sábado, 25 de julio de 2026

MOISÉS PORRAS MATOS, AUTOR DE "DONDE LAS ROSAS SON VERDES"



Hace más de diez años escribí y publiqué una crónica en la que conté cómo y en qué circunstancias ingresé en el mundo de la escritura, de la literatura. Hablé, allí, del primer poema construido por mí, cuando aún era un estudiante «primarioso», y cuyo único lector fue el maestro Rafa, mi padre; eran versos dedicados a un héroe pallasquino (durante la Guerra del Pacífico) Andrés Gavancho. También, y especialmente, en ese texto me referí -entre otras cosas- al papel que, muy significativamente, desempeñó un huancaíno que en 1967 había llegado a mi tierra, para ser director y profesor del colegio en que cursé los cuatro primeros años de secundaria. Entre otras cosas, esto es lo que, al respecto, puse en la mencionada crónica:

«Estoy seguro que en gran medida lo que ayudó a que tuviese cierta soltura al redactar ese discurso fue el aprendizaje logrado, ya desde el Primero de Secundaria, al escribir mi “diario íntimo”, siguiendo –como todos mis compañeros de clase- las indicaciones y enseñanzas de quien fuera el director que inauguró nuestro Colegio, don Moisés Porras, y gracias a la inolvidable lectura de Corazón, el libro de Edmundo D’Amicis. Herenia Guzmán, entre todos los alumnos, era quien mejor hacía su diario y ponía cosas como esta, con un toque medio "verleniano": “La mañana está hermosa dentro de mi alma, pero el firmamento está cubierto de una capa negra”; yo apenas podía, tratando de ser ingenioso, escribir frases burdas como: “este día lo pasé como si no hubiera ni moscas”. Don Moisés, joven aún, llegó a Pallasca con toda su familia: la señora Mercedes Málaga (siempre en los corazones de quienes fuimos sus alumnos), y las niñas Gaby, Bexy, Liliana y Olenka. Gracias a su entusiasmo, cultura y sensibilidad artística, este huancaíno, que fue un gran maestro para nosotros, logró un cambio significativo en mi tierra, haciendo que los púberes de entonces pudiésemos mirar el mundo de otro modo -más noble- y que viésemos lo que a otros tal vez no les interesaba ver: el teatro, la literatura, la música clásica. Lo que hoy es conocido como “plan lector”, don Moisés lo hizo con nosotros: “A leer dos libros al mes”, nos ordenó. La impuntualidad, mal endémico de los peruanos, fue eliminada para nosotros: “Hoy instauramos la Hora Pallasquina”, dispuso. Aprendimos a escuchar e interpretar poemas sinfónicos: Franz Liszt se convirtió en nuestro compositor favorito.  Participamos, creo que apoteósicamente, en las tradicionales “veladas literario musicales”, con la presentación de obras teatrales que nuestro director, también profesor de Lenguaje, había escrito (Amor de madre, entre otras) o adaptado del cine (Cuando los hijos se van, por ejemplo)».

Lo que, por descuido, no dije allí es que este profesor, además de componer obras de teatro (que fueron escenificadas en las «veladas literario musicales», también escribía cuentos. Esto, lo de los a cuentos, lo supe porque dos de ellos fueron, precisamente, leídos por su autor en el aula. El personaje principal de uno de esos relatos era un salteador (sustantivo entonces extraño para mí) que solía cometer sus fechorías en la zona de Vitarte; el otro, que, por lo inesperado de su truculencia e intriga, nos mantuvo ansiosos y expectantes hasta el final de su lectura, terminó generando carcajadas y una inesperada frustración, debido a las palabras con que, humorísticamente, fue sellado el desenlace: «Y, finalmente, me desperté del sueño».

Creo que debí haber referido, incluso, que gracias a él (como también a mi padre), comencé a inquietarme en asuntos del idioma, de las palabras. Recuerdo, por ejemplo, que don Moisés nos hablaba, especialmente durante las horas libres de clase, acerca de las formas de hablar o escribir que entonces eran consideradas «incorrectas»: «el anda no, sino las andas»; «no la víspera, sino las vísperas»; gracias a él supe, también, que «bizcocho» está compuesto por «bis», doblemente, y «cocho», cocido. Y algo parecido y que nunca he dejado de tener presente es la etimología que mi profesor Porras esbozó, y que (a pesar de que pudiera ser discutible) a mí me sigue pareciendo la más razonable, respecto de la palabra «anticucho»: decía que está compuesta por «anti», que es variación de «antes» y.  «cucho» que es «cocer»; es decir, algo que no está precisamente cocinado o muy cocinado.      

¿Quién era este profesor? Ya lo dije en el texto transcrito: don Moisés Porras Matos. Aunque durante muchísimo tiempo dejé de verlo, un gran motivo de alegría significó, para mí, cuatro décadas después de la experiencia aquella de las veladas literarias, volver a saborear su literatura: ocurrió el año 2008, cuando en Pallasca, mi pueblo, al que regresé después de una larguísima ausencia, mi paisano y amigo Elmer Miranda me dio una linda y gratísima sorpresa: La Navidad y otros cuentos, ¡un libro de mi maestro! Publicado en 1998, con prólogo del inolvidable Eduardo de la Cruz Yataco, este libro no incluía ninguno de los cuentos a que he aludido; sin embargo, fue sumamente placentero leerlo porque, entre otras razones, encontré dos textos ambientados en Pallasca: «Cayetano», referido a un antiguo personaje pintoresco de mi pueblo, y «La cena», en que aparece mi abuela y también el maestro Rafa, mi padre, y hasta se hace mención a la llegada de César Vallejo, cuando niño, a la casa familiar.

Ahora, don Moisés nos sorprende con otro volumen de cuentos. Y esto -debo decirlo- a mí me resulta conmovedor, debido, especialmente, a aquello que lo motivó: una voluntad que, sobre todo, es de carácter sentimental (el libro: Cuentos que contaba mi madre y otros relatos). Me refiero al estímulo que, para el autor, ha significado el inmarcesible recuerdo del ser que le dio la vida, la señora Rosalina a quien, según cuenta, casi siempre la trataban como Lucha, y que, a pesar de no haber sabido leer ni escribir, solía narrar en casa las más increíbles e imaginativas historias; una madre inteligente, cariñosa y de personalidad firme a la que él -cuando aún era un adolescente y ella ya tenía cuarenta y ocho años de edad- le hizo conocer las primeras letras y la enseñó a escribir y leer y hasta a jugar casino.

Ese es el origen, pues, del libro que aquí se presenta: producto que es innegable muestra del amor filial que, a pesar de los años, se mantiene inalterable; un conjunto de cuentos cuyo autor espera (como lo dice en una breve nota) que sean leídos por sus hijos, nietos y bisnietos «y que al leerlos nunca olviden este nombre: Rosalina Matos». Es decir, doña Lucha, que, haciendo justicia con sus manos, según se narra en un cuento que tiene mucho de crónica y -claro- de humor, en una ocasión logró, con unos cuantos azotes, que dos primos hermanos, dentro de un juzgado, se reconciliaran definitivamente y para siempre, tras una estúpida pelea motivada por el alcohol.

Y, en efecto, en este libro hay mucho de humor y, también, de sorpresa: es magistral el manejo de la intriga. Un cuento («Los genios»), por ejemplo, nos habla de personajes con un increíble poder de transformación que, de pronto, pueden resultar convertidos, por ejemplo, en flor y en colibrí, dejando estupefactos a los demás. También ternura, en aquel relato («Libélula») que aparece como narrado por Gaby, la hija mayor del autor, cuando aún no cumplía los quince años de edad. Y un cuento, inspirado, por cierto, en situaciones reales, es «El candado», que hace referencia a aquello que, hasta hace unos diez años, ocurría en los puentes del río Sena, en París: parejas de enamorados enganchaban candados con inscripciones en las barandillas, como símbolo de amor eterno; pero, dizque por la tan inmensa cantidad de estos objetos, el peso, ponía en riesgo la seguridad y eso dio lugar a que algún alcalde decidiera dictar una rotunda prohibición.

Uno de los cuentos («El primer maestro de Casablanca»; el más extenso del libro) me ha impresionado especialmente por esto: porque me ha hecho recordar un vocablo muy común en Pallasca, mi tierra, y en gran parte del norte peruano: “cushal”, que es el nombre de una muy nutritiva y estimulante sopa mañanera que disfrutan los trabajadores del campo antes de iniciar sus labores; también por esta tan pallasquina manera de conjugar, por ejemplo, el verbo «venir» en imperativo (valiéndose de una contracción): «vengasté»; y, ¡cómo no!, esta forma verbal que aparece como un aporte en el libro: «enlliptar»: agregarle el «dulce» (la cal en polvo) a la coca mientras es chacchada (masticada). También he encontrado este aporte que me parece significativo: el haber empleado una simpática e inédita voz onomatopéyica como título de uno de los cuentos: «Tinriquitikitín». 

Pero, naturalmente, hay más, mucho más, en este bello libro, que yo he disfrutado plenamente al leerlo (lo confieso: con emoción y nostalgia). Estoy seguro de que los demás lectores que accedan a él también gozarán y, sin duda, quedarán atrapados con las historias tan bien contadas por don Moisés Porras Matos, a quien, sin más ni más, tengo que decirle, como siempre, que, permanente e inalterablemente, vivo agradecido por sus inolvidables enseñanzas y su muy saludable amistad. ¡Albricias, maestro! Siempre contigo.  

Bernardo Rafael Álvarez