sábado, 22 de agosto de 2026

DiPerú (unas palabritas)

Ya tengo, en físico, un ejemplar del DiPerú; es decir, el Diccionario de Peruanismos, que fue publicado el 2016 por la Academia Peruana de la Lengua (APL). Es un voluminoso libro, de 1148 páginas, hecho por un grupo de veintitrés estudiosos peruanos (que en la publicación aparecen como autores), bajo la dirección técnica del lingüista y lexicógrafo español Julio Calvo Pérez. Lo he ojeado con mucha atención y cuidado y ahora he querido atreverme a comentarlo, incidiendo básicamente en algunos puntos que, creo, debieran ser motivo de revisión. Espero, ojalá, que los comentarios míos no vayan a resultar imprudentes. Naturalmente, mi análisis no será integral: solo abordaré algunos aspectos. Sépase que las observaciones que aquí doy a conocer no impiden que yo reconozca, como siempre lo he hecho, la importancia y el valor del trabajo que viene desarrollando la APL, una de cuyas muestras es, precisamente, este útil diccionario. 

Voy a referirme, para comenzar, a algo que tiene muchísimo que ver con el castellano de gran parte del norte peruano y, por supuesto, de Pallasca: el sufijo «–asho, sha». Este sufijo -como bien se señala en el libro- es, en verdad, una partícula con «valor afectivo» y –ahora preciso yo–, sobre todo, diminutivo. Sin embargo, me permito indicar que su valor no es –nunca, ni a veces– «negativo»; ni mucho menos es usado para expresar algo que es «temido» (el sicario adolescente, que en la respectiva entrada es aludido, no era llamado «gringasho» por su peligrosidad, sino porque era un chiquillo). Sufijos negativos (cuyo valor o carácter son, realmente, despectivos) son estos: «-aco», pajarraco; «–ejo», tipejo; «–astro», poetastro; «–zuelo», jovenzuelo.[1] 

Bien. Ahora veamos el sustantivo «Aceite», también registrado en el libro y con esta definición: «Coima que se entrega para acelerar un procedimiento institucional». No, no es así. En el Perú nadie emplea el sustantivo «aceite» como sinónimo de «coima»; lo que se usa es «aceitada» y también, raramente, «aceitar». Claro que, literalmente, se entiende que efectuar una aceitada o aceitar es, en efecto, dar, untar o bañar con aceite; sin embargo, esto no significa que, en el uso coloquial peruano, aceite sea el sinónimo de coima, pues aquí solo son empleadas las dos formas verbales mencionadas: «aceitada» y «aceitar». ¿Por qué estos usos? No por influencia del sustantivo «aceite» sino porque, sin duda, se importó –con una leve modificación– el verbo usado en algún país caribeño: «untar» que es lo mismo que «aceitar».[2] 

¿Y «Andavete»? ¿Es, en el castellano peruano, realmente, una interjección usada «para exigir que alguien se retire del lugar de inmediato»? No. La orden o invitación para que una persona se marche del lugar se da, usualmente, con estas expresiones: «vete», «anda» (o «ándate»), «lárgate»; y, claro, es muy común darle mayor énfasis a ese mandato o pedido (pero sin la rudeza hosca de la tercera expresión que acabo de citar: «lárgate»), enlazando las dos primeras –a manera de pleonasmo o redundancia– así: «Anda, vete». De esta expresión imperativa se generó el sustantivo coloquial «Andavete» para designar, graciosa o festivamente, al último vaso de cerveza (o de otro licor) que se sirve cuando el grupo de amigos o uno de ellos está a punto de retirarse, como una suerte de despedida («Bien, amigos, y ahora, para terminar, el andavete»). Equivale o otra expresión coloquial que sí está más adecuadamente definida en el DiPerú: «La del estribo» («copa que se ingiere al final de una reunión con la intención de retirarse»). ¿Estamos de acuerdo? 

Y aquí otra interrogante: ¿En algún lugar del Perú, el sustantivo «señor» es, realmente, empleado como sinónimo de «marido o compañero sentimental» (como aparece dicho en el libro)? Creo que no. Lo usual, aquí y en muchos países, desde hace muchísimo tiempo, es nombrar como «señora» a la mujer casada; pero a un varón no se le dice «señor» por el hecho de estar casado. Un hombre, al referirse a su cónyuge, dice «mi señora»; y una mujer no dice «mi señor», sino «mi esposo». A un varón se le dice «señor», básicamente, como un tratamiento de respeto en consideración a su edad (que lo diferencia de un joven) y no debido a su estado civil después del matrimonio («Vi a un joven que conversaba con un señor»). 

Otra expresión coloquial peruana registrada en el DiPeru es «Agarre», que es definida como el «beso largo, repetido y apasionado dado en la boca acompañado de caricias y abrazos». No, eso no es cierto. Esa definición corresponde, estrictamente, a otro peruanismo que gramaticalmente puede ser visto como cercano o similar pero que, en el uso coloquial peruano, corresponde a otro concepto: «chape»; digo que son similares o cercanos porque en ambos está, literalmente, la idea de «agarrar». Pero, en realidad, «agarre», en el castellano coloquial peruano, tiene otro significado: se refiere a la pareja sexual digamos informal o pasajera, y no a la acción de «agarrar» («¿Sabías que Rosita es, ahora, el agarre de Carlos?»).

 Y ahora veamos lo de «Aparre». Respecto de este vocablo solo voy a transcribir parte de lo que hace algunos meses escribí: «En su calidad de verbo en infinitivo (“aparrar”), es definido en el repertorio como “abrazar con insistencia, acariciando eróticamente”; como adjetivo (que es, también, verbo en participio: “aparrado”), dice que es el “que abraza y acaricia eróticamente a otra persona”. Cierto, "aparrar" es "abrazar" y, por consiguiente, "aparrado" es "abrazado" (o sea, el que abraza o está abrazando): clarísimo. Pero, vale hacer una precisión: está fuera de lugar aquello de que el abrazo (para que se ajuste a la definición del verbo “aparrar”) tiene que ser efectuado "con insistencia" o "acariciando eróticamente a otra persona"; no, el acto de "aparrar" no necesariamente (o no siempre) tiene que llevar una "carga" o componente de carácter erótico, ya que solo es, simplemente, el acto físico de abrazar: el abrazo de dos hermanos o el de un padre y su hijo también es aparrarse».[3] 

A continuación, el verbo «Serenar». Les cuento, hay una bella chuscada (huaino ancashino) que cantaba don Ernesto Sánchez Fajardo, el Jilguero del Huascarán, cuyo título es Campesina, en cuya fuga (la última parte del tema musical, que suele ser más animada y alegre) se dice esto: «Yo no soy tu jarro de agua / ni el cholo de tu patrón, / para estarme serenando / como si fuera un ladrón». Es que, en nuestros pueblos andinos, era costumbre de muchas familias colocar un depósito (un jarro, generalmente) junto a la puerta de la casa para que reciba el frío húmedo de la madrugada: eso era serenar y a ese frío húmedo de la madrugada se le llamaba (se le sigue llamando aún) serenoSerenar no es lo mismo que garuar, como erradamente se dice en el libro bajo estudio. La definición más cercana a lo real es la que aparece en el Diccionario de la lengua española (DLE): Humedad de que durante la noche está impregnada la atmósfera

Ahora, «Berrinchudo».  Es un adjetivo referido a la persona que, como bien define el DLE, se encorajina o enoja con frecuencia o por leve motivo; y es así como se usa en el Perú. Proviene, obviamente, del sustantivo coloquial «Berrinche», Pero en su primera acepción: Irritación grande que se manifiesta ostensiblemente, y sobre todo la de los niños, que es lo mismo que rabieta. Claro que en nuestro país también se conoce como «Berrinche» al olor de la orina; sin embargo, no se le llama «berrinchudo» al niño «que se orina en sus ropas o en un lugar indebido y despide olor desagradable. El DiPerú se equivoca, pues. Al niño que suele orinarse en sus ropas, simplemente, se le dice «meón». Ah, otra cosa: respecto de «Berrinche», el diccionario solo ha considerado la acepción referida al olor de la orina; debió (porque era lo justo) haber considerado, además, el otro significado que en nuestro medio se le da y que corresponde a estos sinónimos:  rabieta, pataleta, enojo. 

Veamos, ahora, «Andarita». En un texto que publiqué hace algún tiempo, acerca del bandolero ancashino Luis Pardo, puse esto: Andarita” es el nombre que se le da a una especie de flauta de pan –parecida al siku altiplánico-–, más comúnmente conocida, en gran parte de nuestro país y en alguna otra región de Sudamérica, con el nombre de “antara”. Es probable que para darle una sonoridad más suave y lograr una acentuada eufonía (uso que es común en nuestro país), se haya recurrido al reemplazo de la “t” por la “d”, convirtiéndose “antara” en “andara” y -habituados como solemos ser a los hipocorísticos- terminara usándose “andarita”.[4] Como puede advertirse, allí ensayo una explicación respecto del posible origen del nombre dado, en el norte peruano, al instrumento en mención. Es que se trata de la antara, palabra de origen quechua[5] en que, para darle una sonoridad más suave y lograr una acentuada eufonía, se cambió la t por d, con lo que pudiera haberse convertido en «andara», pero terminó en una voz diminutiva: andarita. Qué quiero decir: El nombre original del instrumento fue antara (que se usa en gran parte del Perú), pero en los pueblos del norte se decidió llamarlo andarita; nunca su nombre ha sido «andara», como equivocadamente está registrado en el DiPerú, y debe ser excluido. Lo correcto es que, en el libro, además de Andarita, aparezca también Antara que, sin embargo, involuntariamente ha sido omitido (y, por cierto, retirar el vocablo «andara»). 

Seguidamente, me atrevo a sugerir, puntualmente, la modificación de los significados que han sido atribuidos a algunas expresiones aquí señaladas. Shámbar: «sopa espesa de trigo partido...» (no de trigo crudo). Pifia: «desaprobación pública mediante silbidos» (no «burla o mofa» acompañada de abucheos).  Cabe: «zancadilla» (no «tropiezo» provocado con el pie). ¡Acacau!: «interjección dicha para expresar lástima ante el dolor ajeno» (no para expresar «consuelo» ante el dolor ajeno). La canción: Interjección para expresar lamento –como sinónimo de "¡mala suerte!"– ante algo, desventurado o nada favorable, que ha ocurrido o que puede ocurrir, por no haberse tomado las previsiones necesarias» (no «reprimenda» acostumbrada). 

Y, algo más, como ya en otra oportunidad señalé, el DiPerú ha considerado como «peruanismos» algunos vocablos que realmente no lo son; voy a mencionar algunos: «agremiado», «aguaitar» «arepa», «tequeño», corpiño», criminalística», haiku», «quechumara», «trujillano». Y, por otro lado, no ha incluido vocablos que sí son auténticos peruanismos. Veamos. Entre otros gentilicios, han sido omitidos los siguientes: coronguinopallasquinohuandovalinotauquinocelendino (en este caso, solo se ha tomado en cuenta el adjetivo coloquial: shilico). Tampoco se ha puesto el vocablo con que se nombraba al andino asaltante de leyenda que, dizque, asesinaba a sus víctimas para extraerles la grasa: el pishtaco. Y estas dos ausencias realmente lamentables: el  «Di» (expresado como pregunta: ¿dí?) y el «Cho» (interjección apelativa: hey; y que también funciona como sustantivo: amigo); expresiones que son empleados en gran parte del norte y el oriente peruanos.

Una reflexión final. Si bien es cierto que la explicación etimológica de las voces incluidas en un diccionario corre el riesgo de caer en errores y dar lugar a discusiones, creo, sin embargo, que lo que no debiera dejarse de lado es, en ciertos casos precisos, la indicación del lugar o la región en que se dan los usos léxicos, habida cuenta que no todos los vocablos o expresiones reunidos en el repertorio corresponden al habla general. En el DiPerú hay muchos, pero aquí solo voy a señalar estos: «plage», plagio; «–enque», sufijo "despectivo" (pero, realmente, aumentativo, y que –según algunos estudiosos– provendría de la extinta lengua culle); «tirar (no "hacer") perro muerto», no pagar una deuda; «congresante», miembro del Congreso de la República; «cocada», unidad de tiempo.[6] 

 © Bernardo Rafael Álvarez




[1] Así aparece definido, en el DiPerú, el sufijo en referencia: «<De valor afectivo, a veces positivo y a veces negativo, según el contexto, que expresa por lo general algo pequeño que es estimado o temido>»; con este agregado, como ejemplo de uso: El sicario adolescente conocido como "gringasho" se entregó nuevamente a la policía por temor a las represalias).

[2] Esto publiqué en Facebook, hace doce años: «UNA ACEITADA. ¿Recuerdan la frasecita aquella de "don Bieto" o Alberto Quimper, con la que aseguraba que "aceitando" a un funcionario era posible lograrlo todo? Muchos creímos que eso de "aceitar" era una invención suya, pero, claro, por la fama que adquirió gracias al uso que le dio este `personaje involucrado en el caso de los "petroaudios", debemos aceptar que ya, prácticamente, es suya. Bueno, la verdad es que viene desde mucho antes. Sinónimo de sobornar es, junto a muchos otros, untar (es decir, "aceitar"). Si no creen, lean esto: "Así no había autoridad real y la autoridad era venal porque la compañía bananera con cualquier propina que les diera, con solo untarles la mano, era dueña de la justicia y del poder en general" (García Márquez: La novela en América Latina, diálogos con Vargas Llosa)».

[3] En: https://berafalvarez.blogspot.com/2026/01/aparrar-aparrado-aparre-peruanismos.html?m=1

[4] Bernardo Rafael Álvarez: Del taita Arguedas y otros temas peruanos. Cactus ediciones, Lima, 2021.

[5] Diego González Holguín, en Vocabulario de la lengua general de todo el Perú llamada lengua qquichua (1608), la define así: «Flautillas juntas como órgano».

[6] Probablemente quisieron poner coqueada, que es la unidad de medida que, según el viajero francés Charles Wiener (Pérou et Bolivie, 1880), era usada por los pobladores de algunos pueblos del norte peruano. 


sábado, 8 de agosto de 2026

HONESTIDAD EXPRESIVA: POESÍA DE MIRIAM ARANÍBAR

          Por: Lu Zúñiga Palomino

Leer Cantos de medianoche de Miriam Araníbar supone adentrarse en una escritura sostenida por la precisión de sus imágenes y por una profunda honestidad expresiva. Aquí, la “medianoche” no representa únicamente un momento del día, sino un espacio interior donde la conciencia se enfrenta consigo misma, y donde el silencio, la memoria y la esperanza encuentran su lugar. 

El poemario puede leerse como una estructura orgánica que atraviesa tres momentos fundamentales: la introspección, el diálogo con el mundo exterior —particularmente con la ciudad— y una apertura hacia la trascendencia. 

La primera parte está conformada por quince poemas numerados, la voz poética se sitúa en un territorio de recogimiento. Predominan la incertidumbre, la fragilidad y la conciencia de la pérdida. Es una voz que dialoga consigo misma, como un soliloquio donde el dolor aparece no como una experiencia pasajera, sino como una marca profunda: 

«Duele el alma

como ave solitaria» (p.9). 

El alma deja de ser una abstracción para adquirir cuerpo en un ave sola. Se trata de la anatomía de un dolor íntimo y sordo; ese quebranto que persiste y se agudiza aun cuando se intenta disimular ante los demás mediante risas falsas y una fachada de cotidianidad. Por tanto, lo que permanece es la experiencia humana como en el poema 5: 

«Cómo no mirar la vida a regañadientes

si aún no cicatrizan las heridas del alma

que recorren mis vértebras

para azotar mi constante fragilidad.

La muerte cerró las puertas de mi casa

y la esperanza voló hacia otro hogar» (p.13). 

No es casual que el cuerpo aparezca una y otra vez en este primer momento del libro. El alma, las vértebras, el corazón o las manos convierten la experiencia emocional, esas heridas del alma, en una experiencia física. De ese modo, el sufrimiento deja de ser una abstracción y adquiere una presencia tangible. 

Al respecto, uno de los elementos que más contribuye a la unidad es el universo simbólico. A lo largo del poemario reaparecen constantemente la noche, el viento, el mar, la lluvia, el otoño, la luna, el camino, el silencio y el corazón. Lo interesante es que esas imágenes nunca conservan exactamente el mismo significado. Van desplazándose junto con la evolución de la voz poética como en el poema "La noche": 

«La noche cae sobre los árboles

y sus hojas no sonríen más» (p.42). 

En estos versos, el paisaje deja de ser una descripción objetiva. Las hojas "no sonríen". Es decir, la naturaleza adquiere rasgos humanos. La noche no modifica únicamente el entorno; modifica también la manera de percibirlo. El paisaje termina convirtiéndose en un espejo del mundo interior. Creo que este procedimiento atraviesa buena parte del poemario: la naturaleza se percibe como una prolongación simbólica de la experiencia emocional. 

Otro poema que considero revelador es "Mi corazón". 

«Mi corazón mira la vida

como una comida fría

sin compañía» (p.52). 

Miriam parte de una experiencia cotidiana que todos conocemos. Una comida fría pierde parte de su sabor; una comida sin compañía transforma un acto cotidiano en una experiencia de vacío. Pienso que nuestra poeta consigue convertir esa escena doméstica en una metáfora de la condición humana. La soledad aparece como una forma de percibir la existencia. 

A medida que avanza la lectura, aparece con mayor claridad el núcleo temático de Cantos de medianoche: la búsqueda del sentido. El libro no se instala en una única emoción; transita por la nostalgia, la incertidumbre, la contemplación, la esperanza y una dimensión espiritual que adquiere mayor presencia conforme el recorrido poético avanza. 

Desde esa intimidad inicial, la voz poética se proyecta hacia el mundo exterior. La ciudad de Lima adquiere entonces un protagonismo decisivo. En composiciones como Un día más, la noche metropolitana trasciende el simple escenario para convertirse en una extensión directa del pensamiento. Las avenidas desiertas, los ambulantes a viva voz, los autobuses viejos con las ventanas rotas y esa garúa implacable que parece instalarse en los huesos no son elementos decorativos; articulan una experiencia poética sobre la soledad compartida y el aislamiento en medio de la muchedumbre. 

La autora consigue articular la experiencia íntima del sujeto lírico con el desgaste anónimo de la vida urbana contemporánea. La ciudad no es solo un espacio físico; es también un estado emocional. 

Un poema como "Vida incierta" marca claramente ese desplazamiento. 

«Sólo una luz guía y motiva mi existir,

da asidero a mis convicciones

y esperanza a mi porvenir» (p.47). 

La presencia de la luz resulta significativa porque aparece dentro de un contexto marcado por la incertidumbre. No elimina la duda, sino que introduce una orientación dentro de ella. Esa diferencia me parece fundamental. El libro no propone una solución sencilla al conflicto existencial; propone una manera distinta de aprehenderlo. En ese punto, se comienza a equilibrar dos dimensiones que hasta entonces parecían avanzar por caminos paralelos: la incertidumbre y la esperanza. Ninguna anula a la otra; conviven y terminan definiendo la identidad del poemario.

Otro aspecto relevante es la presencia de los epígrafes que acompañan cada poema. Baudelaire, Rimbaud, Vallejo, Blanca Varela, Sylvia Plath, Eguren, Javier Heraud, César Moro, María Emilia Cornejo... Esa presencia constante podría entenderse simplemente como un homenaje. Mi impresión, sin embargo, es distinta. Los epígrafes funcionan como puertas de entrada que amplían la lectura y sitúan la voz de Miriam Araníbar dentro de una conversación literaria mayor. 

A este diálogo con la poesía se suma también un diálogo muy logrado con las artes plásticas. La edición incluye pinturas y grabados de Edvard Munch —como El grito, Niña enferma o Muchacha en la ventana— que no funcionan como simples adornos. Las imágenes de Munch, cargadas de melancolía y angustia, conversan de la mano con la “atmósfera de medianoche” que construye Miriam, reforzando esa sensación de soledad, introspección y vulnerabilidad que recorre todo el poemario. 

Hacia el final del recorrido aparece con mayor claridad la dimensión espiritual. Uno de los textos donde esto resulta más evidente es "Gratitud divina". 

«Gracias por la constante fortaleza

en mis días marchitos,

por tus largos abrazos

en mis habituales caídas» (p.54). 

Hay algo que me parece especialmente valioso en estos versos. Los "días marchitos" no desaparecen. Las "caídas" tampoco. La esperanza no consiste en negar el sufrimiento, sino en modificar la relación con él. Esa diferencia evita que el cierre del poemario resulte complaciente. La reconciliación no nace de la desaparición del conflicto, sino de una nueva manera de comprenderlo. 

Finalmente, quisiera destacar un aspecto que considero esencial. Este poemario invita a distinguir entre la autora y la voz poética. La primera persona que atraviesa el libro no debe leerse necesariamente como una confesión autobiográfica. Más bien construye un sujeto lírico que reflexiona sobre la incertidumbre, la memoria, el amor y la fe desde un lugar abierto a múltiples lectores. Esa apertura explica, quizá, por qué el libro admite diversas interpretaciones sin agotarse en ninguna de ellas y de aquí su riqueza. 

En esta misma línea quisiera mencionar brevemente Mon Dieu. Más allá de estar escrito en francés, encuentro en este poema uno de los tonos más sobrios del libro. La voz se aproxima a la sencillez de una oración y precisamente en esa contención encuentra buena parte de su fuerza expresiva. 

Toda lectura crítica es, finalmente, una posibilidad entre muchas otras. Esa es una de las virtudes de Cantos de medianoche: permite volver a sus páginas y descubrir nuevas resonancias en cada lectura. Por eso, más que cerrar este libro con una interpretación, quisiera invitarlos a abrirlo ustedes mismos, recorrer sus páginas y dialogar con una voz poética que, desde la incertidumbre, nos recuerda que la poesía sigue siendo un espacio privilegiado para pensar, sentir y acompañarnos.

Lu Zúñiga Palomino





viernes, 7 de agosto de 2026

UN POEMA DE PEDRITO BENAViDES*

                                                                                                                         A Bernardo y Guillermo


Somos la belleza inextinguible de la penuria 

que con un ojo abierto en el diluvio, 

sin embargo, 

fluimos y refluimos en el orgasmo de la poesía, 

que le pusimos luto a la bacinica, 

refrigeramos los ángeles y en el barro hallamos 

nuestro esencial aliado 

que marcaste con tus pasos perdidos mis encrucijadas 

que has vuelto de las emboscadas,

de versos alejandrinos, 

que me perturbas con tu túnica de helechos, 

solar, 

que los anillos de la luna no sueltan tus nervios 

iluminados 

que en la espléndida 

fama de los cerdos 

planeábamos como moscas del arcoíris, 

estabas con tus pies descalzos 

en los umbrales 

contemplando 

mi vida alborotada, 

clamores oyes, 

clamores 

y campanas en 

el sollozo de las 

muchachas suicidas 

que borraste 

en tus orgías de ultramar. 

Mírenme, no estoy sangrando, dioscuros, 

sin embargo, mis heridas 

como si fueran ojos casi ciegos 

contemplando como 

mi pueblo me desprecia 

tras los goces de su carne marchita. 

Mírenme como me levanto 

y me siento en los alcoholes, 

¿qué hicieron, hermanos, Guillermo, Bernardo 

de mi caos? 

¿una calaverada?

Siempre, en la plenitud de mi vida, 

sus guadañas arañaron mi calavera 

¿y tus remordimientos? Tú 

serás siempre un combatiente 

anarquista, más tolerante que un árbol, 

y como cantaba a la vihuela Zitarrosa 

ven conmigo, estoy rockeando por el mar 

y tu llanto agudo, 

estridente subirá 

siempre conmigo 

reprimida amapola.


                                                                                                     Pedro Benavides García

_______________
*Un poema sin título, escrito al instante, en un local del jirón Quilca (creo que fue en el Queirolo), en agosto del 2003, por el querido Pedrito Benavides, amigo desde los inolvidables setentas. Fue dedicado a Guillermo, un amigo suyo que también estuvo allí aquella lejana noche (pero a quien –lamentablememhe– no recuerdo) y a mí.

domingo, 26 de julio de 2026

LUZ QUE ES TESTIMONIO DE FE Y DE CORAJE: POESÍA DE MIRIAM ARANÍBAR REYES

Se trata, como aparece dicho en un breve prólogo, de «un testimonio de fe nacido en medio de la fragilidad humana». Y, claro, eso es cierto. Son veintiún poemas (más una suerte de colofón en prosa), algunos de los cuales están acompañados por su respectiva versión en francés, y han sido compuestos delicadamente a manera de oraciones que, en verdad, son expresiones de fe y afirmación rotunda –sin un mínimo de duda– de la existencia de un Ser Supremo que no solo lo creó todo, sino que, además, se encuentra siempre presente como compañía, como luz, como consuelo, como esperanza, como amor y más, muchísimo más. 

      «Tú eres mi camino de rosas» dice uno de los poemas (el primero de la colección); «me acuesto con tu dulce voz de esperanza», afirma otro. Y esto: con la certeza de saber que no es alguien ajeno a la mortal humanidad, en un poema se comunica el convencimiento de que su respiración está en las propias venas («Respiras en mis venas para dilatar la soledad»). Sin embargo y a pesar de todo (¡humanos somos, pues!) se hace presente un leve desconcierto, una dubitación, y, así, por ejemplo, entre otras interrogantes, se suelta, medio tímidamente, esta pregunta: «¿Estoy sola o caminas a mi lado?». Pero, claro, entendido que eso que llamaríamos una muestra de debilidad no es, precisamente, algo plausible, expresa después, como una suerte de ruego: «ansío tu mirada de perdón». 

      ¿Y a quién le dice esto y todo lo demás? A aquella invisible pero muy real existencia que es «Refugio constante y seguro / De mis hondos vacíos impredecibles...»: al Padre Amado que, naturalmente, ama también a quien escribe estos poemas, y es –además– «el camino de la vida / Y la fuente del Amor Eterno». 

      Efectivamente, esta poesía (repito lo transcrito al principio) es, realmente, «un testimonio de fe» y cada poema se comporta, cabalmente, como una oración, como una plegaria. Bien. 

      Tras leer (lo confieso: con fruición y asombro) estos poemas, me digo: ¿alguien más, al menos en nuestro medio, habrá escrito cosas como las que (resuelta y, claro que sí, valientemente) se dicen en los textos reunidos en el pequeño volumen que aquí, pobremente, he reseñado? Creo que la respuesta es negativa. Es que, prácticamente, todos los poetas se ocupan de temas eróticos, de asuntos sociales, de la belleza de los paisajes, de los méritos dudosos de algunos líderes políticos, de la indignación, etc. Lo religioso suele ser visto, absurdamente, como si sólo fuera ocupación de «beatas», y que «ya no va con estos tiempos» y, en algún modo, les da vergüenza («¡qué dirán!»); pareciera que, para muchos, el «agnosticismo» y el «ateísmo» son muestras de «dignidad» y hasta de «madurez» e incluso de «autosuficiencia». Lo cierto, sin embargo, es que, para hacer lo que ha sido hecho en el poemario que tengo en mis manos, hay que tener valor, no dejarse dominar por el miedo y la cobardía. 

      La poesía de que aquí me ocupo es, pues, no solo «un testimonio de fe»; es, también y especialmente, una demostración de coraje, un inesperado y muy loable atrevimiento en estos días tan difíciles. Es que la poesía no tiene que ser solamente una combinación impactante de palabras «bonitas» y tampoco solo rabia o placer de carne, o testimonio de hechos coyunturales: también es hondura, sueños, esperanza, fe y esto: riesgo. Miriam Araníbar Reyes, que es mujer de fe, se ha arriesgado y esta es la delicada y fina poesía que nos ofrece en este su bello poemario, recientemente publicado, cuyo título es sumamente significativo y exultante, Luz de gracia, y que yo agradezco y aplaudo. 

                                                                                                    Bernardo Rafael Álvarez 


sábado, 25 de julio de 2026

MOISÉS PORRAS MATOS, AUTOR DE "DONDE LAS ROSAS SON VERDES"



Hace más de diez años escribí y publiqué una crónica en la que conté cómo y en qué circunstancias ingresé en el mundo de la escritura, de la literatura. Hablé, allí, del primer poema construido por mí, cuando aún era un estudiante «primarioso», y cuyo único lector fue el maestro Rafa, mi padre; eran versos dedicados a un héroe pallasquino (durante la Guerra del Pacífico): Andrés Gavancho. También, y especialmente, en ese texto me referí -entre otras cosas- al papel que, muy significativamente, desempeñó un huancaíno que en 1967 había llegado a mi tierra, para ser director y profesor del colegio en que cursé los cuatro primeros años de secundaria. Entre otras cosas, esto es lo que, al respecto, puse en la mencionada crónica:

«Estoy seguro que en gran medida lo que ayudó a que tuviese cierta soltura al redactar ese discurso fue el aprendizaje logrado, ya desde el Primero de Secundaria, al escribir mi “diario íntimo”, siguiendo –como todos mis compañeros de clase- las indicaciones y enseñanzas de quien fuera el director que inauguró nuestro Colegio, don Moisés Porras, y gracias a la inolvidable lectura de Corazón, el libro de Edmundo D’Amicis. Herenia Guzmán, entre todos los alumnos, era quien mejor hacía su diario y ponía cosas como esta, con un toque medio "verleniano": “La mañana está hermosa dentro de mi alma, pero el firmamento está cubierto de una capa negra”; yo apenas podía, tratando de ser ingenioso, escribir frases burdas como: “este día lo pasé como si no hubiera ni moscas”. Don Moisés, joven aún, llegó a Pallasca con toda su familia: la señora Mercedes Málaga (siempre en los corazones de quienes fuimos sus alumnos), y las niñas Gaby, Bexy, Liliana y Olenka. Gracias a su entusiasmo, cultura y sensibilidad artística, este huancaíno, que fue un gran maestro para nosotros, logró un cambio significativo en mi tierra, haciendo que los púberes de entonces pudiésemos mirar el mundo de otro modo -más noble- y que viésemos lo que a otros tal vez no les interesaba ver: el teatro, la literatura, la música clásica. Lo que hoy es conocido como “plan lector”, don Moisés lo hizo con nosotros: “A leer dos libros al mes”, nos ordenó. La impuntualidad, mal endémico de los peruanos, fue eliminada para nosotros: “Hoy instauramos la Hora Pallasquina”, dispuso. Aprendimos a escuchar e interpretar poemas sinfónicos: Franz Liszt se convirtió en nuestro compositor favorito.  Participamos, creo que apoteósicamente, en las tradicionales “veladas literario musicales”, con la presentación de obras teatrales que nuestro director, también profesor de Lenguaje, había escrito (Amor de madre, entre otras) o adaptado del cine (Cuando los hijos se van, por ejemplo)».

Lo que, por descuido, no dije allí es que este profesor, además de componer obras de teatro (que fueron escenificadas en las «veladas literario musicales», también escribía cuentos. Esto, lo de los a cuentos, lo supe porque dos de ellos fueron, precisamente, leídos por su autor en el aula. El personaje principal de uno de esos relatos era un salteador (sustantivo entonces extraño para mí) que solía cometer sus fechorías en la zona de Vitarte; el otro, que, por lo inesperado de su truculencia e intriga, nos mantuvo ansiosos y expectantes hasta el final de su lectura, terminó generando carcajadas y una inesperada frustración, debido a las palabras con que, humorísticamente, fue sellado el desenlace: «Y, finalmente, me desperté del sueño».

Creo que debí haber referido, incluso, que gracias a él (como también a mi padre), comencé a inquietarme en asuntos del idioma, de las palabras. Recuerdo, por ejemplo, que don Moisés nos hablaba, especialmente durante las horas libres de clase, acerca de las formas de hablar o escribir que entonces eran consideradas «incorrectas»: «el anda no, sino las andas»; «no la víspera, sino las vísperas»; gracias a él supe, también, que «bizcocho» está compuesto por «bis», doblemente, y «cocho», cocido. Y algo parecido y que nunca he dejado de tener presente es la etimología que mi profesor Porras esbozó, y que (a pesar de que pudiera ser discutible) a mí me sigue pareciendo la más razonable, respecto de la palabra «anticucho»: decía que está compuesta por «anti», que es variación de «antes» y.  «cucho» que es «cocer»; es decir, algo que no está precisamente cocinado o muy cocinado.      

¿Quién era este profesor? Ya lo dije en el texto transcrito: don Moisés Porras Matos. Aunque durante muchísimo tiempo dejé de verlo, un gran motivo de alegría significó, para mí, cuatro décadas después de la experiencia aquella de las veladas literarias, volver a saborear su literatura: ocurrió el año 2008, cuando en Pallasca, mi pueblo, al que regresé después de una larguísima ausencia, mi paisano y amigo Elmer Miranda me dio una linda y gratísima sorpresa: La Navidad y otros cuentos, ¡un libro de mi maestro! Publicado en 1998, con prólogo del inolvidable Eduardo de la Cruz Yataco, este libro no incluía ninguno de los cuentos a que he aludido; sin embargo, fue sumamente placentero leerlo porque, entre otras razones, encontré dos textos ambientados en Pallasca: «Cayetano», referido a un antiguo personaje pintoresco de mi pueblo, y «La cena», en que aparece mi abuela y también el maestro Rafa, mi padre, y hasta se hace mención a la llegada de César Vallejo, cuando niño, a la casa familiar.

Ahora, don Moisés nos sorprende con otro volumen de cuentos. Y esto -debo decirlo- a mí me resulta conmovedor, debido, especialmente, a aquello que lo motivó: una voluntad que, sobre todo, es de carácter sentimental  (el libro: Donde las rosas con verdes. Una antología de lo imposible). Me refiero al estímulo que, para el autor, ha significado el inmarcesible recuerdo del ser que le dio la vida, la señora Rosalina a quien, según cuenta, casi siempre la trataban como Lucha, y que, a pesar de no haber sabido leer ni escribir, solía narrar en casa las más increíbles e imaginativas historias; una madre inteligente, cariñosa y de personalidad firme a la que él -cuando aún era un adolescente y ella ya tenía cuarenta y ocho años de edad- le hizo conocer las primeras letras y la enseñó a escribir y leer y hasta a jugar casino.

Ese es el origen, pues, del libro que aquí se presenta: producto que es innegable muestra del amor filial que, a pesar de los años, se mantiene inalterable; un conjunto de cuentos cuyo autor espera (como lo dice en una breve nota) que sean leídos por sus hijos, nietos y bisnietos «y que al leerlos nunca olviden este nombre: Rosalina Matos». Es decir, doña Lucha, que, haciendo justicia con sus manos, según se narra en un cuento que tiene mucho de crónica y -claro- de humor, en una ocasión logró, con unos cuantos azotes, que dos primos hermanos, dentro de un juzgado, se reconciliaran definitivamente y para siempre, tras una estúpida pelea motivada por el alcohol.

Y, en efecto, en este libro hay mucho de humor y, también, de sorpresa: es magistral el manejo de la intriga. Un cuento («Los genios»), por ejemplo, nos habla de personajes con un increíble poder de transformación que, de pronto, pueden resultar convertidos, por ejemplo, en flor y en colibrí, dejando estupefactos a los demás. También ternura, en aquel relato («Libélula») que aparece como narrado por Gaby, la hija mayor del autor, cuando aún no cumplía los quince años de edad. Y un cuento, inspirado, por cierto, en situaciones reales, es «El candado», que hace referencia a aquello que, hasta hace unos diez años, ocurría en los puentes del río Sena, en París: parejas de enamorados enganchaban candados con inscripciones en las barandillas, como símbolo de amor eterno; pero, dizque por la tan inmensa cantidad de estos objetos, el peso, ponía en riesgo la seguridad y eso dio lugar a que algún alcalde decidiera dictar una rotunda prohibición.

Uno de los cuentos («El primer maestro de Casablanca»; el más extenso del libro) me ha impresionado especialmente por esto: porque me ha hecho recordar un vocablo muy común en Pallasca, mi tierra, y en gran parte del norte peruano: “cushal”, que es el nombre de una muy nutritiva y estimulante sopa mañanera que disfrutan los trabajadores del campo antes de iniciar sus labores; también por esta tan pallasquina manera de conjugar, por ejemplo, el verbo «venir» en imperativo (valiéndose de una contracción): «vengasté»; y, ¡cómo no!, esta forma verbal que aparece como un aporte en el libro: «enlliptar»: agregarle el «dulce» (la cal en polvo) a la coca mientras es chacchada (masticada). También he encontrado este aporte que me parece significativo: el haber empleado una simpática e inédita voz onomatopéyica como título de uno de los cuentos: «Tinriquitikitín». 

Pero, naturalmente, hay más, mucho más, en este bello libro, que yo he disfrutado plenamente al leerlo (lo confieso: con emoción y nostalgia). Estoy seguro de que los demás lectores que accedan a él también gozarán y, sin duda, quedarán atrapados con las historias tan bien contadas por don Moisés Porras Matos, a quien, sin más ni más, tengo que decirle, como siempre, que, permanente e inalterablemente, vivo agradecido por sus inolvidables enseñanzas y su muy saludable amistad. ¡Albricias, maestro! Siempre contigo.  

Bernardo Rafael Álvarez