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lunes, 21 de noviembre de 2022

¿VOLVERÁ NUESTRO VALLEJO AL PERÚ?

El propósito de repatriar los restos mortales de nuestro poeta César Vallejo se remonta al año 1952. El entonces diputado Augusto Peñaloza fue quien lo planteó por primera vez. Se hicieron todas las consultas y trámites correspondientes, que se prolongaron hasta 1964, año en que, finalmente, se supo que -según la legislación francesa- para que pudiera hacerse realidad tal cosa era indispensable contar con la autorización de la viuda, lo cual -lamentablemente- resultó imposible, pues ella expresó que su deseo era que el cadáver del poeta continuara en el cementerio de Montrouge, en París.

 

A pesar de ello, unos años después fue retomado el asunto y, en marzo de 1968, fue promulgada la Ley 16957 que declaró "de interés nacional la repatriación de los restos mortales del insigne poeta peruano", y dispuso que los ministerios de Relaciones Exteriores y de Educación Pública se ocuparan de llevar a cabo las acciones pertinentes. Mediante Resolución Suprema 0326 del 3 de abril de ese año, se encargó a César Miró, a la sazón director de extensión cultural del ministerio de educación, que efectuara los trámites que hicieran falta pudiendo, para el efecto, coordinar con la representación diplomática peruana en Francia con el objeto de hacer las gestiones ante las autoridades francesas. Eso fue lo que se hizo. 

Dichas gestiones, después de que el mandatario democráticamente elegido fuera defenestrado el 3 de octubre de aquel año, continuaron. Gobernaba entonces el general Juan Velasco Alvarado. Todo, sin embargo, resultó infructuoso, pues el obstáculo insalvable siguió siendo -como era previsible- el mismo: Georgette Philipart, la viuda del poeta, se mantuvo en sus trece, incluso a pesar de los buenos oficios de Fernando de Szyszlo -amigo suyo-, quien trató de convencerla.[1] Esta negativa, según comentó el pintor a los funcionarios encargados del caso, se debía -además de otras razones- a que (está dicho en un documento "secreto", del 7 de mayo de 1973, cuya copia poseo), desde hacía unos años, la señora dejó de recibir la ayuda económica que antes le había otorgado el Estado. En el documento a que he aludido entre paréntesis, se recomendó, finalmente, lo siguiente (lo transcribo de modo textual): "... estimo que sería oportuno y lo más atinado dilatar las gestiones del traslado de los restos de César Vallejo al Perú para una posterior y quizás mejor oportunidad que a mí entender sería después de fallecida la Sra. Georgette de Vallejo". 

*** 

Ahora, tras varias décadas de aquellas gestiones, cabe preguntarse: ¿Habría querido César Vallejo, que -después de muerto- lo trajeran al Perú? Es imposible saberlo. En 1970, sus restos fueron trasladados del cementerio de Montrouge (en que habían permanecido durante más de treinta años) al de Montparnasse. Georgette, la viuda, dispuso que se grabara sobre la tumba -presuntamente como expresión de la voluntad del poeta- la siguiente frase: "CÉSAR VALLEJO, QUI SOUHAITA REPOSER DANS CE CIMETIÈRE"; es decir, en español: "César Vallejo, que quiso descansar en este cementerio”.[2] 

Sin embargo, en un cablegrama (Nº 34, del 15 de abril de 1938) enviado por la representación diplomática del Perú en Francia a la cancillería peruana, se dijo, textualmente, lo siguiente: "Refiérome cable de usted Nº 25. Vallejo murió hoy nueve de la mañana. Gastos clínica, asistencia y entierro representan aproximadamente veinticinco mil francos que ruégole enviar cablegráficamente. Último deseo Vallejo fue ser enterrado en el Perú".[3] ¿En qué se habría basado tal rotunda afirmación?  

Finalmente, es razonable hacerse esta pregunta: ¿Debería ser traído al Perú? Esto es, en verdad, un tema sumamente controversial. Yo, particularmente, creo que nuestro César Vallejo debe permanecer donde está: su poesía, su espíritu, en el universo y en el corazón de los que lo amamos; y su cuerpo, allí, en el cementerio de Montparnasse.



© Bernardo Rafal Álvarez



[1] En memorándum confidencial del 24 de abril de 1973, el entonces director de asuntos culturales de la cancillería peruana le comentó lo siguiente al secretario general del ministerio: "La única posibilidad que aún parece existir para establecer contacto con la señora Vallejo y poder conocer su opinión, sin que esto signifique conseguir su autorización, es el pintor Fernando de Szyszlo"; y recomendó "que se designe a un funcionario del Ministerio, que conozca al señor Szyszlo, y se comunique con él lo más pronto y con la mayor discreción posible".

 

[2] También hizo que se pusiera esta bella frase: "J'AI TANT NEIGÉ POUR QUE TU DORMES. GEORGETTE". ("He nevado tanto para que tú duermas. Georgette").

[3] Este cablegrama y otros relacionados, los conocí, a fines de los setentas, gracias a que me fueron mostradas fotocopias de los documentos por el historiador y diplomático Félix Álvarez Brun, quien, unos años después (el 14 de febrero de 1982), los transcribió en un artículo publicado en el diario El observador ("Último deseo de Vallejo: ser enterrado en el Perú").

lunes, 21 de diciembre de 2020

¿QUÉ SERA DE SU FALDA DE FRANELA?

 

Antenor Orrego, su pata del alma, le puso, como certera chapa, "Korriskoso", en alusión a sus altas dotes de conquistador. Aquí los nombres de solo siete de las chicas a las que habría encandilado pasionalmente: Martina Gordillo Peláez, Otilia Vallejo Gamboa, Gabina Salamanca López, Rita Deza, Rita Uceda Callirgos, Otilia Villanueva Pajares y Deidamia García Zavaleta. ¿Una de ellas (¿o las siete?) fue la que el poeta eternizó anónimamente (¿o se dice "seudónimamente"?😆) como la "andina y dulce Rita de junco y capulí", en ese bellísimo y muy famoso poema titulado "Idilio muerto" que forma parte de su primer libro, "Los heraldos negros", y acerca del cual Antonio Cisneros hizo un comentario infeliz? De todas, una de las más votadas por los hacedores de conjeturas fue aquella de quien Miguel Pachas -biógrafo del poeta- dice, como Dina Páucar cuando canta, que era "blanca como la nieve": Otilia Villanueva Pajares (la de "en sus venas otilinas": poema VI de "Trilce"). La otra -que igualmente se llamó Otilia- fue la sobrina del poeta, su amor incestuoso: Otilia Vallejo Gamboa, a quien también se refiere Stephan Hart. Un nieto de la primera de las siete nombradas en la lista, afirmaba que fue ella, su abuela, la chica aludida (la que «Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, / y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!"»): es decir, Martina Gordillo Peláez. Pero doña Alfonsina Barrionuevo, que hace veintisiete años conversó con don Oswaldo Vásquez Vallejo, sobrino del poeta, ante la consabida pregunta recibió de él, enfáticamente y sin dudas ni murmuraciones, la respuesta que pareció haberla convencido: que la "andina y dulce Rita de junco y capulí", había sido la buenamoza que aparece aquí, en la fotografía que acompaña a este texto, Deidamia García Zavaleta. Efectivamente, lo afirmado por el paisano del vate podría parecer lo más convincente pues, según él, la misma Deidamia le había contado algunos detalles: entre otros, que Vallejo le enviaba poemas al colegio en que ella estaba internada, y que incluso le hizo llegar el poema de marras que, por cierto, medio que la incomodó por lo del nombre, pues no era el suyo el que allí puso el vate, pero -aun así- amorosamente lo guardó "en el oratorio de la hacienda El Paival", hasta que terminó desapareciendo sabe Dios cómo y por qué. Bueno, al respecto yo me pregunto: ¿Un poema de amor para Deidamia -a la que el poeta tenía relativamente cerca- por qué hubo de ser escrito con una interrogante de entrada referida a una mujer ausente ("Qué estará haciendo..."), y que -para remate- hable de un "idilio muerto"? Resulta, por decir lo menos, demasiado caprichoso, ¿verdad? Sea como fuere, lo cierto es que la madeja aún sigue enredada. ¿Podremos algún día, por fin, aclarar el enigma vallejiano llamado Rita? Dificilazo, realmente. ¡Ah, nuestro amado e inmortal cholo Vallejo! Qué ganas de ponernos de vuelta y media, caracho: con sus extraordinarios poemas, con el título de uno de sus más celebrados libros, con su "tahuashando" y, por último, ¡hasta con sus musas! Poeta es poeta, pue. Incorregibles hasta la pared de enfrente, y sin remedio; pero, eso sí, de carne y hueso, pero no con alas, como -según parece- creía Sócrates, el filósofo que jamás olvidó sus deudas (¿conocían sus últimas palabras?: “Acuérdate, Critón, que le debemos un gallo a Asclepio”).                                                                                                                                                              

                                   © Bernardo Rafael Álvarez


                                      ***

El poema: 


                        IDILIO MUERTO  

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir;

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»

y llorará en las tejas un pájaro salvaje.