En el prólogo que escribí para un
bello libro de Teodoro J. Morales (Múltiple habitante, 2021) puse, como
primeras palabras, las siguientes: «Ah, los años setentas. Década inolvidable:
de sueños apacibles, a veces; y también de sueños sobresaltados. Hacía poco
nomás que se hablaba de “hacer el amor y no la guerra”. El movimiento Hippie se
rebelaba contra el sistema, sin revueltas, barricadas, ni bombas molotov; solo
con flores y silencio, con amor, y alejamiento de las ciudades. Pero también
apareció lo otro (revueltas, barricadas, bombas molotov): Mayo 68, en París.
Después, en 1969, 3 days of peace & music: ¡Woodstok!».
Efectivamente, fue una década de sueños (unos apacibles y otros sobresaltados); y yo, les cuento, también soñé, y lo hice a la manera que entonces era usual: en grupo. Pero, no, en este caso, el grupo al que me refiero no fue significativamente numeroso sino de, apenas, ¡tres miembros! ¿No me lo creen? Continúo.
Durante algún tiempo (unas pocas
semanas, en realidad) en aquellos años setenteros, tres amigos poetas nos
habíamos dedicado a eso, a soñar; y ese sueño, en verdad, creo que fue
extremadamente ambicioso y desmesurado. Les sigo contando. Queríamos (ese era
nuestro propósito, lo que soñábamos) dar rienda suelta a una especie de poética
que en algún modo estuviera identificada o familiarizada con el surrealismo;
esto porque, en cierta forma, asumíamos que de lo que se trataba era de crear
(concretamente, escribir) sin seguir las prescripciones de alguna receta o
directiva, ni mucho menos sometidos a tal o cual ideología y, claro, sin tener
que darle cuenta a nadie. Y, decididos a ello, nos dispusimos a coordinar -como
primera tarea- la publicación de una revista que, por cierto, sería llamada
igual que el proyecto poético que estábamos comenzando a “cranear” (verbo tan
usual entonces; o sea, “idear”). Y, por cierto, ilusionados y con mucho
entusiasmo, caminábamos, de arriba abajo, conversando, reflexionando y, claro,
siempre soñando y, naturalmente, haciendo borradores. A veces, seriecitos y,
sin duda, cansados, nos sentábamos a intercambiar ideas alrededor de unos
refrescos, en un café o restaurante, cuyo nombre no recuerdo, que estaba
ubicado en el jirón Áncash, frente a la plazoleta San Francisco (no estoy
seguro, pero probablemente era el mismo al que mi amigo Luis Alberto Castillo,
tiempo después, en un poema nombró como «Melibea»); en obvia alusión a uno de
los libros del chileno Vicente Huidobro, se me ocurrió que a ese lugar de
nuestras reuniones podríamos llamarlo «Horizonte cuadrado» . Y, bueno, a
nuestro proyecto le pusimos un nombre que, alusivo a la voluntad decididamente
libertaria que nos animaba, fue, sin más ni más, este: «Pleno margen»; es
decir, lejos de todo aquello que pudiera, en el terreno poético, sojuzgarnos.
¿Quién fue el autor de la iniciativa en mención y el que propuso, también, el ambicioso nombre? Mejor dicho, ¿quién provocó aquel sueño casi de adolescentes? Pues, el primer poeta «setentero» del que tuve conocimiento cuando yo aún cursaba el quinto de secundaria en el colegio San Juan de Trujillo; un poeta al que, antes de que esto ocurriese personalmente, ya comencé a conocer a través de su poesía -de un poema suyo, específicamente-: Juan Carlos Lázaro, el querido e inolvidable Juanquita. Y el otro poeta, también involucrado en nuestros sueños y caminatas, fue, por supuesto, Guillermo Falconí.
Continúo. Yo arribé a Trujillo cuando recién comenzaba el año 1971, después de
haber terminado el cuarto de secundaria en el Colegio Municipal Mixto San Juan
Bautista de Pallasca, mi tierra; llegué con mis padres y hermanos. En la
capital de La Libertad, cursé el quinto de media en uno de los más importantes
y emblemáticos centros educativos de la ciudad: el colegio San Juan, por
supuesto (ubicado, entonces, en el jirón Independencia). Aquello (el ser alumno
de este prestigioso colegio) fue, una experiencia realmente inolvidable, de
mucho valor para mí. La ciudad, proverbialmente conocida como culta, era,
además, limpia y sana. Allí, especialmente gané amistades muy queridas. Ubicado
-ya lo dije- en el jirón Independencia, el San Juan tenía como director
(director técnico o subdirector, creo que era el nombre específico de su cargo)
a don Adolfo Alva Lezcano que, además, era poeta y escribía unos bellos
sonetos. Mi profesor de literatura (poeta, también) fue Eduardo Estrada Cruz
que, según llegué a enterarme muchísimo tiempo después, antes había sido parte de
aquel significativo grupo de escritores norteños llamado «Trilce». Mis compañeros de
estudios eran cariñosos y muy solidarios; voy a mencionar solo a algunos
(perdónenme los demás, por favor): Jorge López, Miguel Tavera, Manuel Mas
Azahuanche, Fernando Lama, Gróver Ávalos, Douglas Ulco, Jorge Gutiérrez, Jorge
Marín, Carlos Castillo (el “Ñoñito”), Luis Altuna, Alejandro Velásquez,
Washington Castillo, el «Torito» Medina…
Por feliz iniciativa de
nuestro profesor, en mi aula (el «Quinto A») organizamos un club de periodismo
al que le pusimos este nombre Pensamiento Canario; y acometimos una
bella, valiosa y aleccionadora tarea: reeditar la revista que, varias décadas
atrás, había sido fundada por el gran Ciro Alegría, que, como sabemos, estudió en esta institución y, ¿recuerdan?, fue alumno de nuestro César Vallejo.
La revista se llamaba Tribuna Sanjuanista. Y, en
efecto, la publicamos, si mal no recuerdo, en junio, el mes conmemorativo de la
institución. Allí aparecieron un poema y un artículo míos y, claro, también
poemas y otros textos de algunos profesores y de otros alumnos. Salió en
formato tabloide y fue impresa en los talleres gráficos del diario La
Industria, gracias a los buenos oficios de un compañero nuestro que hacía
periodismo allí, con una columna dedicada a temas especialmente escolares:
Miguelito Tavera, al que, tal vez por ser gordito, juguetonamente le habían
endilgado la chapa de «Pionono» (travesuras de adolescentes, pues).
A fines de julio (repito, de
1971), se me ocurrió comprar un diario y el elegido fue La Crónica. Al
hojearlo, en una columna llamada «Charla para la noche», me sorprendió
encontrar el comentario que el columnista hacía acerca de un poema, que él
publicó allí, de un poeta bastante joven, de dieciocho años de edad.
El autor de la nota, llamado Augusto Chávez Costa, le puso este título a
su texto: «Juan Carlos Lázaro: poesía precoz». El poema hablaba de la
guerra (concretamente, la de Vietnam) y estos versos, rotundos, me impactaron
sobremanera: «Tiempo deforme y duro»; «Yo no fui
a esa guerra: / temía que explosionara mi rojo / corazón de
trapo o que me quedara / ciego como el padre Shek»; «Aquí / murieron
el agua y los cereales. / No había cigarrillos y solo las alas / de
la libélula / nos arrojaban comida». Sencillísimos, pero muy expresivos,
conmovedores y contundentes. Había sido leído, antes, por su autor en el Museo
de Arte Italiano, durante el festival de todas las artes denominado “Contacta”.
A pesar de ser, en verdad, loable el hecho de
que publicara, en el diario, el poema de un joven creador (cosa poco común en
nuestro medio) –lo cual a mí, realmente, me hizo sentir bien–, a pesar de eso,
repito, lo que escribió el columnista no me generó una impresión igualmente
grata; me pareció, más bien, razonablemente discutible. Veamos: «La poesía de Juan Carlos Lázaro es emocionante y transida. Pero es
tan ampliamente universal que puede resultarnos extraña». Quería dar a entender
que, en lugar de ocuparse de «la congoja y los tormentos del hombre de
Vietnam», el poeta debiera «hablar del dolor del hombre peruano, que es
nuestro». En otras palabras, proponía que un poeta, nacido en el Perú, solo se
ocupara de asuntos peruanos, debido a que «el lenguaje y la poesía cuando
hablan de nosotros, saben a creación». ¡Absurdo! Sin duda, nunca leyó España, aparta de mí este cáliz, o, si lo leyó, su lectura no fue la más acertada (este poemario de Vallejo no habla, precisamente, «del
dolor del hombre peruano»). No obstante lo dicho, el poema de Juan Carlos, no
sufrió, absolutamente, ningún rasguño ya que, además (es justo reconocerlo),
Chávez nunca puso en entredicho su calidad: era, sin ninguna duda, consciente de su valor.
Con aquel imborrable recuerdo a cuestas, en febrero
del año siguiente me vine a Lima. El periódico se quedó en Trujillo y, claro,
también mis padres y mis hermanos. Unos días después, ya en la capital, estando
transitoriamente alojado en el departamento que mis tíos Félix y Dorita
alquilaban en San Isidro, alguien llamó a la puerta y yo corrí a ver quién era;
miré a través del «ojo mágico» y vi el rostro (que ya conocía) de una de las
tres personas importantes de las que, un par de años antes, me había hablado el
que fue mi profesor en primero y segundo de secundaria, en Pallasca –don
Moisés Porras Matos–. Había llegado al domicilio trayendo consigo un libro con
dedicatoria manuscrita para dárselo a quienes eran sus grandes amigos (mis
tíos, que en ese momento no se encontraban en casa); lo recibí yo, emocionado,
y conversamos muy brevemente. ¡Era Arturo Corcuera!, con un ejemplar de la
reciente edición de «Noé delirante», ilustrada por la gran Tilsa
Tsuchiya.
Lima, la gran ciudad, pues. Universidad, parientes,
amigos, nuevas lecturas, caminatas, nostalgia. Transcurridas algunas semanas, llegaron mis padres y hermanos.
Vida apacible en Breña, en la cuadra diez del jirón Huancabamba: casita de la tía Josefina; deliciosos
caldos de choros; la farmacia "Montecristo"; "Pitacho", Lucho, Sergio... (los niños del barrio, amiguitos de mi hermano Ricardo). Y más, mucho más. Pasaron los meses: ya iba a terminar el
año y aún no conocí a otros poetas; solo veía, de vez en cuando, a Ricardo Oré,
que era mi primo, hasta que un día, ¡sorpresa!, mientras conversábamos en su
casa, apareció una muy grata visita; alguien de quien hacia muy poco empecé a
saber: Juan Ramírez Ruiz, el fundador –con Jorge Pimentel– del Movimiento Hora
Zero.
Seguidamente, 1973, el año durante el cual ganaría
nuevos amigos y, además, conocería a Beatriz ("mi pelo de choclo"), la primera chiquilla que me
inspiró unos poemas. Pero, antes de todo, ocurrió otro feliz impacto. Claro,
como me gustaba caminar casi incansablemente por las calles del centro de Lima
(creo que aún no se decía “latear” o, al menos, yo no empleaba ese verbo), un
buen día, por el parque Universitario, en una esquina que ya no existe, desde
un quiosco de periódicos en que también se vendía libros llegó a mi mirada algo
que, desde su nombre impreso en letras grandes y de un color rojo granate,
todas en minúsculas, me dejó turulato; y muchísimo más, al leer el título de un
poema que allí se mostraba. Era una revista y su nombre estaba escrito
así: la tortuga ecuestre; y el poema (en prosa) tenía este título,
también en minúsculas y sin ninguna particularidad que lo resaltase
gráficamente: “franz: historia de un gusano”. Fue, realmente, algo tremendo
para mí. El propietario y bondadoso señor que atendía en el quiosco (después
llegué a saberlo) se llamaba Néstor y era padre del más joven poeta
horazeriano de entonces, Eloy Jáuregui. En la revista que vi y que, claro, en ese
momento compré, aparecía como director Isaac Rupay, también poeta (era el primer número de la publicación). El autor del
poema, -¡quién más, pues!- era el mismo al que ya había leído en Trujillo:
¡Juan Carlos Lázaro! Y, naturalmente, yo me sentí muy feliz.
Poco tiempo después, fui haciéndome amigo de los
poetas de Hora Zero, gracias a Juan Ramírez Ruiz, que se había hecho mi pataza,
un hermano, en realidad: José Cerna, Yulino Dávila, Rubén Urbizagástegui,
Alberto Colán, Jorge Nájar, Ángel Garrido, Eloy Jáuregui…. Jóvenes ilusionados con la
posibilidad de publicar una nueva edición de la revista del grupo que, sin embargo, por culpa de un incidente adverso, no pudo hacerse realidad. Aunque, digamos
«orgánicamente», yo no formé parte del Movimiento Hora Zero, debo confesar
–como lo dije en ocasión anterior– que me sentí integrado a él;
esto por la extraordinaria e íntima amistad (prácticamente
una hermandad) que mantenía con Juanito Ramírez Ruiz, a quien visitaba con
bastante frecuencia en su departamento del jirón Áncash 444, y, por supuesto, gracias al cariño que también sentía por los demás horazerianos.
Enseguida conocí a Gustavo Armijos y, un poco después, a mi inolvidable Juanquita, es decir, Juan Carlos Lázaro. (Y sin prisas, pero
sin pausas, continué haciendo más amigos). Durante nuestras caminatas
soñadoras, Juanca me hablaba de un proyecto de
publicación que estaba decidido a convertirlo en realidad pronto: un poemario, breve, que se llamaría, simple y directamente, así: «Diecinueve y un poemas».
Lamentablemente, nunca llegó a concretarse (no, al menos, con ese título), como
tampoco el maravilloso y medio ingenuo sueño llamado «Pleno margen». ¡Cosas de
la vida, pues!
Pero me quedé (¡nos quedamos!), como testimonio de una época, con esta valiosísima
joya, que es uno de los mejores poemas escritos durante aquellos tempestuosos
años setenteros (aunque -lo digo con dolor y con un irreversible sentimiento de
frustración- me hubiera sentido muy feliz -como el justo corolario de la
permanente búsqueda que, desde hace tiempo, emprendí- si, por fin, hubiese
podido encontrar «Homenaje a Wilhelm Reich», que es otra de las primeras grandes
creaciones de nuestro poeta, mi Juanquita inolvidable):
Franz:
historia
de un
gusano/
Encontré a Franz Kafka en la
Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas, la corbata mojada,
los pelos oliendo a cañazo. Le moví por el hombro para despertarle, y no
despertó. Su cuerpo crecía. Franz era un gusano, unan oruga fea y maloliente
que asustaba a señores y notarios públicos. Creció aún más y llenó toda la
plaza. Sudaba harto con el estío y creció, creció creció amenazando destruir
con su dimensión las formas de la ciudad. He aquí que hubo reunión de
ministros. Le apelaron a Franz; no le dieron comida y menos aún paraguas para
el próximo invierno. Así pasó cien días inmisericorde. Fue pariente de plantas
y de hormigas, de caca y de carroña. Cuando abrió los ojos preguntó a un
policía por un ómnibus cualquiera. Y se fue. Franz, insecto grandazo, feo, no
sabía aún vivir entre cabras.
Y este, que fue el primero que
leí de Juanquita:
Da Nang, Vietnam del Sur.
Tiempo deforme y duro. Y Xom
Cham
combatía en esa guerra
huyendo de los tanques enemigos.
Yo no fui a esa guerra:
temía que explosionara mi
rojo
corazón de trapo
o que me quedara
ciego como el padre Shek.
Da Nang (aldea rota). Aquí
murieron el agua y los
cereales.
No habían cigarrillos y solo las
alas
de la libélula nos arrojaban
comida
***
Bernardo Rafael Álvarez