LA MUCHACHA DEL BLUE-JEAN
TREBOL DE CUATRO HOJAS
He caminado muchos kilómetros para llegar a la ciudad y no me conozco, no ejerzo dominio de mí mismo. Me hallo donde solíamos encontrarnos, de pie, flaco, con los zapatos destrozados, todos me miran y mi oreja izquierda arde y se pone roja / todos me persiguen y me escupen, pasa un homosexual rozándome el codo y yo no aguanto esto, grito; a un policía pido dos soles para el ómnibus pero me lleva a la comisaría "por hippie, inmoral y mugriento", allí se sorprenden por mi inteligencia y me convidan un sándwich, media hora después me dejan salir. A casa, caminando, llegó a las 11:30 p.m.; no me dicen nada.
Trébol de cuatro hojas, plumilla al viento y un recorte que conservo religiosamente, de tu cuadernillo de notas que recibe un poema mío. Luego me acuesto con la imagen de tu rostro bajo la almohada.
y presiento que estás bien:
Te conozco porque hemos dormido
juntos sobre las arenas de Ica:
Usas blue-jeans y mochila. Lees el diario de una joven drogada y te emocionas cuando hacemos el amor. Plumilla al viento, te impele la aventura: ejerces un dominio absoluto de ti misma. Pintas cuadros que solo comprendemos al escuchar canciones de Joan Manuel Serrat. Avecilla, nombre de mujer, cuerpo de mujer. Hemos dormido en este desierto:
al otro día un camión acepta llevarte al sur. Me quedo solo pero, cojo el cuadernillo de notas que se te cae al correr; leo, leo. Huyo de la carretera: la aviación norteamericana ha destruido mi aldea de palabras, la CIA me acecha, y el sol que acaba de salir ya está perdiéndose otra vez; y yo pierdo mis documentos pero cobro mi identidad. Leo, leo: "su silencio me asusta pero lo admiro y lo amo; no he de olvidarlo" (tu cuadernillo). Y no te veo más y, día tras día, sin quererlo, voy al encuentro de tu ausencia.
Que el chofer del camión no haya deseado tu cuerpo que no se interponga entre nuestras dos distancias
***
TÚ ERES UN MUCHACHO DESPRECIABLE QUE MERECE RESPETO
(canto a mí mismo, bernardo rafael)
Te
acompaña la luz eléctrica, la mirada ciega del palacio de justicia, la
curiosidad extrajera de las ventanas del Sheraton, la pareja de enamorados que
se besan; la noche genialmente inventada, envuelta en papel de regalo. Estás
asustado. Y te preguntas hacia dónde van los bomberos, hacia dónde ese llanto
motorizado. No van a aparecer fantasmas de entre los arbustos: el día tendido
de barriga, boca abajo, digo, te asusta. Tú eres quien crea tus propios
fantasmas, dibujándolos en la palma de tu mano para observarlos detenidamente
como al papel escrito que te dejó la chica a la que tú quisiste.
Crees
que la noche cubierta de papeles sucios, de lisuras malolientes, de carros
alocados, de miradas ciegas, de ventanas, de arbustos, de luz eléctrica, es
suficiente para explicar esa sirena.
Y
estás asustado.
Aquí
el paseo de la república te conduce por laberintos torturantes. Esta ciudad es
un laberinto para ti: es semejante a las galerías que descorazonan el subsuelo
del tribunal de la inquisición: y tú eres el infiel, el hereje, el parroquiano
que no permitió el adoctrinamiento; el que es sentado sobre el caballete de los
suplicios.
Estas destrozado,
triturado,
explosionado / hecho astillas, cenizas;
tus
vestiduras son jirones que los lleva el viento / tú también eres el viento:
invisible pero irremediablemente devastador. Y la inquisición no puede anular
tu fuerza vital. Así, oprimido como estás por todo lo que te circunda, tú
tienes una vida y eres un muchacho no de confianza: un poeta /
amas
y odias
pero
no sabes odiar, no sabes amar.
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Bernardo Rafael Álvarez
En La Tortuga ecuestre, setiembre, 1974