sábado, 31 de agosto de 2024

EL CRIMEN LÍRICO DE BERNARDO ÁLVAREZ (Tulio Mora acerca de mi libro «Dispersión de cuervos»)



En torno a Hora Zero se han tejido, más que mitos, malinterpretaciones. Algunos han dicho, por ejemplo, que todos escribimos igual, quizá por el aliento de “épica urbana” que primó inicialmente entre los más conocidos. Hoy, que presentamos el libro de Bernardo Álvarez, “Dispersión de cuervos”, veremos que la clonación poética no es uno de los atributos de HZ.  No podría serlo ya que HZ fue un grupo en el que, según un listado completo de sus miembros, que aparece en la tesis doctoral del profesor Raúl Jurado, hubo en un momento hasta sesenta personas. Lo que hubo fue una poética común, el “Poema Integral”, que cada quien teorizo y aplicó a su manera.

Esto es usual en las poéticas grupales, recuérdese al surrealismo: el llamado automatismo no es igual en Artaud que en Breton o en Eluard. De la cercanía o distancia de ese postulado provienen las diferencias poéticas y hasta políticas. Artaud fue un radical absoluto, Breton, como Sumo Pontífice, intentó el equilibrio de su propio orden, Eluard simplemente se sirvió del surrealismo como una técnica. Pero los tres han escrito poemas admirables, quizá Eluard es el más unitario, aunque su poesía y su postura política (stalinista), a mi particularmente no me conmueven. Y antes que la valiente actitud de Breton, que en los tempranos 30 advirtió de los abismos a que conducía el stalinismo, convirtiéndose en la guerra en un anarquista (léase el más hermoso de sus poemas, “Oda a Charles Fourier”), prefiero a Artaud, al loco inasible, a su lúcida pasión enjaulada, al grito más estremecedor de este siglo que hayamos escuchado en “Van Gogh, el asesinado por la sociedad”.

En HZ, el “Poema Integral” podía tener resonancias formales (una suerte de discurso acumulativo de varía discursos: prosa, verso, ensayo, cartas, etc.), pero sobre todo tenía una inconfundible resonancia ideológica de un no muy lejano concepto en boga en la generación se Mariátegui: “Perú Integral”, la utopía de la articulación de lo desarticulado, de la unidad de lo fragmentado. En consecuencias, está asociación era, además de una literatura, un programa nacional que aparece y reaparece a lo largo de este siglo en varios instantes y en boca de nuestros mejores escritores: es la “escritura híbrida” de Gamaliel Churata y “todas las sangres” de Arguedas. En todos los casos, admirablemente, los escritores (que fueron provincianos, además) han coincidido que esta integralidad no puede construirse con prescindencia de la palabra escrita. La escritura sobre todo, entonces, en el Perú ha de construir esa integralidad utópica.

El profesor Miguel Ángel Huamán, en su estudio “Fronteras de la escritura, discurso y utopía de Churata” (1994), nos expresa algo que bien puede explicar la aparición de HZ: “Cada vez que en sociedad se vive una crisis es gran magnitud se manifiestan cambios en la valoración de la lengua; rechazo o aceptación de normas que no siempre tienen que ver con la corrección gramatical o la concordancia que rige a los núcleos de la lengua dominante. La realidad de la diglosia, es decir el contacto entre lenguas en relación de dominante a dominada, nos permite comprender la carencia de una lengua nacional y la necesidad de construir una lengua común, socialmente legitimada por la pluralidad de la colectividad, cuya estandarización como lengua general -el proceso de establecer una modalidad como capaz de satisfacer los requisitos de la comunicación intercultural-, tiene en la escritura un aspecto esencial de legitimidad”.

El “Poema Integral” tuvo, según esta apreciación, que buscar su legitimidad de manera beligerante, -beligerancia que nace de la misma sociedad peruana, como veremos adelante en el texto de Álvarez-. Este es un punto que ha provocado la malinterpretación. Sin ir muy lejos, anoche, en la presentación del libro de crónicas de Cesáreo Martínez, uno de los presentadores, el periodista Manuel Jesús Orbegozo, intento descalificar a HZ porque, según él, la idea inicial del grupo de cambiar la estupidez social reinante, no había revertido el hecho de que, 30 años después, la misma estupidez se apreciara hoy en los talk-shows. A mí me llamó poderosamente la atención que un comunicador tan prestigiado, que ha entrevistado numerosas veces a escritores de la talla de Hemingway, a sus venerables 70 años no se dé cuenta aún que la poesía nunca ha cambiado el mundo. Y que, en cuanto a cambiar la estupidez de los talk- shows, la pregunta tiene mayor eficacia si la traslada al gobierno, de cuyo diario oficial él es hoy su director. Sería magnífico que en vez de malbaratar páginas ponderando las indemostrables virtudes de una antidemocrática y abusiva re-reelección, El Peruano se propusiese una campaña de higiene mental de los medios de comunicación. Eso por lo menos quitaría un poco de la sombra que le cae hoy al viejo maestro del periodismo.

Pero volviendo a lo nuestro: en HZ hubo, a partir del Poema Integral”, diversas opciones poéticas: las ya conocidas, de la llamada “épica urbana”, en Pimentel, Ramírez Ruiz y Verástegui, y ahora último un estupendo libro, de tiraje artesanal, de José Cerna: “Ruda” (1998), poema escrito en un microbús entre el puente Santa Rosa y San Juan de Lurigancho; otra que, aplicando el discurso narrativo, tenía de escenario más bien las provincias. En esa tarea estuvieron empeñados Jorge Nájar (Pucallpa), Ángel Garrido y César Gamarra (Cerro de Pasco), Mario Luna (Chimbote), Sergio Castillo y el que esto escribe (Huancayo), Bernardo Álvarez (Áncash), entre muchos otros. A mí no me cabe la menor duda que está tendencia ha sido la más rica porque liquida toda una poética provinciana que se había congelado en una modernidad válida para los años 30, pero disfuncional hacia fines del siglo: la del indigenismo con aplicaciones vanguardistas y surrealistas, que, salvo el gran Churata, no perseguía esa integralidad tan reclamada por los escritores más lúcidos de este siglo, sino la legitimación de un espacio sociocultural parcial. Esa es para mí su más lamentable limitación porque la idealización rural divorciaba la prédica de “Perú Integral”.

Hay otras dos opciones en HZ, que son poco conocidas: una barroca que, a la manera del maestro Lezama Lima o de Carlos Germán Belli, intentó un equilibrio entre la palabra prestigiada y la popular; a esa vertiente pertenecen Ricardo Oré, Eloy Jáuregui y el primer libro de Yulino Dávila; y una última, la que yo he dado en llamar “la poesía del escenario globalizado”, que aplica la misma técnica del “Poema Integral” pero está escrita fuera del país: Rubén Urbizagástegui, Elías Durand y Yulino Dávila de su segundo libro.

Lamentablemente, hasta el momento HZ no ha podido publicar su antología, que modificaría por lo menos en parte esas percepciones antojadizas, ya que no tratamos tampoco de convencer a nadie de nuestras virtudes poéticas. La poesía, como se sabe, es una cuestión de empatía y de filiación: hay quienes prefieren a Westphalen, Martín Adan, Eielson, Hinostroza, Cisneros, Montalbetti, Chirinos, más que a Vallejo y HZ. Esta preferencia es la más común y la de más larga tradición en la poesía peruana, que aspira al discurso cosmopolita, erudito y trascendentalista. Por supuesto, sería difícil convencer a esta poética que nosotros no pasamos de ser “poetas gritones”. Como a nosotros nos es difícil aceptar que un poeta se dé el lujo de escribir para encontrar detrás de la palabra el silencio místico, revelador, en un país en el que el silencio es precisamente la mejor metáfora de la in-significancia social, de la mudez masificada y que desde la privación de la voz explica las hondas diferencias que cada cierto tiempo se convierten en trágicas.

De cualquier modo, esta rápida precisión nos bastará para entrar de lleno al segundo libro de Álvarez, quien publica luego de 25 años a de la aparición de “Aproximaciones & conversaciones” (1974).


Empecemos por esa interesante cita del profesor Huamán, que es a su vez una suerte de paráfrasis del maestro Barthes en “El grado 0 de la escritura”: la idea de una convulsión social que renueva el lenguaje y legitima un discurso. Fijémonos un escenario para “Dispersión de cuervos”: el Perú de los años 80, es decir los años de la violencia social aplicada al continente corporal y que en Álvarez se traduce en una ecología de la evacuación, de la humedad, de la liquidez, de la seminación, casi siempre asociadas además a un escenario debajo de lo urbano o de lo rural, es decir en su cuerpo interior (cañerías, cloacas o lo que subyace en la pudrición del paisaje: hojas secas, insectos). Debemos agregar a esa construcción una intertextualidad paradigmática: algunos héroes de la mitología griega, de la Biblia, Shakespeare, Kafka, Roussel. Y, por último, su sentido de lo sexual como una pulsión que se reafirma con una valoración negativa (pecaminosa), que a su vez construye una poética.


En el primer poema K (Kafka), nos encontramos con Prometeo picoteado por un buitre, no en el hígado sino en los pies, o sea en los órganos más terrenos de su cuerpo. El robador de la luz divina es al mismo tiempo, la sombra egipcia, Jus, tal vez Juan (H) Jus, pensador y humanista, distinguido representante de la Reforma en Bohemia (Alemania), castigado en el siglo XV por la Inquisición, y Kafka en el tránsito de convertir a Gregorio Samsa en escarabajo. En el escenario urbano, del que brotan “apio y aceite”, Prometeo descubre que “el viento no se apiadará de mí: caparazón, insecto gigante”. El mundo se ha convertido en el excremento que rueda a voluntad del escarabajo kafkiano, donde “nada acontece”, aunque todo está en orden. Un orden que nace del castigo de Prometeo, que es capaz de crear una ilusoria belleza, “en un lago las ranas cantaban y jugaban”, y sin embargo induce a la desesperación: alguien (Juan Ruiz, suponemos que el Arcipreste de Hita) es invocado para liberar a Prometeo, “trae un fusil, suéltalo”, pero el héroe mitológico griego decide trasladarse al despeñadero presumimos que para suicidarse. La segunda metamorfosis se produce en el momento en que “la montaña se desmorona”, Prometeo, antes Jus, luego escarabajo, luego pirámide, luego Gregorio Samsa, se transforma en Hamlet en su célebre “corpses are set to banquet”: “los cadáveres se preparan para el banquete”, donde no comerán sino serán comidos por los gusanos. Volvemos al escenario físico, la ciudad tiene ahora “un cielo de hojalata”, es un “espejo turbio” en que resuenan el viento y las ranas “y el agua se entrevera en las totoras”. Allí resuena también Raymond Roussel:  “Yo escucho los llamados de un mundo que se niega”. “¿Quién se atreve a amar la carroña que nos envuelve?”, se pregunta Hamlet, pero quien responde al final del poema es Prometeo: “¡Franz, Franz, no hace falta:  el buitre / se ha suicidado en mi garganta!”.

Así, en ese orden de bizarras transformaciones sucesivas, acumulativas, castigado y castigador son uno mismo. Nos instalamos pues en un mundo deconstruido, múltiple, vertiginoso: ninguna referencia exterior puede hacernos suponer que el sufridor de la rigores históricos tiene alguna relación implícita con ella: el mundo no se ha invertido simétricamente, como en el Pachacuti andino (que el arriba sea abajo y viceversa), sino que se ha promiscuido, es una emanación (un excremento) de representaciones del mismo nivel: seres humanos, insectos, escenarios se han convertido en uno solo mostrando en esa unidad los fragmentos de su origen inicial.


Conviene, sin embargo, para extender esta visión a los 22 poemas del libro, desclasificar la densa concentración del discurso para explicarnos su violentación. La más evidente de ellas tiene que ver con la representación de Prometeo/Jus/Kafka, símbolo aquí de la crítica, de la humanización en la edad del absurdo. Prometeo reclama inicialmente a Jus transformar “mi sangre (en) una flor, un geranio atado / a mi saco sucio, sé mi luz”, pero quien responde a esa demanda es el otro: Franz (Kafka), justo cuando “la ciudad se movía en mareas y remolinos”. Las transformaciones contranatura se producen en esta confusión propiciada por la convulsión física. El héroe inicial pasa a ser un ladrón de la verdad (de la luz) a un resignado: la historia trágica de Occidente se sufre en un pueblo del Perú.

Veremos una traslación temporal de esta naturaleza en otro poema menos ambicioso, pero no menos enigmático, “Ukiyo-e”, en el que Álvarez cita cuatro fechas, entre julio y octubre, como si lo hubiera escrito por arranques más o menos azarosos, como si el poema fuese una agenda o un diario de sus impulsos sensitivos: “julio 28 (…) luciérnaga hembra: incendias la / historia de árboles negros, / sin sonido la noche-lluvia se agua sucia / desciende sobre el asfalto. (…) Agosto 14 (…) la ciudad también se cansa / de mis zapatos (…) 13 de setiembre (estación grotesca adherida a mi frente) / (…) Octubre 7y: de la sal a la transparencia (-rama breve, la flor del naranjo te sacude”. Pero aquí, aunque el caos se funda en un desplazamiento, a diferencia del poema K, el final es positivo.

Creo que a partir de esta aproximación, por cierto que muy superficial frente a un libro esquivo, inasible, podemos intentar capturar parte de lo que ha pretendido Álvarez: la puesta en escena de un cuerpo sometido a las pulsiones sociohistóricas, en su contacto con el exterior (político o físico). Esta poética del cuerpo (del bajo cuerpo, de las vilezas del cuerpo, sería mejor decir) no es nueva, pero es moderna, y tiene como referentes claves a Antonin Artaud y a César Vallejo: la reducción del mundo al universo de una personal fisiología que colisiona abiertamente con la estética noble dominante: la que instaura el sentido de la belleza corporal y moral (la inteligencia y el corazón); a su vez es el discurso individual (microdiscurso) que se opone al discurso del poder (el macrodiscurso), en el que la historia no pasa por la memoria individual, sino por la representación histórica de lo colectivo que encarna precisamente el poder: “encontré    que la ulceración luética alienta la / caridad y la náusea en el cáliz ortigoso del poder” (Gagraina).

Cada una de estas evacuaciones corporales debe leerse como una transformación, y en esta condición como una escritura. El moco, por ejemplo, “sube y baja y vuelva a bajar / formando un beso en los labios del infante” (Gagraina); el fuego de los dioses bulle en las erupciones cutáneas del adolescente, en contraste a las “cañerías de la urbe”, por donde “navega un odio salitroso e impenitente”. En este poema también la traslación temporal (desde la niñez a la adultez) es la estructura que sostiene el texto: los amantes son el ideal del pantano, la humedad succionadora, “anfibia emoción / de la lujuria: un nudo en la humedad mag / nética de los genitales”, pero en los testículos no bulle el fuego de los dioses, sino el pus. El mediodía humano es “hediondo / e indigesto, cómplice del apetito inútil”. Al impulso de la violencia todo se ha descontextualizado, el Homero moderno canta “el crimen lírico” que “traiciona el / sosiego del policía infeliz” y el perro de Ulises, Argos, lame “la épica ternura” del dinamitazo apocalíptico. Interesa ese movimiento sin referentes del moco que sube y baja, independientemente del niño que lo expulsa de su cuerpo: ha cobrado vida propia al ser expulsado, se ha gangrenado con el contacto exterior y entonces exige “la amputación del itinerario”, es decir la fracturación de esa temporalidad que recorre el texto del niño al hombre. Esa trayección del fluido envolvente, que al comienzo del poema forma “un beso en los labios del infante”, es al final “la canción rugosa y salobre del amor”.

Mocos, pedos, semen: el yo que se manifiesta a través de una escritura violentada en una ciudad cubierta de estiércol. Y, sin embargo, no hay más poética que la evacuación. El arte de la poesía es el arte de la pudrición. Sin futuro, Noé construye un arca de estera y palos donde conviven perros, ratas, cucarachas y pulgas con coliformes fecales, donde aún la voz (otra evacuación) es un fruto seco y el diluvio los esfínteres descontrolados. El ocho echado del infinito, la aspiración del “todo y la nada”, la voluntad de trascendencia, son hojas sin razón de ser.

Todo el libro de Álvarez está sobrecogido por esta crispación con una atmósfera irrespirable que en ningún momento renuncia a ordenar sus referentes textuales para podernos ubicar. El cuerpo es una “máquina salvaje”, según la definición de Félix Guatari y Gilles Deleuze, que fabrica su hediondez, su estética y su entorno. El poeta fabricante de palabras que son simultáneamente vida y pecado. Ya no hay una palabra redentora, catártica: la que segrega ese cuerpo es “omnívora alimentándose como caníbal”.

Entre el Martín Adán de “poesía se está callada… escuchando su propia voz”, y esta otra, omnivoraz de su propia sustancia, ha ocurrido por el Perú tantas transformaciones que sería interesante analizar con instrumentos sicoanalíticos y sociológicos que ahora no cuento. Hoy me ha tocado solo presentar esta cantar escabroso, en el que “Dispersión de cuervos”, como consta en la contratapa del libro, “tal vez alude a la hora del Perú en que se aparece al cuadro de Van Gogh donde negras parvadas presagiosas revuelan sobre en campo de trigo. “Cuervos, trigales: el escenario ideal de Álvarez que transcribe el espacio rural con sentido renovado”. Estos espacios que hasta los 50 eran todavía símbolos de la apacible vida provinciana se ven empujados a su aspersión/dispersión, a buscar un eje articulador, después del viento furioso de los 80 y la diáspora campo/ciudad desdibujada aún.

No es que Álvarez sea un pesimista, en el último poema incluso arriesga una suerte de manifiesto horazeriano, “los poetas viven más allá de sus pasos”, pero, como creo muchos peruanos de hoy, se muestra incapaz de arriesgar un pronóstico, viviendo como vive una etapa que siente despojadora de su ser, de su intimidad, que le expropia sus signos. A mí me da la impresión que esta constancia de ser un cuerpo casi autista, solo consciente de su fabricación de flujos, con los que construye su significación de mundo, es el punto más crítico en que se encuentra el país, en ese punto 0 en el que todo es posible. Parafraseando a Barthes diríamos que las referencias de esta poética no se hallan al nivel de la historia, sino de una biología que transmite balbuceos, fracturas semánticas, neologismos y fragmentaciones de la unidad como respuesta a una etapa de transición, una edad que el poeta define como “del chaco (la casa de vicuñas) o el holocausto, elige tú”. Por increíble que parezca, en el Perú esta sintomatología poética, para decirlo como una enfermedad, tan cara a Vallejo, desde los años 20, en que escribió Trilce, y más tarde “El pez de oro”, de Churata, hasta hoy, la poesía más intensa se cubren estos coágulos que no se traducen en un discurso sano, equilibrado, solar. Es imposible, por lo demás, pedirle a un poeta un discurso de esta naturaleza. La hibridez es de algún modo la respuesta a esa cultura acumulativa de múltiples procesos de modernidad que parecen apisonarse como capas geológicas, todas actuando aún con alguna dinámica, de allí el latente y cíclico y sísmico conflicto que alcanzo en los 80 niveles de conflagración jamás vividas en casi 200 años de era republicana. Su desajuste expresivo es su incapacidad de mirarse como una continuidad en una trayectoria definida. No hay un atrás hacia adelante ni largo plazo. La historia, de mitos y ritos, pertenece al poder, antes que a una memoria afianzada en la colectividad. En alguno de sus poemas, Álvarez expresa: “alguien / me dijo que el horizonte es una cuerda atada a dos caballos que galopan en sentidos opuestos”, es decir el futuro, “El futuro garabateado y sin eje”, se le antoja como el suplicio de Túpac Amaru, o también como dos cuerpos que no se reconocen en un solo escenario. Su fractura significa entonces una fractura de ese destino bipolar del país que no ha traído más que tragedia y miseria. Es esta edad, en que, como Vallejo, estamos naciendo de nuestro propio cuerpo, un poeta genuino no puede más que responder con las pulsiones de su propio ser. Me parece que Álvarez lo ha logrado transmitiéndonos en “Dispersión de cuervos· uno de los más descarnados ejemplos de la poética horazeriana.

Tulio Mora Gago

* Texto leído por el poeta Tulio Mora al presentar mi libro Dispersión de cuervos, el 26 de mayo de 1999, en el Instituto Raúl Porras Barrenechea.

  


 

 

 

 

jueves, 29 de agosto de 2024

BIRD/ HOMENAJE A CHARLIE PARKER


BIRD/ HOMENAJE A CHARLIE PARKER 

 

Atando rayos, disolviendo

relámpagos , acallando truenos:

And it’s a hard rain’s a-gonna fall;

mojará calles y parques y

no podremos caminar, zapatos míos,

solo crecer, coger el instante agudo de

la altura donde todos seamos

un monosílabo: vamos a

juntarnos otra vez, Dizzy (Charlie,

eterno palteado

metal agudo tu voz se repite

en tiempos fuertes, como el

deterioro de la carne y los huesos).

Saxo y trompeta reincidirán

en  el pecado y nunca será

demasiado tarde para nuestro

canto encima de las nubes.

El pájaro rompe el cascarón:

alternativa, demonio de las

estepas, to be or not to be y

nada se pudre en esta comarca,

acuoso el ojo del cuervo se deslíe

en mi frazada.

Ni el excremento de un águila

sino la vibración, ni el gluglú del

desagüe y nada, ni la palabra (perico en celo

que se muere en sus alas) perdurarán

en la niebla. Séptimo Círculo,

3er. recinto, Jheronimus Bosch

en el infierno espérame con  tu

mirada de rana: el pata del bop

está por resbalar al Octavo,

átalo a tus telarañas. Y para mí

38 botas de vino más 3 cartas

de marear: El Mar Dulce, donde

el hipocampo y los piratas se confunden.

La sal de la rosa silvestre para

quien viene a la taberna con un

albatros degollado bajo el brazo. Y

fósforo para los atormentados,

más bencina.

Y las uñas de mis pies no van

a enredarse en las raíces que

se arrastran como babosas ni

pasto del arco iris será la

armonía monocroma de mi frente.

Fuego verde como hierba:

ad lib en tu colina de helechos

quiero amar esta cacofonía organizada,

rodeado por el olor del establo,

sin otra alegría que el viento

y sobre Gerión, trazando anchos círculos,

descender en medio del ardor

inextinguible de la sección cañas.

Que desaten los rayos

para derramarlos en mis cabellos,

nos bañen con relámpagos y

golpeen con truenos:

mal venidos a Elsinor. Qué caray!

Deschávate Charlie: inauguraremos

otra vez la celebración del pecado

en medio de bosques incendiados,

con los chirridos de pájaros obscenos que no mueren.




_____________________

 Bernardo Rafael Álvarez                                                            (Lima, circa 1976)

lunes, 15 de julio de 2024

¿«HABEMOS» O «ESTAMOS»?

 

¿Habemos o estamos? Ambas formas son correctas, pero no significan exactamente lo mismo. «Habemos» es una forma verbal de uso muy extendido que equivale a «somos» o «existimos»; pero con referencia a determinada ubicación espacial o temporal: «En Lima habemos muchos que bailamos huayno»; «Actualmente aún habemos quienes no nos dejamos avasallar por la Academia». Tiene todas las características de lo que sería el indicativo en primera persona plural del verbo «haber» (que, como sabemos, es un verbo defectivo; es decir, no se puede conjugar en todos los modos, tiempos o personas); sin embargo, en la realidad, se trata, únicamente, del sinónimo de «somos» o «existimos», y no precisamente de «estamos».  

Cuestionarlo y, más aún, rechazarlo por aquello de que el verbo «haber» no se conjuga en plural es absurdo y, digamos, injusto y hasta antidemocrático: «habemos» es una forma verbal creada legítimamente, con su propio significado, por el uso, que, en cuestiones de lengua, es «árbitro, juez y dueño» (Horacio dixit). Proviene, sin duda, del verbo haber, pero el uso le ha dado un significado distinto, lo cual es, simplemente, válido y, repito, legítimo. Tarde o temprano la (en algunos aspectos aún anquilosada) RAE, tendrá que asumir la validez que es indiscutible de la forma verbal «habemos» (ojo: no «aceptar», ni menos «autorizar» su empleo, porque esto no es el papel de la Academia) y estoy plenamente convencido de que así será, porque tiene que ser.  

Ah, otra cosa, finalmente. La RAE no está, como dice el primer artículo de los Estatutos de la respetable institución, para «velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene»; su función, entre algunas otras, es, básicamente, lexicográfica (elaboración del Diccionario oficial), de sistematización y difusión de la norma lingüística (que se da en el habla) y también de asesoramiento, y es, además, dadora de consejos; no es una suerte de «protectora» ni menos cumple el rol de censora de nuestro idioma; pero sí, naturalmente, es muy útil.  

Habemos (o sea, existimos) muchos que nos atrevemos a discrepar de algunos criterios académicos de la docta corporación matritense, pero lo hacemos «en buena onda» (quiero decir: sin mala intención), y solo hacemos uso legítimo de nuestro derecho a la libre opinión, y nada más. Y, aunque pudiera parecer increíble, la verdad es que alabamos y agradecemos la existencia de la Real Academia Española que, lo digo una vez más, es muy útil. 

Bernardo Rafael Álvarez 

sábado, 13 de julio de 2024

REMINISCENCES D’UN CADAVRE (OPUS Nº 28)

                               A Bernardo Rafael Álvarez



                            "Antes de la creación el verbo"

                                 Johann Wolfgan von Goethe (Fausto)



¿A dónde va la vida?  Sermones Benditos De Mala Racha

Fuentes sagradas

Exquisitas

Bárbaras 

Extravagantes flores carnívoras

Hiel fucsia      hiedras multicolores      espinas     formalidad      sangre


¿A dónde va la vida? RUNAS INCAICAS DESANGRAN

Buscan cómo vivir      vivir COMIENDO PALABRAS

¡Aquel cuervo no se traga solo Bernard!

¡No puede solo tragarse!

Huesos rompecabezas gritando hasta exprimir mugre

Gramática de tanto sufrir, después de tanta razón

Tantas veces estos cuervos dentro de…

¿Extravagantes flores carnívoras?


Devoro palabras, me pintan, devorado por ellas pff… Al Alba.

SANGRE AÚLLA EPILÉPTICA EL CADÁVER

NO QUEDAN MÁS CUERV(A)S ¡CRUNCH!

         ¡ÑAM!       ¡ÑAM!

TERNURA ESQUELETOS FULGOR AL MEDIODÍA

HUESOS DE MI HUESO


Fósforo te incendia poeta, hasta la última palabra 

Permíteme asesinarlas, brindare la muerte

Cada muerte otra excusa para no morir

Bernard la rosa carnívora devorado me ha



Estas palabras quedan vacías, después de tantos mordiscos

Observas mi cadáver, gira el vértigo      etéreo lente     ¡¡LA FALSA VIDA!!

Prospección cara al sol en Pallasca

Nuevo cadáver suplica un alma Bernard

- Denle al muerto brebaje pa’ caminar, el nombre destrozado ¡VA PA’ MÁS!


¿A dónde va la vida? Muerto el nombre, libre el hombre.

CUERVOS Y PALABRAS ¡¡BANG!!


                                                                  ________________

                                                                   Franz Otiniano


jueves, 11 de julio de 2024

«CÍRCULO DEL SUEÑO»: HAIKÚ HECHO EN EL PERÚ


Octavio Paz escribió, respecto del haikú, que es «la anotación rápida, verdadera recreación, de un momento privilegiado»; que «... a pesar de su aparente simplicidad (...), es un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo»; y agregó: «... el haikú es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente». Y citó, entre otros, este bellísimo poema de Bashô, «que ha resistido, es cierto, a todas las traducciones» (y también a los insolentes plagios, agrego yo): «Un viejo estanque: / salta una rana ¡saz! / chapalateo».

¿Por qué hago esta rápida alusión al Nobel mexicano? Porque tengo en mis manos un extraordinario libro de haikús -escritos no en Japón, sino aquí, en nuestro Perú- que me impresionado sobremanera. Lean este: 

        Aquí vengo a 
        tu sendero de gracia. 
        Me aúpa el verbo. 

Increíble, realmente: es, entre otras cosas, celebración justa de la palabra. No es, como hacen otros, una simple e insulsa agrupación de diecisiete sílabas (cinco, siete, cinco). Es que, hablando con propiedad, el haikú no es un género poético que se caracterice únicamente por esa forma métrica; es, sobre todo (y aquí empleo otra vez palabras de Paz), «significar mucho diciendo lo mínimo». 

Lean este otro: 

        Luces del faro 
        de ese viejo Volkswagen: 
        ¡vuelo del ave! 

¡Soberbio! Un poema que, estoy casi seguro, habría hecho que nuestro inolvidable Marco Aurelio Denegri diese el grito al cielo: «¡No, esa no es palabra poética!» habría dicho refiriéndose a «Volkswagen»; y podría haber explicado que un haikú no debe contener expresiones referidas a cosas ajenas a la naturaleza, o algo así. Pero, la verdad es que este género, cuyos más notables representantes son Bashô, Yosa Buson, Issa y Shiki, carece de normas prohibitivas; lo único, digamos, en algún modo ineludible es el tener en cuenta el número de sílabas en cada uno de los tres versos, y lo demás entra en la plena libertad creadora, pero, naturalmente, sin afectar lo que es esencial: el impacto gigante a pesar de la simplicidad. Ah, y otra cosa: el haikú no tiene necesariamente que ser -como creen algunos- una suerte de prolongación (o imposición) de la filosofía, religión o sensibilidad Zen, ni siempre ha de aludir a una estación del año (esto podemos encontrarlo en poemas japoneses tradicionales; pero nosotros no estamos obligados a seguir esa senda).

¿Y el humor? Claro que también el humor puede estar en un haikú (y no solo el «humor seco» a que se refiere Paz, en Las peras del olmo). Por ejemplo, en este: 

        Hombre bosteza, 
        alucina su sueño 
        de mala muerte.

O en este otro: 

        Niña con duende 
        sin el diablo en su cuerpo. 
        Vieja pacata. 

También puede -¡cómo no!-, un haikú, ser formulado como interrogante y en él, incluso, ser nombrado el leal canino que nunca olvidó a Ulises: 

        Por qué vagar 
        en mi salado mar 
        ¿verdad fiel Argos?

Bueno, ya tengo que decirlo. Los haikús que he transcrito tan solo como una casi microscópica muestra, son de una muy talentosa poeta peruana, Julia del Prado , extraordinaria hacedora, en nuestro medio, de este tipo de poemas cuyo origen, como sabemos, está en el Japón y (vuelvo a citar textualmente palabras de Octavio Paz) se desprendió «del renga haikai (y luego) empezó a llamarse haikú, palabra compuesta de haikai y hokku». 

¡Celebro tu bella y valiosa poesía, Julita querida!

lunes, 3 de junio de 2024

A LA HORA DEL PAPEO: Un peruanismo bien peruano

Sí, se trata, realmente, de un peruanismo; su origen, por lo demás, está en el sustantivo que le da nombre al tubérculo alimenticio más conocido en el planeta, y que siempre fue nuestro y es, ahora, de todos. Bueno, este peruanismo, que es un verbo, parece haber corrido la misma suerte feliz de su referente material: ha traspasado las fronteras. Sin embargo, según he podido verificar, prácticamente a nadie por allá (y por acá tampoco) le ha importado poner atención en el origen al que he aludido, ni menos darse el trabajito de explicarlo.

Lamentablemente, no conozco referencia documental que me ayude a saber -siquiera aproximadamente- cuándo comenzó a ser usado este verbo en nuestro medio. Yo lo conozco, y lo he empleado, desde mi «chiquititud», de cuando vivía en Pallasca. Y ahora puedo asegurar que entonces ya era un vocablo coloquial muy extendido en el Perú; esta afirmación la hago a partir de la lectura de Jerga criolla y peruanismos, un librito de Lauro Pino, publicado precisamente cuando yo apenas cursaba el segundo de secundaria en mi tierra. 

Y, a propósito, creo que él, Lauro Pino (nombre real o seudónimo, no lo sé), fue el único que había asumido como peruanismo el vocablo del que me ocupo, y nadie más lo tomó en cuenta, hasta que, en 1990, apareció el valioso libro de Juan Álvarez Vita llamado, precisamente, Diccionario de peruanismos, que lo define, simple y llanamente y en forma acertada, como una expresión familiar del verbo «comer»: la misma definición que, en 1968, insertó en su publicación Lauro Pino. 

Efectivamente, «papear» es un peruanismo y significa «comer» y, de modo especial, como bien precisa Álvarez Vita en su Diccionario de 1999, «comer mucho» («papear parejo»). 

Pero, increíblemente, nuestra inolvidable Marthita Hildebrandt, que en sus estudios era tan exhaustiva, meticulosa, no incluyó el verbo de marras en su tan conocido libro sobre peruanismos (cuya primera edición es de 1969 y la última, del 2013). Ah, y algo que también me ha llamado la atención de un modo especial es que, igual que Juan de Arona en su Diccionario de Peruanismos (1882, 1883) y el padre Rubén Vargas Ugarte en su Glosario de Peruanismos (1948), nuestra ilustre lingüista tampoco incluyó el sustantivo «papa», que -aunque, digamos, desde hace mucho tiene ciudadanía universal- es auténticamente peruano de nacimiento, pues proviene del quechua, como podemos ver en el Vocabulario de la lengua quechua (1608) de Diego González Holguín del que transcribo, sin alteración, lo siguiente: «Papa. Rayzes de comer que sirven de pan como turmas de tierra»); es decir, es un peruanismo como lo reconocieron Álvarez Vita, en su ya mencionado repertorio, y Enrique Ballón Aguirre y Rodolfo Cerrón Palomino, en el minucioso estudio TERMINOLOGÍA AGRARIA ANDINA: Nombres quechumaras de la papa, publicado el año 2002 («ya consagrado peruanismo», dicen).

Y bien, el verbo fue recogido luego en el Diccionario de Americanismos, que es del 2010. Sin embargo, en él no se hace absolutamente ninguna mención a su origen peruano; lo considera como un verbo empleado en Cuba, Puerto Rico y Venezuela. Sin duda, los miembros de la ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española), encargados del trabajo lexicográfico, desconocían que cuatro décadas antes un pequeño libro ya lo había dado a conocer como peruanismo (y «de uso general», según dice); y, aparentemente, tampoco pusieron atención en lo que ya estaba registrado en el libro de Álvarez Vita. 

La RAE, recién en la edición 23 del Diccionario oficial, incluye el verbo con la acepción que conocemos. En la anterior edición, solo se lo consignaba en una entrada, con los significados -completamente desconocidos por nosotros los peruanos- de «balbucir, tartamudear, hablar sin sentido» (y con esta marca: «Voz Onomat.»). 

Bien. Dije al principio que estábamos ante un peruanismo que había traspasado las fronteras. Claro. Es que estoy convencido de que este verbo nació en nuestro país (si alguien, con fundamento, desmiente lo que afirmo, caballero nomás: cambiaré de opinión). ¿A qué se debe mi aseveración? A lo que, también al principio, mencioné: el referente material (o sea, la «realidad extralingüística a la que remite un signo», DLE dixit) del sustantivo que generó el verbo es la papa, el tubérculo andino de cuyo nombre, incluso, se formó «papilla» (la comida que tiene «la consistencia de una pasta fina y espesa» -DLE- que usualmente se da a los bebés). Ningún diccionario (quiero decir, aquellos a los que he tenido acceso), excepto uno, ha tomado en cuenta esto, ni siquiera el editado el año 2016 por la Academia Peruana de la Lengua, que solo señala el carácter popular del término y su significado: «Comer, alimentarse en proporción suficiente para tener buena salud». 

¿En qué diccionario encontramos, en este caso, la única referencia al tubérculo andino de cuyo nombre se derivó el verbo «papear»? En el Diccionario de Peruanismos del diplomático y lexicógrafo peruano Juan Álvarez Vita. Por cierto, no en la entrada correspondiente al verbo propiamente dicho, sino en la del sustantivo -también peruano- que este verbo generó: «papeo» que, como sabemos, es alimentación y, también, el acto de alimentarse o comer. 

(Veamos los siguientes ejemplos de uso de este innegable e inocultable peruanismo: «Ya es hora de papear»; «Es evidente que tus hijos están bien papeados». «¿Sabías que después de la misa va a haber papeo?»).

                                                                                                         © Bernardo Rafael Álvarez

lunes, 13 de mayo de 2024

UN CHAUFA DE PALABRAS (En torno a un libro de Julio Barco)

 

Acabo de leer un libro que es, en realidad, un texto que, como habría dicho José Carlos Mariátegui (y, en verdad, lo dijo en el colofón que escribió para «La casa de cartón»), es un «acápite largo, como los editoriales del Dr. Clemente Palma». Pero, claro, a pesar de tal semejanza, referida a la falta de los consabidos «puntos y aparte», el texto de que hablo tiene sus propias y «no negociables» particularidades. Primero: no creo que un editorial redactado por el hijo de nuestro insigne tradicionista haya alcanzado treinta páginas como el texto de que hablo; segundo: aquí, el signo de puntuación privilegiado (el que abunda) es el punto y coma (;); tercero: debido, precisamente, a lo que acabo de decir, lo que prevalece al inicio de las frases (excepto en veinte -como ven, las he contado-; en los nombres propios y en un adjetivo -concretamente, «Senderista») son las letras minúsculas. Y, algo más (ahora me refiero a lo que sería el «fondo» del asunto): no es un texto a través del cual su autor se ocupe, puntualmente, por ejemplo, de un tema coyuntural de carácter político o social, o cosas por el estilo, y, por cierto, no busca dar a conocer la posición u opinión de determinado medio periodístico (que es lo que, usualmente, hacen los editoriales). Ah, caramba, ¿entonces qué es?, me preguntarán. Pues, diría que es algo más o menos inclasificable, pero que bien podría ser nombrado (con algo de exageración, posiblemente) como «monólogo interior», porque es el discurrir de las ideas, unas tras otras, agolpadas (casi a borbotones), de una persona que reflexiona, analiza, cuestiona, se indigna, interroga y se responde, expone, propone, etc., sin que al frente tenga, al menos, un interlocutor, es decir, sin diálogo alguno. Ideas agolpadas, dije. Pero ¿ese agolpamiento supone, tal vez, que en el texto se ponga de manifiesto un desorden, un caos de los mil demonios? ¿Podríamos, echando mano a una alusión un tanto burda o grotesca, decir que estamos ante algo parecido a una «chanfaina» (o, para que suene peruano, «chanfainita»)? No, porque, aunque pudiera parecernos lo contrario, la verdad es que no hay mezcolanza ni menos confusión. Se impone, creo que a despecho de la voluntad de su autor, la coherencia. ¿Y hacia dónde apunta esto que yo llamo monólogo o, dicho de otro modo, cuál es su propósito? Advierto que, en gran medida, es -como dicen algunos periodistas- «poner en blanco y negro» un manifiesto a la manera de un «arte poética», o un «arte poética» a la manera de un manifiesto; o sea, una suerte de declaración de fe apoyada en la convicción de que el camino (hacer y pensar) que uno sigue ha sido conscientemente elegido y quisiéramos -como una cercana utopía- que otros también siguieran, como seguramente quisieron Archibald Macleish, que afirmó, rotundo, que «Un poema no debería significar / sino ser», o Jorge Luis Borges que propuso «... convertir el ultraje de los años / en una música, un rumor y un símbolo...». Sí, creo que por allí va el texto que ha motivado esto que pudo haber sido solo unas cuantas líneas pero se ha convertido (otra vez cito lo dicho por Mariátegui) en un acápite largo, como los editoriales del Dr. Clemente Palma. Y ahora, para terminar, no me queda más que -como respuesta a una hipotética e improbable interrogante- transcribir, del texto que comento, esta pregunta que suena a contundente afirmación: «¿Y? ¿Cuál es el problema de escribir como yo quiero escribir?»; y agrego esto otro que también encuentro allí: «... tal vez, en el fondo, la poesía, lo que intentamos escribir y llamamos poesía, nuestra maniaca prosa y también nuestros conceptos son y se mueven bajo esa caprichosa forma de usar el lenguaje que, destrozando lo académico, tenemos (...) el lenguaje de humo de los chaufas, es decir, este lenguaje de gente que no necesariamente visita los enormes centros comerciales (...) gente de a pie, común y silvestre...». Porque, como dije hace poquito, nomás, «el único castellano válido no es aquel conocido como "lengua estándar" o "lengua culta"; también es el que hablas tú, causita». En resumen: no una chanfaina, sino, más bien, un chaufa de palabras, como bien lo sabe Julio Barco, el poeta peruano, autor de este breve, bello y sorprendente libro con cuya lectura he disfrutado un montón y cuyo título es, precisamente, Chaufa (Higuerilla Editorial, 2024).

                                                                                                                                © Bernardo Rafael Álvarez