miércoles, 1 de julio de 2026

ESTA PALABROTA ¿«CON CH- PARA INDICAR BLANDURA»?


Ustedes me conocen, amigos; saben que no soy lisuriento, ¿verdad? Cierto [1]. Sin embargo, sucede que la curiosidad es, a veces, imprudente, pues. Por eso, es que –les cuento– he perpetrado algo que espero no sea imprudencia. ¿Saben que cosa he hecho? Le he dado una mirada nada menos que al Diccionario de la Lengua Española (DLE) y, justamente, en la entrada referida a una expresión a la que suele calificársele como «malsonante», vulgar, grosera; esta: «chucha», que, como es sabido por todos, significa «vulva» (en Argentina, Chile, Colombia y Perú). Y esto me ha llevado a desarrollar las reflexiones que a continuación expongo.

Lo que he encontrado en el repertorio, respecto del vocablo «chucha» es algo que, realmente, me ha sorprendido sobremanera. Me refiero a la marca lexicográfica allí indicada con relación a la procedencia del término; esto es lo que dice: «De or. expr., con 'ch' para indicar blandura». O sea, según la Real Academia Española (RAE) el origen del sustantivo mencionado es simplemente, de carácter «expresivo» (dizque por la «blandura» que supone el uso de «ch-»); y –como una suerte de apoyo explicativo– nos remite a «chichi», «chocha» y «chocho», que en algunos países tienen también el mismo significado. ¿Qué podemos entender de esto? Pues que la palabrita de marras tuvo que haber sido creada en algo así como un juego de sonidos consonánticos en que alguien, de pronto, se descubrió lo suave (o blando) del sonidito que tiene el fonema «ch» y decidió combinarlo con la última y la primera vocal del abecedario y, ¡saz!, resultó el hoy muy conocido sinónimo de «vulva». 

Y, bueno, pidiendo las disculpas del caso, yo me atrevo a decir que eso no es cierto, que lo señalado por el DLE no es más que un error que la RAE debería corregir. Creo, por ello, que lo más prudente y atinado –si, como parece, no conocían la procedencia real del vocablo– hubiera sido que solo pusiesen esto, como marca: «De or. inc.» (o sea, de origen incierto).

No obstante lo dicho, tengo que afirmar que existen razones para asegurar que el origen del vocablo en mención («chucha») no es incierto pues, de algún modo, es históricamente ubicable; y, claro, corresponde precisar que esa procedencia no tiene, exactamente, carácter «expresivo» y, además, nada tiene que ver con la idea de «blandura» que, presuntamente, sugeriría el empleo de la partícula «ch-». Está, más bien, relacionado con algo que es concreto y, además, duro. 

Su origen se halla en el nombre que, desde hace algunos siglos, se le daba a un molusco marino. Esto (es obvio, ¿verdad?) nos lleva a entender que la explicación etimológica, en este caso, se relaciona con el otro nombre «malsonante» con que, en nuestro medio y también en algunos otros países latinoamericanos, suele llamarse a la «vulva», este: «concha», que hace alusión, entre otras cosas, a la cubierta, en dos valvas, de la almeja y que, igualmente, era también conocido desde siglos atrás: «la cubierta dura de algunos pescados» (Cobarrubias, 1611), «pescadillos de concha (Rosal, 1611).

Exacto: almeja. ¿Saben cuál es el otro nombre con que se conocía a este molusco «lamelibranquio marino» («con valvas casi ovales, mates o poco lustrosas por fuera, con surcos concéntricos y estrías radiadas muy finas, blanquecinas y algo nacaradas en su interior, y carne comestible muy apreciada»[2]). Se la llamaba «chucha» en Panamá; y, justamente, en este país también a la vulva se la conoce, vulgarmente, con ese nombre (y creo que no sería desatinado suponer que allí comenzó el uso de este vocablo). La palabra que ha motivado estas reflexiones era conocida, digamos «oficialmente», desde fines del siglo XVIII: ya aparece en el Diccionario de Esteban de Terreros y Pando, de 1786, pero, claro, solo como nombre de la muca o zarigüeya (de lo cual se generó su uso para referirse, también, al mal olor de las axilas). 

La RAE, aparentemente, no llegó a enterarse del significado que la palabra de marras ya tenía en Panamá. Obviamente, no se percataron de que ya estaba referido en Historia del Nuevo Mundo, libro del padre Bernabé Cobo, que fue terminado de escribir en 1653 y comenzó a ser publicado en 1890 (dos siglos después de la muerte de su autor). 

Textualmente, Bernabé Cobo escribe, entre otras cosas, lo siguiente: «Debajo del nombre de 'almejas' se comprehenden muchas y varias conchas que se crían en las costas de los mares así del Sur como del Norte (...). En la costa de Panamá, entre la arena de la playa que baña la mar, se cría gran suma de ellas, a las cuales, en aquella provincia, llaman 'chuchas'...».[1] Allí está, pues, el origen del nombre dado, vulgarmente, a la vulva: «Chucha».

*** 

Bueno, esta palabrita, en el castellano coloquial peruano, es empleada actualmente de distintas formas (claro, casi nunca con propósito exultante). Una de las más conocidas es esta, que es la respuesta desdeñosa e insolente que suele darse con algún grado de violencia: «¡A mí qué chucha!». Es el acortamiento de «¡A mí qué chucha (qué mierda, qué carajos o qué diablos) me importa (o interesa)!». 

También se usa en expresiones interrogativas como esta: «¿Dónde chucha te has metido?», en la que la que la palabrita en cuestión también puede ser reemplazada con las que acabo de citar entre paréntesis; y con ella, lo que –consciente o inconscientemente– quiere decir el emisor, a manera de virtual ofensa, es que aquel lugar ignorado donde, eventualmente, está o podría haber estado el interlocutor, tiene que ser, digamos, una «cochinada» (algo así como «¿En qué cochino lugar habrás estado!»); pero también es como decir, simplemente, «¿Por qué diablos te desapareciste?». Existen, asimismo, expresiones interrogativas con una alta dosis de agravio, como estas: «¿Qué chucha te crees?» o «¿Qué chucha te pasa?», que eventualmente pueden ser «suavizadas» con esta variante léxica: «chicha».

Igualmente se usa en expresiones que pueden ser ponderativas o de lamento como esta: «¡Ay, chucha» («¡Ay, chucha, eres lo máximo!»; «¡Ay, chucha, qué terrible accidente!»), que viene a ser un sinónimo de la también muy peruana expresión «¡Asu, mare!» y de esta: «Juan es un chucha» (o sea, «es lo máximo» o «es lo peor»).

Y un uso también perverso es este, que se comporta, terriblemente, como ofensa o insulto: «¡Fuera, chucha de tu madre!»; es, evidentemente, lo mismo que la muy acre expresión «¡Concha de tu madre!».

Ahora, ¿por qué, precisamente, se usa el vocablo «chucha»? Veamos. Como ya se indicó antes, se trata de un sinónimo de «concha» (referida, repito, a la vulva). ¿Podríamos decir, entonces, que es una alusión perversa y quizás medio machista al órgano sexual femenino? No. En frases como las que he mencionado, el uso de esta palabra, en sentido estricto, no implica tal cosa, no se da esa infausta asociación. Lo que ocurre es que la consideramos, «auditivamente», como más gruesa, más ruda y rotunda y hasta más repulsiva (es decir, no como una expresión de «blandura» como aparentemente creen los académicos de la RAE). A lo que, en verdad, se alude con esa palabra (y también, en este contexto, con los vocablos «carajo» o «diablo»), es a lo escatológico, a lo que nos genera asco; se quiere decir, simplemente, «mierda». En dos palabras:  el vocablo «chucha» ha adquirido nuevo significado; significado al que –ahora sí, con propiedad– podemos asignarle un carácter realmente expresivo.

© Bernardo Rafael Álvarez



[1] Perdónenme por el chiste monse, por favor.

[2] Diccionario de la lengua española, RAE.

[3] Obras del P. Bernabé Cobo. En: Biblioteca de autores españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Ediciones Atlas, Madrid 1964.

martes, 16 de junio de 2026

EL COLEGIO PROFESIONAL DE ARTISTAS (MI POBRE OPINIÓN)



Un colegio profesional es una institución gremial cuya finalidad es, básicamente, representar y defender los intereses de sus integrantes. No es un ente con capacidad o facultad de influir en el trabajo propiamente dicho, de sus afiliados (su existencia institucional no afecta la calidad de ese trabajo). Hablando, específicamente, respecto de la labor de los artistas, un pintor no tendrá que esperar, por ejemplo, que su gremio le autorice o prohíba el empleo de tal o cual color o determinado tipo de diseño al elaborar un retrato, un paisaje, un bodegón, etc. 

Ordenar y supervisar (como dice, literalmente, la ley en su artículo 2, b) el ejercicio profesional de las disciplinas artísticas no significa, pues, que la institución vaya a meterse o inmiscuirse en el trabajo de la persona que se dedica al arte y, así, influir en su creatividad. La ley habla del «ejercicio profesional» y es obvio que con esto se hace  referencia, estrictamente, a la labor remunerada; y, en tal sentido (por tratarse de una institución de representación y defensa), los verbos “ordenar” y “supervisar”, en esta ley, aluden a los medios defensivos con que tratará de protegerse, entre otros, los derechos morales, patrimoniales y laborales del artista, evitándose, de ese modo, en casos concretos, situaciones que puedan resultar dañinas o perjudiciales (por ejemplo: relaciones contractuales desventajosas o aprovechamientos abusivos). 

Un colegio profesional es, repito, una institución (constitucionalmente autónoma) de representación y defensa de sus agremiados y no un organismo policial dependiente del Estado. No creo que haya quien piense lo contrario: que el colegio que acaba de crearse enviará, al domicilio de cada artista, agentes encargados de constatar, por ejemplo, si los pintores están haciendo uso correcto de los colores. A ese tipo de supervisión no se refiere la ley. La libertad del artista no está corriendo ningún peligro, pues.

Y, claro, si algún artista no quiere que una institución como esta lo represente y defienda, no hay ningún problema: simplemente que no se afilie al colegio profesional, y punto; la colegiación, en este caso, no es obligatoria y no es, ni será nunca, requisito para ser artista el estar colegiado (un artista auténtico lo es y seguirá siéndolo, esté o no integrando un colegio profesional).

Otra cosa. Aquello que la ley dice, en su artículo 2, d), tampoco tiene por qué ser motivo de preocupación: la facultad otorgada al Colegio de Artistas para emitir "opinión técnica y profesional" en asuntos referidos a las disciplinas artísticas no es una afrenta ni supone un riesgo de profanación a la "majestad" del arte; una opinión, sea común y corriente, o técnica y profesional, no es una ley que pueda perjudicar a nadie y, menos si, como se precisa en la norma, esa opinión deberá darse cuando sea solicitada. Y, además, debe entenderse esto: así como, por ejemplo, el colegio de abogados está integrado por profesionales del derecho, quienes integran el colegio de artistas son artistas y, por ello, quienes emitan la opinión a que se refiere la ley serán ellos mismos, los artistas, y no otro tipo de profesionales.

Y, bueno, finalmente debo decir que la ley Nº 32645, que crea el Colegio Profesional de Artistas no tiene, absolutamente, nada de monstruoso: no es, tampoco, la perpetración de una suerte de crimen de lesa cultura o cosa por el estilo, ni menos una amenaza de “censura" o un atentado contra la libertad de creación artística. (¿Un ingeniero, por el hecho de colegiarse, acaso termina diseñando puentes o edificios carentes de seguridad? ¿Un médico, al agremiarse, por culpa de su Colegio, se convierte en un profesional peligroso en el que no conviene confiar nuestra salud? La respuesta es, simplemente, no.

El suelo, al menos hasta ahora, sigue parejo, pues. (Eso de “fachistizar” todo lo que sea motivo de disgusto es un exceso descabellado, como lo es también el "terruqueo"). Como diría nuestro César Vallejo: un poco de calma, camaradas.

 Bernardo Rafael Álvarez

 



lunes, 15 de junio de 2026

EL DOCTOR ZHIVAGO, EN PALLASCA


El doctor Zhivago, que es el título de una película, me lleva a Pallasca, a mi colegio (modestísimo, pero, aun así, para mí el más grande de mi provincia): el Colegio Municipal Mixto San Juan Bautista, creado a instancias de la voluntad de mi pueblo y gracias al apoyo parlamentario de dos diputados ancashinos: Saturnino Berrospi y Arcadio Alfaro. El propósito y deseo de todos era que, obviamente, se convirtiese más temprano que tarde en una institución educativa "nacional"; es decir, amparada administrativa y financieramente por el apoyo del Gobierno Central. Se hicieron todas las gestiones y esfuerzos, pero infructuosamente. Creo que lo que jugó en contra fue el hecho de que Pallasca era un pueblo chico con una población escolar poco abundante y porque, desde 1962, ya contaba con una institución educativa de nivel secundario: el Instituto Nacional Agropecuario Nro. 47, que era solo para varones. 

Sea como fuere, lo cierto es que el "mixto" (así lo llamábamos) funcionó, pero solo durante cinco años. Yo estuve allí hasta el cuarto año; pero aquellos cuatro años, fueron extremadamente fructíferos, enriquecedores, de modo especial los dos primeros: años en que, como ya lo he dicho en más de una oportunidad, Pallasca se convirtió en un excepcional centro de cultura. Hubo, si mal no recuerdo, hasta tres presentaciones teatrales al año: algunas obras, adaptadas de películas mexicanas, y otras que fueron creadas por nuestro primer director y profesor, Moisés Porras Matos. Las presentaciones se hicieron en nuestro pueblo y también en otros distritos de la provincia, a los que íbamos en "excursión". 

En el colegio, los alumnos escuchábamos música sinfónica -y aprendimos a entender su significado-, especialmente los poemas sinfónicos. Leímos con cierta intensidad y ¡comenzamos a escribir!: al principio, haciendo nuestros "diarios íntimos". Llegó a editarse una revista cultural: Ondas Pallasquinas. Todo esto, gracias al entusiasmo, estímulo y esfuerzo (sumado a nuestro regocijo e inquietud de adolescentes) de Moisés Porras Matos, un profesional joven con alma de poeta y, además, soñador. Aparte de las composiciones de Tchaikovsky, Franz Liszt y otros, lo que nos impactó sobremanera fue el conmovedor Tema de Lara, parte del sound track de la película El doctor Zhivago, que fue creado por el francés Maurice Jarre. 

Entonces no llegaba, aún, la carretera a Pallasca; sin embargo, como solía decirse en alusión a los adelantos más valiosos (los culturales, los espirituales) ya estábamos "a la par con Londres", esto, además, porque, entre otras cosas, se hizo realidad un cambio muy significativo: la tardanza, tan proverbial en nuestro país, la convertimos en puntualidad: "Desde hoy, establecemos la hora pallasquina", decretó nuestro querido maestro, don Moisés. 

Todo esto, y más, pasó en Pallasca durante mis dos primeros años de secundaria (de 1967 y siguientes). Claro, también dieron su aporte valioso, al principio, nuestros profesores Mario Vidal, Isidoro Cier, Juan Ames y nuestra querida e inolvidable Mechita Málaga Masgo (que fue la esposa de nuestro primer director) y, seguidamente, Erasmo Sandoval y Nerio Rubiños (que me hizo conocer la poesía de Javier Heraud). Y, naturalmente, también mis compañeros de estudios, de quienes también aprendí mucho (Herenia Guzmán Bordonave, Lizandro Bocanegra Ubaldo, Lucho Aparicio, Mechita Delgado, Lilia Álvarez, Cruz Herrera ("Coloshal"), Henry Bocanegra, Betsy Arellano, Gricelda Alvarado, Luchito Ninaquispe ("Charango"), Gloria Valderrama, Marilu Robles y muchos otros... 

¡Qué lindos días aquellos, en el lindo pueblo de los "chupabarros", caracho, nuestra Pallasquita linda! Y yo, ahora y siempre, profundamente agradecido por todo. Cuando, a veces, vuelvo a escuchar los acordes del Tema de Lara, no puedo evitar, lo confieso, que unas lágrimas rueden por mis mejillas. ¡Perdónenme la nostalgia, por favor!

                                                                                                                      Bernardo Rafael Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

"LA COSA SE HA PUESTO COLOR DE HORMIGA"

 

¿Sabían, amigos, por qué, popularmente, se dice «La situación se ha puesto "color de hormiga"»? ¿Por qué, precisamente, "color de hormiga"? Es, según tengo entendido, una frase usada, sabe Dios desde cuándo, especialmente en nuestro país, en México y también en España. La doctora Martha Hildebrandt, nuestra inolvidable lingüista, tenía (como se lee en la imagen que aquí inserto) una opinión al respecto, de la que –tengo que decirlo– yo discrepo. Ella creía (y es lo que se puede leer en el pequeño espacio que tenía en el diario El Comercio) que lo de «color de hormiga» es una alusión al color negro del insecto, porque -decía-, desde tiempos remotos, este color ha sido usualmente asociado a desgracias e infortunio. 

No es así, realmente. A lo que la frase alude es, más bien, al rojo, que es, dicho sea de paso, el color con que mayormente es identificada la hormiga; su color, digamos, representativo (aunque, como sabemos, también las hay marrones, amarillas y, claro, negras). 

¿Y por qué el rojo? Porque es un color que casi siempre es asociado, simbólicamente, al fuego, a lo que es ardiente. En tal sentido, la afirmación de que algo está o se ha puesto "color de hormiga" equivale a decir -como, en efecto, también se dice coloquialmente- que "la cosa está que arde", "se ha puesto picante", "está candente" o, en algún modo, es una "papa caliente". Si se estuviese haciendo referencia a una discusión, lo que se trataría de decir con esta frase es que los ánimos han llegado a caldearse y que, por la gravedad de los desacuerdos y la exaltación de los ánimos, existe el riesgo de que los contendores puedan "irse a las manos" (se enfrenten físicamente: a trompadas). También, cuando hay un hecho político, por ejemplo (como estas elecciones, en el Perú), que nos preocupa sobremanera y quisiéramos que se resuelva favorablemente y en calma y, sin embargo, hay sospechas de que el desenlace podría ser adverso a nuestras expectativas o, simplemente, resulta imposible de adivinar cuál será el final. Un estado de extrema excitación, aquello que, por complicado, está convirtiéndose en impredecible, rojo o enrojecido: color de hormiga, pues. 

Y nada tiene que ver con lo negro, que –en todo caso–, en el uso, vendría a ser una suerte de metáfora de lo fúnebre, de lo tenebroso, y no del nivel de tensión o dificultad a que puede arribar una situación. 

¿Ustedes que opinan, amigos queridos?

 

© Bernardo Rafael Álvarez


sábado, 6 de junio de 2026

«VERBA» NO PROVIENE DEL FRANCÉS «VERVE»

La más antigua referencia documental, de carácter lexicográfico, con que se cuenta acerca del vocablo «verba», es el diccionario de Salvá (que es de 1846). Allí, «verba» aparece correctamente definido como «cháchara, parola», es decir, palabra o abundancia de palabras inútiles. El primer registro del vocablo que hace la Real Academia Española (RAE), data de 1899; en el diccionario editado ese año, no solo aparece la definición acertada («labia, locuacidad») sino, además, la referencia etimológica que realmente corresponde, porque no se equivoca: «Del lat. verba, pl. de verbum, palabra; lo mismo ocurre en otras ediciones posteriores, excepto en algunas en que solo se coloca la definición.

La alteración, a todas luces fuera de lugar (es decir, desubicada y absurda) se da en la edición del Diccionario académico hecha en 1992, en que, por primera vez, se hace referencia a una falsa etimología: «del fr. verve»; y se elimina lo que en anteriores ediciones aparecía y era la correcta («Del lat. verba, pl. de verbum, palabra»).

Por qué, justamente, a partir de la edición de 1992, la RAE o, más concretamente, los lexicógrafos encargados de la elaboración del diccionario, incurrieron en este grave error. Sospecho que se debió a que se dejaron influenciar por lo que, el entonces académico Manuel Seco, puso en su Diccionario de dudas y dificultades, publicado justamente en 1986. Allí, el lingüista y lexicógrafo español insertó esto que transcribo textualmente: «En algunos países americanos se ha adoptado en la forma verba el francés verve, que corresponde al español vena o inspiración»; y, como para «ilustrar» su afirmación cita estos dos extractos literarios: «”Una verba rústica y vigorosa sonaba en el fondo de esta raza de labriegos y de pastores” (Arreola, trad. Baty-Chavance, Arte, 56);  A la nueva... le soltó por fin una confidencia con la verba florida de sus mejores años” (García Márquez, Amor, 468)».

No, nadie ha adoptado el francés verve (que significa «brío» o, si se quiere, como decía el académico Seco, «vena o inspiración») «en la forma verba». Lo que hacemos es usar el vocablo latino «verba» para referirnos a la locuacidad, a la labia. Y es a esto a lo que hacen referencia las citas literarias que ha empleado como «sustento»: tanto Arreola como García Márquez aluden a la locuacidad (en el primer caso, a las palabras rústicas y vigorosas, y en el otro a la verbosidad florida; en ninguna parte hablan de «vena o inspiración»). Se equivocó, pues, el académico Manuel Seco y, consiguientemente, hizo que la Academia también se equivocara. Y este error se mantuvo, explícitamente, hasta la edición 22 del Diccionario (año 2001).

En la edición actual ya se ha retomado, felizmente (como lo sugerí), la referencia etimológica correcta (del latín, verba); sin embargo, aún no se ha borrado aquella mención, desacertada, a que se había referido el mencionado autor del Diccionario de dudas y dificultades. Mi propuesta, ahora, es que, tal como ocurrió en ediciones anteriores, solo se mantenga la referencia etimológica que es la única realmente correcta: «Del lat. verba, pl. de verbum, palabra»; y se elimine definitivamente aquello que es absurdo e inexacto: «Del fr. verve».

Insisto: el vocablo «Verba» no proviene del francés «verve», sino del «Del lat. verba, pl. de verbum».

«Verba» (que es labia o locuacidad o, exagerando, verbosidad o verborrea) nada tiene que ver con el concepto «vena o inspiración» ni mucho menos con «brío» (que es, más bien, espíritu, valor, etc.).

(Espero -ojalá- que, como debe ser, en la próxima actualización del Diccionario se concrete, definitivamente, la nueva y justa modificación que he propuesto).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

6 de junio del 2025


domingo, 24 de mayo de 2026

EL SILABEO DEL VERBO «INSTRUIR»

 

Bernardo Rafael Álvarez: 

El silabeo del verbo «instruir»: Según el curioso criterio de los académicos de la RAE, «instruir» tiene solamente dos sílabas, que serían estas: «ins» y «truir». Sin embargo, el sentido común y, sobre todo, la realidad, nos demuestran que esta palabra se pronuncia en tres golpes de voz: [ins-tru-ir]. Cosa diferente ocurre, por ejemplo, con «beduino» que la pronunciamos así: [be-duí-no] y no [be-du-í-no] y «Luis» que lo pronunciamos en un solo golpe de voz y no de este modo: [Lu-is]. En consecuencia, el verbo «instruir» tiene tres sílabas, separadas así: «ins-tru-ir» porque, repito, así lo pronunciamos. Es que, más que partículas «gramaticales» (quiero decir, de escritura), las sílabas son sonidos. A esto se debe que la división de una palabra en sílabas, el silabeo, es, en sentido estricto y real, el señalamiento, uno tras otro, de cada uno de los golpes de voz que, unidos, la conforman, y no es otra cosa. Las teorías o disposiciones académicas no están por encima de la realidad. ¡Un abrazo! 

Gaby Linares: 

Ins-tru-ir, tiene tres sílabas, son tres golpes de voz. Sucede lo mismo con destruír o construír. En caso de “ ruinas”será rui-nas. 

Charo Arroyo: 

Gaby, son dos sílabas solamente: "uir" , es un diptongo que se pronuncia en una sola emisión de voz, es como "guion", "rio" "pio". 

Charo Arroyo: 

Yo separo oralmente en dos sílabas, ¿cuántas veces emites sonidos, dos, acaso dices: ins- tru-ir. "uir" es un diptongo y se pronuncia en una sola emisión de voz, Ber, no confundas a la gente. No son tres sílabas. 

Bernardo Rafael Álvarez: 

Todo el mundo dice [ins-tru-ir]. Y, repito, el asunto de las sílabas es, estrictamente, un asunto de sonidos, que son reales y no dependen del capricho de académicos.

Charo Arroyo: 

Entonces, según tú todas las reglas serían caprichos, pero sin embargo, las usas para escribir. No es así, Ber, diptongo es sonido y deben pronunciarlo bien, no puedes aceptar diferentes sonidos para las mismas palabras. 

Bernardo Rafael Álvarez: 

Las reglas, en asuntos idiomáticos, no son caprichos. Son, digamos, la formalización escrita de la norma que se da en el uso. La Academia no «inventa» la norma. Dime, Charito, si sería correcto si digo, por ejemplo, lo siguiente: «Dame abriendo la puerta, por favor», o sea: «Hábreme la puerta, por favor». 

Bernardo Rafael Álvarez: 

«Guión» es una palabra que la mayoría de hispanohablantes pronuncia en dos sílabas: [gui-ón]. Es lo que siempre reconoció la mismísima RAE y por eso, hasta la edición del 2001, en el diccionario consideraron las dos formas; pero, por ocurrencia de algunos académicos, en la actual edición solo aparece como monosílabo. Es que entienden que la unión de dos vocales fuertes (u, i) -necesaria y obligatoriamente, como una condena- son y tienen que ser, siempre, diptongo. Pero, no es así. El diptongo y el hiato son categorías que dependen de la pronunciación, son, digamos, sonoras; es decir, en este caso, la gramática tiene que depender, como es lo correcto, del uso y no al revés y, sobre todo, reconocer la realidad (los académicos no nos pueden obligar a pronunciar las palabras como ellos creen que es lo correcto). 

Charo Arroyo:

Una vez que una palabra se escribe con diptongo o hiato, se debe pronunciar bien de acuerdo a su categoría, Creo que confundes a la gente con esas teorías contra la academia cuando es la guía que tenemos para unificar el idioma. Como docente yo enseño de acuerdo a las reglas de ortografía y de ortotipografía, y si pronuncian mal. les enseño a hacerlo bien. por ejemplo. cuando dicen ·ociano", "lion", es mi deber docente enseñarles a escribir y pronunciar bien, si no el lenguaje sería incomprensible. Imagina que cada quien hablar como le viene en gana, por algo se separa la lengua culta, de los peruanismos, la jerga, la replana, para usar el lenguaje apropiadamente.

Bernardo Rafael Álvarez:

La «lengua culta» no es una categoría lingüística; no es precisamente la forma de hablar o de escribir más correcta o "perfecta". Lengua culta es, simplemente, el nombre que se da al uso de las personas "cultas" (profesionales, académicos, etc.). Es, digamos, una categoría medio sociológica. En la lengua culta está, por ejemplo, el «querramos», porque es usada por la gente culta. 

Charo Arroyo:

No estoy de acuerdo, Ber, o te vuelves el anarquista de la palabra y haces y escribes como quieres, o sigues las reglas que unifican el idioma, y se les enseña los niños a pronunciar bien. Según tu criterio entonces escribe "hablal" por "hablar" como pronuncian en algunos lugares de Centroamérica; el uso da vida a las palabras, pero bien escritas y bien pronunciadas, es como aceptar decir. nuez "noscada", porque se lo he escuchado en Chincha a mucha gente; o "lion", por "león", "ociano" por "océano". porque así lo pronuncian muchísimas personas. El diptongo y el hiato se reconocen por escrito y se deben pronunciar bien, eso es docencia, no dejar que pronuncien mal y no corregir. Como docente, yo enseño español con todas sus reglas. 

Bernardo Rafael Álvarez:

Claro, «hablal», como pronuncian en la región caribeña, es válido; eso, que se conoce como lambdacismo, no es un error ni un capricho. Es lo mismo que ocurre con el castellano argentino: desde hace muchísimo tiempo se venía diciendo, por ejemplo, «'decíme' donde es la fiesta» (en lugar de «dime...»). ¿Acaso la RAE lo prohibió? No, porque no tiene autoridad para ello. ¿Qué pasó después? Se reconoció su validez y ahora es una forma verbal ya incluida -como debe ser- en la gramática de nuestro idioma. (Y lo de «hablal» y también «amol» y muchas otras palabras en que la «r» se pronuncia como «l», corresponde, repito, al español de la región caribeña; no del Perú). ¡Un abrazo! 

...

viernes, 15 de mayo de 2026

¡QUÉ TAL LISURA! (Apología de las palabrotas)

«Una palabra como agua de azahar

nos hace falta en estos días de dudas y temores.

Aunque sea una palabrota, dije...»

                                                                                                                                                  B. R. A

                                                                    



Por lo que acabo de ver, Indecopi se niega a registrar la marca «Hablando huevadas», de los exitosos comediantes Jorge Luna y Ricardo Mendoza, porque, según dicen, dicha frase «contraviene las buenas costumbres». ¡Qué ocurrencia! La Decisión 486, Régimen Común de la Propiedad Industrial (norma expedida por la Comunidad Andina, y que es la que rige en estos asuntos), en su artículo 135, p) dice, efectivamente, que «no podrán registrarse como marcas los signos que sean contrarios a la ley, a la moral, al orden público o a las buenas costumbres».

Sin embargo, aquí surge la pregunta: ¿Cuáles son esas «buenas costumbres» presuntamente afectadas por la frase «Hablando huevadas»? Y, algo más, ¿a qué le llaman «buenas costumbres»? Y, otra cosa, en cuanto a las costumbres: ¿una entidad pública como Indecopi, o, más específicamente, sus funcionarios, tienen la capacidad, la facultad o la autoridad para determinar lo que es bueno y lo que es malo? 

Y nosotros (gente común y corriente, o –como dicen algunos– gente «de a pie») ¿qué podríamos afirmar al respecto? ¿La expresión «Hablando huevadas» es reprobable y, realmente, contraria a las «buenas costumbres»? No. Solo se trata de una frase que, si antes pudo haber merecido, tal vez, otro calificativo, hoy no es más que una expresión completamente inocua: no le hace daño, absolutamente, a nadie ni a nada. ¿Incita, tal vez, al odio, a la discriminación, al crimen o altera la convivencia pacífica? No, ni siquiera se comporta como una levísima ofensa. Si algún efecto puede generar (y es lo que, realmente, genera) en quien la escucha o lee, es una sonrisa y nada más. Todo el mundo la emplea, siempre, en «buena onda»; nunca con propósitos malsanos, dañinos. Escandalizarse, a estas alturas, por una expresión como la que, evidentemente, está siendo cuestionada por Indecopi, es, pues, ingenuo, pueril y descabellado; como decían las abuelas de antaño, «hay que ser bien esto» o, con el lenguaje coloquial de ahora, «un caído del palto» (¿o acaso un candidato a la santidad?).

*** 

Bueno, mientras esperamos a ver que los encargados de resolver el asunto referido a la demanda que ha sido interpuesta por Jorge Luna y Ricardo Mendoza adopten, finalmente, sin pudorosas y desubicadas actitudes, la decisión que realmente corresponde, veamos aquí algo más respecto de expresiones a las que, sobre todo en nuestro país, se conocen como «lisuras» o «palabrotas». 

Una de las más comunes y, según parece, más antiguas, es «carajo», palabra que –¡vaya coincidencia!– aquí en Lima corresponde también a la marca de un local de diversión, ubicado, si no me equivoco, en Miraflores, y que –como es lo correcto– sí se encuentra legalmente registrada en el organismo que, según dicen, «defiende los derechos de los consumidores»; esta marca corresponde, nada menos, a la «Peña Del Carajo» (¿qué les parece?). 

Cierto, se trata de una palabra muy antigua: diez siglos, por lo menos. Pero, al principio, no fue, precisamente, lisura, como creía don Marco Aurelio Denegri, quien también hablaba de la antigüedad de esta otra igualmente muy usada lisura: «cojudo». «Cojudo», sin ninguna connotación procaz, designaba al toro sin castrar (yo me enteré de su significado cuando aún vivía en Pallasca); y «carajo», nombre dado al órgano genital masculino, también se refería a una estaca y a una canastilla elevada en las embarcaciones. Muchísimo tiempo después comenzaron a ser consideradas como vocablos «malsonantes». 

En la actualidad, al menos en nuestro medio, muchas de estas palabras, debido a su uso muy generalizado que casi siempre se da, como ya lo dije, «en buena onda» (o sea, sin deseo de agraviar), están dejando de ser, digamos, auditivamente desagradables. Es que, en gran medida, el carácter deplorable de ciertas palabras (quiero decir, su connotación) no se debe precisamente a los significados, llamémosles «inherentes» (perdonen la licencia), que tienen, sino a la intención con que son dichas, incluso por el «tonito» o el gesto con que son acompañadas; esto es lo que pasa con «Huevadas», por ejemplo. Pero, claro, también por la asociación que se da con estos dos conceptos bien marcados: lo escatológico y lo genital; lo primero, por la connotación de «asquerosidad», y lo segundo, por el pudor, la vergüenza, lo «pecaminoso». 

Efectivamente, lo «prohibitivo» de las lisuras, es decir, la razón por la que tradicionalmente han sido «mal vistas»,  se ha debido, en primer lugar, al hecho de que gran parte de ellas están referidas a las llamadas «partes pudendas», las que usualmente generan vergüenza y por ello son escondidas y hasta se evita nombrarlas: los genitales; y, segundo, por la alusión a aquello que da asco: el excremento. Por ello, por vergüenza y asco, ciertas palabras dejaron de ser «bien recibidas» y comenzaron a ser calificadas como «malsonantes». Pero, vuelvo a precisarlo, no únicamente por su significado propiamente dicho, sino por el componente, digamos intencional, que lleva o creemos que lleva el respectivo vocablo adjudicado, como la burla o el ánimo denigratorio u ofensivo; así, por ejemplo, no resulta lo mismo decir «prostituta» y «puta», pues, a diferencia del primero, este segundo sustantivo tiene una carga en algún modo infamante, a pesar de lo benigno de su presunta etimología (no está acreditado plenamente, pero se cree que podría provenir del latino puttus, «niño» o «niña»; mientras que «prostituta», de prostitūtus –o sea, persona «que se ofrece en venta»–). 

Pero, claro, no siempre es así o, mejor dicho, no lo es en todos los casos. Veamos esto: ¿por qué, en referencia al excremento, sí resulta «tolerable» el sustantivo «caca» y, en cambio, «caga» genera repulsión? No hay, como es fácil advertirlo, ningún elemento, tácito ni menos expreso, que insinúe ofensa, afán denigratorio y ni siquiera irónico: ambas palabras se refieren a lo mismo, a los desechos orgánicos, pero solo una de ellas es considerada horrible. ¿A qué se debe, entonces, lo «malsonante», lo grosero del segundo vocablo citado? ¿Por qué, en este caso, el cambio de consonante (la «c» por la «g») produce un efecto «catastrófico» y convierte en «vulgar» a la expresión? Misterio inexplicable de la lengua, ¿verdad? Y no solo ocurre, como en esto, por la alteración de la palabra; también se da sin ejecutar ninguna modificación. Todos sabemos cómo se llama aquella suerte de galleta blanca, sin sabor y sin levadura que en la misa es puesta en la boca a los fieles que, contritos (y generalmente luego de haberse confesado), acuden a recibirla, y sabemos de lo altamente valioso de su significado espiritual; sin embargo, ocurre que, exactamente la misma palabra que le da nombre, en España es una interjección malsonante, una grosería: «hostia». ¿Cómo explicamos esto? 

Es capricho de la legítima arbitrariedad y no otra cosa. Las palabras no nacen con un significado incorporado y perpetuamente inamovible; el uso les da uno o más significados que –como se acaba de ver– hasta pueden ser opuestos (¿recuerdan la enantosemia, los autoantónimos?). En oportunidad anterior, habíamos visto: por ejemplo, «caserito» es tanto el vendedor en un mercado como el cliente que le compra. Esto último es lo que, en algún modo, ocurre con «hostia»: un significado excelso y el otro, simplemente, vulgar; pasa, también, por ejemplo, con «monstruo», palabra con que se designa a un ser despreciable e igualmente a una persona admirable, de elevadas cualidades. 

Bien. Seguimos con el tema. ¿Cuándo, cómo, por qué y para qué emergieron las lisuras en la lengua española? Digo en nuestra lengua porque, en realidad, no sé de expresiones de ese tipo en otros idiomas, salvo de estas en inglés, tan conocidas y hasta manoseadas, que se emplean como ofensa: «son of a bitch» y «fuck you»; ah, y también esta, en francés, que es, creo, una interjección de sorpresa celebratoria (la leí, regocijado, como entrada a un bello texto del gran Roland Forgues): «Merdre alors!».

¿Qué es lisura o, dicho de otro modo, cuál es su significado? Más específicamente, ¿por qué ese nombre? La más antigua referencia documental de que tengo conocimiento es el Diccionario de Antonio de Nebrija (1495) en que, textualmente, se dice esto: «por cosa llana»; es decir, lo que, actualmente, el diccionario define como «igualdad y tersura de la superficie de algo». Podríamos decir que, literalmente, esto no tiene nada que ver con el tema aquí tratado; sin embargo, lo tiene. Explico. La palabra clave que ampara mi afirmación es el adjetivo empleado por el gramático español; es que no solo una superficie (una cosa) es llana, sino, también una persona: libre, franca, directa o, como suele decirse coloquialmente, la que «no mide sus palabras», la que habla con desfachatez. 

La lisura de la que aquí se habla es eso, pues: la expresión desmesurada (llana, directa, atrevida) que, al manifestarse sin algún grado de prudencia, puede generar en el interlocutor sorpresa o, incluso, disgusto. A eso se debe, precisamente, que en el Perú y en algunos otros países latinoamericanos a ciertas palabras (calificadas como indecentes, inmorales, impúdicas o procaces) se las nombre, también, como «lisuras»: porque son dichas con una nada discreta imprudencia, sin un mínimo de recato. Y, por una casi obvia asociación o afinidad conceptual, la misma palabra sirvió para hacer alusión a cualquier acción o demostración de "irrespeto", descortesía, insolencia o tosquedad; y es a partir de esto que, en nuestro medio, llegó a crearse, hace muchísimo tiempo, esta tan proverbial y pintoresca expresión de fastidio: «¡Qué tal lisura!».

¿Por qué aparecieron o fueron creadas, en nuestra lengua, las «lisuras», las «palabrotas»? Yo estoy convencido de que, en realidad, no hubo, precisamente, razones exultantes o exentas de algún mínimo de «malignidad». Lo que quiero decir: Las palabrotas o lisuras no nacieron para alabar o celebrar algo o a alguien; no fueron la representación hablada o escrita de un aplauso o una sonrisa; tampoco la expresión de un sentimiento o gesto altruista: amor, gratitud, respeto... Fue, sobre todo, el rechazo, el enojo, la burla, la caricaturización, lo que estimuló su aparición (pero, creo que no podemos dejar de mencionar, también, a aquello que es una suerte de inclinación morbosa por resaltar lo pudendo y lo desagradable). Dicho de otro modo: más que lo estrictamente denotativo, en esto prevaleció lo connotativo; no la designación o significación exacta u objetiva, sino aquella caprichosamente alterada o retorcida por una intención, digamos, «non sancta". Lo que movió fue la «mala fe», lo «innoble»; no los sentimientos magnánimos.

Sin embargo, como se puede advertir en lo dicho, las expresiones que acabo de emplear, así como otra anterior (con referencias especialmente adjetivales) han sido entrecomilladas («malignidad», «mala fe», «innoble», «non sancta»). ¿Por qué? Porque he tenido la intención de señalar que, no obstante lo extremadamente ruda que puede ser la calificación adjudicada al propósito que, como señalo, dio lugar al nacimiento de las lisuras, la verdad es que nunca hubo en ello una absoluta, indoblegable, ni menos condenable perversidad: no se trató de un propósito, digamos, criminal o realmente dañino. En muchos casos solo sirvió como una suerte de válvula de escape, el recurso idóneo, conveniente, para canalizar ciertas emociones (cólera, alegría...); en otros, para exagerar irónicamente la referencia a algún «defecto» o «carencia» (el apocamiento o la torpeza, por ejemplo), resaltar lo que pudiera parecer grotesco o «chocante» (el hedor) y también para liberarse de algunas represiones de carácter psicológico o inhibiciones y frustraciones (vergüenza, pecado, etc.). Insisto: no para hacer daño. 

Y nada tuvo que ver en esto el llamado cerebro «reptiliano» como creía don Marco Aurelio, quien alguna vez habló del «carácter arcaico, viejísimo, antiquísimo» que tiene la lisura, tanto como lo «tiene el cerebro reptiliano». Tan antiguos como el mencionado cerebro son la irracionalidad, las emociones, los instintos; la lisura (me refiero, claro, a la palabra) que es, más bien, creación racional, vino muchísimo después. (Si estoy equivocado, corríjanme, por favor).

(Y, bueno, lo dicho se da, también, en la actualidad. Y, justamente, el programa «Hablando huevadas», mencionado al principio, es muestra de ello: pura diversión. Y algo similar ocurre en Chile: un programa conducido por Lucho Miranda, un comediante que sufre de una muy delicada discapacidad –parálisis cerebral– que, sin embargo, hace del desenfado y el buen humor una suerte de remedio contra la frustración, los complejos, la desventaja, no solo en su propio favor sino en el de sus muchísimos seguidores que son también víctimas de problemas similares. La labor que él y los peruanos aludidos realizan, a través de sus programas, produce efectos verdaderamente saludables: simple y llanamente, hacen sentirse bien a quienes los ven y escuchan. Las herramientas que emplean: la comicidad y... ¡las lisuras!, simplemente).

Y, ahora, a propósito de lo comentado en el creo que necesario paréntesis que antecede, bien vale abordar el tema que se refiere específicamente al muy difundido peruanismo que también es común en Chile, aunque con su muy especial particularidad expresiva. Me refiero, por cierto, a «huevada» y sus también conocidas derivaciones (en Chile se dice «güeá»). 

La antigüedad de este vocablo no creo que alcance a los dos siglos. Fue, al principio, empleado justamente en el vecino país del sur, pero, según un diccionario de 1895, solo para designar –en el ambiente de la minería– al «punto de una veta en que el metal aparece en gran abundancia» y luego, con el mismo significado, también apareció registrado en 1917 y nunca más, hasta el 2001, en que el Diccionario de la  lengua española (DLE) lo recoge –igualmente con la referencia de su uso en Chile– pero ya con diferente acepción: «cosa, asunto, situación», que –como sabemos– es, también, uno de los significados hoy vigentes en el Perú (pero, claro, considerado como vulgaridad o voz –ya lo sabemos– malsonante).

No es reciente en nuestro país. Ya en 1968 Lauro Pino lo había recogido en su pequeño libro Jerga criolla y peruanismos, con los significados de «estupidez» y «tontería», precisando, además, que su uso de daba mayormente en plural. Sin embargo, es evidente que la RAE, hasta ahora, no ha llegado a tener conocimiento de que también es un peruanismo. Aunque, de algún modo, puede establecerse cierta analogía con lo que registró la publicación de Pino, las otras acepciones del vocablo en cuestión, en nuestro medio, son los siguientes: «acto o dicho absurdo o sin sentido», «cosa, asunto o situación sin mayor importancia»; un vocablo que se comporta como su sinónimo, para hacer referencia a algo desconocido o que no se quiere nombrar, es «vaina». 

De «huevada» se han derivado los vocablos que a continuación señalo: «huevón», equivalente al actual «cojudo» (bobo, tonto, idiota); «huevas», que es lo mismo que «huevón» y también –con el auxilio de la preposición «hasta» y el artículo femenino en plural– «mal estado» o «situación lamentable» («estar hasta las huevas», como «estar hasta las patas»); «huevear», verbo que significa «perder el tiempo holgazaneando, o haciendo tonterías o cosas improductivas», y también –en su segunda acepción– «embromar a alguien», que, como dice el DLE, es engañar con faramalla y trapacerías («¡No me estés hueveando, te he dicho!»). 

Y, además, este sustantivo ha dado lugar a la creación de la locución verbal, de uso tan generalizado y a la que todo el mundo acude con toda naturalidad y, como debe ser, sin ningún recato (pues no hace falta); esta: «Hablar huevadas», que es lo mismo que decir cosas sin mayor importancia, simples y, muchas veces, tonterías: «–Oye, el candidato está declarando en la tele // –¿Sí? Como de costumbre, debe estar hablando huevadas». 

«Hablando huevadas», pues, que es el reconocimiento desapasionado, objetivo, de una realidad creo que indiscutible. Lo que es «moneda común» en la comunicación cotidiana, en las conversaciones, en prácticamente todas las relaciones interpersonales, no son los temas excelsos, de elevada significación cultural ni nada por el estilo, sino los temas cotidianos, los más triviales, incluidos chismes, chistes y, en fin, hasta tonterías; ninguna materia o cuestión que exija especialización profesional para ser tratada. La cotidianidad es lo común y corriente, el día a día: ir a comprar el pan, fastidiarse por el calor, enfurecerse por el alza de los precios, la mendacidad de los políticos, la inactividad de los gobiernos, reunirse con los amigos en una esquina y beber unas cervezas, esperar el micro o la combi y no, precisamente, ocuparse de Dante Alighieri, de Sócrates, de Einstein y la Teoría de la Relatividad, de François Rabelais y su literatura carnavalesca, o de otros temas frecuentemente abordados por intelectuales, poetas y académicos, sino de las cosas simples de la vida; y, además (¿por qué no?), de vez en cuando, «hablar huevadas» y tratar, siempre,  de pasarla bien y divertirse sanamente. 

Y una persona puede divertirse, pasarla bien, conversando, leyendo un periódico o un libro y, claro, también mirando una película, asistiendo a un circo o con los chistes y bromas «subidos de tono» de los cómicos ambulantes o de los ya mencionados Jorge Luna y Ricardo Mendoza. No estamos obligados a solo reírnos con, por ejemplo, el humor reflexivo de Joaquín Lavado («Quino»), ni impedidos de recurrir a aquello que nos empuja a la risa fácil. En estas cosas (lo sabían, ¿verdad?) prevalece –absolutamente– la libertad; y a nadie se le ha investido de autoridad para administrar nuestra alegría ni mucho menos para coartarla. Hasta las palabrotas tienen carta de ciudadanía. (¿No es así? ¡Qué tal lisura, caracho!).

¡Un abrazo, amigos!

© Bernardo Rafael Álvarez