jueves, 10 de agosto de 2023

VOYAGER 1

(Y yo, ¡dale y dale con mi poesía!)


Acaso este poema sea 

-aunque jamás ha de llegar tan lejos- 

como aquel disco de oro (Sound of Earth

que viaja dentro de una sonda espacial -Voyager 1- lanzada en 1977 

y que lleva saludos grabados en más de cincuenta idiomas, 

incluidos el español y el quechua, 

a ver si alguna vez cae en manos de alguna remota raza

allende el espacio interestelar.

No, mi poema no llegará tan lejos. Pero 

acaso como aquella sonda, 

este poema, disparado al aire, 

se extravíe, ebrio de sentimiento, 

en el universo abismal de la indiferencia

después de estrellarse ante la sonrisa complaciente, pero forzada, 

de alguien que sin duda lo expulsará 

como papel o trapo sucio al tacho de la basura. 

Así ha de ser, estoy convencido.

Pero yo, ¡dale otra vez con mi poesía! 

Terco como una mula. 

Solo porque una mirada bella 

y desconcertante 

me atrapó con su miel de luz y mentira, y me inspiró. 

Sonrisa desconcertante, sí,

pero congelada en una fotografía, y que jamás, lo juro, 

jamás he de ver de cerca, real. 

Sonrisa de mujer, de carne y hueso, y de sentimientos;

pero no aquí, frente a mis ojos, con su respiración y su piel, 

sino al otro lado del mundo, de mi mundo,

más allá de la pantalla incitante del celular. 

Con existencia inexistente. Virtual y borrosa, 

como los sueños de amaneceres imaginados, 

pero que aun así me hace feliz, tan solo por saberla 

y poder dibujarla en mis parpadeos,

en mis latidos

y en mis desvelos.

Y no, no es extravío ni precipicio,

tampoco las radiantes, esperanzadas y vertiginosas palabras 

-Kay pachamanta niytapas maytapas rimapallasta runa simipi

que lleva aquel disco en el Voyager 1;

pero sí es mi camino en laberinto y mi tardía ebriedad.

Y tiene un nombre. Y 

aunque sé que he de resignarme

a tener solo su nombre -bendición entre pesadillas- 

me quedaré estupefacto y extraviado,

con su ausencia que me eriza y cuartea la piel

como orgasmo de ángeles. Oh culto placer,

placer oculto.

 

(Y aquí yo, sin remedio ni brújula,

¡dale y dale con mi poesía, caracho!).

***

© Bernardo Rafael Álvarez

9/6/2021


miércoles, 9 de agosto de 2023

"ARGUEDAS 58": CONFESION O DESVARÍO ONCE AÑOS ANTES DEL DIA FINAL


Un libro (o "plaqueta"; así le llaman, creo, a los volúmenes de poesía de pocas páginas) realmente muy extraño y, tal vez por ello desconcertante. Claro, quizás solo para mí, pues no soy, en realidad, un buen lector. Me refiero a Arguedas 58, de César Avalos (Kovack editores, abril 2023), conformado por tres textos, carentes de título: el primero en prosa, el segundo en verso y el tercero también en prosa. La publicación lleva este epígrafe: "¿Dónde está la patria, amigo? Ni en el corazón ni en la saliva"; extraído de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la medio inconclusa novela póstuma (para mí la más valiosa) de José María Arguedas. Es en torno (bueno, es un decir) a este novelista que ha sido hecho el breve trabajo literario (poético, para ser más preciso) de Ávalos. 

Está compuesto con una voluntad y de una manera que, repito, a mi particularmente me desconcierta. Bueno, en alguna oportunidad lo dije, y hoy lo vuelvo a decir (pues estoy convencido): la literatura es para generar efectos estéticos que pueden ser de distinto tipo, y uno de ellos es, precisamente, el desconcierto: desconcierto por el asunto mismo, o -como en este caso- por la construcción literaria y hasta por el aspecto gramatical. El primer texto (en prosa) de Ávalos, por ejemplo, comienza así: "La noche al día anterior a su viaje José María estuvo inquieto. El mes anterior que recibió la invitación para el viaje este lo tomó de sorpresa. Al entusiasmo inicial, le siguió un declive melancólico de no se sabe qué y de no se sabe cuándo..."; y, un poco más allá, aparece esta frase: "Ese día, José María se durmió contrito y contrante...". En el escrito en verso aparece un nombre misterioso: "Vhadir sobre las aguas que reconozco como puquio..."; y esto: "Ropas aladas por el descuido / Extramadre maldice todo y me golpea...". En el tercer texto, encontramos: "Lima podía traer ventrículos de desazón...". 

Bien. Se trata de textos en los que, aparentemente, es presentado, de un modo digamos surreal y casi onírico el taita Arguedas y -sin que se marquen fronteras o líneas divisorias- también es él mismo novelista el que se expresa. Lo medio incoherente del texto (o de los textos) creo que tiene un porqué: el autor (es lo que yo sospecho, porque -reitero-: no soy un buen lector) busca transmitir, literariamente, la personalidad muy particular de un hombre notoriamente atormentado; aquel que, a pesar de reconocer que caminando podía encontrar algo de paz, tenía, sin embargo, que soportar la angustia que recurrentemente volvía a apoderarse de él a tal punto de hacerle llegar a sentir "toda su ropa como una especie de tela cebolla" y él, también, percibirse como "cebolla roja lagrimeante". Es Arguedas, a los cuarenta y siete años de edad, justamente cuando recién había dado a conocer Los ríos profundos que, a pesar de todo (angustias, depresión) "salió en un buen año" ("Menos mal que los ríos salió en un buen año..."); y cuando aún no aparecieron Todas las sangres, que tanto dolor le causó, ni El zorro de arriba y el zorro de abajo, que trajo el anuncio de su suicidio. 

Este trabajo literario de César Ávalos -tres textos brevísimos- es, me parece, una suerte de "historia clínica" (o acaso la confesión), en tono de desvarío (poético, naturalmente) o divagación, de un hombre sufriente que, tras lidiar en desventaja con la depresión, acaso ya adivinaba que -once años después- sus pasos se detendrían en un baño de universidad, al descerrajarse un tiro de revolver en la sien derecha.

 

© Bernardo Rafael Álvarez

miércoles, 26 de julio de 2023

FUNDACIONAL: LA NARRATIVA DE CRONWELL JARA*

Cuando, en noviembre del 2019 -tres o cuatro días después de que salió de la imprenta-, leí Manifiesto de las jodas, confirmé lo que, un año antes, ya había asumido como una verdad indiscutible al leer Montacerdos, aquel relato, crudo y brutal como la realidad misma, que se expone en un desborde de imaginación aterradora y nos cuenta, entre otras cosas, de un niño que muestra una caja con alacranes y cucarachas muertas y de su bolsillo saca pericotes, “uno muerto y otro medio muriéndose”; y en el que, además, un personaje da testimonio de algo que  sacaría de quicio a más de un noble y refinado lector: “comíamos -dice- ratas, meses atrás, comíamos harto hasta chupar y sorber rico los tuétanos y masticar los huesitos, embriagándonos de dicha…”. La conclusión a la que entonces yo había arribado, y mantengo firme hasta ahora, fue que Cronwell Jara Jiménez es, definitivamente -a partir de los dos libros mencionados-, el fundador de la nueva narrativa peruana.[1] 

 

Manifiesto de las jodas -que es una suerte de lapo desacralizador y expresión desvergonzada de desenfado e irreverencia, apología y celebración de la libertad- me ayudó, pues, a consolidar la idea que tenía respecto de la literatura de Cronwell; y quedé convencido de que es libérrima, que manda al demonio -como debe ser- las normas, todas -incluso las “morales”-, que decapita deidades y acomete, rigurosamente y sin miramientos, el deicidio de que hablaba Vargas Llosa: es decir, un matar a Dios (literariamente, digo) y poner al diablo como gerente. Es, como lo afirmé en un ensayo que di a conocer hace un par de años acerca de su increíble novela PANCHO FIERROpicardías de un lujurioso y festivo acuarelista (febrero del 2021), la literatura del “mundo al revés”, en alusión al título que el acuarelista mulato (protagonista de esta novela), puso al mural que pintó en una pulpería de los Barrios Altos y en otros tres lugares de Lima, también; murales en los que, según refiere el maestro Raúl Porras, se veían hombres que “halaban de los coches dentro de los que viajaban los caballos, los peces arrastraban a los pescadores cogidos del incauto anzuelo, los toros banderilleaban diestramente a los lidiadores”.

 

Prácticamente lo mismo que hace poco encontré en un poema de Cronwell Jara (de su libro Manifiesto del ocio, publicado el 2006), en que -entre otras cosas- dice: “¿Quién al cascabel le pone un gato? // ¿Quién al clavo le puso un Cristo? / ¿Quién al diablo convirtió en dios bueno / y a Dios quién lo hizo microbusero? / ¡Y si al revés está hecho el paradero, / paren el paradero que aquí baja el mundo!”. ¿Se dieron cuenta? ¡Ahí está, efectivamente, el mundo al revés! Lo que yo creí haber descubierto hace poco en su narrativa, resulta que el mismísimo Cronwell ya lo había anunciado -como una suerte de “arte poética”- hace más de veinte años: el mundo patas arriba, que es la marca, única e inalienable, de su literatura; de la nueva estética narrativa que él ha creado, de su arte de expresión verbal (DLE) que se comporta como una intensa y sensual orgía literaria.

 

Estética narrativa en la que, también, hay (¡cómo no!) poesía. Patíbulo para un caballo (cuya primera edición es de 1994) es soberbia muestra de lo que digo: épica urbana aderezada de conmovedor lirismo; novela que, en buena cuenta, es la continuación ascendente de Montacerdos, y en la que más que la anécdota (es decir, lo que cuenta) tiene un valor altamente significativo el cómo lo cuenta: a diferencia de otros narradores (que, en el acto específico de contar, traen más de lo mismo), Jara hace (solo menciono aquí una característica, por si acaso) que cada resquicio de sus narraciones pueda, incluso, ser leído como un texto autónomo, redondo. 

 

Pero hay, también, como en Molotov suite en el patio de letras, novela que salió en abril del 2021, ficción literaria que es testimonio de una época apacible y efervescente, de conflictos, sueños, pasiones y, a veces, extravíos: lo días vividos en los claustros universitarios de San Marcos. Y, bueno, también podemos encontrar a nuestro poeta supremo caminando por las calles de Lima, gracias a Film VallejoMoriré en París con aguacero (2022) (y a su viuda, en el conmovedor monólogo llamado Georgettela golondrina de Vallejo, en que hallamos esta frase que es una inapelable sentencia: “¡La guerra nos convierte en cucarachas!”). Y más, mucho más hay en la literatura de Cronwell Jara; por ejemplo, aquel cuento, de arquitectura medio churrigueresca, escrito hace solamente cuatro meses: Martín Campanas, que habla -imprevisiblemente, como todo lo de Cronwell- de un personaje que “tenía un toro, y ese toro era su casa”.

 

Imprevisible, pues. Eso es Cronwell Jara. Y al leerlo comprobamos que la alta literatura -como la suya- no es, no tiene que ser, y nunca ha sido, solo esa de la solemne seriedad, de las “nobles causas” o cosas por el estilo, ni solo aquella de “las caídas hondas de los Cristos del alma”; también en ella está la alegría, la carcajada. Y, sin embargo -a pesar de no ser, precisamente, lo que se conoce como “literatura de denuncia”-, es, también, el mensaje inesperado, a veces violento, de la miseria y la marginalidad; y la exudación patética y despiadada de una realidad que tiene belleza, pero es, al mismo tiempo, dramática, grotesca y enervante.  

 

El premio que, a manera de homenaje -en reconocimiento a su trayectoria literaria- la Feria Internacional del Libro de Lima otorga en esta oportunidad a Cronwell Jara Jiménez (repito: el fundador de la nueva narrativa peruana) es absolutamente merecidísimo. Y esto, a nosotros sus amigos, nos hace muchísimo bien. ¡Salud, Cronwell, hermano!

                                           ©Bernardo Rafael Álvarez

___________

*Leído durante el homenaje que le ha tributado a Cronwell Jara, hoy 26 de julio del 2023, la Feria Internacional del Libro de Lima.



[1] Una precisión (como anticipo de un ensayo que tengo en preparación): En cuanto a estética narrativa -es decir, en el arte de contar-, tres son -después de Ricardo Palma- los escritores a los que considero fundacionales en el Perú: Juan José Flores, con Huámbar poetastro acacautinaja, en 1933; Mario Vargas Llosa, con La casa Verde, en 1966, y Los cachorros, en 1967; y Cronwell Jara Jiménez, con Montacerdos, en 1981, y Manifiesto de las jodas, en el 2019.

 


miércoles, 19 de julio de 2023

"DAR SAJIRO", EXPRESION COLOQUIAL PERUANA: ¿Cuál es su origen?

«Pucha, qué monse eres, causita: la jerma te da sajiro, y na' que ver».

¿Han escuchado alguna conversación en la que se digan cosas como la que acabo de mostrar? Está dicha, como ustedes lo saben, en castellano coloquial peruano. Allí aparece, entre otros, un vocablo que para muchos jóvenes posiblemente resulte extraño: "sajiro".

¿Qué es "sajiro" y de dónde proviene? El lingüista Luis Andrade Ciudad ha puesto atención en esto y, les cuento, a mí también me han entrado las ganas de indagar acerca del bendito término: a ver si puedo encontrar su origen. ¿Cuál creen ustedes que puede ser su etimología? 

El DiPerú (Diccionario de Peruanismos de la Academia Peruana de la Lengua), dice lo siguiente respecto de su significado: «1. m. "coloq.". Momento oportuno para hacer algo»; «2.  "coloq.". Señal intencionada con que se da entrada a que alguien haga algo». La primera definición también aparece, igual, en el Diccionario de Americanismos.

Las definiciones transcritas se acercan al significado de la expresión, pero creo que les falta claridad o, en todo caso, están incompletas. Si hoy fuera el momento oportuno para visitar a un amigo, no voy a decir, por ejemplo, que hoy tengo el "sajiro" para visitarlo. Si, por ejemplo, el vigilante de un banco me indica (obviamente con una "señal intencionada") que ya puedo acercarme a la ventanilla, ¿me está dando un "sajiro"? No; solo está comunicándome que ya puedo entrar. "Dar sajiro" es, digamos (en relaciones interpersonales), "romper una barrera" para facilitarle al otro el acercamiento que parece difícil.

Otra cosa. "Sajiro", nunca (hasta donde yo recuerdo) se ha usado estrictamente como un vocablo independiente, autónomo; siempre ha ido de la mano (expresa o tácitamente) con el verbo "dar", y ha formado, así, una suerte de locución verbal: "Dar sajiro". Y su significado ha sido y es, en el Perú, darle "entrada" a alguien, no rechazarlo, permitirle que se nos acerque; "darle bola", "empelotarle", hacer caso a sus pretenciones (en México se dice "pelarle"). Tengo entendido que no es usado en otro país.

He leído por alguna parte que quienes usaban -mucho tiempo atrás- esta expresión ("dar sajiro") habrían sido arrieros peruanos refiriéndose a "soltar las riendas" o no tensarlas demasiado; o sea, se disminuía el control sobre la cabalgadura y, así, se le daba la oportunidad de sentirse más o menos libre. ¿Que de ese uso haya derivado el que actualmente se da? Podría ser, pero no me parece muy razonable y, además, no es tan creíble aquello que se cuenta: no hay manera de comprobar su veracidad.

¿Cuál será su origen real? Nuestra querida e inolvidable Marthita Hildebrandt, en su sección El habla culta, que tenía en el diario El Comercio (18/11/2019), decía, respecto de esta expresión, que era incierta su etimología. Pero cita un ejemplo que es muy interesante: «El mar me dio un sajiro y comencé a bracear con los tres [niños]».

Y digo que es muy interesante justamente porque acabo de enterarme -gracias a la información proporcionada gentilmente por el escritor mexicano Juan Carlos Escárrega- de que en la región noroeste de México, especialmente en el norte de Sinaloa, desde muchísimo tiempo atrás, hay una expresión ancestral (usada antiguamente por tribus de la zona costera, dice Juan Carlos) que hoy emplean los pescadores para referirse al hecho de esperar a que, después de la cuarta o quinta ola, bastante elevadas y peligrosas, que revientan en la orilla, llegue una más calmada, para que ellos puedan adentrarse en alta mar con el fin de pescar sin tener que enfrentar riesgo alguno. Esta expresión es "sajío", y su concepto y uso coinciden, en gran medida, con lo citado por nuestra ilustre lingüista: se trata del "sajiro" (o "sajío", como dicen allá) que el mar les da a los pescadores; es decir, una oportunidad propicia para el desarrollo de su trabajo. 

Pensé, en un principio, que como en el caso de los arrieros, haría falta indagar más acerca de este uso y, especialmente, comprobar si aún continúa en México y si ha ido más allá de la región de Sinaloa; y, sobre todo, encontrar alguna prueba que pueda darnos la certeza de que, en verdad, fue esta expresión mexicana la que llegó al Perú y, andando el tiempo, se convirtió en "sajiro", y -de ser así- saber cuándo y cómo se habría producido aquella "importacion" lingüística. Juan Carlos manifiesta que sí se usa aún, pero solo -como ya lo dije- en la región noroeste de Mexico. Ahora, en cuanto a nuestro país, Lucho Andrade señala que ha comprobado que los pescadores del norte peruano, emplean este vocablo (que, en realidad, es el mismo del país azteca): "sajío". Sin duda, estos -los de Escárrega y de Andrade- son datos muy importantes y valiosos y merecen ser tomados en cuenta.

Considerando lo expuesto, creo que me arriesgaría a afirmar que ya no no es tan incierta que digamos la etimología de "sajiro": es muy probable que el origen de este vocablo peruano esté, como el de muchos otros, en México; que provenga, específicamente, de la voz mexicana "sajío", aquella que desde antaño emplean los pescadores del norte de Sinaloa. Entiendo, ello no obstante, que es conveniente seguir indagando al respecto para poder arribar a una conclusión más rotunda y definitiva; es necesario, también, saber -por ejemplo- cómo y cuándo se habría incorporado al castellano peruano. Hasta ahora, lo único indiscutible es que -solo fonéticamente, digo; no semánticamente- podemos asociarlo con el nombre o apellido japonés “Sajiro". Y, otra cosa también vale decir: los jóvenes peruanos de hoy prácticamente (he preguntado a muchos de ellos) no emplean la expresión "dar sajiro". ¿Será usado en algún otro país?


                                                                   © Bernardo Rafael Álvarez

sábado, 10 de junio de 2023

¿AUTOMOTRIZ O AUTOMOTOR?

En la sección "El habla culta" que nuestra ilustre lingüista Martha Hildebrandt tenía en el diario El Comercio (8 de julio, 2019), encontramos lo siguiente: «Es muy frecuente que nuestros diarios y otros medios de comunicación utilicen locuciones nominales erróneas como *seguro automotriz, *crédito automotriz, *repuestos automotrices*». Pero, la verdad, no solo en los diarios, sino también en el habla cotidiana, y esto también lo había reconocido doña Marthita en su valioso libro "El habla culta" (2003): "... muchas personas de habla culta incurren en el error de usar el adjetivo femenino motriz calificando a sustantivos masculinos: impulso motriz, sistema motriz, por ejemplo". Así es. Y se dicen, igualmente, expresiones como estas: "taller automotriz", "parque automotriz". Nuestra inolvidable académica las calificaba -yo lo vimos- como "locuciones nominales erróneas" y, más rudo aún, Fernando Lázaro Carreter (el académico español que -¿recuerdan?- vivía medio atormentado por el verbo "aperturar") consideraba que eran muestras de "un arraigado disparate". 

"Locuciones erróneas", "arraigado disparate". ¿Por qué? Bueno, se asumía y sigue asumiéndose, hasta ahora, que prácticamente todos los sustantivos y adjetivos terminados en "-triz" ("emperatriz", "obstetriz", "actriz", "institutriz", "motriz", "automotriz", "generatriz") son -gramaticalmente- femeninos, solo femeninos. Por ello es que el casi prohibitivo Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) afirma categóricamente lo siguiente: "Es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos: impulso motriz", y agrega: "Debe evitarse el error frecuente de usar los femeninos en -triz referidos a sustantivos masculinos". Repito: hasta ahora. 

Pregunto: ¿De verdad "es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos"? ¿Se trata, realmente, de un "disparate"? ¿Con qué argumento lingüístico sustentaríamos una respuesta afirmativa a estas preguntas?

Básicamente, debemos tener en cuenta que el sufijo "triz" (del lat. -trix, -trīcis) tiene, digamos, la función de formar adjetivos y sustantivos femeninos, como los que hemos visto: actriz, emperatriz (sustantivos); generatriz, directriz (adjetivos). Efectivamente, actriz es, siempre, una mujer, como mujer es siempre, también, una emperatriz (no hay actrices ni emperatrices que sean varones). Género femenino, sin lugar a discusión, en estos sustantivos. ¿Y qué debemos decir respecto de los adjetivos mencionados? Generatriz y directriz están relacionados con sustantivos femeninos y, así, podemos decir, por ejemplo: línea generatriz, idea directriz. ¿Y por qué no podemos, como hacen muchos, decir "impulso directriz"? Obvio, más de uno responderá: "El adjetivo debe coincidir en género con el sustantivo correspondiente, y eso no es lo que ocurre en la secuencia "impulso automotriz", pues "impulso" es sustantivo masculino y "generatriz" es adjetivo femenino; en consecuencia, estamos ante una construcción gramaticalmente irregular y, sobre todo, incorrecta y, por tanto, inválida.

La respuesta está, plenamente, ajustada a la norma: "... los adjetivos concuerdan en género y número con el sustantivo del que se predica o sobre el que inciden" (Nueva Gramática de la Lengua Española, 11.1f). O sea, todo claro, ¿verdad? Sí, todo claro. En consecuencia, diríamos que vale lo dicho por el DPD, que ya he citado: "Es incorrecto el uso de motriz referido a sustantivos masculinos: impulso motriz".

Bien, aquí surge otra pregunta (tal vez a la manera socrática, en busca de la verdad). ¿Qué es lo incorrecto en asuntos lingüísticos o, más específicamente, en cuanto a cuestiones idiomáticas? Probablemente, la respuesta más aceptable sea que se considera incorrecto a todo aquello que no se ajusta a las reglas (gramaticales, ortográficas). Así, por ejemplo, cometo un error si no pongo la tilde respectiva, donde corresponde, en una palabra aguda que termina en "n", "s" o vocal; y, obvio, también si a un sustantivo masculino le asigno un adjetivo femenino. 

Concordancia en género, pues. Y no solo con los adjetivos sino, también, con los artículos: el, la. Ahora, sobre esto, nuevamente pregunto: ¿Qué pasaría si, v.g., en lugar de decir "el calor" digo "la calor", o "la color", en lugar de "el color"? Cierto, podría saltar, otra vez, el DPD ("el casi prohibitivo", dije antes), para advertirnos -como, en efecto, lo hace- que allí no debemos emplear el artículo "la", ya que ambos sustantivos son voces masculinas "en la lengua general culta" y que "su uso en femenino, normal en el español medieval y clásico, se considera hoy vulgar y debe evitarse". Como vemos, ya son tres los calificativos implacables: "locuciones erróneas", "arraigado disparate" y, ahora, "uso vulgar". ¿Estaríamos ante un atentado contra una regla o norma de cumplimiento obligado, que deba acatarse a pie juntillas? Mi respuesta enfática: No.

"Color" y "calor" son, efectivamente, sustantivos masculinos, pero también son usados como femeninos, y no solo en textos literarios ("con finalidad arcaizante", dice el DPD -¡qué ocurrencia, caracho!-), sino también, con frecuencia, en el habla común de muchas gentes y en diversos espacios. Ocurre lo mismo con "mar", cuyo empleo en femenino no se da únicamente "entre la gente de mar (marineros, pescadores, etc.)". Ah, y es conveniente recordar que estos usos no son recientes. El Diccionario de Autoridades (Tomo II, 1729) ya hacía referencia al uso en femenino de estos sustantivos. Respecto de "mar", indica que es sustantivo ambiguo ("s. amb"); y, sobre "calor" y "color", afirma lo que enseguida transcribo textualmente. Calor: "Es voz puramente latina, y algunos la hacen femenina, diciendo la calor"; Color: "Aunque lo más proprio y conforme a su origen es usar este nombre como masculino, algunos le usan como femenino". (Por cierto, hay que entender que cuando habla de "algunos" no se refiere a cuatro o cinco personas). 

Ahora, ¿resulta razonable la recomendación o consejo ("debe evitarse") que nos hace, respecto de los sustantivos "calor" y "color", el Diccionario Panhispánico de Dudas? ¿Por qué no se muestra, igualmente, escrupuloso frente al uso femenino del sustantivo "mar"? ¿Y por qué no hace lo mismo, también, con "puente" o "tilde" que, aunque no mayoritariamente, también admiten el femenino y el masculino, respectivamente? ¿Reglas selectivas? Lo que pasa es que en estas cosas -ya es tiempo de decirlo- no hay nada inamovible. Por eso (aunque no viene, precisamente, al caso), según la norma, para los sustantivos femeninos que empiezan con "a" tónica se emplea únicamente el artículo masculino, por aquello de la cacofonía: el agua, el águila, el alma, el hacha, etc.; sin embargo, no decimos "el árbitra" o "el hache", y cuando nos referimos al femenino del sustantivo "ácrata" (partidaria de la acracia) no usamos el artículo masculino. Es que, repito, la rigidez, definitivamente, no es cualidad ni menos principio en el uso de las lenguas. La lingüística no es un asunto matemático.

Bueno, a estas alturas creo que ya es tiempo de volver a lo de "automotor' y "automotriz', ¿verdad? Y es cuando surge una nueva pregunta: ¿Qué resultaría afectado si, en lugar o además de "taller automotor" o "parque automotor", decimos "taller automotriz" o "parque automotriz"? No se dañará el sistema de protección frente a accidentes de tránsito, y el número de vehículos que hay en la ciudad no será alterado. Tampoco será lastimado el idioma castellano. Todo seguirá igual. Cosa distinta pasaría si, por ejemplo, a un actor le decimos "actriz" y nombramos como "emperatriz' a un emperador. Se entendió, ¿no es cierto? Claro.

Dije que la rigidez no es cualidad ni menos principio en el uso de las lenguas, que no hay nada inamovible en esto; por ello es que hice referencia al femenino del sustantivo "ácrata", ya que, a pesar de que comienza con "a" tónica, en su caso debe emplearse el artículo en femenino. Esto, debido a que, cuando los sustantivos que comienzan por "a" tónica designan seres sexuados y su forma es única para cualquiera de los dos géneros, el artículo empleado siempre será "la" si el referente es femenino, pues -como bien dice el DPD- "este es el único modo de señalar su sexo". 

Como vemos, apareció aquí un término no mencionado antes: "sexo". Y es cuando debo aludir a las eventuales implicancias que tendría el hecho de llamar "actriz" a un actor y "emperatriz" a un emperador. Si eso ocurriera estaríamos ante un verdadero disparate, y no precisamente de carácter gramatical sino, digamos, relacionado con un asunto sensible, el de la propia identidad de cada uno de los aludidos; quiero decir que -por razones obvias- no nombraríamos como hombre a una mujer, ni como mujer a un hombre.

¿Y podríamos, en cambio, decir -por ejemplo- "taller automotriz" o "parque automotriz", sabiendo que los sustantivos mencionados son masculinos y los adjetivos son femeninos? No sé cuál podría ser la respuesta de los académicos, pero la mía es clara, directa y rotunda: sí. Estoy convencido de que no habría (no hay, realmente) ningún problema si hiciéramos tal cosa, como en verdad hacen muchos.

Efectivamente, "taller" y "parque" son sustantivos a los que les corresponde el género masculino; pero esto es así porque les hemos asignado ese género, arbitrariamente y no porque pudiéramos haber encontrado correspondencia entre dicho género y alguna característica "natural" de los objetos nombrados ("taller", "parque"), pues no lo hay debido a que los seres inanimados no tienen sexo. Sin embargo, hemos asumido convencionalmente (y es lo que recoge la norma) que no es correcto que a un determinado sustantivo le asignemos un adjetivo de género opuesto al suyo y, en tal sentido, todos reprobamos (y no solo académicos) que se diga, por ejemplo, "sombrero blanca" o "mesa redondo" por ser "escandalosamente" notoria la discordancia que allí se presenta, pues sabemos que en nuestra lengua los adjetivos y sustantivos masculinos y femeninos se distinguen, sobre todo (no únicamente),  por estas desinencias: "-o" en el masculino y "-a" en el femenino.

Sin embargo, tal reprobación (mayoritaria, quiero decir) no se daría (y de hecho, no se da) respecto de expresiones como "taller automotriz" o "parque automotriz", ya que en estos casos la falta de concordancia gramatical solo es advertida por las personas de "elevada cultura", que saben -porque lo han leído en el Diccionario- que con el sufijo "-triz", proveniente del latín, se "forma adjetivos o sustantivos, unos y otros, femeninos, que significan agente". Por eso es que, como dije al principio -citando a la doctora Hildebrandt- mucha gente, incluidos periodistas de "diarios y otros medios de comunicación" (es decir -aunque parezca increíble- también personas cultas), suelen usar expresiones como "seguro automotriz", "crédito automotriz", etc.; porque es evidente que les interesa poco o nada parar mientes en el género y significado etimológico del referido sufijo y lo prefieren por la indiscutible eufonía que le da a los adjetivos que, en el uso, han terminado convirtiéndose en ambiguos en cuanto al género (con uso en masculino o femenino): "parque automotor", "parque automotriz"; "seguro automotor", "seguro automotriz", "crédito automotor", "crédito automotriz". ¿Es, gramaticalmente, "monstruoso"? No. Como no lo es, tampoco, con los siguientes adjetivos que, como ocurre con todos los adjetivos ambiguos, no terminan en vocal "o" ni "a": independiente, tolerante, alegre, servicial, valiente, inteligente, leal, cruel, genial, amable, feliz, etc. 

Como repetidamente lo he dicho en otras oportunidades: el uso manda y hace que aquello que en un momento fue "incorrecto" deje de serlo y adquiera validez y legitimidad. Y algo más debemos tener en cuenta: El hecho de que los sufijos en latín "-trix", "-trīcis" sean femeninos, no es condición que obligue a que el sufijo español derivado de ellos también tenga que ser únicamente femenino. La etimología explica el origen de las palabras, pero no impone normas de uso ni significados; eso corresponde a la potestad, el arbitrio, de los propios hablantes. 

Nada hay, pues, que -razonablemente hablando- impida que el adjetivo "automotriz" y, por cierto, también "motriz", puedan ser empleados con sustantivos masculinos como taller, parque, repuesto, seguro, crédito, impulso, etc. Conclusión: ¿Automotriz o automotor? Con sustantivos femeninos, solo "automotriz" ("industria automotriz", "ingeniería automotriz"). Y para referirse a sustantivos masculinos, ambos ("parque automotor", "parque automotriz"; seguro automotriz", "seguro automotor"; "crédito automotor", "crédito automotriz"). Esto, aunque no guste a algunos, lo está imponiendo -porque así lo quiere- "el uso, árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua" (Quinto Horacio Flaco dixit).

© Bernardo Rafael Álvarez


lunes, 8 de mayo de 2023

MOROCHO: PERSONA DE PIEL MORENA (¿ORIGEN QUECHUA?)

 

Lo dice el Diccionario de la Lengua Española (DLE). Pero, ¿del quechua "muruch'u", que es una variedad de maíz "muy duro"? No. Definitivamente, no. ¡Qué absurdo! En ese vocablo quechua no está el origen del adjetivo referido a una persona que tiene la piel morena o el pelo negro y, evidentemente, tampoco tiene que ver con "falto de algunos dientes", ni con "mellizo". 

Pero, sí es válido asociarlo con persona "robusta y bien conservada", ya que, como encontramos en el Vocabulario de la lengua General de todo el Perú llamada lengua Qquichua o del Inca (1608), elaborado por Diego González Holguín, al "hombre fuerte, de complexión sano" (así aparece, textualmente) se le conocía como "muruchhu runa"; en el Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú (1560), de Fray Domingo de Santo Tomás, se dice, también textualmente, "cosa dura, o rezia". Y, bueno, lógicamente también tiene que ver con la mencionada variedad de maíz, que es de color amarillo, casi anaranjado (González Holguín: "Muruchu çara: Mayz de los llanos muy duro").

Pido disculpas por lo que, sin duda, puede ser visto como un insolente atrevimiento; sin embargo, tengo que decirlo: El Diccionario de la Lengua Española (DLE) se equivoca respecto del tema aquí tratado.

Repito: el nombre coloquial que, especialmente en el Perú, se le da a la persona morena, nada tiene que ver con el vocablo quechua con que se nombra a un tipo de maíz. Se trata, más bien, de un adjetivo formado, traviesamente (como suele ocurrir con las expresiones replanescas o de la jerga popular), a partir de "moro" (origen de "moreno": de "moro" y "-eno") al que se le ha unido, de modo arbitrario, un componente final, en este caso "-cho", como se hizo también, por ejemplo, con "perucho" (peruano), "colocho" (colombiano"), "boliche" (boliviano"), palabras con las que se reemplaza, familiarmente, a los gentilicios que he puesto entre paréntesis. 

Según sugiere la doctora Martha Hildebrandt -en su valioso libro Peruanismos-, el uso de "morocho", como equivalente de moreno, se habría dado inicialmente en Argentina (es argentinismo, dice). Sí, eso es cierto. Sin embargo, nuestra inolvidable lingüista expone una hipótesis -no rotunda, felizmente- respecto de la relación de "morocho" con "moreno": afirma que tal cosa "se explica porque el maíz morocho parece haber sido, además de duro, oscuro". No. En todo caso, oscuro es el que todos conocemos: el maíz morado (que se usa para preparar una mazamorra bien peruana), y también el de color rojo; pero, ninguno de ellos es el morocho. Bueno, la doctora Hildebrandt se muestra cautelosa en cuanto a la relación con el presunto color del maíz (dice "parece haber sido oscuro"); sin embargo, también plantea la posibilidad (en esto, sí, con acierto) de que el vocablo en cuestión se deba a la "influencia de moreno, por coincidir los tres fonemas iniciales. El Diccionario de Peruanismos publicado por la Academia Peruana de la Lengua, en cambio, sí incurre en error al afirmar, textualmente, lo siguiente: "<Referido al maíz> Que tiene color morado o amarillo anaranjado". El maíz morocho no es de color morado.

Bien. La relación que existe entre el adjetivo coloquial equivalente a "moreno" y el nombre del maíz "morocho" solo es de carácter homonímico (es decir, son iguales, pero con significados diferentes) y no etimológico, como equivocadamente aparece en el DLE. 

El maíz morocho, les cuento, en Pallasca es usado, principalmente, de dos maneras: partido, sirve como alimento para las aves de corral; y molido, después de haber sido medio sancochado y luego secado al sol, en mantas extendidas en el suelo, se convierte en la chochoca, que es el ingrediente principal de una de nuestras más deliciosas sopas andinas, cuyo nombre es, precisamente, ese: chochoca (¡añañau!). Efectivamente, el morocho es un maíz duro y, repito, de color amarillo; el otro ("tierno y de mucho regalo", dice Garcilaso, en Los Comentarios Reales) es conocido como "capia" y es el que, al ser tostado, se convierte en la deliciosa cancha.

Me pregunto, finalmente: ¿Cuándo habría comenzado a ser empleado, en nuestro medio, el adjetivo "morocho" como sinónimo coloquial de "moreno"? Es, creo, imposible señalar alguna fecha o época precisa; pero, intuyo que se dio recién durante las últimas décadas (después de los sesentas). En un diccionario, de 1913, que conservo en mi biblioteca, no aparece con el significado en cuestión; en el Glosario de peruanismos del padre Rubén Vargas Ugarte (que es de 1946) ni siquiera es mencionado el término, y tampoco en el librito Jerga criolla y peruanismos (1968) de Lauro Pino. Empero, en Argentina, su uso viene de muchísimo tiempo atrás: en el Vocabulario Criollo Español Sud-Americano del madrileño Ciro Bayo (1859-1939) ya se encuentra registrado el vocablo, y -como era, creo, presumible- allí no se hace referencia (como sí, respecto de otras voces) a un presunto origen quechua; esta publicación, hecha en Madrid, ¡es de 1910!

© Bernardo Rafael Álvarez

 




 

                  

lunes, 10 de abril de 2023

YA VOY YENDO

Espérame, que ya voy yendo". ¿Han escuchado o, mejor dicho, han leído, expresiones como esta? ¿Creen que es correcta? Para muchos, por cierto, se trata de una suerte de redundancia: "ir" y, al mismo tiempo, "estar yendo". Claro, podríamos considerar que, efectivamente, allí hay una evidente y hasta tal vez escandalosa redundancia. (¿Si "ya voy", para qué tengo que decir "voy yendo"?). Sin embargo, son muchos los que la escriben, creo que, sobre todo, jóvenes universitarios, cuando quieren evitar la desesperación de quien los está esperando ya con algo de impaciencia: una enamorada, por ejemplo. Y no es para menos, con lo demorones que solemos ser. 


Ah, pero no es todo: muchos ponen, sueltos de huesos, esto que haría santiguar atropelladamente a una monjita "bien hablada: "Ya estoy llendo", escriben. Usan la "elle", en lugar de la "ye". Repito la pregunta: ¿es correcto lo que hacen? Obvio: la respuesta que recibiré es esta: “Es una incorrección, señor”; y, claro, como diría la buena gente del Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD), agregaría que eso "es desaconsejable". 


Pero, aconsejable o desaconsejable, lo cierto es que (aunque no me crean) actualmente ya no estamos ante un error propiamente dicho. Hace mucho tiempo lo dije y hoy tengo la "desvergüenza" de volver a decirlo: los usos ya extendidos, asentados, dejan de ser -si alguna voz lo fueron- errores. En algún momento pudieron, incluso, ser considerados "vicios" de dicción o de escritura, pero hoy lo “incorrecto” es, casi siempre, considerado como una particularidad expresiva del idioma, y el idioma hace mucho tiempo dejó de ser uniforme. Por ejemplo, ¿recuerdan aquel "ya fuistes" o "ya llegastes"? Y vayamos un poquito más allá: en diversos pueblos de nuestra región amazónica -si no en todos- no se dice, por ejemplo, "¡Llámame!", sino algo así como "¡shámame!" (casi como la pronunciación de los argentinos). ¿Qué ocurre con estas y otras formas expresivas? Son, simplemente, características del español o castellano de cada región. Y ahora vayamos un poquito más allá, precisamente hacia la Argentina. En el imperativo del verbo "venir" lo correcto y usual -en el Perú y en la mayoría de los lugares del mundo hispanoparlante-, dirigido a una segunda persona, es así: "Ven pronto". ¿Cómo lo dicen los amigos en el país gaucho? Así: "Vení pronto, che". 


¿Cuál es la explicación a esta y otras particulares que se dan en diferentes países y regiones? Se debe a que, en buena cuenta, no hablamos un solo castellano (o español) o, digamos mejor, el idioma es el mismo pero nos comunicamos con lo que, en rigor, corresponde a la variedad de nuestro idioma que se da en cada lugar: en buena cuenta, nuestros propios dialectos. Ojo: Dialecto no es, como algunos equivocadamente, piensan, un "idioma inferior, propio de algunas comunidades o etnias aborígenes", sino la manera propia, con sus propias características, cómo manejamos un idioma en determinadas regiones: con vocablos, giros e incluso tonos especiales; no es nada despectivo. Y esto es válido, legítimo y... correcto. 


Es probable que haya quienes quisieran que el idioma nuestro se uniformizara, que fuera "uno" y sin "contaminaciones", como lo quisieron los primeros académicos, los fundadores de la Real Academia Española, allá por el año de 1713, y lo dijeron de manera puntual y ruda en el primer estatuto institucional (1715): "Siendo el fin principal de la fundación de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores que (...) ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar...". A ello, naturalmente, se debe el emblema de la RAE acuñado aquel entonces: "Limpia, fija y da esplendor". 


Bueno, las cosas, como correspondía (porque el idioma es como un ser vivo), han cambiado. La unidad y la "pureza" en un idioma son, sin duda, aspiraciones nobles y exultantes; no significa, sin embargo, que lo contrario sea precisamente algo negativo. En estas cosas, la libertad es lo que se impone, sobre todo para innovar; y -¡al grano!- con aquello de “Ya voy yendo” lo que se busca es, simple y llanamente, mayor expresividad en el mensaje, mayor énfasis, y el verbo "ir" en indicativo de la primera persona, en este caso, equivale a la misma forma del verbo "estar" ("Ya estoy yendo"); y, bueno, lo de "llendo", solo se debe a una involuntaria confusión fonética entre muchos hablantes. (Pero, claro, si usted está en desacuerdo con lo que aquí he dicho, dígamelo, por favor. Y le aseguro que pronto estaremos juntos para charlar; así que espéreme, que ya voy yendo).

 

© Bernardo Rafael Álvarez