jueves, 3 de enero de 2013

ESTE CHIMBOTANO DE MUERTE ANODINA Y RESURRECCIÓN LUMINOSA (SOLO UNAS POBRES PALABRAS COMO HOMENAJE)



Era un hombre que gustaba frecuentar lugares y personas marginales como él, pero que, a diferencia de él, llevaban un cruel estigma: eran maldecidos: Tacora, La Huerta Perdida, los cementerios, los ladrones y también las prostitutas, a las que por virtud de su alucinante percepción veía como vírgenes, así como en los avisos luminosos de neón de La Colmena (lo recuerdo muy bien, en una caminata con Juan Ramírez Ruiz por el centro de Lima) encontraba, inesperada, insólitamente, los ideogramas chinos que Ezra Pound insertó en los Cantos.

El hombre del que hablo sentía una casi irrefrenable atracción por lo necrológico y diría que por todo lo que se emparentara con el deterioro espiritual o moral de la existencia, del mundo. Este hombre era un poeta. “Mi poesía –escribió en alguna oportunidad- es un informe sobre la desintegración demencial que es la historia”.

Sabía, y al menos así lo demostró a través de sus textos, que la poesía no es solo o precisamente para complacer emocionalmente al lector; por ello, la lírica propiamente dicha no estuvo entre sus prioridades. Su poesía se inclinó más bien a la reflexión -que en muchos sentidos es o parece hermética- sobre el ser y el hacer, sobre el vivir y el dejar de vivir. “Para el que ha contemplado la duración/ lo real es horrenda fábula”, anotó en “Soliloquio”, poema casi desfalleciente que concluye con esta terrible frase: “Así / he considerado con indiferencia mi vida, / y ya debemos marcharnos”.

Más que la lírica o mejor dicho en lugar de ella, prefirió, pues, la verdad como una certera pedrada en el ojo, en la conciencia. Y, en algún modo, más que estimular “en el ánimo un sentimiento intenso o sutil” que es lo que busca precisamente la musicalidad lírica, prefirió generar a veces la estupefacción y casi siempre la certeza. Esto, lo que fue dicho en el poema “Swedemborg”, es realmente incontestable, terriblemente irrefutable: “Nada poseemos fuera de lo erróneo”. La poesía suya no significó o significa únicamente –pero sin duda lo es- un “descenso a los abismos interiores y travesía hacia el misterioso Sentido del cosmos”, como afirma González Vigil. Fue también algo así como la ceremonia del desnudamiento humano sin escrúpulos; en “Crónica de Boecio” escribió: “El dolo preside en el consejo de los hombres y sólo la futilidad”. Es que, más que búsqueda, creo que fue y es afirmación.

Pero, es cierto, optó por la inmersión en las profundidades desgarradas y desgarradoras de la realidad (fue –repito a Hildebrando Pérez- “uno de los testimonios más lúcidos y conmovedores de la vida humana”), pero no exactamente para describirlas, sino para que a partir de ello pudiese su poesía comportarse al mismo tiempo como una negación de la infamia y una afirmación de la esperanza. Habló mucho de la muerte, mas no como un alegato a favor de ella, no como una apología de la destrucción, sino como un punto de partida para construir, porque, como sabemos, la poesía es, al final de las cuentas, eso: construcción, hechura, y, aunque pudiera comportarse como un espejo (que lo es: cruel a veces, complaciente casi siempre), es también, y sobre todo, una realidad en sí misma, y más que pretender denunciar o desfacer entuertos, o alabar aciertos, su rol está en la celebración de su propia existencia, de sus inalienables circunstancias.

Fue un poeta marginal. Efectivamente. Lo fue por voluntad propia, pero también por perverso designio de los demás, sobre todo de aquellos que suelen asumirse como pontífices, como dueños o administradores del canon literario.[1] Pero el tiempo, gracias a Dios, hizo que eso que pudiéramos llamar su “desintegración”, se convirtiese finalmente en cohesión espiritual, en permanencia vital.

Antes fue ninguneado o soslayado. Hoy, en virtud del ojo zahorí de los nuevos aedas y estudiosos -es decir, de la inteligencia- que se enriquecen leyéndolo, es considerado, junto a Javier Heraud y Luis Hernández, uno de los más importantes poetas de la llamada generación del 60. Y su poesía es estudiada con interés y fruición, y, a pesar de su voluntad medio sombría, es seguida como una luz.

Rafael Dávila Franco sustentó, hace unos años en San Marcos, una excelente tesis de graduación referida al poeta cuya precoz inquietud social, cuando aún era alumno del San Pedro de Chimbote, motivara el allanamiento de su colegio por parte de la policía que trataba de capturarlo (según contó alguna vez Hildebrando Pérez: “…siendo alumno del 5º de Secundaria tuvo que escapar de la represión policial que, en su búsqueda incesante, allanó el Colegio, su casa y la de sus vecinos”[2]. Carezco de información acerca de otras posibles traducciones de su poesía, pero he llegado a leer una en idioma portugués. Por otra parte, y probablemente con una alta dosis de audacia y naturalmente con un amplio margen de error, me atrevería a afirmar que en “Portrait of a blind poet” (“Donde patio sonoro –mediodía negro-ofende el júbilo,/ Tras fronda de neblí. Ojos de oro de un pliego azul:/ Sacra ceniza, árido en ebrio abismo, el mago pútrido.”), en “Homagge al desterrado” (“Da tremar de pasos en el diente o más bien nos emociona/ Con sus tintes sin sombra, abierto el fuego sincerísimo.”), poema dedicado a Chacho Martínez y que según advirtió su autor en una nota entre paréntesis, fue escrito como una imitación de César Vallejo”, y también en “Antífona para John Cage” (“El que oprime el tiempo –ebrias ruinas blancas-/ Lustra fronda de ojos que yacen yermos,/ Y a cúspide horada el pavor que lo consagra.”),  ya se insinúa, en el aspecto formal, –medio borroso, acaso como atisbo o simple aproximación, no plenamente-- lo que sería después la importante (y aportante) poética de Róger Santiváñez.[3] Hay otros que también sin imitarlo me parece que son, a su manera, la continuación expresiva del autor de Eleusis; Willy Gómez Migliaro en algunos de sus poemas, por ejemplo.[4]

Nuestro poeta vive, pues. Su nombre: Juan Ruperto Ojeda Ojeda. Vive, porque quien vive en poesía, aun muriendo no muere. Sin embargo –les cuento- yo asistí a su funeral, y de ello han transcurrido treinta y ocho años. Coincidió –vaya ironía- con la fecha de mi cumpleaños. Aquel día, libre de trabajo, fui a visitar a mi amigo Juan Ramírez Ruiz, fundador de Hora Zero (muchos años después también muerto, como su tocayo, bajo las llantas de un carro), que vivía en ese inolvidable 444 del jirón Ancash, en Lima. Pegada a la luna del portón había una notita: “Ha muerto Ojeda, hoy es el sepelio”. El aviso fue dejado, creo, por Jorge Pimentel. Unos minutos después llegó el poeta de “Un par de vueltas por la realidad”. Más tarde, en el cementerio El Ángel: familiares, algunos amigos y un cura. Jorge nos miró a Juan y a mí: “¿Qué concepción tendrá este religioso acerca de la muerte de un poeta?”, preguntó en voz baja, reflexivo. No supimos responder, pero sabíamos –y eso era lo que nos importaba- que en esos jardines, ineluctablemente, brotaba una sombra ardiente y esplendorosa.

Ojeda, autor de “Elogio de navegantes”, escribió en uno de sus bellos poemas: “Pero tú yaces oculto y simulas alejarte”. Si eso que dijo lo dijo refiriéndose a él mismo, creo que ya es tiempo de responderle enfáticamente que tal cosa no es verdad. Ni se aleja ni está oculto. Lo que hace es navegar contra la corriente, hacia nosotros, este chimbotano de muerte anodina y luminosa resurrección.

Repito: Juan Ojeda vive. Y yo, feliz, lo celebro.

© Bernardo Rafael Álvarez

Lima, 07 de diciembre, 2012




[1] Jesús Cabel fue, creo, el primero en rendirle un homenaje, publicando -con el apoyo editorial de Juan mejía Baca- los iniciales acercamientos biográficos y de abordaje crítico a Juan Ojeda.

 [2] Ojeda: ardiente sombra. En: Juan Ojeda, el signo y las palabras. Selección y notas: Jesús Cabel. Librería Editorial Juan Mejía Baca. Lima, 1978.

 [3] Esto, por lo demás, no hace más que revelar que, en verdad, nada nuevo hay bajo el sol y, por otra parte, que, –como es reconocido por muchos- prácticamente todo lo que hagamos o queramos hacer en poesía, mucho antes ya había sido hecho o perfilado por el poeta de Trilce.

 [4] Lo dicho –lo de la probable influencia de Ojeda en los poetas jóvenes-, claro está, creo que debería ser motivo de un mayor y más cuidadoso análisis y estudio. Solo he dado un primer paso. Discutible, tal vez, no lo sé.


EL HUAYNO PALLASQUINO, A PROPÓSITO DEL ANIVERSARIO DEL CENTRO PALLASCA

El martes pasado, el Centro Pallasca cumplió ochenta y nueve años y hoy lo estamos celebrando. Es -si no la más antigua- una de las instituciones provincianas con mayor edad en Lima. Nació, como todas, con un propósito fundamental: mantener vivas la tradición y las costumbres del terruño andino en la mente y el corazón de los residentes en la Capital. Gracias a Dios y a la perseverancia de entusiastas pallasquinos, dignos seguidores de don Manuel Pizarro Hidalgo -que fuera el primer presidente de la institución- podemos decir que –a pesar de los tropiezos y los paréntesis explicables- el Centro Pallasca sigue siendo el imprescindible punto de convergencia de los “chupabarros” en Lima y, ahora, un importante impulsor también del desarrollo de nuestro distrito. No podemos dejar de reconocer, sin embargo, porque es lo justo, la importancia y significación de las otras organizaciones pallasquinas, como la Orden de Caballeros de San Juan, la Asociación de Unificación Pallasquina (ADUPA), la hermandad de San Juan Bautista, la Asociación de Damas de San Juan Bautista y una que, aunque ya no continúa en funciones, tuvo importante presencia hace algunos lustros: La Asociación de Damas de Santa Lucía. Mención especial merecen también nuestro paisano Leoncio Marcelo y su familia que, año tras año, organizan en San Juan de Lurigancho la festividad del Toro de Trapo. No podemos olvidar, naturalmente, a las personas que, de distinta forma, aportaron también su estímulo decisivo; voy a mencionar solo algunos nombres: Orestes Rodríguez, Wilfredo Alvarado, Ismael Gallarday, Wenseslao Villanueva, Corpus Blas, Milciades Álvarez, Olinda Gálvez, Saúl Chacón, Orlando Álvarez, César Alvarado. Todos ellos –por su afán de hacer que la nostalgia por la tierra amada sea una suerte de motor de integración de la familia pallasquina en Lima- merecen, creo yo, un homenaje hoy que la institución matriz cumple, con regocijo, su aniversario. 

Pero, hablando de aniversarios, no podemos soslayar un asunto que me parece importante. Hace algunos días, nuestra Municipalidad distrital celebró –según pudimos conocer a través de la Internet- lo que vinieron en llamar los “ciento trece años de creación política del distrito de Pallasca”. Error garrafal y lamentable sobre todo si viene de la autoridad edil. El 7 de octubre corresponde al aniversario de la elevación de la Villa de Pallasca a la categoría de ciudad. No es el aniversario del distrito como tal. Las celebraciones de Pallasca como ciudad -que son justas, legítimas y convenientes- si nos atenemos en rigor a lo que es real, debieran involucrar a los pobladores del área urbana de Pallasca en la que se encuentran los barrios de Quichuas, Guagalbamba, Checras, Toronga, Chalacmalca y Chaupe. Porque, para decirlo con la más simple de sus acepciones, ciudad es "lo urbano, en oposición a lo rural". Y en el caso de Pallasca, la ciudad no incluye a Llaymucha o Shindol, ni a los demás anexos o caseríos y mucho menos a los parajes como Callanga, Tambamba, Paranshyam, etc. Ciudad es, pues, para circunscripciones como la nuestra, en que se dan lo urbano y lo rural, un concepto excluyente. Tiene mucho de honorífico, pero su significado es un privilegio que no envuelve a todo el distrito. El distrito propiamente dicho es más amplio porque se trata de una demarcación política y administrativa cuyos límites están dados por aquella línea cerrada e invisible que lo separa de los otros distritos; y aquí sí está "lo urbano y lo rural": los seis barrios, además de Shindol, Llaymucha, Cuymalca, Culculbamba, Huachaullo y Paccha y todos los parajes. La autoridad municipal y todos nosotros, por ello, debiéramos impulsar de modo más significativo -porque es lo justo, y esta es, señores, mi propuesta- la celebración, como se merece, del aniversario de creación política de nuestro distrito, porque esto corresponde, en buena cuenta, al cumpleaños de Pallasca. Y el verdadero cumpleaños de Pallasca se da el día 2 de enero. Es decir, dentro de algo más de dos meses debiéramos, todos, estar celebrando los 155 años de creación política de Pallasca como distrito, lo cual se dio -visto razonablemente- por Ley del 2 de enero de 1857. 

Quiero, amigos, como un modesto homenaje a nuestra institución, a Pallasca y a todos nuestros paisanos, hablar, en esta ocasión, de un tema que me parece apasionante: el huayno pallasquino. 

Para hablar del huayno pallasquino debemos necesariamente referirnos a cinco nombres (como las líneas del pentagrama). Nombres de personas que contribuyeron con un aporte valioso: hacer que nuestra sensibilidad, a veces proclive a lo foráneo, se identificara con las manifestaciones artísticas nacidas en nuestros pueblos andinos. Su influjo, naturalmente, se sumó al que ejercieron nuestros padres y, por cierto, al que brotó de la belleza de nuestros paisajes, de lo glorioso de nuestro pasado y de la calidad espiritual de nuestra gente, la buena gente de Pallasca y sus costumbres (dos de las cuales, insustituibles, son el Toro de trapo con el pum, pum de la caja y la medio afónica melodía del pífano, y las Quiyayas, “telúricas y magnéticas” como habría dicho el inmenso César Vallejo). Estos nombres son: Pedro Gutiérrez, Ireno Aguilar Zúñiga, Julián Rubiños, Juana Díaz e Isabel Miranda.           


Don Pedro Gutiérrez, “El Conshyamino”, nuestro folclorista invidente, cuando lo conocimos solía ubicarse en una de las bancas de la Plaza de Armas (casi siempre en la que da hacia la iglesia). Con un seseo muy particular, secundado por el acompañamiento jadeante de “su acordeón o concertina”, protegido por su poncho y sombrero, rodeado por los chiquillos del pueblo y –cómo no- vigilado por la “Repolla”, su mujer (a quien, dicho sea de paso, él  también “vigilaba” pisándole la “lurimpa” para evitar que se alejara), entonaba huaynos y guarachas: “En el cielo las estrellas”, “Mi cafetal”... y “La piedra de mal rodar”, su canción emblemática. No faltaba -como en todas partes- algún mozalbete zamarro que –candorosamente perverso- le jugara una broma pesada, como presionar una tecla de su instrumento, alterando, así, la ejecución del tema musical; don Pedro se enfadaba por un instante, soltaba sin mucha convicción un carajo, pero inmediatamente sonreía y continuaba con la música. Nosotros nos alegrábamos con su alegría y nos conmovíamos con su emoción. La destreza que demostraba al hacer brotar las notas de su muy humilde instrumento era la misma cuando confeccionaba las proverbiales “andaritas” (especie de flautas de pan hechas con cañas de carrizo), perfectamente afinadas como para pergeñar, en las noches de luna llena, las melodías inolvidables del “Zorro negro”; o para que Julio y “Shantel” -dos de sus principales usuarios- pudieran familiarizarse con la nobleza del arte órfico (su padre -nunca olvidado, especialmente por su cálido y generoso corazón-, don Santiago Zanelli era, probablemente, el más entusiasta “cliente” de don Pedro). Durante las primeras décadas del Siglo XX, sabemos que la animación musical de las fiestas familiares del pueblo, más que la Victrola, corría a cargo de El Conshyamino. La aparición del retumbante “Pick up” prácticamente desplazó a ambos. La Victrola se convirtió en pieza ornamental o de museo y don Pedrito, tal vez invadido por una honda tristeza pero jamás deprimido, trasladó su centro protagónico a la Plaza, mas nunca se alejó de los corazones. Más que un personaje, llegó a ser un símbolo. Los pallasquinos lo guardamos en nuestra memoria y sabemos que él y don Víctor Alvarado, don Pancho Nina, don Lorenzo Paredes... forman parte de la identidad espiritual de nuestro pueblo. Hablar de Pallasca es no olvidarse de ellos, tanto como de El Chonta, de Tambamba, de Santa Lucía; de la “293” y sus entrañables “maestros”; del Toro de trapo, de las “luminarias” y del grog… A nosotros, por lo menos a nosotros, cuando niños, don Pedro Gutiérrez nos dio una lección imborrable –como todas aquellas que se dan sin palabras, que se dan con el ejemplo: amen lo nuestro con todo el corazón. 

Y el “pick up”, ese medio perverso personaje sin alma que a don Pedrito le mermó protagonismo, significó, valgan verdades, una importante contribución para que aquello de lo que estamos hablando se fortaleciese: la pasión por lo nuestro. Gracias a él más gente pudo acercarse a los ritmos y melodías del Ande peruano (y, cómo no, también a los valses, las polcas, las guarachas, el mambo...). En las fiestas familiares y los “bailes sociales” se hacía presente a primera hora junto a las pesadas baterías o acumuladores. La Pastorita Huaracina (“La Soledad”, “Penitenciaría de Lima”, “A los filos de un cuchillo”, “Zorro, zorro”...) y el Jilguero del Huascarán (“Capitalina”, “Marujita”, “Al compás de mi guitarra”, “Cóndor Cerro”...) fueron una suerte de alimento espiritual precisamente en esa etapa en que todo se asimila: los primeros cinco u ocho años de la vida. ¿Quién nos los hacía escuchar casi cotidianamente? Ya lo adivinaron: don Ireno Aguilar. Desde su casa ubicada en la parte alta del pueblo, aún con discos de carbón, el “pick up” (probablemente el primero que llegó a Pallasca) hacía que nuestras mañanas o tardes, normalmente monótonas como en todo pueblo pequeño de la sierra peruana, tuvieran como aliño aquel almíbar que nunca empalagaba: los huaynos, las chuscadas, los chimaychis... Por ello, don Ireno (el del molino de piedra con su “tararac” y su cárcamo y quién sabe con su “duende”) tiene un lugar preferente en nuestra memoria, la memoria del pueblo, porque -hay que reconocerlo sin mezquindad- su existencia fue, musicalmente, nutricia. 

Como nutricia es, también, la de otro hombre que aparece nítidamente en la historia musical de Pallasca. El compositor y director de un conjunto musical (“Los mensajeros del Chonta”), una de cuyas canciones hizo abrir los ojos y la conciencia de muchos: “Señor Diputado”. Nos referimos, a quién más va a ser, a Julián Rubiños. La letra de ese tema (contestario, de protesta, turbulento) correspondía en verdad al sentir de un pueblo postergado por muchísimo tiempo; ponía en el tapete y la atención pública una necesidad y una esperanza: que Pallasca saliese del aislamiento para conectarse con los pueblos y ciudades más desarrollados. La exigencia era específica: queremos carretera. Pero también –recuérdenlo- reclamaba que quienes reciben el voto popular sepan ser dignos de él. Es decir, don Julián no solamente vio en el arte musical un medio para promover el entretenimiento, el gozo, sino una tribuna de denuncia y demanda. Es, lo decimos categóricamente, el compositor pallasquino por excelencia. El mismo cantaba sus canciones y dirigía a los integrantes del grupo de instrumentistas que lo acompañaban (“marco musical”, le dicen ahora). Don Julián tiene aún, gracias a Dios, el talento y el entusiasmo vívidos y fecundos, y podemos esperar más de él.

Pero no solo él puso la voz a sus composiciones. También una simpática jovencita (ahora respetable y hacendosa ama de casa, desde hace muchos años con residencia en Norte América) nacida en el distrito de Santa Rosa: Juana Díaz. Y es precisamente ella la que llevó al acetato el huayno al que nos hemos referido. Y ella es quien contribuyó grandemente a que Pallasca fuera conocida. Desde los coliseos (en boga hace varios lustros) y la radio, su voz repetía con orgullo y emoción el nombre de nuestro pueblo. Estamos hablando de la artista representativa de nuestra provincia, aquella que cantaba versos sentidos como estos: “En las pampas de Zarumilla hay un cadáver de quien será, seguramente de un pallasquino...”. Sí, pues: a ella le debemos mucho, pero –es lamentable que sea así- la hemos soslayado injustamente. Recordamos que alguna vez (fue en 1965, sin temor a equivocarnos) ella, con Julián Rubiños, “El cholo sufrido” y “Susanita ancashina” llegaron a nuestro pueblo y programaron una presentación en la 293, nuestra Escuela (esa que la modernidad ha tirado por los suelos); la respuesta fue adversa y nosotros, entonces aún en la infancia, sentimos dolor y experimentamos eso que hoy se llama vergüenza ajena. Estamos hablando, señores, de “La pallasquinita”. Ella y nuestro compositor Julián Rubiños merecen el homenaje y desagravio que Pallasca les debe por gratitud y justicia. De Isabel Miranda hemos dejado de escuchar (su padre fue -lo conocimos- don Santiago Miranda; ¿se acuerdan de él?). En los años 60 grabó un disco (probablemente otros más, no lo sabemos), en el que –como está escrito en otra parte- se dibujaba musicalmente a Pallasca y su fiesta patronal, la Fiesta de San Juan Bautista. Un segmento de aquel tema musical decía: “Toque, toque, don Pedrito, su acordeón o concertina, para bailar por la Calle Grande con mi linda pallasquina...”. Un tema hermoso, de auténtica creación -no como otros- según pudimos advertir, y muy bien cantado, que debiera merecer reiteradas reediciones y, sobre todo, ser difundido intensamente entre todos los pallasquinos, porque es como un himno que alimenta el orgullo y el cariño por la tierra que nos vio nacer y por su gente.

A los cinco nombres mencionados hay que agregar el de don Vicente Pantoja, que durante un buen tiempo embelesó especialmente a los jóvenes con aquel pegajoso tema que decía “Si la Julia te pregunta, no le digas que me has visto...”. También el de Santos Villa que es, creemos, uno de los mejores compositores nuestros de los últimos años, que, además, realiza una importante labor de difusión folclórica en una emisora de la Capital. 

Y, claro, no podemos soslayar al muy entusiasta profesor Elio Machado quien le agregó tres estrofas a un huayno que desde mucho tiempo atrás la gente de Pallasca canta y baila asumiéndolo casi como un himno telúrico. A este huayno se dio en llamar “Tierra pallasquina” y -aunque nadie sabe quién es el autor de la música y de la estrofa más conocida- lo cierto es que todo el mundo se conmueve al escucharlo, sobre todo por aquellos dos versos que dicen: “Tierra pallasquina, tierra tan querida/ tal vez en mi ausencia llorarás por mi". El profesor Machado le insertó unos versos que hacen referencia a la Fiesta de San Juan Bautista, a la chicha de jora, los chirocos y la pampa de Tambamba, y lo publicó en 1961 con motivo del Centenario de la Provincia. Gracias a él, este tema musical adquirió, en su letra, la ciudadanía de Pallasca. Porque, valgan verdades, su origen –que se pierde en la bruma del tiempo- puede estar en cualquier lugar, menos en la tierra de los chupabarros. En alguna oportunidad la escuchamos como fuga de un huayno huancaíno; y, en Ancash, casi cotidianamente, nos deleitamos oyéndole cantar al inolvidable “Jilguero del Huascarán” con el título de “Retamita verde”.  El segundo pareado que los pallasquinos entonan con fervor es una muestra clara de su origen ajeno porque –reconozcámoslo- lo que allí se dice, para Pallasca es simplemente falso y absurdo: “Si tu suerte ha sido vivir prisionera, rompe las cadenas como yo las (sic) hice.” Pero, en fin, si la música y la letra de ese tema no es de autoría pallasquina, el sentimiento, en cambio, sí es auténtica, incomparable e inalienable pertenencia de la tierra del Conshyamino, y si el calor imantado de su gente es capaz de atraer al más distante de los humanos, convirtiéndolo en huésped perpetuo de su corazón, por qué no habría de ocurrir lo mismo con las melodías que, quiérase o no, son patrimonio universal de los pueblos. 

Así, pues, sin olvidar lo que significó don Alonso Paredes, maestro que cultivó y estimuló en los niños la simpatía por los valores del rico y altivo pasado de nuestra patria y considerando el aporte conmovedor de nuestros chirocos -Eleodoro Valdez y sus hijos, entre otros-, la aleccionadora aunque fugaz vida de la Estudiantina de la 293 y el entusiasmo de maestros como don Elio Machado (¿recuerdan las “veladas literario-musicales”?), ellos -Pedro Gutiérrez, Ireno Aguilar, Julián Rubiños, Juanita Díaz e Isabel Miranda- constituyen el pilar sobre el cual la música folclórica de Pallasca se sustenta. Después de ellos han venido y seguirán llegando nuevos y muy buenos valores, no tenemos por qué dudarlo. Hay que agradecer que sea así, pero estimulémosles sin reservas y con alegría. Porque, ¿saben una cosa?, el arte nos hace mucho bien, alimenta los buenos sentimientos y robustece la dignidad de los pueblos.

                                Gracias. ¡Y muchas felicidades, paisanos!


            (22 de octubre del 2011)

miércoles, 2 de enero de 2013

FELICIDADES!


Felicidad en todas partes del universo, pero sobre todo en el corazón de ustedes. Bienestar, justicia, paz, alegría. Y libertad, siempre libertad. Que la democracia no sea una meta, sino un instrumento. Que las dictaduras pasen a la papelera de reciclaje y de la papelera de reciclaje al incinerador. Que las ideologías y las religiones nos ayuden a ver la realidad y a transformarla, pero que no nos sometan. Que las pasiones nos alimenten de placeres y esperanzas, pero que no nos enceguezcan. Que la razón ocupe el lugar que le corresponde, iluminándonos, pero que no bloquee nuestro derecho a la imaginación sin límites. Que, finalmente, sea la poesía nuestro único Dios y la vida nuestra más noble patria. Un abrazo, amigas y amigos. Mi cariño para todos, absolutamente para todos ustedes!

JOSÉ MARÍA ORTEGA: "UNO NO TIENE NADA SEGURO EN LA VIDA SINO LA CERTEZA DE LA MUERTE"

José María Ortega es consciente de esto; su sensibilidad de poeta le permite ver donde otros no ven, y lo dice a través del medio más apropiado, más sincero y contundente que hay: la poesía. Sombra tras sombra cae el hombre, nos dice en el título de su primer poemario. Y él no se excluye, se involucra más bien: mañana me iré / de la mano de la tarde, anunciando una virtual inmolación que –ya lo dije al principio- nada tiene de fatalista: sé que habrá en el cortejo/ una mañana aún de fresco pan/ y guardada dulzura. Esto suena, obviamente, a esperanza: el fresco pan es fecundidad y vida, por sobre todas las cosas; la guardada dulzura, es el desplante rotundo al amargor de la vida.

Esta, la de José María, es poesía de denuncia, pero no a la manera de la llamada poesía social; es denuncia porque pone de manifiesto, saca a la luz, hace ver, a su manera, nuestras debilidades, y nos dice, casi a la manera de Vallejo, que nuestra retina está estropeada y por ello nos angustiamos, lo cual, hermanos, sinceramente es muy triste, pero, caballero nomás, uno no tiene nada seguro/ en la vida sino la certeza de la muerte. No puedo dar fe de nada, pero intuyo que esta visión de la muerte que se esfuerza por sobreponerse asiéndose de la esperanza, puede tener su origen en la sensación de orfandad del poeta, tras la desaparición física de su padre (que se va y se queda) a quien le pide en unos bellísimos versos: Anda padre mío, anda a esa tierra desconocida, / a sembrar virtudes, proverbios clandestinos…

Esta, la de José María, es, también, poesía de dudas, de desconcierto, frente a aquello que domina nuestras vidas, nuestros movimientos, nuestras actitudes: el absurdo, como aquel de amarte, de no creerte/ y creerte al fin… sabiendo que dos guerras desconocidas nos despojaron en alguna medida nuestra identidad o la identidad de lo amado.

No es Vallejo, pero Vallejo está insinuándose medio imprudentemente: “tomad la cifra en suma”; “imagino tu sexo”; “y en los húmeros la queja”. Pero es, ello no obstante, Ortega, el poeta trujillano que sueña y mira el mundo, que se asombra y se enardece, que canta pero también exclama; el poeta solidario y dador, que quisiera, como el mayor regalo, no aquello que lo llene a él, sino que tú, al fin y al cabo, vivas y vivas feliz. Poeta noble, por sobre todas las cosas. Yo lo saludo y lo abrazo. 

Bernardo Rafael Álvarez


DESNUDEZ.



El "pecado" no está en el cuerpo desnudo y su belleza, sino en las mentes dizque pudorosas, es decir, en la hipocresía de los demás. El vestirse no tiene origen en el pecado; lo tiene, básicamente, en la necesidad de protección frente al frío. Las vergüenzas injustificadas fueron dando origen a las llamadas "razones morales". ¿Han visto la orquesta de mujeres japonesas, todas desnudas, tocando frente a un público que aplaude su arte y no cae en actitudes morbosas? Bellísimo. El arte, gracias a Dios, no solo da placer, sino -además y sobre todo- ennoblece y libera. Hacia eso -la libertad- va caminando, debe caminar, la humanidad. Cuando las sociedades se liberen del pecado, mejor dicho de los prejuicios, de los tabúes, de las vergüenzas y los temores, habremos logrado realizarnos plenamente: nos habremos humanizado. Vernos y mirarnos como semejantes, no como prójimos. Sujetos todos; objeto, ninguno. Bloqueemos el lado perverso de nuestros instintos pero liberemos todo los positivo y rico que posee nuestra naturaleza humana. ¿Prohibiciones y condenas? Solo frente a todo aquello que haga daño; no por lo que solamente nos hace felices.



jueves, 27 de diciembre de 2012

¿USTED SOPORTA A MAOLI MAO?



Ha llegado a mis manos (bueno, es un decir) un nuevo libro de poemas, el de una poeta a la que no sé o no entiendo por qué diablos más de uno -pocos o muchos, no estoy seguro, entre machinis y hembrinis- "no soportan". Este libro –bello y cargado de sencillez y digamos exento de mayores preocupaciones "literarias"– tiene un título medio pesimista que –debo ser sincero, como siempre– no me gusta. El pesimismo del título está, de esto no cabe duda, relacionado con gran parte del contenido del libro. Habla de un estado de malestar, de desfallecimiento, de dolor por la ausencia del ser amado, por la soledad, por lo tormentoso que debe ser experimentar el desamor o el recuerdo de una relación ya rota y sus avatares. Habla de eso el título o, mejor dicho, de eso trata de hablar, pero lo hace mal; digo esto porque nada de eso, de lo que he nombrado, tiene que ver –salvo mejor parecer– con una suerte de "paraíso sombrío", puesto que, según tengo entendido, un paraíso a lo que menos se asemeja es a un estado de ánimo. Pero, bueno pues, agarrémonos de la "duda favorable" (in dubis favorabilior pars est eligenda se dice en los foros, echando mano al latín) y admitamos el derecho sin límites que otorgan las licencias poéticas y el libre albedrío de quien tiene por oficio el escribir poesía.


Que sea así, porque, después de todo y a pesar de todo, no son los títulos lo que más importa sino, desde el primero hasta el último verso, los poemas propiamente dichos. Y, precisamente, aquí, como botón de muestra, la última parte del que creo es el mejor poema del volumen: "Habiendo aprendido del tiempo seguro/ nos quedaremos sin primavera y sin invierno/ porque no se da de beber a dos/ de la misma lluvia". Aunque –es obvio– la poeta debe tener sus razones o motivos para sufrir, lo cual trata de transmitir a través de sus versos, también es cierto –creo yo– que lo que ha logrado en verdad, más que un paisaje otoñal, de angustia, de sinsabores, es mostrar un cuadro abigarrado (es decir, "ordenado" en su propio y legítimo desorden poético) de sensaciones que desconciertan en algún modo. Encontramos aquí prestes y alegrías, recuerdos y esperanzas, desengaños y satisfacciones. Los poemas (casi historias propias y reflexiones universales cada uno) hablan del yo y sus cuitas y placeres ("así calzaron mis senos en tus en tus manos"); hablan, también, del mundo y sus encantos ("Tus valles lisos, los relieves/ turgentes de tu paisaje/ que recorro extasiada..."). La poeta se turba por los sinsabores que a veces da el amor de macho y hembra ("Te miro en nuestra cama/ que ya no es la mía..."), pero también sucumbe ante la tentación de la confesión lésbica ("Mientras saboreo tus dulces/ capullos y dibujo tu silueta..."). Hay, pues, un colorido feraz de selva y trópico -y no tinieblas ni abismos de muerte- en este libro cuyo título –"Paraíso en sombras"– es, por ello, no más que un sano e involuntario embuste de la poeta a la que otros no soportan, pero de la que yo espero pueda soportar mis palabras tal vez imprudentes. Ella es Maoli Mao. Y yo la saludo.




miércoles, 26 de diciembre de 2012

JAVIER HERAUD lee su bello poema "Mi casa muerta"





"Mi casa muerta", poema del gran Javier Heraud, el poeta amado, en su propia voz.
♥️❤️♥️