martes, 16 de junio de 2026

EL COLEGIO PROFESIONAL DE ARTISTAS (MI POBRE OPINIÓN)



Un colegio profesional es una institución gremial cuya finalidad es, básicamente, representar y defender los intereses de sus integrantes. No es un ente con capacidad o facultad de influir en el trabajo propiamente dicho, de sus afiliados (su existencia institucional no afecta la calidad de ese trabajo). Hablando, específicamente, respecto de la labor de los artistas, un pintor no tendrá que esperar, por ejemplo, que su gremio le autorice o prohíba el empleo de tal o cual color o determinado tipo de diseño al elaborar un retrato, un paisaje, un bodegón, etc. 

Ordenar y supervisar (como dice, literalmente, la ley en su artículo 2, b) el ejercicio profesional de las disciplinas artísticas no significa, pues, que la institución vaya a meterse o inmiscuirse en el trabajo de la persona que se dedica al arte y, así, influir en su creatividad. La ley habla del «ejercicio profesional» y es obvio que con esto se hace  referencia, estrictamente, a la labor remunerada; y, en tal sentido (por tratarse de una institución de representación y defensa), los verbos “ordenar” y “supervisar”, en esta ley, aluden a los medios defensivos con que tratará de protegerse, entre otros, los derechos morales, patrimoniales y laborales del artista, evitándose, de ese modo, en casos concretos, situaciones que puedan resultar dañinas o perjudiciales (por ejemplo: relaciones contractuales desventajosas o aprovechamientos abusivos). 

Un colegio profesional es, repito, una institución (constitucionalmente autónoma) de representación y defensa de sus agremiados y no un organismo policial dependiente del Estado. No creo que haya quien piense lo contrario: que el colegio que acaba de crearse enviará, al domicilio de cada artista, agentes encargados de constatar, por ejemplo, si los pintores están haciendo uso correcto de los colores. A ese tipo de supervisión no se refiere la ley. La libertad del artista no está corriendo ningún peligro, pues.

Y, claro, si algún artista no quiere que una institución como esta lo represente y defienda, no hay ningún problema: simplemente que no se afilie al colegio profesional, y punto; la colegiación, en este caso, no es obligatoria y no es, ni será nunca, requisito para ser artista el estar colegiado (un artista auténtico lo es y seguirá siéndolo, esté o no integrando un colegio profesional).

Otra cosa. Aquello que la ley dice, en su artículo 2, d), tampoco tiene por qué ser motivo de preocupación: la facultad otorgada al Colegio de Artistas para emitir "opinión técnica y profesional" en asuntos referidos a las disciplinas artísticas no es una afrenta ni supone un riesgo de profanación a la "majestad" del arte; una opinión, sea común y corriente, o técnica y profesional, no es una ley que pueda perjudicar a nadie y, menos si, como se precisa en la norma, esa opinión deberá darse cuando sea solicitada. Y, además, debe entenderse esto: así como, por ejemplo, el colegio de abogados está integrado por profesionales del derecho, quienes integran el colegio de artistas son artistas y, por ello, quienes emitan la opinión a que se refiere la ley serán ellos mismos, los artistas, y no otro tipo de profesionales.

Y, bueno, finalmente debo decir que la ley Nº 32645, que crea el Colegio Profesional de Artistas no tiene, absolutamente, nada de monstruoso: no es, tampoco, la perpetración de una suerte de crimen de lesa cultura o cosa por el estilo, ni menos una amenaza de “censura" o un atentado contra la libertad de creación artística. (¿Un ingeniero, por el hecho de colegiarse, acaso termina diseñando puentes o edificios carentes de seguridad? ¿Un médico, al agremiarse, por culpa de su Colegio, se convierte en un profesional peligroso en el que no conviene confiar nuestra salud? La respuesta es, simplemente, no.

El suelo, al menos hasta ahora, sigue parejo, pues. (Eso de “fachistizar” todo lo que sea motivo de disgusto es un exceso descabellado, como lo es también el "terruqueo"). Como diría nuestro César Vallejo: un poco de calma, camaradas.

 Bernardo Rafael Álvarez

 



lunes, 15 de junio de 2026

EL DOCTOR ZHIVAGO, EN PALLASCA


El doctor Zhivago, que es el título de una película, me lleva a Pallasca, a mi colegio (modestísimo, pero, aun así, para mí el más grande de mi provincia): el Colegio Municipal Mixto San Juan Bautista, creado a instancias de la voluntad de mi pueblo y gracias al apoyo parlamentario de dos diputados ancashinos: Saturnino Berrospi y Arcadio Alfaro. El propósito y deseo de todos era que, obviamente, se convirtiese más temprano que tarde en una institución educativa "nacional"; es decir, amparada administrativa y financieramente por el apoyo del Gobierno Central. Se hicieron todas las gestiones y esfuerzos, pero infructuosamente. Creo que lo que jugó en contra fue el hecho de que Pallasca era un pueblo chico con una población escolar poco abundante y porque, desde 1962, ya contaba con una institución educativa de nivel secundario: el Instituto Nacional Agropecuario Nro. 47, que era solo para varones. 

Sea como fuere, lo cierto es que el "mixto" (así lo llamábamos) funcionó, pero solo durante cinco años. Yo estuve allí hasta el cuarto año; pero aquellos cuatro años, fueron extremadamente fructíferos, enriquecedores, de modo especial los dos primeros: años en que, como ya lo he dicho en más de una oportunidad, Pallasca se convirtió en un excepcional centro de cultura. Hubo, si mal no recuerdo, hasta tres presentaciones teatrales al año: algunas obras, adaptadas de películas mexicanas, y otras que fueron creadas por nuestro primer director y profesor, Moisés Porras Matos. Las presentaciones se hicieron en nuestro pueblo y también en otros distritos de la provincia, a los que íbamos en "excursión". 

En el colegio, los alumnos escuchábamos música sinfónica -y aprendimos a entender su significado-, especialmente los poemas sinfónicos. Leímos con cierta intensidad y ¡comenzamos a escribir!: al principio, haciendo nuestros "diarios íntimos". Llegó a editarse una revista cultural: Ondas Pallasquinas. Todo esto, gracias al entusiasmo, estímulo y esfuerzo (sumado a nuestro regocijo e inquietud de adolescentes) de Moisés Porras Matos, un profesional joven con alma de poeta y, además, soñador. Aparte de las composiciones de Tchaikovsky, Franz Liszt y otros, lo que nos impactó sobremanera fue el conmovedor Tema de Lara, parte del sound track de la película El doctor Zhivago, que fue creado por el francés Maurice Jarre. 

Entonces no llegaba, aún, la carretera a Pallasca; sin embargo, como solía decirse en alusión a los adelantos más valiosos (los culturales, los espirituales) ya estábamos "a la par con Londres", esto, además, porque, entre otras cosas, se hizo realidad un cambio muy significativo: la tardanza, tan proverbial en nuestro país, la convertimos en puntualidad: "Desde hoy, establecemos la hora pallasquina", decretó nuestro querido maestro, don Moisés. 

Todo esto, y más, pasó en Pallasca durante mis dos primeros años de secundaria (de 1967 y siguientes). Claro, también dieron su aporte valioso, al principio, nuestros profesores Mario Vidal, Isidoro Cier, Juan Ames y nuestra querida e inolvidable Mechita Málaga Masgo (que fue la esposa de nuestro primer director) y, seguidamente, Erasmo Sandoval y Nerio Rubiños (que me hizo conocer la poesía de Javier Heraud). Y, naturalmente, también mis compañeros de estudios, de quienes también aprendí mucho (Herenia Guzmán Bordonave, Lizandro Bocanegra Ubaldo, Lucho Aparicio, Mechita Delgado, Lilia Álvarez, Cruz Herrera ("Coloshal"), Henry Bocanegra, Betsy Arellano, Gricelda Alvarado, Luchito Ninaquispe ("Charango"), Gloria Valderrama, Marilu Robles y muchos otros... 

¡Qué lindos días aquellos, en el lindo pueblo de los "chupabarros", caracho, nuestra Pallasquita linda! Y yo, ahora y siempre, profundamente agradecido por todo. Cuando, a veces, vuelvo a escuchar los acordes del Tema de Lara, no puedo evitar, lo confieso, que unas lágrimas rueden por mis mejillas. ¡Perdónenme la nostalgia, por favor!

                                                                                                                      Bernardo Rafael Álvarez 

domingo, 7 de junio de 2026

"LA COSA SE HA PUESTO COLOR DE HORMIGA"

 

¿Sabían, amigos, por qué, popularmente, se dice «La situación se ha puesto "color de hormiga"»? ¿Por qué, precisamente, "color de hormiga"? Es, según tengo entendido, una frase usada, sabe Dios desde cuándo, especialmente en nuestro país, en México y también en España. La doctora Martha Hildebrandt, nuestra inolvidable lingüista, tenía (como se lee en la imagen que aquí inserto) una opinión al respecto, de la que –tengo que decirlo– yo discrepo. Ella creía (y es lo que se puede leer en el pequeño espacio que tenía en el diario El Comercio) que lo de «color de hormiga» es una alusión al color negro del insecto, porque -decía-, desde tiempos remotos, este color ha sido usualmente asociado a desgracias e infortunio. 

No es así, realmente. A lo que la frase alude es, más bien, al rojo, que es, dicho sea de paso, el color con que mayormente es identificada la hormiga; su color, digamos, representativo (aunque, como sabemos, también las hay marrones, amarillas y, claro, negras). 

¿Y por qué el rojo? Porque es un color que casi siempre es asociado, simbólicamente, al fuego, a lo que es ardiente. En tal sentido, la afirmación de que algo está o se ha puesto "color de hormiga" equivale a decir -como, en efecto, también se dice coloquialmente- que "la cosa está que arde", "se ha puesto picante", "está candente" o, en algún modo, es una "papa caliente". Si se estuviese haciendo referencia a una discusión, lo que se trataría de decir con esta frase es que los ánimos han llegado a caldearse y que, por la gravedad de los desacuerdos y la exaltación de los ánimos, existe el riesgo de que los contendores puedan "irse a las manos" (se enfrenten físicamente: a trompadas). También, cuando hay un hecho político, por ejemplo (como estas elecciones, en el Perú), que nos preocupa sobremanera y quisiéramos que se resuelva favorablemente y en calma y, sin embargo, hay sospechas de que el desenlace podría ser adverso a nuestras expectativas o, simplemente, resulta imposible de adivinar cuál será el final. Un estado de extrema excitación, aquello que, por complicado, está convirtiéndose en impredecible, rojo o enrojecido: color de hormiga, pues. 

Y nada tiene que ver con lo negro, que –en todo caso–, en el uso, vendría a ser una suerte de metáfora de lo fúnebre, de lo tenebroso, y no del nivel de tensión o dificultad a que puede arribar una situación. 

¿Ustedes que opinan, amigos queridos?

 

© Bernardo Rafael Álvarez


sábado, 6 de junio de 2026

«VERBA» NO PROVIENE DEL FRANCÉS «VERVE»

La más antigua referencia documental, de carácter lexicográfico, con que se cuenta acerca del vocablo «verba», es el diccionario de Salvá (que es de 1846). Allí, «verba» aparece correctamente definido como «cháchara, parola», es decir, palabra o abundancia de palabras inútiles. El primer registro del vocablo que hace la Real Academia Española (RAE), data de 1899; en el diccionario editado ese año, no solo aparece la definición acertada («labia, locuacidad») sino, además, la referencia etimológica que realmente corresponde, porque no se equivoca: «Del lat. verba, pl. de verbum, palabra; lo mismo ocurre en otras ediciones posteriores, excepto en algunas en que solo se coloca la definición.

La alteración, a todas luces fuera de lugar (es decir, desubicada y absurda) se da en la edición del Diccionario académico hecha en 1992, en que, por primera vez, se hace referencia a una falsa etimología: «del fr. verve»; y se elimina lo que en anteriores ediciones aparecía y era la correcta («Del lat. verba, pl. de verbum, palabra»).

Por qué, justamente, a partir de la edición de 1992, la RAE o, más concretamente, los lexicógrafos encargados de la elaboración del diccionario, incurrieron en este grave error. Sospecho que se debió a que se dejaron influenciar por lo que, el entonces académico Manuel Seco, puso en su Diccionario de dudas y dificultades, publicado justamente en 1986. Allí, el lingüista y lexicógrafo español insertó esto que transcribo textualmente: «En algunos países americanos se ha adoptado en la forma verba el francés verve, que corresponde al español vena o inspiración»; y, como para «ilustrar» su afirmación cita estos dos extractos literarios: «”Una verba rústica y vigorosa sonaba en el fondo de esta raza de labriegos y de pastores” (Arreola, trad. Baty-Chavance, Arte, 56);  A la nueva... le soltó por fin una confidencia con la verba florida de sus mejores años” (García Márquez, Amor, 468)».

No, nadie ha adoptado el francés verve (que significa «brío» o, si se quiere, como decía el académico Seco, «vena o inspiración») «en la forma verba». Lo que hacemos es usar el vocablo latino «verba» para referirnos a la locuacidad, a la labia. Y es a esto a lo que hacen referencia las citas literarias que ha empleado como «sustento»: tanto Arreola como García Márquez aluden a la locuacidad (en el primer caso, a las palabras rústicas y vigorosas, y en el otro a la verbosidad florida; en ninguna parte hablan de «vena o inspiración»). Se equivocó, pues, el académico Manuel Seco y, consiguientemente, hizo que la Academia también se equivocara. Y este error se mantuvo, explícitamente, hasta la edición 22 del Diccionario (año 2001).

En la edición actual ya se ha retomado, felizmente (como lo sugerí), la referencia etimológica correcta (del latín, verba); sin embargo, aún no se ha borrado aquella mención, desacertada, a que se había referido el mencionado autor del Diccionario de dudas y dificultades. Mi propuesta, ahora, es que, tal como ocurrió en ediciones anteriores, solo se mantenga la referencia etimológica que es la única realmente correcta: «Del lat. verba, pl. de verbum, palabra»; y se elimine definitivamente aquello que es absurdo e inexacto: «Del fr. verve».

Insisto: el vocablo «Verba» no proviene del francés «verve», sino del «Del lat. verba, pl. de verbum».

«Verba» (que es labia o locuacidad o, exagerando, verbosidad o verborrea) nada tiene que ver con el concepto «vena o inspiración» ni mucho menos con «brío» (que es, más bien, espíritu, valor, etc.).

(Espero -ojalá- que, como debe ser, en la próxima actualización del Diccionario se concrete, definitivamente, la nueva y justa modificación que he propuesto).

 

© Bernardo Rafael Álvarez

6 de junio del 2025