viernes, 15 de mayo de 2026

«LISUREAR» EN EL PERÚ (Unas palabras al respecto):

«Una palabra como agua de azahar / nos hace falta en estos días de dudas y temores. / Aunque sea una palabrota, dije...» (B.R.A)

Por lo que acabo de ver, Indecopi se niega a registrar la marca «Hablando huevadas», de los exitosos comediantes Jorge Luna y Ricardo Mendoza, porque, según dicen, dicha frase «contraviene las buenas costumbres». ¡Qué ocurrencia! La decisión 486, Régimen Común de la Propiedad Industrial (norma expedida por la Comunidad Andina, y que es la que rige en estos asuntos), en su artículo 135, p) dice, efectivamente, que «no podrán registrarse como marcas los signos que sean contrarios a la ley, a la moral, al orden público o a las buenas costumbres».

Sin embargo, aquí surge la pregunta: ¿cuáles son esas «buenas costumbres» presuntamente afectadas por la frase «Hablando huevadas»? Y, algo más, ¿a qué le llaman «buenas costumbres»? Y, otra cosa, en cuanto a las costumbres, ¿una entidad pública como Indecopi, o, más específicamente, sus funcionarios, tienen la capacidad, la facultad o la autoridad para determinar lo que es bueno y lo que es malo? 

Y nosotros (gente común y corriente, o –como dicen algunos– gente «de a pie») ¿qué podríamos afirmar al respecto? ¿La expresión «Hablando huevadas» es reprobable y, realmente, contraria a las «buenas costumbres»? Yo creo que, simple y llanamente, se trata de una frase que, si antes pudo haber sido calificada de otro modo, hoy tan solo es una expresión completamente inocua: no le hace daño, absolutamente, a nadie ni a nada. ¿Incita al odio, tal vez, a la discriminación, al crimen? No, ni siquiera se comporta como una leve ofensa. Si algo puede, realmente, ocasionar, como efecto, en quien la escucha o lee, es una sonrisa y nada más. Todo el mundo la usa, siempre, en «buena onda»; nunca con propósito dañino. Escandalizarse, a estas alturas, por una expresión como ella es, pues, ingenuo, pueril y descabellado; como decían las abuelas de antaño, «hay que ser bien esto» o, con el lenguaje coloquial de ahora, «un caído del palto».

*** 

Bueno, mientras esperamos a ver que los encargados de resolver el asunto referido a la demanda, que ha sido interpuesta por Jorge Luna y Ricardo Mendoza, adopten finalmente, sin pudorosas y desubicadas actitudes, la decisión que realmente corresponde, veamos ahora algo más respecto de expresiones a las que, sobre todo en nuestro país, se conocen como «lisuras» o «palabrotas». 

Una de las más comunes y, según parece, más antiguas, es «carajo» que –¡vaya coincidencia!– es, aquí en Lima, la marca de un local de diversión, ubicado, si no me equivoco, en Miraflores, y que –como es lo correcto– sí se encuentra legalmente registrada en el organismo que, según dicen, «defiende los derechos de los consumidores»; esta marca corresponde, nada menos, a la «Peña Del Carajo» (¿qué les parece?). 

Cierto, se trata de una palabra muy antigua: diez siglos, por lo menos. Pero, al principio, no fue, precisamente, lisura, como creía don Marco Aurelio Denegri, quien también hablaba de la antigüedad de esta otra igualmente muy usada lisura: «cojudo». «Cojudo», sin ninguna connotación procaz, designaba al toro sin castrar; y «carajo», nombre dado al pene, también se refería a una estaca y a una canastilla elevada en las embarcaciones. Mucho tiempo después comenzaron a ser consideradas como vocablos «malsonantes». 

En la actualidad, al menos en nuestro medio, muchas de estas palabras, debido a su uso muy generalizado que casi siempre se da, como ya lo dije, «en buena onda» (o sea, sin deseo de agraviar), están dejando de ser, digamos, auditivamente desagradables. Es que, en gran medida, el carácter deplorable de ciertas palabras no se debe precisamente a los significados llamémosles «inherentes» a ellas (perdón por la licencia), sino a la intención con que son dichas, incluso por el «tonito» o el gesto que las acompaña; es lo que ocurre con «Huevadas», por ejemplo. Pero, claro, también se debe a la asociación que se establece con estos dos conceptos bien marcados: lo escatológico y lo genital; lo primero, por la connotación de «asquerosidad», y lo segundo por el pudor, la vergüenza, lo «pecaminoso». 

Efectivamente, lo «prohibitivo» de las lisuras, es decir, la razón por la que tradicionalmente han sido «mal vistas», ha estado, en primer lugar, en el hecho de que gran parte de ellas están referidas a las llamadas «partes pudendas», las que usualmente generan vergüenza y por ello son escondidas y hasta se evita nombrarlas: los genitales; y, segundo, en la alusión a lo que da asco: el excremento. Por ello, por vergüenza y asco, ciertas palabras dejaron de ser «bien recibidas» y comenzaron a ser calificadas como «malsonantes». Pero, vuelvo a decirlo, no únicamente por lo que significan, sino por el componente, digamos intencional, que lleva o creemos que lleva el vocablo adjudicado, como la burla o el ánimo denigratorio u ofensivo; así, por ejemplo, no resulta lo mismo decir «prostituta» y «puta», pues, a diferencia del primero, este sustantivo tiene una carga más infamante a pesar de lo benigno de su presunta etimología (no está acreditado plenamente, pero se cree que podría provenir del latino puttus, «niño» o «niña»; mientras que «prostituta», de prostitūtus, «que se pone a la venta»). 

Pero, claro, no siempre es así o, mejor dicho, no lo es en todos los casos. Veamos esto: ¿por qué, en referencia al excremento, sí resulta «tolerable» el sustantivo «caca» y, en cambio, «caga» genera repulsión? No hay, como es fácil advertirlo, ningún elemento, tácito ni menos expreso, que insinúe ofensa, afán denigratorio y ni siquiera irónico: ambas palabras se refieren a lo mismo, a los desechos orgánicos, pero solo una de ellas es considerada horrible. ¿A qué se debe, entonces, lo «malsonante», lo grosero del segundo vocablo citado? ¿Por qué, en este caso, el cambio de consonante (la «c» por la «g») produce un efecto «catastrófico» y convierte en «vulgar» a la expresión? Misterio inexplicable de la lengua, ¿verdad? Y no solo ocurre, como en esto, por la alteración de la palabra; sin modificarla, también. Todos sabemos cómo se llama aquella suerte de galleta blanca, sin sabor y sin levadura que en la misa es dada en la boca a los fieles que, contritos, acuden a recibirla, y sabemos de lo altamente valioso de su significado espiritual; sin embargo, la misma palabra que le da nombre, en España es una interjección malsonante, una grosería: «hostia». ¿Cómo explicamos esto? 

Es capricho de la legítima arbitrariedad y no otra cosa. Las palabras no nacen con un significado incorporado y perpetuamente inamovible; el uso le da uno o más significados que –como se acaba de ver– hasta pueden ser opuestos (¿recuerdan la enantosemia, los autoantónimos? Ya antes habíamos visto: «caserito» es tanto el que vendedor en mercado como el cliente que le compra). Esto último es lo que, en algún modo, ocurre con «hostia»: un significado excelso y el otro, simplemente, vulgar; pasa, también, por ejemplo, con «monstruo», palabra con que se designa a un ser despreciable e igualmente a una persona admirable, de elevadas cualidades. 

Bien. Seguimos con el tema. ¿Cuándo, cómo, por qué y para que emergieron las lisuras en la lengua española? Digo en nuestra lengua, porque prácticamente desconozco expresiones de ese tipo en otros idiomas, excepto estas en inglés, que son de ofensa y agresión: «son of a bitch», «fuck you»; y esta en francés que creo es una interjección de sorpresa celebratoria (la leí en un bello texto del gran Roland Forgues): «Merdre alors!»...


*** 

CONTINUARÁ, amigos... 

© Bernardo Rafael Álvarez

 

 


miércoles, 15 de abril de 2026

¡SOÑÁBAMOS, JUANQUITA, SOÑÁBAMOS!

 


En el prólogo que escribí para un bello libro de Teodoro J. Morales (Múltiple habitante, 2021) puse, como primeras palabras, las siguientes: «Ah, los años setentas. Década inolvidable: de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados. Hacía poco nomás que se hablaba de “hacer el amor y no la guerra”. El movimiento Hippie se rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov; solo con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades. Pero también apareció lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov): Mayo 68, en París. Después, en 1969, 3 days of peace & music: ¡Woodstok!».

Efectivamente, fue una década de sueños (unos apacibles y otros sobresaltados); y yo, les cuento, también soñé, y lo hice a la manera que entonces era usual: en grupo. Pero, no, en este caso, el grupo al que me refiero no fue significativamente numeroso sino de, apenas, ¡tres miembros! ¿No me lo creen? Continúo.

Durante algún tiempo (unas pocas semanas, en realidad) en aquellos años setenteros, tres amigos poetas nos habíamos dedicado a eso, a soñar; y ese sueño, en verdad, creo que fue extremadamente ambicioso y desmesurado. Les sigo contando. Queríamos (ese era nuestro propósito, lo que soñábamos) dar rienda suelta a una especie de poética que en algún modo estuviera identificada o familiarizada con el surrealismo; esto porque, en cierta forma, asumíamos que de lo que se trataba era de crear (concretamente, escribir) sin seguir las prescripciones de alguna receta o directiva, ni mucho menos sometidos a tal o cual ideología y, claro, sin tener que darle cuenta a nadie. Y, decididos a ello, nos dispusimos a coordinar -como primera tarea- la publicación de una revista que, por cierto, sería llamada igual que el proyecto poético que estábamos comenzando a “cranear” (verbo tan usual entonces; o sea, “idear”). Y, por cierto, ilusionados y con mucho entusiasmo, caminábamos, de arriba abajo, conversando, reflexionando y, claro, siempre soñando y, naturalmente, haciendo borradores. A veces, seriecitos y, sin duda, cansados, nos sentábamos a intercambiar ideas alrededor de unos refrescos, en un café o restaurante, cuyo nombre no recuerdo, que estaba ubicado en el jirón Áncash, frente a la plazoleta San Francisco (no estoy seguro, pero probablemente era el mismo al que mi amigo Luis Alberto Castillo, tiempo después, en un poema nombró como «Melibea»); en obvia alusión a uno de los libros del chileno Vicente Huidobro, se me ocurrió que a ese lugar de nuestras reuniones podríamos llamarlo «Horizonte cuadrado» . Y, bueno, a nuestro proyecto le pusimos un nombre que, alusivo a la voluntad decididamente libertaria que nos animaba, fue, sin más ni más, este: «Pleno margen»; es decir, lejos de todo aquello que pudiera, en el terreno poético, sojuzgarnos.

¿Quién fue el autor de la iniciativa en mención y el que propuso, también, el ambicioso nombre? Mejor dicho, ¿quién provocó aquel sueño casi de adolescentes? Pues, el primer poeta «setentero» del que tuve conocimiento cuando yo aún cursaba el quinto de secundaria en el colegio San Juan de Trujillo; un poeta al que, antes de que esto ocurriese personalmente, ya comencé a conocer a través de su poesía -de un poema suyo, específicamente-: Juan Carlos Lázaro, el querido e inolvidable Juanquita. Y el otro poeta, también involucrado en nuestros sueños y caminatas, fue, por supuesto, Guillermo Falconí.

Continúo. Yo arribé a Trujillo cuando recién comenzaba el año 1971, después de haber terminado el cuarto de secundaria en el Colegio Municipal Mixto San Juan Bautista de Pallasca, mi tierra; llegué con mis padres y hermanos. En la capital de La Libertad, cursé el quinto de media en uno de los más importantes y emblemáticos centros educativos de la ciudad: el colegio San Juan, por supuesto (ubicado, entonces, en el jirón Independencia). Aquello (el ser alumno de este prestigioso colegio) fue, una experiencia realmente inolvidable, de mucho valor para mí. La ciudad, proverbialmente conocida como culta, era, además, limpia y sana. Allí, especialmente gané amistades muy queridas. Ubicado -ya lo dije- en el jirón Independencia, el San Juan tenía como director (director técnico o subdirector, creo que era el nombre específico de su cargo) a don Adolfo Alva Lezcano que, además, era poeta y escribía unos bellos sonetos. Mi profesor de literatura (poeta, también) fue Eduardo Estrada Cruz que, según llegué a enterarme muchísimo tiempo después, antes había sido parte de aquel significativo grupo de escritores norteños llamado «Trilce». Mis compañeros de estudios eran cariñosos y muy solidarios; voy a mencionar solo a algunos (perdónenme los demás, por favor): Jorge López, Miguel Tavera, Manuel Mas Azahuanche, Fernando Lama, Gróver Ávalos, Douglas Ulco, Jorge Gutiérrez, Jorge Marín, Carlos Castillo (el “Ñoñito”), Luis Altuna, Alejandro Velásquez, Washington Castillo, el «Torito» Medina…

Por feliz iniciativa de nuestro profesor, en mi aula (el «Quinto A») organizamos un club de periodismo al que le pusimos este nombre Pensamiento Canario; y acometimos una bella, valiosa y aleccionadora tarea: reeditar la revista que, varias décadas atrás, había sido fundada por el gran Ciro Alegría, que, como sabemos, estudió en esta institución y, ¿recuerdan?, fue alumno de nuestro César Vallejo. La revista se llamaba Tribuna Sanjuanista. Y, en efecto, la publicamos, si mal no recuerdo, en junio, el mes conmemorativo de la institución. Allí aparecieron un poema y un artículo míos y, claro, también poemas y otros textos de algunos profesores y de otros alumnos. Salió en formato tabloide y fue impresa en los talleres gráficos del diario La Industria, gracias a los buenos oficios de un compañero nuestro que hacía periodismo allí, con una columna dedicada a temas especialmente escolares: Miguelito Tavera, al que, tal vez por ser gordito, juguetonamente le habían endilgado la chapa de «Pionono» (travesuras de adolescentes, pues).  

A fines de julio (repito, de 1971), se me ocurrió comprar un diario y el elegido fue La Crónica. Al hojearlo, en una columna llamada «Charla para la noche», me sorprendió encontrar el comentario que el columnista hacía acerca de un poema, que él publicó allí, de un poeta bastante joven, de dieciocho años de edad. El autor de la nota, llamado Augusto Chávez Costa, le puso este título a su texto: «Juan Carlos Lázaro: poesía precoz».  El poema hablaba de la guerra (concretamente, la de Vietnam) y estos versos, rotundos, me impactaron sobremanera: «Tiempo deforme y duro»; «Yo no fui a esa guerra: / temía que explosionara mi rojo / corazón de trapo o que me quedara / ciego como el padre Shek»; «Aquí / murieron el agua y los cereales. / No había cigarrillos y solo las alas / de la libélula / nos arrojaban comida». Sencillísimos, pero muy expresivos, conmovedores y contundentes. Había sido leído, antes, por su autor en el Museo de Arte Italiano, durante el festival de todas las artes denominado “Contacta”.

A pesar de ser, en verdad, loable el hecho de que publicara, en el diario, el poema de un joven creador (cosa poco común en nuestro medio) –lo cual a mí, realmente, me hizo sentir bien–, a pesar de eso, repito, lo que escribió el columnista no me generó una impresión igualmente grata; me pareció, más bien, razonablemente discutible. Veamos: «La poesía de Juan Carlos Lázaro es emocionante y transida. Pero es tan ampliamente universal que puede resultarnos extraña». Quería dar a entender que, en lugar de ocuparse de «la congoja y los tormentos del hombre de Vietnam», el poeta debiera «hablar del dolor del hombre peruano, que es nuestro». En otras palabras, proponía que un poeta, nacido en el Perú, solo se ocupara de asuntos peruanos, debido a que «el lenguaje y la poesía cuando hablan de nosotros, saben a creación». ¡Absurdo! Sin duda, nunca leyó España, aparta de mí este cáliz, o, si lo leyó, su lectura no fue la más acertada (este poemario de Vallejo no habla, precisamente, «del dolor del hombre peruano»). No obstante lo dicho, el poema de Juan Carlos, no sufrió, absolutamente, ningún rasguño ya que, además (es justo reconocerlo), Chávez nunca puso en entredicho su calidad: era, sin ninguna duda, consciente de su valor.

Con aquel imborrable recuerdo a cuestas, en febrero del año siguiente me vine a Lima. El periódico se quedó en Trujillo y, claro, también mis padres y mis hermanos. Unos días después, ya en la capital, estando transitoriamente alojado en el departamento que mis tíos Félix y Dorita alquilaban en San Isidro, alguien llamó a la puerta y yo corrí a ver quién era; miré a través del «ojo mágico» y vi el rostro (que ya conocía) de una de las tres personas importantes de las que, un par de años antes, me había hablado el que fue mi profesor en primero y segundo de secundaria, en Pallasca –don Moisés Porras Matos–. Había llegado al domicilio trayendo consigo un libro con dedicatoria manuscrita para dárselo a quienes eran sus grandes amigos (mis tíos, que en ese momento no se encontraban en casa); lo recibí yo, emocionado, y conversamos muy brevemente. ¡Era Arturo Corcuera!, con un ejemplar de la reciente edición de «Noé delirante», ilustrada por la gran Tilsa Tsuchiya. 

Lima, la gran ciudad, pues. Universidad, parientes, amigos, nuevas lecturas, caminatas, nostalgia. Transcurridas algunas semanas, llegaron mis padres y hermanos. Vida apacible en Breña, en la cuadra diez del jirón Huancabamba: casita de la tía Josefina; deliciosos caldos de choros; la farmacia "Montecristo"; "Pitacho", Lucho, Sergio... (los niños del barrio, amiguitos de mi hermano Ricardo). Y más, mucho más. Pasaron los meses: ya iba a terminar el año y aún no conocí a otros poetas; solo veía, de vez en cuando, a Ricardo Oré, que era mi primo, hasta que un día, ¡sorpresa!, mientras conversábamos en su casa, apareció una muy grata visita; alguien de quien hacia muy poco empecé a saber: Juan Ramírez Ruiz, el fundador –con Jorge Pimentel– del Movimiento Hora Zero.

Seguidamente, 1973, el año durante el cual ganaría nuevos amigos y, además, conocería a Beatriz ("mi pelo de choclo"), la primera chiquilla que me inspiró unos poemas. Pero, antes de todo, ocurrió otro feliz impacto. Claro, como me gustaba caminar casi incansablemente por las calles del centro de Lima (creo que aún no se decía “latear” o, al menos, yo no empleaba ese verbo), un buen día, por el parque Universitario, en una esquina que ya no existe, desde un quiosco de periódicos en que también se vendía libros llegó a mi mirada algo que, desde su nombre impreso en letras grandes y de un color rojo granate, todas en minúsculas, me dejó turulato; y muchísimo más, al leer el título de un poema que allí se mostraba. Era una revista y su nombre estaba escrito así: la tortuga ecuestre; y el poema (en prosa) tenía este título, también en minúsculas y sin ninguna particularidad que lo resaltase gráficamente: “franz: historia de un gusano”. Fue, realmente, algo tremendo para mí. El propietario y bondadoso señor que atendía en el quiosco (después llegué a saberlo) se llamaba Néstor y era padre del más joven poeta horazeriano de entonces, Eloy Jáuregui. En la revista que vi y que, claro, en ese momento compré, aparecía como director Isaac Rupay, también poeta (era el primer número de la publicación). El autor del poema, -¡quién más, pues!- era el mismo al que ya había leído en Trujillo: ¡Juan Carlos Lázaro! Y, naturalmente, yo me sentí muy feliz.

Poco tiempo después, fui haciéndome amigo de los poetas de Hora Zero, gracias a Juan Ramírez Ruiz, que se había hecho mi pataza, un hermano, en realidad: José Cerna, Yulino Dávila, Rubén Urbizagástegui, Alberto Colán, Jorge Nájar, Ángel Garrido, Eloy Jáuregui…. Jóvenes ilusionados con la posibilidad de publicar una nueva edición de la revista del grupo que, sin embargo, por culpa de un incidente adverso, no pudo hacerse realidad. Aunque, digamos «orgánicamente», yo no formé parte del Movimiento Hora Zero, debo confesar –como lo dije en ocasión anterior– que me sentí integrado a él; esto por la extraordinaria e íntima amistad (prácticamente una hermandad) que mantenía con Juanito Ramírez Ruiz, a quien visitaba con bastante frecuencia en su departamento del jirón Áncash 444, y, por supuesto, gracias al cariño que también sentía por los demás horazerianos.  

Enseguida conocí a Gustavo Armijos y, un poco después, a mi inolvidable Juanquita, es decir, Juan Carlos Lázaro. (Y sin prisas, pero sin pausas, continué haciendo más amigos). Durante nuestras caminatas soñadoras, Juanca me hablaba de un proyecto de publicación que estaba decidido a convertirlo en realidad pronto: un poemario, breve, que se llamaría, simple y directamente, así: «Diecinueve y un poemas». Lamentablemente, nunca llegó a concretarse (no, al menos, con ese título), como tampoco el maravilloso y medio ingenuo sueño llamado «Pleno margen». ¡Cosas de la vida, pues! 

Pero me quedé (¡nos quedamos!), como testimonio de una época, con esta valiosísima joya, que es uno de los mejores poemas escritos durante aquellos tempestuosos años setenteros (aunque -lo digo con dolor y con un irreversible sentimiento de frustración- me hubiera sentido muy feliz -como el justo corolario de la permanente búsqueda que, desde hace tiempo, emprendí- si, por fin, hubiese podido encontrar «Homenaje a Wilhelm Reich», que es otra de las primeras grandes creaciones de nuestro poeta, mi Juanquita inolvidable):

                                                                 

Franz: historia

de un gusano/

 

Encontré a Franz Kafka en la Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas, la corbata mojada, los pelos oliendo a cañazo. Le moví por el hombro para despertarle, y no despertó. Su cuerpo crecía. Franz era un gusano, unan oruga fea y maloliente que asustaba a señores y notarios públicos. Creció aún más y llenó toda la plaza. Sudaba harto con el estío y creció, creció creció amenazando destruir con su dimensión las formas de la ciudad. He aquí que hubo reunión de ministros. Le apelaron a Franz; no le dieron comida y menos aún paraguas para el próximo invierno. Así pasó cien días inmisericorde. Fue pariente de plantas y de hormigas, de caca y de carroña. Cuando abrió los ojos preguntó a un policía por un ómnibus cualquiera. Y se fue. Franz, insecto grandazo, feo, no sabía aún vivir entre cabras. 

 

 

Y este, que fue el primero que leí de Juanquita:

 

Da Nang, Vietnam del Sur.

Tiempo deforme y duro. Y Xom Cham 

combatía en esa guerra 

huyendo de los tanques enemigos. 

Yo no fui a esa guerra: 

temía que explosionara mi rojo 

corazón de trapo 

o que me quedara 

ciego como el padre Shek.

Da Nang (aldea rota). Aquí 

murieron el agua y los cereales. 

No habían cigarrillos y solo las alas 

de la libélula nos arrojaban comida



 

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Bernardo Rafael Álvarez

 

 

 


jueves, 9 de abril de 2026

LA RAE, SU DIVISA Y EL GRAN ARTURO PÉREZ-REVERTE

Recién me he enterado. El académico español Arturo Pérez-Reverte publicó, el 13 de enero de este año, un artículo referido al tricentenario lema de la RAE y a la labor que desarrolla la muy ilustre corporación matritense. El título, muy explícito, de dicho artículo es este: «Por qué ni limpia, ni fija, ni da esplendor»[1]. Acerca de ese texto me he atrevido a escribir lo siguiente:

 

«La célebre divisa de la Real Academia Española –Limpiafija y da esplendor– surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla». Esto, ¿saben quién lo dijo? Arturo Pérez-Reverte, el escritor español que, entre otras obras literarias, es autor de El capitán Alatriste y, además, es un importante miembro de la ilustre corporación matritense, ya mencionada.

Es cierto, ese propósito, al que el escritor califica, creo que exageradamente, como nobilísimo, fue lo que los fundadores de la Academia quisieron que se estableciese como tarea y responsabilidad de la institución cuyo nacimiento se materializó hace trescientos doce años (en julio de 1713), por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco[2]. Y, en efecto, la frase aquella, convertida en el lema que hasta ahora sigue vigente fue plasmada, con otras palabras, en el Capítulo Primero de los primeros Estatutos institucionales, aprobados en 1715[3]. Por consiguiente, la Academia se convirtió en una suerte de agente encargado de (como se lee en el texto del mencionado documento) “cultivar y fijar la pureza y elegancia” de la lengua española, “desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar”. 

¡Ajá! "Nobilísimo propósito", pues. Y algo más dice el escritor: que ese propósito (o promesa, como él lo llama) "ya no se cumple" y que, lamentablemente, se ha generalizado la impresión de que la RAE "ya no limpia, ni fija, ni da esplendor". Y yo me atrevo a preguntar: ¿tendríamos que asumir que antes sí se cumplió aquel propósito y que, en consecuencia, la institución se había dedicado a "limpiar, fijar y dar esplendor" a la lengua española? ¿Y, si, en verdad, eso fue lo que hizo, cuándo y por qué habría dejado de hacerlo, para –repito palabras del autor comentado– «replegarse ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas»?

Bueno, en relación con aquello de que el primer propósito, Limpiar, “ya no se cumple”, creo que la respuesta podemos encontrarla echando mano a las propias palabras del hoy medio apesadumbrado o decepcionado escritor, que –puntual y acertadamente– lo primero que hace es señalar la definición del primer verbo que forma parte de la divisa institucional: depurar; es decir, en este caso, “depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios”. Bien. ¿Esto que nos haría pensar? Pues que la Academia, en alguna etapa de su prolongada existencia, se dedicó a eliminar o, al menos, a prohibir aquellos usos: los “incorrectos, confusos o innecesarios”; o sea, que –en buena cuenta–cumplió labores de aseo idiomático, casi como si se tratara de una agencia o empresa de “baja policía”, ¿verdad? Sin embargo, la realidad demuestra que no fue así. Y, contra todo pronóstico, es el mismo Pérez-Reverte quien aporta la aclaración pertinente (las cursivas son mías, por si acaso): de lo que se trataba –afirma– era de "establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva” y no de “imponer un castellano o español rígido”. ¡Exacto, Arturo! De eso se trata: reglas o preceptos facilitadores de la comprensión y la calidad expresiva y no mandatos coercitivos que pudieran forzar la voluntad de los hablantes y prohibir o hacer desaparecer ciertos usos. Es que (y corresponde decirlo enfáticamente) la Academia nunca ha desempeñado (y no tenía por qué hacerlo jamás) un papel, digamos, “potabilizador” respecto de la lengua española y, más aún, jamás fue investida como suprema autoridad con facultad para dar permisos ni menos imponer prohibiciones a los hablantes respecto de ningún uso expresivo. En dos palabras: nadie le adjudicó la propiedad de la lengua, porque sus propietarios somos todos los que la empleamos, los hablantes, y no tenemos –porque sería injusto e indignante– que pedirle permiso a la Academia para, por ejemplo, crear nuevos vocablos y modificar o endilgarles nuevos significados a los ya existentes.

Labor legítima y real de la RAE es, entre otras, registrar el uso; y esto corresponde, estrictamente, a la función lexicográfica que, cuando fue fundada, se propuso desarrollar, como lo dijo en sus Estatutos: la formación de un Diccionario de la lengua, el más copioso que pudiere hacerse: en el cual se anotarán aquellas voces y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están anticuadas, como también las que fueren bajas o bárbaras. Y, claro, es cierto: “registrar no es limpiar”, y no tiene que serlo. Y el hecho de que en ese registro la institución ahora incluya construcciones que –según sugiere el quejoso académico y escritor– hace años habría considerado erróneas, no es, en absoluto, nada reprobable ni menos dañino para el idioma. Si fuera así, como aparentemente piensa el escritor, las palabras “malsonantes”, las groserías, tendrían que ser proscritas y no solo excluidas del diccionario, sino eliminadas de la lengua; y esto sería, simplemente, horrendo, monstruoso e indignante. Pero no es todo. Con la transcripción que he hecho de parte de los primeros Estatutos de la RAE, podemos afirmar que no es que la institución recién esté incluyendo construcciones "que hace años habría considerado erróneas", pues desde el principio ya sabía lo que tenía que hacer al respecto (y es lo que dijo): incluir en el Diccionario no solo las voces y frases del uso cortesano (es decir, las expresiones “cultas”), sino también las bajas o bárbaras (o sea, las erróneas, que parecen erizarle la piel a Pérez-Reverte)Como en alguna oportunidad anterior dije, en sentido estricto, es el uso el que "limpia, fija y da esplendor" a la lengua, y no la Academia; y, más aún, la lengua no es un sagrario destinado a albergar (como hostias) solo palabras santificadas, impolutas o plenas de delicado dulzor.

¿Y cómo es que se da la tan mentada limpieza de la lengua? No, no se trata de aplicar cremas, enjuagues o sustancias sanitizantes. Se da tal como, hace muchísimo tiempo (más de veinte siglos), poéticamente lo había explicado Horacio, el gran aeda latino, en su Epístola a los pisones, que aquí transcribo tal como aparece traducida en el Preámbulo de la edición 22 del Diccionario Académico: “Al igual que los bosques mudan sus hojas cada año, pues caen las viejas, acaba la vida de las palabras ya gastadas, y con vigor juvenil florecen y cobran fuerza las recién nacidas (…) Renacerán vocablos muertos y morirán los que ahora están en boga, si así lo quiere el uso, árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua". Ergo, la limpieza de que tanto se habla, se da espontáneamente, por su propio peso, y cuando tiene que darse (y esto no depende de caprichos, lúcidos o no, y menos de los escrúpulos de los académicos, por más encumbrados y premiados que pudieran ser). El rotundo «¡carajo!», por ejemplo, no desaparecerá por designio de pudorosos y ruborizados académicos; terminará desterrado solo cuando los mismos hablantes decidan descartarlo, si acaso lo consideran innecesario.

¿Y, en cuanto a fijar y dar esplendor, que podríamos decir? Lo siguiente. En primer lugar, creo que el significado de fijar ha generado, un entendimiento equivocado, una interpretación semántica distante de la realidad. No propone -entiéndase bien- que la lengua deba ser congelada, que se la inmovilice y quede, prácticamente, anquilosada. Todo el mundo lo sabe y los académicos más, que no existen (porque es imposible) “lenguas fijas” y mucho menos porque alguna “autoridad” lo disponga; afirmar lo contrario sería una reverenda barbaridad. El verbo fijar, en este caso, no se refiere a que deba fijarse la lengua en su conjunto, como estructura. En concreto: fijar es, en sentido estricto, legitimar una palabra, darle validez y, por tanto, asumirla como de uso permanente (dicho burdamente: esta queda, esta otra no); esto, lógicamente, mientras no aparezca un vocablo que el consenso (no por designio de la Academia) acepte como “mejor” o “más conveniente” (esto, por cierto, con las razones que da la indiscutible arbitrariedad). Conclusión: no se trata de fijar la lengua, como una estructura o un sistema, sino una o más palabras tomadas individualmente; y esto (lo digo y lo diré cuantas veces hagan falta) lo hacen los mismos hablantes (y entre estos, ¿sabes, Arturo?, están también -entre muchos otros- aquellos que seguramente te causan urticaria: “Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos" que, como bien dices (y es lo cierto), “pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes”. Y, sí, efectivamente, tienen esa influencia lingüística: es que son ellos, realmente, los que le dan movilidad a la lengua, creando vocablos, generando nuevos significados y, eventualmente, también -por falta de uso- pudiendo hacer que algunos o muchos vocablos desaparezcan. No son otros los que hacen eso, ni escritores, ni doctores, ni académicos, por más ilustres y galardonados que pudieran ser. Y, por cierto, eso tampoco lo hacen los lingüistas: la lingüística estudia las lenguas, no las modifica.

Ah, y antes de pasar a lo de “da esplendor”, trataré de ocuparme de esto que también ha dicho el escritor y académico español: que la RAE “se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas”. Sí, creo que es cierto. Aunque ahora ocurre medio tímidamente, la verdad es que hubo épocas en que la Academia procuraba ejercer casi una suerte de “dictadura”. Es que entendían la norma como un conjunto de reglas elaboradas en un concilio secreto de académicos y que debían ser dadas a conocer no precisamente como lo que correspondía, es decir, como bien entiende Pérez-Reverte, para establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva", sino como el dictado vertical de un mandato dispuesto por una suerte de camarilla gobernante; es decir, lo que querían era imponer decretos coercitivos: repito, ejercer prácticamente una dictadura. No se dieron cuenta de que, en cuestiones idiomáticas, la norma no es una suerte de ley promovida, creada y promulgada por una autoridad suprema que está por encima de los hablantes y, en buena cuenta, de la misma lengua; no comprendieron que la lengua y los hablantes no somos sus “administrados”. Los hablantes son los hacedores verdaderos de la lengua y, por tanto, sus dueños. ¿Y la norma qué es? En asuntos idiomáticos, la norma no es, exactamente, como dice la RAE a través del Diccionario, un “conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado correcto”, o la “variante lingüística que se considera preferible por ser más culta”. Aunque pudiera parecer herejía[4] diré que, en este caso, norma viene a ser una suerte de sinónimo de “normal”, pero no en referencia a que algo “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”, sino a lo que es habitualcorrientecomúnusualfrecuenteacostumbrado. Para que sea más claro: una palabra de uso frecuente y generalizado viene a ser, en estricto sentido, una palabra normal; y la norma escrita no puede decir otra cosa. Lo que quiero decir: la norma escrita (la “académica”, en términos idiomáticos) solo es el registro formalizado “administrativamente” en una hoja de papel, a partir de la norma real, fáctica; lo que es normal en el uso es esto: la norma idiomática. Otra vez recurro a una explicación que puede parecer medio burda: si unas expresiones “erróneas” (lo que los antiguos académicos llamaban “bajas y rústicas”), se generalizan y se imponen en el habla, se vuelven normales y, por consiguiente, se convierten en legítimas y válidas, y la Academia no tiene por qué rechazarlas: lo que debe hacer es, simplemente, asumir que existen y que, por ello, corresponden a la norma. ¿Si esto no ocurre, si la actitud académica es desdeñosa, el efecto será catastrófico? No. La lengua seguirá vivita y coleando y cada vez más vigorosa que nunca; pasará el tiempo y, es muy posible que, cuando menos se espere, aquello que fue rechazado o solamente obviado, termine siendo incluido en el Diccionario. 

O sea, aun habiendo sido o deseado ser estrictamente "normativa" y, más aún, coercitiva, la RAE nunca llegó a generar, realmente, un efecto que pudiera alterar el desarrollo natural de la lengua entre los hablantes; esta continuó, a través del tiempo, moviéndose con toda normalidad. Aunque algunos académicos hubieran querido hacerlo, nunca –en la práctica– pudieron lograr que la Academia llegara a comportarse como una suerte de monarquía absoluta. Por eso es que, siempre, y hoy más, en asuntos de lengua solo aconseja o recomienda; no impone.

Enseguida solo un ejemplo ilustrativo. En el Perú, desde hace muchísimos años, a los amigos los nombramos como “patas” y nunca nos interesó saber si el vocablo estaba o no en el Diccionario académico y lo usamos y seguimos usando con toda normalidad. Pero, claro, si nos hubiésemos preocupado por la “corrección” gramatical, seguramente habríamos aceptado que estábamos ante un “error” ("¡cómo vas a llamar 'pata' a una persona, caracho!"); pero bien sabíamos y sabemos que no hay ni había ningún problema (los significados no son una marca perpetuamente inmovilizada). Otra cosa: ¿estuvo este vocablo insertado en el Diccionario durante las últimas décadas? No. ¿Saben cuándo llegó a ocurrir eso? Hace muy poco, con la actual edición del repertorio. ¿Pasó algo adverso antes? No, porque nada tenía que pasar y nadie podía prohibirnos su uso, nadie. ¿Vieron?

¿El empleo de este vocablo, en nuestro medio, ha llegado a afear la lengua castellana, tal vez?  No, de ninguna manera. Todo lo contrario, le ha dado mayor agilidad expresiva y encanto. Esta y muchísimas otras expresiones nacidas "desde abajo" (no creadas por doctores, escritores o académicos, sino por la gente humilde del pueblo), han contribuido significativamente al enriquecimiento del castellano peruano y le han dado brillo y belleza, es decir, esplendor.

Y este enriquecimiento de la lengua nuestra no solo se da con este tipo de aportes (la creación o modificación coloquial de vocablos con la asignación de nuevos significados: pata, batería, causita...), sino también con la asimilación de voces venidas de otras lenguas. Y esto, como sabemos, ha ocurrido prácticamente desde los días tempranos del castellano y por ello es que hoy, prácticamente, el 80% de voces nuestras son préstamos lingüísticos, y esto no es nada deplorable, realmente, porque no nos hace, absolutamente, ningún daño. Y la posibilidad de que vayan a insertarse en el habla cotidiana nuevos vocablos, nacidos de los bajos fondos, o venidos desde afuera, no significa que estemos ante amenazas de las que debamos protegernos y que, para ello, tengamos que construir barricadas. ¿A eso se referirá Pérez-Reverte, cuando da a entender que la Academia debería 'advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio"? Quiero creer que no, porque sería absurdo. Todo aquello a lo que, presuntamente, estaría aludiendo el escritor, y de lo que –según insinúa– con el papel protagónico de la RAE, deberíamos "protegernos" y, sobre todo, "proteger" a la lengua, no tiene nada de fantasmal ni menos de diabólico: no es amenaza perjudicial contra nada ni nadie. Se trata, más bien, de potenciales aportes que contribuirían al enriquecimiento y esplendor de nuestra bella lengua.[5]

Ah, y una cosa final. El esplendor de la lengua, como dice Arturo, "no se reduce a pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz". Es cierto. Pero, ¿saben por qué? Porque el esplendor se logra -vuelvo a decirlo- gracias al aporte enriquecedor de los hablantes en el habla misma y no, precisamente, en las aulas mientras se trata de cumplir a pie juntillas las indicaciones impartidas por los académicos; y, claro, tampoco tiene que ver con que se haga un buen Diccionario, o que nos preocupemos de proteger o defender el acervo literario de nuestros poetas y narradores (la literatura se vale de la lengua, y no es que la lengua dependa de la literatura). 

¡Un abrazo, gran Arturo! Y, por favor, perdóname por este atrevimiento que no es más que una insolente (y ojalá perdonable) imprudencia. 

Bernardo Rafael Álvarez




[1]Aquí el artículo de Pérez-Reverte: Por qué ni limpia ni fija ni da esplendor

[2] Que, según aparece dicho en la primera página del acta de fundación, fue «Marqués de Villena, Duque de Escalona, Caballero de la insigne orden del Toisón de Oro y Mayordomo mayor del Rey nuestro señor». 

[3] «Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua Castellana, desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar; será su empleo distinguir los vocablos, frases o construcciones extranjeras de las propias, las anticuadas de las usadas, las bajas y rústicas de las cortesanas, y levantadas las burlescas de las serias, y finalmente las propias de las figuradas. En consecuencia tiene por conveniente dar principio desde luego por la formación de un Diccionario de la lengua, el más copioso que pudiere hacerse: en el cual se anotarán aquellas voces y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están anticuadas, como también las que fueren bajas o bárbaras: observando en todo las reglas y preceptos que están puestos en la planta acordada por la Academia, impresa en el año 1713».  

[4] Claro, no hago alusión a ninguna de las acepciones que registra el DLE en la respectiva entrada, sino al acto de “disentir o apartarse de la doctrina o de las normas de una institución, una organización o una academia”. 

[5] Y es que a este enriquecimiento, ¿sabes?, contribuyen sensiblemente aquellos a los que los primeros académicos de la RAE aludían con estas expresiones: “la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar”. Eso, repito: los “de abajo”; ellos son, en buena cuenta, los "hacedores" de la lengua.

¿EL ADVERBIO "ACASO" SE USA COMO CONJUNCIÓN?

Transcribo a continuación un texto que escribí hace diez años (el 9 de abril del 2016):


El DICCIONARIO DE DUDAS Y DIFICULTADES (de Manuel Seco) dice: "ACASO. 4 En el habla coloquial de Chile y Perú se usa como conjunción, con el valor de 'si': 'Podría que...me encarguen novelitas, pero acaso pagan adelantado' (Vargas Llosa, Ciudad, 17)". 

El Diccionario de Dudas y Dificultades, escrito por Manuel Seco, de la Real Academia Española, es muy esclarecedor respecto de casi todas las sombras que podemos tener en cuanto al uso de diversos vocablos del idioma español; sin embargo, no es una muestra de absoluta perfección. Allí he encontrado, por ejemplo, algo que -lo digo directamente- me parece, jalado de los cabellos, absurdo. 

El Diccionario de Dudas y Dificultades, escrito por Manuel Seco, de la Real Academia Española, es muy esclarecedor respecto de casi todas las sombras que podemos tener en cuanto al uso de diversos vocablos del idioma español; sin embargo, no es una muestra de absoluta perfección. Allí he encontrado, por ejemplo, algo que -lo digo directamente- me parece, jalado de los cabellos, absurdo. 

Al ocuparse de “Acaso”, cita una frase contenida en La ciudad y los perros, y nos dice que en nuestro país (y también en Chile) es un adverbio usado "coloquialmente" como conjunción, con el valor de "si". Esto, ¿saben una cosa?, es, simple y llanamente, falso (cf. Diccionario de... Madrid, 2002. Pág. 11). La verdad es que no se trata de un uso coloquial en el Perú, ni muchísimo menos corresponde al "uso culto". Lo que don Manuel Seco ha encontrado (y lo ha tomado en serio) solo es el uso dado en una novela: uso equivocado debido a la voluntad o el descuido del autor, o error tal vez atribuible a los tipógrafos; pero, insisto, que solo aparece en una novela. 

Es decir, el autor del Diccionario de dudas puso como ejemplo una expresión "excepcional" (porque, repito, únicamente aparece en la novela mencionada), tal vez porque creyó que "la literatura es expresión de la realidad". Pero no. Al menos, en cuanto al adverbio "acaso", La Ciudad y los perros no muestra lo que ocurre en la realidad. El académico Manuel Seco ha cometido, pues (sin dudas ni dificultades) un clarísimo desacierto. Una muestra más de que no siempre las novelas deben ser tomadas como sustento o prueba documental para estudios ajenos a la literatura. 

Aquí mi explicación. Sospecho que Vargas Llosa se olvidó (o lo hizo adrede: no podemos adivinarlo) de poner signos de interrogación donde, creo, debió haberlos puesto: "Podría que unos diez tipos se soñaran con la película esa, y viendo tantas mujeres en calzones, tantas piernas, tantas barrigas, tantas, me encarguen novelitas, pero ¿acaso pagan adelantado? ¿y cuándo las haría si mañana es el examen de química...?". Digo esto porque no sería la única vez que nuestro novelista deja de lado esos signos, como se puede ver, por ejemplo, en Cinco esquinas. Es razonable pensar que en el texto que corresponde a lo que dice el personaje Alberto (con los labios que "se mueven sin ruido") hay partes en que faltan signos de interrogación; nótese, por ejemplo, que allí aparece un adverbio interrogativo, "cuándo", que está con la respectiva tilde, pero carece de los signos de pregunta. 

Y enseguida otra hipótesis. También es válido, creo yo, encontrar una posible explicación en el hecho de que las palabras dichas por "Alberto", el personaje de la novela, no corresponden precisamente a un diálogo, sino a una suerte de "monólogo interior" (está pensando). Por ello, es dable suponer que a nuestro ilustre novelista se le ocurrió ese tipo de redacción. Recuérdese que este tipo de textos (los "monólogos interiores") a veces son redactados, incluso, sin ningún signo de puntuación. 

Finalmente, creo que es posible, también, que el novelista haya querido poner la frase de este modo, por ejemplo: "Podría que (...) me encarguen novelitas, pero si acaso pagan adelantado"; o sea, incluyendo expresamente la conjunción "si". 

En fin, solo son hipótesis, naturalmente arriesgadas. Pero, sea como fuere, lo cierto e incontestable es que, obviamente sin adivinarlo, nuestro novelista (o, mejor dicho, la novela escrita por él), terminó empujando al precipicio del error a don Manuel Seco, el académico español. 

Y ahora, para concluir, debo decir que en lo que no hay lugar a dudas ni dificultades es que, en el habla coloquial del Perú (esto debe quedar absolutamente claro), el adverbio “acaso” no se usa, ni se ha usado nunca, como conjunción con el valor de "si". El “Diccionario de Dudas y Dificultades" está equivocado, pues.

(9 de abril del 2016)

 Bernardo Rafael Álvarez

viernes, 3 de abril de 2026

¿EL ALMA MATER O LA ALMA MATER?




Según lo que afirma la Real Academia Española (RAE), a través del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), «Desde el punto de vista etimológico, lo más correcto, y también lo más recomendable en el uso culto, es decir la "alma mater", y no el "alma mater", ya que la palabra alma es en latín un adjetivo, no un sustantivo, y el artículo la únicamente se transforma en el ante sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica (→ el, 2.1). Es invariable en plural (→ plural, 1.11): las "alma mater"».  

Y agrega esto: «Es impropio, aunque frecuente hoy, el uso de esta locución con el sentido de 'persona que da vida o impulso a algo': "La galerista Elba Benítez […] es el alma mater de este plan" (Cultural es 2.1.2003). Este uso inadecuado se debe a la confusión entre el adjetivo latino alma (fem. de almus 'que nutre o alimenta') y el sustantivo español alma (del lat. anima). Al considerar erróneamente la palabra alma como un sustantivo, se antepone en estos casos la forma el del artículo».  

O sea, lo que, básicamente, podríamos entender es que, por tratarse de un adjetivo y, además, por ser voz latina, aquello de la cacofonía, debida a la «a tónica», en este caso no funciona o no debe ser tomado en consideración; es decir, que debe ser pasado por alto, y que lo correcto es usar el artículo femenino. En otras palabras, resumiendo, asumiríamos que la «regla» referida a la cacofonía solo debe ser «aplicada» en casos de vocablos estrictamente españoles y que, además, solo sean sustantivos, pues si son adjetivos, no. ¡Qué ocurrencia! Sin embargo, debo decir que, tras la lectura, aquí surge un pero que debe ser tomado en cuenta (lo explicaré más adelante).   

Bien. En primer lugar, tengo que afirmar, categóricamente, que la cuestión referida al empleo del artículo que va antepuesto a una palabra que empieza con /a/ tónica, no es un asunto precisa o estrictamente gramatical. ¿Por qué? Porque si lo fuera, la regla tendría que indicar que, por tratarse de una palabra femenina, el artículo también debe corresponder a ese género; a esto -como sabemos- se le conoce como concordancia que es, como aparece correctamente definido en el diccionario de la RAE, «Congruencia formal que se establece entre las informaciones flexivas de dos o más palabras relacionadas sintácticamente». 

¿Y a qué se debe que, excepcionalmente, a ciertas palabras de género femenino (que empiezan con /a/ tónica) se las pueda anteponer el artículo masculino? ¿Hay alguna razón de carácter ortográfico, sintáctico, semántico o acaso etimológico? No, nada de eso. Si, por ejemplo, yo dijera «la águila», en lugar de «el águila», ¿estaría cometiendo un error? y, peor aún, ¿le infligiría, quizás, un inexcusable daño a la «gramática universal»? No, definitivamente no. ¿Por qué? Porque, simple y llanamente, respecto de este tema, no existe una norma gramatical, inflexible y de obligatorio cumplimiento, que penda sobre la cabeza de nosotros los hablantes de la lengua española. En estas cosas, lo que pueden formularse son recomendaciones, consejos y opiniones; no mandatos. El tema del artículo masculino o femenino antes de palabras que comienzan con /a/ tónica es de índole «auditiva» (y, si se quiere –permítanme esta licencia, por favor– «de gustos»): solo se trata de evitar el «sonido feo» que puede producirse al unir dos aes, en la construcción en que interviene, después del artículo, una palabra con la referida caracteristica, nada más. Y nada tiene que ver el hecho de que la palabra a la que se antepone el artículo sea sustantivo o adjetivo, ni que sea española o latina (la cacofonía y la eufonía son, digamos, cosas de acústica y carecen de naturaleza ortográfica y de nacionalidad).

A esto voy a agregar lo que dice El buen uso del español que es, también, una importante obra académica de la RAE: «Además de la y una, el artículo femenino singular presenta las formas el y un cuando precede inmediatamente a nombres que comienzan por /a/ tónica (en la escritura a- o ha-, lleven tilde o no): el agua, el alma, el habla, un área, un hada. Aunque menos usada, es también correcta la forma femenina una sin apócope: una águila, una hacha». 

Y, bueno, a propósito de esto, aquí diré algo referido al pero que mencioné antes y que, justamente, está relacionado con la locución de origen latino «alma mater», motivo de estas reflexiones, y, específicamente, con la lectura del primer párrafo del DPD, antes transcrito. Allí, en ese párrafo, se afirma textualmente que, considerando «el punto de vista etimológico, lo más correcto, y también lo más recomendable en el uso culto, es decir la "alma mater", y no el "alma mater"». ¡Clarísimo! Lo que quiero decir: con las propias palabras del importante documento académico le doy amparo a mis afirmaciones. Precisar que una cosa es «más correcta» y «más recomendable» que otra, no significa que esta última carezca de validez y menos que deba ser descartada; únicamente se está estableciendo una relación de preferencia; es decir, ambas cosas son correctas y recomendables y, por tanto, ambas valen.  La mismísima RAE lo tiene claro, pues; por eso, en esto, no comete el error de insinuar prohibición alguna y solo señala, repito, lo que cree que es preferible (y esto se comporta tan solo como una simple opinión).

¿Qué significa, en concreto, lo expresado? Que pueden usarse (y nadie, absolutamente nadie, puede prohibirlo) estas dos formas: «la alma mater» y también «el alma mater» (que es, al menos en nuestro medio, la forma más generalizada), en referencia a una institución universitaria. En consecuencia, decir, por ejemplo, que San Marcos «es el alma mater de muchísimos peruanos», no es, absolutamente, nada incorrecto; es, más bien, la forma más linda de expresar la locución porque suena mejor que decir «la alma mater». 

Y, para terminar, quiero, brevemente (porque no es necesario abundar en explicaciones), ocuparme de lo señalado en el segundo párrafo transcrito. Allí se afirma que, debido «a la confusión entre el adjetivo latino alma (fem. de almus 'que nutre o alimenta') y el sustantivo español alma (del lat. anima)» se da el uso «impropio, aunque frecuente» de la locución «alma mater» con el significado de «persona que da vida o impulso a algo», y que por eso es que, allí, se emplea el artículo masculino. Bueno, lo que tengo que decir es que no hay ningún problema. Ese uso, sea «erróneo» o «impropio», es –como acertadamente indican– frecuente; y esto, aunque se resistan a aceptarlo, hace que la expresión, con el sentido aludido, adquiera plena validez y legitimidad. Aquello de la «confusión» a que se refieren es irrelevante. El sentido o significado de las palabras depende del uso, de los hablantes, y no tiene que estar –como si se tratara de una condena– atado de por vida a una remota etimología.  

¡Un fuerte abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez