Es lo que propone el cardenal Cipriani.
No, señor. ¿Qué dice la Constitución en su
Art. 32°?: "No pueden someterse a referéndum la supresión o la disminución
de los derechos fundamentales de la persona...". Aunque no está escrito
(no todos los derechos tienen que estar escritos en una ley), el derecho a
buscar la felicidad es inherente a la persona humana, y si esa felicidad puede
lograrse con la unión civil o matrimonio de personas del mismo sexo, de lo que
se trata, entonces, es de -simple y llanamente- que el Congreso y el Poder
Ejecutivo (que tienen la suficiente autoridad constitucional, legal y legítima
para hacerlo) aprueben la norma pertinente. Y punto.
No es moralmente justo que se nos consulte a
los heterosexuales si las personas del sector conocido como LGBT deben ingresar
en "nuestro paraíso". Veo que el Cardenal dice esto: "Que le
pregunten al pueblo si quiere eso". Propuesta perversa y ofensiva.
¿Nosotros, los heterosexuales, somos el pueblo, y los demás no? ¿Quiénes somos
nosotros para decidir por ellos y darles "luz verde" o salvoconducto
para ingresar, sin cortapisas, al mundo que creemos es solo de nosotros?
Someter este tema a referéndum podría generar
una respuesta favorable, pero también podría resultar adversa; y, claro, si
resultara adversa, estaríamos tirando al tacho la prohibición constitucional ya
mencionada: se suprimiría de plano un derecho, el derecho a ser felices.
Es tiempo que, de una vez por todas,
entendamos o entiendan quienes aún siguen anclados en un pasado oscurantista y
digamos medieval, que no podemos dividir a los seres humanos en estas dos “categorías”:
gratos e indeseables. El mundo y sus maravillas (la felicidad es lo más
maravilloso) es de todos y para todos.
El matrimonio -entiéndanlo de una vez por
todas- no es una creación divina o de la naturaleza; es una construcción
social. El matrimonio es un acto jurídico. Lo natural (y, si se quiere, lo
divino) es esa capacidad o instinto humano de atraernos sexualmente los unos a
los otros y de generar, alimentar y fortalecer afectos. El erotismo es natural.
Y no es un pecado. ¿A quién diablos se le ocurrió, en el remoto pasado, pensar
que el placer sexual es pecaminoso, que hay que esconderlo como si de algo
sucio se tratara? ¿Quién, en su sano juicio, puede seguir pensando así?
¿Quién, con un milímetro de sentido común,
puede, además, afirmar que la unión de dos personas del mismo sexo, sea como
"unión civil" o matrimonio (no por capricho, sino por el impulso y
manifestación de su propia naturaleza, pues la homosexualidad no es un invento
cultural), va a a terminar destruyendo a la familia? No, señores. Pensar eso es
descabellado. El matrimonio homosexual no atenta contra ninguna institución ya
establecida; solo es (donde existe), y sería aquí (si se aprobara), una nueva
institución. Nada más.
(Solo hace falta una cosa, nada más: que se
modifique el artículo 234 del Código Civil, y punto). Abran la mente y los
ojos, señores; quítense las anteojeras, libérense de la maldita ojeriza.
Piensen con las neuronas, no con el hígado. No conviertan sus propias
vergüenzas en una epidemia.