domingo, 20 de octubre de 2013

EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE PALLASCA/ Félix Álvarez Brun

Andamarca, es decir Pallasca, fue pueblo eslabón en la ruta de los Incas por la sierra andina. Por él pasaron los señores del Cuzco -Túpac Yupanqui y Huayna Cápac- escoltados por nutridos séquitos de servidores nobles y por los invencibles ejércitos imperiales, camino hacia nuevas conquistas o para regalarse en el ameno y deleitoso valle de Tomebamba. Hasta Andamarca llegó el infausto hijo del Sol, Huáscar Inca, prisionero de los generales del usurpador Atahualpa, y ahí fue muerto ignominiosamente y su cuerpo arrojado a las aguas del río que perpetuó su nombre. La muerte del legítimo sucesor de los Incas, ocurría al momento en que hombres extraños venidos de lejanas tierras, caminaban ya por el suelo de sus ilustres antepasados. Posteriormente, llegan a ese rincón de los Andes: Hernando Pizarro, primero, y Francisco Pizarro, después. El uno de paso al templo de Pachacámac y el otro, con su hueste triunfante, rumbo al Cuzco, corazón del Tahuantinsuyo. Fúndase muy pronto sobre el villorrio indígena, la ciudad española de Pallasca, poniéndola bajo la advocación patronal de San Juan Bautista. Desde entonces también, los curas y misioneros levantan una iglesia y convento para desde allí apurar la conversión de los naturales.

A fines del siglo XVI, la más alta dignidad eclesiástica del Virreynato, el futuro Santo Toribio de Mogrovejo, posa sus plantas en la humilde villa serrana, en dos oportunidades. La población cobra auge muy pronto por la bondad de su suelo y por la riqueza de sus minas de oro y plata, convirtiéndose en una ciudad con marcado predominio de la gente blanca sobre la indígena. El mestizaje se acelera rápidamente, pero ello no impide que algunos españoles siguiesen haciendo ostentación de limpieza de sangre y hasta de títulos nobiliarios, con escudos que graban en los altares barrocos de la iglesia matriz; y que, de otro lado, los indios del barrio de "quichuas" continúen manteniendo la prestancia de su estirpe nativa. En esos años coloniales, Pallasca, es decir Andamarca, crece en importancia no solo por la explotación de sus ricas minas de oro, plata y cobre, sino también por su floreciente industria de tejidos, talabartería y alfarería; por la cría de ganado vacuno, caballar, porcino y lanar; por el cultivo de cereales y otros productos para los que la tierra se mostró siempre muy propicia y generosa.

Es indispensable anotar, asimismo, que durante aquellos años la lengua general de los Incas desaparece, dejando lugar al castellano que poco a poco cubre toda la región. Muchos años más tarde, en el siglo XIX, Raimondi comprueba la total ausencia del quechua en la provincia de Pallasca, mientras que en el resto de la sierra ancashina todavía seguía hablándose, al mismo tiempo que el idioma importado. El sabio no encontraba explicación clara al respecto, y hoy todavía muchos ignoran el motivo de tal fenómeno. Recientes investigaciones lingüísticas tratan de demostrar que una vieja lengua indígena, llamada Culli , floreció entre Pallasca y Cajamarca. Por consiguiente, el quechua, que fuera impuesto sobre esa lengua nativa en los últimos años del incario, no se hallaba suficientemente arraigado al momento en que llegaron los españoles. La sustitución de una lengua antigua por otra más reciente que no ha tenido tiempo para fijarse en el grupo, determina lógicamente que la última quede condenada a desaparecer ante la presencia de una lengua posterior. Tal sucedería con el quechua que, luego de imponerse al Culli es sustituido por el castellano.

Pasa el tiempo de la Colonia y viene la lucha por la Independencia. Pallasca , en esta nueva etapa, no permanece al margen de los hechos. Al contrario, da su cuota patriótica en hombres y pertrechos para la constitución del ejército libertador en el norte del país. Pallasca, como provincia colindante con las de La Libertad , estaba llamada a jugar un papel de gran importancia en la formación de las tropas patriotas, y así fue. Por entonces también el Libertador Bolívar pasa y repasa por el suelo pallasquino y descansa en él para "respirar el aire puro de las montañas", entre "nieves y vicuñas", que su gran imaginación añade con el fin de dar más colorido al ambiente vernacular del pequeño pueblo que lo cobija en aquella hora vecina a la libertad de América. Cruzan luego por Pallasca los ejércitos patriotas que fueron cuidadosamente preparados entre Huamachuco y Trujillo, y que van a dar las batallas finales de la Independencia en Junín y Ayacucho.

En la época de la República suceden hechos diversos en la tierra pallasquina. Algunos caudillos revolucionarios pasarán por ella y en cierta ocasión concluirá en la propia ciudad de Pallasca toda una esperanza política de resonancia nacional. De vez en cuando escuchará el trote de caballos de los montoneros, que se agitan al mismo ritmo del convulsionado Perú republicano. Algunas rebeliones indígenas encontrarán eco inmediato en el pueblo pallasquino que siempre se erguirá en favor de los derechos sociales, de la libertad y de la justicia. En la guerra con Chile se resistirá a colaborar con el enemigo y, en consecuencia, sufrirá fuertes cupos y castigos. Cáceres, el héroe de la Breña , se hará presente en dos y acaso más oportunidades en Pallasca, de donde irá también a dar la batalla de Huamachuco, último encuentro importante frente a los invasores.

Pero entre estos hechos que podrían ser o no trascendentales para Pallasca, ha cabalgado un sino poco venturoso a través de casi toda su historia. Durante la República , Pallasca decrece en importancia como ciudad y es víctima de la deficiente organización político-administrativa del Estado, como ha ocurrido con otros pueblos del territorio nacional. A ese daño hay que agregar el producido por la explotación inhumana de que han sido objeto sus hijos por parte de los gamonales de Tambo Real, La Rinconada y otras haciendas costeñas que, con promesas falaces, atrajeron por muchos años a los pobladores humildes de la sierra pallasquina para diezmarlos en los trabajos forzados de los arrozales y cañaverales, tan fecundos en paludismo endémico. Otros, los capitalistas, los contrataban para llevarlos a las minas de tungsteno y a, los lavaderos de oro, lugares en los cuales con el sudor de su rostro y con su trabajo mal remunerado, contribuían a incrementar los fondos de los detentadores de esos bienes, que no les dejaban otra cosa que el mísero jornal de cada día. Por otra parte, las autoridades civiles y políticas de los gobiernos republicanos aprovechaban de la fuerza política que les imponía en los cargos públicos para mandar a esa misma gente a trabajos que les eran ajenos tanto particular como colectivamente. Y, por último, los representantes parlamentarios buscaban conseguir, en nombre del pueblo que los eligió, partidas y beneficios del presupuesto nacional para llenarse los bolsillos. Estos y otros muchos hechos han constituido un conjunto de realidades difíciles de liquidar, y que hoy, acaso por imposición del tiempo y las circunstancias, se hallarían en vías de concluir. ¡Cuánto dolor oprme el corazón al comprobar que ese secular estado de cosas ha impedido la marcha adelante del pueblo pallasquino que a duras penas ha logrado sobrevivir a aquellas calamidades!

Al lado de lo dicho, que podríamos llamar la tragedia de Pallasca, es  decir de la antigua Andamarca, se puede anotar la grata presencia en ella, en el siglo pasado, de viajeros ilustres como Raimondi o Wiener, que recogen a su paso impresiones múltiples sobre la orografía, la flora y la fauna regional.

En las primeras décadas del presente siglo (el siglo XX) hasta hace muy pocos años, Pallasca no ha registrado sucesos importantes. La incuria y hasta la falta de prestancia intelectual y moral de quienes fueran ungidos por el voto popular pallasquino -salvo honrosas excepciones- han dejado que ella permanezca casi olvidada, si es que no han  contribuido a su lamentable atraso, divirtiendo en usos particulares los fondos que la nación le dedicara. (...) Los azares de la política no le han sido por cierto favorables a Pallasca, no obstante el espíritu emprendedor y entusiasta de sus hijos (...).

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FÉLIX ÁLVAREZ BRUN (Ancash, una historia regional peruana, 1970)

miércoles, 16 de octubre de 2013

ENSAYO ACERCA DE LA SOLEDAD*


0.0.
Practico la soledad en mi cuarto y en medio de la gente
A la manera de un torvo ritual: turbación de los sentidos y vértigo
Diríase una mesa de chamán y su orfandad de lujuria y ayahuasca
Al borde de un acantilado
Pero el huérfano indudable soy yo y mi sombra iridiscente chilla
Como la sordera/
Cuando desollada y deshollinada una verdad medio infame
Brota obstinada  y rumorosa bajo la cama envuelta en el hedor
De los zapatos soeces  casi a la altura de la boca del estómago:
El presagio enervante del error y la intransigencia/
Vaga como  maldición macondiana con un
Discreto cuchicheo de cadenas
 Y un eco que se descuelga de las telarañas como goteo de metal
Fundido/ llaga  pobremente escudada tras el mercuro cromo
Y muere sobre la almohada medio sombría
Su templo vil como la usura es hogar de puercos y zopilotes
Y mi carcajada solo  un pedazo de pan crudo
Pan crudo pan crudo pan crudo crudote
Y un rostro que soporta las inclemencias de las palabras deslenguadas/
Sopla el viento como un  gemido
El cielo fugaz clandestino egoísta yermo es un colchón de hojarasca
El agua es una caricia de odios y esputos contra mi roca impávida


1.0.
Después de estropeado el imán de vísceras y su
Disturbio de aguas enredadas
Recuperando estoy el orden y su indisciplina
Quiero decir la disciplina del desorden en medio del murmullo
De las nubes y la sordina gutural de los chatarreros y celadores
Vuelvo a ser el dueño perverso
Del abismo y el desierto comprimido
Y la ciencia que es un esputo insurrecto sembrado
Entre obispos y vivanderas
La resistencia hidrogenada de los significados
Con su tenue polinización de abeja
Construye una imagen nocturna de miel
En el huerto exiguo de cerezos maduros
Sombra tornasolada del colibrí

Deyección casi naif de la supervivencia
Y la dignidad restregada contra los letreros de la ciudad:
Hay que vivir con la prisa pegajosa de los gasterópodos y cargar
Nuestro techo cuesta arriba a la caza de la angustia y la lógica


1.1.
Llega el alimento y el agua espuria
Como mensaje de amor y las legañas
Patinan la cuchara de plástico
Salvoconducto digestivo
Guiño malvado y venal
(¿Quién hace tanto ruido afuera
Y agrieta las fronteras de la libertad y mi ceguera?)


1.2.
Camino casi  a cuatro patas
Para asegurar la posesión de mi territorio
Y lo orino
El himno nacional siempre ajeno es hierro candente
Una herida
En el infatuado exilio de la metáfora
Mis orejas violentadas
Y el erario irracional
Por eso invento una ciudad para sentirme el único infeliz
Y podría elevarme en un vértigo de héroes y caciques
Y rodar de tumbo en tumbo
Sin redención ni sepultura
Como una fobia como una vergüenza
Sin un policía que me rescate
Sin  NN en mi frente y en mi pecho un desconcierto
De huesos incinerados y la verdad extraviada entre mocos y banderas



1.3.

En la geografía y sus lenguas de fuego
Marcas de fronteras y garabatos primariosos de islas desnudas
Y dioses borrachos de tango y reggaetton
La urbanidad y la sintaxis me consternan y constipan
Y son un escozor en la ingle algo así como ladilla adolescente
Caray caray!

En realidad yo no pertenezco a nada salvo a mis intenciones y a este
Esperar infame y zonzo entre meses libros y conversaciones

Y tu amor caría mis dientes caninos
Y tu amor caría mis dientes incisivos
Y tu amor caría mis dientes molares
Ares sivos ninos

Geografía escozores zonceras y dientes
Gata brava
Cambalache
Caray caray!



1.4.

Aquí la huerta perdida
Encubierta bajo el aroma del romero y la nostalgia
Parte el paladar y la esperanza
Y perfora el lomo de los libros que muestran feroces signos de
Interrogación y su herencia
De plasma y sanguaza

Es la estirpe la que porfía pero lábil y nonsense se desmorona
Como alimento excrementoso/


1.5.

¿Esto es la soledad: el intento turbio de armonizar la fragancia
De la flor con la voluntad de la espina y mi triste alegría que se
Amotina inerme y frágil
En la redonda cuadratura del universo
Que propicia  la cópula de la palabra y el gesto?


1.6.

Quiero estar preparado para el día siguiente
Siquiera quince minutos antes de la rendición de cuentas
En la luminosa lumpenquerencia donde nace la palabra y su polen


1.7.

Yo solamente doy fe
De mi paso
De las tripas con que escribo
Y del rumor de las sombras que deambulan indiferentes
Pero desconfiadas de la luz
Y de mi peso

En este país
Cóncavo
Cinerario
Candoroso

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De: “Los bajos fondos del cielo”, 2007.

AQUEL VIAJE A CABANA CON EL PADRE NICOLÁS

Cuando fui casi un niño aún, poco después después de haberme desempeñado, por algún tiempo, como uno de los acólitos en la Iglesia de San Juan Bautista (acerca de lo cual espero ocuparme pronto), colaboré con el padre Nicolás Toth en la edición de una revista parroquial en Pallasca, que fue impresa en mimeógrafo. Mi labor era, digamos, la de mecanógrafo. El padre redactaba las notas y comentarios y yo los trascribía sobre el stencil haciendo uso de una vetusta máquina de escribir. Al dictármelos, después de algunas frases solía repetir esta palabrita: "vírgula" y yo, por cierto, no entendía ni miércoles. "¿Cómo dice, padre?", tuve que preguntarle, a la primera, antes de meter la pata. El padre Toth, tratando de ser más elocuente y claro, en una hoja de papel puso la respuesta: dibujó una rayita medio en curva. "Pon esto", me dijo. Todo quedó explicado; se trataba de la coma (,). Es decir, aprendí algo nuevo: vírgula o virgulilla, como sinónimo de coma. El padre redactaba los textos y también hacía las ilustraciones, para lo cual empleaba un alfiler: era un excelente dibujante.  

Por aquella época también, mi hermano Jorge y yo, en una ocasión le acompañamos a Cabana, cuando el padre tuvo que viajar a Lima. Entonces, a mi pueblo no llegaba la carretera aún. Nuestra compañía tenía un propósito: regresar a Pallasca con el Caballo. Esto por qué: porque, ante un pedido del religioso, yo le había dado la seguridad de que sí podía acompañarlo. La misma respuesta fue dada también por mi primo "Seshón", pero –más astuto que yo– oportunamente decidió renunciar al viaje, y se escondió para no cumplir con su palabra. En tales circunstancias, solidario, mi hermano decidió no dejarme solo. Y nos fuimos, acompañando al cura. Fue, realmente, una experiencia inolvidable. Yo tenía apenas unos trece o catorce años de edad. 

El recorrido tuvimos que hacerlo alternándonos los tres en la cabalgadura. No obstante lo flaco que era el religioso, la verdad es que demostró una excepcional fortaleza en largos trechos recorridos a pie.  

Cuando llegamos a Huandoval (más o menos al mediodía), algunos pobladores que se habían percatado de nuestra presencia le pidieron al padre que se acercara a una de las casas, a la entrada del pueblo, en que se velaba un difunto, para decir una oración; mientras el padre desarrollaba el oficio religioso, a Jorge y a mí una señora de la casa nos invitó un plato repleto de papas fritas. 

Un rato después, ya en Cabana, nos instalamos en la casa parroquial. Llegada la noche nos fuimos a un restaurante cercano en que nos sirvieron sopa de gallina. Al final, como una suerte de "asentativo", el padre nos preguntó si queríamos tomar un té o algo parecido; él hizo un pedido que a mí me pareció raro porque nunca antes había escuchado lo que dijo: pidió "un té de hierba luisa" y nosotros, copiones, también hicimos lo mismo. Ah, pero antes ocurrió algo que, no van a creerme, hasta ahora sigue generándome una suerte de frustración y arrepentimiento. Mi hermano, al tomar el exquisito alimento hacía lo que casi nadie hace debido al "qué dirán": suelto de huesos, simple y llanamente, "surrupeaba", es decir, sorbía ruidosamente la sopa. El padre Toth, con aquella voz de abuelito cariñoso que tenía, comprensivo y complaciente, pero al mismo tiempo aleccionador le dijo: "Jorge, no debes hacer ese ruido mientras tomas la sopa". Perverso, sonreí, porque, claro, yo tomaba silenciosamente la sopa, pero no precisamente por ser un jovencito "bien educado", sino por tímido y vergonzoso. Y a ello se debió que, cuando ya había que dar cuenta de la presa, preferí dejarla en el plato para no cometer algún despropósito que pudiera hacerme pasar un mal rato; es decir, para que el padre no me llamara la atención. Era una tremenda molleja de gallina de la que, muy a mi pesar, tuve que privarme en aras de la "buena educación". ("¡Qué lástima, caracho!", exclamé para mis adentros).  

Más tarde nos fuimos a dormir. El padre Toth durmió en una habitación que, sin duda, ya estaba preparada para él. A mi hermano y yo nos acondicionaron (porque obviamente no había un catre adecuado) unas sillas en dos filas sobre las que fue convenientemente colocado un colchón de dos plazas (nunca antes habíamos visto uno similar), en una especie de sala que daba al patio en que florecía un bello jardín. Como suele ocurrir cuando uno duerme en casa ajena, aquella vez nos despertamos muy temprano.  

Ya levantado, se me ocurrió caminar hacia el patio donde cantaban las pichuchancas y –no van a creerlo– mi frente casi termina con un tremendo chichón. Nunca antes, como dije, había escuchado aquello de “té de hierba luisa” ni visto un colchón tan grandazo como el que nos dieron; pero tampoco vi, ni podía imaginarme, que en una casa de un pueblo de la sierra hubiese una luna de vidrio gigantesca colocada desde el piso hasta el techo, como la que, en efecto, estaba colocada allí, separando a la sala del patio. En Pallasca solo había ventanas chiquitas con lunas también chiquitas, nada más. Yo, tonto de capirote, creí que todo estaba abierto ante nuestros ojos y por eso cometí aquella ingenua y, digamos, torpe imprudencia por la que, de no haber sido porque la luna evidentemente era fuerte, esta habría terminado en pedazos y yo absurdamente con la frente ensangrentada. Esta vez le tocó a mi hermano no sonreír, sino reír a mandíbula batiente. (That is life, pues). 

(El padre Toth, Oblato de San José, fue párroco en Pallasca, mi tierra, durante la última mitad de la década de 1960 y en los primeros años de 1970. Acaba de fallecer, y yo lo recuerdo como, estoy seguro, a él le habría gustado: con alegría y cariño).

martes, 15 de octubre de 2013

EL IDILIO DE DON DEMÓSTENES*

Nació –los registros civiles dan cuenta de ello- en la Provincia de Santiago de Chuco pero nosotros lo asumimos como pallasquino porque, en buena cuenta, ser de la tierra de Vallejo o de la nuestra es prácticamente lo mismo. Alguien diría que no, que un río nos separa. No es así: el Tablachaca, más que un tajo (límite o frontera natural le dicen) es en verdad, una costura que nos junta. Debemos admitir que, además, nos vinculan otras cosas: el idioma con su idéntico dejo y sus modismos comunes (zote, alalau, adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos; el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el saludo de dos colosos que parecen silbarse de canto a canto: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce, que hablaba como nosotros y cuyo abuelo (cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la Iglesia de San Juan Bautista. En fin, también los mollejones (vendedores medio errantes de ollas de barro). Y, claro que sí, los Gavidia: ¿alguien ha borrado de su memoria a don Virgilio, el amistoso “postillón” –último antepasado de los motociclistas de “Serpost”- que con mula y valijas, solía llegar atravesando el puentecito de Pampa Negra y traía y llevaba sabe Dios qué mensajes lacrados en su sonrisa que era un saludo? Ciertamente no. Y tampoco a don Demóstenes que, como más de un poblador venido de otras tierras (Shilicos incluidos, con peinetas, anilinas y sombreros, por supuesto), puso la invalorable cuota de su trabajo, inteligencia y cariño para hacer de Pallasca, mano a mano con los allí nacidos, el pueblo culto y hospitalario que todos conocimos y que era admirado a muchas leguas a la redonda; probablemente con algunas carencias materiales, pero rico en vigor, buena voluntad y esperanza. Y algo más: alegría. Aquella alegría que, llena de esplendor, retoza detrás del “Toro de trapo”; zapatea, ebria de música y orgullo, en las “luminarias” de la fiesta patronal; excita el entusiasmo colectivo en los trabajos de la República y ha logrado que, más que una socarrona ironía, el apodo de “chupabarros” sea un estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia adelante con optimismo y dignidad. Bueno, pues, aquí es donde nació don Demóstenes, el poeta y narrador quiero decir. Su talento –la raíz de sus espíritu creador- pudo haber venido desde su cuna materna; sin embargo, el alimento altamente nutritivo que contribuyó al enriquecimiento de sus dotes, activó su imaginación y afinó su sensibilidad es, innegablemente, hechura pallasquina, como pallasquino fue el idilio que vivió en El Tambo con doña Berena, la amorosa compañera que le dio los hijos a quienes tanto quiso. Por ello, sin duda, su literatura está ambientada en nuestra geografía e historia. Veamos los textos aquí incluidos: “El idilio de Cochapamba”, escrito a la manera de los mitos y leyendas andinos, pretende una explicación al origen de la tribu de los Kuymalcas, de la que solo nos quedan unos ruinosos vestigios en El Castillo, que pueden ser divisados desde la piedra de Santa Lucía; “El Regador”, relato casi cinematográfico que es, ostensiblemente, una denuncia de las injusticias y abusos, ubica su primera secuencia en Matibamba. Ahí está, definitivamente, Pallasca, el pueblo en cuyas noches almibaradas es posible que don demóstenes haya bebido –escanciado, diría mejor- muchas tazas de panizara caliente mientras escribía y escribía. Leer ahora aquello que escribió, de verdad que me emociona. “El Idilio…” lo leí, por primera vez, hace treinta y ocho años gracias a que don Moisés Porras lo dio a conocer en “Ondas Pallasquinas” la revista del que fuera mi colegio, el Municipal Mixto San Juan Bautista y, créanme, lo encuentro tan fresco como entonces. Yo era un niño aún pero comencé a admirar a don Demóstenes y a verlo, igual que a Teófilo Porturas y Víctor H. Acosta, como uno de los escritores cercanos a quienes seguir. La publicación que hoy se hace realidad es, por partida doble, un homenaje a su memoria y al pueblo que lo acogió por largos y fecundos años. Condenarlo al infame y oprobioso olvido hubiera sido injusto e innoble. Los pueblos perviven, gracias al quehacer de sus creadores, en los inmarcesibles frutos del espíritu. Demóstenes (a quien deberíamos haberle llamado en confianza, como a uno de sus hijos en nuestra primera mocedad, “Mote Vida” es, por derecho, uno de aquellos creadores.

Quiero imaginar que en estos momentos allá, en cualquier punto de Pallasca (Llaymucha, Tambamba, Chucana…), el “chushec”, proverbialmente “malagüero”, en lugar de muertes esté anunciando –a dúo con la música de don Pedro Gutiérrez, el entrañable Conshyamino- el regreso y la siempre querida permanencia de este nuestro paisano, don Demóstenes Gavidia, santiaguino y pallasquino, por la gracia de Dios.

 Bernardo Rafael Álvarez

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*Prólogo al libro póstumo “El Idilio de Cochapamba” de don Demóstenes Gavidia, publicado en junio del 2005.

miércoles, 9 de octubre de 2013

¿JESUS ES EL MÁS GRANDE REVOLUCIONARIO DE LA HISTORIA? UNAS REFLEXIONES

Muchos afirman que el che Guevara es el más grande revolucionario del planeta. Yo no pienso así. Creo que el revolucionario más grande fue Jesús de Nazareth. Marcó un punto de quiebre profundo que hasta ahora (y sabe Dios hasta cuándo más) sigue vigente: dio nacimiento a una nueva Era. Y más. El Che -llamado por algunos el "Quijote" del siglo XX- se convirtió para muchos -nos guste o no- solo en una imagen sin fondo: tatuajes, estampados, calcomanías. Pero muchos de los que muestran el rostro del guerrillero en polos, llaveros o en sus brazos o pecho, ni siquiera saben bien quién es el personaje ni cuál (si tuviera alguno) su significado histórico o político (y, lo que es más, ni siquiera les interesa saberlo). El Che, ciertamente, encandiló y hasta inspiró a muchísimos. Hoy solo es, apenas un bellamente discreto recuerdo. Fue un hombre de sueños desmesurados y quiso convertirse en un hacedor de nuevas realidades. Pero la realidad tangible, esta, aquella a la que él quiso cambiar, lamentablemente le fue, le es, adversa. El dizque revolucionario socialista, su imagen, terminó convertido en una suerte de "producto comercial capitalista" (That is life!). ¿Hizo la revolución, es decir, generó algún cambio profundo o significativo en la realidad, en el devenir histórico? No, ninguno verdaderamente significativo. 

Jesús, entre otras muchas cosas, cambió el pensamiento tan arraigado hasta entonces, que estuvo influido por el llamado Antiguo Testamento. Y quedó no solo como imagen, sino como pensamiento, un pensamiento que tuvo a través de la historia una influencia decisiva que aún perdura y, como repito, sabe Dios hasta cuándo perdurará. Muchos de los hechos históricos (sean buenos o malos, según el punto de vista de cada persona) han sido realizados con el estímulo del cristianismo. No solo las Cruzadas, también el descubrimiento y la conquista de América. Hechos o circunstancias negras, también: por ejemplo, la extremadamente satanizada Inquisición, el asesinato de Giordano Bruno, la condena a Galileo, etc. 

Repito: El Che es, ahora, solo una imagen; y Cristo es mucho, muchísimo más que eso. ¿Cuántos siguen a Guevara y cuántos (equivocados o no, como quieran calificar algunos la fe) siguen a Jesús y sus enseñanzas (cuestionadas y hasta vilipendiadas por algunos)?  

Es verdad que el mensaje de Cristo nos habla de una suerte de "comunismo" en el Cielo y no precisamente en la tierra; y es eso -utopía, paraíso, absurdo, o como quieran muchos calificarlo- lo que es visto tal vez como frágil y hasta, probablemente, deleznable, lo que abonaría en favor del llamado "ateísmo". Sin embargo, los efectos, las consecuencias, el influjo, del cristianismo se ve -quiérase o no reconocer- aquí en la tierra (y no en el cielo), en muchos millones de seres humanos. ¿Efectos positivos, aquí, de los contrarios? Solo frustración, solo pesadilla. 

Se quiere ayudar a alguien y se dice "practiquemos la caridad cristiana". Queremos poner en entredicho la riqueza de los burgueses y echamos mano a esta frase: "Más fácil será que un 'camello' ingrese por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos". Los matrimonios: casi todo el mundo acude a una iglesia para casarse (católica, anglicana, ortodoxa o evangélica, pero cristiana). 

Hay quienes hablan pestes del Papa, ¿por qué?, porque lo tenemos ante nuestros ojos incomodando a muchos, conmoviendo a muchísimos. ¿De dónde salió? De una institución fundada al amparo del pensamiento cristiano (la Iglesia Católica).  

El calendario con el que guiamos nuestra agenda es el calendario gregoriano, por el papa Gregorio XIII (Iglesia de Cristo). Nuestra Era es, simple y llanamente, la "Era Cristiana". Etc., etc., etc.  

Jesús fue revolucionario, pues. Los hechos lo demuestran: la realidad. Como lo quiso Marx: la realidad tangible y no el "idealismo". Sin promover la violencia criminal, sin fomentar el odio; es decir, sin estimular el fondo animal (tanático) del ser humano.  Solo hablando de amor, alimentándolo. (No mató a nadie, pero lo mataron; mataron solo su cuerpo: y sigue espiritualmente vivo, por siempre jamás). Los demás solo nos han dejado anécdotas de perversidad (muchísimos muertos, por la violencia y también por el hambre) y ceguera, mostrando su ideología como el verdadero "opio del pueblo", el "sueño" de la infamia y el odio.

 

 

sábado, 24 de agosto de 2013

CÓMO OLVIDAR A DON PEDRITO/ Elvia Benavente Álvarez

¿Cómo olvidar a don Pedrito? ¡Imposible!. Amable caballero, trabajador y cumplido.

Junio 1981 me encontraba allí en Pallasca celebrando la fiesta patronal, después de tanta alegría al encontrarme con familiares, amigos y conocidos, pensé en don Pedrito, sabía y recordaba quien era, fui por su casa personalmente para contratarlo para que me hiciera un trabajo en el cementerio o sea una “peañita” como recordatorio para mi madre. Recuerdo muy claramente nos encontramos en la plaza, luego fuimos a dicho lugar, al llegar comentamos, le expliqué claramente que mi estadía en el pueblo era corta y que por favor me dijera cuanto tiempo demoraría para construirla. Él amablemente dijo: “No se preocupe, tomará pocos días, mañana puedo empezar, le parece?” Okey pues, por mi no hay problema y muchas gracias. Al regreso nos encontramos en la plaza con Carlitos mi hermano, le hablé de mi proyecto y terminamos en su tienda tomando café.

Días después volví a verlo y según él la obra estaba terminada. Y así fue, esta vez los tres caminamos recordando tiempos inolvidables. Pasamos la pampa del cardón, la huertita, la casa de doña Juana Rosa (descansa en paz) luego cinco esquinas, la huerta de la tía abuela Ercelís, la casa de los Nonato, la subida al Tambo y la bajada hacia los molinos se acuerdan?. Claro que sí, momentos felices que se grabaron en la memoria imposibles de olvidar. Pero yo debo seguir con el relato, verdad?.

Llegamos, luego de abrir el gran portón, entramos directamente unos cuantos metros, doblamos dos veces a la derecha y allí está, construida el recuerdo para mamá. Que alegría y satisfacción sentí, al ver terminada esta pequeña obra y nada menos por don Pedrito Tapia quien en vida la conoció y que ahora en Paz descansan.
Agosto,2013

UN TAL LÓPEZ

                                                                  


No se sabe o, mejor dicho, yo no sé para qué vino al Perú. Lo que sí puedo afirmar con alguna certidumbre, gracias a ciertas informaciones medio borrosas a que he tenido acceso, es por qué salió de su país. Lo hizo, como se diría vulgarmente, “corriéndose de la guerra” (¿la Guerra Franco-Prusiana, tal vez?) o, en otras palabras, por no aceptar ser enrolado en las fuerzas militares de Francia, país donde nació. ¿Habría tenido motivaciones morales –digamos, rechazo a la violencia bélica, es decir, actitud pacifista-, o solo se trató de simple cobardía? Cómo saberlo. Lo cierto e innegable es que vino, y vivió, se casó, tuvo hijos y murió en este Perú al que García Lorca iba a nombrarlo como “de metal y melancolía”. 


Llegó en compañía de dos primos suyos que poco tiempo después retornaron a su patria cuando, tal vez, las aguas se habían calmado y probablemente las circunstancias ya no habrían de perjudicarles. En cambio el pariente de estos, como repito, se asentó definitivamente en el Perú, y  en un pueblito de la sierra formó un hogar y llegó a tener cuatro hijos (tres mujeres y un varón). Se llamaba, como yo, Bernardo y fue mi bisabuelo paterno y -creo que es obvio, ¿no?- el pueblito en que sentó sus reales, fue Pallasca, mi tierra natal. 


En una foto sobre placa metálica cuya reproducción conservo, aparece de, aparentemente, unos cincuenta años de edad con sus vástagos. La mayor de ellos, Alejandrina, se casó con Manuel Jesús y su matrimonio, más peruano que la chochoca, resultó extremadamente fecundo: tuvieron diez hijos, mita-mita: cinco mujeres y cinco varones. Ella, Alejandrina,  llevaba orgullosa su apellido francés, Brun.  


Manuel Jesús se apellidaba Álvarez, y, claro, también debió haber sentido orgullo por su apellido, apellido español de origen remotamente árabe. En una crónica que escribí hace algún tiempo acerca de la vivienda en que nací y viví los primeros quince años de mi vida y que ya no pertenece a mi familia, dije que estaba ubicada en el jirón Álvarez Gonzales y precisé además que don Manuel, “el de esos apellidos, fue un hombre notable en Pallasca a fines del siglo XIX y en los primeros años del XX”; señalé que “probablemente se trataba de un pariente mío”, pero que de eso y del apellido que llevo no estaba convencido. Bueno, pues,  creo que ahora ya puedo hablar con cierta seguridad. 


Todo indica que el honor de ser pariente de aquel epónimo pallasquino, aunque legítimo, tendría un origen medio chueco y  si eventualmente pudo ser agitado como bandera, bien merecería, probablemente, un par de comillas en sus flancos, puesto que el apellido legalmente heredado de mi abuelo sería, en realidad, un apellido medio “postizo”, generosamente entregado no por un hombre de buena fe, sino por una mujer llamada Casimira Álvarez que lo heredó a su hijo Toribio que fue –él sí- familiar directo (el progenitor) del que dije, don Manuel Álvarez Gonzáles. 


Entonces, el que, contra todo pronóstico, legalmente y con justicia “patriarcal”, debió haber sido el apellido de mi abuelo y por ende haberlo heredado yo, es López. Es que el abuelo natural de Manuel Jesús, mejor dicho, el verdadero, fue un cura que por muchos años se desempeñó como párroco en Pallasca y que por alguna razón o sinrazón (“decencia”, vergüenza o cobardía, no lo sé) prefirió no legar a su hijo y, en consecuencia, tampoco a sus demás descendientes ni siquiera su apellido. Cosa distinta ocurrió (¿lo recuerdan?) con aquel religioso gallego que después de celebrar el matrimonio de Pablo Manuel Porturas del Corral en Angasmarca –que fue el motivo por el cual vino al Perú-, se quedó en Santiago de Chuco y (¡de carne somos, pues!) se enamoró de Justa Benites, con quien tuvo dos vástagos, uno de los cuales, Francisco de Paula, llegó a ser el padre de nuestro más grande poeta, César Vallejo. Este religioso se llamaba José Rufo y, según escuché en  mi infancia (y lo leí después en un artículo, creo que de César Miró, en que se citaba como fuente a Francisco Izquierdo Ríos), habría fallecido en Pallasca y estaría sepultado en la sacristía del Templo de San Juan Bautista. 


Bien (vuelvo a este camino asaz pedregoso de mi traspapelada genealogía), en la partida de bautizo de mi abuelo, asentada el 28 de marzo de 1862 se lee, textualmente: “yo  el infrascrito cura propio y Vicario de esta Doctrina exorcicé, bauticé, puse olio i crisma a Manuel Jesús, mestizo de tres días de nacido, hijo natural de don Toribio Alvarez i doña María Robles”. Este sacramento fue administrado en presencia de los padrinos Manuel Hidalgo y María García y de los testigos Concepción Trinidad y Andrés Encina, por el sacerdote que el día 6 de julio de 1869 –es decir, siete años después- casó y veló (así dice la partida) a quienes iban a ser mis bisabuelos maternos, Bernardo y Juana. Y ese mismo sacerdote, el 6 de abril de 1881, también incorporó al Cristianismo a la hija de aquella pareja de consortes, Alejandrina, la mujer que en mayo de 1920 trajo a este mundo a Rafael, el último de sus hijos varones (el “shulca") quien, un montón de años después, con la complicidad tímida y medio inocente de Abigail, llegó a ser -de esperma, sangre, espíritu y buena voluntad-  mi padre. Alejandrina fue, pues, mi abuela. 


Creo que ya han podido adivinar, sin embargo voy decirlo: El cura, que sin dudas ni murmuraciones, con solemnidad litúrgica y tal vez cínicamente, participó en aquellos actos dizque impolutos, se llamó José Eulalio (¿Dios lo tenga en su Santa Gloria?) y –para más señas - su apellido fue López: ¡mi tatarabuelo de sangre y esperma! Es decir, aunque los documentos puedan expresar –como en efecto expresan- otra cosa, debo asegurar (sin orgullo ni herencia, naturalmente, pero sí con muy buen humor y sin paltas) que, como Vallejo, yo también tuve en mi familia un abuelo cura.



23 de mayo del 2010



(Este texto, hoy necesariamente corregido, fue publicado inicialmente en Bitácora extraviada)