martes, 27 de agosto de 2019

“LA DIVINA HOGUERA”, DE BERNARDO RAFAEL ÁLVAREZ / Por: Juan Carlos Lázaro



Bernardo Rafael Álvarez publicó su primer libro apenas cumplidos los veinte años, cuando salía de la adolescencia e ingresaba a su primera juventud. Esto aconteció en 1974 y el libro se tituló Aproximaciones & conversaciones, el cual es -por su retórica, estilo y temas- una nítida muestra de la poética juvenil peruana de esa época. Estoy hablando, pues, de los años setenta, los años de la revolución velasquista, del ascenso tras bastidores de una izquierda no alineada con el comunismo soviético y del influjo anarquista de la revuelta estudiantil francesa de mayo de 1968. Con este trasfondo nacional e internacional de una época que postulaba cambios y reformas radicales en todos los órdenes de la vida, surgía en el Perú una nueva generación poética, iconoclasta hasta la médula, desafecta al legado de sus antecesores y cargada con la iracundia del que está contra todo.

En esta época y dentro de esta atmósfera social y cultural conocí a Bernardo. Desde el primer momento de nuestra amistad se entabló entre nosotros una gran empatía que alguna vez nos llevó a intentar algunas empresas del más desaforado radicalismo poético que felizmente no prosperaron. También nos dimos a la tarea de cultivar las malas maneras, a la vez que nos empeñábamos en inventar una escritura hecha a golpe de extraños símbolos tipográficos. Pero la gran piedra filosofal de estos juegos y experimentalismos fue el conocimiento de la técnica del coloquialismo eliotiano que, asimilada a nuestra lengua, tradición y cultura, y sobre todo a nuestro tiempo, nos permitía poetizar sobre las ruinas, la pobreza y la mugre de un país persistente en el fracaso que no conseguía hallar la ruta de su destino.

Tras esta intensa experiencia vital y poética, Bernardo calló. Sólo 25 años después entregó Dispersión de cuervos, fechado en 1999, al final del siglo XX, en el cual las malas maneras de aquella lejana juventud se habían transformado en lenguaje poético de intensa emoción lírica. La maduración del poeta era notable y el propósito de sus experimentos también. Aquí aparece Kafka, recurrente interlocutor o transfiguración del poeta, a quien interpela para lanzar su insolente desafío: “¿Quién se atreve a amar la carroña que nos envuelve?”, o para revelarnos los claroscuros de una “ciudad cubierta de estiércol”. En adelante, la poesía de Bernardo se desplegará como un circuito expresionista con el fin de introducirnos en los reinos del delirio y del hedor, metáforas de un mundo que sucumbe entre la mentira y la corrupción.

Toro de trapo y algunas otras deudas, del 2003, y Los bajos fondos del cielo, del 2007, son dos nuevas colecciones de poemas que siguen la senda ya trazada, pero donde también se deja escuchar cierto eco de la voz espectral de Vallejo imprecando contra la arbitrariedad y los abusos sociales. Entonces dirá: “Dígame señor alcalde quién / recicla imprudentemente / sus sueños / en la berma central del itinerario // Yo también soy un reciclado / prosaico / coloquial / culterano / barroco / y todo lo contrario”. A estas alturas de su itinerario ya se puede constatar que Bernardo, como ningún otro autor en la tradición poética peruana, ha conseguido hacer del hedor, la mugre, los deshechos y las vísceras temas de altas formas líricas: “Nos comeremos las uñas / Con la ansiedad corrosiva del orín: / La esperanza que no se dobla / Y una letrina que no sabe de indulgencias ni / Ordenanzas municipales”. Y es que a decir de este aeda, “en los ojos y en las tripas descansa el poema”.

La divina hoguera es su poemario más reciente, no está fechado, y aparece en esta selección como una de las secciones más breves pero no menos sorprendente. De los seis poemas que presenta cabe destacar el titulado “Cielo raso”, de corte confesional, que no es sino la autobiografía interior del autor. Acerca del motivo más importante de su vida, dice:

Pero mi obsesión eres tú
Poesía desnuda poesía calata
Mentira desgarrada y culposa
Hecha de esquina y algodón
Estar en algo
¿En algas?
(Un poema no se come pero calma la sed)

Tal es, en breves y rápidas pinceladas, la poesía que recoge este hermoso e importante libro editado por el Fondo Editorial Cultura Peruana. En estos poemas intensos y desgarrados, autor y lectores practicaremos el necesario exorcismo contra la mentira y la corrupción que corroen nuestra época a través de las metáforas de lo sucio, lo pútrido y lo hediondo construidas con maestría por Bernardo Rafael Álvarez.
Miraflores, 23 de agosto del 2019

martes, 20 de agosto de 2019

EL CRIMEN LÍRICO DE BERNARDO RAFAEL ÁLVAREZ


Por: Tulio Mora



Miembro del Movimiento Hora Zero, Bernardo Álvarez publicó hace 25 años, "Aproximaciones & conversaciones", dominado aún por el discurso urbano con una prédica ideológica ahora extraviada. Con "Dispersión de cuervos", su segundo libro, alude, desde el cuadro de Van Gogh donde negras parvadas presagiosas revuelan en un campo de trigo, a una época en que la violencia externa se traduce en una escritura del cuerpo. Cuervos, trigales: el escenario rural en el que Álvarez transcribe con un gran sentido renovado.



El el primer poema del impresionante libro de Bernardo Rafael Álvarez, "Dispersión de cuervos" (Hipocampo Editores, 60pp, con ilustraciones de Carlos Ostolaza), K (Kafka), nos encontramos con Prometeo picoteado por un buitre, no en el hígado sino en los pies. El robador de la luz divina es al mismo tiempo el dios egipcio de la sombra, Jus, o tal vez, Juan Hus, y Kafka en el tránsito de convertir a Gregorio Samsa en escarabajo. En el escenario urbano, del que brotan "apio y aceite", Prometeo descubre que "el viento no se apiadará de mí: caparazón, insecto gigante".  



El mundo se ha convertido en excremento que rueda a voluntad del escarabajo kafkiano, donde "nada acontece". Prometeo, luego Jus, luego escarabajo, luego pirámide, luego Gregorio Samsa, se transforma en Hamlet en su célebre franz: "corpses are set to banquet": "los cadáveres se preparan para el banquete"". La ciudad tiene "un cielo de hojalata", es un "espejo turbio" en el que resuenan el viento y las ranas "y el agua se entrevera en las totoras". Allí resuena también Raymond Roussell: "Yo escucho los llamados de un mundo que se niega". "¿Quién se atreve a amar la carroña que nos envuelve?", se pregunta Hamlet, pero quien responde al final del poema es Prometeo: "¡Franz, Franz, no hace falta: el buitre/ se ha suicidado en mi garganta!".



Desde el primer poema Álvarez nos instala pues en un mundo deconstruido, múltiple, omnivoraz. Su constante referencia al exterior nos hace suponer que el sufridor de los rigores históricos tiene una relación implícita con ella, pero el mundo no se ha invertido simétricamente, como en el Pachakuti andino, sino que se ha promiscuido, es una evacuación (un excremento) de representaciones del mismo nivel; seres humanos, insectos, escenarios se han convertido en uno solo mostrando en esa unidad los fragmentos espantosos de su origen inicial. La historia trágica de Occidente -desde Prometeo a Kafka- se sufre en un pueblo del Perú.



A partir de esta aproximación a un libro esquivo, inasible, podemos intentar capturar parte de lo que ha pretendido Álvarez: la puesta en escena de un cuerpo sometido a las pulsiones sociohistóricas. Esta poética del cuerpo (del bajo cuerpo, de sus "vilezas") tiene como referentes claves a Antonin Artaud y a César Vallejo: la reducción  del mundo al universo de una personal fisiología que colisiona abiertamente con la estética noble dominante: la que instaura el sentido de la belleza corporal y moral (la inteligencia y el corazón); a su vez es el discurso individual (microdiscurso) que se opone al discurso del poder (el macrodiscurso), en el que la historia no pasa  por la memoria individual, sino por la representación histórica de lo colectivo que encarna precisamente el poder: "encontré que la ulceración luética alienta la/ caridad y la náusea en el cáliz ortigoso del poder" (Gaggraina).



Mocos, escupitajos, semen: el yo que se manifiesta a través de una escritura violentada. No hay más poética que la evacuación porque, como la ciudad, la pudrición es todo el arte que podemos expresar. Con un futuro "garabateado y sin eje" ("Desayuno en el parque"), Noé construye un arca de estera y palos en un pueblo joven, donde conviven perros, ratas, cucarachas y pulgas con coliformes fecales. El ocho echado del infinito, nuestra voluntad de trascendencia, son hojas sin razón de ser.



Esta crispación y humor macabro de Álvarez -en ningún momento renuncia a ordenar sus referentes textuales- es una "máquina salvaje", según la definición de Félix Guattari y Gilles Deleuze, que  funda su estética en la hediondez. El poeta: segregador de una palabra (que es simultáneamente vida y pecado) "omnívora alimentándose como caníbal".



Parafraseando a Barthes agregaremos que las referencias de esta poética se hallan al nivel de una biología que sólo puede transmitir balbuceos, fracturas semánticas, neologismos y fragmentaciones de la unidad como respuesta a su entorno. Álvarez lo ha logrado plenamente en "Dispersión de cuervos", dejándonos un descarnado ejemplo de la poética horazeriana y uno de los mejores libros de este año.  


(Diario CAMBIO, Lima 30 de Mayo de 1999)

sábado, 13 de julio de 2019

¿ARGUEDAS INDIGENISTA?*



José María Arguedas dijo alguna vez: "Cuando llegué a la universidad leí los libros en los cuales se intentaba describir a la población indígena, me sentí tan indignado que consideré que era indispensable hacer un esfuerzo por describir al hombre andino, tal y como yo lo había conocido".

Y, efectivamente, eso es lo que hizo, tanto en su obra literaria como en sus trabajos antropológicos: trató, esforzándose, de  describir al hombre andino, tal y como lo había conocido. (¿Recuerdan? Es lo que quiso demostrar -en el terreno literario-, infructuosamente, en la Mesa Redonda del 23 de junio de 1965, con su novela "Todas las sangres").

Aunque dicen que él lo negaba, lo cierto es que, sí, sí fue indigenista.

Quien se ocupa -con especial atención, con amor y apego- de estudiar a los pueblos indígenas no es hispanista, judaísta, u otra cosa, sino esto, así de sencillo: indigenista. Eso es lo que fue nuestro taita José María: un blanco que estudió lo indígena, con una pasión y cariño extraordinarios, y no desde fuera; pues se adentró íntimamente y no solo identificándose, sino involucrándose plenamente y siendo parte casi connatural de esa realidad.

¿Ser indigenista es, acaso, algo reprobable? ¿Ser o llamarse indigenista es ofensivo, tal vez, o motivo de vergüenza? No, definitivamente, no lo es. No tiene nada de peyorativo.

Otra cosa. ¿Acaso en el hecho de ser indigenista -como lo fue Arguedas- hay propósitos "paternalistas" o de sobreprotección respecto de los indígenas? ¿Ser indigenista es ver al indígena como integrante de una "raza inferior"? No ¿Indigenismo es sinónimo de paternalismo? No, no y no.

Echemos, ligeramente, mano a la semántica. Veamos. El sufijo "-ismo" es un elemento que agregado a ciertos sustantivos les da cualquiera de estos significados: doctrina, sistema, escuela, movimiento; actitud, tendencia, cualidad.

Puede que haya habido estudiosos que al ocuparse del indígena lo hubieran hecho con sentimiento paternal o de protección (de hecho, los hubo), pero eso no tiene por qué ser razón para creer que el indigenismo, como movimiento o -sobre todo- como tendencia, tenga que ser, en sí mismo, paternalista o proteccionista. Marcel Bataillon fue un hispanista, y Roland Forgues es un peruanista muy querido: ¿el autor de "Estudios sobre Bartolomé de las Casas", miró a la cultura española con sentimiento paternal o de protección? ¿Roland, autor de "Mariátegui: la utopía realizable", hace lo mismo respecto del Perú? No. Entonces, ¿por qué, cuando los estudios se refieren a la población indígena, sí debemos entender que lo que mueve a quienes lo hacen son sentimientos de "perversa protección" y hasta, digamos, de "racismo"? Es increíble, pero hay quienes creen que es así: hace poco escuché a un antropólogo que hablaba del indigenismo como "invención del racismo". Absurdo. Injusto. ¿Acaso existe un medio indiscreto complejo de inferioridad? No hay razón.[1] 

Respecto del indigenismo literario se dice que este "producía una distancia entre el narrador y el mundo representado" y que presentaba al indio con una "marca de subordinación e inferioridad.[2] Es cierto: existió esa laya de indigenismo o -hablando en rigor- hubo indigenistas que hicieron eso. Su visión incluso llegó a ser -como escribió Vargas Llosa- "a menudo caricatural, a veces risible", porque era una visión "más bien fantaseosa (¡sic!) que fundada en la experiencia"[3]  . Pero no es esa una característica esencial ni absoluta del indigenismo como tendencia.[4]  Podemos hablar, en realidad, de varios indigenismos. Arguedas quiso hacer -e hizo- otra de, porque él conocía esa realidad más cercanamente, porque había vivido, desde su infancia, dentro de ella.

Dicen -repito- que José María Arguedas Altamirano no aceptaba ser indigenista, puesto que no miraba al indio desde fuera, "porque él era indígena". ¿Está probado que el autor de "Los ríos profundos", pertenecía a la "raza originaria"? No. Esa afirmación, movida por estímulos pasionales, es falaz.

Arguedas fue, pues, un indigenista desde dentro, porque conoció la realidad indígena por experiencia vivida y no porque la haya visto desde fuera como otros. Porque la vivió. Pero no podemos afirmar que su literatura sea indígena, porque él no fue indígena, pues, ¿o sí? La realidad indígena la vivió, porque fue empujado a esa realidad: “… me lanzaron en esa morada donde la ternura es más intensa que el odio”, dijo; y fue “Contagiado para siempre de los cantos y los mitos”.[5] Pero no fue indígena. (Ser o no ser indígena, no es un asunto de deseos, de voluntad, ni de decretos; no es, tampoco, un asunto de "nacionalidad": uno no se nacionaliza indígena. Se nace, no se hace).


                                             © Bernardo Rafael Álvarez


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[1] Precisamente, al escuchar al antropólogo afirmar tal cosa, en la Casa Museo Mariategui, quise intervenir con alguna pregunta y comentario, pero a pesar de mi insistencia, la persona a cargo del evento no me dio la oportunidad.
[2] Fernando Rivera: “El indio no es un indio: el indigenismo y la narrativa de Arguedas”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Año 36, N° 12 (2010).
[3] Mario Vargas Llosa: “La utopía arcaica”. Fondo de Cultura Económica, 1996.
[4] En todo caso, si de poner en entredicho al indígenas son se trata, esto sería válido respecto del llamado "Movimiento Indigenista", pero no del indigenismo, repito, como tendencia o actitud 
[5] José María Arguedas. “No soy un aculturado”. Discurso en el acto de entrega del premio “Inca Garcilaso de la Vega” (octubre de 1968).

martes, 9 de julio de 2019

¿"LIBRO", EN QUECHUA SERÍA "MAYTU"?*




Traducir es cosa seria, pues. Aquí unas reflexiones mías, por las que anticipadamente pido disculpas, ya que tal vez resulten osadas e imprudentes (y porque, además, yo no sé nada de quechua):


En el Vocabulario de la Lengua Quechua, de Diego Gonzalez Holguín (1608), aparece lo siguiente (lo transcribo sin variaciones): "Mayttu. Emboltorio, o manojo &c // Mayttuni. Emboluer, liar, o hazer manojo de algo. // Mayttururu maytuyuyu. Emboltorio. Para presentar de fruta o yeruas”.




En Pastaza, "maytu" es la también llamada "patarashca". Y así aparece precisamente en el "Vocabulario Quechua del Pastaza", editado por el Instituto Lingüístico de Verano: "patarashca (una comida de pescado envuelto en hojas)".



En la página PERUEDUCA/ Sistema digital para el Aprendizaje, encuentro la siguiente frase en quechua: "LLamkana maytu: Yupana 1 Pulla yachakushum", traducida al castellano de este modo: "Cuaderno de trabajo Quechua Inkawasi: Matemática 1 Grado". Es decir, "Llamkana maytu" como "cuaderno (o libro) de trabajo".


González Holguín: "Llamccancca, o llanccana. Las obras que se han de hacer". En una palabra: "trabajo".



Como sabemos, antes de la llegada de los españoles, en esta parte del planeta no se conocían los libros y, como tal, era imposible que existiese una palabra en quechua para nombrarlos. Lo que algunos científicos han considerado como sistemas de escritura prehispánicos son los tocapus (figuras geométricas, en tejidos, o pintados en vasijas)  y las quilcas (pictogramas, petroglifos o marcas culturales sobre rocas). Pero, repito, no hubo libros propiamente dichos). 


Y, en efecto, al no haber, en nuestra lengua nativa, una palabra que lo nombrara, al llegar los volúmenes impresos a esta parte del Continente, lo que tuvo que hacerse fue emplear, sin más ni más, el vocablo español. Y así lo registra González Holguín: "Libro escrito de mano. Qquellccascca qquellcaycuscca libro".


Bien. Empleando la lengua de los incas, qué podríamos hacer, en los tiempos actuales,  para referirnos a ese maravilloso objeto de papel que encierra sobre todo conocimientos, sabiduría, y que nuestros remotos antepasados no conocían? ¿Cómo traduciríamos la palabra “libro” al quechua? Difícil tarea.



No sé a quién se le ha ocurrido (en el Ministerio de Educación o sabe Dios dónde) emplear, por primera vez, el término quechua "maytu" para designar, en la lengua de los incas, al libro o cuaderno (que, en buena cuenta, son lo mismo). Pero yo (aunque sé que lo que voy a decir puede ser cuestionable o, de hecho, cuestionado por algunos) debo decir que a mí me parece acertado el que se haya hecho esa traducción que –creo que es obvio- ha tenido en cuenta lo que es una suerte de analogía entre lo que significa “maytu”, especialmente en el Pastaza (el envoltorio de un alimento, o “una comida de pescado envuelto en hojas”) y lo que esencialmente es un libro: "manojo" o "envoltorio" de conocimientos, de “alimento espiritual”.


      ¿Debió ser otra la palabra quechua para designar al libro? Probablemente, pero yo no sé cuál. ¿O es que acaso lo más conveniente hubiera sido que ocurriese lo mismo que pasa, por ejemplo, con la palabra “cuerpo” que, según veo en un diccionario (castellano-quechua), está “traducida” como “kwirpu”? ¿O sea, en el caso de “libro”, cambiar solo una vocal, para que se convierta en “libru”, tal vez? Eso (es mi modesta y atrevida opinión) sería de mal gusto.


     La Academia Mayor de la Lengua Quechua, de la mano con el Gobierno Regional del Cusco, publicó el año 2005, el DICCIONARIO Quechua-Español-Quechua, título traducido de este modo: QHESWA - ESPAÑOL - QHESWA SIMI TAQE. Es evidente -creo yo- que la traducción del vocablo "diccionario" como "simi taqe", en quechua, se ha hecho tomando por analogía lo que significa "taque" en español: "Troj", que es el "Espacio limitado por tabiques para guardar frutos y especialmente cereales"; que es lo mismo que encontramos en el Vocabulario de González Holguín; "Taqque. la trox de paja sin barro. Taquetaque purini, o taque taquella yr muchos a la par a las parejas o al lado vnos de otros, o en hila derechos, o en ala y no detrás"; y, bueno, también en el referido Diccionario de la Academia Mayor: "taqe. s. Depósito tejido de tallos flexibles entrelazados, de forma rectangular o cilíndrica, utilizado para guardar productos agrícolas". En pocas palabras, Diccionario: "simi taque" como almacén o depósito del idioma, de las palabras, que son alimento. (Se ha hecho, supongo, pensando desde dentro, ¿no?).



(Repito: me parece acertada la traducción referida, respecto del vocablo libro (lo hecho por la Academia Mayor de la Lengua Quechua, al nombrar al diccionario como "simi taque", abona a favor de lo dicho. Sin embargo, para evitar confusiones, tal vez hubiera sido mejor que, antes de usar el término "maytu", se hubiesen dado las explicaciones pertinentes, ¿verdad?).




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*Hace unas semanas le prometí escribir sobre este tema a mi amigo, pero ocupaciones y malestares me lo impidieron; hace un rato -al ver que Fredy volvió a tocar el asunto- recordé la promesa, y no me quedó más que coger la Laptop y, apurado, ponerme a escribir.

viernes, 31 de mayo de 2019

UNA PALABRAS POR “HABITANTE MÚLTIPLE” DE TEODORO J. MORALES


Ah, los años setentas. Década inolvidable: de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados. Hacía poco nomás que se hablaba de “hacer el amor y no la guerra”. El movimiento Hippie se rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov; solo con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades. Pero también apareció lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov): Mayo 68, en París. Después, el 69, 3 days of peace & music: ¡Woodstok! Por aquellos días (para ser exacto: en diciembre de 1975) llegó a mis manos un pequeño libro de poesía, traído por mi hermano Jorge desde Tarma; allí, en ese libro leí algo que me impactó, pero que no llegó a sorprenderme (porque de alguna manera, lo que allí apareció dicho en un poema era, digamos, una manera de expresarse propia de la época): “Hay que adorar la paz con la violencia misma”. Es que teníamos, pues, un espíritu medio arrebatado, rebelde, furibundo, medio inconsiderado. Y, como es de suponerse, el autor puso en la dedicatoria con que me obsequió el poemario, lo siguiente: “este libro que es el testimonio de una época que se vive”. Efectivamente, así se vivía esa época. Yo, por supuesto, me sentí agradecido y leí con placer los versos cargados de indignación y esperanza; es decir, de humanidad. El título del poemario: Elegía a la paz violenta, su autor: Teodoro J. Morales. Fue el segundo poemario que publicó (el primero -en 1974- fue Diario conflictivo de clase).


Han pasado los años (¡más de cuarenta!), y ahora Teodoro me alcanza otro bello poemario (que se suma a otros que también me obsequió hace algún tiempo: Extramuros del silencioAlameda de ensueño, La mulisa tarmeña y Elegía a Juan Manuel), pero este aún inédito. Su título: Múltiple habitante. Un título definitivamente sugerente y desconcertante, que estimula más de una lectura. Como sabemos, la caracterización que la Iglesia Católica hace de Dios es esta: “Uno y trino”, es decir Padre, Hijo y Espíritu Santo. Teodoro es, acaso, más osado: nos habla de un hombre que, obvio, es de carne y hueso, pero no solo la representación de tres entidades sino de muchísimas más. Ese hombre es el hombre que sufre, que tiene hambre y que sueña (“… siento / la intensidad / de / tu sufrimiento; /  tu hambre / en su vacío; y / tu sueño…”); el hombre hacedor, universal. Es que, estoy convencido, Teodoro piensa como pensaba Vallejo, autor de ese rotundo poema titulado Los dados eternos: “Y el hombre sí te sufre: ¡el Dios es él!”. “El pobre barro pensativo”.


Me alegra darme cuenta de que Teodoro, a pesar de los años, mantiene viva su indignación ante las injusticias, ante la desigualdad, ante el dolor de sus hermanos: “… uno tiene / tantas cosas… / pero tú, / que lo haces / con tus manos, / no tienes / nada de eso…”. Poeta que no es indiferente, sino todo lo contrario: solidario.


Muchas son las preocupaciones que atormentan a Teodoro, sin duda. Esta época o, mejor dicho, la realidad de esta época (con extraordinarios adelantos tecnológicos e industriales, con “progreso”) nunca deja de darnos preocupaciones y dolor. La injusticia “aunque de seda se vista”, sigue dañando a grandes sectores de la sociedad, pero también al planeta que es nuestro suelo. Así, Teodoro siente que nosotros mismos lastimamos y deterioramos nuestro medio, o somos indiferentes frente a su daño. Con bellas y dramáticas palabras nos dice: “Se mira al árbol de un manzano con feliz / indiferencia. / Árbol del que  -de tarde en tarde-  coges / una esperanza…”. Sí pues, esperanza que –digamos- la vamos talando sin misericordia.


Hay, también, una mirada metafísica del ser y la existencia, algo así como en la poesía del recordado Juan Ojeda. (“Más allá de la grafía, solo una intención que quiere hablar; / más allá de una voz ciega…un recuerdo que te abandona. /En medio a todo-una verdad, que pugna por reventar sola.”).


A pesar de todo, como una suerte de bajo continuo, en la poesía de Teodoro J. Morales se percibe el rumor del optimismo, de las ganas de no desfallecer, de no perder la mirada al futuro. El buen humor está en pie. Un poema, titulado Real vivir, nos habla de la libertad y decreta: “no ponerle amarra a nada”, porque aún hay cosas buenas, no debemos perder la ilusión (y lo dice con travesura y desbordante imaginación): es “como / un centauro lustroso… bañado en ajonjolí de hornear”. A este optimismo, hay que sumar el rotundo alegato por la libertad de expresión que pone de manifiesto nuestro poeta, contra aquel silencio de muchos “… por temor a poner la / guillotina sobre su cabeza…”. Sin embargo, sabe que “Sin hablar… a veces, se dice más de lo que se quiere decir”. Es pertinente, creo yo, citar estos versos bíblicos, contenidos en los Salmos (34:4): “Guarda tu lengua del mal, / tus labios de palabras mentirosas”.


Este poema es un grito: La suerte de todos. Allí, nuestro poeta prácticamente se exaspera frente al abuso del poder, de aquellos que tienen la sartén por el mango; los que se creen con derecho a todo y que nacieron para ser verdugos del hombre. Pero nada es eterno para el que habita este suelo, con llanos, montañas y quebradas. “Esos nada podrán hacer cuando llegue su hora / irán derechito… a ese infierno que ellos crearon”. Parece una maldición, pero no lo es: tan solo es la expresión veraz de una verdad ineluctable.


Es la poesía de Teodoro J. Morales, escrita con carne y latidos, con indignación y esperanza, con dolor y alegría. Y con la palabra, esa que “tiene alas misteriosas / cuando se le pone ilusión y fantasía. / Ella vuela…”. Cierto. Octavio Paz llamó a las palabras “pericos en celo” pero, agregó, “se volatilizan” (Poema: Carta a León Felipe). Para Teodoro no, no se volatilizan: la palabra tiene el poder del hado / le da vida eterna a todo lo que existe”. No se equivoca Teodoro, está en lo cierto.


[Te felicito, Teodoro. Es bello tu libro y, cómo no, también atormentado. Y es bello el espíritu contestatario y rebelde que pones permanentemente de manifiesto en tu escritura, ahora sin necesidad –como sí lo insinuaron aquellos años inolvidables- de recurrir a revueltas, barricadas, ni bombas molotov. ¡Ahora, y siempre, con poesía! Ya no la violencia que puede generar destrucción y muerte (la historia lo ha demostrado dramáticamente), sino el amor a  la humanidad, a la vida, a la esperanza. Con eso: con la palabra, con la poesía.



Gracias por tu amistad y por haber logrado que mi memoria vuelva a caminar por las praderas de aquellos locos años setenteros. No he llegado a conocerte personalmente, pero ese libro con dedicatoria fechada el 5 de diciembre de 1975, me trajo tu alma y su bondad. ¡Viva la poesía, hermano! Con satisfacción celebro tu poesía, y la aplaudo sin reservas. ¡Un abrazo!]



Lima, 16 de enero del 2019.

martes, 23 de abril de 2019

LOS BROCHES MAYORES: LA PALABRA INSURGENTE DE HORA ZERO



Es, como la llamó Ricardo González Vigil, una “monumental muestra” que “merece figurar entre las obras más importantes de la poesía en español editadas en lo que va del siglo XXI”. Apareció, por primera vez, hace diez años, y –en segunda edición, corregida y depurada- acaba de salir a la luz, una vez más gracias al Fondo Editorial Cultura Peruana que dirige Jorge Espinoza Sánchez. Hablo de HORA ZERO, los broches mayores del sonido, que es –estoy convencido- el más valioso aporte y legado intelectual de Tulio Mora, poeta horazeriano que hace apenas un mes y días partió a la eternidad.



Se trata de la –única hasta ahora- antología más completa y, digamos, integral, que se haya publicado respecto de aquel Movimiento que remeció y estremeció el “gallinero literario” peruano y latinoamericano, cuando apenas comenzaba la década de 1970: aquellos locos e inolvidables años que aún olían a marihuana y a esperanza, a indignación y sueños, a fe; pero también a desfallecimientos y omisiones que hacían ineludible -en los poetas-  la toma de situación y de conciencia, como fue dicho por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz en el primer párrafo (estoy seguro de que ya lo adivinaron ustedes, amigos lectores) de Palabras urgentes, el primer Manifiesto del Movimiento Hora Zero que, precisamente, redactaron y suscribieron los dos poetas mencionados, fundadores del Movimiento.



Hora Zero fue eso: la expresión rotunda y contundente de una toma de situación y de conciencia.  Y quiso significar el punto crucial y culminante de lo que entonces se vivía en el Perú, país latinoamericano y subdesarrollado en el que nuestros poetas encontraron ágiles ruinas, valores enclenques, una incertidumbre fabulosa y la mierda extendiéndose vertiginosamente; y, bien,  Hora Zero se impuso una tarea: deslindar las situaciones literario-políticas del país. Y así lo hizo. En el aspecto político (que -en mi modesta pero firme opinión- aunque muy importante, no es lo principal en la poesía) se señaló con énfasis la toma de partido con los postulados del marxismo-leninismo, se expresó la simpatía por la revolución cubana y se concluyó afirmando que se ponía atención a lo que se está haciendo en el país; y que se quería cambios profundos, conscientes de que todo lo que viene es irreversible porque el curso de la historia es incontenible y América Latina y los países del Tercer Mundo se encaminan hacia su total liberación. Visión crítica y esperanza, pues.



Algo sumamente valioso y que no debería pasar inadvertido, y que, creo, fue determinante para la principal y más valiosa propuesta horazeriana en el aspecto poético, fue esto que se dijo en el Manifiesto: nos preocupa lo que le ocurre a un hombre solo y las cosas que le ocurren a todos los hombres juntos. Esto fue, en rigor, el anuncio del Poema Integral, como poética o estética del Movimiento Hora Zero, delineada en el ensayo que Juan Ramírez Ruiz escribió e insertó en Un par de vueltas por la realidad, su primer poemario, publicado en noviembre de 1971. ¿Qué es la poesía, o poema integral? Con estas directas, concretas e indubitables palabras lo definió Juan en ese ensayo: “una totalización, donde se amalgame el todo individual con el todo universal”.



Como muy bien afirma Tulio Mora en la magistral, enjundiosa y bien documentada Introducción a los broches mayores del sonido, la propuesta del poema integral “empieza con la inmolación de una víctima iniciática: la poesía lírica (es decir, la poesía del yo) porque es incapaz de registrar la ‘vastedad y complejidad de la experiencia humana de este tiempo’, con lo que el poema integral posicionalmente se coloca en la orilla del registro colectivo: la poesía dramática (el otro) y/o épica (el nosotros)”. Eso es, efectivamente, el poema integral, tal como –de otro modo- también lo dijo Juan Ramírez Ruiz.



Hora Zero, como movimiento o como agrupación, no duró mucho; apenas hasta 1973 o principios de 1974. Pero en 1977, con la feliz complicidad de Tulio y Jorge, se dio un nuevo impulso, un renacer, la eclosión de una nueva “furia poética”. Juan ya estaba distante, diría que física y espiritualmente: desavenencias tal vez; discrepancias, sin duda. Pero, visto objetivamente, algo bueno estaba ocurriendo: el decirle al mundo que la capacidad de indignación no debe perderse, y que Hora Zero estaba en eso, permanentemente. Y su vigencia no se había desleído. Tulio se convirtió, entonces, en algo así como el nuevo motor (sin que, claro está, disminuyese el siempre vigoroso y entusiasta impulso y acicate que nunca dejó de poner en práctica Jorge Pimentel).



Y, así, reapareció con nuevas respuestas, porque (según, con otras palabras, se llegó a afirmar en Contragolpe al viento, el nuevo manifiesto) Hora Zero –el primigenio- prácticamente no llegó a lograr su cometido inicial, resultaron infructuosos sus esfuerzos: “la poesía peruana –se dice en este manifiesto- sigue tan caduca y reaccionaria como cuando HZ insurgió contra ella”. Pero, también, a diferencia del primer Documento, este segundo apareció suscrito no por dos, sino por quince poetas entre los que se encontraban algunos de Chile y de México. El Movimiento se había internacionalizado.



Tres años después, el 28 de agosto de 1980, Juan Ramírez Ruiz ingresó inesperadamente en una ceremonia horazeriana realizada en  el Salón de Grados de la Casona de San Marcos (presentación del poemario de Mario Luna), y distribuyó un texto con el título de Palabras Urgentes 2, en el que recordaba que en 1971 “un grupo de jóvenes irrumpió de pronto en esta sala sacudidos por una auténtica indignación moral. Protestaban contra este lugar y contra los actos que aquí se desarrollaban, a espaldas de la realidad del país”. Y agregaba que, efectivamente, desde entonces “muy pocas cosas han cambiado en esta realidad”.



Es cierto, Hora Zero tuvo un propósito (como lo quisieron Marx y Rimbaud): cambiar la realidad, cambiar la vida. No lo logró, porque –obvio- ello no es fácil. Pero hizo que, a pesar de todo, en algún modo cambiara la poesía, la actitud frente a ella; hizo lo impensable hasta entonces: la democratizó. Y eso, no los manifiestos ni las pataletas, ha sido –además, claro está, de la estética del poema integral-  su mayor y más importante aporte.



Eso lo supo Tulio Mora, y por eso se identificó plenamente con el Movimiento, y por eso contribuyó con su lucidez y alta dosis intelectual, teórica y pasional a que Hora Zero mantuviese su presencia y vigencia que, creo, será inmarcesible.



HORA ZERO no solo fue poesía. También hubo narración, ensayo, pintura. No fueron solamente los poetas, escritores y artistas, “formalmente” enrolados en sus filas. También muchos que vinieron después y algunos que aparecieron antes, o que simplemente fueron –sin ser precisamente “horazerianos”- “tocados” por la nueva sensibilidad. Y no solo peruanos. Por eso, en la magnífica (y, repito, magistral) antología hecha por Tulio Mora, aparece, por ejemplo, el gordo Manuel Morales que, en buena cuenta, es algo así como el poeta “protohorazeriano”, porque se anticipó en la coloquialidad del lenguaje, en el uso de la jerga y la replana, en la travesura y el desenfado; también Fernando Obregón, que vino después. Y, cómo no, Mario Santiago Papasquiaro, que fue –con Joseantonio Suárez- el primer poeta “cuate” con que se inició la “conexión poética peruano-mexicana”, a través de cartas intercambiadas con Juan Ramírez Ruiz, desde 1973 (de lo cual fui,  creo, testigo de excepción). Y obras narrativas, entre otros, de Maynor Freyre y Miguel Burga. También obras pictóricas de Yulino Dávila, José Diez, Carlos Ostolaza, etc.



Por razones de tiempo, me ha resultado imposible detenerme –en esta nota- en un análisis minucioso del documento principal que contiene este libro: la Introducción que lleva como título la vallejiana frase inmortal Los broches mayores del sonido. Se trata de lo que yo llamo un ensayo integral, a través del cual se desarrolla el estudio más sereno, serio, riguroso y completo de lo que fue (y sigue siendo, en realidad) el Movimiento Hora Zero; un trabajo apasionado (porque ha sido hecho con pasión, con cariño) pero sin la –a veces usual- voluntad complaciente que ponen de manifiesto algunos críticos dizque objetivos, sino con un ostensible e indiscutible propósito crítico, como debe ser, es decir, sin el emético aderezo del “amiguismo”.



HORA ZERO, los broches mayores del sonido (Fondo Editorial Cultura Peruana, segunda edición, 2019), repito, es el más valioso aporte y legado intelectual que nos ha dejado el inolvidable Tulio Mora. Léanlo: conocerán parte importantísima de nuestra historia literaria y artística. Es un testimonio imprescindible.

Lima, 3 de marzo del 2019


domingo, 17 de marzo de 2019

DISPARATORIO NACIONAL (En Colónida, N° 1. 1916)


CÓLÓNIDA

(Año I, Tomo I, Nº 1. 15 de enero de 1916)





DISPARATORIO NACIONAL



Se encuentra enfermo y muy delicado de salud, el señor don Gonzalo Silva Santisteban. (En La Prensa, Enero 4 de 1916-Ed. De la mañana)



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…..se presentó el oficial de policía Silva, del cuartel quinto y, sin que mediara explicación alguna le cogió por el cuello y le derribó, causándose algunas luxaciones al caer. Para evitar esta agresión cuyo fundamento y justificación desconoce por completo, el agredido se retiró a su casa

(La Crónica. Enero 11 de 1916)



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Se llevó al ilustre estadista de la cama de Luis XIV al anfiteatro del Hospital de Versailles, donde los carabineros llamados de carrera, se pusieron a efectuar la autopsia.

(La Prensa, Abril 4 de 1913. Ed de la mañana)



El redactor ha traducido carabín –practicante de medicina- por carabinero)



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Pekín. Abril 11.-El vice-presidente Li-Yuang-Hung, fue víctima de un atentado para asesinarlo, del que escapó felizmente ileso.

(La Prensa, Abril 12 de 1913. Ed de la mañana.)



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Víctima de violenta enfermedad ha fallecido en esta provincia (Callao) el joven Tomás D. Borboy, quien a pesar de su corta edad contaba largos años de servicios en la antigua empresa del ferrocarril inglés.

(La Prensa, Abril 14 de 1913. Ed. De la mañana)



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…..un sujeto se abalanzó sobre el rey, tomó al caballo que Alfonso montaba de la brida y disparó contra el soberano tres tiros de revólver.

(La Prensa, Abril 14 de 1913. Ed. De la mañana)



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Encuéntrase aliviado de las fiebres infecciosas de que padeciera accidentalmente el señor Aurelio de la Guerra.

(La Prensa, Abril 12 de 1913. Ed. De la mañana).

😆



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