Se trata, como aparece dicho en
un breve prólogo, de «un testimonio de fe nacido en medio de la fragilidad
humana». Y, claro, eso es cierto. Son veintiún poemas (más una suerte de
colofón en prosa), algunos de los cuales están acompañados por su respectiva
versión en francés, y han sido compuestos delicadamente a manera de oraciones
que, en verdad, son expresiones de fe y afirmación rotunda –sin un mínimo
de duda– de la existencia de un Ser Supremo que no solo lo creó todo, sino
que, además, se encuentra siempre presente como compañía, como luz, como
consuelo, como esperanza, como amor y más, muchísimo más.
«Tú eres mi camino de rosas» dice uno de los poemas (el primero
de la colección); «me acuesto con tu dulce voz de esperanza», afirma otro. Y
esto: con la certeza de saber que no es alguien ajeno a la mortal humanidad, en
un poema se comunica el convencimiento de que su respiración está en las
propias venas («Respiras en mis venas para dilatar la soledad»). Sin embargo y
a pesar de todo (¡humanos somos, pues!) se hace presente un leve desconcierto,
una dubitación, y, así, por ejemplo, entre otras interrogantes, se suelta,
medio tímidamente, esta pregunta: «¿Estoy sola o caminas a mi lado?». Pero,
claro, entendido que eso que llamaríamos una muestra de debilidad no es,
precisamente, algo plausible, expresa después, como una suerte de ruego: «ansío
tu mirada de perdón».
¿Y a quién le dice esto y todo lo demás? A aquella invisible pero
muy real existencia que es «Refugio constante y seguro / De mis hondos vacíos
impredecibles...»: al Padre Amado que, naturalmente, ama también a quien
escribe estos poemas, y es –además– «el camino de la vida / Y la fuente del
Amor Eterno».
Efectivamente, esta poesía (repito lo transcrito al principio)
es, realmente, «un testimonio de fe» y cada poema se comporta, cabalmente, como
una oración, como una plegaria. Bien.
Tras leer (lo confieso: con fruición y asombro) estos poemas, me
digo: ¿alguien más, al menos en nuestro medio, habrá escrito cosas como las que
(resuelta y, claro que sí, valientemente) se dicen en los textos reunidos en el
pequeño volumen que aquí, pobremente, he reseñado? Creo que la respuesta es
negativa. Es que, prácticamente, todos los poetas se ocupan de temas eróticos,
de asuntos sociales, de la belleza de los paisajes, de los méritos dudosos de
algunos líderes políticos, de la indignación, etc. Lo religioso suele ser
visto, absurdamente, como si sólo fuera ocupación de «beatas», y que «ya no va
con estos tiempos» y, en algún modo, les da vergüenza («¡qué dirán!»);
pareciera que, para muchos, el «agnosticismo» y el «ateísmo» son muestras de «dignidad»
y hasta de «madurez» e incluso de «autosuficiencia». Lo cierto, sin embargo, es
que, para hacer lo que ha sido hecho en el poemario que tengo en mis manos, hay
que tener valor, no dejarse dominar por el miedo y la cobardía.
La poesía de que aquí me ocupo es, pues, no solo «un testimonio
de fe»; es, también y especialmente, una demostración de coraje, un inesperado
y muy loable atrevimiento en estos días tan difíciles. Es que la poesía no
tiene que ser solamente una combinación impactante de palabras «bonitas» y
tampoco solo rabia o placer de carne, o testimonio de hechos coyunturales:
también es hondura, sueños, esperanza, fe y esto: riesgo. Miriam
Araníbar Reyes, que es mujer de fe, se ha arriesgado y esta es la
delicada y fina poesía que nos ofrece en este su bello poemario, recientemente
publicado, cuyo título es sumamente significativo y exultante, Luz de
gracia, y que yo agradezco y aplaudo.
Bernardo Rafael Álvarez