Dice la Fundéu (Fundación
del Español Urgente): «A pesar de lo extendido de su uso, es siempre
incorrecto anteponer la preposición a, según se afirma en la Nueva
gramática de la lengua española». Efectivamente, lo que la Real Academia Española (RAE), textualmente, afirma en esta obra
normativa es lo siguiente: «Se han creado algunas variantes de
ciertas locuciones latinas añadiendo indebidamente una preposición, como
en de motu proprio, variante incorrecta de motu proprio,
o a grosso modo, variante incorrecta de grosso modo».
Locuciones latinas que han sido modificadas al habérseles, «indebidamente», añadido una preposición. O sea –siguiendo al Diccionario de la lengua española (DLE) ¿el haber añadido una preposición a esas locuciones latinas habría sido, digamos, algo «ilícito, injusto y falto de equidad»? ¿Y, si la respuesta a la interrogante fuera afirmativa, quién habría sido la víctima de tal injusticia o malvada inequidad?, ¿el idioma español, tal vez? ¿O es que, antes de «perpetrar» la referida añadidura, debió habérsele pedido permiso a la RAE?
Intuyo que, en opinión de la Academia, es «indebido», añadir una preposición a la locución latina «Grosso
modo» porque -considerando que su significado, tal como aparece en el DLE, es «a bulto», «aproximadamente» o «más o menos»– resulta un disparate decir «a
grosso modo» ya que hacerlo equivale a pronunciar cualquiera de estas tres
absurdas y agramaticales expresiones (idiotismos, en buena cuenta): «a a
bulto», «a aproximadamente» «a más o menos». Y,
efectivamente, eso es cierto: resulta horrible, pues.
Entonces, pregunto: ¿cómo se explica el hecho de que se haya extendido entre los hablantes, desde hace mucho tiempo, el uso de aquella académicamente reprobada forma expresiva: «a grosso modo»? La explicación que yo encuentro es la siguiente. Ocurre que, como una suerte de significado literal de la referida expresión latina, los hispanohablantes han llegado virtualmente a aceptar esto que, prácticamente, es una paráfrasis: «manera gruesa o gorda» (que, claro, viene a ser lo mismo que «aproximadamente» o «más o menos»); y por ello es que, con razón, terminó asumiéndose, como válido o procedente, decir «a grosso modo» que es como si se expresara esto: «a (o de) manera gruesa o gorda» (o sea, «a ojo de buen cubero»: no de modo preciso o específico). Cómo se ve, tiene, realmente, sentido, y no es nada absurdo el haber añadido la preposición.
Agrego algo. Si el hecho de haber adicionado una preposición a la locución latina «grosso modo», es «incorrecto» e «indebido», tal como afirman la Fundéu y la Nueva gramática de la lengua española, ¿qué podría afirmarse respecto de expresiones como estas: «un bis» y «un mea culpa»? ¿Serían formas indebidas e incorrectas? Veamos. La primera, literalmente, significa «un dos veces» y la segunda, «un culpa mía» (como se ve, también agramaticalidad e idiotismo, ¿verdad). ¿La RAE dijo algo al respecto? No, nunca puso en entredicho estas expresiones; se hallan, más bien, registradas en el Diccionario académico: «Bis: Ejecución de un bis. La soprano hizo un bis»; «Mea culpa: culpa mía (Mea culpa: expr. Culpa mía. U. m. c. loc. sust. m. Entonará un mea culpa público».
Es que, en
verdad, no existen razones valederas que justifiquen el rechazo a estas formas
expresivas: válidas y correctas son «un bis» y «un mea culpa»
como, definitivamente, válido y correcto también es «a grosso modo». La
adición o añadidura de la preposición, en este caso, y el artículo, en los otros,
corresponde, simple y llanamente, a la incuestionable adaptación de estas
locuciones latinas a nuestra propia lengua y esto, como sabemos, implica asumirlas como nuestras con todo lo que ello supone: usarlas como nos resulte lo más adecuado (es que importamos las expresiones o vocablos, pero no estamos obligados a observar las reglas de su lengua de origen). Y, además –como bien lo reconoce la
misma Academia– su uso es extendido (es decir, difundido, generalizado) y esto,
simple y llanamente, le da plena legitimidad. Tarde o temprano, estoy
seguro, la RAE reconsiderará la opinión que hasta ahora mantiene respecto de
este tema.
El pueblo,
que es el dueño del idioma, sabe (al menos en estas cosas) lo que hace, y tiene
el derecho de hacerlo y nadie está investido de autoridad para prohibirlo. (Lo digo
directamente y con todas sus letras, y no a grosso modo).
¡Un abrazo,
amigos!
© Bernardo Rafael Álvarez
