¡La inolvidable tía Delia! Niño tonto y tímido, yo,
a veces sentía "miedo" de pasar con mis amigos frente a su casa
-rumbo a Santa Lucía-, cuando me daba cuenta de que ella estaba afuera,
barriendo o conversando con alguien. ¿Saben por qué? Por una razón de los mil
demonios, paradójica y absurda: porque ella era muy cariñosa conmigo.
Les cuento. Yo (repito: niño zonzo y tímido, pue) sentía vergüenza cuando, al pasar por allí con mis amiguitos, la linda e inolvidable tía me buscaba con su mirada, y sonriente y regocijada me decía: "¡Mi palquita! ¡Mi Aníbal!". Cuando ello ocurría yo no sabía dónde meter la cabeza. Es que, por lo plana que es mi nuca ("palca", se llamaba en Pallasca a esta característica), me parecía al tío Aníbal Álvarez, de Cabana. Al escucharla, no me quedaba más que sonreír –forzadamente, sin querer-, pero enseguida solamente buscaba alejarme de su mirada, acobardado.
Años después, ya demasiado tarde y lejos de Pallasca, solía recordar aquellas circunstancias y me decía (y sigo diciéndome, aún), estimulado por la nostalgia y los buenos sentimientos y -¡cómo no!- arrepentido: "Cuánto daría por volver a pasar otra vez por esa calle (que conduce hacia Santa Lucía, el bello mirador del pueblo, y a la que conocíamos como 'de Huaychaca') donde tenía su casa la querida tía Delia Fataccioli Brun, y oír, emocionado, sus amorosas palabras por las que entonces, tontamente, me incomodaba y hoy me harían sentir muy feliz; y cuántas correr, ahora sí, a abrazarla fuertemente".
Ella era esposa del tío Santos Gonzales y madre de mis primos Víctor, Shato, Nado, Perla, Blanca, Bertha y Lela. Fue hija de la tía Adelaida, una de las hermanas de mi abuela Alejandrina. Tenía una botica, ubicada frente a la plaza de armas -creo que la única en el pueblo, si no recuerdo mal-, que era administrada por el tío. En aquella botica, con puerta blanca, lo más visible para mis aterrorizados ojos era (no me lo va a creer), detrás del mostrador, una botella de color ámbar oscuro con una etiqueta en que podía verse a un hombre que llevaba un gigante bacalao cargado sobre su espalda. ¿Adivinaron por qué me sentía aterrorizado? Es que era ¡el frasco de la insoportable "Emulsión de Scott"!
Que Dios bendiga a mi tía Delia donde quiera que se
encuentre ahora, en el Edén, con todos los pallasquinos buenos que ya no están
entre nosotros, y bendiga también a mi pueblo, mi Pallasquita linda.
¡Qué nostalgia, caracho! Pallasca, pue. Perdonen la tristeza. Pero, es que recordar a la bella y amorosa gente de mi pueblo -en estos días de odios y desesperanza- me hace bien, muchísimo bien.
© Bernardo
Rafael Álvarez
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¡Gracias, David Rubio Bazán, por esta
fotografía de tu valiosísimo álbum! (La foto la he extraído de la página Fotos
Antiguas de Pallasca).






