Por: Lu Zúñiga Palomino
Leer Cantos de medianoche de Miriam Araníbar supone adentrarse en una escritura sostenida por la precisión de sus imágenes y por una profunda honestidad expresiva. Aquí, la “medianoche” no representa únicamente un momento del día, sino un espacio interior donde la conciencia se enfrenta consigo misma, y donde el silencio, la memoria y la esperanza encuentran su lugar.
El poemario puede leerse como una estructura orgánica que atraviesa tres momentos fundamentales: la introspección, el diálogo con el mundo exterior —particularmente con la ciudad— y una apertura hacia la trascendencia.
La primera parte está conformada por quince poemas numerados, la voz poética se sitúa en un territorio de recogimiento. Predominan la incertidumbre, la fragilidad y la conciencia de la pérdida. Es una voz que dialoga consigo misma, como un soliloquio donde el dolor aparece no como una experiencia pasajera, sino como una marca profunda:
«Duele el alma
como ave solitaria» (p.9).
El alma deja de ser una abstracción para adquirir cuerpo en un ave sola. Se trata de la anatomía de un dolor íntimo y sordo; ese quebranto que persiste y se agudiza aun cuando se intenta disimular ante los demás mediante risas falsas y una fachada de cotidianidad. Por tanto, lo que permanece es la experiencia humana como en el poema 5:
«Cómo no mirar la vida a regañadientes
si aún no cicatrizan las heridas del alma
que recorren mis vértebras
para azotar mi constante fragilidad.
La muerte cerró las puertas de mi casa
y la esperanza voló hacia otro hogar» (p.13).
No es casual que el cuerpo aparezca una y otra vez en este primer momento del libro. El alma, las vértebras, el corazón o las manos convierten la experiencia emocional, esas heridas del alma, en una experiencia física. De ese modo, el sufrimiento deja de ser una abstracción y adquiere una presencia tangible.
Al respecto, uno de los elementos que más contribuye a la unidad es el universo simbólico. A lo largo del poemario reaparecen constantemente la noche, el viento, el mar, la lluvia, el otoño, la luna, el camino, el silencio y el corazón. Lo interesante es que esas imágenes nunca conservan exactamente el mismo significado. Van desplazándose junto con la evolución de la voz poética como en el poema "La noche":
«La noche cae sobre los árboles
y sus hojas no sonríen más» (p.42).
En estos versos, el paisaje deja de ser una descripción objetiva. Las hojas "no sonríen". Es decir, la naturaleza adquiere rasgos humanos. La noche no modifica únicamente el entorno; modifica también la manera de percibirlo. El paisaje termina convirtiéndose en un espejo del mundo interior. Creo que este procedimiento atraviesa buena parte del poemario: la naturaleza se percibe como una prolongación simbólica de la experiencia emocional.
Otro poema que considero revelador es "Mi corazón".
«Mi corazón mira la vida
como una comida fría
sin compañía» (p.52).
Miriam parte de una experiencia cotidiana que todos conocemos. Una comida fría pierde parte de su sabor; una comida sin compañía transforma un acto cotidiano en una experiencia de vacío. Pienso que nuestra poeta consigue convertir esa escena doméstica en una metáfora de la condición humana. La soledad aparece como una forma de percibir la existencia.
A medida que avanza la lectura, aparece con mayor claridad el núcleo temático de Cantos de medianoche: la búsqueda del sentido. El libro no se instala en una única emoción; transita por la nostalgia, la incertidumbre, la contemplación, la esperanza y una dimensión espiritual que adquiere mayor presencia conforme el recorrido poético avanza.
Desde esa intimidad inicial, la voz poética se proyecta hacia el mundo exterior. La ciudad de Lima adquiere entonces un protagonismo decisivo. En composiciones como Un día más, la noche metropolitana trasciende el simple escenario para convertirse en una extensión directa del pensamiento. Las avenidas desiertas, los ambulantes a viva voz, los autobuses viejos con las ventanas rotas y esa garúa implacable que parece instalarse en los huesos no son elementos decorativos; articulan una experiencia poética sobre la soledad compartida y el aislamiento en medio de la muchedumbre.
La autora consigue articular la experiencia íntima del sujeto lírico con el desgaste anónimo de la vida urbana contemporánea. La ciudad no es solo un espacio físico; es también un estado emocional.
Un poema como "Vida incierta" marca claramente ese desplazamiento.
«Sólo una luz guía y motiva mi existir,
da asidero a mis convicciones
y esperanza a mi porvenir» (p.47).
La presencia de la luz resulta significativa porque aparece dentro de un contexto marcado por la incertidumbre. No elimina la duda, sino que introduce una orientación dentro de ella. Esa diferencia me parece fundamental. El libro no propone una solución sencilla al conflicto existencial; propone una manera distinta de aprehenderlo. En ese punto, se comienza a equilibrar dos dimensiones que hasta entonces parecían avanzar por caminos paralelos: la incertidumbre y la esperanza. Ninguna anula a la otra; conviven y terminan definiendo la identidad del poemario.
Otro aspecto relevante es la presencia de los epígrafes que acompañan cada poema. Baudelaire, Rimbaud, Vallejo, Blanca Varela, Sylvia Plath, Eguren, Javier Heraud, César Moro, María Emilia Cornejo... Esa presencia constante podría entenderse simplemente como un homenaje. Mi impresión, sin embargo, es distinta. Los epígrafes funcionan como puertas de entrada que amplían la lectura y sitúan la voz de Miriam Araníbar dentro de una conversación literaria mayor.
A este diálogo con la poesía se suma también un diálogo muy logrado con las artes plásticas. La edición incluye pinturas y grabados de Edvard Munch —como El grito, Niña enferma o Muchacha en la ventana— que no funcionan como simples adornos. Las imágenes de Munch, cargadas de melancolía y angustia, conversan de la mano con la “atmósfera de medianoche” que construye Miriam, reforzando esa sensación de soledad, introspección y vulnerabilidad que recorre todo el poemario.
Hacia el final del recorrido aparece con mayor claridad la dimensión espiritual. Uno de los textos donde esto resulta más evidente es "Gratitud divina".
«Gracias por la constante fortaleza
en mis días marchitos,
por tus largos abrazos
en mis habituales caídas» (p.54).
Hay algo que me parece especialmente valioso en estos versos. Los "días marchitos" no desaparecen. Las "caídas" tampoco. La esperanza no consiste en negar el sufrimiento, sino en modificar la relación con él. Esa diferencia evita que el cierre del poemario resulte complaciente. La reconciliación no nace de la desaparición del conflicto, sino de una nueva manera de comprenderlo.
Finalmente, quisiera destacar un aspecto que considero esencial. Este poemario invita a distinguir entre la autora y la voz poética. La primera persona que atraviesa el libro no debe leerse necesariamente como una confesión autobiográfica. Más bien construye un sujeto lírico que reflexiona sobre la incertidumbre, la memoria, el amor y la fe desde un lugar abierto a múltiples lectores. Esa apertura explica, quizá, por qué el libro admite diversas interpretaciones sin agotarse en ninguna de ellas y de aquí su riqueza.
En esta misma línea quisiera mencionar brevemente Mon Dieu. Más allá de estar escrito en francés, encuentro en este poema uno de los tonos más sobrios del libro. La voz se aproxima a la sencillez de una oración y precisamente en esa contención encuentra buena parte de su fuerza expresiva.
Toda lectura crítica es, finalmente, una
posibilidad entre muchas otras. Esa es una de las virtudes de Cantos de
medianoche: permite volver a sus páginas y descubrir nuevas resonancias en cada
lectura. Por eso, más que cerrar este libro con una interpretación, quisiera
invitarlos a abrirlo ustedes mismos, recorrer sus páginas y dialogar con una
voz poética que, desde la incertidumbre, nos recuerda que la poesía sigue
siendo un espacio privilegiado para pensar, sentir y acompañarnos.
Lu Zúñiga
Palomino