Hace más de diez años escribí y publiqué una crónica en
la que conté cómo y en qué circunstancias ingresé en el mundo de la escritura,
de la literatura. Hablé, allí, del primer poema construido por mí, cuando aún
era un estudiante «primarioso», y cuyo único lector
fue el maestro Rafa, mi padre; eran versos dedicados a un héroe pallasquino
(durante la Guerra del Pacífico) Andrés Gavancho. También, y especialmente, en
ese texto me referí -entre otras cosas- al papel que, muy significativamente, desempeñó
un huancaíno que en 1967 había llegado a mi tierra, para ser director y
profesor del colegio en que cursé los cuatro primeros años de secundaria. Entre
otras cosas, esto es lo que, al respecto, puse en la mencionada crónica:
«Estoy seguro que en gran medida lo que ayudó a que
tuviese cierta soltura al redactar ese discurso fue el aprendizaje logrado, ya
desde el Primero de Secundaria, al escribir mi “diario íntimo”, siguiendo –como
todos mis compañeros de clase- las indicaciones y enseñanzas de quien fuera el
director que inauguró nuestro Colegio, don Moisés Porras, y gracias a la
inolvidable lectura de Corazón, el libro de Edmundo D’Amicis. Herenia Guzmán,
entre todos los alumnos, era quien mejor hacía su diario y ponía cosas como
esta, con un toque medio "verleniano": “La mañana está hermosa dentro
de mi alma, pero el firmamento está cubierto de una capa negra”; yo apenas
podía, tratando de ser ingenioso, escribir frases burdas como: “este día lo
pasé como si no hubiera ni moscas”. Don Moisés, joven aún, llegó a Pallasca con
toda su familia: la señora Mercedes Málaga (siempre en los corazones de quienes
fuimos sus alumnos), y las niñas Gaby, Bexy, Liliana y Olenka. Gracias a su
entusiasmo, cultura y sensibilidad artística, este huancaíno, que fue un gran
maestro para nosotros, logró un cambio significativo en mi tierra, haciendo que
los púberes de entonces pudiésemos mirar el mundo de otro modo -más noble- y
que viésemos lo que a otros tal vez no les interesaba ver: el teatro, la
literatura, la música clásica. Lo que hoy es conocido como “plan lector”, don
Moisés lo hizo con nosotros: “A leer dos libros al mes”, nos ordenó. La
impuntualidad, mal endémico de los peruanos, fue eliminada para nosotros: “Hoy
instauramos la Hora Pallasquina”, dispuso. Aprendimos a escuchar e interpretar
poemas sinfónicos: Franz Liszt se convirtió en nuestro compositor
favorito. Participamos, creo que
apoteósicamente, en las tradicionales “veladas literario musicales”, con la
presentación de obras teatrales que nuestro director, también profesor de
Lenguaje, había escrito (Amor de madre, entre otras) o adaptado del cine
(Cuando los hijos se van, por ejemplo)».
Lo que, por descuido, no dije allí es que este profesor,
además de componer obras de teatro (que fueron escenificadas en las «veladas
literario musicales», también escribía cuentos. Esto, lo de los a cuentos, lo
supe porque dos de ellos fueron, precisamente, leídos por su autor en el aula.
El personaje principal de uno de esos relatos era un salteador (sustantivo
entonces extraño para mí) que solía cometer sus fechorías en la zona de
Vitarte; el otro, que, por lo inesperado de su truculencia e intriga, nos mantuvo
ansiosos y expectantes hasta el final de su lectura, terminó generando
carcajadas y una inesperada frustración, debido a las palabras con que,
humorísticamente, fue sellado el desenlace: «Y, finalmente, me desperté del
sueño».
Creo que debí haber referido, incluso, que gracias a él (como
también a mi padre), comencé a inquietarme en asuntos del idioma, de las palabras.
Recuerdo, por ejemplo, que don Moisés nos hablaba, especialmente durante las
horas libres de clase, acerca de las formas de hablar o escribir que entonces
eran consideradas «incorrectas»: «el anda no, sino las andas»; «no la víspera,
sino las vísperas»; gracias a él supe, también, que «bizcocho» está compuesto
por «bis», doblemente, y «cocho», cocido. Y algo parecido y que nunca he dejado
de tener presente es la etimología que mi profesor Porras esbozó, y que (a
pesar de que pudiera ser discutible) a mí me sigue pareciendo la más razonable,
respecto de la palabra «anticucho»: decía que está compuesta por «anti», que es
variación de «antes» y. «cucho» que es «cocer»;
es decir, algo que no está precisamente cocinado o muy cocinado.
¿Quién era este profesor? Ya lo dije en el texto
transcrito: don Moisés Porras Matos. Aunque durante muchísimo tiempo dejé de
verlo, un gran motivo de alegría significó, para mí, cuatro décadas después de
la experiencia aquella de las veladas literarias, volver a saborear su
literatura: ocurrió el año 2008, cuando en Pallasca, mi pueblo, al que regresé
después de una larguísima ausencia, mi paisano y amigo Elmer Miranda me dio una
linda y gratísima sorpresa: La Navidad y otros cuentos, ¡un libro de mi
maestro! Publicado en 1998, con prólogo del inolvidable Eduardo de la Cruz
Yataco, este libro no incluía ninguno de los cuentos a que he aludido; sin
embargo, fue sumamente placentero leerlo porque, entre otras razones, encontré dos
textos ambientados en Pallasca: «Cayetano», referido a un antiguo personaje
pintoresco de mi pueblo, y «La cena», en que aparece mi abuela y también el
maestro Rafa, mi padre, y hasta se hace mención a la llegada de César Vallejo,
cuando niño, a la casa familiar.
Ahora, don Moisés nos sorprende con otro volumen de
cuentos. Y esto -debo decirlo- a mí me resulta conmovedor, debido,
especialmente, a aquello que lo motivó: una voluntad que, sobre todo, es de
carácter sentimental (el libro: Cuentos que contaba mi madre y otros relatos).
Me refiero al estímulo que, para el autor, ha significado el inmarcesible
recuerdo del ser que le dio la vida, la señora Rosalina a quien, según cuenta,
casi siempre la trataban como Lucha, y que, a pesar de no haber sabido leer ni
escribir, solía narrar en casa las más increíbles e imaginativas historias; una
madre inteligente, cariñosa y de personalidad firme a la que él -cuando aún era
un adolescente y ella ya tenía cuarenta y ocho años de edad- le hizo conocer
las primeras letras y la enseñó a escribir y leer y hasta a jugar casino.
Ese es el origen, pues, del libro que aquí se presenta:
producto que es innegable muestra del amor filial que, a pesar de los años, se
mantiene inalterable; un conjunto de cuentos cuyo autor espera (como lo dice en
una breve nota) que sean leídos por sus hijos, nietos y bisnietos «y que al leerlos nunca olviden este nombre: Rosalina
Matos». Es decir, doña Lucha, que, haciendo justicia con sus manos, según se
narra en un cuento que tiene mucho de crónica y -claro- de humor, en una
ocasión logró, con unos cuantos azotes, que dos primos hermanos, dentro de un
juzgado, se reconciliaran definitivamente y para siempre, tras una estúpida
pelea motivada por el alcohol.
Y, en efecto, en este libro hay mucho de humor y,
también, de sorpresa: es magistral el manejo de la intriga. Un cuento («Los genios»), por ejemplo, nos habla de personajes con
un increíble poder de transformación que, de pronto, pueden resultar
convertidos, por ejemplo, en flor y en colibrí, dejando estupefactos a los
demás. También ternura, en aquel relato («Libélula») que aparece como narrado
por Gaby, la hija mayor del autor, cuando aún no cumplía los quince años de
edad. Y un cuento, inspirado, por cierto, en situaciones reales, es «El candado»,
que hace referencia a aquello que, hasta hace unos diez años, ocurría en los
puentes del río Sena, en París: parejas de enamorados enganchaban candados con
inscripciones en las barandillas, como símbolo de amor eterno; pero, dizque por
la tan inmensa cantidad de estos objetos, el peso, ponía en riesgo la seguridad
y eso dio lugar a que algún alcalde decidiera dictar una rotunda prohibición.
Uno de los cuentos («El primer maestro de Casablanca»; el
más extenso del libro) me ha impresionado especialmente por
esto: porque me ha hecho recordar un vocablo muy común en Pallasca, mi tierra,
y en gran parte del norte peruano: “cushal”, que es el nombre de una muy
nutritiva y estimulante sopa mañanera que disfrutan los trabajadores del campo
antes de iniciar sus labores; también por esta tan pallasquina manera de
conjugar, por ejemplo, el verbo «venir» en imperativo (valiéndose de una
contracción): «vengasté»; y, ¡cómo no!, esta forma verbal que aparece como un
aporte en el libro: «enlliptar»: agregarle el «dulce» (la cal en polvo) a la
coca mientras es chacchada (masticada). También he encontrado este aporte que me
parece significativo: el haber empleado una simpática e inédita voz
onomatopéyica como título de uno de los cuentos: «Tinriquitikitín».
Pero, naturalmente, hay más, mucho más, en este bello libro, que yo he disfrutado plenamente al leerlo (lo confieso: con emoción y nostalgia). Estoy seguro de que los demás lectores que accedan a él también gozarán y, sin duda, quedarán atrapados con las historias tan bien contadas por don Moisés Porras Matos, a quien, sin más ni más, tengo que decirle, como siempre, que, permanente e inalterablemente, vivo agradecido por sus inolvidables enseñanzas y su muy saludable amistad. ¡Albricias, maestro! Siempre contigo.
Bernardo Rafael Álvarez