sábado, 8 de agosto de 2026

HONESTIDAD EXPRESIVA: POESÍA DE MIRIAM ARANÍBAR

          Por: Lu Zúñiga Palomino

Leer Cantos de medianoche de Miriam Araníbar supone adentrarse en una escritura sostenida por la precisión de sus imágenes y por una profunda honestidad expresiva. Aquí, la “medianoche” no representa únicamente un momento del día, sino un espacio interior donde la conciencia se enfrenta consigo misma, y donde el silencio, la memoria y la esperanza encuentran su lugar. 

El poemario puede leerse como una estructura orgánica que atraviesa tres momentos fundamentales: la introspección, el diálogo con el mundo exterior —particularmente con la ciudad— y una apertura hacia la trascendencia. 

La primera parte está conformada por quince poemas numerados, la voz poética se sitúa en un territorio de recogimiento. Predominan la incertidumbre, la fragilidad y la conciencia de la pérdida. Es una voz que dialoga consigo misma, como un soliloquio donde el dolor aparece no como una experiencia pasajera, sino como una marca profunda: 

«Duele el alma

como ave solitaria» (p.9). 

El alma deja de ser una abstracción para adquirir cuerpo en un ave sola. Se trata de la anatomía de un dolor íntimo y sordo; ese quebranto que persiste y se agudiza aun cuando se intenta disimular ante los demás mediante risas falsas y una fachada de cotidianidad. Por tanto, lo que permanece es la experiencia humana como en el poema 5: 

«Cómo no mirar la vida a regañadientes

si aún no cicatrizan las heridas del alma

que recorren mis vértebras

para azotar mi constante fragilidad.

La muerte cerró las puertas de mi casa

y la esperanza voló hacia otro hogar» (p.13). 

No es casual que el cuerpo aparezca una y otra vez en este primer momento del libro. El alma, las vértebras, el corazón o las manos convierten la experiencia emocional, esas heridas del alma, en una experiencia física. De ese modo, el sufrimiento deja de ser una abstracción y adquiere una presencia tangible. 

Al respecto, uno de los elementos que más contribuye a la unidad es el universo simbólico. A lo largo del poemario reaparecen constantemente la noche, el viento, el mar, la lluvia, el otoño, la luna, el camino, el silencio y el corazón. Lo interesante es que esas imágenes nunca conservan exactamente el mismo significado. Van desplazándose junto con la evolución de la voz poética como en el poema "La noche": 

«La noche cae sobre los árboles

y sus hojas no sonríen más» (p.42). 

En estos versos, el paisaje deja de ser una descripción objetiva. Las hojas "no sonríen". Es decir, la naturaleza adquiere rasgos humanos. La noche no modifica únicamente el entorno; modifica también la manera de percibirlo. El paisaje termina convirtiéndose en un espejo del mundo interior. Creo que este procedimiento atraviesa buena parte del poemario: la naturaleza se percibe como una prolongación simbólica de la experiencia emocional. 

Otro poema que considero revelador es "Mi corazón". 

«Mi corazón mira la vida

como una comida fría

sin compañía» (p.52). 

Miriam parte de una experiencia cotidiana que todos conocemos. Una comida fría pierde parte de su sabor; una comida sin compañía transforma un acto cotidiano en una experiencia de vacío. Pienso que nuestra poeta consigue convertir esa escena doméstica en una metáfora de la condición humana. La soledad aparece como una forma de percibir la existencia. 

A medida que avanza la lectura, aparece con mayor claridad el núcleo temático de Cantos de medianoche: la búsqueda del sentido. El libro no se instala en una única emoción; transita por la nostalgia, la incertidumbre, la contemplación, la esperanza y una dimensión espiritual que adquiere mayor presencia conforme el recorrido poético avanza. 

Desde esa intimidad inicial, la voz poética se proyecta hacia el mundo exterior. La ciudad de Lima adquiere entonces un protagonismo decisivo. En composiciones como Un día más, la noche metropolitana trasciende el simple escenario para convertirse en una extensión directa del pensamiento. Las avenidas desiertas, los ambulantes a viva voz, los autobuses viejos con las ventanas rotas y esa garúa implacable que parece instalarse en los huesos no son elementos decorativos; articulan una experiencia poética sobre la soledad compartida y el aislamiento en medio de la muchedumbre. 

La autora consigue articular la experiencia íntima del sujeto lírico con el desgaste anónimo de la vida urbana contemporánea. La ciudad no es solo un espacio físico; es también un estado emocional. 

Un poema como "Vida incierta" marca claramente ese desplazamiento. 

«Sólo una luz guía y motiva mi existir,

da asidero a mis convicciones

y esperanza a mi porvenir» (p.47). 

La presencia de la luz resulta significativa porque aparece dentro de un contexto marcado por la incertidumbre. No elimina la duda, sino que introduce una orientación dentro de ella. Esa diferencia me parece fundamental. El libro no propone una solución sencilla al conflicto existencial; propone una manera distinta de aprehenderlo. En ese punto, se comienza a equilibrar dos dimensiones que hasta entonces parecían avanzar por caminos paralelos: la incertidumbre y la esperanza. Ninguna anula a la otra; conviven y terminan definiendo la identidad del poemario.

Otro aspecto relevante es la presencia de los epígrafes que acompañan cada poema. Baudelaire, Rimbaud, Vallejo, Blanca Varela, Sylvia Plath, Eguren, Javier Heraud, César Moro, María Emilia Cornejo... Esa presencia constante podría entenderse simplemente como un homenaje. Mi impresión, sin embargo, es distinta. Los epígrafes funcionan como puertas de entrada que amplían la lectura y sitúan la voz de Miriam Araníbar dentro de una conversación literaria mayor. 

A este diálogo con la poesía se suma también un diálogo muy logrado con las artes plásticas. La edición incluye pinturas y grabados de Edvard Munch —como El grito, Niña enferma o Muchacha en la ventana— que no funcionan como simples adornos. Las imágenes de Munch, cargadas de melancolía y angustia, conversan de la mano con la “atmósfera de medianoche” que construye Miriam, reforzando esa sensación de soledad, introspección y vulnerabilidad que recorre todo el poemario. 

Hacia el final del recorrido aparece con mayor claridad la dimensión espiritual. Uno de los textos donde esto resulta más evidente es "Gratitud divina". 

«Gracias por la constante fortaleza

en mis días marchitos,

por tus largos abrazos

en mis habituales caídas» (p.54). 

Hay algo que me parece especialmente valioso en estos versos. Los "días marchitos" no desaparecen. Las "caídas" tampoco. La esperanza no consiste en negar el sufrimiento, sino en modificar la relación con él. Esa diferencia evita que el cierre del poemario resulte complaciente. La reconciliación no nace de la desaparición del conflicto, sino de una nueva manera de comprenderlo. 

Finalmente, quisiera destacar un aspecto que considero esencial. Este poemario invita a distinguir entre la autora y la voz poética. La primera persona que atraviesa el libro no debe leerse necesariamente como una confesión autobiográfica. Más bien construye un sujeto lírico que reflexiona sobre la incertidumbre, la memoria, el amor y la fe desde un lugar abierto a múltiples lectores. Esa apertura explica, quizá, por qué el libro admite diversas interpretaciones sin agotarse en ninguna de ellas y de aquí su riqueza. 

En esta misma línea quisiera mencionar brevemente Mon Dieu. Más allá de estar escrito en francés, encuentro en este poema uno de los tonos más sobrios del libro. La voz se aproxima a la sencillez de una oración y precisamente en esa contención encuentra buena parte de su fuerza expresiva. 

Toda lectura crítica es, finalmente, una posibilidad entre muchas otras. Esa es una de las virtudes de Cantos de medianoche: permite volver a sus páginas y descubrir nuevas resonancias en cada lectura. Por eso, más que cerrar este libro con una interpretación, quisiera invitarlos a abrirlo ustedes mismos, recorrer sus páginas y dialogar con una voz poética que, desde la incertidumbre, nos recuerda que la poesía sigue siendo un espacio privilegiado para pensar, sentir y acompañarnos.

Lu Zúñiga Palomino





viernes, 7 de agosto de 2026

UN POEMA DE PEDRITO BENAVÍDES

                                                                                                                    A Bernardo y Guillermo


Somos la belleza inextinguible de la penuria 

que con un ojo abierto en el diluvio, 

sin embargo, 

fluimos y refluimos en el orgasmo de la poesía, 

que le pusimos luto a la bacinica, 

refrigeramos los ángeles 

y en el barro hallamos 

nuestro esencial aliado 

que marcaste con tus pasos perdidos mis encrucijadas 

que has vuelto de las emboscadas,

de versos alejandrinos, 

que me perturbas con tu túnica de helechos, 

solar, 

que los anillos de la luna no sueltan tus nervios 

iluminados 

y sabré que en la espléndida 

fauna de los cerdos 

planeábamos como moscas del arcoíris, 

estabas con tus pies descalzos 

en los umbrales 

contemplando 

mi vida alborotada, 

clamores oyes, 

clamores 

y campanarios el sollozo de las 

muchachas suicidas 

que borraste 

en tus orgías de ultramar. 

Mírenme, no estoy sangrando, dioscuros, 

sin embargo, mis heridas 

como si fueran ojos casi ciegos 

contemplando como 

mi pueblo me desprecia 

tras los goces de su carne marchita. 

Mírenme como me levanto 

y me siento en los alcoholes, 

¿qué hicieron, hermanos, Guillermo, Bernardo 

de mi caos? 

¿una calaverada?

Siempre, en la plenitud de mi vida, 

sus guadañas arañaron mi calavera 

¿y tus remordimientos? Tú 

serás siempre un combatiente 

anarquista, más tolerante que un árbol, 

y como cantaba a la vihuela Zitarrosa 

ven conmigo, estoy rockeando por el mar 

y tu llanto agudo, 

estridente subirá 

siempre conmigo 

reprimida amapola.


                                                                     Pedro Benavides García


domingo, 26 de julio de 2026

LUZ QUE ES TESTIMONIO DE FE Y DE CORAJE: POESÍA DE MIRIAM ARANÍBAR REYES

Se trata, como aparece dicho en un breve prólogo, de «un testimonio de fe nacido en medio de la fragilidad humana». Y, claro, eso es cierto. Son veintiún poemas (más una suerte de colofón en prosa), algunos de los cuales están acompañados por su respectiva versión en francés, y han sido compuestos delicadamente a manera de oraciones que, en verdad, son expresiones de fe y afirmación rotunda –sin un mínimo de duda– de la existencia de un Ser Supremo que no solo lo creó todo, sino que, además, se encuentra siempre presente como compañía, como luz, como consuelo, como esperanza, como amor y más, muchísimo más. 

      «Tú eres mi camino de rosas» dice uno de los poemas (el primero de la colección); «me acuesto con tu dulce voz de esperanza», afirma otro. Y esto: con la certeza de saber que no es alguien ajeno a la mortal humanidad, en un poema se comunica el convencimiento de que su respiración está en las propias venas («Respiras en mis venas para dilatar la soledad»). Sin embargo y a pesar de todo (¡humanos somos, pues!) se hace presente un leve desconcierto, una dubitación, y, así, por ejemplo, entre otras interrogantes, se suelta, medio tímidamente, esta pregunta: «¿Estoy sola o caminas a mi lado?». Pero, claro, entendido que eso que llamaríamos una muestra de debilidad no es, precisamente, algo plausible, expresa después, como una suerte de ruego: «ansío tu mirada de perdón». 

      ¿Y a quién le dice esto y todo lo demás? A aquella invisible pero muy real existencia que es «Refugio constante y seguro / De mis hondos vacíos impredecibles...»: al Padre Amado que, naturalmente, ama también a quien escribe estos poemas, y es –además– «el camino de la vida / Y la fuente del Amor Eterno». 

      Efectivamente, esta poesía (repito lo transcrito al principio) es, realmente, «un testimonio de fe» y cada poema se comporta, cabalmente, como una oración, como una plegaria. Bien. 

      Tras leer (lo confieso: con fruición y asombro) estos poemas, me digo: ¿alguien más, al menos en nuestro medio, habrá escrito cosas como las que (resuelta y, claro que sí, valientemente) se dicen en los textos reunidos en el pequeño volumen que aquí, pobremente, he reseñado? Creo que la respuesta es negativa. Es que, prácticamente, todos los poetas se ocupan de temas eróticos, de asuntos sociales, de la belleza de los paisajes, de los méritos dudosos de algunos líderes políticos, de la indignación, etc. Lo religioso suele ser visto, absurdamente, como si sólo fuera ocupación de «beatas», y que «ya no va con estos tiempos» y, en algún modo, les da vergüenza («¡qué dirán!»); pareciera que, para muchos, el «agnosticismo» y el «ateísmo» son muestras de «dignidad» y hasta de «madurez» e incluso de «autosuficiencia». Lo cierto, sin embargo, es que, para hacer lo que ha sido hecho en el poemario que tengo en mis manos, hay que tener valor, no dejarse dominar por el miedo y la cobardía. 

      La poesía de que aquí me ocupo es, pues, no solo «un testimonio de fe»; es, también y especialmente, una demostración de coraje, un inesperado y muy loable atrevimiento en estos días tan difíciles. Es que la poesía no tiene que ser solamente una combinación impactante de palabras «bonitas» y tampoco solo rabia o placer de carne, o testimonio de hechos coyunturales: también es hondura, sueños, esperanza, fe y esto: riesgo. Miriam Araníbar Reyes, que es mujer de fe, se ha arriesgado y esta es la delicada y fina poesía que nos ofrece en este su bello poemario, recientemente publicado, cuyo título es sumamente significativo y exultante, Luz de gracia, y que yo agradezco y aplaudo. 

                                                                                                    Bernardo Rafael Álvarez 


sábado, 25 de julio de 2026

MOISÉS PORRAS MATOS, AUTOR DE "DONDE LAS ROSAS SON VERDES"



Hace más de diez años escribí y publiqué una crónica en la que conté cómo y en qué circunstancias ingresé en el mundo de la escritura, de la literatura. Hablé, allí, del primer poema construido por mí, cuando aún era un estudiante «primarioso», y cuyo único lector fue el maestro Rafa, mi padre; eran versos dedicados a un héroe pallasquino (durante la Guerra del Pacífico): Andrés Gavancho. También, y especialmente, en ese texto me referí -entre otras cosas- al papel que, muy significativamente, desempeñó un huancaíno que en 1967 había llegado a mi tierra, para ser director y profesor del colegio en que cursé los cuatro primeros años de secundaria. Entre otras cosas, esto es lo que, al respecto, puse en la mencionada crónica:

«Estoy seguro que en gran medida lo que ayudó a que tuviese cierta soltura al redactar ese discurso fue el aprendizaje logrado, ya desde el Primero de Secundaria, al escribir mi “diario íntimo”, siguiendo –como todos mis compañeros de clase- las indicaciones y enseñanzas de quien fuera el director que inauguró nuestro Colegio, don Moisés Porras, y gracias a la inolvidable lectura de Corazón, el libro de Edmundo D’Amicis. Herenia Guzmán, entre todos los alumnos, era quien mejor hacía su diario y ponía cosas como esta, con un toque medio "verleniano": “La mañana está hermosa dentro de mi alma, pero el firmamento está cubierto de una capa negra”; yo apenas podía, tratando de ser ingenioso, escribir frases burdas como: “este día lo pasé como si no hubiera ni moscas”. Don Moisés, joven aún, llegó a Pallasca con toda su familia: la señora Mercedes Málaga (siempre en los corazones de quienes fuimos sus alumnos), y las niñas Gaby, Bexy, Liliana y Olenka. Gracias a su entusiasmo, cultura y sensibilidad artística, este huancaíno, que fue un gran maestro para nosotros, logró un cambio significativo en mi tierra, haciendo que los púberes de entonces pudiésemos mirar el mundo de otro modo -más noble- y que viésemos lo que a otros tal vez no les interesaba ver: el teatro, la literatura, la música clásica. Lo que hoy es conocido como “plan lector”, don Moisés lo hizo con nosotros: “A leer dos libros al mes”, nos ordenó. La impuntualidad, mal endémico de los peruanos, fue eliminada para nosotros: “Hoy instauramos la Hora Pallasquina”, dispuso. Aprendimos a escuchar e interpretar poemas sinfónicos: Franz Liszt se convirtió en nuestro compositor favorito.  Participamos, creo que apoteósicamente, en las tradicionales “veladas literario musicales”, con la presentación de obras teatrales que nuestro director, también profesor de Lenguaje, había escrito (Amor de madre, entre otras) o adaptado del cine (Cuando los hijos se van, por ejemplo)».

Lo que, por descuido, no dije allí es que este profesor, además de componer obras de teatro (que fueron escenificadas en las «veladas literario musicales», también escribía cuentos. Esto, lo de los a cuentos, lo supe porque dos de ellos fueron, precisamente, leídos por su autor en el aula. El personaje principal de uno de esos relatos era un salteador (sustantivo entonces extraño para mí) que solía cometer sus fechorías en la zona de Vitarte; el otro, que, por lo inesperado de su truculencia e intriga, nos mantuvo ansiosos y expectantes hasta el final de su lectura, terminó generando carcajadas y una inesperada frustración, debido a las palabras con que, humorísticamente, fue sellado el desenlace: «Y, finalmente, me desperté del sueño».

Creo que debí haber referido, incluso, que gracias a él (como también a mi padre), comencé a inquietarme en asuntos del idioma, de las palabras. Recuerdo, por ejemplo, que don Moisés nos hablaba, especialmente durante las horas libres de clase, acerca de las formas de hablar o escribir que entonces eran consideradas «incorrectas»: «el anda no, sino las andas»; «no la víspera, sino las vísperas»; gracias a él supe, también, que «bizcocho» está compuesto por «bis», doblemente, y «cocho», cocido. Y algo parecido y que nunca he dejado de tener presente es la etimología que mi profesor Porras esbozó, y que (a pesar de que pudiera ser discutible) a mí me sigue pareciendo la más razonable, respecto de la palabra «anticucho»: decía que está compuesta por «anti», que es variación de «antes» y.  «cucho» que es «cocer»; es decir, algo que no está precisamente cocinado o muy cocinado.      

¿Quién era este profesor? Ya lo dije en el texto transcrito: don Moisés Porras Matos. Aunque durante muchísimo tiempo dejé de verlo, un gran motivo de alegría significó, para mí, cuatro décadas después de la experiencia aquella de las veladas literarias, volver a saborear su literatura: ocurrió el año 2008, cuando en Pallasca, mi pueblo, al que regresé después de una larguísima ausencia, mi paisano y amigo Elmer Miranda me dio una linda y gratísima sorpresa: La Navidad y otros cuentos, ¡un libro de mi maestro! Publicado en 1998, con prólogo del inolvidable Eduardo de la Cruz Yataco, este libro no incluía ninguno de los cuentos a que he aludido; sin embargo, fue sumamente placentero leerlo porque, entre otras razones, encontré dos textos ambientados en Pallasca: «Cayetano», referido a un antiguo personaje pintoresco de mi pueblo, y «La cena», en que aparece mi abuela y también el maestro Rafa, mi padre, y hasta se hace mención a la llegada de César Vallejo, cuando niño, a la casa familiar.

Ahora, don Moisés nos sorprende con otro volumen de cuentos. Y esto -debo decirlo- a mí me resulta conmovedor, debido, especialmente, a aquello que lo motivó: una voluntad que, sobre todo, es de carácter sentimental  (el libro: Donde las rosas con verdes. Una antología de lo imposible). Me refiero al estímulo que, para el autor, ha significado el inmarcesible recuerdo del ser que le dio la vida, la señora Rosalina a quien, según cuenta, casi siempre la trataban como Lucha, y que, a pesar de no haber sabido leer ni escribir, solía narrar en casa las más increíbles e imaginativas historias; una madre inteligente, cariñosa y de personalidad firme a la que él -cuando aún era un adolescente y ella ya tenía cuarenta y ocho años de edad- le hizo conocer las primeras letras y la enseñó a escribir y leer y hasta a jugar casino.

Ese es el origen, pues, del libro que aquí se presenta: producto que es innegable muestra del amor filial que, a pesar de los años, se mantiene inalterable; un conjunto de cuentos cuyo autor espera (como lo dice en una breve nota) que sean leídos por sus hijos, nietos y bisnietos «y que al leerlos nunca olviden este nombre: Rosalina Matos». Es decir, doña Lucha, que, haciendo justicia con sus manos, según se narra en un cuento que tiene mucho de crónica y -claro- de humor, en una ocasión logró, con unos cuantos azotes, que dos primos hermanos, dentro de un juzgado, se reconciliaran definitivamente y para siempre, tras una estúpida pelea motivada por el alcohol.

Y, en efecto, en este libro hay mucho de humor y, también, de sorpresa: es magistral el manejo de la intriga. Un cuento («Los genios»), por ejemplo, nos habla de personajes con un increíble poder de transformación que, de pronto, pueden resultar convertidos, por ejemplo, en flor y en colibrí, dejando estupefactos a los demás. También ternura, en aquel relato («Libélula») que aparece como narrado por Gaby, la hija mayor del autor, cuando aún no cumplía los quince años de edad. Y un cuento, inspirado, por cierto, en situaciones reales, es «El candado», que hace referencia a aquello que, hasta hace unos diez años, ocurría en los puentes del río Sena, en París: parejas de enamorados enganchaban candados con inscripciones en las barandillas, como símbolo de amor eterno; pero, dizque por la tan inmensa cantidad de estos objetos, el peso, ponía en riesgo la seguridad y eso dio lugar a que algún alcalde decidiera dictar una rotunda prohibición.

Uno de los cuentos («El primer maestro de Casablanca»; el más extenso del libro) me ha impresionado especialmente por esto: porque me ha hecho recordar un vocablo muy común en Pallasca, mi tierra, y en gran parte del norte peruano: “cushal”, que es el nombre de una muy nutritiva y estimulante sopa mañanera que disfrutan los trabajadores del campo antes de iniciar sus labores; también por esta tan pallasquina manera de conjugar, por ejemplo, el verbo «venir» en imperativo (valiéndose de una contracción): «vengasté»; y, ¡cómo no!, esta forma verbal que aparece como un aporte en el libro: «enlliptar»: agregarle el «dulce» (la cal en polvo) a la coca mientras es chacchada (masticada). También he encontrado este aporte que me parece significativo: el haber empleado una simpática e inédita voz onomatopéyica como título de uno de los cuentos: «Tinriquitikitín». 

Pero, naturalmente, hay más, mucho más, en este bello libro, que yo he disfrutado plenamente al leerlo (lo confieso: con emoción y nostalgia). Estoy seguro de que los demás lectores que accedan a él también gozarán y, sin duda, quedarán atrapados con las historias tan bien contadas por don Moisés Porras Matos, a quien, sin más ni más, tengo que decirle, como siempre, que, permanente e inalterablemente, vivo agradecido por sus inolvidables enseñanzas y su muy saludable amistad. ¡Albricias, maestro! Siempre contigo.  

Bernardo Rafael Álvarez

 


martes, 7 de julio de 2026

¿«A GROSSO MODO», TAMBIÉN (O SOLAMENTE «GROSSO MODO»)?

 

Dice la Fundéu (Fundación del Español Urgente): «A pesar de lo extendido de su uso, es siempre incorrecto anteponer la preposición a, según se afirma en la Nueva gramática de la lengua española». Efectivamente, lo que la Real Academia Española (RAE), textualmente, afirma en esta obra normativa es lo siguiente: «Se han creado algunas variantes de ciertas locuciones latinas añadiendo indebidamente una preposición, como en de motu proprio, variante incorrecta de motu proprio, o a grosso modo, variante incorrecta de grosso modo». 

Locuciones latinas que han sido modificadas al habérseles, «indebidamente», añadido una preposición. O sea –considerando las acepciones registradas por el Diccionario de la lengua española (DLE) ¿el haber añadido una preposición a esas locuciones latinas habría sido, digamos, algo «ilícito, injusto y falto de equidad»? ¿Y, si la respuesta a esta interrogante fuera afirmativa, quién habría sido la víctima de tal injusticia o malvada inequidad?, ¿el idioma español, tal vez? ¿O es que, antes de «perpetrar» la referida añadidura, debió habérsele pedido permiso a la RAE? 

Intuyo que, en opinión de la Academia, es «indebido», añadir una preposición a la locución latina «Grosso modo» porque -teniendo en cuenta que su significado, tal como aparece en el DLE, es «a bulto», «aproximadamente» o «más o menos»– resultaría un disparate decir «a grosso modo» ya que hacerlo equivale a pronunciar cualquiera de estas tres absurdas y agramaticales expresiones (idiotismos, en buena cuenta): «a a bulto», «a aproximadamente» «a más o menos» (o sea, repetir disparatadamente la preposición «a». Y, efectivamente, eso es cierto: resulta horrible, pues. 

Entonces, pregunto: ¿cómo se explica el hecho de que se haya extendido entre los hablantes, desde hace mucho tiempo, el uso de aquella académicamente reprobada forma expresiva: «a grosso modo»? La explicación que yo encuentro es la siguiente. Ocurre que, como una suerte de significado literal de la referida expresión latina, los hispanohablantes hemos llegado virtualmente a aceptar esto que, prácticamente, es una paráfrasis: «manera gruesa o gorda» (que, claro, viene a ser lo mismo que «aproximadamente» o «más o menos»); y por ello es que, con razón, terminó asumiéndose, como válido o procedente, decir «a grosso modo» que es como si se expresara esto: «a (o de) manera gruesa o gorda» (o sea, «a ojo de buen cubero»: no de modo preciso o específico). Como se ve, tiene, realmente, sentido; es decir, no es nada absurdo el haber añadido la preposición

Agrego algo. Si el hecho de haber adicionado una preposición a la locución latina «grosso modo», es «incorrecto» e «indebido», tal como afirman la Fundéu y la Nueva gramática de la lengua española, ¿qué podría afirmarse respecto de expresiones como estas: «un bis» y «un mea culpa»? ¿Serían formas igualmente indebidas e incorrectas? Veamos. La primera, literalmente, significa «un dos veces» y la segunda, «un culpa mía» (como se ve, se trata también de agramaticalidad e idiotismo, ¿verdad). ¿La RAE dijo algo al respecto? No, jamás puso en entredicho estas expresiones; se hallan, más bien, registradas en el Diccionario académico: «Bis: Ejecución de un bis. La soprano hizo un bis»; «Mea culpa: culpa mía (Mea culpa: expr. Culpa mía. U. m. c. loc. sust. m. Entonará un mea culpa público». 

Es que, en verdad, no existen razones valederas que justifiquen el rechazo a estas formas expresivas: válidas y correctas son «un bis» y «un mea culpa» como, definitivamente, válido y correcto también es «a grosso modo». La adición o añadidura de la preposición, en un caso, y el artículo, en los otros, corresponde, simple y llanamente, a la incuestionable adaptación de estas locuciones latinas a nuestra propia lengua y esto, como sabemos, implica asumirlas como nuestras con todo lo que ello supone: usarlas como nos resulte lo más adecuado (es que importamos las expresiones o vocablos, pero no estamos obligados a observar las reglas de su lengua de origen). Y, además –como bien lo reconoce la misma Academia– su uso es extendido (es decir, difundido, generalizado) y esto, simple y llanamente, le da absoluta legitimidad.  Tarde o temprano, estoy seguro, la RAE reconsiderará (como debe ser) la opinión que hasta ahora mantiene respecto de este tema.

El pueblo, que es el dueño del idioma, sabe (al menos en estas cosas) lo que hace, y tiene el derecho de hacerlo y nadie está investido de autoridad para prohibirlo. (Lo digo directamente y con todas sus letras, y no a grosso modo)

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez


domingo, 5 de julio de 2026

EL CHUPE O GÜILLANA EN PALLASCA (Mis hipótesis)

En Pallasca, casi siempre en noviembre o diciembre, es decir, unos meses antes de la celebración de las festividades en homenaje al patrón San Juan Bautista, el prioste o mayordomo ofrece un almuerzo público bailable que es conocido como Chupe

No ha llegado a precisarse, hasta ahora, cuál es el origen de esta denominación o, mejor dicho, por qué a la actividad mencionada se la llama así, con ese vocablo. Una hipótesis, creo yo muy razonable, es que, antaño, el plato principal en aquel fraternal encuentro de paisanos habría sido la muy nutritiva y deliciosa sopa serrana llamada precisamente «chupe» y que en otros lugares es también conocida como «sopa (o caldo) verde» o como «yacu chupe» (sus ingredientes: papas, choclo, queso y algunas hierbas aromáticas como, por ejemplo, el paico o «cash cash», y eventualmente también leche). En el Vocabulario de la lengua quechua (1608) de Diego González Holguín encontramos esto: Chupi chupilla rocroroculla rurascca micuy cuna. Comidas bien adereçadas sabrosas

El evento en mención, que se comporta como una suerte de agasajo a los asistentes tiene, en realidad, un propósito específico: estimular el entusiasmo y la proverbial voluntad solidaria de los paisanos asistentes a fin de que, en medio de la euforia, se animen a ofrecer alguna significativa donación que habrá de contribuir al mejor desarrollo de la fiesta patronal que se realiza en junio de cada año: una banda de músicos, un castillo de fuegos artificiales, cajas de cerveza, dinero, etc. 

Otra hipótesis razonable, respecto del nombre (aunque pudiera parecer medio grotesca) es que podría tratarse de una alusión al derroche de bebidas alcohólicas y, de modo específico, al verbo coloquial que, en estas circunstancias, se refiere al acto libar o beber licor: o sea, «chupar». Lo que, creo, abona en favor de esta segunda posible explicación etimológica es el hecho de que no siempre la asignación de nombres a ciertas actividades está o tiene que estar envuelta en algo así como un «ropaje» de solemnidad o de recato: también, en muchos casos, suele intervenir, decisivamente, un propósito travieso, juguetón, y más aún si de lo que se trata es de nombrar a algo que es, sobre todo, festivo. 

Y, bueno, también tenemos el otro nombre con que se conoce en diferentes pueblos a esta actividad o acontecimiento: Güillana. Un vocablo que, a primera vista, parecería de origen quechua, ¿verdad? Claro. Y, en efecto, lo más próximo (fonéticamente, digo) que he podido hallar es el verbo «Willay», que, sin duda, proviene de «Villani villacuni (cuyas primeras sílabas se pronuncian como «wi» o «güi»). Referir, decir denunciar anunciar» (Diego González Holguín). La única variación, como se advierte, está en la última sílaba: «na» en lugar de «ni». Una de las acepciones citadas, «anunciar», nos ayuda a explicar el posible significado de la reunión festiva de la que estamos hablando: sería «anuncio de que pronto ha de realizarse la festividad patronal», o -de otro modo- «ocasión en que los paisanos y amigos de buena fe anuncian sus solidarias donaciones para el prioste»; en otras palabras, una reunión festiva que anuncia o anticipa las bondades de la próxima celebración patronal. 

Sin embargo, como en el caso de «Chupe», también respecto del vocablo «Güillana» es posible aventurar una hipótesis adicional. En tal sentido, creo que podría tratarse de una alusión a lo que implica el apoyo o colaboración que, en ese almuerzo, se le ofrece al mayordomo o prioste de la próxima festividad patronal: el desembolso de dinero. Veamos por qué digo esto. Desde hace mucho tiempo, al dinero, coloquialmente, se le llama también, en nuestro medio, «güilla» que es el acortamiento, a manera de aféresis, del diminutivo juguetón de «agua», esta: «agüilla», con que (especialmente en el mundo del criollismo, al menos a principios del siglo XX) se conocía al licor y luego al dinero; ¿recuerdan el vals «La palizada» de Alejandro Ayarza («Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla...»)? Se da, pues, de algún modo, una asociación con el vocablo «chupe». ¿Por qué el agregado del sufijo «-na» al vocablo «güilla»? Evidentemente, porque no se buscaba nombrar al dinero propiamente dicho, sino a la ocasión, al evento (como «pascana» o «comilona», por ejemplo). ¿Es razonable esta hipótesis? Como la anterior, no resulta descartable.

Ahora, para poder arribar a una conclusión realmente certera, creo que convendría saber (al menos aproximadamente) cuándo comenzó a ser empleado el vocablo «Güillana» en Pallasca y en las otras provincias cercanas, como Santiago de Chuco, por ejemplo. Esto, porque hace falta determinar si, entonces, en la zona –con preeminencia idiomática del español y con rezagos de la lengua culle– el quechua aún ejercía alguna significativa influencia. Lo digo porque –salvo en el uso que aquí se menciona– el vocablo en cuestión (relacionado específicamente con los conceptos de Referir, decir, denunciar, anunciar que, como se ha visto, corresponden a su significado en quechua), no forma parte del léxico pallasquino. Esto hace que, a pesar de lo razonable que parece, la primera hipótesis planteada respecto «Güillana», se debilite. Hay razones, pues, para que la inquietud y la tarea, en la búsqueda de una explicación lexicológica a este simpático y apasionante tema, continúen.

Pero, cualquiera sea, finalmente, la explicación lingüística, lo cierto es que en el Chupe o Güillana se congregan los pallasquinos, como hermanos, desbordando alegría; y, sin mezquindad y estimulados por su buena fe, se disponen a darle al prioste la seguridad de que la Fiesta, que en unos seis o siete meses se realizará, ha de ser “la mejor de todos los tiempos”; y, para que eso sea cierto y no se generen dudas, levantan la voz y hacen pública su oferta: “¡Un toro de muerte!”. Aplausos de rigor y un cohete retumba en el cielo pallasquino. “¡Un castillo de diez cuerpos!”. La banda de músicos toca una diana; más aplausos y más cohetes. “¡Cincuenta cajas de cerveza!”. Más diana, más aplausos, más cohetes. La alegría y la hermandad permanecen.

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez


sábado, 4 de julio de 2026

¡ESTO DE LOS NÚMEROS, CARACHO!

Aquí, amigos, les ofrezco unas expresiones, aderezadas con números o referencias numéricas, de uso muy cotidiano especialmente en el castellano peruano. A ver, qué les parece. (¿Conocen otras, tal vez?): 

«A la una, a las dos y a las tres, ¡ya!» (Expresión para dar ánimo y estimular el inicio de algo: ¡Hazlo, y no te achiques; tú puedes). «Espérame un cinco, que esto lo arreglo en un dos por tres» (Es decir, no me demoro y lo hago “al toque”). «Disculpa, no es a ti a quien buscaba; lo que pasa es que me he quinceado» (Me equivoqué). «Es un ladrón de siete suelas» (Superlativamente negativo: es “de lo peor”). «Se nota que estás enamorado hasta el cien» (o sea, “hasta la remaceta”: excesivamente). «No hay quinto malo» (Si los anteriores toros fueron un fracaso, este, el quinto, será el mejor). «Estas cosas ocurren a las quinientas» (Pasan muy esporádicamente). «No te preocupes, a la tercera va la vencida» (No te desanimes, inténtalo de nuevo y verás que, de todos modos, saldrás airoso). «Te pasaste: eres el número uno» (“Eres excelente”). «Como dijo la tía Facunda, no hay primera sin segunda» (Es que el baile de la marinera tiene, siempre, dos partes y, a veces, viene con «resbalosa» además). «Aunque no les guste, yo sigo en mis trece» (Soy terco hasta la pared de enfrente: no cambiaré de opinión). «Qué se habrá creído ese abogaducho de cuarta» (O sea, un mal abogado. También se dice: de segunda o de tercera). «¡Uf!, me quedé sin un quinto» (Se me acabó el dinero). «No me queda más que dobletear en la chamba, pues; si no, ¿cómo?» (Hace doble turno en el trabajo, o labora en dos lugares). «¡Qué "discúlpame" ni qué ocho cuartos!» (Metiste la pata, así que tienes que pagar las consecuencias: no te lo perdono). «Le dije que, como adulto, asumiese su responsabilidad, pero se hizo el tercio» (O sea, le importó un comino, se hizo el desentendido como si otro fuese el culpable de la situación). «¿Qué puedes esperar de él, si sabes que, en realidad, es un cero a la izquierda?» (Una persona sin cualidades rescatables, un inútil). «Esto pasa con once» (No es gran cosa; pero, algo, aunque sea un poquito, tiene de rescatable). «Es un restaurante de primera» (Un lugar muy recomendable para ir a comer). «Espérame que voy a hacer el dos» (He comido frejoles y debo ir al baño). «Vamos por más, que uno es ninguno» (Siempre con ánimo triunfador). «Qué salado eres, compadrito. Seguro que naciste un martes trece» (Igual que viernes 13, es una fecha considerada de mala suerte). «Más vale pájaro en mano que ciento volando» (No vaya a ser que, por querer más, termines perdiendo lo que tienes). «No le busques tres pies al gato» (Ya, déjate de complicar las cosas). «Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón» (Un castigo a quien hizo daño es perdonable, pues). «Claro, ¡de mil amores!» (¡Con el mayor gusto!) «Vayan saliendo de uno en uno, por favor» (Ya, ya, no se atropellen). «Mira, me compré un carrito de segunda mano» (Un vehículo usado). «Es que no hacía caso a los consejos y, qué lástima, ahí están las consecuencias: salió con su domingo siete» (Muy jovencita aún, resultó embarazada). «¡Uf!, apenas han venido cuatro gatos» (Concurrieron pocas personas a la cita). «¿Sabes? Me importa un comino lo que digas» (Tu palabra no vale nada para mí). «Ya, ya, espérame un segundo» (Te he dicho que no me voy a demorar). «Sé directo, y no me hables con segundas (o doble sentido), por favor» (¡Habla claro y no con expresiones capciosas!). «Está feliz con su cuarto de hora de fama» (Seguramente le han dado un doctorado «honoris causa» y por eso ya ni siquiera te mira). «¡Vengan esos cinco!» (O sea, ¡chócala!). «Ya, ya, ni pa' ti ni pa' mí: cincuenta y cincuenta» (Una solución “salomónica”). «Ya veo: cuarenta y veinte» (¡Qué tal diferencia de edades! Claro, el tío es chibolero!). «¡No, en cuatro, no, por favor!» (Es amorosa, pero detesta las costumbres caninas). «Le ha pasado de todo y, sin embargo, sigue en pie; tiene siete vidas como un gato» (Una persona con admirable fortaleza o suerte). «Qué se habrá creído; le voy a decir sus cuatro verdades» (Le voy a hablar directamente y sin anestesia para que entienda). «Me apasiona; por eso estoy veinticuatro siete en esto» (Sin descanso, todos los días y a toda hora). «Y al tercer día, ¡resucitó!» (La divinidad de aquel excepcional hombre de carne y hueso). «¡Un millón de gracias, querido amigo!» (Es que me siento ilimitadamente agradecido). «Ya, un par más y nos largamos» (O sea, «la del estribo»: la última cerveza en la animada reunión de tragos). «La encontraron en un cuarto de hotel» (Claro, un cuarto que, aunque inicialmente debió haberse referido a la cuarta parte de una casa, ahora ya nada tiene que ver con ese adjetivo). «Vive en la quinta de la esquina» (Aparentemente, este nombre se debe a que -según la RAE- antiguamente había ciertas casas de recreo en el campo «cuyos colonos solían pagar como renta la quinta parte de los frutos»; hoy eso es solo una enrarecida referencia histórica). 😀

¡Un abrazo, amigos queridos!

© Bernardo Rafael Álvarez