viernes, 16 de enero de 2026

DE CAJÓN

 

Hace un rato me acerqué a una bodega de mi barrio, en que funciona un agente bancario, para retirar un sencillo (dícese de una pequeña cantidad de dinero☺️). Al preguntarme el señor que me atendió si a la cifra que estaba por marcar en el «P.O.S» le debía agregar el sol de comisión, le dije que sí, que eso era de cajón. Unos segundos después se me ocurrió comentarle acerca de lo simpático y curioso de esta expresión popular («De cajón»); le dije que probablemente se trataba de un peruanismo cuya antigüedad no sería mayor de unas cinco o seis décadas, e inmediatamente procedí a efectuar la respectiva anotación en mi inseparable libretita de apuntes. Ahora, al indagar en la Web me doy con una sorpresota de la pitrimitri: ¡ni peruanismo, ni tan reciente! El más lejano registro documental conocido data de 1817 (¡dos siglos!): la edición, correspondiente a aquel año, del diccionario publicado por la Real Academia Española. La expresión es definida allí de este modo: «Ser de cajón. f. Ser alguna cosa corriente y de estilo», con el siguiente agregado explicativo en latín: Rem esse consuetudine et usu receptam: o sea: «Es una cuestión de costumbre y práctica». La definición principal se mantuvo invariable en las ediciones posteriores del diccionario, hasta la de 1970. A partir de 1983 son otras las palabras usadas, en el repertorio, para definir la expresión; sin embargo, esencialmente dicen lo mismo: «Ser evidente, obvio, estar fuera de toda duda o discusión». Digo que, prácticamente, se trata de lo mismo por esto: porque lo que es «corriente y de estilo», es decir, «de costumbre y práctica», también es evidente, obvio y está fuera de toda duda o discusión. Y, bueno, ahora viene la pregunta que es esperable, o sea, de cajón: ¿por qué se usó y se usa en la frase precisamente este vocablo, «cajón»? A simple vista resulta  imposible encontrar una respuesta, una explicación satisfactoria. ¿Qué diablos tiene que ver una caja (mencionada con sufijo aumentativo) con un asunto de uso o costumbre, o de obviedad? Parece que a don Miguel de Unamuno (el autor de Niebla, obviamente, y también el creador de aquel curioso vocablo –«cocotología»– que, a pesar de no haber estado nunca en el uso de los hablantes, fue incorporado al DLE, ¿recuerdan?) también le pareció desconcertante y hasta llegó a asumir que, en efecto, con esto nada tenía que ver aquella «pieza hueca de madera, metal, piedra u otra materia, que sirve para meter dentro alguna cosa» y que es cubierta «con una tapa suelta o unida a la parte principal» (diccionario RAE, 1914). Por ello es que al escritor español se le ocurrió sugerir (en una publicación hecha el 23 de julio de 1921 en la revista Caras y Caretas de Buenos Aires) una teoría según la cual lo del vocablo «cajón» estaba, más bien, relacionado –digamos que solo fonéticamente– con el italiano «cagione», que suena como «cajón» pero, en realidad, significa «causa», «motivo», y en latín es «occasionem»; y, así, concluyó afirmando «que, por tanto, 'frase de cajón', es 'frase de ocasión'». Pero, no, en verdad no es así. Lo de cajón se relaciona, en realidad, con las imprentas que hace mucho tiempo usaban tipos móviles (letras metálicas en relieve e invertidas) para componer palabras y textos y luego proceder a la impresión; muchas veces, las palabras y frases más usuales, preparadas con los tipos, ya listas, se guardaban en cajas (o cajones) para empleo posterior, y por ser fácilmente accesibles evitaban, digamos, el doble trabajo y, por consiguiente, las palabras y frases que con ellas se imprimían  eran, pues, llamadas «de cajón». ¡Un abrazo, amigos!

 

© Bernardo Rafael Álvarez


martes, 13 de enero de 2026

APARRAR, APARRADO, APARRE (PERUANISMOS)

Son peruanismos de larga data que hoy, prácticamente, ya nadie usa. La más lejana referencia documental que se tiene (o, mejor dicho, que yo he encontrado) es Jerga criolla y peruanismos de Lauro Pino, que fuera publicado en 1968. Efectivamente, allí en ese libro; pero solo como adjetivo (en la forma de participio). Curiosamente, el autor no consideró los usos que también entonces eran corrientes, como verbo en infinitivo y, además, como sustantivo. Concretamente, me refiero a estos vocablos: "aparrar", "aparrado" y "aparre". 

        La segunda de las voces mencionadas, "aparrado", que, como ya lo dije, aparece en la publicación de Pino, se encuentra, allí, creo que muy bien definida, con una sola palabra, así: "Abrazado"; y, como agregado, se lee lo siguiente: "Se usa refiriéndose a la actitud cariñosa de dos enamorados en un lugar público".  Este verbo (en infinitivo y participio) y el sustantivo de él derivado, eran, pues, muy comunes hace algunas décadas. 

Y, aunque actualmente pareciera que ya no están en el uso popular, la Academia Peruana de la Lengua ha hecho bien en reconocer su calidad de voces propias del castellano peruano y ha incluido las tres formas mencionadas en el Diccionario de Peruanismos publicado el año 2016; esto me parece, en verdad, muy plausible. A pesar de ello, creo –lo digo modestamente–, corresponde hacer unos comentarios que espero, –ojalá– no vayan a resultar imprudentes. Veamos. En su calidad de verbo en infinitivo, («aparrar») es definido en el repertorio como «abrazar con insistencia, acariciando eróticamente»; como adjetivo (que es, también, verbo en participio: “aparrado”), dice que es el «que abraza y acaricia eróticamente a otra persona». Cierto, "aparrar" es "abrazar" y, por consiguiente, "aparrado" es "abrazado" (o sea, el que abraza o está abrazando): clarísimo. Pero, vale hacer una precisión: está fuera de lugar aquello de que el abrazo (para que se ajuste a la definición del verbo “aparrar”) tiene que ser efectuado "con insistencia" o "acariciando eróticamente a otra persona"; no, el acto de "aparrar" no necesariamente (o no siempre) tiene que llevar una "carga" o componente de carácter erótico, ya que solo es, simplemente, el acto físico de abrazar: el abrazo de dos hermanos o el de un padre y su hijo también es aparrarse. 

Ahora veamos lo de «Aparre»; obviamente, sustantivo deverbal derivado de «aparrar». El diccionario afirma, lacónicamente, que es lo mismo que «Agarre». Si, asumimos, como corresponde (sin mayor esfuerzo “intelectual”), que "Agarre" es el acto de agarrar o agarrarse, resultaría justo aceptar que no hay motivo de reparo a lo dicho por el diccionario, ¿verdad? Claro. Pero, lamentablemente, no es así. Explico. La definición de "Agarre" que allí se ha considerado nada tiene que ver con lo que acabo de indicar, porque se aleja de aquello de lo que debiera ser indesligable: la idea de asir o coger o, más puntualmente, agarrar. ¿Por qué digo esto? Porque en el diccionario (“o lexicón, o tesauro, o elucidario, o calepino, o repertorio, o siete mares, o como quiera llamarlo la ‘ciencia’ de ciertos filólogos nativos”, como había escrito el inolvidable Goyo Martínez en su delicioso artículo titulado "Entre jocundo y jofaina", de mayo del 2004), repito, en el diccionario motivo de este comentario, se lee que "Agarre" es el «beso largo, repetido y apasionado dado en la boca acompañado de caricias y abrazos»: «Beso largo, repetido y apasionado». Y la verdad es que tal cosa no es cierta: en el concepto de “agarre”, lo referido a la intervención de las manos y brazos no es algo agregado, accesorio, secundario, sino lo principal (repito: por lo de “agarrar”). El error del diccionario está en haber considerado que el beso ("largo, repetido y apasionado") es la condición esencial que aporta el significado correspondiente al sustantivo que, insisto, es derivado del verbo "agarrar" (“agarrar” no es, estrictamente, “besar”); y esto, naturalmente, ha dado lugar al error respecto del sustantivo “aparre”. Concluyo: hay un error en el Diccionario de Peruanismos que, creo, debiera ser corregido. 

¿Cuáles serían, entonces, las definiciones adecuadas para “aparre”, “aparrar” y “aparrado”? Creo que, puntualmente, le correspondería una palabra, como definición, a cada uno de los términos mencionados, un sinónimo: “aparre”: abrazo; “aparrar”: abrazar; “aparrado”: abrazado. Podría agregarse, naturalmente, el adjetivo “cariñoso”, pero no hacer alusión a lo erótico (por inadecuado y porque, repito, el “aparre” o el “aparrar” solo hacen referencia al abrazo y al acto de abrazar, sin que, necesariamente, tenga que haber intervención de la libido). Punto. El vocablo popular que sí, necesariamente, hace alusión a un componente erótico en su significado, es “agarre”, que es el acto de agarrar y también la persona a la que se "agarra" (con propósito amatoria): “Isabel es el agarre de Roberto”. 

¿Y el origen de "aparre", "aparrar" y "aparrado", referidos a abrazo, abrazar y abrazado, dónde estaría? Ardua tarea es tratar de encontrar una respuesta completamente satisfactoria. Yo solo puedo aventurar una tímida hipótesis. Podría tener, creo, un origen, digamos, dendrológico. Un árbol "que tiene las ramas muy extendidas horizontalmente" es, precisamente, un árbol "aparrado" (DLE); y, recuérdese, las ramas (en este caso, extendidas) también son conocidas como brazos (¿ramas en actitud de abrazar?). En fin, repito, solo es una tímida hipótesis aventurada.

(Si estoy equivocado, díganmelo, por favor, amigos. No sería la primera vez que yo estuviera incurriendo en un desacierto. Y, de verdad, agradecería muchísimo sus discrepancias, correcciones, sugerencias y aportes. ¡Un fuerte abrazo!)

 

                                                                                                                       © Bernardo Rafael Álvarez 

jueves, 25 de diciembre de 2025

ESTAS NAVIDADES*

 

En un diario capitalino encontré unas figuras cómicas con el título de SONRISAS DE NAVIDAD. Era un enfoque de diferentes aspectos de la vida actual, por el caricaturista italiano Clericetti; sin duda una manera muy risueña de presentar situaciones comunes hoy en día, relacionadas con la celebración de la fiesta del amor universal. Podía apreciarse la presencia, en vez de Reyes Magos, en la convulsionada zona del Medio Oriente, de expertos de la Comisión de Seguridad de la ONU; la intromisión, en un coro de Ángeles, de un elemento nada grato, y el cerco formado por la gran cantidad de satélites (artificiales) alrededor de nuestro planeta, impidiendo el ingreso de la Estrella de Belén. 

El Medio Oriente, lugar de nacimiento del cristianismo, en estos años convulsionados por los desastres de la guerra, la angustia de los políticos y la desesperación de los niños y mujeres hambrientos. La Redención de una humanidad confundida en la diversidad de credos, denigrada en su dignidad por el asqueroso esclavismo, brotaba -hacen casi dos mil años- con sus sublimes raíces del amor universal, en aquellas zonas medio orientales. Hoy, esas mismas raíces son envenenadas, poco a poco, por el terror del odio y la maldad. 

Es difícil creer que la cuna del hombre que predicó justicia, libertad, amor, dignidad, abrigue los embriones de la injusticia. 

¿Qué puede pensarse de la celebración de la Navidad, en esas lejanías? No puede tener tintes de alegría desbordante, la felicidad no puede ser posible en instantes angustiosos; tampoco puede ser posible en el Viet Nam, en la India o Paquistán. Una sonrisa en esos lugares brilla más por la desesperación de quienes ansían liberarse de una vez por todas del horror de la pólvora y de las terribles armas bacteriológicas, del estruendo de las bombas y del rugido de los cañones. Una sonrisa tan solo es el intento de alegría, no la culminación. 

Como atenuante a la cuestión de Medio Oriente, es la visita de ineficaces observadores de la ONU. Las actividades diplomáticas y políticas fracasan. Y mientras tanto, sigue el llanto, el hambre y la muerte ensombreciendo día a día el mundo. 

De pronto un coro de Ángeles, con sus sublimes cánticos de amor y paz, es desentonado por la voz ronca de alguien que no tiene nada que ver con ellos. En el dibujo de Clericetti puede apreciarse a un lucifer acompañando a los albos angelitos. 

El caricaturista quiere expresar, en su apunte cómico, un hecho de gran conmoción mundial ocurrido recientemente: el ingreso de China Comunista a las Naciones Unidas. Es, según puede interpretarse, la intromisión de un elemento “desentonante” en la estabilidad de la ONU; es el “mal”, si consideramos la figura oscura del diablito. 

Las situaciones de guerra, hambre, miseria y muerte, corroboradas con los intentos fallidos de establecer la paz, encuentra un irónico matiz con los casi fantásticos descubrimientos de la ciencia espacial. Hay quienes parecen evadirse de los problemas del mundo y van en pos de nuevos planetas. La instalación de delicados artefactos en el espacio circundante simula un atajo a ingresos extraños; y, más aún, parece un mensaje terrestre hacia seres extraños: “La deshumanización en este mundo es creciente: solo máquinas, solo cerebros inventados…”. 

Y qué puede pensarse de la Navidad en nuestros países libres de la guerra, pero oprimidos por imperialismos extranjeros y oligarquías internas. El sabor agrio de la vida también es en los nuestros. Mientras unos pocos brindan con los licores más finos por su felicidad, otros -las mayorías- ni con un mate de chicha pueden enjugar su dolor. 

¿De qué valen millonarias colectas para alegrar a los niños pobres, si ellos y sus padres seguirán siendo pobres todo el resto de su vida? La felicidad no es un artificio “cívico”.


25 de diciembre de 1971

 

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Bernardo Rafael Álvarez

*Publicado unos días después de haber concluido el quinto de secundaria en el colegio San Juan de Trujillo).

 


viernes, 19 de diciembre de 2025

CONTANTE Y SONANTE (y hasta cantante): el «chinchín» del brindis


Lo digo –aunque a la ilustre y docta corporación matritense le hierva bilis y hasta, quién sabe, quiera excomulgarme (ya les contaré de algo que ha ocurrido hace poco y que es casi como lo que acabo de decir)–: el «chinchín» que muchos expresan, mientras dan un par de golpecitos con las copas o vasos de cristal, cuando hacen un brindis, no tiene nada que ver con alguna simpática palabrita de origen chino ni nada por el estilo. 

El origen de este «chinchín», es, simple y llanamente, onomatopéyico; se trata de una alusión medio juguetona al sonido de las copas o los vasos de cristal al chocar entre sí, durante el brindis; dos golpecitos: «¡chinchín», y nada más. Y, claro, su continuo empleo ha hecho que deje de ser simple repetición de un sonido y haya terminado adquiriendo un indudable significado como vocablo; el «¡chinchín» es, ya, sinónimo de la interjección que, durante un brindis, se expresa como un buen deseo: «¡Salud!». Y, según tengo entendido, incluso en Italia se usa; pero, claro, allí la escritura es «cin cin» lo que, sin embargo, no supone una variación fonética (chinchín). El «chinchín», pues, se ha lexicalizado, habiendo adquirido (en su uso durante los brindis) el significado de «¡Salud!».

Ahora, el «qing», vocablo chino cuyo ideograma es , al cual se refiere la RAE, no significa «Gracias» sino, según me informan, «Por favor». «Gracias», según he averiguado en el Traductor Google, es esto: 謝謝 Xièxiè y su pronunciación aproximada es algo así: /shie shie/ que, obviamente, es diferente al «chinchín» del que estamos hablando. El «qing», es cierto, suena «chin»; pero, como ya vimos, es otra cosa y ninguna relación tiene con el «chinchín» del brindis. 

La presunta etimología propuesta y, sin duda, defendida por la RAE (pero, felizmente de modo cuidadoso, pues emplean el condicional «podría») no resiste ningún análisis serio. 

Finalmente, insisto, el «chinchín», motivo de la presente nota, está relacionado, simple y llanamente, con el sonido producido por dos vasos o copas de cristal al ser golpeadas levemente al momento de hacer un brindis; su origen es, pues, onomatopéyico. Esta es la explicación razonable y rigurosa. Cosa parecida ocurre también con esa casi común expresión popular referida a un pago que se hace en efectivo; es decir, en «contante y sonante»: con billetes que se cuentan, uno tras otro, y monedas que al ser manipuladas generan este sonido: «¡chinchín». Es que, como se ve, no hace falta tener que incursionar en lenguas ajenas y mucho menos en una tan complicada y medio misteriosa como la lengua de Confucio (el chinito japonés –¿recuerdan– que inventó la confusión 😀). Bien. 

¿Y lo de «cantante»? Pues, la respuesta la encontramos, naturalmente, en el simpático y valioso representante peruano de la «Nueva ola» cuyo «nombre de pila» es Santiago Rogelio Farfán Holguín pero que en el ambiente artístico todo el mundo lo conoce, simplemente, como Jimmy Santi y que, entre otras canciones, tiene «Sabor a salado» y «Mira cómo me balanceo». La referencia a este gran artista es, específicamente, por una de sus canciones más famosas, algunos de cuyos versos son estos: «Chin chin / ven a brindar / chin chin / por nuestra amistad / chin chin / a tu salud /chin chin / que viva la juventud». Como es fácil advertir, allí el «chin», solo o repetido, no es, ni por remota aproximación, sinónimo de «por favor» ni mucho menos de «gracias» (como parece creer la RAE). Se trata, una vez más, de lo que ya vimos desde el principio: golpecitos de las copas, en el brindis, como expresión de buenos deseos por la amistad, la salud y la juventud. El compositor de la canción no ha tenido que «quemarse las pestañas» buscando alguna palabra curiosa en un idioma tan lejano; le bastó lo que es elemental: representar el común y corriente sonido de dos objetos de cristal al ser golpeados suave y graciosamente en un ambiente de alegría, nada más. 

Todo clarísimo, ¿verdad? ¡Sí, clarísimo! (Ahora, esperemos que en una próxima actualización del Diccionario los ilustres académicos se atrevan, después de un brindis, tal vez, navideño, a disponer las modificaciones pertinentes). ¡Un abrazo, amigos!

 

© Bernardo Rafael Álvarez

 


martes, 2 de diciembre de 2025

¿«CON "CH-" PARA INDICAR BLANDURA»? ETIMOLOGÍA DE UN VOCABLO «MALSONANTE» EN EL DLE

 

Ustedes saben, amigos, yo no soy lisuriento, ¿verdad?😊Pero, la curiosidad es, a veces, imprudente, pues. Se me ha ocurrido darle una miradita al Diccionario de la Lengua Española (DLE), precisamente en la entrada referida a una expresión a la que suele calificarse como «malsonante» o vulgar, dizque por grosera; esta: «chucha» que, como es conocido por todos, significa «vulva» (en Argentina, Chile, Colombia y Perú, según el DLE). 

Bueno, lo que he encontrado en el repertorio es algo que me ha sorprendido. La marca, referida a la naturaleza del vocablo, dice lo siguiente: «De or. expr., con 'ch' para indicar blandura»; es decir, según el DLE, el origen del sustantivo femenino «chucha» es, simplemente, de carácter «expresivo» (por la «blandura» que supone el uso de «ch-»), y -como una suerte de apoyo explicativo- nos remite a «chichi», «chocha» y «chocho», que en algunos países tienen también el mismo significado. ¿Solo eso: «de origen expresivo»? Creo que no es así, que hay un error en el Diccionario. Lo más prudente y atinado hubiera sido que pusieran esto, como marca: «De or. inc.» (o sea, de origen incierto). 

Sin embargo (he aquí mi imprudencia que espero, ojalá, sea solo un pecado venial), creo que el origen del vocablo «chucha» está relacionado con algo concreto que es, más bien, duro; quiero decir que nada tiene que ver con cuestiones expresivas ni blanduras, y, claro, tampoco es de procedencia incierta. Su origen -estoy casi seguro- está en el nombre que, hace algunos siglos, se le daba a un marisco. En algún modo, tiene, como se habrán dado cuenta, una explicación etimológica que se relaciona con el otro nombre «malsonante» con que suele llamarse a la «vulva»; me refiero a «concha», que es una alusión, entre otras cosas, a la cubierta, en dos valvas, de la almeja. 

Exacto: almeja. ¿Saben cuál es el otro nombre con que se conocía a la almeja, al menos durante el siglo XVII (y, claro, no sé hasta cuándo)? Se la llamaba «chucha» en Panamá; y en este país también a la vulva se la conoce, vulgarmente, con ese nombre (pero el DLE no lo menciona). La palabra era conocida, digamos oficialmente, desde fines del siglo XVIII (aparece en el Diccionario de Esteban de Terreros y Pando, de 1786), pero solo como el nombre de la muca o zarigüeya (del que se generó el uso de la palabra para referirse, también, al mal olor de las axilas). 

La RAE, aparentemente, no llegó a enterarse del significado que la palabra de marras tenía en Panamá. Hubieran puesto atención en Historia del Nuevo Mundo del padre Bernabé Cobo, libro terminado de escribir en 1653 y que comenzó a publicarse muchos años después de la muerte de su autor, en 1890. 

Textualmente, Bernabé Cobo escribe, entre otras cosas, lo siguiente: «Debajo del nombre de almejas se comprehenden muchas y varias conchas que se crían en las costas de los mares así del Sur como del Norte (...). En la costa de Panamá, entre la arena de la playa que baña la mar, se cría gran suma de ellas, a las cuales, en aquella provincia, llaman 'chuchas'...». Allí está, pues (repito, estoy casi seguro), el origen del nombre dado, vulgarmente, a la vulva. 

Bueno, finalmente un pedido: perdónenme, por favor, por la insolente imprudencia y la lisura.😊 ¡Un abrazo, amigos queridos!

 

© Bernardo Rafael Álvarez

                                                                 1/3/2025

jueves, 30 de octubre de 2025

"NO SEAS HUAMÁN", una expresión coloquial peruana

 

La expresión peruana “No seas huamán" es lo mismo que decir esto: "No seas huevón". Es decir, no seas tonto, idiota, "quedao". O, como bien dice la doctora Hildebrandt: "persona tonta, de poco entendimiento".

 

Se recurre a este apellido de origen quechua por una simple y sencilla razón: por la analogía fonética que existe entre ambas palabras (huevón y Huamán), nada más. Sin embargo -como refiere nuestra lingüística- Juan Álvarez Vita, en su Diccionario de Peruanismos, afirma que "no puede descartarse cierto fondo de discriminación surgido del hecho de que Huamán, que en quechua significa halcón, es un apellido de origen indígena". 

 

¿En qué se habría apoyado nuestro meticuloso lexicógrafo, para insinuar tal cosa? Pues en un artículo de Rodrigo Montoya, publicado en La República hace un par de décadas (en julio de 1997), en el cual el antropólogo ayacuchano dice que se trata de una expresión usada en "el Perú -uno de los grandes paraísos de la discriminación étnica" y que brotó "del pozo sin fondo del inconsciente colectivo". Podrá, para él, ser nuestro país un "paraíso de la discriminación"; pero en cuanto al uso de "huamán" y "huevón", nada tiene que hacer eso; la expresión referida no está involucrada en asuntos de ese tipo. En otras palabras, si en lugar de "Huamán" se hubiese usado una palabra fonéticamente similar, pero de origen sajón, ruso o italiano, no habría habido razones de incomodidad o de indignación "reivindicacionista", ¿verdad?

En este "paraíso de la discriminación" también apareció esta otra expresión replanesca, para referirnos al mozo de un restaurante: "mosaico"; ¿habrá habido en esto un malsano propósito "antibíblico" (contra Moisés), o de antisemitismo? No, no y no. ¿Y cuando decimos: "Estás chocando con Chocano", estamos, acaso, aludiendo a la "peligrosidad" del poeta que asesinó a Edwin Élmore? No, de ninguna manera. Y tampoco se quiere insinuar que el personaje caricaturesco creado por Julio Fairlie haya sido un borracho, cuando decimos “sampietri" en reemplazo de "zampado".[1]

 

Los vocablos replanescos o de jerga se crean haciendo uso, entre otros recursos, de la analogía fonética (chaufa, para decir chao; zanahoria, por sano; mosaico, por mozo), y también recurriendo a la metátesis, o reubicación de sonidos o sílabas que casi siempre da lugar a la inversión de la palabra (lleca, por calle; ñoba, por baño; choborra, por borracho). No hay propósitos perversos o ponzoñosos, sino solo una sana travesura.😜

 

© Bernardo Rafael Álvarez

                                                                      14/04/2020

 



[1] Otras expresiones: Arriola, por "arrecho"; Tarzán, por "tarde"; Coca Cola, por "loco"; Chiquitoy, por "el chiquito"; Pendeivis, por "pendejo'; Monsefú, por "monse"; Conchán, por "conchudo", sinvergüenza; Chivay, por "chivo", homosexual; Alfonso, por “al fondo”; culantro, por "culo"; Canchis Canchis, por "cachar", o sea: copular".

 

sábado, 11 de octubre de 2025

CÍRCULO DEL SUEÑO (HAIKÚ PERUANO)

 

Octavio Paz escribió, respecto del haikú, que es «la anotación rápida, verdadera recreación, de un momento privilegiado»; que «... a pesar de su aparente simplicidad (...), es un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo»; y agregó: «... el haikú es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente». Y citó, entre otros, este bellísimo poema de Bashō, «que ha resistido, es cierto, a todas las traducciones» (y también a los insolentes plagios, agrego yo): «Un viejo estanque: / salta una rana ¡saz! / chapalateo». 

¿Por qué hago esta rápida alusión al Nobel mexicano? Porque tengo en mis manos un extraordinario libro de haikús -escritos no en Japón, sino aquí, en nuestro Perú- que me ha impresionado sobremanera. Lean este:

 

Aquí vengo a

tu sendero de gracia.

Me aúpa el verbo. 

Increíble, realmente: es, entre otras cosas, celebración justa de la palabra. No es, como hacen otros, una simple e insulsa agrupación de diecisiete sílabas (cinco, siete, cinco). Es que, hablando con propiedad, el haikú no es un género poético que se caracterice únicamente por esa forma métrica; es, sobre todo (y aquí empleo otra vez palabras de Paz), «significar mucho diciendo lo mínimo».

 

Lean este otro:


Luces del faro

de ese viejo Volkswagen:

¡vuelo del ave! 

¡Soberbio! Un poema que, estoy casi seguro, habría hecho que nuestro inolvidable Marco Aurelio Denegri diese el grito al cielo: «¡No, esa no es palabra poética!» habría dicho refiriéndose a «Volkswagen»; y podría haber explicado que un haikú no debe contener expresiones referidas a cosas ajenas a la naturaleza, o algo así. Pero, la verdad es que este género, cuyos más notables representantes son Bashō, Yosa Buson, Issa y Shiki, carece de normas prohibitivas; lo único, digamos, en algún modo ineludible es el tener en cuenta el número de sílabas en cada uno de los tres versos, y lo demás entra en la plena libertad creadora, pero, naturalmente, sin afectar lo que es esencial: el impacto gigante a pesar de la simplicidad. Ah, y otra cosa: el haikú no tiene necesariamente que ser una suerte de prolongación (o imposición) de la filosofía, religión o sensibilidad Zen, ni siempre ha de aludir a una estación del año (esto podemos encontrarlo en poemas japoneses tradicionales; pero nosotros no estamos obligados a seguir esa senda). 

¿Y el humor? Claro que también el humor puede estar en un haikú (y no solo el «humor seco» a que se refiere Paz, en Las peras del olmo). Por ejemplo, en este: 

 

Hombre bosteza,

alucina su sueño

de mala muerte. 


O en este otro:

 

Niña con duende

sin el diablo en su cuerpo.

Vieja pacata. 

También puede -¡cómo no!-, un haikú, ser formulado como interrogante y en él ser nombrado el leal canino que nunca olvidó a Ulises:

 

Por qué vagar

en mi salado mar

¿verdad fiel Argos?

 

Bueno, ya tengo que decirlo. Los haikús que he transcrito tan solo como una casi microscópica muestra, son de una muy talentosa poeta peruana, Julia del Prado, extraordinaria hacedora, en nuestro medio, de este tipo de poemas cuyo origen, como sabemos, está en el Japón y (vuelvo a citar textualmente palabras de Octavio Paz) se desprendió «del renga haikai (y luego) empezó a llamarse haikú, palabra compuesta de haikai y hokku». 

¡Celebro tu bella y valiosa poesía, Julita querida! 

 

 

                                                                                               © Bernardo Rafael Álvarez

                                                                                                            11/07/2024