martes, 23 de abril de 2019

LOS BROCHES MAYORES: LA PALABRA INSURGENTE DE HORA ZERO



Es, como la llamó Ricardo González Vigil, una “monumental muestra” que “merece figurar entre las obras más importantes de la poesía en español editadas en lo que va del siglo XXI”. Apareció, por primera vez, hace diez años, y –en segunda edición, corregida y depurada- acaba de salir a la luz, una vez más gracias al Fondo Editorial Cultura Peruana que dirige Jorge Espinoza Sánchez. Hablo de HORA ZERO, los broches mayores del sonido, que es –estoy convencido- el más valioso aporte y legado intelectual de Tulio Mora, poeta horazeriano que hace apenas un mes y días partió a la eternidad.



Se trata de la –única hasta ahora- antología más completa y, digamos, integral, que se haya publicado respecto de aquel Movimiento que remeció y estremeció el “gallinero literario” peruano y latinoamericano, cuando apenas comenzaba la década de 1970: aquellos locos e inolvidables años que aún olían a marihuana y a esperanza, a indignación y sueños, a fe; pero también a desfallecimientos y omisiones que hacían ineludible -en los poetas-  la toma de situación y de conciencia, como fue dicho por Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz en el primer párrafo (estoy seguro de que ya lo adivinaron ustedes, amigos lectores) de Palabras urgentes, el primer Manifiesto del Movimiento Hora Zero que, precisamente, redactaron y suscribieron los dos poetas mencionados, fundadores del Movimiento.



Hora Zero fue eso: la expresión rotunda y contundente de una toma de situación y de conciencia.  Y quiso significar el punto crucial y culminante de lo que entonces se vivía en el Perú, país latinoamericano y subdesarrollado en el que nuestros poetas encontraron ágiles ruinas, valores enclenques, una incertidumbre fabulosa y la mierda extendiéndose vertiginosamente; y, bien,  Hora Zero se impuso una tarea: deslindar las situaciones literario-políticas del país. Y así lo hizo. En el aspecto político (que -en mi modesta pero firme opinión- aunque muy importante, no es lo principal en la poesía) se señaló con énfasis la toma de partido con los postulados del marxismo-leninismo, se expresó la simpatía por la revolución cubana y se concluyó afirmando que se ponía atención a lo que se está haciendo en el país; y que se quería cambios profundos, conscientes de que todo lo que viene es irreversible porque el curso de la historia es incontenible y América Latina y los países del Tercer Mundo se encaminan hacia su total liberación. Visión crítica y esperanza, pues.



Algo sumamente valioso y que no debería pasar inadvertido, y que, creo, fue determinante para la principal y más valiosa propuesta horazeriana en el aspecto poético, fue esto que se dijo en el Manifiesto: nos preocupa lo que le ocurre a un hombre solo y las cosas que le ocurren a todos los hombres juntos. Esto fue, en rigor, el anuncio del Poema Integral, como poética o estética del Movimiento Hora Zero, delineada en el ensayo que Juan Ramírez Ruiz escribió e insertó en Un par de vueltas por la realidad, su primer poemario, publicado en noviembre de 1971. ¿Qué es la poesía, o poema integral? Con estas directas, concretas e indubitables palabras lo definió Juan en ese ensayo: “una totalización, donde se amalgame el todo individual con el todo universal”.



Como muy bien afirma Tulio Mora en la magistral, enjundiosa y bien documentada Introducción a los broches mayores del sonido, la propuesta del poema integral “empieza con la inmolación de una víctima iniciática: la poesía lírica (es decir, la poesía del yo) porque es incapaz de registrar la ‘vastedad y complejidad de la experiencia humana de este tiempo’, con lo que el poema integral posicionalmente se coloca en la orilla del registro colectivo: la poesía dramática (el otro) y/o épica (el nosotros)”. Eso es, efectivamente, el poema integral, tal como –de otro modo- también lo dijo Juan Ramírez Ruiz.



Hora Zero, como movimiento o como agrupación, no duró mucho; apenas hasta 1973 o principios de 1974. Pero en 1977, con la feliz complicidad de Tulio y Jorge, se dio un nuevo impulso, un renacer, la eclosión de una nueva “furia poética”. Juan ya estaba distante, diría que física y espiritualmente: desavenencias tal vez; discrepancias, sin duda. Pero, visto objetivamente, algo bueno estaba ocurriendo: el decirle al mundo que la capacidad de indignación no debe perderse, y que Hora Zero estaba en eso, permanentemente. Y su vigencia no se había desleído. Tulio se convirtió, entonces, en algo así como el nuevo motor (sin que, claro está, disminuyese el siempre vigoroso y entusiasta impulso y acicate que nunca dejó de poner en práctica Jorge Pimentel).



Y, así, reapareció con nuevas respuestas, porque (según, con otras palabras, se llegó a afirmar en Contragolpe al viento, el nuevo manifiesto) Hora Zero –el primigenio- prácticamente no llegó a lograr su cometido inicial, resultaron infructuosos sus esfuerzos: “la poesía peruana –se dice en este manifiesto- sigue tan caduca y reaccionaria como cuando HZ insurgió contra ella”. Pero, también, a diferencia del primer Documento, este segundo apareció suscrito no por dos, sino por quince poetas entre los que se encontraban algunos de Chile y de México. El Movimiento se había internacionalizado.



Tres años después, el 28 de agosto de 1980, Juan Ramírez Ruiz ingresó inesperadamente en una ceremonia horazeriana realizada en  el Salón de Grados de la Casona de San Marcos (presentación del poemario de Mario Luna), y distribuyó un texto con el título de Palabras Urgentes 2, en el que recordaba que en 1971 “un grupo de jóvenes irrumpió de pronto en esta sala sacudidos por una auténtica indignación moral. Protestaban contra este lugar y contra los actos que aquí se desarrollaban, a espaldas de la realidad del país”. Y agregaba que, efectivamente, desde entonces “muy pocas cosas han cambiado en esta realidad”.



Es cierto, Hora Zero tuvo un propósito (como lo quisieron Marx y Rimbaud): cambiar la realidad, cambiar la vida. No lo logró, porque –obvio- ello no es fácil. Pero hizo que, a pesar de todo, en algún modo cambiara la poesía, la actitud frente a ella; hizo lo impensable hasta entonces: la democratizó. Y eso, no los manifiestos ni las pataletas, ha sido –además, claro está, de la estética del poema integral-  su mayor y más importante aporte.



Eso lo supo Tulio Mora, y por eso se identificó plenamente con el Movimiento, y por eso contribuyó con su lucidez y alta dosis intelectual, teórica y pasional a que Hora Zero mantuviese su presencia y vigencia que, creo, será inmarcesible.



HORA ZERO no solo fue poesía. También hubo narración, ensayo, pintura. No fueron solamente los poetas, escritores y artistas, “formalmente” enrolados en sus filas. También muchos que vinieron después y algunos que aparecieron antes, o que simplemente fueron –sin ser precisamente “horazerianos”- “tocados” por la nueva sensibilidad. Y no solo peruanos. Por eso, en la magnífica (y, repito, magistral) antología hecha por Tulio Mora, aparece, por ejemplo, el gordo Manuel Morales que, en buena cuenta, es algo así como el poeta “protohorazeriano”, porque se anticipó en la coloquialidad del lenguaje, en el uso de la jerga y la replana, en la travesura y el desenfado; también Fernando Obregón, que vino después. Y, cómo no, Mario Santiago Papasquiaro, que fue –con Joseantonio Suárez- el primer poeta “cuate” con que se inició la “conexión poética peruano-mexicana”, a través de cartas intercambiadas con Juan Ramírez Ruiz, desde 1973 (de lo cual fui,  creo, testigo de excepción). Y obras narrativas, entre otros, de Maynor Freyre y Miguel Burga. También obras pictóricas de Yulino Dávila, José Diez, Carlos Ostolaza, etc.



Por razones de tiempo, me ha resultado imposible detenerme –en esta nota- en un análisis minucioso del documento principal que contiene este libro: la Introducción que lleva como título la vallejiana frase inmortal Los broches mayores del sonido. Se trata de lo que yo llamo un ensayo integral, a través del cual se desarrolla el estudio más sereno, serio, riguroso y completo de lo que fue (y sigue siendo, en realidad) el Movimiento Hora Zero; un trabajo apasionado (porque ha sido hecho con pasión, con cariño) pero sin la –a veces usual- voluntad complaciente que ponen de manifiesto algunos críticos dizque objetivos, sino con un ostensible e indiscutible propósito crítico, como debe ser, es decir, sin el emético aderezo del “amiguismo”.



HORA ZERO, los broches mayores del sonido (Fondo Editorial Cultura Peruana, segunda edición, 2019), repito, es el más valioso aporte y legado intelectual que nos ha dejado el inolvidable Tulio Mora. Léanlo: conocerán parte importantísima de nuestra historia literaria y artística. Es un testimonio imprescindible.

Lima, 3 de marzo del 2019


domingo, 17 de marzo de 2019

DISPARATORIO NACIONAL (En Colónida, N° 1. 1916)


CÓLÓNIDA

(Año I, Tomo I, Nº 1. 15 de enero de 1916)





DISPARATORIO NACIONAL



Se encuentra enfermo y muy delicado de salud, el señor don Gonzalo Silva Santisteban. (En La Prensa, Enero 4 de 1916-Ed. De la mañana)



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…..se presentó el oficial de policía Silva, del cuartel quinto y, sin que mediara explicación alguna le cogió por el cuello y le derribó, causándose algunas luxaciones al caer. Para evitar esta agresión cuyo fundamento y justificación desconoce por completo, el agredido se retiró a su casa

(La Crónica. Enero 11 de 1916)



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Se llevó al ilustre estadista de la cama de Luis XIV al anfiteatro del Hospital de Versailles, donde los carabineros llamados de carrera, se pusieron a efectuar la autopsia.

(La Prensa, Abril 4 de 1913. Ed de la mañana)



El redactor ha traducido carabín –practicante de medicina- por carabinero)



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Pekín. Abril 11.-El vice-presidente Li-Yuang-Hung, fue víctima de un atentado para asesinarlo, del que escapó felizmente ileso.

(La Prensa, Abril 12 de 1913. Ed de la mañana.)



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Víctima de violenta enfermedad ha fallecido en esta provincia (Callao) el joven Tomás D. Borboy, quien a pesar de su corta edad contaba largos años de servicios en la antigua empresa del ferrocarril inglés.

(La Prensa, Abril 14 de 1913. Ed. De la mañana)



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…..un sujeto se abalanzó sobre el rey, tomó al caballo que Alfonso montaba de la brida y disparó contra el soberano tres tiros de revólver.

(La Prensa, Abril 14 de 1913. Ed. De la mañana)



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Encuéntrase aliviado de las fiebres infecciosas de que padeciera accidentalmente el señor Aurelio de la Guerra.

(La Prensa, Abril 12 de 1913. Ed. De la mañana).

😆



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martes, 19 de febrero de 2019

APOLOGÍA DEL REGGAETTON (mi comentario impopular, como casi siempre)


Esto que aquí comienzo a escribir, tal vez no sea apto para aspirantes a la santidad. Pero –aun pidiendo las disculpas del caso, anticipadamente: como parche antes de la herida– tengo que decir, de frente y sin anestesia, ¡no a la mojigatería en pleno siglo XXI! 

Es que lo que voy a afirmar seguidamente tal vez les parezca una apostasía y, por ello, puede que quieran recomendar que se me excomulgue. ¿Saben una cosa? El reggaeton es arte, señores. Aunque parezca –o, de hecho, sea– grotesco –ya en la forma de bailarlo, ya en muchas de sus letras insinuantes o directamente sexistas o machistas, incluso en lo desaforadamente ofensivo de sus propósitos– el reggaeton es y no dejará de ser arte. 

Explico. No toda manifestación artística tiene que ser agradable para todos. En música, no todo tiene que ser villancicos, poemas sinfónicos, valses vieneses o "estas son las mañanitas", o solo el estremecedor Carmina Burana de Carl Orff; como en pintura, no todo tiene que girar alrededor de La Mona Lisa o La Ultima Cena (de Leonardo, o La procesión de la papa (de Gerardo Chávez); ni en poesía debemos mandar al tacho los poemas desvergonzados de Cátulo o de Bukowski, o los Documentos Secretos de Sodoma, de Jorge Espinoza Sánchez (que no son precisamente églogas o madrigales ni sonetos a la rosa),  ni quedarnos solo con "las oscuras golondrinas" de Bécquer o el Poema 20 de Neruda, o las Cartas secuestradas de Gonzalo Rose. 

Estética –sépase– no es la apología de "lo lindo o bonito"; la estética nos permite o nos da, digamos, lo que podríamos llamar (permítaseme esta licencia, por favor) las "herramientas conceptuales" para poder valorar lo que es bello, elegante o sublime, pero también lo feo (es decir, lo que se percibe por los sentidos); no nos propone ni menos nos impone exigencias para asumir que bello es únicamente lo que no nos desagrada (en otras palabras, no conduce nuestros gustos): si no me gusta, por ejemplo, El vuelo del Moscardón, de Rimski-Kórsakov, pues no me gusta y punto, por más explicaciones que quisieran darme; ya lo dice el dicho: respecto de gustos y colores no han escrito los autores (ah, pero, por si acaso, a mí me encanta "El vuelo del moscardón"). Y, otra cosa, el arte no es un manual de urbanidad y buenas costumbres o de etiqueta social; y en esto nada tienen que ver lo "ético" o lo "moral". 

Hay arte bello, feo, sublime, elegante: el que nos puede sumir en el llanto, en la profunda meditación, puede enardecer nuestro ánimo, soliviantarnos, darnos paz, hacernos exclamar "¡Qué lindo!", dejarnos estupefactos, resultarnos deplorable y hasta emético (o sea, lo que da asco: vomitivo), incluso puede excitarnos sexualmente y hacernos pensar que estamos ante algo inmoral; sin embargo, no porque pudiera ocurrir eso, el arte dejará de ser arte. Y, naturalmente, lo aquí dicho vale, también, para la poesía: en ella no todo es ni tiene que ser solo “nobleza” o "excelsitud".[1] 

Pregunto: ¿Las pinturas de arte abstracto, gustan a todo el mundo? Hay quienes creen que solo son manchas sin sentido ni significado, que son disparates. ¿Acaso por eso dejan de ser obras de arte? Ah, y las "malas palabras" no están ni tienen que estar vetadas en poesía, tampoco la sensualidad ni la insinuación sexual. Que hay arte grotesco, sí, lo hay; pero si usted no está dispuesto a escucharlo, verlo o bailarlo, es fácil: simplemente no lo haga, pues. Como en cosas de la televisión, en arte también podemos manejar el control (remoto, o cercano): tenemos la capacidad y el derecho de elegir. 

Siguiendo al Diccionario, para que la cosa resulte menos tediosa (y porque, además –ustedes ya lo saben–, yo no estoy para meter en mi escritura tecnicismos de "intelectuales" ni enrevesadas expresiones "cultas": yo escribo como hablo, y punto), diré que toda "manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros", es arte; y lo es, más aún, cuando genera efectos –cualesquiera que sean– en una o varias personas: gozo y placer, emoción que puede llevar al llanto, dar paz, ser estímulo para la meditación, sublevar el ánimo, asombrarnos o dejarnos perplejos, ennoblecer el espíritu, darnos rabia, asco, solo divertirnos, etc. (Incluso -aunque a algunos se les revuelva la bilis- debo decir que en muchas películas pornográficas también hay arte). 

Ah, otra cosa. Tengo que decirlo, también, sabiendo que puedo ganar el infierno por ello. El por muchos maldecido reggaeton (o, ya castellanizado: reguetón) también es literatura, como lo es (no estoy haciendo comparaciones en cuanto a calidad, por si acaso) un canto de la nueva trova, un bolero, un himno patrio o religioso, un yaraví, un chimaychi, etc. ¿Saben por qué? Porque no solo son música: por su letra que, ya lo sabemos, busca generar efectos estéticos.

¿Una obra de arte merece o debe merecer la aceptación consensual de todos? Ojalá fuera así, pero no siempre lo es. También es válida la existencia de detractores y, aunque no lo crean, incluso de asquientos.  

En arte, la libertad está por encima de todo, señores. Es, sobre todo, un rechazo a la sumisión. El arte y la poesía no son el brazo armado de la moralina, sino la expresión "impura" de la libertad. ¡No al "uniforme único"! (al menos en cuestiones de arte y de poesía). 

De lo que se trata, como decían los Saicos, es de "¡demoler, demoler, demoler...!". Demoler las prohibiciones y las inhibiciones. Que ningún gobierno o autoridad quiera administrar el placer ni la alegría de la gente, y tampoco la imaginación creadora. (Lo que acaba de ocurrir en Cuba, por ejemplo, es completamente reprobable, torpe y vomitivo: han prohibido el reggaeton; bueno, aparentemente, allí impera el reino de las prohibiciones y la real decadencia: la asquerosa administración de la libertad y los placeres). El arte es y tiene que ser libre; y la gente también debe ser libre para elegir lo que le guste. ¡Abajo la censura! Usted, solo usted es quien debe decidir en gustos y colores: ¿Le gusta el reggaeton? Apláudalo sin remordimiento, si lo desea; pero si no le gusta, ódielo con pasión y rabia si quiere, hable pestes de él y de sus intérpretes: nadie se lo va a prohibir. Repito, ninguna manifestación artística tiene que gustar a todos. Pero, de que el reggaeton es arte, no lo dude: lo es de cabo a rabo, aunque haya intelectuales probablemente "arios" que digan lo contrario.[2] Entre otras cosas, estoy convencido –sin un mínimo de duda– que la aparición del reggaetón ha servido para demostrar que el arte -repito y lo repetiré siempre- es, sobre todo, expresión plena de libertad en la creación artística y que en el arte todo vale (claro, mientras no haga daño a nadie).

                                               © Bernardo Rafael Álvarez 

 

 



[1] Y esto no es nada nuevo. ¿Recuerdan Carmina XVI, el famoso poema de Gayo Valerio Cátulo? Fue escrito hace veintidós siglos y comienza con estos versos: Paedicabo ego vos et irrumabo / Aureli pathice et cinaede Furi, / qui me ex versiculis meis putastis, / quod sunt molliculi, parum pudicum. (Tradúzcanlos y verán).

 [2] Les propongo algo que puede serle muy útil: el "método" del descarte, para comprobar si el, por muchos repudiado, género aparecido en Puerto Rico es o no es arte. Solo pregúntense: si no es arte, ¿qué cosa es?, ¿es ciencia, filosofía, gramática, agricultura, astronomía? ¡Es arte, pues!

sábado, 16 de febrero de 2019

UN ANCASHINO CON MENTE UNIVERSAL*

Breve semblanza del Historiador, Maestro y Diplomático Félix Álvarez Brun


Hace unos años escribí que Pallasca, es “un pueblito de la sierra ancashina, bello, saludable y acogedor, por sus paisajes infinitos, por su clima y por el calor imantado de su gente, que es capaz de atraer al más distante de los humanos, convirtiéndolo en huésped perpetuo de su corazón”, y agregué que, “no obstante sus ostensibles bondades, sufre la relativa escasez del líquido elemento”, razón por la cual “desde muchos años atrás, socarronamente se les asignó a sus pobladores el mote de ‘chupabarros’ que, más que como ironía agraviante, ha sido asimilada, con espíritu alegre, como un estímulo y acicate para procurar la satisfacción de las necesidades y mirar hacia adelante con optimismo y dignidad”.[1]


Bueno, aunque quizás pueda parecer medio grotesco, tengo que decirlo: voy a hablar, precisamente, de un “chupabarro”, es decir, de un pallasquino: un intelectual que es considerado por la prestigiosa Enciclopedia Lexus, como uno de los “grandes forjadores del Perú”.


Nuestro personaje (al que acabo de aludir, con lo que es casi un “gentilicio” para nosotros) nació en la ciudad de Pallasca. Hijo (el penúltimo de los varones) de don Manuel Jesús y doña Alejandrina. Sus estudios primarios los cursó en la Escuela 293, a cuyos profesores siempre recuerda con cariño: Alonso Paredes, Miguel Elías Villavicencio y Víctor Arnoldo Ramos. Aún púber y “primarioso”, puso de manifiesto su inteligencia e inclinación por los estudios aunque, como él mismo llegó a reconocer, fue tal vez el más inquieto y distraído de los alumnos, y por ello –en más de una ocasión- uno de los docentes mencionados -en los primeros años de primaria-, como castigo cuando no acertaba en alguna respuesta, le “cogía la pelambre de la sien –pues le gustaba shipir-”[2] y lo empujaba violentamente contra la pizarra, mientras decía a los demás estudiantes: “Este es el más torpe de la clase”. Sin embargo, y por justificadas razones, este jovenzuelo capaz de sacar “canas verdes” a sus maestros fue invitado a impartir durante una corta temporada, lecciones relacionadas con astronomía en la escuela de mujeres de la localidad. Su vocación docente, pues, ya comenzaba a ponerse de manifiesto tempranamente.


La educación secundaria la inició y continuó, hasta el cuarto año, en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo, culminándola en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe de Lima. En esta etapa, su interés por la cultura, venido desde la niñez gracias a que fue contagiado por su padre –lector cotidiano e impenitente-, iba acrecentándose

 

Al empezar la década de 1940, ingresa en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y sigue estudios en la Facultad de Letras, convirtiéndose en uno de los más conspicuos discípulos de eminentes catedráticos e intelectuales de la talla de Julio C. Tello (el padre de la arqueología peruana), Luis E. Valcárcel, Mariano Iberico, Jorge Basadre y Raúl Porras Barrenechea, historiador, maestro y diplomático de sobresaliente relevancia   quien, con la perspicacia que le era inherente pudo reconocer en su alumno las excepcionales cualidades y los méritos por los cuales la Universidad de San Marcos lo convirtió en auxiliar de la cátedra de Historia del Perú -Conquista y Colonia- que dictaba el prestigioso maestro. Poco tiempo después, la Cancillería lo incorporó como Ayudante en la Dirección de Asuntos Culturales. Para entonces, ya se había matriculado en la Facultad de Derecho


Unos años después, en 1948, el maestro Porras es designado por el Presidente José Luis Bustamante y Rivero, para presidir la Embajada del Perú en España, y su delegación, integrada, entre otros, por Manuel Mujica Gallo y Guillermo Lohmann Villena, también contó con la presencia del destacado estudiante pallasquino de Letras y de Derecho, que viajó en la condición de Tercer Secretario del Servicio Diplomático. Esta misión duró poco: todos sus miembros solicitaron su pase a disponibilidad, o se retiraron, como protesta por el agravio a los símbolos patrios en el Consulado de Valencia y la pusilánime e indecorosa actitud del gobernante peruano (Manuel Odría) que hacía poco había asumido el poder tras derrocar al Mandatario democráticamente elegido. Es decir, la decisión de dar término a la misión diplomática y emprender el retorno, se hizo –como no podía ser de otro modo- en olor de patriotismo y dignidad.  


Su corta permanencia en España, sin embargo, le permitió al joven intelectual pallasquino vivir dos experiencias valiosísimas: escuchar, con provecho superlativo, las lecciones que el más egregio filósofo español, José Ortega y Gasset, dictaba en el Instituto de Humanidades de Madrid; y, codo   a codo con el doctor Porras, desempolvar legajos, de difícil lectura -que pudieran haber sucumbido víctimas del tiempo, la humedad, las polillas y los roedores-, desentrañando, gracias a su destreza en la tarea heurística y paleográfica, invalorables informaciones de primera mano acerca de la vida del Inca Garcilaso de la Vega en Montilla, ciudad que cobijó, anónimamente, al autor de Los Comentarios Reales  durante treinta años.


Tras su regreso a la Patria se graduó en Historia y posteriormente en Derecho, obteniendo en ambos campos el doctorado respectivo. Ya dictaba cátedra en San Marcos y, desde cerca de diez años atrás, clases de Historia en el Colegio Nacional Alfonso Ugarte; y, después, en la Pontificia Universidad Católica del Perú, el curso de Historia del Derecho Peruano.


La Historia, disciplina a la que se dedicó con entusiasmo y acendrado cariño, comenzaba ya a dar sus frutos y reconocimientos. En 1955 se hizo merecedor del Premio Nacional Inca Garcilaso de la Vega, por la biografía de José Eusebio de Llano Zapata y, luego, por su trabajo titulado La Ilustración, los Jesuitas y la Independencia Americana, fue galardonado en el Premio Javier Prado con  publicación de la obra por el Ministerio de Educación. En mérito al valor de su desempeño intelectual, llegó a ser incorporado como miembro de número de la Academia Nacional de Historia y de la Sociedad Peruana de Historia, y fue elegido Presidente del Instituto Raúl Porras Barrenechea, Centro de Altos Estudios e Investigaciones Peruanas de la Universidad de San Marcos, entre otras Instituciones e importantes Comisiones como la Comisión Nacional del V Centenario del Descubrimiento de América y la Presidencia de la Comisión Nacional del Centenario  de Víctor Andrés Belaúnde. Gracias a las denodadas gestiones que llevó adelante como Presidente de la Comisión Peruana de Alto Nivel para el Patrimonio del Mundo, pudo lograr que la UNESCO reconozca como patrimonio mundial a Chavín de Huántar, al Parque Nacional del Huascarán y  a otros monumentos y santuarios que son riqueza inalienable e irrepetible de nuestro país. 


Como diplomático, fue condecorado con la Orden del Sol del Perú, Orden San Carlos de Colombia, Orden Vasco Núñez de Balboa de Panamá, Caballero de Madara de Bulgaria y La Gran Cruz de Plata de Austria, habiendo cumplido a cabalidad y con prestancia las representaciones como Delegado Alterno ante la UNESCO y Embajador ante Panamá y Bulgaria, y dirigido la Academia Diplomática del Perú.  


Por su destacada trayectoria docente, fue distinguido  como profesor emérito de la Universidad Decana de América y reconocido por el Estado peruano con las Palmas Magisteriales, en el grado de Amauta.


A toda esta apretada e incompleta reseña de la trayectoria de nuestro ilustre paisano, hay que sumar el hecho de que a él se debe más de una veintena de obras bibliográficas, de las cuales probablemente la más importantes sean estas nueve: Vida y Obra de José Eusebio de Llano Zapata (1955), La Ilustración, los Jesuitas y la Independencia Americana (1957), Ancash Histórico (1958), Apuntes sobre Carrió de la Vandera, autor del Lazarillo de Ciegos Caminantes (Toulouse, Francia, 1965), ANCASH, una historia regional peruana (1970), Visión Integral del Perú: Raúl Porras en Costa Rica (1986), Sierra de mi Perú (1988), Raúl Porras Barrenechea, diplomático e internacionalista (1996) y el enjundioso estudio que como prólogo precede a El Legado Quechua (2000) del maestro Porras. De estas, merece ser destacado, por lo valioso para nosotros los ancashinos, ANCASH, una historia regional peruana    que es -estoy convencido- el trabajo más riguroso, integral y bello que se haya escrito sobre nuestro fértil pasado y el más valioso aporte y legado del que debemos enorgullecernos.


Aunque impreso en enero (en la imprenta de don Pablo L. Villanueva), este libro (del que solo voy a reseñar unos cuantos tópicos) salió recién a la luz en el mes de junio de 1970, y es la coronación del trabajo iniciado en 1958 con la publicación de una antología de ensayos arqueológicos e históricos -hecha a pedido de Carlos Eduardo Zavaleta- en el pequeño volumen titulado Ancash histórico, de la colección Libros para Ancash.


En Ancash, una historia regional peruana nos dice y demuestra que nuestro departamento “ha seguido una línea indeclinable en favor de la libertad, de los derechos cívicos y de la justicia” y que en todo momento ha estado dispuesto a hacer “frente a toda dominación extraña a la región o al país”, y que siempre ha protestado y se ha puesto rebelde frente a los abusos del poder y de la fuerza. Un departamento, su gente, con dignidad, pues.

 

Comienza hablando de Chavín, y afirma que “en Ancash aflora por primera vez la simiente de nuestra nacionalidad, grabada en las imágenes idealizadas de seres mitológicos –felinos, cóndores y serpientes- y en un inicial asomo de conciencia religiosa inspirada en el amor de lo telúrico y en el temor de lo sobrenatural”.


Nos habla, también, con justo orgullo, del extraordinario arte lítico de cultura Pallasca puesto de manifiesto especialmente en el trabajo escultórico: “Los rasgos humanos –nos dice-, en manos de los escultores pallasquinos, adquieren una impresionante grandeza expresiva”. “Los sentimientos de severidad y nobleza –agrega- son fijados mediante líneas simples magníficamente trazadas y talladas”. Esto, concluye, “revela, por consiguiente, una cultura superior entre los pueblos de la época precolombina”. Por otra parte, expone, pulcra y minuciosamente, la tesis según la cual Andamarca, el pueblo “que hoy se considera perdido no es otro que el de Pallasca”, cercano al Tablachaca, río en cuyas inmediaciones –según el viajero Charles Wiener- fue ejecutado Huáscar, el ultimo inca legítimo del Imperio Incaico.


Como sabemos, Pallasca es la única provincia de la sierra ancashina donde no se habla el quechua. Nuestro autor explica: Allí se hablaba la lengua culli, sobre la cual los incas trataron  de imponer el quechua pero, al llegar muy pronto los conquistadores españoles, la imposición más rotunda, contundente e irreversible fue la del idioma europeo; desapareció el quechua, que apenas comenzaba a arraigarse en la zona, y empezó a disminuir el uso del culli.


Hice referencia al hecho de que Ancash ha sido adverso “a toda dominación extraña a la región o al país”. Sí, pues; y eso viene desde épocas muy remotas. El libro alude especialmente a los Conchucos, Huaylas o Huaras y Piscobambas, que según Garcilaso, Cieza y otros cronistas eran pueblos belicosos y rebeldes, que no se dejaron dominar tan fácilmente por los incas. También nos recuerda que, siglos después, cuando se produjo la invasión chilena, el pueblo de Pallasca puso de manifiesto su arrojo y patriotismo negándose a cumplir las órdenes de los jefes militares enemigos y, más bien, se enfrentó, en desigual batalla (haciendo uso de garrotes, piedras y armas arrojadizas), dando excepcional muestra de dignidad que le costó, como heroico saldo, decenas de muertos y heridos. “Un hombre, Pedro Campos –cuenta nuestro autor-, es atado a la cola de un caballo cerril con el fin de obligarlo a callar, pues a pesar de habérsele cortado la lengua seguía dando vivas al Perú y mueras a Chile”; Gorostiaga, el jefe chileno, llegó a informar a su superior, así: “Al entrar a Pallasca encontré al pueblo en actitud hostil (…) Con este motivo se trabó un combate entre la vanguardia y los revoltosos que se resistieron con valor y que concluyó por la dispersión y muerte de gran número de estos”…”.


Especial atención merece la magistral reseña respecto de aquello que ocurrió tras la infausta guerra con Chile: “Ancash –dice nuestro autor- se ve muy pronto convertido en escenario de uno de los movimientos de reivindicación social más notables del Perú republicano”, cuya causa fue –continúa- “la constante explotación y maltrato a los indígenas desde los lejanos tiempos de la Colonia”, a lo que se sumó “el llamado ‘trabajo de la República’, obligatorio y hasta forzado” a que fueron sometidos “por las medidas abusivas de las autoridades”. ¿Quién condujo este movimiento? Pues el huaracino Pedro Pablo Atusparia.


Uno de los más bellos textos sobre Pallasca y, en general, sobre la sierra de Ancash, es el titulado precisamente Sierra de mi Perú, publicado en el libro del mismo nombre, en 1988, y en el que se hace una menuda descripción de algunos aspectos de la vida en los Andes, echando mano incluso a expresiones propias del castellano pallasquino. Y hay, allí, una muestra de comprensible regocijo y amor telúrico, y quizás por ello son citados estos versos de Vallejo (que, además, sirven para dar título al libro): “¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, / y Perú al pie del Orbe; yo me adhiero!”.


En ese libro encontramos, también, lo que sería, virtualmente, la primera tesis que nos informa que el fundador de Chimbote fue el pescador Pedro Nolasco Días, quien, con su familia, fue el primer habitante de la zona, a donde llegó “allá por el año de 1760”. La vida y obra altamente merotiria que honra y debe enorgullecer a los ancashinos y a la cual he dedicado este necesarimente incompleta reseña biobibliográfica, corresponde (¿a quien más?) "al erudito, historiador y varias veces académico" (como lo llamó nuestro narrador Carlos Eduardo Zavaleta)[3] y que es sin duda uno de los más importantes valores nacionales que ha dado Ancash, el doctor Félix Álvarez Brun, aquel que "con la capacidad de síntesis y el sentido de emoción peruanista" -que elogiara Aurelio Miro Quesada- señalo lúcidamente, que el Perú es "una continuidad en el tiempo y una totalidad en el espacio, dentro de cuyos parámetros se entretejen todas aquellas virtudes, defectos y esperanzas que constituyen nuestra personalidad nacional.[4] Un escritor al que, por otra parte, Luis Alberto Sánchez calificó como "un historiador enamorado del paisaje" y "un ancashino con mente universal". Un escritor -agrego yo- cuya prosa, fluida y culta, pone de manifiesto un extraordinario y bello estilo descriptivo y detallista -casi a la manera de Azorin- que convierte a su lectura no solo en una rica fuente de conocimiento (gracias a las rigurosas y bien documentadas referencias históricas que nos ofrece), sino en una innegable experiencia de placer, pues -en buena cuenta- se trata también de literatura. 


Hace mucho tiempo lo dije repetidamente y hoy vuelvo a decirlo: Creo que sería necesario y muy recomendable que –como una muestra de gratitud- el Club Ancash, institución representativa de nuestro departamento en la Capital de la República, se encargase de reeditar ANCASH, una historia regional peruana, porque este libro es –lo digo una vez más- un valiosísimo aporte y legado a la cultura ancashina y que debiera ser motivo de orgullo para nosotros.


                               © Bernardo Rafael Álvarez


*Esta es la versión modificada y ampliada del texto que publiqué, en físico, el año 2004.






[1] B. R. A. Historia de un eclipse. Lima, 2001

[2] Shipir: Coger y jalar o sacudir con violencia la pelambre de la sien, generalmente como castigo (antiguamente lo hacían los profesores primarios, a algunos alumnos que se portaban mal o no contestaban correctamente las preguntas que se les hacía).

[3] C. E. Zavaleta. Discurso de recibimiento, como nuevo académico, en el Instituto Ricardo Palma.

[4] Aurelio Miró Quesada. En: Perú, presencia e identidad. Lima, 1992.

martes, 12 de febrero de 2019

LAICISMO (Y URTICARIA) / a propósito de las declaraciones del cardenal Barreto


[La historia se repite. Hasta hace poco, unos rechazaban las opiniones políticas de Cipriani y hasta pedían su renuncia o que se le sacara del cargo eclesiástico. Ahora -pero desde la otra orilla- ocurre lo mismo con Barreto. Y estoy convencido que aquellos que decían que Cipriani debería callarse la boca, ahora alientan el desborde expresivo del huancaíno. La verdad es que cualquier persona, incluidos los curas, obispos y cardenales, tienen derecho al libre pensamiento y a la libertad de expresión, cualquiera sea la posición política con la que simpaticen. Los derechos humanos (pensar y hablar son dos de ellos, incluso el formular pedidos -como el de renuncias, por ejemplo-) son para todos, y no son una cojudez. Como cualquier ciudadano, los miembros de una iglesia también tienen el derecho de emitir sus opiniones y pronunciarse acerca de cualquier asunto, incluso sobre política y temas de Estado]
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A propósito de las declaraciones del cardenal Barreto, que han sacado roncha en algunos políticos:
Un Estado laico no es aquel que rechaza las creencias religiosas y proclama el ateísmo. No es el que se aísla de las confesiones o iglesias, o las aísla o arrincona. Laicismo es mantener independencia respecto de cualquier organización o confesión religiosa; pero, ojo, independencia no es desvinculación, es no sometimiento (atención a los significados: dependencia es "subordinación a un poder mayor"). ¿Un Estado laico está impedido de conversar con los representantes de alguna Iglesia? No. Alguien dijo que "conversar no es pactar"; bueno, tampoco es subyugar ni dejarse subyugar.
El Estado peruano no es un Estado confesional: no depende de (es decir, no está subordinado a) ningún grupo religioso; solo -como lo señala la Constitución Política, artículo 50°- reconoce el aporte de la Iglesia Católica ("como elemento importante en la formación histórica, cultural del Perú", lo cual es cierto) y le brinda colaboración; esto -lo dice la misma Carta Magna- "dentro de un régimen de independencia y autonomía". Es -aunque muchos no lo quieran entender- un Estado laico, pues.
Ah, finalmente, respecto de las opiniones, gratas o incómodas, de algunos purpurados: Un Estado laico no tiene carta blanca para irse contra la libertad de pensamiento y de expresión; no puede prohibirle a nadie (curas, obispos y cardenales incluidos) a pensar y decir lo que piensan. Estado laico no es sinónimo de mordaza. Los derechos fundamentales que reconoce y consagra el artículo 2° de la Constitución Política son para todos, sin distinción de falda, pantalón o sotana. Ahora, si las opiniones causan urticaria o son motivo de aplauso, es otra cosa. Por último: laicismo no es ateísmo.
¿Entendichu manachu? 😆

sábado, 22 de diciembre de 2018

UNA CARTA AMOTINADA PARA MARCO TULIO ROTONDO*


También se puede –de entrada y de sopetón-  ser desconcertante, cuando de literatura y sobre todo de poesía se trata, ¿no es cierto Marco Tulio? Nadie está obligado (y nadie puede obligar) a lo que sería algo así como “guardar la compostura” por el prurito de tratar de “quedar bien” y, digamos, no salirse de “las reglas” o del “buen escribir”. Eso –el ser rebelde, el no estar nunca conforme- es esencia del arte, de la literatura, de la poesía. Qué quiero decir: que también es válido y no reprobable (aunque haya quienes piensen lo contrario) querer épater les bourgeois incluso cuando, por ejemplo, de ponerle el título a un libro se trata.  No sé, o no estoy seguro, si este fue el propósito que tuviste al ponerle al libro que aquí se presenta este título: Terneza amotinada, pero es lo que has logrado -al menos en mí, lo cual, por cierto, no significa que yo sea parte de la burguesía-. Épater les bourgeois: ponerle de vuelta y media al lector, dejarlo atónito, patidifuso. En un principio yo quise sugerirte que el título fuese, más bien, “Ternura amotinada”, porque fonéticamente tiene más dulzor, es empalagoso y… tierno; pero rápidamente cambié de opinión y me dije: la ternura de un poemario no tiene por qué manifestarse también en su título y no es una condición que deba cumplirse eso que en derecho se conoce como principio de congruencia. Quisiste ponerle ese título a tu libro (“No pregunté tu nombre: / solo te llamé terneza”) y así ha de llamarse por el resto de sus días. A fin de cuentas, es la arbitrariedad, la libre voluntad, lo que se impone en la poesía. Por ejemplo (obviamente tú lo sabes), todo el mundo trató y sigue tratando de encontrarle una explicación razonable al significado de Trilce, título del más innovador libro de César Vallejo y, claro, casi nadie parece hacerle caso al mismo autor, que se encargó de poner los puntos sobre las íes al afirmar en una entrevista, simple y llanamente, que no significaba nada, que lo inventó solo porque no encontró “ninguna palabra con dignidad de título” y, sin más ni más –de modo arbitrario-, apareció la desconcertante palabrita. Bueno, tú no tuviste que inventar un nuevo vocablo, pero encontraste este que es muy sugerente: Terneza, que -como sabemos- es sinónimo de ternura, pero  –con la licencia que nos prodiga la poesía y haciendo un trabajo de disección, como otros han hecho con la palabra  Trilce- podríamos tal vez terminar asignándole el significado de tierna tristeza (considerando, obviamente, estos lexemas: tern-ura y trist-eza), ¿verdad? Claro, en tu libro, en tu poesía, no hay precisamente tristeza pero sí una ternura que se desborda en violenta turbulencia, en motín, libremente. Y allí está su particularidad. ¿El amor tiene que ser sinónimo solo de dulzura, de apacibilidad y acaso también de ocasional desconsuelo? Quizás (¿Quién, gracias a un amor, no ha sentido que camina sobre nubes o, por su culpa, no ha tenido la sensación de enfrentarse a cíclopes y lestrigones? Yo sí). El amor puede –en tanto no dañe a nadie- amotinarse y ser un huracán o una bola de fuego. Esto es lo que aparece dicho o insinuado en este libro: amar como las olas, en libertad. Esta, la tuya, Marco Tulio, es eso: poesía de amor, del amor erótico y del amor universal, en libertad, y es –también y sobre todo- un homenaje a la mujer (que nació “para inquietar la mar”; “para que las estrellas alumbren en la nocturnidad / y el sol abrigue esperanzas…”). ¡Bendita la mujer, pues! Merecedora de este y de muchos cantos: “¿recuerdas cuando cabalgábamos / llenos de amor / y el gozo era un acantilado / por donde navegaban nuestros deseos?”. El gozo del amor convertido en acantilado: abismo, profundidad (¡bella y terrible imagen!) que a veces pueden estar en la desventura o en la desesperanza: “… le pregunto a los sueños y a los árboles / dónde estará / y solo me responde un triste silencio”. ¿Puede, quien ama, experimentar despecho, malquerencia? Creo que sí: “… siento tu piel agrietada por el desamor / de estas manos que gozaron tu cuerpo. / Ardes en el infierno de la tristeza / fuiste mía y ya no…”, “…mientras tú desapareces entre la bruma / preguntándote / cuándo dejaste de ser la soñada”. ¿Suena a rencor, a vals de desconsuelo, tal vez? Creo que sí. Ya lo dije antes, no solo el amor erótico es merecedor de apología aquí; también aquel de la bondad, que no mira a quien, se desborda a raudales en esta poesía: “… sentir hambre por dar mi pan a un menesteroso / y frío por dar mi abrigo a un veterano de paz”. Veterano de paz, no de guerra. Un alegato contra la violencia que hiere: “…no entiendo cuando rezan a un dios para ir a la guerra”. En este libro ¿qué hay? La respuesta es obvia, hay eso que exuda cada poema a mares: humanidad. Es que, de principio a fin, eso es la poesía, pues: humanidad (expresada por el medio más bello y noble que pudo haberse creado: la palabra). ¿Terneza? Sí, ternura a mares, como un látigo contra el odio y la maldad; como “el río cuando pelea con las rocas y alimenta lagos” o la mujer que alimenta el alma y nutre la existencia. Es tu poesía, Marco Tulio, fruta fresca, pan recién salido del horno, agua clara. Terneza amotinada contra cíclopes y lestrigones. Poesía de vida y de esperanza. Espejo de los buenos sentimientos. ¡Te felicito y abrazo, sinceramente!

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*Prólogo a "Terneza amotinada", poemario de Marco Tulio Rotondo.

viernes, 23 de noviembre de 2018

LITERATURA ALUCINANTE Y APASIONANTE LA DE EDUARDO BORRERO VARGAS



Podrán decirse muchas cosas y, de hecho, se dicen, pero yo creo que –básicamente- la literatura tiene un propósito: generar, digamos, una respuesta estética en el lector. Y, así, cuando comenzamos a (o terminamos de) leer un cuento, un poema, una novela, diremos: “¡qué lindo!” o “¡qué horrible!” o, quién sabe, “¡qué sublime!”; o nos quedaremos estupefactos, o sentiremos paz interior o acaso nos invada un sentimiento de dolor o  de indignación por las cosas que encontramos dichas en el texto leído. Porque, como sabemos, cuando se habla de estética no se alude únicamente a las cosas bellas. Pero, claro, es posible que el propósito del escritor no sea siempre ese, que sea –por ejemplo- hacer que su obra sea un testimonio (como creyó haberlo logrado Arguedas con su novela Todas las sangres: “Si no es un testimonio, entonces yo he vivido por gusto, he vivido en vano, o no he vivido. ¡No! Yo he mostrado lo que he vivido…”). Es que no existe –hay que saberlo- norma, ley o precepto, de ninguna índole, que disponga o mande al respecto. Nada ni nadie tiene autoridad para decirle al escritor: “tu literatura tiene que ser para esto o para lo otro”. La libertad se impone en este terreno. Y esto –estoy convencido- lo sabe Eduardo Borrero Vargas, autor del libro que aquí se presenta. Por ello es que cada una de sus producciones literarias tiene una particular característica o cualidad. Hace algún tiempo comenté un libro suyo (Del misterio y otros abismos) y dije que los textos de minificción  que lo conformaban eran desconcertantes y que, en cierto modo, tenían alguna familiaridad con lo que es la característica del teatro de Ionesco: el absurdo. Eso, el desconcierto y el absurdo, creo que podemos encontrarlo también aquí. Cada escritor –lo he insinuado ya- tiene un propósito al escribir un texto; creo que el de Borrero ha sido este: dejarnos estupefactos, y lo ha logrado creando en este libro unos personajes cuyas personalidades, paradójicamente, son tan comunes y “normales” y al mismo tiempo contrahechas y caricaturescas, como, por ejemplo, Ángel Donis (protagonista del primer texto), jefe de una banda delincuencial que ingresa en la política con “su oratoria alucinante” y -¡cómo no!- cuenta con “consejeros malhechores”, y se dispone a “empapelar todo el país” con su propaganda ocasionando “atoro de desagües” y suciedad en los ríos y el mar; hijo de padres que no fueron realmente sus padres, y que, convertido en millonario, en “mérito” a sus actividades fuera de la ley, se perfila, con muchas posibilidades, como un futuro ocupante del sillón presidencial. Personajes, como él, a quienes podemos, tal vez, identificar con los que –en la vida diaria- ya conocemos (en la política, en los centros de trabajo, en la cultura, etc.). Diría que es el absurdo -ya “normalizado” e imperante en nuestra realidad- lo que ha llamado la atención de Borrero, incitándolo a ofrecernos, en este libro, más que cuentos o relatos complacientes, una suerte de retrato descarnado y sarcástico de una realidad que, viéndola bien, es realmente dramática. Aquí no hay un Gregorio Samsa convertido, de la noche a la mañana, en un monstruoso insecto, sino, más bien, insectos convertidos en unos Gregarios Samsa con apariencias engañosas. ¿No es eso, acaso, lo que vemos en la política? Yo creo que sí. Repito, el absurdo “normalizado” (o “legitimado”). Personajes, también, como el que da título al volumen, Marlon (“…y su vida de perros”): gente que cree que para ser escritor hay que recurrir –como condición- al “malditismo”, a la “marginalidad”, sin saber que, así, lo más seguro es la conquista infeliz de la frustración y el ridículo (en otras palabras: una “vida de perros”). Eduardo Borrero Vargas nos tiene acostumbrados a lo desacostumbrado, pues: cada obra suya nos trae una desconcertante y feliz sorpresa: ficción de largo aliento (novela), minificción, poesía, cuento, y esta vez… bueno, esta vez un género que tiene mucho de relato pero al que yo me atrevería a calificarlo como apuntes o anotaciones acerca de lo que serían algo así como objetos grotescos de estudio en una sociedad que está “patas arriba”. Escritura, la de Eduardo Borrero, alucinante y apasionante, y –repito-: para quedarnos estupefactos. Buena literatura. ¡Léanla!
Bernardo Rafael Álvarez