida de una vocal: muy, voy, ley). Entonces, por estar frente a palabras que no son de origen español, sino culle, me pareció lo más conveniente hacer esta unión: «shy», en que la «y» no suena ni tiene que sonar como «i» («i latina», quiero decir), pues lo que sigue es una vocal («Conshyam», por ejemplo), lo que hace que su sonido se convierta en “consonántico palatal sonoro” («Consh/yam», y no «Conshi/am»). Repito, no es, naturalmente, la representación exacta del sonido culli, que –haciendo uso del Alfabeto Fonético Internacional (AFI)– sería [ʤ], pero si es la más aproximada, usando las grafías del alfabeto común).  

A las palabras que he puesto especial atención en un acápite anterior, por su componente fonético muy particular,  debo sumar las siguientes, por ser igualmente valiosas; se emplean en el distrito de Huandoval, según he podido documentarme en un libro publicado por la lingüista sanmarquina María del Carmen Cuba, titulado, precisamente, «Vocabulario de Huandoval», y las transcribo con la grafía que aquí propongo: conshyo (color blanco salpicado por manchas rojas o a la inversa); chamshyo (gusano blanco con cabeza roja, cuyo alimento es la papa aún no cosechada); chinshyo (también conocido como chincho que es más o menos parecido al huacatay); cuyam, o cushyam, que es, obviamente, solo una variación del ya mencionado conshyam (tierra húmeda o pantanosa) y cushyul, expresión que en el distrito de Pallasca se ha «castellanizado» como «currulla» (es una suerte de coerción festiva con la que se le saca a alguien de su casa para que brinde su colaboración en un trabajo).

 

·   Paranshyam, y no Paranyam, Parandyam o Parangam;

·     Mushyuquino, y no Muyuquino, Mudyuquino o Muguquino;

·     Conshyam, y no Conyam, Condyam o Congam;

·     Munshyo, y no munyo, mundyo, o mungo;

·     Cashyul, y no cayul, cadyul o cagul;

·     Muganshya, y no munganya, mugandya o muganga.   


Y, claro, no sería razonable intercalar dentro de una misma palabra culli (salvo en el contexto de una explicación académica), símbolos del alfabeto fonético con letras del alfabeto común, como esto, por ejemplo: “Conʤam”. (Una precisión adicional: el sonido al que he puesto atención en esta nota no corresponde, exactamente, a los dígrafos «sh» [por eso yo lo uno con «y»] o «ch»; es decir, no se pronuncia, por ejemplo, [mu-shu-kíno] ni mucho menos [mu-chu-kíno]). 


© Bernardo Rafal Álvarez





lunes, 1 de junio de 2020

¿QUÉ QUISO DECIR USTED, DON CÉSAR, ALLÍ EN "HOJAS DE ÉBANO"? UN NUEVO ELEMENTO PARA EL DESCONCIERTO.

1: En un ensayo publicado hace dos años ("CUTIPAR / Unas palabras sobre el castellano pallasquino y la lengua culli"; enero, 2018), toqué, entre otras cosas, el tema referido a los vocablos culli en la poesía de César Vallejo. Esto es lo que dije, al respecto:


"Son cuatro las palabras, a las que siempre se alude como originarias de lenguas nativas, empleadas por César Vallejo en su poesía. Tenemos: Irichugo, Tayanga, poña y tahuashando. Las tres primeras
mencionadas corresponderían a la lengua culli: Irichugo y Tayanga son topónimos (un paraje cercano a Santiago de Chuco y un centro poblado en la provincia de Sánchez Carrión, respectivamente) y poña es el nombre de una paja menuda o pelusa de algunos vegetales. Pero es tahuashando, obviamente un gerundio, lo que ha generado intriga y más de una hipótesis con pretensión hermenéutica. Contiene, en la desinencia, el fonema sibilante palatal /š/, común en el castellano del norte peruano (a partir de Pallasca) que –como vimos- sería herencia o rezago de la antigua lengua culli, pero su raíz podría corresponder al quechua (tahua: cuatro). Asumir –considerando lo dicho: que 'tahua' significa 'cuatro'- una teoría certera acerca de lo que quiso expresar nuestro poeta con el uso de esa forma verbal resultaría, simple y llanamente, imposible (pues, por ejemplo, sería ridículo y descabellado traducir la expresión como 'cuatreando'). El lingüista Ibico Rojas aventura dos posibles hipótesis: 1: Una que tiene que ver, antes que con lucubraciones etimológicas, con una interpretación basada en el sentido común. Según la última estrofa del poema, 'Llueve… llueve… Sustancia el aguacero', mientras los viejos alcanfores, vestidos 'con sus ponchos de hielo y sin sombrero', están 'tahuashando en el sendero'. Esto nos hace pensar que el poeta quiso decir que, como ancianos, los árboles –mientras velan en el sendero- están 'tiritando' o 'temblando', obviamente debido al frío. 2: Que tahuashando sería sinónimo de 'encorvando', 'flexionando' o 'curvando', en actitud reverencial ('alcanfores que velan tahuashando'), es decir: doblando la espalda; y que el componente //huasha// podría ser un lexema culli. Sin embargo (este es mi comentario), hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que 'huasha' es un vocablo de origen quechua que significa espalda; segundo, que, si quisiéramos acepar como razonable la alusión a 'encorvando', tendríamos que reconocer que lo correcto habría sido que en el poema el gerundio apareciese en forma reflexiva: tahuashándose, o sea, encorvándose. Sea como fuere, lo cierto es que el misterioso vocablo usado por Vallejo nada tiene que ver con la lengua culli.

 

De lo que yo sí estoy seguro es de que lo que nuestro poeta universal quiso hacer e hizo, fue dar rienda suelta a su libertad creadora y, sin más ni más, inventó un bello y desconcertante neologismo –tahuashando-, como poco tiempo después hizo con Trilce, palabra que también, hasta ahora, sigue poniendo de vuelta y media a más de medio mundo que se esfuerza por encontrarle un significado, a pesar de que el mismo poeta se encargó de decir, enfáticamente, que no quería decir nada".

 Agregué, en nota de pie de página, lo siguiente, respecto de las dos hipótesis --sobre "tahuashando- formuladas por el lingüista Íbico Rojas, en su ensayo "Tahuashando, enigma culle en la poesìa de Vallejo":

 

"Rojas refiere que un alumno suyo, de la Universidad Nacional de Trujillo, nacido en Santiago de chuco, le contó que nunca había escuchado la expresión #taguash#, pero sí una frase como esta: “Tahuashón ta el Shesha”, y que #taguasha# significa “encorvado” y #taguashón#, 'muy encorvado'. No quisiera poner en duda tal referencia, pero creo estar convencido de que no fue 'tahuashón' lo que el estudiante dijo como sinónimo de “muy encorvado”, sino simplemente 'huashón' que es como se le llama familiarmente (en Pallasca, en Huamachuco y también en Santiago de Chuco) al varón que, sin ser precisamente, jorobado, tiene la espalda encorvada. La frase bien pudo haber sido esta: 'Tan huashón ta el Shesha' (o sea: 'Muy huashón está el César')".

 

2: Según cuenta, Luis Flores Prado, en una visita a Angasmarca (provincia de Santiago de Chuco), el 20 de junio del 2019, tuvo la oportunidad de entrevistar “a un nativo de Conra" (centro poblado del distrito de Santiago de Chuco) a quien le preguntó si conocía el significado de "tahuashando" y el interpelado, enfáticamente, le dijo que no, porque esa expresión no existía en su pueblo y que, más bien, precisó, "debe ser "tagushando", que sí se usa allí y significa "está tratando de hablar" o "tratando de aprender a hablar", referido particularmente a las criaturas muy tiernas que -obviamente- aún no pueden pronunciar palabras. De lo cual se puede inferir que estamos ante una expresión con origen onomatopéyico.

¿Por qué digo onomatopéyico? Por esto: porque me parece evidente que el étimo (la raíz, su origen) de “tagushando” está en el sonido gutural "gu" (o “agú”), que es, si no me equivoco, uno de los primeros sonidos que emiten los bebitos que aún no están en condiciones de articular palabras, que aparentemente tratan de comunicarse, de hacerse entender. Y la expresión, en forma escrita, sería esta: "ta gushando" (o “ta agushando”), en que encontramos dos elementos: "ta", que es la aféresis de "está"; y "gushando" (o “agushando”), que sería -en gerundio- la forma verbal "gushar” (o “agushar"), en cuya segunda sílaba, está el fonema sibilante palatal “sh” (/š/), tan común en la sierra norte del Perú. “Gushando”: haciendo gu, o agú. 

3: Pero aquí surge esta pregunta: ¿En qué lengua podemos encontrar las expresiones “gu” o "agú”, si las admitimos como palabras? Carezco de información respecto de lenguas distintas del castellano; sin embargo, estoy convencido de que no se trata de sonidos privativos de ninguna lengua en particular, y hasta me aventuraría a asegurar que, sea cual fuere el país, no se encuentran en ningún diccionario (en el nuestro no está), porque –es obvio, creo yo- no son asumidas o aceptadas, aún, como palabras propiamente dichas. (Alguien mejor informado que yo, podrá –espero- esclarecer esto, es decir, asegurarnos si aparece o no en algún diccionario de otra lengua). 

4: Bien. ¿La expresión “gushando” (o "agushando") es culli? Considerando lo antes dicho, no, no podemos dar una respuesta afirmativa. Lo único que nos podría remitir a esa lengua ya extinta es el fonema sibilante palatal ya mencionado, ya que, aparentemente, ese sonido habría sido una de las características más saltantes en esa lengua. Y, respecto del "gu" o "agú", como emisiones guturales de los niños apenas nacidos, debo decir que carecen de nacionalidad, raza y color; son, me parece, universales, como lo es la expresión sonora de la risa. La forma verbal también referida, el gerundio en terminación “ando”, es, hay que decirlo enfáticamente, del castellano. No estamos, pues, frente a vocablos de la lengua culli. Obvio: tampoco tienen que ver con el quechua. 

5: ¿Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que “tagushando” es realmente la expresión que quiso poner César Vallejo en el poema "Hojas de ébano”, pero, sabe Dios por qué razón, la alteró? No hay manera de demostrarlo; sin embargo, como hipótesis, es válido aceptar que sí pudo haber ocurrido tal cosa. Y si de algo podemos asirnos como recurso que haga razonable la sospecha, es esto: “tahuashando” no es, y creo que nunca lo ha sido, un vocablo del castellano de Santiago de Chuco; y sí lo es, en cambio, la expresión “tagushando”, según el testimonio de un poblador de la zona que he escuchado en la grabación que hizo hace un año Luis Flores Prado (y que todos pueden también escuchar, en la cuenta de Facebook del estudioso huamachuquino[1]). 

¿Cuál sería su significado en el poema de Vallejo?  Veamos. Esta es la estrofa en que aparece el desconcertante vocablo que, en esta ocasión, me he permitido modificar con el solo propósito de procurar una explicación: “Llueve… llueve… Sustancia de aguacero, / reduciéndolo a fúnebres olores, / el humor de los viejos alcanfores / que velan ‘tagushando’ en el sendero / con sus ponchos de hielo y sin sombrero”. 

Cité antes las dos hipótesis formuladas por Íbico Rojas, respecto de “tahuashando”: 1) que el poeta habría querido decir que los alcanfores, como ancianos, están 'tiritando' o 'temblando', debido al frío; 2) que “tahuashando” sería sinónimo de 'encorvando', 'flexionando' o 'curvando', en actitud reverencial. De estas dos hipótesis -digo yo- menos deleznable es la primera, a pesar de que el lingüista no recurre a cuestiones etimológicas para buscar una explicación, pues, más bien (y en este caso es razonable), se basa en el contexto conceptual en que aparece el vocablo de marras. La segunda propuesta, definitivamente, está fuera de lugar. 

6: ¿Y si aceptáramos que, en vez de “tahuashando”, la desconcertante expresión en el poema de Vallejo hubiera sido “tagushando”, qué interpretación podríamos darle, cuál sería su significado? Difícil procurar una respuesta. Ya dije antes cuál es el sentido que se le da en Angasmarca a esta forma verbal: estar tratando de hablar, un bebé; y que la manera de decirla por escrito es así: “ta gushando” o “ta agushando” (“está gushando”, o “está agushando”). Sería imposible llegar a buen puerto y seguiríamos desconcertados de por vida. “(A)lcanfores que velan tagushando”, sería como esto (considerando que el “ta” es aféresis de “está”): “alcanfores que velan ta gushando”, “alcanfores que velan está gushando”. Absurdo, descabellado, sin pies ni cabeza. Lo más coherente que hubiera hecho, si es que, en verdad, Vallejo hubiese querido echar mano a la expresión que es usual en Angasmarca, habría sido que eliminara el “ta” y rescatara únicamente el “gushando” (o “agushando”). ¿Y cuál habrìa sido, repito, su significado en el poema? Este: “… los viejos alcanfores velan, tratando (como niños apenas con pocos meses de nacidos) de hablar, esforzándose por articular palabra alguna”. ¿Sería aceptable esta hipótesis? No lo puedo afirmar con absoluta seguridad, pero, sí, creo que que podría ser válida, razonable. 

7: Tengo la tentación de quedarme con mi propia hipótesis, respecto de la expresión que –cualquiera haya sido su razón o motivo- es la que puso César Vallejo en el poema (“tahuashando”), y es, definitivamente, la única que debemos tener en cuenta cuando de estudiar la poesía vallejiana (en concreto, el poema “Hojas de ébano”) se trata. La he transcrito más arriba, pero aquí la repito. Esta es mi hipótesis: Lo que nuestro poeta universal quiso hacer e hizo, fue dar rienda suelta a su libertad creadora y, sin más ni más, inventó un bello y desconcertante neologismo, que ha puesto de vuelta y media a más de medio mundo. ¿Qué habría querido decir el autor del poema, con ese misterioso verbo? Él mismo, Vallejo- si estuviera vivo- hubiera contestado, rotundo, como cuando le preguntaron acerca de "Trilce": no quise decir nada.



  © Bernardo Rafael Álvarez
1 de junio del 2020



viernes, 19 de enero de 2018

  CUTIPAR / Unas palabras sobre el castellano pallasquino y la lengua culli

Presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales.*
El culli fue una lengua que se habló en gran parte del norte peruano, desde Pallasca hasta Cajamarca y en algunos pueblos de Amazonas, antes de que a esta región norteña llegaran los incas, quienes –sin lograr su cometido– al imponer el quechua trataron de borrar de la faz de la tierra la lengua que allí encontraron.[1]
Los españoles –como es explicable, por cuanto su empresa fue de conquista–  habrían procurado también extinguirla disponiendo, según documentación de la época, la prohibición de hablarla.[2]  Pero pudo sobrevivir. Y, como llegó a afirmar el estudioso Paul Rivet, el empleo de esta lengua se habría dado –claro, por un muy reducido número de hablantes– hasta la década de 1940 inclusive, en algún caserío de Cabana o Bolognesi y, según alguna vez le refirió don Alipio Villavicencio al estudioso Manuel Flores Reyna, la última hablante de esta lengua habría sido una señora a la que se le conocía como “la viejita Ishpe”.

Expresiones propias del culli (cuyo último reducto fue precisamente Pallasca) son, por ejemplo, chúrgape (grillo), lacataca (el caracol, o “babosa”). Pero también estas otras, acerca de las cuales, prácticamente ningún especialista ha puesto atención: Paranshyam, Mushyuquino, Conshyam (que son topónimos), munshyo (el ombligo), cashyul (el choclo tostado), muganshya (tizón incandescente pero sin flama y, por extensión, luz tenue). Son interesantes y valiosas no solo por lo bellas sino porque ponen de manifiesto un sonido que no encontramos ni en el quechua ni en el español, y yo me atrevería a calificar como emblemático; me refiero al fonema (consonante africada postalveolar sonora) que yo he graficado (pues me parece lo más aproximado) uniendo el dígrafo “sh” con “y”, considerando que esta última letra representa un fonema consonántico palatal sonoro cuando no está aislada o ubicada al final de palabra precedida de vocal (DLE). Emblemático, también, claro está, el sibilante palatal /š/ que, según algunos estudiosos, sería herencia o rezago que quedó de aquella lengua, y que sirve especialmente para la construcción de diminutivos e hipocorísticos castellanos y le da una bella entonación afectiva al quechua ancashino). El sonido culli al que me refiero –que no tiene nada que ver con el quechua ni el castellano– sí podemos encontrarlo, por ejemplo, en las voces inglesas “jam” (mermelada), “jean” (vaquero), “jew” (judío), y que en el Alfabeto Fonético Internacional (AFI) se representa con la grafía o símbolo [ʤ][3] Otros sonidos que, sin duda, son o provienen de la lengua culli son los segmentos o componentes –bal [-ball, -vall. valle], probablemente “llanura, pampa, campos”, según Alfredo Torero (Cocabal, Huandoval, Survalle); -sácape, que podría significar “chacra” (Colgasácape); -vara (Taurivara, Marcovara); y, difinitivamente, el –coñ [-goñ, -goñe], “agua” (Acogoñe, Pichungoñe, Gorgoñe, Chapucungoñe).



EL VERBO CUTIPAR

Cutipar es un verbo que se usa en Pallasca y en gran parte del norte peruano. Es –por cierto, como muchas– la verbalización castellana de una palabra proveniente de una lengua distinta a la que llegó de la Península Ibérica hace cerca de quinientos años. ¿Cuál es su lengua madre? ¿El culli, tal vez? ¿Acaso el quechua? Veamos:

En el “Diccionario Pallasquino” puse lo siguiente: “Los lingüistas han podido contar con valioso material para sus estudios acerca del culli, gracias al trabajo recopilatorio (un total de “43 vozes”) que a fines del siglo XVIII hizo el obispo de Trujillo Baltazar Jaime Martínez Compañón (“palabras escogidas… más útiles para la catequización”, según Porras Barrenechea) y a la breve lista de voces (un total de 17) que en 1915 elaboró el cura pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales, y que fue publicada por el francés Paul Rivet en 1949 (“Las lenguas de la antigua diócesis de Trujillo”), y también al aporte (un total de 23 voces, la mayor parte nombres de divinidades) de don Fernando Silva Santisteban (“La lengua culli de Cajamarca y Huamachuco”, 1982).” En ninguno de los grupos de voces referidos aparece una que se parezca o sea análoga al verbo “cutipar”.

A lo reseñado acaso deberíamos  sumar lo que dice haber recogido Manuel Flores Reyna, estudioso nacido en Santiago de Chuco: según él "más de mil palabras culle", como le informó a Danilo Sánchez Lihón (sin embargo, aunque no he tenido acceso a ese listado lexicográfico, yo me atrevería a afirmar que hablar de “más de mil palabras culle” es algo exagerado).

En un ensayo publicado en la Web (www.trujillohoy.com), el huamachuquino Luis Flores Prado, nos cuenta que en el referido “Lexicón culle” (aún inédito) elaborado por Flores Reyna, aparece lo siguiente: “Cutipar. V. deshierbar chacra para evitar que la mala hierba dañe los cultivos”. Sinceramente lo digo: a mí me sorprende esta noticia (primero, por el significado que el estudioso le atribuye a ese verbo y, segundo, porque lo considera de  origen culle).

En Pallasca, “cutipar” nunca ha significado “deshierbar”. Para hacer lo que se señala en la definición transcrita –deshierbar– en Pallasca nuestros labriegos no proceden a “cutipar”, ni dicen que van a hacer tal cosa,  sino –usando una palabra estrictamente castellana– dicen simplemente esto: “voy a deshierbar" (extraer la "mala hierba") que, repito, no es lo mismo que “cutipar”. Estamos, pues, frente a dos conceptos diferentes.

¿Qué es “cutipar” en Pallasca? Es “aporcar”. Aporcar, como sabemos (y está en el Diccionario de la Lengua Española, DLE) tiene dos acepciones digamos análogas: 1) Cubrir con tierra ciertas plantas (…); 2) Remover la tierra para amontonarla en torno a los troncos o los tallos de cualquier planta. ¿Cuál de estas dos acepciones corresponde a lo que se hace en Pallasca? Estrictamente, la segunda. Ejemplo: Cuando las plantas de maíz están próximas a “mazorcar” (disculpen esta licencia), es decir a frutecer, requieren ser fortalecidas o aseguradas, para que se mantengan firmes, enhiestas; para ello, los labriegos remueven la tierra y con ella alrededor de los tallos les proporcionan apoyo o sostén. Eso es cutipar en Pallasca. No es deshierbar. ¿El origen de esta voz es culli? No, no lo es.

Lucho Flores cita –además– una frase muy significativa que, según el escritor huamachuquino Aristóteles Cruz Ledesma, se usa en la sierra de La Libertad como un medio de “curación” o de invocación para que alguien “vuelva en sí”: “Vuelve vuelve cutimuy no te vayas” (en Pallasca también se decía eso -pero solo en castellano- cuando, por ejemplo, alguien estaba desvaneciéndose: "¡Vuelve, vuelve!" (como en Masa de Vallejo: "¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"). Allí, en la frase aportada por Cruz Ledesma, lo que aparece es, simplemente, un verbo doblemente repetido. ¿No me creen? Me explico: El verbo es “volver” (vuelve, vuelve); pero, volver también es “cutimuy”, claro, no en castellano. 

Diego González Holguín, registra en su Vocabulario de la Lengua Quechua (1608) lo siguiente (cito textualmente): “Cutini: Boluer alla el que vino”; “Cutimuni: Boluer aca el que fue”. Obviamente, es la segunda frase citada la que casa bien con la que mencionó Cruz Ledesma porque, parafraseando, es: “volver para acá el que se está yendo” (cutimuy = cutimuni). Y se condice, además, con la invocación mágica expresada en la frase aquella (ya no combinada con castellano, y que obviamente carecería de una estructura coherente o bien definida) que también se dice o se decía para procurar el retorno de la tranquilidad o estabilidad nerviosa en niños con "susto", "Shimi cutimi, shimi cutimi": shimi = boca, lenguaje o habla; cutimi = volver (literalmente: "hablar, volver", o "palabra, vuelve", con el significado de "¡Habla, nuevamente!", es decir, "vuelve en ti" o "demuestra, hablando, que no te has ido".

¿Entre “aporcar” y “volver”, hay alguna relación? En cuanto al tema de que estoy tratando aquí, sí: la idea de “dar vuelta”. Aporcar es remover la tierra, “darle vuelta” para con ella cubrir la parte baja de los tallos, dándoles soporte a las plantas. “Pachacuti” (nombre del noveno Inca) es sinónimo de “el que vuelca o remueve la tierra”. Cutipar es, esencialmente, eso: volcar o remover la tierra. Y, como sabemos, a Pachacuti o Pachacútec, por extensión o derivación (o simbólicamente) se le conoce como el “Inca de la transformación o cambio del rumbo de la tierra”.

Cutipar, pues, proviene del que es el segundo elemento de la palabra compuesta Pachacuti. No es culli, sino palabra de origen netamente quechua.

En muchos pueblos de la selva peruana es muy común el uso del verbo cutipar (pero con otro significado), como sinónimo de contagiar, pero en el sentido de “pasar las características físicas o conductuales de un animal a una persona”. La señora Sara Pisco Manihuari -de Alto Amazonas-, a quién consulté, refiere que eso ocurre especialmente con las mujeres embarazadas: si toca a un oso perezoso -también conocido como “pelejo”- o si se burla de él, las nefastas consecuencias pueden darse en la criatura que lleva en su vientre: “el niño ha sido cutipado”, dicen); y también (según información que aparece en la Web) para referirse a los conjuros que, como venganza, los chamanes “realizan para devolver un daño o mal, a quien intenta producirlo”. Como se ve, incluso en estos usos del vocablo de marras, hay algo que es común: la idea de cambio o transformación, de “dar vuelta”.



¿FRASES EN LENGUA CULLI?

Bien. Un dato interesante que nos da Lucho Flores, en el ensayo al que hice referencia al principio, es que Manuel Flores Reyna cita lo que sería la primera frase en lengua culli conocida en nuestros tiempos: qui amberto gauallpe, con el significado en castellano de "quiero comer gallina". En la lista de voces culli elaborada por el presbítero pallasquino Teodoro Meléndez Gonzales[4] –y que el estudioso francés Paul Rivet cita en la publicación antes referida–, efectivamente, aparece la frase (transcribo textualmente) "Ki amberto gual'pe"[5] como sinónimo de "Je veux manger de la poule" (o sea: “quiero comer pollo” –o, en fin, gallina–). Al respecto, conviene hacer una precisión: “gual’pe” o "gauallpe" no es otra cosa que la palabra "guallpa" (obviamente alterada), que significa "gallina", pero en quechua. Qui amberto gauallpe no es, pues, una frase en lengua culli. Quedaría “Ki amberto”, aparentemente con el significado de “quiero comer”.[6] Pues, debo agregar lo siguiente: El vocablo “amberto”, al menos fonéticamente, me parece ajena a cualquier lengua andina; tiene más familiaridad con el castellano. ¿”Ki” significaría: "quiero" o "comer"? Es bueno saber, además, que existen otras dos voces recogidas a las que se les ha atribuido el significado de "comer", en castellano: una, recogida por el cura pallasquino, “huico”, y la que aparece en el listado del obispo Martínez Compañón, “miu”. Es decir, ¿sería posible que existan tres vocablos para expresar el verbo “comer”, en una sola lengua, digamos “incontaminada”? Es, me parece -por decir lo menos- dudoso. Yo, pues, me atrevería a descartar definitivamente la expresión “Ki amberto gual’pe” como proveniente de la lengua culle. Quedarían –definitivamente– dos, huico y miu, con el significado de “comer”. ¿Ambas corresponden a la lengua culli? Una respuesta, a estas alturas, es imposible que sea rigurosa y fácil de comprobar. Lo indiscutible –estoy convencido– es que no ha sobrevivido hasta nuestros días una sola frase en lengua culli sino, solamente, voces o palabras sueltas. Y hasta creo que no sería aventurado afirmar que Martínez Compañón y Meléndez Gonzales no conocieron o escucharon más que eso: solamente palabras sueltas.[7]

Ahora, respecto de la expresión "shimi cutimi", corresponde hacer un comentario. La primera palabra no necesita mayor explicación: en castellano significa "habla", "boca", “lenguaje" (recuérdese Runa simi); "cutimi" es "volver" -también en quechua-, con la única particularidad que se manifiesta en lo que sería una caprichosa modificación de la desinencia (debido tal vez al hecho de que quien lo usó no era precisamente un quechuahablante). Como hemos visto, González Holguín registra la forma "cutimuy" ("boluer acá el que fue"); Gary Parker cita "kutimunki" ("regresarás acá") y Gerald Taylor, "kutiy, tikramuy". En Gramática Quechua de Segundo Francisco Lema Guanolema (Ecuador), encontramos "cutin cutimpish" ("una y otra vez"). Es decir, aunque no es –probablemente– una pronunciación o escritura "correcta", lo cierto es que "cutimi" tiene un innegable significado vinculado a "volver", y "shimi cutimi" no sería otra cosa, pues, que -como ya lo dije- "habla volver", o tal vez "que vuelva el habla"; en otras palabras, "¡vuelve a la vida!", "recupérate" (una invocación mágica, pues). Pero, insisto, en quechua y no en lengua culli.  Según Alvarado y Quiroz, en el Callejón de Huaylas ciertas secuencias, como /uy/, se monoptongan, como, por ejemplo, /micuy/ (“comer”) que se convierte en /mikii/, lo que explicaría la transformación de /cutimuy/ (“volver”) en /cutimi/.

No hay razones, pues, para asegurar que existe frase alguna en lengua culli de que podamos dar cuenta en estos días; ni menos que – a manera de restauradores de arte- podamos reconstruirlas (ni menos construirlas), pues carecemos de los recursos pertinentes y no existen los elementos lingüísticos indispensables. El estudioso Flores Reyna se equivoca, pues. Del culli, repito, únicamente han sobrevivido palabras sueltas (no muchas, en realidad) con las cuales –como en efecto se hace– se puede construir frases, pero atándolas a otros elementos del idioma español, y no en su propia lengua. Entonces, pues (lo digo en broma, por si acaso) que nadie nos venga a ofrecer gato por liebre.



¿DIMINUTIVOS DE LA LENGUA CULLI?

Una cosa importante: ¿podemos hablar de diminutivos en lengua culli? Mi respuesta es enfática: no. Quiero decir: no los conocemos. A continuación, mi explicación.

El fonema sibilante palatal /š/, que, como dije antes, según algunos estudiosos sería herencia o rezago de la lengua culli, es tan común en el castellano pallasquino y, en general, en el castellano de la sierra norte del Perú y sirve especialmente para la construcción de diminutivos e hipocorísticos y, además, al quechua ancashino le da una bella entonación afectiva. Sin embargo, no está comprobado que se trate realmente de un elemento o característica de un diminutivo culli sino, simplemente, de un sonido (un fonema) con el cual –unas veces usado como prefijo y en algunos casos, como infijo–, sabe Dios desde cuándo, nuestros pueblos han construido sus muy particulares diminutivos, como contraposición a los aumentativos “azo”, “aza”, y también sus hipocorísticos (expresiones afectivas). Como ya se vio, de la lengua culli apenas se conoce un número no cuantioso de voces: verbos, como miu = comer, y sustantivos como guro = palo, y ni una sola frase. ¿Sabemos, por ventura, si a alguna de esas voces, como las mencionadas, se le ha podido adosar, con función diminutiva, el sufijo ya referido? No. Desconocemos cómo se construían las frases y tampoco sabemos, pues, cómo se formaban los diminutivos en lengua culli.[8]

La verdad es, por ello, que no podemos hablar de “diminutivos culli”. Lo que sí, en rigor, podemos decir, es que con el morfema –ash- (de “asho” o “asha”) se han formado diminutivos –muy particulares– pero del castellano pallasquino y, en general, del castellano del norte peruano, como “gringasho”, “cholasho”, niñasha”; y también, repito, hipocorísticos como “Shesha”, “Shanti”, “Roshita”. Repito: diminutivos e hipocorísticos del castellano pallasquino y, en general, del norte peruano, mas no de la lengua culli.



LOS “CONTRABANDOS”

Ahora, en cuanto a las recopilaciones que se han hecho "de voces" de la lengua culli (y también de otras lenguas –el jaqaru, por ejemplo, en la sierra de Lima–) hay que tener mucho cuidado: se producen lo que yo llamo garrafales contrabandos. Por alguna parte, por ejemplo, he visto que incluyen como si fuera culli el sustantivo "tishne", incluso "zarzaganeta"; y, según tengo entendido, en la recopilación de Flores Reyna, también se ha considerado como de origen culli el adjetivo "cutulo". Explico: "Tishne" es el tizne (la mancha de hollín); zarzaganeta (de "zarzagán) es el cierzo o viento frío de la madrugada. Y "cutulo", de origen nahua, es simplemente cuto (rabón: con cola corta), voz que, como en el caso de "zarzaganeta", no es más que la alteración, en la parte final, de la palabra de origen. No pertenecen al culli ni al quechua. Una de las recopilaciones aludidas corresponde a una investigación hecha por el Departamento de Humanidades de una muy conocida Universidad nacional[9]; lo que demuestra, pues, que la ligereza o falta de seriedad, también se dan en nuestros centros académicos de nivel superior, cosa lamentable, por cierto. En fin.



¿VOCABLOS CULLI EN LA POESÍA VALLEJIANA?

Son cuatro las palabras, a las que siempre se alude como originarias de lenguas nativas,  empleadas por César Vallejo en su poesía. Tenemos: Irichugo[10], Tayanga[11], poña[12] y tahuashando[13]. Las tres primeras citadas corresponderían a la lengua culli: Irichugo y Tayanga son topónimos (un paraje cercano a Santiago de Chuco y un centro poblado en la provincia de Sánchez Carrión, respectivamente) y poña es el nombre de una paja menuda o pelusa de algunos vegetales.[14] Pero es tahuashando, obviamente un gerundio, lo que ha generado intriga y más de una hipótesis con pretensión hermenéutica. Contiene, en la desinencia, el fonema sibilante palatal /š/, común en el castellano del norte peruano (a partir de Pallasca) que –como vimos– sería herencia o rezago de la antigua lengua culli, pero su raíz podría corresponder al quechua (tahua: cuatro). Asumir –considerando lo dicho: que “tahua” significa “cuatro”– una teoría certera acerca de lo que quiso expresar nuestro poeta con el uso de esa forma verbal resultaría, simple y llanamente, imposible (pues, por ejemplo, sería ridículo y descabellado traducir la expresión como “cuatreando”). El lingüista Ibico Rojas aventura dos posibles hipótesis: 1: Una que tiene que ver, antes que con lucubraciones etimológicas, con una interpretación basada en el sentido común. Según la última estrofa del poema, “Llueve… llueve… Sustancia el aguacero”, mientras los viejos alcanfores, vestidos “con sus ponchos de hielo y sin sombrero”, están “tahuashando en el sendero”. Esto nos hace pensar que el poeta quiso decir que, como ancianos, los árboles –mientras velan en el sendero– están “tiritando” o “temblando”, obviamente debido al frío. 2: Que tahuashando sería sinónimo de “encorvando”, “flexionando” o “curvando”, en actitud reverencial (“alcanfores que velan tahuashando”), es decir: doblando la espalda[15]; y que el componente //huasha// podría ser un lexema culli. Sin embargo, hay que tener en cuenta dos cosas: primero, que “huasha” es un vocablo de origen quechua que significa espalda; segundo, que, si quisiéramos aceptar como razonable la alusión a “encorvando”, tendríamos que reconocer que lo correcto habría sido que en el poema el gerundio apareciese en forma reflexiva: tahuashándose, o sea, encorvándose. Sea como fuere, lo cierto es que el misterioso vocablo usado por Vallejo nada tiene que ver con la lengua culli.

De lo que yo sí estoy seguro es de que lo que nuestro poeta universal quiso hacer e  hizo, fue dar rienda suelta a su libertad creadora y, sin más ni más, inventó un bello y desconcertante neologismo –tahuashando–, como poco tiempo después hizo con Trilce, palabra que también, hasta ahora, sigue poniendo de vuelta y media a más de  medio mundo que se esfuerza por encontrarle un significado, a pesar de que el mismo poeta se encargó de decir, enfáticamente, que no quería decir nada. En fin, cosas de la hermenéutica, ¿verdad?



[1] El culli se habría hablado desde el siglo V a. C. Hay quienes presumen que pudo haberse hablado, también, en departamentos como Huánuco, Pasco y hasta en Lima.  Pero se trata de eso, solo de presunciones.

[2] María del Carmen Cuba hace referencia al Libro E del Archivo Parroquial de Cabana, del cual el sacerdote Guillermo Álvarez Aranda extrajo información que habla de los severos castigos “que los sacerdotes daban a los nativos cuando estos intentaban practicar sus ritos religiosos o hablar el culle: a los que hablaran esta lengua se les castigaría con cincuenta azotes”.

[3] El sonido “sh” (she, crash), se representa con el símbolo [ʃ]. El sonido “ch” (check, church), se representa con el símbolo [tʃ].

[4] Hasta ahora sigo convencido de que así -Teodoro Meléndez Gonzales- es como se llamó realmente. Es lo que escuché a mi abuela Alejandrina cuando se refería a él: ella lo conoció personalmente, ya que eran familiares. Así como González Prada hacía ("Manuel G. Prada"), el cura pallasquino también firmaba de este modo: Teodoro M. Gonzales.

[5] Paul Rivet: Las Lenguas de la Antigua Diócesis de Trujillo, 1949.

[6] ¿“Ki amberto gual’pe” no habría sido, tal vez, una caprichosa o arbitraria manera de decir algo como: “Qué hambre de comer gallina”? Me aventuro a creer que sí. Definitivamente, de lo que estoy convencido –mientras no se me demuestre lo contrario- es que, dejando de lado el misterioso vocablo “ki”, la expresión “amberto gual’pe”, recogida por el cura Meléndez, nada tiene que ver con la lengua culli.

[7] A pesar de lo afirmado por Paul Rivet (que la lengua culli se habría hablado incluso hasta la década de 1940) y de la referencia dada por el profesor Alipio Villavicencio (que la última persona que habló esta lengua fue “la viejita Ishpe”), yo me atrevería a formular esta interrogante: ¿Cuando los dos religiosos mencionados (Martínez Compañón y Meléndez Gonzales, en distinta época, naturalmente) recogieron las voces culli que conocemos, habría habido personas que realmente hablaban esa lengua (es decir, que construían frases, que conversaban en culli), o es que solo usaban palabras sueltas combinadas con el castellano? Yo dudo. (Rivet escribió que cuando el cura Meléndez recogió las voces culli, “hacia 1915, de la boca de un anciano (…) en esta época el idioma estaba en vías de desaparición”). González Holguin, en su Vocabulario nos da a conocer no solo palabras del quechua, sino también frases, obviamente porque las escuchó; por ejemplo: “Infundir inspirando. Çamaycuni. Diosmi alli yuyay cunacta çamaycu huanchic raciantapas ycnapay nintapas, çupayri huateccaynintapas, camaycun. Dios nos inspira buenos pensamientos, gracia y auxilio y el demonio inspira tentaciones.” ¿No pudieron haber hecho algo similar Martínez Compañón y Meléndez Gonzales? Mi sospecha es que ellos solo habrían escuchado palabras sueltas, porque el culli, como sistema lingüístico organizado, es posible que ya no existiera entonces, y por lo tanto nadie hubiera estado en condiciones de expresar frase alguna.

[8] Palo, en culli es guro. ¿Podríamos asumir que “gurosh” o “gurosho”, son sus diminutivos en lengua culli? Nada hay que sustente tal cosa. En castellano pallasquino sí es posible expresar en diminutivo el sustantivo “palo”: “palasho”.

[9] La referida relación de palabras “culli”, la pude leer en la Web, hasta enero del 2018 (que fue cuando publiqué por primera vez, en mi blog, este ensayo). Ha sido retirada.

[10] “… Hoz al hombro calmoso / acre el gesto brioso / va un joven labrador a Irichugo…”: (Mayo: Los heraldos negros).

[11] “… Y al sonar una caja de Tayanga, / como iniciando un huaino azul, remanga / sus pantorrillas de azafrán la Aurora.” (Terceto Autóctono: Los heraldos negros).

[12] “… El placer de esperar en zapatillas, / de esperar encogido tras de un verso, / de esperar con pujanza y mala poña…” (Guitarra: Poemas humanos)

[13] “… Llueve… llueve… Sustancia el aguacero, / reduciéndolo a fúnebres olores, / el humor de los viejos alcanfores / que velan tahuashando en el sendero / con sus ponchos de hielo y sin sombrero,” (Hojas de ébano: Los heraldos negros).

[14] También están: Mansiche (topónimo probablemente proveniente de la lengua quingnam); y los vocablos de origen quechua yaraví, incaico, cuy y cóndor.

 15] Rojas refiere que un alumno suyo, de la Universidad Nacional de Trujillo, nacido en Santiago de chuco, le contó que nunca había escuchado la expresión #taguash#, pero sí una frase como esta: “Tahuashón ta el Shesha”, y que #taguasha# significa “encorvado” y #taguashón#, “muy encorvado”. No quisiera poner en duda tal referencia, pero creo estar convencido de que no fue “tahuashón” lo que el estudiante dijo como sinónimo de “muy encorvado”, sino simplemente “huashón” que es como se le llama familiarmente (en Pallasca, en Huamachuco y también en Santiago de Chuco) al varón, que sin ser precisamente, jorobado, tiene la espalda encorvada. La frase bien pudo haber sido esta: “Tan huashón ta el Shesha” (o sea: “Muy huashón está el César”).

* La fotografía del presbítero Teodoro Meléndez Gonzales pertenece a la valiosa colección de David Rubio Bazán, a quien agradezco.


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