A Bernardo y Guillermo
que
con un ojo abierto en el diluvio,
sin
embargo,
fluimos
y refluimos en el orgasmo de la poesía,
que
le pusimos luto a la bacinica,
refrigeramos
los ángeles
y
en el barro hallamos
nuestro
esencial aliado
que
marcaste con tus pasos perdidos mis encrucijadas
que
has vuelto de las emboscadas,
de
versos alejandrinos,
que
me perturbas con tu túnica de helechos,
solar,
que
los anillos de la luna no sueltan tus nervios
iluminados
y
sabré que en la espléndida
fauna
de los cerdos
planeábamos
como moscas del arcoíris,
estabas
con tus pies descalzos
en
los umbrales
contemplando
mi
vida alborotada,
clamores
oyes,
clamores
y
campanarios el sollozo de las
muchachas
suicidas
que
borraste
en
tus orgías de ultramar.
Mírenme,
no estoy sangrando, dioscuros,
sin
embargo, mis heridas
como
si fueran ojos casi ciegos
contemplando
como
mi
pueblo me desprecia
tras
los goces de su carne marchita.
Mírenme
como me levanto
y
me siento en los alcoholes,
¿qué
hicieron, hermanos, Guillermo, Bernardo
de
mi caos?
¿una
calaverada?
Siempre,
en la plenitud de mi vida,
sus
guadañas arañaron mi calavera
¿y
tus remordimientos? Tú
serás
siempre un combatiente
anarquista,
más tolerante que un árbol,
y
como cantaba a la vihuela Zitarrosa
ven
conmigo, estoy rockeando por el mar
y
tu llanto agudo,
estridente
subirá
siempre
conmigo
reprimida
amapola.
Pedro
Benavides García