sábado, 10 de diciembre de 2011

VALLEJO, PALLASCA Y YO*

Supe que, por no más de dos ciclos, siguió estudios en alguna universidad y que gracias a ello dominaba, al dedillo, las matemáticas. Por eso lo contrataron como profesor, de tercera, en uno de los colegios primarios del distrito. Creo que no duró mucho tiempo. Algunos –medio perversos- comentaban –y, cuándo no, exageraban- que era un tanto irresponsable; decían que se acostaba tarde y no se levantaba temprano, que los amigos y el trago lo habían malogrado, y, también, que era maternalmente engreído: que al levantarse a eso de las diez de la mañana era solícita y amorosamente atendido como a un niño, con un desayuno como “de hacendado” que, entre otras cosas y como primera entrega, contenía un vaso con, por lo menos, tres huevos pasados, y, enseguida, un enjundioso caldo de gallina de corral. Tenía unos treinta y tantos años y le decían “Gato”, no sé por qué: era de piel blanca pero sus ojos no eran claros que digamos (total, en los apodos lo que prima es la arbitrariedad). Era El Gato Guille, mi tío, hermano materno de mi madre.

 

Creo que no era de leer, propiamente. Sin embargo, en una feliz oportunidad, estando en Lima le dio por comprar libros y, de un porrazo, adquirió toda una colección, fresquita aún, de Losada y con ella, además, la edición con facsímiles de la obra poética completa hasta entonces de César Vallejo, que había corrido a cargo de su viuda, la francesa Georgette, y del editor Francisco Moncloa, con prólogo de Américo Ferrari. Todo el mundo se enteró, por supuesto, y algunos comentaban y aplaudían la nobleza de ese repentino y ejemplar interés en la cultura y, como no es de extrañar, otros creían adivinar, con algo de acierto, lo inútil de la onerosa adquisición, y no faltaba quien no pudiera disimular una descabellada envidia y también una maquiavélica codicia. Eran los meses finales del año 1968.

 

Sabía de mis inclinaciones literarias y por eso, en un arranque de desprendimiento, motivado básicamente por su condición de tío bueno, me regaló algunos libros entre los que recuerdo “La serpiente de oro” de Ciro Alegría y “20 poemas de amor y una canción desesperada”, de Neruda, y –oh, alegría- me prestó lo de Vallejo.

 

Tener en mis manos ese libro me producía una sensación sumamente especial, agradabilísima, como la de quien (porque lo era en realidad) tiene una joya invalorable y, más aún, como si hubiese tenido la oportunidad de ingresar en un templo normalmente inaccesible, prohibido y soñado, al que todos quisieran llegar como una bendición. Era como estar en el Olimpo. Sentía, en realidad, placer. Pasar mi mirada por aquellas páginas en las que aparecían los manuscritos en facsímil, mecanografiados y con borrones y agregados a mano, acompañados en alguna parte de la página por un sello que decía “Propiedad de César Vallejo”, y ver las fotos (en que me parecía encontrar los rasgos de mi padre) de este poeta nacido allá, casi cerca de mi pueblo, a pocos kilómetros del cerro Parihuanca, hacía brotar en mí un sentimiento de desmedido orgullo; y creía que yo era el único en el mundo que vivía esa experiencia

 

El libro estuvo conmigo durante varios meses. El gato Guille creo que se había olvidado de él. No le importaba en realidad. Mi abuela fue quien sí llegó a poner atención en ello, y un buen día o, perdón, quiero decir un mal día por la noche, apareció en la casa, abrigada por su pañolón azul oscuro, llevando en la mano su inseparable linterna a pilas o foco, o reflector, que es como se le llamaba en mi tierra y era usado porque la luz eléctrica era débil o, como se acostumbraba decir con una palabra de origen culli, parecía muganshya.[1] Después de conversar cosas familiares con mi madre, me lo pidió y –sintiendo que algo vital se desprendía de mi ser- tuve que entregarle el voluminoso libro. Pero, gracias a Dios y a esos tres o cuatro meses que en mi casa habitó aquel huésped, gordo pero no pesado, de papel bond, tinta negra y pasta gruesa y dura, Vallejo, mi casi paisano, se quedó conmigo para siempre.[2]

 

Vallejo no solo permaneció en mí como generador de una inefable sensación de placer y de orgullo. También como enseñanza, como influjo. Creo que comencé a escribir como él. Cuando estuve en tercero de secundaria -es decir, el año 1969- en mi colegio se organizó un concurso de poesía que lo gané con un poema en verso, “Color de barro”, en el que era de advertirse la presencia del poema en prosa “Hallazgo de la vida”, del vate santiaguino. Algunos desaciertos de aquel poema laureado pude corregirlos después con el uso del lapicero “Parker” que, si mal no recuerdo, me dieron como premio,

 

Vallejo, a quien había empezado a conocer unos cuatro o cinco años antes a través de unos irregulares versos escritos por mi padre, a los que llamaba “monólogos”, y porque se decía que el abuelo del santiaguino, el cura Rufo, estaba enterrado en la sacristía del Templo de San Juan Bautista de Pallasca, me dio también algo más que el estímulo que maduró mi vocación por la poesía: me hizo más sensible, de lo que ya era, respecto de lo que es y significa el ser humano y su destino sobre la Tierra. 

 

Tengo la sospecha de que esto ocurrió con todos los que lo leyeron o, digamos para evitar un optimismo exagerado, con muchos de ellos. Sin embargo, cuando ya en 1972 me encontraba en Lima y después me hice amigo de Juan Ramírez Ruiz y de Hora Zero y esperaba lograr la amistad de otros poetas, pude darme cuenta de que más de uno decía que “no lo había leído”. Aparentemente todos leían solo a Pound, a Elliot… Se referían al poeta de Santiago de Chuco casi despectivamente: “¿Vallejo? Humm, ni hablar...”. Se trataba de una forma de matarlo pero, claro, sin lograr darle muerte; es decir, una suerte de juvenil arrebato parricida, aquella actitud que sin darnos cuenta puede llevarnos a renegar de nuestro padre y terminar aceptando la paternidad espuria del respetable vecino solo por su condición de gringo.

 

La madurez que otorgan los años, creo que logró el justo cambio de sentimientos e ideas y de perspectiva en los jóvenes poetas de entonces. Pero, sea como fuere, Vallejo –el ninguneado, escamoteado y tantas veces negado- siguió, a pesar de todo, creciendo ineluctablemente. Es –duela a quien le duela- uno de los más importantes creadores en lengua española, uno de los picos más elevados. Y hoy y siempre lo leemos, lo celebramos y nos sentimos orgullosos de él. Y sabemos que las cosas e ideas que ayer pudieron ser desatinadas, infaustas -el “fray pasado”- solo merecen aquella vallejiana expresión -que es de Santiago de Chuco y de Pallasca, mi tierra-: “Cangrejos, ¡zote!”.

 

Pero, aunque parezca mentira, hay desatinos que finalmente resultan satisfactorios y dan felicidad. Me explico. El libro con la poesía de Vallejo no sé a dónde diablos fue a parar después, pero de lo que estoy seguro es de que alguien más vivo que yo debió haber sacado ventaja material del olvido de mi tío. La compra que él hizo probablemente fue desatinada en cuanto a lo indudablemente costosa que debió haber sido y al poco o nulo provecho que le significó. Sin embargo, al menos a este medio silvestre cristiano –o sea yo- espiritualmente le dio mucho, muchísimo. Y, con la gratitud que aprendí de mis padres, tengo que reconocer, humildemente, que la pobre escritura poética mía le debe mucho al autor de Los Heraldos Negros. Al leerlo aprendí que la poesía nos permite abrir las puertas de la utopía y la libertad y entregarnos sin miramientos a la creación plena y cabal. Espero algún día poder, siquiera, intentarlo.

  

17 de marzo del 2008



[1] Tizón, pedazo de madera encendida pero sin flama. Luz tenue. 

[2] Mucho tiempo después, es decir, ya demasiado tarde para el caso, supe de esta irrefutable verdad: “zonzo es el que presta libros, pero más zonzo es el que los devuelve”

 

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* Publicado por primera vez, el 18 de marzo del 2008, en el blog Bitácora extraviada..

VER LA BELLEZA NO ENVEJECE: JUAN CRISTÓBAL, POETA

Yo creo que los poetas somos, en realidad, malos lectores de poesía. Nuestra lectura suele ser medio perversa, por lo tendenciosa. Si nos colocamos en la posición del crítico, haremos –según el caso- una lectura excesivamente complaciente, o brutalmente inquisidora. Es que tratamos, casi siempre, de encontrar similitudes, coincidencias, analogías, puntos comunes, entre la poesía de los demás y la poesía nuestra, para, a partir de ello, llegar a afirmar que buena poesía es aquella que en alguna forma se identifica con la nuestra; y que la que camina por senderos diferentes merece una valoración adversa. No es fácil para nosotros, pues, ser imparciales. Y yo, especialmente yo –lo confieso-, soy un pésimo lector y, para remate, injusto. No comprendo, por ello, qué razones pudo haber encontrado Juan Cristóbal para pedirme que, junto a una bella, inteligente y talentosa poeta, y a un consagrado narrador y maestro, yo esté aquí haciendo con ellos las veces de presentador de su poesía. Debe ser por su excesiva generosidad.

Juan Cristóbal, a quien leí por primera vez en la antología que publicó Alberto Escobar en 1973[1], es Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su producción es nutrida; he aquí algunos títulos: El osario de los inocentes (1971); Desenterrando el amor (1972); Por las desconocidas sombras de los pueblos (1973); Difícil olvidar (1975); Estación de los desamparados (1978); Vivir es duro (1988); Poblando los silencios (1996); Los rostros ebrios de la noche (1998). Se ha hecho merecedor de importantes distinciones como -entre otras- el Premio Nacional de Poesía, en 1971; el Primer Premio en los Juegos Florales de San Marcos, en 1973; el Segundo Premio en el Concurso Poesía y Canto para El Salvador, en 1981, y el Tercer Premio Copé, en 1997. 

En la antología a que me referí, Escobar afirma que la escritura de Juan Cristóbal “se alimenta de vivencias refraseadas por el soplo imaginario y por el recuerdo o la fábula ligados a la experiencia directa o de fuente literaria, en franca voluntad testimonial”. Luis Hernán Ramírez, en un bello y enjundioso ensayo que Alma Mater[2], la revista de San Marcos, publicara tras la muerte del intelectual y maestro moyobambino, ocurrida en 1996, expresa, enfáticamente, que es “poesía de la luz y los colores”. Es decir, pues, dos caracterizaciones puntuales: Voluntad testimonial en cuanto, digamos, al fondo, y en lo que se refiere al aspecto exterior, luminosidad y color. 

Si nos detuviésemos a efectuar un inventario de las expresiones empleadas por nuestro poeta, corroboraríamos lo afirmado por Ramírez, es decir, que esta es “poesía de la luz y los colores”. Veamos una brevísima muestra: “Las cervezas azules”, “las colinas verdes”, “los peces rojos”, “cumpleaños dorado”, “el tiempo brilla”, “refulgen las viejas ortigas”, “las huellas del alba”, etc. Ahora, si nuestro propósito fuera comprobar la calidad o cualidad testimonial señalada por Escobar, bastaría con citar algunos de los bellos versos dedicados al poeta chileno Jorge Teillier: “En fin / mi querido amigo mi viejo rincón / habría mucho de qué hablar y eso seguramente nos llevaría a una taberna de nombre conocido / para soñar con los Parques Infantiles y con las mañanas y los tres en la lluvia…”. 

Hablar de luz y colores en poesía debiera tal vez tener un significado que se asocie, ciertamente, a celebración, a alegría. La poesía de Juan Cristóbal, sin embargo, no comunica eso. La luminosidad y el color en su poesía es más bien sinónimo de riqueza expresiva, de nutricia densidad idiomática, de fecunda imaginación poética, que aunque son conceptos exultantes, elevados, positivos, no implican precisamente júbilo, regocijo, no se emparientan con el goce. Luis Hernán Ramírez no lo expresa, pero es probable que algo de eso pudiera haber percibido él en su lectura. En la poesía que Juan Cristóbal escribió después es prácticamente imposible encontrar muestras ello. 

La riqueza expresiva persiste en sus últimos libros. No podemos negar, ello no obstante (al menos es lo que yo he visto) que hay una notoria opacidad en cuanto se refiere a la percepción que tiene del mundo que lo rodea, de la realidad: “Mis temores invadieron la penumbra de mis ojos”. No es arbitrario que haya elegido como títulos para sus dos hasta ahora últimos poemarios, Hórridas mañanas y Kafka[3]. Y, cosa curiosa, incluso las ingenuas ilustraciones que se muestran en la tapa de ambos volúmenes, que han sido hechas por una tierna niñita (Almendra, la nieta del poeta) son, no obstante lo abigarrado de su colorido, muestras del impacto terrible que ejerce el entorno cruel en que vive el poeta y que vivimos todos; es como si la autora de los dibujos, no obstante su corta edad, hubiese tenido plena conciencia de qué es lo que iba a ilustrar. 

“Hórridas mañanas” es un título terrible. La mañana que es o debiera ser sinónimo de apertura hacia la luz, es presentada por Juan Cristóbal como algo que merecería en cierto modo rechazo (hórrido es horrendo, espantoso, monstruoso); en lugar de claridad, aquí nos anuncia sombras, en vez de dicha nos ofrece desazón. Nada más deplorable que comenzar el día sabiendo que lo que ha de encontrarse son horas que forzosa o forzadamente nos invitan a asistir a un espectáculo cotidianamente nefasto, donde no hallaremos “sino el aire apestando a sal en el estiércol de los parques”, donde al despertarnos nos toparemos con “los colmillos desfigurados del recuerdo”. “Kafka”, aparentemente no tiene nada de espantoso como título, pero –igual- es demasiado expresivo, como para no darnos cuenta de lo que trae consigo: una alusión a la perpetua y descabellada condena a que estamos sometidos en un juicio tortuoso y laberíntico y a las circunstancias deshumanizantes que nos envuelven y que tratan de convertirnos en insectos. 

Conozco a Juan Cristóbal o, mejor dicho, creo conocerlo, y por ello estoy seguro o –vuelvo a caer en la duda- creo estar seguro, de que, a pesar de que él afirma que “poesía, existencia (o realidad) y vida son un hecho único e inseparable”, a mí me parece que entre él como persona (Juan Cristóbal o José Pardo del Arco –su nombre “de pila”-, como queramos llamarlo) y su poesía (me refiero a la última que ha escrito y publicado) existe una suerte de divorcio, de distanciamiento. El Juan Cristóbal que yo conozco –a pesar del aún persistente espíritu rebelde y contestatario, a que aludía Roland Forgues[4]- es un hombre altamente sensible y fino; conversar con él es como asistir a una ceremonia en que se rinde culto a la paz y, diría sin exagerar, a la ternura. Su poesía, en cambio, es ruda, inconsiderada, crispada y me atrevería incluso a decir que es cruel. Es, en verdad, su otra voz, el canal alternativo a través del cual fluye, de modo distinto a lo cotidiano, su sinceridad. Esto que yo llamo tal vez imprudentemente “divorcio” no significa que la relación entre Juan y su poesía sea confrontacional; la relación confrontacional que -según confiesa- mantiene, es con el mundo que lo rodea, no con la poesía. Los libros que ahora se presentan son testimonio innegable de ello.

 

En la nota introductoria que aparece en el primer volumen (Hórridas mañanas), se afirma que estos poemarios corresponden a una “saga”. Creo que no es precisamente así, puesto que, según tengo entendido, la saga corresponde más precisamente a la prosa narrativa. Son, sin embargo, y en esto sí estamos de acuerdo, obras efectivamente entrelazadas por el tema que “da origen a un universo poético”. Y este universo poético al que se refiere el poeta, está signado manifiestamente, como ya lo insinué, por el absurdo, pero también por el desencanto, y la desesperanza. Juan Cristóbal lo explica: dice que la escritura de esta poesía se llevó a cabo a partir de una interrogante que al mismo tiempo es -digo yo- una duda: “¿se puede amar al Perú a pesar de sus oscuridades y locuras?”; o, dicho de otro modo, ¿es admisible caer en el absurdo de sentir afecto por algo que nos hace daño? Y, aunque está seguro -y lo asume como respuesta- que en nuestro país “el desorden moral y la crueldad de sus instituciones es un absurdo banal, grosero y espeluznante”, creo firmemente que Juan Cristóbal es consciente de una cosa: que sí se puede amar al Perú. Amarlo a pesar del asco, la conmoción y el estremecimiento que este poeta sensible experimenta.

 

Es, pues, poesía inspirada en la experiencia medio infeliz de vivir en el Perú. No podemos negar, sin embargo, que es –como ocurre con toda buena poesía- un testimonio existencial que involucra a todos, que atañe a la realidad del mundo contemporáneo en su integridad y expresa el impacto que esa realidad genera en el alma humana.

 

Dije que era poesía terrible y me reafirmo en lo dicho. Aquí una muestra descarnada, asombrosa, patética: “Veo escombros (…) palabras que desean decir algo…”. Destrucción más cruel que esto no puede haber: en que las palabras han perdido su esencia y se convierten en algo así como objetos vanos, anodinos, inútiles. Repito, dije que era terrible esta poesía. Es que es terrible la seguridad con que nuestro poeta asume sus verdades. Contra toda sospecha y contra todo pudor se atreve a decirnos dramáticamente y, diría, con una cruda y acaso justificada insolencia “que Dios es el asesino más grave de la historia”, yendo con esta inesperada imprecación mucho más allá de la certeza desconsolada que Vallejo expresara en “Los dados eternos”.

Me referí al principio a la definición –“poesía de la luz y los colores”- que Luis Hernán Ramírez había hecho de la poesía de Juan Cristóbal. Y agregué que lo que yo veía era prácticamente todo lo contrario; que había, más bien, opacidad. Pues eso que es lo que se advierte en la última producción de nuestro poeta. Veamos en el poema titulado “Kafka” estos primeros versos que son sumamente explícitos: “Opacos / angustiosos / viejos / Así son los años luz”. 

El desencanto, la desesperanza, el absurdo, pudieran ser síntomas de hundimiento, de destrucción. Y, en alguna forma, parecería que esto es lo que quisiera decirnos el poeta: “recurrimos otra vez / a esta voz / estrangulada/ en las acequias/ como un tacho de basura/ surgiendo desde el fuego.” Tal vez la alusión manifiesta a Kafka, estaría diciéndonos que –como en alguna forma también lo sentimos nosotros- somos las víctimas de una suerte de condena sin sentido, los imputados inocentes en un proceso engorroso que se desplaza, repito, en los laberintos de una justicia demencial. Y que somos una humanidad que a duras penas sobrevive “como ala quebrada de cadáver”.

Pero, a despecho de lo que pudiera haber querido insinuar o expresar el poeta -lo digo rotundamente- la poesía de Juan Cristóbal no es destructiva ni menos autodestructiva. Porque la poesía, por sobre todas las cosas, es sinónimo de vida, de esperanza. Y porque la poesía de Juan Cristóbal también lo es. Pero ha asumido el impostergable papel, la noble responsabilidad, de sacudirnos, de sensibilizarnos. El desencanto, la desesperanza, el absurdo que la inspiran, no logran, no han logrado, no lograrán lastimarla: al contrario, la alimentan. Y alimentan, paradójicamente, también al poeta. Por ello, a pesar de los años y las flaquezas en la salud, la vitalidad poética del autor de “Horridas mañanas” y de “Kafka” se mantiene firme y felizmente fecunda. ¿Saben por qué? Porque, como muy bien lo dice él mismo en su “Arte poética” –echando mano a una frase del escritor checo de La metamorfosis y El proceso-: “Ver la belleza no envejece”. Y eso, belleza, extraña belleza, es lo que encontramos en su poesía. Y eso nos hace bien, mucho bien. Y es suficiente.



Lima, 14 de julio del 2011.





[1] ] Alberto Escobar. Antología de la Poesía Peruana, Tomo II. Biblioteca Peruana PEISA, Lima, 1973.

[2] Alma Mater, Nº 15. UNMSM, Fondo Editorial. Lima, 1998.

[3] Hórridas mañanas y Kafka. Arteidea, Grupo editorial. Lima, octubre del 2010.

[4] Roland Forgues. Entrevista a Juan Cristóbal, para la revista Palabra Viva. Disponible en: http://socialismoperuanoamauta.blogspot.com/2011/05/cuestionaria-al-poeta-juan-cristobal.html

 

DE CALATOS Y DESNUDOS

CANDIDATEAR (un artículo del 2006, con cierta actualidad)

Antes de la segunda vuelta en las elecciones del 2006 y después de haber leído un artículo del poeta Arturo Corcuera publicado en la revista Le monde diplomatique, escribí y publiqué en mi antiguo blog BITACORA EXTRAVIADA el siguiente texto (también enviado por Mail a muchos destinatarios), que en algún modo creo que adquiere actualidad:


DE CALATOS Y DENUDOS

                                                              Bernardo Rafael Álvarez

Arturo Corcuera ha publicado en Le Monde Diplomatique un artículo con el que, según tengo entendido, pretende desnudar a Mario Vargas Llosa y descalificar su oposición a Ollanta Humala, candidato a la presidencia del Perú. Corcuera llama al autor de La guerra del fin del mundo “profeta desmemoriado” y “extraviado”. Finalmente, concluye afirmando que, incentivado por un escrito del novelista, votará por el capitán de Madre mía.


Admiro a Mario Vargas Llosa y su obra literaria; lo respeto y –creo que como muchos- me siento orgulloso de él como peruano. Es, no cabe ninguna duda, el mayor novelista vivo nacido en estas tierras. No coincido, sin embargo, con sus ideas políticas –con muchas de ellas, quiero decir. Pero celebro que las exponga, como lo hace, utilizando los medios a su alcance. Ojalá todos tuviéramos las posibilidades que él posee.

Admiro, también, al Corcuera de “Noé delirante”. Esa adulta imaginación infantil o esa infantil imaginación adulta, me conmueve. Es, innegablemente, un creador de alto nivel. Esa obra, que con el tiempo ha ido creciendo, lo demuestra. Políticamente coincido con él y con muchos en nuestro país, en cuanto a la insobornable filiación por los pobres y desposeídos.

He sido, conscientemente y por convicción, desde mi adolescencia, un hombre con ideas de izquierda, pero creo que nunca un fanático. Por ello, no estoy dispuesto ni lo estaré jamás (eso espero), a dar mi voto ciegamente por alguien que agite banderas “revolucionarias”, “contestatarias”, “nacionalistas”, etc. que, sin embargo, me ofrezca, por otro lado, muestras balbucientes de desorientación, de incapacidad, de inexperiencia, de incultura, de falta de firmeza y de grotesco envalentonamiento.

Creo –siempre lo he creído- que para elegir a un Presidente hay que tener en cuenta en el candidato, lo siguiente: inteligencia, firmeza, experiencia y cultura. Un elector mediocre que busque, si lo quiere, dirigentes mediocres. El pueblo peruano no está en esas condiciones. Procuremos que no se equivoque, pues.


Humala no ofrece cualidades para ser Presidente del Perú. Presiento que nos llevaría al despeñadero. Me parece incapaz, como muchos de los que lo rodean. Sería la profundización perversa de los desaciertos de Toledo. Respecto a Humala creo que no debe preocuparle a Vargas Llosa su vinculación con Chávez, con Morales, con Castro. No, pues. Humala no es de izquierda, mírenlo bien por entero. Es –todo lo demuestra- un vulgar fascista, un aprendiz de malo (esos son los peores). Lo preocupante, en verdad, es que –como dicen los muchachos- “está en nada”.

Alan García, o su gobierno, cometió graves, terribles errores y crímenes. Básicamente dos cosas no pueden ser olvidadas: la debacle económica con su telescópica inflación y sus indignantes colas y el asesinato masivo y vil de cientos de muchachos premunidos únicamente de piedras y palos en los penales. Esto, solo esto, es suficiente para afirmar enfáticamente que García merece un castigo histórico, un castigo moral, un castigo político que, por lo menos, debería traducirse en un rotundo rechazo en las ánforas.


Esta es la situación que el domingo 4 de junio tendremos ante nosotros los peruanos: decidir entre tres opciones: Humala, Alan o ninguno. Yo creo que ya decidí y ese día, conscientemente, emitiré mi voto. Por ahora solo propongo esto: antes que desnudar a Vargas Llosa, que no es candidato, pidamos que los candidatos sean los que se desnuden o, en todo caso, desnudémosles nosotros. No perdamos tiempo en los vestidores de baños ajenos, nada tienen que hacer.


Y otra cosa: si los seres a quienes quiero (incluidos “los marginados en su camino de esperanza”) van a votar por “perico de los palotes”, ¿tengo que hacer lo mismo yo? No, pues, eso no es digno. Algo en ese sentido leí hace poco a un escritor norteño. Que Sarita Colonia –que está volando- nos proteja de esta laya de despropósitos.

Creo que es mejor que no deliremos juntos, no es bueno para la salud. ¿No les parece?


Ah, para terminar: este artículo, “De calatos y desnudos” creo que debió llamarse de extravíos y delirios. Hubiera sido más apropiado.



25 de Mayo, 2006.


ESTOY CONTRA LAS DICTADURAS, SOLO POR ESO VOTÉ POR HUMALA

Ahora que muchos de nuestros amigos "feisbuqueros" expresan su decepción frente a Humala, pongo aquí -a manera de recordatorio- lo que en el Facebook escribí sobre el ahora Presidente; este texto, absolutamente exento de sobonería, lo publiqué después (el 10 de julio pasado) en "La mula".

"Eh, José, ¿acaso te has olvidado lo que escribí hace ya bastante tiempo? Creo que he sido el único que ha tratado de ser lo más objetivo posible en mis apreciaciones respecto de los candidatos y, especialmente, sobre Humala. Mis comentarios los he colgado en "La mula", para que no se pierdan en la inmensidad de estos muros del Facebook. Hice una especie de diario al respecto, señalando casi paso a paso el desarrollo de la campaña y el desenvolvimiento de este candidato considerado por muchos como "de izquierda".

Dije más de una vez que era un pésimo candidato, porque realmente lo fue, al menos hasta la primera vuelta, y también dije (y esto viene desde el 2006, en que escribí un artículo en respuesta a otro que escribió Corcuera) que yo no considerada que era de izquierda, pues me parecía, más bien, de corte fascistoide; dije que era un "aprendiz de malo".

Y, bueno, en esta última campaña, casi a última hora resolví firmemente votar por él, pero -lo expresé sin dudas ni murmuraciones- señalé que iba a votar no porque me pareciera un buen candidato, sino que lo haría porque no admitía que pudiese volver el fujimorismo. Así de simple. Y otra cosa.

También he dicho y lo seguiré diciendo cuando haga falta, que desde mi adolescencia me he considerado un hombre de izquierda, pero, sobre todo, un hombre libre. Y, habrás podido darte cuenta, estimado José, que soy de los pocos que no obstante su posición ideológica, se expresa con plena libertad y, así, señalo virtudes de quienes piensan como yo, pero también sus defectos y pecados, e igualmente, si se da el caso, rescato las cosas buenas que puedo encontrar en quienes están al otro lado del río. No estamos -y estoy seguro que tú lo sabes muy bien y que, además, lo practicas- para complacer, obsecuentemente, a todos.

Y, coincidirás conmigo seguramente, no solo los de la derecha son los buenos o los malos, ni solo los de la izquierda tienen el monopolio de las virtudes o de los defectos; en todas partes se cuecen habas, pues. Y no me parece justo creer en fundamentalismos ideológicos, y, lamentablemente, eso se da en mucha gente autodenominada marxista (algunos, felizmente, ya están cambiando, ya están abriendo los ojos); pareciera -es mi opinión- que lo que Carlos Marx llamaba el opio del pueblo, está dejando su parcela y ubicándose donde menos se hubiera pensado. En gran medida, el opio ya no está en la religión, sino en quienes se llaman marxistas; porque su visión, en lugar de abrirse e iluminarse, se achata y enceguece. En fin, hermano.

Yo no estoy con Humala, yo estoy contra las dictaduras (por eso voté contra Keiko). Un abrazo!"

jueves, 8 de diciembre de 2011

LOS VALLES APURADOS (Reflexiones tras leer el ensayo de Vargas Llosa, "La utopía arcaica", sobre Arguedas y el Indigenismo)

Para Igor Ignacio, mi hijo menor.



Aunque estoy convencido del resquemor que puede causar en algunos, tengo que decir –también con convicción- que el bello ensayo La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo es, a la vez, una apología de la ficción y de la libertad en la literatura y un homenaje, rudo pero ecuánime, es decir justo[1], que Mario Vargas Llosa tributa al novelista de Los ríos profundos.


        Según su autor, La utopía arcaica “corona un interés por Arguedas que comenzó en los años cincuenta”. Recuerda que, al entrevistarlo para un periódico, en 1955, fue seducido por “su atormentada personalidad y su limpieza moral”, lo cual se convirtió en el estímulo que hizo brotar un particular interés por leerlo “con una curiosidad y un afecto que se han mantenido hasta ahora”. El “caso, privilegiado y patético”, de Arguedas le causó una especial inquietud, “porque en un país escindido en dos mundos, dos lenguas, dos culturas, dos tradiciones históricas, a él le fue dado conocer ambas realidades íntimamente, en sus miserias y grandezas” situación que le otorgó “una perspectiva mucho más amplia que la mía y que la de la mayor parte de escritores peruanos sobre nuestro país”. Arguedas fue para el autor de La casa verde el único escritor peruano con el que llegó a tener “una relación entrañable” y también el único al que consideró entre sus favoritos”.[2]


        Esta simpatía no impidió, sin embargo, que, así como reconocía lúcidamente sus aciertos pudiera señalar puntillosa e implacablemente sus deficiencias y defectos, y mostrar sus discrepancias. Es decir, que hiciese, como debe hacerse cuando se está en la posición del crítico, una lectura desapasionada y serena, sin sentimientos adversos pero, también, exenta de actitudes complacientes, sin que por ello buscara atentar contra la validez de las obras de Arguedas sino, como el mismo Vargas Llosa lo dice al final de su libro, conferirles “una naturaleza literaria”, realzar “lo que hay en ellas de invención” y consagrarlas en su verdadero carácter: como ficciones que son y con las cuales su autor –sentencia- definitivamente logró fue “edificar un sueño”.[3]


          Entrelazando la biografía, la historia y la crítica literaria, además de puntuales reflexiones acerca del oficio del escritor, La utopía arcaica emprende una exploración minuciosa del indigenismo a partir de la vida y obra literaria de José María Arguedas, el más entrañable de nuestros escritores, y sostiene –como se dice en la contratapa del libro- que el suicidio de nuestro escritor fue “algo así como el canto de cisne” de aquel Movimiento ya “exhausto”.

 

Alterando una frase del escritor francés André Gide, Vargas Llosa expresa que los buenos sentimientos pueden producir “religión, moral, política, filosofía, historia, periodismo”, pero no literatura, y que esta puede valerse de esas materias, pero no servirlas, o someterse a ellas, porque hacerlo implicaría vender su alma. Afirma que la verdad en la literatura “no depende de su semejanza con el mundo real, sino de su aptitud para constituir algo distinto del modelo que la inspira”. Señala que sus límites se encuentran en “la sensibilidad, el deseo y la imaginación, algo más ancho que el acotado dominio de los problemas sociales y políticos y más largo que la actualidad”. “En otras palabras, ella es una contradicción viviente, sistemática, indubitable de lo existente.” Es decir -agrego yo- un culto a la ficción y a la libertad sin estorbos de ninguna índole. 


       Es a partir de tales consideraciones que Vargas Llosa estudia la obra narrativa de Arguedas. Y, así, encuentra que Los ríos profundos es la mejor novela de nuestro atormentado escritor. “El libro –dice- seduce por la elegancia de su estilo, su delicada sensibilidad y la gama de emociones con que recrea el mundo de los andes…” De Yawar Fiesta afirma que “no es, como lo fueron muchas novelas costumbristas, una superficial y complaciente apología de una fiesta local”, sino que “la anima un propósito desmesurado: congelar el tiempo, detener la historia” siendo, en tal sentido, “un alegato contra la modernización del pueblo andino”, en otras palabras “el rechazo de una integración percibida como un proceso de absorción destructivo de la cultura indígena por la de Occidente.” Respecto de Todas las sangres es más cáustico; es, dice, “tal vez, la peor de sus novelas”, pero la encuentra reveladora porque –reflexiona- “una novela frustrada puede ser más elocuente sobre la visión del mundo de un escritor, sus técnicas y el sentido profundo de su arte, que una lograda”. El Sexto, por su parte, presenta a la prisión como “el decorado para representar, igual que en Los ríos profundos, un drama que lo hostigó toda su vida, el de la marginalidad, y para soñar desde allí con una sociedad alternativa, mítica, de filiación andina y antiquísima historia, incontaminada de los vicios y crueldades que afean la realidad en la que vive”; no tiene “el vistoso simbolismo de Yawar Fiesta ni la fuerza poética de Los ríos profundos, desarrolla sin embargo, incluso con más precisión y coherencia que estas ficciones, aspectos centrales de la utopía arcaica: el andinismo, el pasadismo histórico, el inmovilismo social, el puritanismo y, en suma, el rechazo a la modernidad y de la sociedad industrial, sobre todo en lo que se refiere a cualquier forma de intercambio del que sea vehículo el dinero.” Y ahora, en cuanto a El zorro de arriba y el zorro de abajo afirma que “le convienen las expresiones que el propio autor le dedicó: ‘entrecortado y quejoso’, ‘lisiado y desigual”, y que leerlo es como “haber compartido una experiencia límite, uno de esos descensos al abismo que ha sido privilegio de la literatura recrear en sus momentos malditos”. Versa –lo dice Vargas Llosa- sobre aquel “mundo infernal, donde ya no es posible seguir ‘buscando un inca’; ese mundo que llegó a trastrocar la “visión homogénea, unitaria, tradicional, del mundo andino en una confusa realidad en la que lo que más admiraba [Arguedas] iba despareciendo […] y surgía una caótica sociedad que parecía representar, al mismo tiempo, la muerte de la mejor tradición andina y la modernidad en su más horrible versión”.


       Un conocido antropólogo –leal discípulo de Arguedas y quizás por ello uno de los más ardorosos cuestionadores de Vargas Llosa- declaró hace algún tiempo que La utopía arcaica trae como propuesta el sacrificio de “toda forma de nacionalismo”.[4] Yo no encuentro nada de eso. Es conocida la aversión de Vargas Llosa por el nacionalismo ya que -lo ha expresado recientemente- considera que se trata de una ideología que ha sido “el origen de las peores matanzas que ha vivido el siglo XX”.[5] Pero el libro del que aquí me ocupo no proclama tal rechazo. Como tampoco afirma “que los indígenas nada tienen que decir ni hacer en el futuro del país” (Montoya 1988: 201). Más que argumentar proposiciones, lo que hace es simple y llanamente asumir una realidad, y lo dice enfáticamente: “…lo que ha ocurrido en el Perú de los últimos años ha infligido una herida de muerte a la utopía arcaica”[6]; herida que, sin quererlo, el mismo Rodrigo Montoya (que es el científico social al que he aludido) se encarga de poner en evidencia cuando, tratando de poner en tela de juicio la obra en cuestión, reconoce que en el Perú “ninguno y ninguna […] piensa en el regreso al pasado o en el rechazo del presente, del futuro y de la modernidad”.[7] Afirmar que la “propuesta” del libro en cuestión es acabar con “toda forma de nacionalismo”, revela simplemente que su lectura no ha sido la correcta.


       Veamos, pues, algunos aspectos de esa realidad que las nuevas generaciones se encargan de ir transformando. El quechua. Es cierto que ha sobrevivido durante 500 años desde la llegada de los españoles y ha resistido el embate de la violencia subversiva y del Estado.[8] No se ha extinguido. Pero la verdad es que está en un aparentemente irrefrenable proceso de disminución. Ya Alberto Flores Galindo lo había dicho: “El número de quechuahablantes disminuye”.[9] Hasta el 2007 se registraron más de 4’000,000 de quechuahablantes en el Perú, la mayoría de los cuales se asentó en Lima. El llegar a vivir a Lima fue, según parece, el recurso más eficaz de sobrevivencia frente a los peligros del terror; Canto Grande y Manchay fueron los destinos de muchos de esos desplazados. Pero estar en Lima (salvo circunstancias muy particulares: encuentros ocasionales con paisanos, algunas reuniones familiares, etc.) ha significado prácticamente el dejar de hablar la lengua materna, por más de una razón: porque realmente en la Capital ya no les resulta práctica ni útil, porque los hijos se resisten a aprenderla y se avergüenzan, porque son objeto de burla, etc. Yo he vivido en Manchay y Canto Grande; allí, he cargado esteras, he corrido tras el “aguatero”, he participado en las asambleas populares y he bailado, a rabiar, huaynos y mulisas; pero también he visto que los jóvenes entran en trance con la música del Techno (que, además de la chicha, es lo que más les gusta) y no he visto ni escuchado que se comuniquen en quechua. Menciono esto por una razón: porque es en Lima donde está -según los estudios todavía vigentes- la mayor parte de los quechuahablantes. Mayra Castillo, periodista de El Comercio, lo expresa claramente: los migrantes “resisten la marginación ocultando su lengua materna”[10], y más crudamente, una página de Internet hace unos días publicó un reportaje en el que se dice que “el quechua muere de vergüenza”.[11] Es decir, el quechua ha sobrevivido a los temporales, pero pareciera que ahora está siendo asfixiado lentamente: un elevado número de sus hablantes está dejando de serlo y lo conservan tan solo como prisionero de la memoria. Sin duda hay valiosas y plausibles acciones de personas e instituciones (como la Academia de la Lengua Quechua, por ejemplo), pero -seamos realistas- muchos de los que procuran aprenderlo lo hacen como una preocupación de “cultura general” o como interés digamos antropológico o lingüístico y, en todo caso, no se trata sino de poquísimas personas. La cusqueña Hilaria Supa declaró el 2007: “Uno no abandona el quechua porque quiere sino porque estamos forzados”.[12] Forzados por la realidad y sus circunstancias, no por los encomenderos de otrora. Hace un año en un pueblo de la sierra ancashina, a donde fui por un encuentro de escritores, me conmoví al ver que, además de conservar y mostrar con orgullo sus costumbres y vestimentas tradicionales, las personas del lugar hablaban quechua. Curioso como soy, conversé con los niños y pregunté a los maestros de escuela y lo que encontré fue decepcionante: los infantes solo hablan castellano: ya no se les enseña, ni en la casa ni en las aulas, el idioma de sus padres. Probablemente en este caso no haya vergüenza, hablar de vergüenza tal vez sea una exageración, pero cualquiera sea la razón lo cierto es que, al dejar de transmitirse la lengua a las nuevas generaciones, el camino a su extinción es un hecho. ¿Los niños y jóvenes, hijos de migrantes quechuahablantes en Lima, hablan la lengua de sus mayores? No, “qué roche” dirán.[13] Me contaba un amigo –y esto es hasta cierto punto risible, pero dramático- que en una urbanización limeña que hasta hace algunos años tenía un nombre en quechua, debido a que fundamentalmente los jóvenes de lugar no se sentían identificados (repito, por el roche), ese nombre tuvo que ser cambiado por uno que se usa por casi todos los lugares: “Santa Rosa”.[14] El mismo Arguedas llegó a decirlo: “La tesis final es que la cultura quechua está condenada […] Los hijos de los emigrados ya no hablan quechua.”[15] Y la UNESCO lo confirmó hace poco, declarando al quechua y el aimara como lenguas en peligro de extinción.[16]


       Es que, en realidad, un idioma no nace ni desaparece por decreto -no es un asunto de gobiernos-, ni por la intervención de academias. Como me dijo un amigo poeta, una lengua permanece viva gracias al dinamismo del pueblo que la utiliza.[17] Esto nadie lo duda. Pero -continuando con el caso de los migrantes andinos- lamentablemente, el dinamismo que se pone de manifiesto se da en otros planos y preocupaciones, no en el idiomático. El aspecto económico tiene prevalencia. Me contaban que una familia quechuahablante, propietaria de una fábrica cafetalera[18], factura anualmente unos ochocientos millones de dólares, lo cual es muestra de éxito empresarial, de extraordinario éxito económico, pero además de orgullo por su lengua materna, al menos eso lo demostraron al declarar para una revista limeña hablando en quechua. Es evidente que ellos, al jalar a otros migrantes, van a hacer que estos también triunfen en los negocios y sus ganancias eventualmente lleguen a sumas elevadas. Esto no es otra cosa que una muestra contundente del denominado “poder cholo”, que se impone en los últimos tiempos, como lo son también los mercados Unicachi y, en gran medida, también Gamarra. Pero esto se inscribe en la auspiciosa asimilación o inserción al capitalismo, a la modernidad que, felizmente por ahora, no implica la total desvinculación respecto del pasado (costumbres folclóricas especialmente), debido a que la nostalgia aún está ahí y por eso es que anualmente celebran sus fiestas patronales y los aniversarios de sus centros comerciales los festejan con danzas y comidas típicas. Se da algo así como aquello de que hablaba Flores Galindo: “una utopía que sustentándose en el pasado esté abierta al futuro”.


       Sin embargo, aun siendo esto último –la asimilación empresarial a la modernidad, sin desvinculación del pasado- bacán, chévere, pulenta[19], la verdad es que en muy poco ayuda a la sobrevivencia del quechua. El dinamismo del pueblo andino ahora asentado en Lima no incluye, vuelvo a decirlo, en sus prioridades ni el uso ni mucho menos la difusión de su lengua materna, sino la movilidad del dinero, de los negocios. Una familia es una golondrina que no hace el verano. Los hijos de los emprendedores, de gran parte de ellos, han aprendido inglés, manejan dólares y euros y si aún no han comenzado pronto empezarán a estudiar chino mandarín, porque -lo han escuchado en los institutos y leído en la Internet- es la lengua del futuro.


       Pero no solo es el tema del idioma. Flores Galindo lo mostró: “Igualmente retrocede el uso de la bayeta, las tejas, los alimentos tradicionales, sustituidos por las fibras sintéticas, el aluminio y los fideos” (Flores Galindo 1994: 371). Hace algún tiempo vi en la televisión que las familias de un centro poblado de la selva –creo que los Yaguas- que llevan una vida como la de cualquier habitante “occidentalizado” hablaban su lengua y se ponían sus vestimentas típicas solo para satisfacer la curiosidad de los turistas y, obviamente, recibir las propinas. Confieso que esto me estremeció en un primer momento. ¡Solo para los turistas! Probablemente eso no esté mal, pues se trata de un recurso de sobrevivencia, un recurso artificial o, más propiamente, lo que se suele llamar “recurseo”. Pero significa incuestionablemente que la modernidad ejerce su dominio de modo irremediable. Otra cosa. Los tejidos con rasgos andinos se venden más y, sin la reticencia que había antes, son incluso usados por la gente de barrios residenciales (los “blanquiñositos” a los que se refería Elianne Karp); se baila el huayno en lugares “fichos“[20], gracias a Dina Paucar y otros artistas. Pero los tejidos ya no son artesanías propiamente dichas; son productos de una industria textil que emplea moderna tecnología y ya no usa los tintes tradicionales. La música que tanto emociona y reúne a miles de provincianos en la carretera central y otras partes y ha ganado terreno en espacios usualmente desdeñosos, no es ya aquella del “sentimiento telúrico” que era representado, entre otros, por El Picaflor de los Andes, La Pastorita Huaracina, Los Errantes de Chuquibamba, Los Campesinos; ahora es algo así como la “andinización” del bolero cantinero, o como si Rómulo Varillas –resucitado- cantara huaynos de traición y desengaños.


       Así se dan las cosas. Lo que Vargas Llosa denomina “el carácter ‘arcaico’, ‘bárbaro’ de la realidad que Arguedas amaba y con lo que se sentía profundamente solidario”, va quedando en el pasado. Y esto, adverso frente a lo ancestral, no podía ser admitido de buena gana por el escritor andahuaylino, y no lo fue, al menos en los últimos años de su vida.[21] Si finalmente aceptó o trató de aceptar (es decir, asumir como un hecho) la irrefrenable imposición de la modernidad, que mataba el alma andina, lo hizo experimentando un acerbo dolor que, en gran medida, resultó letal. Testimonio –anticipado y póstumo al mismo tiempo- de esto fue El zorro de arriba y el zorro de abajo. Arguedas no solo hubiera querido que lo andino se mantuviera, sino que llegara a imponerse. Ese sueño fue parte importante de su drama y esencia de su ficción literaria. La “utopía de todas las sangres”, que resalta Montoya como “ideal para el futuro”[22] y con entusiasmo es agitada como bandera especialmente por muchas organizaciones populares, es una esperanza exultante y optimista que yo aplaudo y a la que me adhiero conmovido, pero no es algo que haya sido precisamente propuesto por Arguedas en su obra literaria, sino que nació de la lectura, es decir de la interpretación, del bello título que le dio a una novela que solo le trajo desencanto en la postrer etapa de su existencia.


       Vargas Llosa, tal vez por ser novelista, se interesó más y principalmente en la narrativa de Arguedas, por eso La utopía arcaica no puso atención, por ejemplo, en Oda al jet, un bello poema que es un homenaje, un loor, a una de las extraordinarias creaciones de la modernidad, pero también un alarido desesperado y de resignación, con que Arguedas parecería aceptar un hecho real: “Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo: no os encuentro, ya no sois…”. Dice: “ya no sois”. Es terrible esta certeza para él, que amaba lo mágico, lo ancestral. El Jet, producto de la inventiva del hombre, hizo que el cóndor y las águilas quedaran perdidos “en el aire o entre las cosas ignoradas”, invisibles “como los insectos alados”. Arguedas se alegra, porque bajo “el pecho del ‘Jet’ mis ojos se han convertido en los ojos / del águila pequeña a quien le es mostrado por primera vez el mundo.” Es interesante lo que dice casi al final del poema: “Dios Padre. Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, Dioses Montañas, / Dios Inkarrí: mi pecho arde. Vosotros sois yo, yo soy/ vosotros, en el inagotable furor de este “Jet”.[23] En buena cuenta, la conjunción de lo occidental y lo andino.[24] La modernidad y la utopía de los andes.[25]


       ¿Pero, pregunto, existe un lugar ahora para que esa utopía (es decir, el sueño del pasado “paradisíaco”), a la que Vargas Llosa solo le puso el adjetivo de arcaica (por lo antigua, no perteneciente a esta época; lo cual no es peyorativo[26]), pueda aterrizar? Creo que no. No obstante, pareciera que hay quienes aún no entienden o no quieren admitir esta verdad. Tal vez, en gran medida, porque la lectura que se hace de la obra de José María Arguedas genera apasionamiento. Y leer apasionadamente a Arguedas no es malo, es una muestra loable de involucramiento con lo telúrico que hay en sus novelas y con su drama, y también de identificación y digamos solidaridad con lo andino y todo lo que viene de antes de la conquista española; aquello que, según se nos hizo creer desde niños, era una “sociedad homogénea y justa” y no lo que realmente fue, “un mundo en el que existieron desigualdades e imposición”[27]: el Imperio Incaico. Pero los sentimientos y las pasiones, “aunque necesarias -como escribió Flores Galindo- a veces no permiten llegar tan lejos”[28] y, más que identificación o solidaridad, pueden llegar a convertirse en conmiseración. Ya lo dije antes, cuando se emprende una lectura crítica, lo que debe guiar es la razón, es decir, la objetividad debe ser el requisito primordial; no las simpatías, ni las antipatías.


       Vargas Llosa fue objetivo en su estudio de Arguedas, pero creo que muchos no lo son cuando hablan o escriben acerca de la obra de nuestro Premio Nobel. Suelen partir –todo indica que es así- de, entre otras cosas, la reprobación al giro ideológico que experimentó después de ser admirador de la Revolución Cubana[29] y del rechazo a la terrible conclusión que suscribió tras investigar el caso Uchuraccay.[30] Y, con las premisas medio prejuiciosas que de allí nacen, más de uno considera, por ejemplo, que Lituma en los andes es una novela de revancha, que Historia de Mayta ha sido escrita con todos los demonios del rencor[31] y que La Utopía arcaica es un libro deleznable y “una lápida elegante para sepultar a José María Arguedas”.[32] Se ha dicho, también, que Vargas Llosa carece de autoridad para hablar de temas andinos porque es “un peruano de los años 50 que vivía a espaldas de los Andes”, y que conoce poco de esa realidad. Pero lo real es que Vargas Llosa no hace en su libro un estudio antropológico ni sociológico sino básicamente literario, aunque, claro, si se tratara de eso creo que tendríamos que afirmar que, por ejemplo, Mariátegui conoció menos el Ande (solo estuvo una corta temporada vacacional en la Sierra) y, sin embargo, escribió, con significativa dosis de rigor y pertinencia, “El problema del indio” y “El problema de la tierra”. Alguien incluso ha escrito, con el propósito de poner en entredicho el libro de Vargas Llosa, que no es válido hablar de “utopía arcaica” puesto que “utopía es proyección a un futuro imposible”, por lo que atribuirle eso a Arguedas “es insultarlo”.


       Averigüemos, entonces, qué cosa es utopía. Al mencionar esta palabra de inmediato nos viene a la mente el nombre de un personaje inglés que fue teólogo, político, humanista y escritor, poeta, traductor, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado: Tomás Moro, autor de uno de los libros más famosos llamado precisamente Utopía, una obra de ficción que habla de una sociedad ideal, perfecta, pero que –como nos ayuda a entender Alberto Flores Galindo- “no tiene lugar ni en el espacio ni en el tiempo”.[33] Ahora, guiados por la explicación de nuestro historiador muerto tempranamente, identifiquemos la utopía andina: “Es, en primer lugar, una suerte de mitificación del pasado. Intento de ubicar la ciudad ideal, el reino imposible de la felicidad no en el futuro, tampoco fuera del marco temporal o espacial, sino en la historia misma, en una experiencia colectiva anterior que se piensa justa y recuperable –la idealización del imperio incaico.” Está constituida por el propósito de “navegar contra la corriente para doblegar tanto a la dependencia como a la fragmentación […] Encontrar en la reedificación del pasado la solución a los problemas de identidad.” “La utopía –sigo a Flores Galindo- niega la modernidad y el progreso”. “La idea de un hombre andino (como la que era presentado por Arguedas, añado yo) inalterable en el tiempo y con una totalidad armónica de rasgos comunes expresa […] la historia imaginada o deseada, pero no la realidad de un mundo demasiado fragmentado.” La historia de la utopía andina es una historia conflictiva, similar al alma de Arguedas”; “logró –continúo con Flores Galindo- condensar una fuerte carga pasional”.[34]


       Y fue la pasión lo que movió positivamente a José María Arguedas, pasión por lo andino, por lo tradicional, por esa memoria –no tan fiel- que se tenía sobre el pasado inca.[35] Hasta los años de 1950 era consciente y se mostraba entusiasmado con la posibilidad de integración, es decir el mestizaje; escribió que el indio que llega a la ciudad “no se encuentra en conflicto con ella; porque la masa indígena que allí acude o vive es autóctona en el fondo y no en lo exótico” y podrá, por ejemplo, ingresar en un restaurante “y sentarse a la mesa, cerca o al lado de un alto funcionario oficial, de un agente viajero o del propio prefecto […] sin temor que alguien blanda un látigo sobre sus cabezas”. Basado en aquella perspectiva que entonces tenía nuestro escritor y lo que ocurrió después, Nelson Manrique expresa que, “sin forzar los términos, se podría afirmar que, en este período de su producción, Arguedas era un intelectual culturalmente colonizado”, pero que el “enfoque de la cuestión de la integración nacional, vía el mestizaje, desapareció virtualmente en la producción de sus últimos años”; y tras preguntarse por las fuentes de ese radical cambio, Manrique ensaya, entre otras, esta respuesta: “las consecuencias que la difusión de la cultura occidental tenía en las áreas fuertemente indígenas que tan bien conocía.”


       Por qué me he detenido en Alberto Flores Galindo y Nelson Manrique. Porque, ya lo insinué, no comprendo por qué hay gente que no llega a entender el libro de Vargas Llosa sobre Arguedas. O, más bien, reitero, porque comprendo que ese rechazo y satanización se deben a que la literatura y el drama del autor de Todas las sangres genera apasionamiento e involucra sentimentalmente hasta convertir a sus lectores, a muchos de ellos, en incondicionales, viscerales, y a veces irreflexivos defensores del maestro, y les duele que lo toquen; como también duele que alguien descalifique la validez de la utopía andina. Aunque, claro, en esto último las miradas son menos objetivas aún, menos imparciales. Se le “da duro” a nuestro Premio Nobel –todo indica que “por reaccionario, derechista y presunto ‘agente’ del Imperialismo”- y no se pone atención o se trata de olvidar esto que acabo de reseñar: que antes de que Vargas Llosa expresara sus cuestionamientos fueron otros los que lo hicieron. Yo aprendí de José Carlos Mariátegui, como lo aprendió Alberto Flores Galindo, a quien conocí durante un seminario a principios de los años 80, y también Nelson Manrique, lúcido historiador y maestro, que es decente y justo reconocer, en los que piensan diferente políticamente, sus calidades artísticas o literarias. Nuestro Martín Adán, “reaccionario, clerical y civilista” -si Mariátegui hubiera sido un enceguecido sectario- se habría hecho merecedor de los más acres reparos del autor de los / Ensayos, y sin embargo fue el Amauta quien lo ensalzó. Antes de Vargas Llosa, quien puso en entredicho la utopía andina fue Alberto Flores Galindo y fue Nelson Manrique quien, entre otras cosas, puso en tela de juicio la objetividad de Arguedas “para acercarse a la realidad”. Y si nos vamos un poco más allá, Aníbal Quijano se comportó como uno de sus más implacables críticos en la Mesa Redonda del 23 de junio de 1965, de la que Arguedas salió prácticamente –y equivocadamente- convencido de que su libro Todas las sangres “es negativo para el país”, por lo cual sumado a otras razones sintió que nada tenía “que hacer ya en este mundo”.[36] Pero, claro, estos importantes estudiosos no firmaron el Informe Uchuraccay, no cambiaron de camiseta ideológica, no aplaudieron la economía de mercado y, por último, no ganaron el Nobel.


       Concluyo. No ha sido mi propósito ser apocalíptico. Lo que he hecho es solamente exponer unas reflexiones que se basan en lo que me parece evidente, innegable, irrefrenable e irremediable: la utopía andina, aquella que –con palabras de Flores Galindo- “niega la modernidad y el progreso”[37] y con la cual de algún modo se identificaba Arguedas, cada día va perdiendo piso. El retorno al pasado y la glorificación de la sociedad inca de la cual se nos dijo que era homogénea y justa sin realmente haberlo sido, es un sueño que está ingresando en la lista de las especies en extinción. Lo que a los mayores nos provoca nostalgia y nos llama a orgullo, a las nuevas generaciones cada vez más lo que les inspira es desdén. Esto, felizmente, no se traduce en pérdida de la identidad nacional. El reconocimiento mundial de Machu Picchu, los significativos avances en el aspecto económico, el rescate y valoración de nuestra gastronomía, los triunfos del cine peruano, el Premio Nobel para nuestro novelista mayor, son, entre otras muchas cosas, factores importantes que contribuyen –o deberían contribuir- a la cohesión y al fortalecimiento de la nacionalidad. Pero eso, a lo que Mario Vargas Llosa nombró como “la utopía arcaica” (el pasado presuntamente glorioso), ya no conmueve como antes conmovía. “Pregúntenles a los muchachos”, habría dicho Juan Ramírez Ruiz, y la respuesta de ellos, áspera pero real, podría ser esta: “¿La utopía arcaica? ¡No! Qué roche”. Es que, como escribió nuestro poeta horazeriano, la verdad está en que “los nuevos valles vienen apurados”.[38] ¿Alguien querrá detenerlos?

 

Lima, 12 de noviembre del 2010.

 

 

 

 

 


[1] El adjetivo “justo” debe entenderse, naturalmente, como “ajustado, con la debida proporción”, y no con la acepción relacionada con “justicia”. 

[2] Mario Vargas Llosa: La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo. Fondo de Cultura Económica. México, 1996. Pág. 9. 

[3] Vargas Llosa, ibíd. pág. 335-336. 

[4] Una entrevista con Rodrigo Montoya, por Abelardo Sánchez León. Disponible en: http://w3.desco,og.pe/publicaciones. 

[5] Cf. http://abc.es/20101103/cultura-libros/vasgas-llosa 

[6] Mario Vargas Llosa, ibid. Pág. 335. 

[7] Rodrigo Montoya. Todas las sangres: ideal para el futuro. Crítica del libro La utopía arcaica, José María Arguedas y las ficciones del Indigenismo de Mario Vargas Llosa. Disponible en: http://www.andes.missouri.edu/andes/Arguedas.html 

[8] Según la Comisión de la Verdad, el 75% de las víctimas mortales de este conflicto armado correspondía a quechuahablantes.

[9] Alberto Flores Galindo. Buscando un inca. Identidad y utopía en los andes. En: Obras Completas III (I). Sur Casa de Estudios del Socialismo. Lima (s/f), pág. 371. (La primera edición de Buscando un inca es de 1988). 

[10] Mayra Castillo. En nombre del quechua. El Comercio, 31 de marzo del 2007. 

[11] Cf. http://elcomercio.pe/peru/665065/noticia-quechua-muere-verguenza-peru 

[12] Mayra Castillo, ibíd.

[13] La expresión “roche” es, en el Perú, sinónimo de “vergüenza” y es así como ha sido considerada en el DRAE. No me explico, sin embargo, por qué la Real Academia consigna, como primera acepción, un concepto que no corresponde a la realidad: “cosa notoria o visible”. 

[14] No es, pues, como equivocadamente afirma César Lévano –citando al folclorista ayacuchano Roberto Teves- que “el quechua se habla en los ómnibus, los mercados, las plazas y las calles de la capital” y que, en tal sentido, “Lima se está convirtiendo en quechuahablante” (Diario La Primera, 18 de enero 2011). 

[15] José María Arguedas. Carta del 3 de noviembre de 1967, dirigida a John Murra. 

[16] Quechua y aimara integran lista de lenguas en peligro de Unesco. En:                         https://andina.pe/agencia/noticia-quechua-y-aimara-integran-lista-lenguas-peligro-unesco-219210.aspx

[17] Tulio Mora, en diálogo a través del Facebook. 

[18] Me refiero a la cafetalera “Altomayo”.

[19] Bacán, chévere, pulenta, son adjetivos propios de la jerga juvenil que significan: Muy bueno, estupendo, excelente.

 [20] En el lenguaje juvenil popular, “ficho” es similar a “bacán” pero en referencia a un nivel socioeconómico elevado, es decir, “pituco”. 

[21] Nelson Manrique. José María Arguedas y la cuestión del mestizaje. En: Amor y fuego. José María Arguedas 25 años después. DESCO, CEPES, SUR, Lima, 1995, editado por Maruja Martínez y Nelson Manrique. 

[22] Montoya, ibid.

[23] José María Arguedas. Katatay. Arteidea Revista Cultural 4, s/f. 

[24] ] “Su apuesta por una cultura nacional, indígena, de base andina, en la que se pueda establecer el encuentro entre lo tradicional y lo moderno está claramente expresado en el poema “Llamado a algunos doctores.” (Miguel Ángel Huamán. “La poesía de José María Arguedas y la utopía andina”. Alma Máter Nº 17, Lima, UNMSM, 1999. Disponible en: http://sisbib.unmsm.edu.pe) 

[25] Me pregunto, ¿Arguedas habría mostrado similar emoción de asombro y regocijo con, por ejemplo, la cada vez más creciente utilización de los tintes artificiales que desplazan a los de origen natural en la textilería andina, o con el empleo de máscaras de “halloween” en las danzas quechuas? Es difícil asegurarlo, pero creo que no. El jet es, en rigor, sinónimo de modernidad, pero a diferencia de las máscaras y los tintes referidos, que también lo son, no entra en conflicto con lo ancestral, con aquello que conmovía a nuestro José María; es signo innegable de progreso, pero no una estocada que pueda herir o matar al folclor o al alma andina. Nuestro escritor lo sabía. 

[26] Como se verá más adelante, ya Alberto Flores Galindo, había calificado a la utopía andina (que es a la que se refiere Vargas Llosa) como la “mitificación del pasado”.

[27] Flores Galindo, ibid. Pág. 369.

[28] Flores Galindo, ibid. pág. 376. 

[29] “El cambio de casaca política que sufre Mario Vargas Llosa entre los años setenta y los tempranos ochenta y que lo lleva a escribir en 1981 un prólogo tan humano en su libro Contra viento y marea, es singularmente peculiar; no obstante, yo no lo creo inesperado como algunos críticos lo han así tildado. Ipso facto, desde un principio, Vargas Llosa ha sido camusiano, o sea, ha sido un ciudadano libre…” (Mariela A. Gutiérrez. University of Waterloo, Ontario, Canadá)

[30] Vargas Llosa presidió una Comisión que, durante el segundo Gobierno de Fernando Belaúnde Terry, se creó para investigar el doloroso caso de un grupo de periodistas asesinados en enero de 1983 en la comunidad ayacuchana de Uchuraccay. El Informe Final, inesperado, dio pie a que la culpabilidad fuera atribuida a los campesinos, dizque porque los miembros de la Comisión “prefirieron evitar las consecuencias político-militares de inculpar a miembros de las fuerzas armadas” (Rocío Silva Santisteban: http://kolumnaokupa). Sin embargo, las conclusiones a que arribó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, no fueron diferentes: veamos: “… los comuneros de Uchuraccay asesinaron a los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil, Willy Retto, Jorge Sedano, Amador García y Octavio Infante, así como al guía Juan Argumedo García y al comunero Severino Huáscar Morales Ccente, considerando que eran miembros del PCP-SL (…) Que en los sucesos del 26 de enero de 1983 no se constata la presencia de infantes de marina ni de miembros de la entonces Guardia Civil (sinchis) como perpetradores directos de los hechos”. (¿Esta Comisión también quiso “evitar” esas “consecuencias”?). 

[31] Miguel Gutiérrez. La generación del 50: un mundo dividido, 1988, pág. 231. 

[32] Dante Castro: La Fiesta del Chivo y el Premio Nobel. 8 de octubre del 2010. En: http://cercadoajeno.blogspot.com

[33] Flores Galindo, ibíd. Pág. 369. 

[34] Flores Galindo, ibid.pág. 376-377. 

[35] “A lo largo de los escritos literarios –escribe Roland Forgues- se asiste a la edificación de un mundo ideal que se organiza alrededor de una estructura que podría calificarse de poético-mística (…) que apunta a manifestar en un primer momento la continuidad y la autenticidad de los valores del mundo quechua y, en un segundo momento, a reconstruir, sobre las bases de la comunidad india precolombina (…) el mito del paraíso o de la Edad de Oro.” 

[36] ¿He vivido en vano? Mesa redonda sobre Todas las sangres, 23 de junio de 1965. Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1965.

[37] Flores Galindo, ibíd. Pág. 373. 

[38] Juan Ramírez Ruiz. Las armas molidas. Los muchachos (173). Arteidea editores. Lima, 1996.