Recién me he enterado. El académico español Arturo
Pérez-Reverte publicó, el 13 de enero de este año, un artículo referido al
tricentenario lema de la RAE y a la labor que desarrolla la muy ilustre
corporación matritense. El título, muy explícito, de dicho artículo es este:
«Por qué ni limpia, ni fija, ni da esplendor»[1].
Acerca de ese texto me he atrevido a escribir lo siguiente:
«La célebre divisa de la Real Academia Española –Limpia, fija y da esplendor–
surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una
institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla». Esto, ¿saben
quién lo dijo? Arturo Pérez-Reverte, el escritor español que, entre otras obras
literarias, es autor de El capitán Alatriste y,
además, es un importante miembro de la ilustre corporación matritense, ya
mencionada.
Es cierto, ese propósito, al que
el escritor califica, creo que exageradamente, como nobilísimo, fue lo que los
fundadores de la Academia quisieron que se estableciese como tarea y
responsabilidad de la institución cuyo nacimiento se materializó hace trescientos
doce años (en julio de 1713), por iniciativa de Juan Manuel Fernández
Pacheco[2]. Y,
en efecto, la frase aquella, convertida en el lema que hasta ahora sigue
vigente fue plasmada, con otras palabras, en el Capítulo Primero de los
primeros Estatutos institucionales, aprobados en 1715[3].
Por consiguiente, la Academia se convirtió en una suerte de agente encargado de (como se lee en el texto del mencionado documento) “cultivar y
fijar la pureza y elegancia” de la lengua española, “desterrando todos los
errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha
introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada
libertad de innovar”.
¡Ajá! "Nobilísimo
propósito", pues. Y algo más dice el escritor: que ese propósito (o
promesa, como él lo llama) "ya no se cumple" y que, lamentablemente,
se ha generalizado la impresión de que la RAE "ya no limpia, ni fija, ni da esplendor". Y
yo me atrevo a preguntar: ¿tendríamos que asumir que antes sí se cumplió aquel
propósito y que, en consecuencia, la institución se había dedicado a
"limpiar, fijar y dar esplendor" a la lengua española? ¿Y, si, en
verdad, eso fue lo que hizo, cuándo y por qué habría dejado de hacerlo, para
–repito palabras del autor comentado– «replegarse ahora hacia posiciones más
descriptivas que normativas»?
Bueno, en relación con aquello de que el primer propósito, Limpiar, “ya no se cumple”, creo que la respuesta podemos encontrarla echando mano a las propias palabras del hoy medio apesadumbrado o decepcionado escritor, que –puntual y acertadamente– lo primero que hace es señalar la definición del primer verbo que forma parte de la divisa institucional: depurar; es decir, en este caso, “depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios”. Bien. ¿Esto que nos haría pensar? Pues que la Academia, en alguna etapa de su prolongada existencia, se dedicó a eliminar o, al menos, a prohibir aquellos usos: los “incorrectos, confusos o innecesarios”; o sea, que –en buena cuenta–cumplió labores de aseo idiomático, casi como si se tratara de una agencia o empresa de “baja policía”, ¿verdad? Sin embargo, la realidad demuestra que no fue así. Y, contra todo pronóstico, es el mismo Pérez-Reverte quien aporta la aclaración pertinente (las cursivas son mías, por si acaso): de lo que se trataba –afirma– era de "establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva” y no de “imponer un castellano o español rígido”. ¡Exacto, Arturo! De eso se trata: reglas o preceptos facilitadores de la comprensión y la calidad expresiva y no mandatos coercitivos que pudieran forzar la voluntad de los hablantes y prohibir o hacer desaparecer ciertos usos. Es que (y corresponde decirlo enfáticamente) la Academia nunca ha desempeñado (y no tenía por qué hacerlo jamás) un papel, digamos, “potabilizador” respecto de la lengua española y, más aún, jamás fue investida como suprema autoridad con facultad para dar permisos ni menos imponer prohibiciones a los hablantes respecto de ningún uso expresivo. En dos palabras: nadie le adjudicó la propiedad de la lengua, porque sus propietarios somos todos los que la empleamos, los hablantes, y no tenemos –porque sería injusto e indignante– que pedirle permiso a la Academia para, por ejemplo, crear nuevos vocablos y modificar o endilgarles nuevos significados a los ya existentes.
Labor legítima y real de la RAE es, entre otras, registrar el uso; y esto corresponde, estrictamente, a la función lexicográfica que, cuando fue fundada, se propuso desarrollar, como lo dijo en sus Estatutos: la formación de un Diccionario de la lengua, el más copioso que pudiere hacerse: en el cual se anotarán aquellas voces y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están anticuadas, como también las que fueren bajas o bárbaras. Y, claro, es cierto: “registrar no es limpiar”, y no tiene que serlo. Y el hecho de que en ese registro la institución ahora incluya construcciones que –según sugiere el quejoso académico y escritor– hace años habría considerado erróneas, no es, en absoluto, nada reprobable ni menos dañino para el idioma. Si fuera así, como aparentemente piensa el escritor, las palabras “malsonantes”, las groserías, tendrían que ser proscritas y no solo excluidas del diccionario, sino eliminadas de la lengua; y esto sería, simplemente, horrendo, monstruoso e indignante. Pero no es todo. Con la transcripción que he hecho de parte de los primeros Estatutos de la RAE, podemos afirmar que no es que la institución recién esté incluyendo construcciones "que hace años habría considerado erróneas", pues desde el principio ya sabía lo que tenía que hacer al respecto (y es lo que dijo): incluir en el Diccionario no solo las voces y frases del uso cortesano (es decir, las expresiones “cultas”), sino también las bajas o bárbaras (o sea, las erróneas, que parecen erizarle la piel a Pérez-Reverte). Como en alguna oportunidad anterior dije, en sentido estricto, es el uso el que "limpia, fija y da esplendor" a la lengua, y no la Academia; y, más aún, la lengua no es un sagrario destinado a albergar (como hostias) solo palabras santificadas, impolutas o plenas de delicado dulzor.
¿Y cómo es que se da la tan
mentada limpieza de la lengua? No, no se trata de aplicar
cremas, enjuagues o sustancias sanitizantes. Se da tal como, hace
muchísimo tiempo (más de veinte siglos), poéticamente lo había explicado Horacio, el gran aeda latino, en su Epístola a los pisones, que aquí transcribo tal
como aparece traducida en el Preámbulo de la edición 22 del Diccionario
Académico: “Al igual que los bosques mudan sus hojas cada año, pues caen
las viejas, acaba la vida de las palabras ya gastadas, y con vigor juvenil florecen
y cobran fuerza las recién nacidas (…) Renacerán vocablos muertos y morirán los
que ahora están en boga, si así lo quiere el uso, árbitro, juez y dueño en
cuestiones de lengua". Ergo, la limpieza de que tanto se habla, se da
espontáneamente, por su propio peso, y cuando tiene que darse (y esto no depende de
caprichos, lúcidos o no, y menos de los escrúpulos de los académicos, por más
encumbrados y premiados que pudieran ser). El rotundo «¡carajo!», por ejemplo,
no desaparecerá por designio de pudorosos y ruborizados académicos; terminará
desterrado solo cuando los mismos hablantes decidan descartarlo, si acaso lo
consideran innecesario.
¿Y, en cuanto a fijar y dar
esplendor, que podríamos decir? Lo siguiente. En primer lugar, creo que el
significado de fijar ha generado, un entendimiento equivocado,
una interpretación semántica distante de la realidad. No propone -entiéndase
bien- que la lengua deba ser congelada, que se la
inmovilice y quede, prácticamente, anquilosada. Todo el mundo lo sabe y los
académicos más, que no existen (porque es imposible) “lenguas fijas” y mucho
menos porque alguna “autoridad” lo disponga; afirmar lo contrario sería una
reverenda barbaridad. El verbo fijar, en este caso, no se refiere a
que deba fijarse la lengua en su conjunto, como estructura. En concreto: fijar es,
en sentido estricto, legitimar una palabra, darle
validez y, por tanto, asumirla como de uso permanente (dicho burdamente: esta
queda, esta otra no); esto, lógicamente, mientras no aparezca un vocablo que el
consenso (no por designio de la Academia) acepte como “mejor” o “más
conveniente” (esto, por cierto, con las razones que da la indiscutible
arbitrariedad). Conclusión: no se trata de fijar la lengua, como una estructura
o un sistema, sino una o más palabras tomadas individualmente; y esto (lo digo
y lo diré cuantas veces hagan falta) lo hacen los mismos hablantes (y entre
estos, ¿sabes, Arturo?, están también -entre muchos otros- aquellos que
seguramente te causan urticaria: “Un tertuliano, youtuber o influencer
analfabetos" que, como bien dices (y es lo cierto), “pueden
tener más influencia lingüística que un premio Cervantes”. Y, sí,
efectivamente, tienen esa influencia lingüística: es que son ellos, realmente,
los que le dan movilidad a la lengua, creando vocablos, generando nuevos
significados y, eventualmente, también -por falta de uso- pudiendo hacer que algunos
o muchos vocablos desaparezcan. No son otros los que hacen eso, ni escritores,
ni doctores, ni académicos, por más ilustres y galardonados que pudieran ser.
Y, por cierto, eso tampoco lo hacen los lingüistas: la lingüística estudia las
lenguas, no las modifica.
Ah, y antes de pasar a lo de “da esplendor”, trataré de ocuparme de esto que también ha dicho el escritor y académico español: que la RAE “se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas”. Sí, creo que es cierto. Aunque ahora ocurre medio tímidamente, la verdad es que hubo épocas en que la Academia procuraba ejercer casi una suerte de “dictadura”. Es que entendían la norma como un conjunto de reglas elaboradas en un concilio secreto de académicos y que debían ser dadas a conocer no precisamente como lo que correspondía, es decir, como bien entiende Pérez-Reverte, para establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva", sino como el dictado vertical de un mandato dispuesto por una suerte de camarilla gobernante; es decir, lo que querían era imponer decretos coercitivos: repito, ejercer prácticamente una dictadura. No se dieron cuenta de que, en cuestiones idiomáticas, la norma no es una suerte de ley promovida, creada y promulgada por una autoridad suprema que está por encima de los hablantes y, en buena cuenta, de la misma lengua; no comprendieron que la lengua y los hablantes no somos sus “administrados”. Los hablantes son los hacedores verdaderos de la lengua y, por tanto, sus dueños. ¿Y la norma qué es? En asuntos idiomáticos, la norma no es, exactamente, como dice la RAE a través del Diccionario, un “conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado correcto”, o la “variante lingüística que se considera preferible por ser más culta”. Aunque pudiera parecer herejía[4] diré que, en este caso, norma viene a ser una suerte de sinónimo de “normal”, pero no en referencia a que algo “se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”, sino a lo que es habitual, corriente, común, usual, frecuente, acostumbrado. Para que sea más claro: una palabra de uso frecuente y generalizado viene a ser, en estricto sentido, una palabra normal; y la norma escrita no puede decir otra cosa. Lo que quiero decir: la norma escrita (la “académica”, en términos idiomáticos) solo es el registro formalizado “administrativamente” en una hoja de papel, a partir de la norma real, fáctica; lo que es normal en el uso es esto: la norma idiomática. Otra vez recurro a una explicación que puede parecer medio burda: si unas expresiones “erróneas” (lo que los antiguos académicos llamaban “bajas y rústicas”), se generalizan y se imponen en el habla, se vuelven normales y, por consiguiente, se convierten en legítimas y válidas, y la Academia no tiene por qué rechazarlas: lo que debe hacer es, simplemente, asumir que existen y que, por ello, corresponden a la norma. ¿Si esto no ocurre, si la actitud académica es desdeñosa, el efecto será catastrófico? No. La lengua seguirá vivita y coleando y cada vez más vigorosa que nunca; pasará el tiempo y, es muy posible que, cuando menos se espere, aquello que fue rechazado o solamente obviado, termine siendo incluido en el Diccionario.
O sea, aun habiendo sido o deseado ser estrictamente
"normativa" y, más aún, coercitiva, la RAE nunca llegó a generar,
realmente, un efecto que pudiera alterar el desarrollo natural de la lengua
entre los hablantes; esta continuó, a través del tiempo, moviéndose con toda
normalidad. Aunque algunos académicos hubieran querido hacerlo, nunca –en la
práctica– pudieron lograr que la Academia llegara a comportarse como una suerte
de monarquía absoluta. Por eso es que, siempre, y hoy más, en asuntos de lengua
solo aconseja o recomienda; no impone.
Enseguida solo un ejemplo ilustrativo. En el Perú, desde hace muchísimos años, a los amigos los nombramos como “patas”
y nunca nos interesó saber si el vocablo estaba o no en el Diccionario
académico y lo usamos y seguimos usando con toda normalidad. Pero, claro, si
nos hubiésemos preocupado por la “corrección” gramatical, seguramente habríamos
aceptado que estábamos ante un “error” ("¡cómo vas a llamar 'pata' a una
persona, caracho!"); pero bien sabíamos y sabemos que no hay ni había ningún
problema (los significados no son una marca perpetuamente inmovilizada). Otra
cosa: ¿estuvo este vocablo insertado en el Diccionario durante las últimas
décadas? No. ¿Saben cuándo llegó a ocurrir eso? Hace muy poco, con la actual
edición del repertorio. ¿Pasó algo adverso antes? No, porque nada tenía que
pasar y nadie podía prohibirnos su uso, nadie. ¿Vieron?
¿El empleo de este vocablo,
en nuestro medio, ha llegado a afear la lengua castellana, tal vez? No,
de ninguna manera. Todo lo contrario, le ha dado mayor agilidad expresiva y
encanto. Esta y muchísimas otras expresiones nacidas "desde abajo"
(no creadas por doctores, escritores o académicos, sino por la gente humilde
del pueblo), han contribuido significativamente al enriquecimiento del
castellano peruano y le han dado brillo y belleza, es decir, esplendor.
Y este enriquecimiento de la
lengua nuestra no solo se da con este tipo de aportes (la creación o
modificación coloquial de vocablos con la asignación de nuevos significados: pata,
batería, causita...), sino también con la asimilación de voces
venidas de otras lenguas. Y esto, como sabemos, ha ocurrido prácticamente desde
los días tempranos del castellano y por ello es que hoy, prácticamente, el 80%
de voces nuestras son préstamos lingüísticos, y esto no es nada deplorable,
realmente, porque no nos hace, absolutamente, ningún daño. Y la posibilidad de
que vayan a insertarse en el habla cotidiana nuevos vocablos, nacidos de los
bajos fondos, o venidos desde afuera, no significa que estemos ante amenazas de
las que debamos protegernos y que, para ello, tengamos que construir
barricadas. ¿A eso se referirá Pérez-Reverte, cuando da a entender que la
Academia debería advertir de las amenazas antes de que se asienten sin
remedio"? Quiero creer que no, porque sería absurdo. Todo aquello a lo
que, presuntamente, estaría aludiendo el escritor, y de lo que –según insinúa– con el papel
protagónico de la RAE, deberíamos "protegernos" y, sobre todo,
"proteger" a la lengua, no tiene dada de fantasmal ni menos
diabólico: no es amenaza perjudicial contra nada ni nadie. Se trata, más bien, de potenciales aportes que contribuirían al enriquecimiento y esplendor de nuestra bella lengua.[5]
Ah, y una cosa final. El
esplendor de la lengua, como dice Arturo, "no se reduce a pulir la
ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz". Es
cierto. Pero, ¿saben por qué? Porque el esplendor se logra -vuelvo a decirlo-
gracias al aporte enriquecedor de los hablantes en el habla misma y no,
precisamente, en las aulas mientras se trata de cumplir a pie juntillas las indicaciones
impartidas por los académicos; y, claro, tampoco tiene que ver con que se haga
un buen Diccionario, o que nos preocupemos de proteger o defender el acervo
literario de nuestros poetas y narradores (la literatura se vale de la lengua,
y no es que la lengua dependa de la literatura).
¡Un abrazo, gran Arturo! Y,
por favor, perdóname por este atrevimiento que no es más que una insolente (y
ojalá perdonable) imprudencia.
Bernardo Rafael Álvarez
[1]Aquí el artículo de
Pérez-Reverte: Por qué ni limpia ni fija ni da
esplendor
[2] Que, según
aparece dicho en la primera página del acta de fundación, fue «Marqués de
Villena, Duque de Escalona, Caballero de la insigne orden del Toisón de Oro y
Mayordomo mayor del Rey nuestro señor».
[3] «Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua Castellana, desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar; será su empleo distinguir los vocablos, frases o construcciones extranjeras de las propias, las anticuadas de las usadas, las bajas y rústicas de las cortesanas, y levantadas las burlescas de las serias, y finalmente las propias de las figuradas. En consecuencia tiene por conveniente dar principio desde luego por la formación de un Diccionario de la lengua, el más copioso que pudiere hacerse: en el cual se anotarán aquellas voces y frases que están recibidas debidamente por el uso cortesano, y las que están anticuadas, como también las que fueren bajas o bárbaras: observando en todo las reglas y preceptos que están puestos en la planta acordada por la Academia, impresa en el año 1713».
[4] Claro, no hago alusión a ninguna de las acepciones que registra el DLE en la respectiva entrada, sino al acto de “disentir o apartarse de la doctrina o de las normas de una institución, una organización o una academia”.
[5] Y es que a este enriquecimiento, ¿sabes?, contribuyen sensiblemente aquellos a los que los primeros académicos de la RAE aludían con estas expresiones: “la ignorancia, la vana afectación, el descuido
y la demasiada libertad de innovar”. Eso, repito: los “de abajo”; ellos son, en buena cuenta, los "hacedores" de la lengua.