«Una palabra como agua de azahar / nos hace falta en estos días de dudas y temores. / Aunque sea una palabrota, dije...» (B.R.A)
Por lo que acabo de ver, Indecopi se niega a
registrar la marca «Hablando huevadas», de los exitosos comediantes Jorge Luna
y Ricardo Mendoza, porque, según dicen, dicha frase «contraviene las buenas
costumbres». ¡Qué ocurrencia! La decisión 486, Régimen Común de la Propiedad
Industrial (norma expedida por la Comunidad Andina, y que es la que
rige en estos asuntos), en su artículo 135, p) dice, efectivamente, que «no
podrán registrarse como marcas los signos que sean contrarios a la ley, a la
moral, al orden público o a las buenas costumbres».
Sin embargo, aquí surge la pregunta: ¿Cuáles son esas «buenas costumbres» presuntamente afectadas por la frase «Hablando huevadas»? Y, algo más, ¿a qué le llaman «buenas costumbres»? Y, otra cosa, en cuanto a las costumbres: ¿una entidad pública como Indecopi, o, más específicamente, sus funcionarios, tienen la capacidad, la facultad o la autoridad para determinar lo que es bueno y lo que es malo?
Y nosotros (gente común y corriente, o –como dicen
algunos– gente «de a pie») ¿qué podríamos afirmar al respecto? ¿La expresión «Hablando
huevadas» es reprobable y, realmente, contraria a las «buenas costumbres»? No. Solo se trata de una frase que, si antes pudo haber merecido, tal vez, otro calificativo, hoy no es más que una expresión completamente
inocua: no le hace daño, absolutamente, a nadie ni a nada. ¿Incita, tal vez, al odio, a la discriminación, al crimen o altera la convivencia pacífica? No, ni siquiera se comporta como una levísima ofensa. Si algún efecto puede generar (y es lo que, realmente, genera) en quien la escucha o
lee, es una sonrisa y nada más. Todo el mundo la emplea, siempre, en «buena onda»;
nunca con propósitos malsanos, dañinos. Escandalizarse, a estas alturas, por una expresión
como la que, evidentemente, está siendo cuestionada por Indecopi, es, pues, ingenuo, pueril y descabellado; como decían las abuelas de
antaño, «hay que ser bien esto» o, con el lenguaje coloquial de ahora, «un
caído del palto».
***
Bueno, mientras esperamos a ver que los encargados de resolver el asunto referido a la demanda, que ha sido interpuesta por Jorge Luna y Ricardo Mendoza, adopten finalmente, sin pudorosas y desubicadas actitudes, la decisión que realmente corresponde, veamos ahora algo más respecto de expresiones a las que, sobre todo en nuestro país, se conocen como «lisuras» o «palabrotas».
Una de las más comunes y, según parece, más antiguas, es «carajo», palabra que –¡vaya coincidencia!– aquí en Lima corresponde también a la marca de un local de diversión, ubicado, si no me equivoco, en Miraflores, y que –como es lo correcto– sí se encuentra legalmente registrada en el organismo que, según dicen, «defiende los derechos de los consumidores»; esta marca corresponde, nada menos, a la «Peña Del Carajo» (¿qué les parece?).
Cierto, se trata de una palabra muy antigua: diez siglos, por lo menos. Pero, al principio, no fue, precisamente, lisura, como creía don Marco Aurelio Denegri, quien también hablaba de la antigüedad de esta otra igualmente muy usada lisura: «cojudo». «Cojudo», sin ninguna connotación procaz, designaba al toro sin castrar (yo supe de esto cuando aún vivía en Pallasca); y «carajo», nombre dado al órgano genital masculino, también se refería a una estaca y a una canastilla elevada en las embarcaciones. Muchísimo tiempo después comenzaron a ser consideradas como vocablos «malsonantes».
En la actualidad, al menos en nuestro medio, muchas de estas palabras, debido a su uso muy generalizado que casi siempre se da, como ya lo dije, «en buena onda» (o sea, sin deseo de agraviar), están dejando de ser, digamos, auditivamente desagradables. Es que, en gran medida, el carácter deplorable de ciertas palabras (quiero decir, su connotación) no se debe precisamente a los significados, llamémosles «inherentes» (perdonen la licencia), que tienen, sino a la intención con que son dichas, incluso por el «tonito» o el gesto con que son acompañadas; esto es lo que pasa con «Huevadas», por ejemplo. Pero, claro, también por la asociación que se da con estos dos conceptos bien marcados: lo escatológico y lo genital; lo primero, por la connotación de «asquerosidad», y lo segundo, por el pudor, la vergüenza, lo «pecaminoso».
Efectivamente, lo «prohibitivo» de las lisuras, es decir, la razón por la que tradicionalmente han sido «mal vistas», se ha debido, en primer lugar, al hecho de que gran parte de ellas están referidas a las llamadas «partes pudendas», las que usualmente generan vergüenza y por ello son escondidas y hasta se evita nombrarlas: los genitales; y, segundo, por la alusión a aquello que da asco: el excremento. Por ello, por vergüenza y asco, ciertas palabras dejaron de ser «bien recibidas» y comenzaron a ser calificadas como «malsonantes». Pero, vuelvo a precisarlo, no únicamente por su significado propiamente dicho, sino por el componente, digamos intencional, que lleva o creemos que lleva el respectivo vocablo adjudicado, como la burla o el ánimo denigratorio u ofensivo; así, por ejemplo, no resulta lo mismo decir «prostituta» y «puta», pues, a diferencia del primero, este segundo sustantivo tiene una carga en algún modo infamante, a pesar de lo benigno de su presunta etimología (no está acreditado plenamente, pero se cree que podría provenir del latino puttus, «niño» o «niña»; mientras que «prostituta», de prostitūtus –o sea, persona «que se ofrece en venta»–).
Pero, claro, no siempre es así o, mejor dicho, no lo es en todos los casos. Veamos esto: ¿por qué, en referencia al excremento, sí resulta «tolerable» el sustantivo «caca» y, en cambio, «caga» genera repulsión? No hay, como es fácil advertirlo, ningún elemento, tácito ni menos expreso, que insinúe ofensa, afán denigratorio y ni siquiera irónico: ambas palabras se refieren a lo mismo, a los desechos orgánicos, pero solo una de ellas es considerada horrible. ¿A qué se debe, entonces, lo «malsonante», lo grosero del segundo vocablo citado? ¿Por qué, en este caso, el cambio de consonante (la «c» por la «g») produce un efecto «catastrófico» y convierte en «vulgar» a la expresión? Misterio inexplicable de la lengua, ¿verdad? Y no solo ocurre, como en esto, por la alteración de la palabra; también se da sin ejecutar ninguna modificación. Todos sabemos cómo se llama aquella suerte de galleta blanca, sin sabor y sin levadura que en la misa es dada en la boca a los fieles que, contritos (y generalmente luego de haberse confesado), acuden a recibirla, y sabemos de lo altamente valioso de su significado espiritual; sin embargo, ocurre que, exactamente la misma palabra que le da nombre, en España es una interjección malsonante, una grosería: «hostia». ¿Cómo explicamos esto?
Es capricho de la legítima arbitrariedad y no otra cosa. Las palabras no nacen con un significado incorporado y perpetuamente inamovible; el uso les da uno o más significados que –como se acaba de ver– hasta pueden ser opuestos (¿recuerdan la enantosemia, los autoantónimos?). En oportunidad anterior, habíamos visto: por ejemplo, «caserito» es tanto el vendedor en un mercado como el cliente que le compra. Esto último es lo que, en algún modo, ocurre con «hostia»: un significado excelso y el otro, simplemente, vulgar; pasa, también, por ejemplo, con «monstruo», palabra con que se designa a un ser despreciable e igualmente a una persona admirable, de elevadas cualidades.
Bien. Seguimos con el tema. ¿Cuándo, cómo, por qué y para qué emergieron las lisuras en la lengua española? Digo en nuestra lengua porque, en realidad, no sé de expresiones de ese tipo en otros idiomas, salvo de estas en inglés, tan conocidas y hasta manoseadas, que se emplean como ofensa: «son of a bitch» y «fuck you»; ah, y también esta, en francés, que es, creo, una interjección de sorpresa celebratoria (la leí, regocijado, como entrada a un bello texto del gran Roland Forgues): «Merdre alors!».
¿Qué es lisura o, dicho de otro modo, cuál es su significado? Más específicamente, ¿por qué ese nombre? La más antigua referencia documental de que tengo conocimiento es el Diccionario de Nebrija (1495) en que, textualmente, se dice esto: «por cosa llana»; es decir, lo que, actualmente, el diccionario define como «igualdad y tersura de la superficie de algo». Podríamos decir que, literalmente, esto no tiene nada que ver con el tema aquí tratado; sin embargo, yo creo que sí. Explico. La palabra clave que ampara mi afirmación es el adjetivo empleado por el gramático español; es que no solo una superficie (una cosa) es llana, sino, también una persona: libre, franca, directa o, como suele decirse coloquialmente, la que «no mide sus palabras», la que habla con desfachatez.
La lisura de la que aquí se habla es eso, pues: la expresión desmesurada (llana, directa, atrevida) que, al manifestarse sin algún grado de prudencia, puede generar en el interlocutor sorpresa o, incluso, disgusto. A eso se debe, precisamente, que en el Perú y en algunos otros países latinoamericanos a ciertas palabras (calificadas como indecentes, inmorales, impúdicas o procaces) se las nombre, también, como «lisuras»: porque son dichas con una nada discreta imprudencia, sin un mínimo de recato. Y, por una casi obvia asociación o afinidad conceptual, la misma palabra sirvió para hacer alusión a cualquier acción o demostración de "irrespeto", descortesía, insolencia o tosquedad; y es a partir de esto que, en nuestro medio, llegó a crearse, hace muchísimo tiempo, esta tan proverbial y pintoresca expresión de fastidio: «¡Qué tal lisura!».
¿Por qué aparecieron o fueron creadas, en nuestra lengua, las «lisuras», las «palabrotas»? Yo estoy convencido de que, en realidad, no hubo, precisamente, razones exultantes o exentas de algún mínimo de «malignidad». Lo que quiero decir: Las palabrotas o lisuras no nacieron para alabar o celebrar algo o a alguien; no fueron la representación hablada o escrita de un aplauso o una sonrisa; tampoco la expresión de un sentimiento o gesto altruista: amor, gratitud, respeto... Fue, sobre todo, el rechazo, el insulto, el enojo, la burla, la caricaturización, lo que estimuló su aparición. Dicho de otro modo: más que lo estrictamente denotativo, en esto prevaleció lo connotativo; no la designación o significación exacta u objetiva, sino aquella caprichosamente alterada o retorcida por una intención, digamos, «non sancta". Lo que movió fue la «mala fe», lo «innoble»; no los sentimientos magnánimos.
Sin embargo, como se puede advertir en lo dicho, las expresiones que acabo de emplear, así como otra anterior (con referencias especialmente adjetivales) han sido entrecomilladas («malignidad», «mala fe», «innoble», «non sancta»). ¿Por qué? Porque he tenido la intención de señalar que, no obstante lo extremadamente ruda que puede ser la calificación adjudicada al propósito que, como señalo, dio lugar al nacimiento de las lisuras, la verdad es que nunca hubo en ello una absoluta, indoblegable, ni menos condenable perversidad: no se trató de un propósito, digamos, criminal o realmente dañino. En muchos casos solo sirvió como una válvula de escape, fue el recurso idóneo, conveniente, para canalizar ciertas emociones (cólera, alegría...); en otros, para exagerar irónicamente la referencia a algún «defecto» o «carencia» (el apocamiento o la torpeza, por ejemplo), resaltar lo que pudiera parecer grotesco o «chocante» (el hedor) y también para liberarse de algunas represiones de carácter psicológico o inhibiciones y frustraciones (vergüenza, pecado, etc.). Insisto: no para hacer daño.
Y nada tuvo que ver en esto el llamado cerebro «reptiliano» como afirmaba don Marco Aurelio, quien alguna vez habló del «carácter arcaico, viejísimo, antiquísimo» que tiene la lisura, tanto como lo «tiene el cerebro reptiliano». Tan antiguos como el mencionado cerebro son la irracionalidad, las emociones, los instintos; la lisura (me refiero, claro, a la palabra) que es, más bien, creación racional, vino después. (Si estoy equivocado, corríjanme, por favor).
(Y, bueno, lo dicho se da, también, en la actualidad. Y, justamente, el programa «Hablando huevadas», mencionado al principio, es muestra de ello: pura diversión. Y algo similar ocurre en Chile: un programa conducido por Lucho Miranda, un comediante que sufre de una muy delicada discapacidad –parálisis cerebral– que, sin embargo, hace del desenfado y el buen humor una suerte de remedio contra la frustración, los complejos, la desventaja, no solo en su propio favor sino en el de sus muchísimos seguidores que son también víctimas de problemas similares. La labor que él y los peruanos aludidos realizan, a través de sus programas, produce efectos verdaderamente saludables: simple y llanamente, hacen sentirse bien a quienes los ven y escuchan. Las herramientas que emplean: la comicidad y... ¡las lisuras!, simplemente).
Y, ahora, a propósito de lo comentado en el creo que necesario paréntesis que antecede, bien vale abordar el tema que se refiere específicamente al muy difundido peruanismo que también es común en Chile, aunque con su muy especial particularidad expresiva. Me refiero, por cierto, a «huevada» y sus también conocidas derivaciones (en Chile se dice «güeá«).
La antigüedad de este vocablo no creo que alcance a los dos siglos. Fue, al principio, empleado justamente en el vecino país del sur, pero, según un diccionario de 1895, solo para designar –en el ambiente de la minería– al «punto de una veta en que el metal aparece en gran abundancia» y luego, con el mismo significado, también apareció registrado en 1917 y nunca más, hasta el 2001, en que el Diccionario de la lengua española (DLE) lo recoge –igualmente con la referencia de su uso en Chile– pero ya con diferente acepción: «cosa, asunto, situación», que –como sabemos– es, también, uno de los significados hoy vigentes en el Perú (pero, claro, considerado como vulgaridad o voz –ya lo sabemos– malsonante).
No es reciente en nuestro país. Ya en 1968 Lauro Pino lo había recogido en su pequeño libro Jerga criolla y peruanismos, con los significados de «estupidez» y «tontería», precisando, además, que su uso de daba mayormente en plural. Sin embargo, es evidente que la RAE, hasta ahora, no ha llegado a tener conocimiento de que también es un peruanismo. Aunque, de algún modo, puede establecerse cierta analogía con lo que registró la publicación de Pino, las otras acepciones del vocablo en cuestión, en nuestro medio, son los siguientes: «acto o dicho absurdo o sin sentido», «cosa, asunto o situación sin mayor importancia»; un vocablo que se comporta como su sinónimo, para hacer referencia a algo desconocido o que no se quiere nombrar, es «vaina».
De «huevada» se han derivado los vocablos que a continuación señalo: «huevón», equivalente al actual «cojudo» (bobo, tonto, idiota); «huevas», que es lo mismo que «huevón» y también –con el auxilio de la preposición «hasta» y el artículo femenino en plural– «mal estado» o «situación lamentable» («estar hasta las huevas», como «estar hasta las patas»); «huevear», verbo que significa «perder el tiempo holgazaneando, o haciendo tonterías o cosas improductivas», y también –en su segunda acepción– «embromar a alguien», que, como dice el DLE, es engañar con faramalla y trapacerías («¡No me estés hueveando, te he dicho!»).
Y, además, este sustantivo ha dado lugar a la creación de la locución verbal, de uso tan generalizado y a la que todo el mundo acude con toda naturalidad y, como debe ser, sin ningún recato (pues no hace falta); esta: «Hablar huevadas», que es lo mismo que decir cosas sin mayor importancia, simples y, muchas veces, tonterías: «–Oye, el candidato está declarando en la tele // –¿Sí? Como de costumbre, debe estar hablando huevadas».
«Hablando huevadas», pues, que es el reconocimiento desapasionado, objetivo, de una realidad creo que indiscutible. Lo que es «moneda común» en la comunicación cotidiana, en las conversaciones, en prácticamente todas las relaciones interpersonales, no son los temas excelsos, de elevada significación cultural ni nada por el estilo, sino los temas cotidianos, los más triviales, incluidos chismes, chistes y, en fin, hasta tonterías; ninguna materia o cuestión que exija especialización profesional para ser tratada. La cotidianidad es lo común y corriente, el día a día: ir a comprar el pan, fastidiarse por el calor, enfurecerse por el alza de los precios, la mendacidad de los políticos, la inactividad de los gobiernos, reunirse con los amigos en una esquina y beber unas cervezas, esperar el micro o la combi; y no, precisamente, ocuparse de Dante Alighieri, de Sócrates, de Einstein y la Teoría de la Relatividad, de François Rabelais y su literatura carnavalesca, o de otros temas propios de intelectuales y académicos, sino de las cosas simples de la vida y, además (¿por qué no?), de vez en cuando, «hablar huevadas», divertirse. (¿No? ¡Qué tal lisura, caracho!).
¡Un abrazo, amigo!
© Bernardo Rafael Álvarez