He ojeado
con mucha atención y cuidado el Diccionario de Peruanismos (DiPerú),
publicado el 2016 por la Academia Peruana de la Lengua (APL). Se trata de un
voluminoso libro de 1148 páginas, trabajado por un grupo de veintitrés
estudiosos peruanos, bajo la dirección técnica del lingüista y lexicógrafo
español Julio Calvo Pérez. Quiero, ahora, atreverme a comentarlo, incidiendo
básicamente en algunos puntos que, creo, debieran ser motivo de revisión. Sépase que
las observaciones que aquí daré a conocer no impiden que yo reconozca, como
siempre lo he hecho, la importancia y el valor del trabajo que viene
desarrollando la APL, una de cuyas muestras es, precisamente, este valioso
repertorio.
Comienzo
refiriéndome a algo que tiene muchísimo que ver con el castellano de gran parte
del norte peruano y, por supuesto, de Pallasca: el sufijo «–asho, sha». Este
sufijo -como bien se señala en el libro- es, en verdad, una partícula con
«valor afectivo» y –ahora preciso yo–, sobre todo, diminutivo. Sin embargo, me
permito indicar que su valor no es –nunca, ni a veces– «negativo»; ni
mucho menos es usado para expresar algo que es «temido» (el sicario
adolescente, que en la respectiva entrada es aludido, no era llamado
«gringasho» por su peligrosidad, sino porque era un chiquillo). Sufijos
negativos (cuyo valor o carácter son, realmente, despectivos) son estos:
«-aco», pajarraco; «–ejo», tipejo; «–astro», poetastro; «–zuelo», jovenzuelo.[1]
Bien. Ahora
veamos el sustantivo «Aceite», también registrado en el libro y con esta
definición: «Coima que se entrega para acelerar un procedimiento institucional».
No, no es así. En el Perú nadie emplea el sustantivo «aceite» como sinónimo de
«coima»; lo que se usa es «aceitada» y también, raramente, «aceitar». Claro
que, literalmente, se entiende que efectuar una aceitada o aceitar es, en
efecto, dar, untar o bañar con aceite; sin embargo, esto no significa que, en
el uso coloquial peruano, aceite sea el sinónimo de coima, pues aquí solo son
empleadas las dos formas verbales mencionadas: «aceitada» y «aceitar». ¿Por qué
estos usos? No por influencia del sustantivo «aceite» sino porque, sin duda, se
importó –con una leve modificación– el verbo usado en algún país caribeño:
«untar» que es lo mismo que «aceitar».[2]
Pregunto:
¿«Andavete» es, en el castellano peruano, realmente, una interjección usada
«para exigir que alguien se retire del lugar de inmediato»? No. La orden o
invitación para que una persona se marche del lugar se da, usualmente, con
estas expresiones: «vete», «anda» (o «ándate»), «lárgate»; y, claro, es
muy común darle mayor énfasis a ese mandato o pedido (pero, claro, sin la
rudeza hosca de la tercera expresión que acabo de citar: «lárgate»), enlazando
las dos primeras –a manera de pleonasmo o redundancia, lo que no implica
una incorrección– así: «Anda, vete» (cosa similar ocurre también en los
saludos: «Hola, ¿qué tal, cómo estás?»). De la expresión imperativa
mencionada –«Anda, vete»– se generó el sustantivo coloquial «Andavete»
para designar, graciosa o festivamente, al último vaso de cerveza (o de otro
licor) que se sirve cuando el grupo de amigos o uno de ellos está a punto de
retirarse, como una suerte de despedida («Bien, amigos, y ahora, para terminar,
el andavete»). Equivale a otra expresión coloquial que sí está más
adecuadamente definida en el DiPerú: «La del estribo» («copa que se
ingiere al final de una reunión con la intención de retirarse»). También,
por extensión o asociación, puede designarse con ello a un acto o palabra que
corresponde a la etapa final de una exposición o diálogo.
Y aquí otra
interrogante: ¿En algún lugar del Perú, el sustantivo «señor» es, realmente,
empleado como sinónimo de «marido o compañero sentimental» (como aparece dicho
en el libro)? Estoy seguro que no. Lo usual, aquí y en muchos países, desde
hace muchísimo tiempo, es nombrar como «señora» a la mujer casada; pero a un
varón no se le dice «señor» por el hecho de estar casado. Un hombre, al
referirse a su cónyuge, dice «mi señora»; pero una mujer no lo
llama «mi señor», sino «mi esposo». A un varón se le dice «señor», básicamente,
como un tratamiento de respeto en consideración a su edad (que lo diferencia de
un joven) y no debido a su estado civil después del matrimonio («Vi a un joven
que conversaba con un señor»).
Otra
expresión coloquial peruana registrada en el DiPeru es
«Agarre», que es definida como el «beso largo, repetido y apasionado dado en la
boca acompañado de caricias y abrazos». No, eso no es cierto. Esa definición
corresponde, estrictamente, a otro peruanismo que gramaticalmente puede ser
visto como cercano o similar pero que, en el uso coloquial peruano, corresponde
a diferente concepto: «chape»; digo que son similares o cercanos porque en
ambos está, literalmente, la idea de «agarrar». Pero, en realidad, el
significado de «agarre», en el castellano coloquial peruano, es otro: se
refiere a la pareja sexual digamos informal o pasajera, y no a la acción de
«agarrar» («¿Sabías que Rosita es, ahora, el agarre de Carlos?»).
Ahora
veamos lo de «Aparre». Respecto de este vocablo solo voy a transcribir parte de
lo que hace algunos meses escribí: «En su calidad de verbo en infinitivo
(“aparrar”), es definido en el repertorio como “abrazar con insistencia,
acariciando eróticamente”; como adjetivo (que es, también, verbo en participio:
“aparrado”), dice que es el “que abraza y acaricia eróticamente a otra
persona”. Cierto, "aparrar" es "abrazar" y, por
consiguiente, "aparrado" es "abrazado" (o sea, el que
abraza o está abrazando): clarísimo. Pero, vale hacer una precisión: está fuera
de lugar aquello de que el abrazo (para que se ajuste a la definición del verbo
“aparrar”) tiene que ser efectuado "con insistencia" o
"acariciando eróticamente a otra persona"; no, el acto de
"aparrar" no necesariamente (o no siempre) tiene que llevar una
"carga" o componente de carácter erótico, ya que solo es,
simplemente, el acto físico de abrazar: el abrazo de dos hermanos o el de un
padre y su hijo también es aparrarse».[3]
A
continuación, el verbo «Serenar». Les cuento, hay una bella chuscada (huaino
ancashino) que cantaba el inolvidable don Ernesto Sánchez Fajardo, el Jilguero
del Huascarán, titulada Campesina, en cuya fuga (la
última parte del tema musical, que suele ser más animada y alegre) se dice
esto: «Yo no soy tu jarro de agua / ni el cholo de tu patrón, / para
estarme serenando / como si fuera un ladrón». Es que, en
nuestros pueblos andinos, era costumbre de muchas familias colocar un depósito
(un jarro, generalmente) junto a la puerta de la casa para que reciba el frío
húmedo de la madrugada: eso era serenar y a ese frío húmedo de
la madrugada se le llamaba (se le sigue llamando, aún) sereno. Serenar no
es lo mismo que garuar, como erradamente se dice en el libro bajo
estudio. La definición más cercana a lo real es la que aparece en el Diccionario
de la lengua española (DLE): Humedad de que durante la noche
está impregnada la atmósfera.
Ahora,
«Berrinchudo». Es un adjetivo referido a la persona que, como bien define
el DLE, se encorajina o enoja con frecuencia o por leve motivo; y
es así como se usa en el Perú. Proviene, obviamente, del sustantivo
coloquial «Berrinche», Pero en su primera acepción: Irritación
grande que se manifiesta ostensiblemente, y sobre todo la de los niños, que
es lo mismo que rabieta. Claro que en nuestro país también se
conoce como «Berrinche» al olor de la orina; sin embargo, no se le
llama «berrinchudo» al niño «que se orina en sus ropas o en un lugar
indebido y despide olor desagradable. El DiPerú se equivoca,
pues. Al niño que suele orinarse en sus ropas, simplemente, se le dice «meón».
Ah, otra cosa: respecto de «Berrinche», el diccionario solo ha considerado la
acepción referida al olor de la orina; debió (porque era lo justo) haber considerado,
además, el otro significado que en nuestro medio se le da y que corresponde a
estos sinónimos: rabieta, pataleta, enojo.
En un texto
que publiqué hace algún tiempo, acerca del bandolero ancashino Luis Pardo, puse
esto: Andarita” es el nombre que se le da a una especie de flauta de
pan –parecida al siku altiplánico-–, más comúnmente conocida, en gran parte de
nuestro país y en alguna otra región de Sudamérica, con el nombre de “antara”.
Es probable que para darle una sonoridad más suave y lograr una acentuada
eufonía (uso que es común en nuestro país), se haya recurrido al reemplazo de
la “t” por la “d”, convirtiéndose “antara” en “andara” y -habituados como
solemos ser a los hipocorísticos- terminara usándose “andarita”.[4] El
tema es, pues, «Andarita». Como puede advertirse, en el texto
transcrito ensayo una explicación respecto del posible origen del nombre dado,
en el norte peruano, al instrumento en mención. Es que se trata de la antara,
palabra de origen quechua[5] en
la que, para darle una sonoridad más suave y lograr una acentuada
eufonía, se cambió la t por d (con lo que
pudiera haberse convertido en «andara») y terminó en una bella voz con
apariencia de diminutivo: andarita. Qué quiero decir: El
nombre original del instrumento fue antara (que se usa en gran
parte del Perú), pero en los pueblos del norte se decidió llamarlo andarita;
nunca su nombre fue «andara», como equivocadamente se registra en el DiPerú.
Lo correcto es que, en el libro, además de Andarita, aparezca
también Antara que, sin embargo, involuntariamente (es obvio
que por un error técnico), ha sido omitido; y, por cierto, debe retirarse el
vocablo «andara».
Enseguida,
me atrevo a sugerir, puntualmente, la modificación de los significados que han
sido atribuidos a algunas expresiones que aquí señalo. Shámbar: «sopa
espesa de trigo partido...» (no de trigo crudo). Pifia: «desaprobación
pública mediante silbidos» (no «burla o mofa» acompañada de
abucheos). Cabe: «zancadilla»
(no «tropiezo» provocado con el pie). ¡Acacau!: «interjección
dicha para expresar lástima ante el dolor ajeno» (no para
expresar «consuelo» ante el dolor ajeno). La canción:
Interjección para expresar lamento –como sinónimo de
"¡mala suerte!"– ante algo, desventurado o nada favorable, que ha
ocurrido o que puede ocurrir, por no haberse tomado las previsiones necesarias»
(no «reprimenda» acostumbrada).
Algo más,
como ya en otra oportunidad señalé, el DiPerú ha considerado
como «peruanismos» gran número de vocablos que realmente no lo son; voy a
mencionar unos cuantos: «agremiado», «aguaitar» «arepa»,
«tequeño», «corpiño», «criminalística», haiku», «quechumara»,
«trujillano». Y, por otro lado, no ha incluido vocablos que sí son auténticos
peruanismos. Veamos. Entre otros gentilicios, han sido omitidos los
siguientes: coronguino, pallasquino, huandovalino, tauquino, celendino (en
este caso, solo se ha tomado en cuenta el adjetivo coloquial: shilico).
Tampoco se ha puesto el vocablo con que se nombraba al andino asaltante de
leyenda que, dizque, asesinaba a sus víctimas para extraerles la grasa:
el pishtaco. Y estas dos ausencias realmente lamentables:
el «Di» (expresado como pregunta: Mañana te vas, ¿dí?) y
el «Cho» (interjección apelativa: hey, y que también
funciona como sustantivo: amigo); expresiones, ambas, que son
empleados en gran parte del norte y el oriente peruanos.
Y ahora,
como «andavete», una reflexión final. Si bien es cierto que la explicación
etimológica de las voces incluidas en un diccionario corre el riesgo de caer en
errores y dar lugar a discusiones, creo, sin embargo, que lo que no debiera
dejarse de lado es, la indicación precisa del lugar o la región en que se dan
ciertos usos léxicos, habida cuenta que no todos los vocablos o expresiones
reunidos en el repertorio corresponden al habla general. En el DiPerú hay
muchos, pero aquí solo voy a señalar, como una muestra, estos: «plage», plagio;
«–enque», sufijo dizque "despectivo" (pero que, realmente, es
aumentativo, y que –según algunos estudiosos– provendría de la extinta lengua
culle); «tirar (¿no es "hacer"?) perro muerto», no pagar
una deuda; «congresante», miembro del Congreso de la
República; «cocada», unidad de tiempo.[6]
[1] Así aparece definido, en el
DiPerú, el sufijo en referencia: «<De valor afectivo, a veces positivo y a
veces negativo, según el contexto, que expresa por lo general algo pequeño que
es estimado o temido>»; con este agregado, como ejemplo de uso: El sicario
adolescente conocido como "gringasho" se entregó nuevamente a la
policía por temor a las represalias).
[2] Esto publiqué en Facebook, hace
doce años: «UNA ACEITADA. ¿Recuerdan la frasecita aquella de "don
Bieto" o Alberto Quimper, con la que aseguraba que "aceitando" a
un funcionario era posible lograrlo todo? Muchos creímos que eso de "aceitar"
era una invención suya, pero, claro, por la fama que adquirió gracias al uso
que le dio este `personaje involucrado en el caso de los
"petroaudios", debemos aceptar que ya, prácticamente, es suya. Bueno,
la verdad es que viene desde mucho antes. Sinónimo de sobornar es, junto a
muchos otros, untar (es decir, "aceitar"). Si no creen, lean esto:
"Así no había autoridad real y la autoridad era venal porque la compañía
bananera con cualquier propina que les diera, con solo untarles la mano, era
dueña de la justicia y del poder en general" (García Márquez: La novela
en América Latina, diálogos con Vargas Llosa)».
[3] En:
https://berafalvarez.blogspot.com/2026/01/aparrar-aparrado-aparre-peruanismos.html?m=1
[4] Bernardo Rafael Álvarez: Del
taita Arguedas y otros temas peruanos. Cactus ediciones, Lima, 2021.
[5] Diego González Holguín, en Vocabulario
de la lengua general de todo el Perú llamada lengua qquichua (1608), la
define así: «Flautillas juntas como órgano».
[6] Probablemente quisieron poner coqueada,
que es la unidad de medida que, según el viajero francés Charles Wiener (Pérou
et Bolivie, 1880), era usada por los pobladores de algunos pueblos del
norte peruano.