domingo, 16 de agosto de 2015

EN DEMBLIDONGO (Crónica de un bello sueño)

Hace un par de noches tuve un sueño. No lo recuerdo con absoluta precisión, pero puedo asegurar que fue alucinante y conmovedor. En él aparecíamos Igor y yo con mi padre, en un viaje por lugares desconocidos, no sé hacia qué destino. De pronto nos sorprendió una tormenta y un río de aguas claras que aumentó excesivamente su caudal y se puso furioso y terminó desbordándose, dañando la vía carrozable. En tales circunstancias, ya era imposible continuar en el vehículo que nos llevaba. No sé o, mejor dicho, no recuerdo qué pasó, en el sueño, con las demás personas que iban, pero nosotros, desesperados, tuvimos que emprender, a pie, un largo recorrido por lugares escarpados, sumamente difíciles. 

(A estas alturas de los sucesos oníricos las imágenes se borran, dejando un breve paréntesis en mi memoria). 

Al final de la caminata aparecimos en un pueblo de gente apurada y medio indiferente cuyo dejo se confundía con el cantito piurano, la musiquita "charapa" y con algo del medio sollozante acento colombiano; la vestimenta de las mujeres, floreada, era como las polleras panameñas, y casi todos los varones usaban sombrero. ¿Dónde estaremos?, nos preguntábamos al unísono los tres –mi padre, Igor y yo–. Alguien, una vendedora de frutas que nos miraba como a bichos raros, se atrevió a acercarse y nos dio el nombre del lugar: "Demblidongo", dijo. Demblidongo. Al escuchar tal cosa quedamos mucho más desconcertados aún, sin que el extravío nuestro pudiera llegar a desleírse; nunca antes habíamos escuchado tal palabra. 

Curiosos y con algo de temor, continuamos caminando por algunas calles pobladas de personas con mirada sombría. Cuando el desfallecimiento parecía estar a punto de dar cuenta de nosotros, sobre el dintel de la puerta de una de las edificaciones del pueblo, como el resplandor de una brújula en el desierto, alcanzamos a ver un escudo, parecido a aquellos de las gobernaciones en nuestro país, en el que pudimos leer, aún más extrañados que al principio, esta inscripción: "Embajada del Perú en Guatemala". Claro, obtuvimos la respuesta que buscábamos (para, al menos, ubicarnos en el mapa); sin embargo, no logramos que el desconcierto terminara. 

Ahí acabó toda la historia. 

La corneta del panadero hizo que me despertara abruptamente, haciendo que, prácticamente, saltara de la cama como en una violenta levitación, como si el bizcochero aquel del cuento de Beingolea hubiera disparado a mansalva y sin piedad su estentóreo anuncio: "¡Pan de Guatemala!". De inmediato cogí mi inseparable libretita de apuntes y –por si fuera a olvidarme, como casi siempre ocurre en estas cosas– apunté el extraño nombre del lugar aquel del sueño y, un rato después, encendí la computadora para buscarlo en Google. La búsqueda resultó infructuosa. 

Extremadamente emocionado y feliz, comprendí, entonces –y así se lo dije a Igor–, que se trataba, sin más ni más, de un nuevo vocablo del Idioma Moñongo que, entre juego y juego, los dos hemos venido construyendo desde los tempranos días de su primera infancia: algo así como un código de amor y de vida, inalienable, intransferible y no negociable, de padre e hijo. Dentro de tres días será su cumpleaños y, al menos en este sueño, como un abrazo de regalo, pudo encontrarse con mi neguito lindo, el maestro Rafa, su abuelo, a quien, lamentablemente, no llegó a conocer. 

(Dicen que los sueños sueños son, y creo que no hay razón para oponerse a tal aserto, pero, a pesar de lo dicho por Calderón de la Barca en su célebre monólogo, una verdad también irrefutable es que los hijos son y serán, no en sueño sino en existencia palpitante, la encarnación vívida y fecunda de nuestros más bellos anhelos. Lo son para mí, Igor, Helder y Omar, mis hijos por siempre amados).

 (16 de agosto, 2015)

sábado, 15 de agosto de 2015

EN EL PUNTO MEDIO

A la par.

En esta orilla el alma sin piel
Libre de manchas
Al otro lado del cauce el poema nonato
Sin carne
Con aroma de albahaca
Y tierra mojada

Y aquí
Más cerca del infierno
Solo preguntas sin respuesta
Aguas intranquilas
Olas encrespadas
Sal 
Arena

En el punto medio
Donde nace o muere el infinito
Donde nada es bueno ni malo
Donde lo que es solo es
Y sigue siendo
Sin las piedras que llevan al fuego del precipicio
(Infierno de la buena fe y la ceguera)
Donde no hay embuste
Solo mediodía
Solar y genital

Pero en ese punto no estamos nosotros
Ni nuestras fronteras
Solo los sueños
Desollados
Nada más

(Y yo
En el invierno
Como una sombra que deambula
Entre cadáveres
Que sonríen 
Y se niegan a despertar

Solo.)


(16 de agosto del 2015, 03:43 PM)

viernes, 14 de agosto de 2015

"¡OIGA, USTED, BENEMÉRITO!"

La ENATRU comenzó a operar en Lima en 1976 con unos carros amarillos a los que llamábamos "büssing", palabrita esta que yo me esforzaba, con propósito ridículamente “snob” y equivocado, en pronunciar así: "biusing". Fue, si no me equivoco, la primera experiencia con la que ya, más o menos, comenzaba a adecentarse el transporte urbano en Lima (decencia que, hay que decirlo, años después se fue al diablo). Al menos, en comparación con los entonces en boga “microbuses”, algo rescatable podía notarse en los vehículos de esta nueva empresa que antes creo correspondía a la llamada "Paramunicipal de Transportes": menos "apretadera" de pasajeros y, gracias a ello, ausencia de esos actos que en los ·micros" de "Covida" y otros comités eran el pan indeseable de cada día: me refiero a los frotamientos o aproximaciones desvergonzadamente aberrantes de algunos varones hacia las escolares con uniforme único que –evidentemente, por tímidas y asustadas– no se atrevían a rechazar. Y, claro, ya sabemos que no todo es colchón de rosas y que la paz monástica no habita en todos los rincones ni en todos los vehículos de transporte colectivo, pues también en ellos podemos ser testigos, si no protagonistas, de otro tipo de desazones que –tomándolas por el “lado amable”– quedan en la memoria como pintorescas anécdotas. 

Les cuento, pues. Un día, a eso de las once de la mañana, tomé uno de aquellos vehículos de servicio público -de la ruta "Tacna-Trípoli"- y me dirigí, si mal no recuerdo, a San Isidro, por la avenida Garcilaso de la Vega -nunca dejada de ser nombrada como "Wilson"-, para luego "empalmar" por Arequipa. De pronto subió un señor muy elegante, con terno oscuro, supongo que de casimir "Barrington" –marca entonces de cierto prestigio-. Todos los asientos estaban ocupados, así que él -como yo y otros pocos pasajeros- tuvo que ir de pie, cogido, naturalmente, de la barra pasamanos. Pude percatarme que, además de la incomodidad y de algunos sacudones del vehículo, algo comenzaba a fastidiarle y que, debido a ello, su mirada se dirigía, intranquila, hacia ambos lados como buscando algo o a alguien. Efectivamente, eso es lo que estaba haciendo, y lo comprobé en menos de un par de minutos. Todos los que íbamos de pie éramos varones, pero casi al llegar a la avenida 28 de Julio subió una dama, aparentemente universitaria (lo digo por lo cuadernos y algún libro que llevaba) y, tras ello, el hombre calmó su inquietud: por fin encontró lo que había buscado. "Señorita –llamó el señor con voz elevada a la chica–, acérquese y tome asiento; y usted –continuó, ahora con voz más elevada aún– ¡póngase de pie!". La inesperada orden estaba dirigida a un joven policía, de aparentemente unos veinticinco años de edad, que –distraído– iba sentado sin haberse dado cuenta de que una dama, la dama invitada a sentarse, había subido al bus. Al escuchar la autoritaria exigencia del señor elegante, se paró inmediatamente, cediéndole el lugar a la mujer.  

Sin embargo, ahí no acabó todo. El hombre siguió hablando sin freno y, según se notaba, con odio o resentimiento; y, por lo menos cuatro veces, repitió esto: "Ustedes los gloriosos y beneméritos deben ir siempre de pie”, y remató con esta ruda calificación: “¡casta privilegiada!". Supuse al principio que el malestar suyo se debió a que esperaba que el policía le diese a él el asiento, pero enseguida caí en la cuenta de que en realidad otra era la razón, una de carácter político. Explico. 

Lo que estoy relatando ocurrió a principios del año 1980, cuando estaba cerca el fin de la dictadura militar que comenzó el 3 de octubre de 1968, y ella –la dictadura, que trajo consigo la abrupta y prolongada interrupción del “orden democrático”– creo que fue lo que hizo que a nuestro personaje le resultaran antipáticos los “uniformados” y, sin duda, es lo que puso en evidencia en el "büssing" aquel en el que, por pura coincidencia, también viajaba yo como un sorprendido y desconcertado testigo. Es innegable, naturalmente, que la ocasional víctima, que este señor encontró para dar rienda suelta a su cólera, nada tenía que ver con sus "paltas" y rencores; no era culpable de sus resentimientos. Pero, como decían antaño, "la sangre llama a la sangre" y "por mi hermano, todo". 

Efectivamente, fue por su hermano, que ya no está entre nosotros, pues dejó este mundo hace ya varios años, y el que lo sobrevive (el personaje de esta historia), a estas alturas de los tiempos, debe estar, supongo, tal vez medio achacoso en sus cuarteles de invierno, o quizás no (es difícil saberlo). Si es que aún conserva la lucidez, a pesar de los años presuntamente ya seniles, seguramente debe estar experimentando la nostalgia por los días de gloria ("gloriosos", claro, pero tal vez no "beneméritos") de aquellos períodos democráticos que, casi como algo normal, cada cierto tiempo eran interrumpidos por algunos militares de siete suelas, muchos de ellos inspirados, estimulados y apoyados por los gringos paisanos de Walt Whitman. Aunque, sin embargo, no creo que, ahora, quiera echarles la culpa a los yanquis por lo que le pasó a su hermano. 

Durante la madrugada del 3 de octubre de 1968 –lo recordamos todos- se produjo un Golpe de Estado cuyos protagonistas, Juan Velasco y compañía, calificaron como “revolución”; y a partir de ese hecho se llevó a cabo una serie de reformas estructurales que afectaron, unas positivamente y otras con efectos nocivos, a la realidad nacional. El primer acto importante, después de entronizarse, abruptamente, en el poder, fue el asalto, el día 9 de ese mes, a la refinería de Talara entonces en manos de la “International Petroleun Company” ("IPC"); lo cual hizo entender (era evidente) que uno de los propósitos de los golpistas era afectar, de entrada y contundentemente, los intereses norteamericanos (o, en todo caso, eso fue lo que parecía). Sin embargo, el primer afectado, en forma personal y directamente, fue, lógicamente, el hermano del exaltado pasajero citadino con el que coincidí durante esa mañana veraniega en el bus de la desaparecida ENATRU. Mientras dormía en su privilegiado aposento, frente a la Plaza Mayor (en una residencia enrejada con mirada al río Rímac), en horas de la madrugada, como ya lo dije, un grupo de soldados lo sacó violentamente y, casi en paños menores, lo trasladaron a un cuartel militar ubicado en El Rímac y luego lo condujeron al aeropuerto desde donde un avión lo llevó al exilio. 

Pero, si tras aquellos malhadados acontecimientos nuestro personaje no encontró ocasión para darle “su merecido" a los generales que perpetraron semejante afrenta, en esta oportunidad –después de once años, en el bus de la ruta “Tacna-Trípoli”– algo llegó a hacer, por fin, para paladear el gusto de la tardía revancha: ocasionarle un innecesario mal rato a un humilde efectivo de la entonces Guardia Civil que, acobardado por lo imponente de la voz y la apariencia obviamente aristocrática del apabullante “indignado”, solo atinó a decir, ruborizado, después de levantarse del asiento: "Ya, ya, señor, disculpe, disculpe, disculpe, por favor".  

El hombre con el verbo violento de que hablo era –ya lo adivinaron, ¿verdad?– aquel de pronunciados arcos superciliares, poblados de abundantes cejas y, en fin, con facciones apropiadas para la caricatura, al que –precisamente por ello–, en algunos periódicos de la época, lo dibujaban como a ese personaje medio torpe que todos recordamos, Herman, el de la “Familia Monster”. Y justamente en un periódico –intuyo que como una suerte de “terapia hepática” y seguramente porque recibir unos soles no tenía por qué caerle mal–publicaba unos artículos sobre temas políticos, siempre –creo que por razones obvias– notoriamente adversos a los gobiernos militares, y que eran redactados en estilo epistolar y, por ello, comenzaban siempre así: "Señor Director:". Acabada la dictadura, se convirtió en un diputado, por Acción Popular, no tan notable que digamos. Y, bueno, tal vez no sean muchas las cualidades significativas en él, pero pienso que, si hay alguna calificable como meritoria y digna de reconocimiento, es la fidelidad y lealtad que siempre demostró frente a su ilustre hermano mayor; aunque, claro, seguramente –"sin querer queriendo", como diría el "Chavo del Ocho"– a veces lo hacía sentir mal, porque casi nunca fue tan prudente y caballeroso como aquel. 

Bien, creo que no hace falta decirlo porque me parece que ya todo está claro; sin embargo lo voy a decir: el hermano mayor de nuestro personaje se llamaba Fernando (arquitecto de profesión y dos veces Presidente de la República, por elección democrática), y el cejudo más o menos bonachón y a veces pintoresco y creo que casi siempre "fosforito", como lo demostró ante el ruborizado policía de esta historia, no es otro que don Francisco; es decir, "Paco" Belaúnde Terry, que –como ya vieron– también, como cualquier parroquiano, acostumbraba viajar en bus.  

(14 de agosto, 2015)



miércoles, 12 de agosto de 2015

UNAS PALABRAS SOBRE EL TEMA DE LA "BIPOLARIDAD"


"Bipolaridad es una expresión que se usa para referirse a las personas que sufren una suerte de desorden emocional manifestado por cambios enfermizos, o manifestaciones extremas, de sus estados de ánimo; de la depresión a la euforia (polo depresivo y polo maníaco, le dicen). Pero, claro, por extensión es válido también aplicarla a lo que comúnmente llamamos "doble personalidad". 

En la nota de Juan Víctor Alfaro se dice que en el artículo "Israel: una amistad difícil", el autor de La fiesta del chivo afirma que "la sionista 'es sólo una de las caras de Israel. Hay otra, admirable y ejemplar, desdibujada por la primera, pero más permanente y representativa, la de un país democrático'". 

Y, efectivamente, aquí Vargas Llosa busca poner en evidencia eso de que estoy hablando: una suerte de "bipolaridad" en Israel o, dicho de otra forma, la “doble cara” política de este pueblo del Medio Oriente. Puede equivocarse o no en la caracterización que hace (no es, por ahora, el caso analizarla), pero lo cierto es que el término "bipolaridad" calza muy bien en esta afirmación de Vargas Llosa, porque está, simbólicamente, hablando de dos personalidades en un individuo (Israel). 

Aplicar el término al tema que en los últimos días ha sido motivo de los más disímiles (cerebrales unos y hepáticos otros) comentarios, especialmente en el Facebook -el referido a Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura- es otra cosa. Bien. No tengo idea (aparte de lo que se conoce por todo lo que se ha escrito acerca de él) respecto de la personalidad de nuestro escritor. Supe que cuando perdió las elecciones presidenciales se afectó sobremanera, prácticamente se deprimió (cosa que podría ocurrir con cualquiera); se fue a una playa a reponerse emocionalmente, luego viajó a España y un tiempo después se nacionalizó español. Se deprimió o como dirían los jóvenes, “le entró la depre”, pero fue un hecho finalmente superado, ¿verdad? Entonces, por el lado emocional no hubo (y no la hay hasta ahora), ninguna manifestación de bipolaridad. ¿El haber asumido la nacionalidad española, conservando (porque es legítimo) la peruana, es bipolaridad? Creo o, mejor dicho, estoy seguro, que no. Tener dos nacionalidades no es ser bipolar, salvo, quizás (supongo), si ambas nacionalidades correspondieran a países enemigos (polos opuestos, pues). 

Ahora pasemos al punto del trabajo intelectual o creativo. ¿Se acuerdan de Ezra Pound? Admirador y propagandista del fascismo, escribió una extraordinaria y magistral poesía, valiosa sin discusión (lean "Los cantares": "With usura no man hath a house of good stone..."). ¿Qué se les viene a la mente? ¿Bipolaridad en el poeta al que Luis Hernández llamó "Viejo fioca, / Mi amigo inconfesable"? No, definitivamente, eso no es bipolaridad. Como tampoco la encontramos -otro ejemplo- en Francois Villon, poeta, asaltante y asesino que estuvo a punto de morir en la horca. William Burroughs, fue un escritor extremadamente drogadicto que mató a su mujer dizque accidentalmente (¿se acuerdan?), pero ¿quién va a negar las altísimas virtudes de Nova express Nova o de Nacked Lunch, obras cumbres de este escritor emblemático de la generación “Beat”? Nuestro Martín Adán, “reaccionario, clerical y civilista”, habría tenido que ser denostado sin misericordia por José Carlos Mariátegui y, sin embargo, fue el Amauta quien lo ensalzó. ¿Saben por qué no hay en estos casos bipolaridad? Porque no hay conflicto entre ser buen poeta o buen artista o buen escritor y, como persona, tener ideas o comportamientos digamos deplorables o que, simplemente, no coinciden con las ideas o comportamientos nuestros. Una cosa es la persona que puede o no ser despreciable y otra, muy distinta, es su obra. 

¿Quién -con real e indiscutible autoridad- ha dicho que el autor de una poesía o de una novela o de una pintura extraordinaria deba ser también dueño de principios o valores excelsos? ¿Quién ha dicho que un poeta deba, necesariamente,tener un lugar en la colección de “Vidas ejemplares? ¿Qué es ser un artista, un poeta, un escritor íntegro? ¿Acaso lo es crear una obra "revolucionaria" (o sea, social realista) e inmolarse en las guerrillas, o ser un despreciable reaccionario y producir una obra que –usando palabras del autor de los “7 ensayos…”- "corteje y adule el gusto mediocre de la burguesía"? Creo que ya es tiempo de reconsiderar conceptos. Cuando hablamos de la vida de un creador y de su obra, estamos hablando (aunque a algunos les parezca descabellado e indignante lo que digo) de dos sujetos, cada uno con su propia personalidad. El artista, poeta o escritor tiene la suya propia, admirable o cuestionable; y el producto de su ingenio (cuadros, poemas, novelas) tiene también su propia personalidad, que, igual, puede ser admirable o criticable; y ambas no están obligadas o condenadas a confundirse entre ellas. Los ejemplos que he dado son reales; es decir, no se trata solo de una opinión: es el reconocimiento de eso, de una realidad; que sea o parezca reprobable, es otro cantar, que nada tiene que ver con los de Pound.
                                                      (Año 2010)

jueves, 30 de julio de 2015

ME LO RECORDÓ DON RENÉ, Y AHORA YO SE LO CUENTO A USTEDES


Terrible noticia la que recibimos hoy por la mañana. Nuestro buen amigo y paisano René Miranda falleció, de manera abrupta, el día de ayer, en Pallasca, víctima de un inesperado huayco, en la zona de Matibamba.

Perteneció a la promoción (1951) de exalumnos de la otrora "Escuela Urbana Prevocacional 293", integrada -entre otros- también por Jonás Rubiños, Reynaldo Ruiz, Lucho Rodríguez, "Tucho" Alvarado, "Mel Shanti" Vidal y Emilio Gallarday. Estuvo casado con doña Teresa Casana, profesora gracias a la que aprendí las primeras letras y, claro, el “ma-me-mi-mo-mu”, en el Jardín de la Infancia, donde –como conté en otro momento- me sentí angelicalmente enamorado de Ladoyska Rubiños y Maruja Montero, mis compañeritas de aula. Gratos recuerdos en medio del dolor que causa una partida; esta vez la de don René, paisano y amigo querido.

Les cuento  En junio del 2008, estuve en nuestra tierra y fue agradable conversar con él. El reencuentro -después de muchos años- ocurrió frente a la tienda de mi primo Carlitos Soria, donde un grupo de amigos participaban de una amena conversación, mientras otros (entre los que estaba Herenia Guzmán, que fue mi compañera de secundaria en el "Mixto" y con quien, está vez, me envolví en un abrazo) bailaban en la Plaza de Armas, al son de una banda de músicos porque, claro, se celebraba la Festividad por San Juan Bautista. Al verme, y tras un saludo en el que nos emocionamos los dos, don René sacó de su memoria una muy pintoresca anécdota, que tenía guardada desde finales de la década de 1960. Después de que me la contó, yo me encargué, indiscretamente orgulloso, de darla a conocer a algunos familiares y amigos, y ahora quiero que la conozcan todos.

"Tal vez no te acuerdes -me dijo-, pero yo también fui tu profesor". Efectivamente, yo no lo recordaba, pero, ciertamente, por muy breve lapso (tal vez durante unos pocos días) debió haber cumplido funciones docentes en nuestra escuela primaria, la "Prevocacionsl 293"(obviamente en reemplazo de mi padre, el maestro Rafa, que fue mi profesor). "En esa fugaz tarea –continuó don René- una tarde decidí revisar cuadernos”. (¡Terrible decisión para mí!). “Así lo hice, y, uno a uno, comencé a llamar a los alumnos que, entusiasmados y sin preocupación, iban acercándose”. Pero, ¡oh, sorpresa!, algo extraño ocurría en el recinto escolar. “Mientras hojeaba medio minuciosamente los cuadernos -prosiguió el relato-, pude percatarme, sin que tú te dieses cuenta, de que algo irregular e inadmisible estabas haciendo”. Sí, pues, algo irregular y, naturalmente, inadmisible. Eso era lo que pasaba allí. Tratando de dármela de "vivo", quise salvar la situación de embarazosa emergencia en que me encontraba debido a la exigencia del docente, echando mano a una solución simple y llanamente ingeniosa pero creo que al mismo tiempo, torpe. Tal vez no parezca creíble lo que voy a decir, pero la verdad es que, digamos, académicamente, desde mi primera etapa escolar, siempre fui muy desordenado. Jamás pude llevar, como sí lo hacían casi todos los otros alumnos, un cuaderno "decente". Los demás, por ejemplo, usaban lapiceros de, al menos, dos colores, y regla, para diferenciar los títulos del contenido y hacer los subrayados que correspondiesen, y sus cuadernos siempre lucían pulcros y bien forrados y ordenaditos. En la secundaria, por ejemplo, era extraordinario para tal cosa nuestro amigo, venido desde Chora, Pascual Miranda (“Cholito de bolsillo” le decíamos, por obvias razones, y era el más hábil para las matemáticas), y en la primaria nadie podía igualarse a Andrés Matta, de Llaymucha, a quien -con el título de un cuento de Borges- ahora designo como “Funes el memorioso”, por la superlativa fidelidad y exactitud, de sus evocaciones ("tú, Bernardo, te sentabas en la fila "San Martín" y tu compañero de carpeta era Yucra", y, así, en una conversación de hace unos tres años, me iba indicando todas las ubicaciones de los alumnos en nuestro salón de la "293"); y, otra cosa, nunca pude salir del asombro y la envidia ante su perfecta caligrafía. Yo era, en cambio un desastre. Mi cuadernos -lo cuento con algo de vergüenza pero con mucha sinceridad, ¡qué me queda!- eran, realmente, lo que conocíamos como "cuadernos lechuga", por ajados y simplemente impresentables. Y, lo que es probablemente peor, creo, si mal no recuerdo, hasta llegó a ocurrir que en alguna oportunidad ni siquiera contaba con un solo cuaderno para mostrar (¿Se preguntan por qué? ¡Por descuidado, pues!). Bien. Don René continuó la historia: "Al ver lo que realmente estabas haciendo, y para librarte de un mal rato (de la vergüenza, habría dicho yo), resolví no pedirte tu cuaderno". (¡Uf! La bondad y la misericordia en toda su esplendorosa presencia). “Salvado por la campana”, habría dicho si la circunstancia se hubiera presentado unos años después. "Es que -continuó, obviamente ensayando una mentira piadosa y sobre todo complaciente para mis oídos y especialmente para mi ego- como tú eras un estudiante inteligente que captaba bien las clases y solías responder con acierto a las preguntas (¡gracias, don René, por la astronómica exageración), me pareció conveniente y justo pasar por alto eso que sin ningún atenuante hubiera sido razón suficiente para un merecido castigo". ¿Qué fue lo que hice mientras nuestro ocasional profesor revisaba los cuadernos de mis compañeros? Pues, me la pasé uniendo las hojas de papel que algunos compañeros, comprensivos y solidarios, me regalaron para armar un falso cuaderno con el que -tonto de siete suelas- quería, absurdamente, engañar a don René. 

Esa es la anécdota que me contó él, allí, junto a la tienda de Carlitos Soria, aquel 24 de junio del 2008, en Pallasca. Y, créanmelo, me sentí muy feliz al escucharla. Es que, la verdad, la verdad, creo que se trataba de un retrato fiel, veraz, de lo que soy. Por ello -espontánea, naturalmente-, una irrefrenable carcajada –como no podía ser de otra manera- le puso el sello de conformidad y consagración. Tal vez ya medio coloreado en sepia (debido a los años), ese retrato testimonial fue extraído del cofre de sus recuerdos por don René Miranda –nuestro paisano noble y bueno- y me lo regaló como una de las joyas espirituales y del corazón que guardaré para siempre en el álbum inalienable de mi medio desvergonzada historia personal, y en mi corazón.

¡Descansa en paz, inolvidable amigo y paisano, y gracias por todo!

© Bernardo Rafael Álvarez




jueves, 18 de junio de 2015

POÉTICA


Que me entiendan
Pse!
Yo no quiero que me entiendan
Que me lean pasado mañana
No me importa que me lean las
Palmas de mis manos
La niebla de mis ojos/
Ve ciego lo que puedas ver
Dice mi hijo Igor/
Anclar en tu corazón
O en tu hipocondrio
El laberinto de mis sueños
El estiércol cubre la ciudad
Bucólica de palabras
Palabras
Palabras
¿Qué es el entendimiento?
Sigue tu ruta decreta
Eres dueño de tu escritura
Mientras escribes/
Las bestias el pasto
El papel de agua
Mi piel de ostra se la traguen los gusanos
Sus raíces
En las horas del sánset y su melancolía
Me tiendo como el mar y miento
Es una cosa de vísceras el poema
Las escamas palabras del cielo
Las desinencias y su soledad
etcetera


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viernes, 5 de junio de 2015

ALGUNAS DISQUISICIONES EN TORNO A “MASA” / Ángel Gavidia Ruiz


La muerte no es ajena a la poesía vallejiana. La visita y se hospeda frecuentemente en ella. Gran parte de las veces es un huésped, digamos, que mantiene relaciones más o menos armoniosas con “la casa”.  Por ejemplo en los últimos versos de “El poeta a su amada”: Y ya no habrán reproches en tus ojos benditos; / ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura/ los dos nos dormiremos, como dos hermanitos,  o  en  “Hoy me gusta la vida mucho menos...”:  Me gusta la vida enormemente/ pero, desde luego, con mi muerte querida y mi café;  otras veces  trasunta una resignada relación como en aquellos versos de “Piedra negra sobre piedra blanca”: Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París- y no me corro-/ tal vez un jueves, como es hoy, de otoño,  o en los versos iniciales de  aquel extraño poema “En suma, no poseo para expresar mi vida…”:  En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte… Existen, sin embargo, otros versos, como los de “La cena miserable” que extravasan reproche e impaciencia: Hasta cuando estaremos esperando lo que/ no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos/ nuestra pobre rodilla para siempre…Hasta cuando/ la cruz que nos alienta no detendrá sus remos; pero en el poema donde la muerte y el poeta   están radicalmente enfrentados es enMasa”,  el célebre poema  XII de España, aparta de mi este cáliz.


El poema es el siguiente: Al fin de la batalla, / y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre/ y le dijo: “No mueras, te amo tanto!”/ Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.// Se le acercaron dos y repitiéronle: “No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”/ Pero el cadáver  ¡ay! siguió muriendo.// Acudieron a él veinte, cien,  mil,  quinientos mil, / clamando: “Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”/ Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.// Lo rodearon  millones de individuos, / con un ruego común: “¡Quédate hermano!”/ Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. //Entonces, todos los hombres de la tierra/ le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…

España, aparta de mi este cáliz  es el documento palpitante, casi ensangrentado, de lo que significó para Vallejo la guerra civil española. Neruda también escribió sobre esta guerra; pero, al decir de Luis Alberto Sánchez, España en el corazón es el producto de un poeta que contempla la guerra desde el balcón; Vallejo, dice Sánchez, escribe como si fuera  actor de la misma,  un combatiente más de la trinchera. Y en este poemario, que para un poeta de la sensibilidad de Vallejo era casi un diario de batalla,  apareceMasa”, como el campo en donde un  combatiente muerto es literalmente disputado por la humanidad en su conjunto y la muerte. La muerte ya casi ha concluido su trabajo si  no fuera porque los hombres insisten necia e insensatamente en retenerlo; pero el mundo no se resigna y cree que es capaz de devolverle la vida al soldado caído. Es la batalla perdida, victoriosa. Es la victoria arrancada al imposible, gracias a la solidaridad  del mundo.

Todos los hombres de la tierra rodearon al cadáver, él  los vio triste, emocionado, se levantó lentamente ¡y hasta logró caminar! Interesante. No se alegra. Mejor, no se alegra aún. Luce triste aunque emocionado; su incorporación es también penosa, pero camina al fin y al cabo. Claro, en la lucha cotidiana de mi labor como médico, cuando excepcionalmente se logra resucitar a un enfermo, éste nunca está alegre, luce los estigmas del gravísimo cuadro de salud que lo aqueja con una mezcla de dolor y tristeza. El cadáver de “Masa” ha debido ser  el de un soldado gravemente herido, también, y que al ponerse de pie aún ostenta la avería física del combate y el daño de la paralización (en el poema, transitoria) de sus funciones vitales; pero su afectividad, sí, está allí, lozana, por eso se emociona, por eso abraza lleno de gratitud al primer hombre que encuentra, que, en última instancia, representa a todos los hombres, y, aunque dificultosamente, nos da la enorme alegría de verlo, nuevamente, caminar.

Ángel Gavidia Ruiz
Interesante, también, que en la batalla en que está contextualizado el poema, no está explícito el bando al que pertenece el soldado muerto. Todo hace ver que se trata de un republicano. Si  así fuera entonces ha sido menester que los  falangistas se unieran a la lucha por la vida del miliciano caído como integrantes de todos los hombres de la tierra. Salvo que en la poética vallejiana los perpetradores de la masacre de Guernica no sean hombres, digo esto último pensado en el verso aquel en el cual una de las razones, que el poeta consigna  en “Batallas”, para luchar por la república era: para que los señores sean hombres.  Hay otro verso en “Himno a los voluntarios de España” que puede contribuir a darnos la clave: Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armonía/ acabará tu grandeza, (…), tu gana dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición, a tu enemigo! Si esa capacidad  de amar aunque sea a traición al enemigo era españolísima,  entonces tendría que ser compartida con el bando franquista. Claro, digo, es un decir.


 La solidaridad es la única tabla de salvación que tiene el hombre. Sólo que es posible que cuando se dé cuenta  sea demasiado tarde y mucho dolor haya corrido bajo el puente, ya.