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sábado, 11 de noviembre de 2023

¡KACHKANIRAQMI, EUGENIO!

EL POEMA OLVIDADO QUE YEVTUSHENKO ESCRIBIÓ EN HOMENAJE A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

El 2 de abril del 2017, es decir, un día después del fallecimiento del poeta, mi queridísima amiga Rosina Valcárcel publicó un sentido artículo en el que, como “coda”, puso lo siguiente: «El poeta Bernardo Rafael Álvarez cuenta: Hace más de cuarenta años, aquí en Lima escribió un bello y conmovedor poema a José María Arguedas que, lamentablemente, nadie recuerda. Yo lo tuve guardado (fue publicado en un diario de la época), pero, uf, no sé qué pasó». Efectivamente: nadie lo recordaba, salvo yo.  

Bueno, después de que, hace poquísimos meses, el 19 de agosto de este 2023, Eduardo González Viaña contara, también en un artículo, que a principios de los setentas acompañó al poeta en su visita a la tumba del autor de «Los ríos profundos», yo volví a recordar aquello que le conté a Rosina y me propuse, a como dé lugar, encontrar el poema aludido y, ¿saben una cosa? Otra vez -hasta hace, prácticamente, unas horas- volví a preguntar a un gran número de intelectuales peruanos, mientras, naturalmente, yo ya había empezado la búsqueda en la Biblioteca Nacional. Creí encontrar, tras la pregunta, la respuesta buscada, pero no: para todos seguía siendo un misterio aquello del poema que yo leí cuando cursaba el quinto año de secundaria, en el San Juan de Trujillo.  

Pero ya, ¡por fin!, tras varias y perseverantes sesiones en los archivos de la Biblioteca Nacional, logré -después de cincuenta y dos años- lo que esperaba: ¡encontré el bendito y entrañable poema! Y, ¿saben una cosa?, me sentí no solo aliviado, sino feliz, y comencé a llamar a mis amigos para darles la noticia.  

Se trataba, repito, de un poema dedicado al taita, y el título que le puso fue, sin más ni más, este: «A LA MEMORIA DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS»; fue (como aparece dicho al pie del texto) escrito, el 19 de mayo de 1971, en Machu Picchu (y no en Lima como, traspapeladamente, yo recordaba); lo escribió, insisto, en nuestro idioma, y lo hizo después de haber recorrido, más o menos durante un mes, algunos lugares importantes del Perú.  

¿De quién estoy hablando? Pues, de uno de los poetas rusos más queridos, que yo más quiero y admiro; aquel que, a pesar de todo (o, aunque parezca increíble), le rendía un culto sin límites a la libertad, como lo demuestran estos versos rotundos, escritos el año 2004: «Ni siquiera en la muerte confiaré en ningún ismo” / yo, otra vez joven y siempre libre, / arriesgando la vida, sonriente y fuerte, / volveré a caminar por el tejado, / o de lo contrario, no soy un poeta» (del poema: «Caminando sobre el tejado»). Un poeta cuyo nombre, en 1994, fue asignado al planeta 4234, que fuera descubierto en 1978. 

Este poeta amó la memoria de José María Arguedas. Por ello, cuando en 1971 llegó al Perú, casi un año y medio después de haber muerto el taita, le dedicó un poema escrito directamente en castellano, en el que le dice, significativamente, en unos primeros versos, lo siguiente: «Entre las flores pálidas, / dentro del muro tú te hundes. / Tú has nacido aquí, / y aquí te quedas, / como la roca cansada / por encima de los ríos profundos”. Aquí, como es evidente, hay una referencia a César Vallejo (por lo de la «piedra cansada», digo) y también a la más bella novela del narrador andahuaylino que falleció el 2 de diciembre de 1969. Luego -obviamente, en alusión al muy celebrado poema arguediano «Llamado a algunos doctores»- dice que el viento «en quechua canta» y agrega: «Para el viento es difícil / el castellano de las oficinas». Posteriormente -fiel a sus convicciones libertarias, y a despecho de las circunstancias que le tocó vivir: ser ciudadano soviético-, como un alegato a la libertad, dice: «Pero el globo de la tierra / todavía está lleno de cuarteles / y de cárceles / que son las casas de descanso / de los mejores poetas del mundo». Versos más abajo, el poeta habla de «luchar» y también de «guerrillas», pero, no como apología a enfrentamientos de violencia, sangre y muerte, sino todo lo contrario; leamos: «La bondad que no es gritona / es una guerrilla más grande», y antes había dicho: «Pero las armas de hierro / no siempre son la salida» y, además, agrega este contundente reconocimiento: «Tú fuiste simplemente bondadoso / José María, / wayqey amado».  

El poema, de noventa y dos versos, culmina, inapelablemente, así: «Y yo te prometo con toda mi alma, José María, yo te juro / que el futuro / no está más allá del futuro!». Su autor, el hijo de Zinaída Yermolaievna Yevtushenko, mujer rusa que le dio su apellido, fue -ya es tiempo de decirlo-  el gran poeta Yevgeni (o Eugenio, para nosotros) Yevtushenko, nacido el 18 de julio de 1932 y muerto (aunque, realmente sigue vivo) el 1 de abril del 2017.  

(De este poeta, que -emocionado, vigorosamente y lleno de ternura, como me contaba Jorge Pimentel, el fundador de Hora Zero-, leyó su poesía en lo que fue el cine Colón, en la Plaza San Martín, todo el mundo solo recordaba aquel medio romanticón poema llamado «La peruana», o «Mi peruanita» que -también en castellano- fue escrito, si no me equivoco, en 1984, en Argentina; pero, lo digo una vez más, nadie sabía -o nadie se acordaba- del valioso poema dedicado al taita José María Arguedas y que apareció publicado en el diario Expreso, el domingo 30 de mayo de 1971).                                         

                                                  11/11/2023

© Bernardo Rafael Álvarez

 

                              ***

 

Aquí el poema reencontrado de Yevtushenko:

 

       A LA MEMORIA DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

ESTE poema a ti, José María Arguedas.

Entre las flores pálidas,

                                          dentro del muro tú te hundes

Tú has nacido aquí,

                                      y aquí tú te quedas,

como la roca cansada,

                                 por encima de los ríos profundos.

Tú estás como siempre, sano.

                                                   Es mejor que parecer un santo.

¿Tú estás de acuerdo conmigo?

                                                  Si estás, tu cabeza inclina.

José María, ¿tú oyes?

                                  El viento en quechua, canta.

Para el viento es difícil

                                    el castellano de las oficinas.

Yo te veo,

                       te siento,

                                            te respiro.

                                                              Tú, como la tierra amarga, hueles.

Tú supieras como las sierras

                                                  que amparan a cualquier vagabundo.

Pero el globo de la tierra

                                           todavía está lleno de cuarteles y de cárceles,

                                         que son las casas de descanso 

                     de los mejores poetas del mundo.

El futuro se hace con las manos,

                                                        pero sin guantes.

Sí el pasado es un río profundo,

                                                       el futuro es más profundo río.

Yo desprecio la gente

                                     que muy bien acomodada

                                                                                   en los restaurantes

con sus armas de vidrio

                                      grita

                                              “¡Arriba! ¡Arriba!”.

Pero las armas de hierro

                                         no siempre son la salida.

Hay que profundizarnos.

                                        Hay que crearnos

                                                                     a nosotros mismos.

 

Tú sabes, José María,

                                     José María querido,

cómo sufre la tierra

                                 durante los sismos.

¿Qué hacer? Yo estoy buscando,

                                                     como busca el fusil, un verbo.

Hay un verbo un poco banal,

                                                pero si es sincero,

 este verbo es fresco,

                                    como la sangre,

                                                              como la yerba,

           este verbo es LUCHAR.

                                                  Este verbo es un guerrillero.

Tú fuiste un guerrillero,

                                       guerrillero que estuvo desarmado

                   en la selva de las mentiras, en la selva del odio con su cara de farsante.

Tú fuiste simplemente bondadoso,

                                                            José María,

                                                                          wayqey, amado.

La bondad que no es gritona

                                                es una guerrilla más grande.

Y gritones de los restaurantes

                                                   con cabezas de chirimoya,

acomodándose

                           en su agradable niebla,

no entienden

                      que los Pizarros no robaron

                                                                    solamente la única joya.

Esta joya

              es el corazón de la tierra inca,

                                                                el corazón del pueblo.

¡Menos palabrería!

                               Todo esto es una basura.

Hay que servir al futuro,

                                        o ruso, o peruano.

Pero tal vez el futuro

                                  con toda su hermosura

se resbala de nuestras manos

                                                como una asustada rana.

Y cada uno de nosotros

                                       debe ser un río,

                                                                un profundo río

para unirnos en el océano

                                          que nos llama,

                                                                         nos llama.

Y yo te prometo con toda mi alma,

                                                             José María, yo te juro

que el futuro

                       no está más allá

                                                    del futuro!

 

 

______________________________________________

Escrito en castellano, el 19 de mayo de 1971, en Machu Picchu

 


lunes, 23 de mayo de 2022

A JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

 

Pedro Crespo Refoyo*

 

Para el músico zamorano, Alberto Jambrina Leal, y, también, para mi amiga barranquillera, María Del Castillo Sucerquia, eminente difusora cultural, poeta y traductora.

      



"La semilla es pequeña, pero rompe cualquier piedra, cualquier roca y la hace florecer".   (J. M. ARGUEDAS)

 

ESTAS que ves aquí, viejas encinas,

José María Arguedas, 

son las mismas que viste recorriendo

las tierras sayaguesas y alistanas

de una Zamora pobre y cenicienta,

cuando viniste a España de ultramar,

mediados los cincuenta

del siglo de las Guerras y las siglas,

buscando tradiciones con estudios

de campo y de mochila, con tu cámara

y cuatro o seis libretas Moleskine.

 

   YA pocos te recuerdan, buen maestro,

en aquella posada de Bermillo

de Sayago, con pocos adelantos

bajo la ruin grisalla,

entre tantos arrieros con su carga

preciada en los serones 

y aquellas sus palabras sazonadas

de rústica pujanza lusitana

y algún leonesismo,

que tú apuntabas siempre

en el papel, Arguedas, de alma en vuelo,

porque todos han muerto, ya tú ves.

 

¿Recuerdas las sus voces, su retranca

y aquella desconfianza

de un color ratonil: 

los ceños renegridos y algo hostiles?

 

   Y TE hablan de alcornoques y dornajos,

atarjeas, jergones, cornejales;

de las artesas y panes cenceños,

de partijas, cambizas,

del Duero y de arribanzos,

de jaras y tomillo sanjuanero,

de flores de amargaza y de torvisco...,

maestro Arguedas, viajero lejano

de las tierras peruanas:

contemplador de parvas y betijos

de chivos destetados.

 

¡CUÁNTA ciencia y novela,

cuánta antropología de esta tierra

de Portugal limítrofe,

para levantar mundos

de pura humanidad, maestro Arguedas,

llevados al Perú!

 

Viendo como florecen

y se abren, como madres parideras,

las rocas berroqueñas

con el leve braceo de una encina.

 

RECIBE mis sentires, buen Arguedas, 

lo mismo que esa bala

que, con alevosía, 

te apartó de esta vida,

derrotado que fuiste por la diosa

amada por nosotros, compañero:

la silenciosa bruma muslijunta

de la Melancolía.

 

_______________________________________

*Pedro Crespo Refoyo. Nació en Bermillo de Sayago, provincia de Zamora, España, en 1955. Es licenciado por la Universidad de Salamanca y doctor en Filología Hispánica por la UNED. Investigador y crítico literario. Medievalista, etnógrafo y folklorista. Experto en narratología.

jueves, 29 de abril de 2021

¿DI?

 

Si acabada la noche

(esta: cruel, demoníaca, interminable)

nos encontráramos, desnudos

como la bondad de un niño,

con un nuevo día,

bello como un girasol,

y nuestra sonrisa,

convertida en canto de fe y de paz,

inundara los prados,

las ciudades

y los desiertos,

y el cielo fuera nuestro espejo

para repetirnos multiplicados

como los sueños, libres y justos,

y brotaran,

desde nuestras manos y gargantas,

palabras húmedas y cálidas

como el poema de un nuevo nacimiento

anunciado en el vientre bendito de una mujer (hacedora

perpetua de futuro)

abrazados sin temor ni dudas,

sin lágrimas ni ausencias,

con amor y no con odio...

 

qué lindo sería, ¿di?






© Bernardo Rafael Álvarez

28/4/2021 - 10:35 p.m.


martes, 16 de febrero de 2021

UNA PALABRA

 

Una palabra como agua de azahar

nos hace falta en estos días de dudas y temores.

Aunque sea una palabrota, dije.

En estos días en que alejarse es,

al mismo tiempo,

la más cruel y dulce expresión de los buenos sentimientos.

Hoy, cuando al sentir la piel,

una caricia,

una respiración cercana,

puedes, ¡saz!, oír el anuncio de la aparatosa y dolorosa despedida.

Hoy, cuando a pesar de no verte,

siento, sin embargo, en mi pecho tu sonrisa

como el consuelo de buenas nuevas

anunciadas por un gorjeo de aves silvestres.

Cuando las noticias nos traen, como siempre,

anuncios de infamia y de mala fe.

Y conspiraciones miserables.

Ahora,

cuando más de un amigo,

un vecino,

un desconocido

(que son tu propia sangre e imagen),

en medio de ahogos y dolores e impotencia,

termina exhalando el último suspiro

y es enterrado como un deshecho,

como quien es expulsado del mundo por despreciable,

sin un beso de despedida,

sin una mirada de condolencia.

Hoy.

Hoy quiero pedirte una cosa:

¡Sobrevive, por favor!,

con el estímulo nunca traicionado que te da Dios.

Y contágianos esperanza con tu sonrisa de fe.

Y anúncianos amaneceres más frescos,

días menos borrosos,

primaveras. La resurrección de los sueños.

La nueva vida que estamos por perder

y que no queremos que se pierda.

Danos la luz en este túnel

para emerger, mañana,

como agua de manantial y resplandor

Y regar los desiertos que han ido formándose 

no en el suelo sino en las almas desalmadas que siguen siendo.

Danos el equilibrio en este camino angosto

que apenas nos separa del precipicio.

Dinos que nada es mentira

y que la verdad, a pesar de su rudeza,

será nuestro bálsamo

para despertar en el nuevo calendario, sin pesadillas

ni temores. Abrazados, por siempre.

Y con nuestros corazones entreverados.

 

© Bernardo Rafael Álvarez

16/02/2021 - 20:21 Hrs.



 

lunes, 21 de diciembre de 2020

¿QUÉ SERA DE SU FALDA DE FRANELA?

 

Antenor Orrego, su pata del alma, le puso, como certera chapa, "Korriskoso", en alusión a sus altas dotes de conquistador. Aquí los nombres de solo siete de las chicas a las que habría encandilado pasionalmente: Martina Gordillo Peláez, Otilia Vallejo Gamboa, Gabina Salamanca López, Rita Deza, Rita Uceda Callirgos, Otilia Villanueva Pajares y Deidamia García Zavaleta. ¿Una de ellas (¿o las siete?) fue la que el poeta eternizó anónimamente (¿o se dice "seudónimamente"?😆) como la "andina y dulce Rita de junco y capulí", en ese bellísimo y muy famoso poema titulado "Idilio muerto" que forma parte de su primer libro, "Los heraldos negros", y acerca del cual Antonio Cisneros hizo un comentario infeliz? De todas, una de las más votadas por los hacedores de conjeturas fue aquella de quien Miguel Pachas -biógrafo del poeta- dice, como Dina Páucar cuando canta, que era "blanca como la nieve": Otilia Villanueva Pajares (la de "en sus venas otilinas": poema VI de "Trilce"). La otra -que igualmente se llamó Otilia- fue la sobrina del poeta, su amor incestuoso: Otilia Vallejo Gamboa, a quien también se refiere Stephan Hart. Un nieto de la primera de las siete nombradas en la lista, afirmaba que fue ella, su abuela, la chica aludida (la que «Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje, / y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!"»): es decir, Martina Gordillo Peláez. Pero doña Alfonsina Barrionuevo, que hace veintisiete años conversó con don Oswaldo Vásquez Vallejo, sobrino del poeta, ante la consabida pregunta recibió de él, enfáticamente y sin dudas ni murmuraciones, la respuesta que pareció haberla convencido: que la "andina y dulce Rita de junco y capulí", había sido la buenamoza que aparece aquí, en la fotografía que acompaña a este texto, Deidamia García Zavaleta. Efectivamente, lo afirmado por el paisano del vate podría parecer lo más convincente pues, según él, la misma Deidamia le había contado algunos detalles: entre otros, que Vallejo le enviaba poemas al colegio en que ella estaba internada, y que incluso le hizo llegar el poema de marras que, por cierto, medio que la incomodó por lo del nombre, pues no era el suyo el que allí puso el vate, pero -aun así- amorosamente lo guardó "en el oratorio de la hacienda El Paival", hasta que terminó desapareciendo sabe Dios cómo y por qué. Bueno, al respecto yo me pregunto: ¿Un poema de amor para Deidamia -a la que el poeta tenía relativamente cerca- por qué hubo de ser escrito con una interrogante de entrada referida a una mujer ausente ("Qué estará haciendo..."), y que -para remate- hable de un "idilio muerto"? Resulta, por decir lo menos, demasiado caprichoso, ¿verdad? Sea como fuere, lo cierto es que la madeja aún sigue enredada. ¿Podremos algún día, por fin, aclarar el enigma vallejiano llamado Rita? Dificilazo, realmente. ¡Ah, nuestro amado e inmortal cholo Vallejo! Qué ganas de ponernos de vuelta y media, caracho: con sus extraordinarios poemas, con el título de uno de sus más celebrados libros, con su "tahuashando" y, por último, ¡hasta con sus musas! Poeta es poeta, pue. Incorregibles hasta la pared de enfrente, y sin remedio; pero, eso sí, de carne y hueso, pero no con alas, como -según parece- creía Sócrates, el filósofo que jamás olvidó sus deudas (¿conocían sus últimas palabras?: “Acuérdate, Critón, que le debemos un gallo a Asclepio”).                                                                                                                                                              

                                   © Bernardo Rafael Álvarez


                                      ***

El poema: 


                        IDILIO MUERTO  

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban en las tardes blancuras por venir;

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»

y llorará en las tejas un pájaro salvaje.